viernes, octubre 01, 2010

Amor malo y feroz, Larry Brown

Traducción y presentación de Luis Ingelmo. Bartleby, Madrid, 2010. 286 pp. 18 €

Marta Sanz

Volvamos durante un rato al colegio. Recordemos que, en el siglo XIV, Juan Ruiz, arcipreste de Hita, escribe el Libro de Buen Amor. Las aventuras galantes de don Melón, de doña Endrina y de aquella alcahueta, la Trotaconventos, sirven al arcipreste para establecer un contraste, pretendidamente didáctico, entre el loco amor y el buen amor: lascivia, promiscuidad, infidelidad y malas mujeres, el lado pecaminoso y demoníaco de la sexualidad y de la conyunda, se oponen al amor de Dios y al matrimonio sereno —aburrido— y observante de los mandamientos de la Iglesia. Ya en el siglo XIV al arcipreste el tiro le sale por la culata y los recuerdos que su obra deja en el lector se vinculan menos a las castas enseñanzas, que a las escenas verde pistacho. Siglos después y a unos miles de kilómetros de distancia, Larry Brown (1951-2004), autor estadounidense —sureño,— que se coloca sobre la estela de Faulkner, Bukowsky, Flannery O´Connor, Hemingway, Carver y Tobias Wolff, escribe este Amor malo y feroz y también le salen algunos tiros por la culata. Afortunadamente. Los grandes escritores tienen la cualidad de que, cuando enseñan la patita por debajo de la puerta, el lector adivina que, más allá de la pata —ortopédica y postiza— del corderito lechal, aparecerá el muslazo de una maggiorata o de un gladiador –según se prefiera-.
Un amor malo y feroz es un amor loco, un amor de lobo que desea tragarse a Caperucita Roja después de rechupetearle las ingles, la nuca, la cara interna de los codos, la curcusilla. El amor de alguien que sufre por ser malo y no lo puede evitar. Un amor malo y feroz es una patología, un lupus hambriento que, en el caso de los relatos, la farsa dialogada y la novela breve —o cuento largo— que componen este volumen, se ceba con la escritura y con las relaciones de pareja. Tanto la una como las otras se abordan desde la perspectiva del rechazo, de la compulsión, del “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio”. Escribir es un acto inevitable, un impulso, que aboca a distintas formas de marginalidad y de soledad, de tristeza profunda. Es un ejercicio aislante que ataca, como un insecticida, esas relaciones humanas que paradójicamente se pretende encerrar dentro de los libros. Brown habla, con un fuerte componente autobiográfico, de personajes para los que la escritura y el sentido práctico de la cotidianidad son incompatibles; de personajes que pintan casas, conducen coches y beben compulsivamente porque en sus existencias hay un poso de insatisfacción romántica. Igual que en el libro del arcipreste, la escritura de Brown apunta en una dirección moral: no se hace apología del malditismo del escritor, no hay regodeo en las vidas desordenadas de esos personajes que buscan un final feliz a toda costa sin conseguirlo del todo nunca; por el contrario, las voces narrativas de los relatos de Brown se sustentan en la enseñanza de valores tradicionales: el amor a la familia y a los hijos; el legítimo deseo de triunfar; el matrimonio como vínculo solidario; la relación causa-efecto entre la dedicación y la recompensa; el trabajo literario como forma de desclasamiento —en estos relatos se observa la pulsión de la escritura, pero también el empeño de un hombre por convertirse en escritor, la posibilidad de salir del lumpen—; en definitiva, la sospecha de que el mundo está bien hecho y de que quienes la cagamos somos nosotros con nuestra confusión y nuestra debilidad... Bajo esa alfombra de convencionalismo y de sentimiento de culpa —de la contrición propia del borracho,— a Brown se le escapa por la culata el tiro que suele escapárseles a todos los moralistas con sensibilidad, mirada y talento literario —el arcipreste de Hita, el abate Prevost, el propio Brown...—: los movimientos de sus personajes sugieren la imposibilidad de ser feliz en un mundo asentado en los valores de una moral cristiana y capitalista, esclavista y aristocrática, preñada de dolorosas contradicciones. Los personajes de Brown, al margen de sus ínfulas artísticas, no se alejan tanto de los poor white que pintó magistralmente Faulkner.
Por las páginas de Larry Brown desfilan maridos en busca del amor que no encuentran en casa; bebedores mañaneros de cerveza, la tía Bud; escritores que lloran al recibir cartas de rechazo; juergas de las que al día siguiente sólo queda el vómito seco y las magulladuras; soldados viejos, reaccionarios y xenófobos, arrastrados a los márgenes de la realidad, que cuando se emborrachan sólo quieren hablar con otros soldados viejos, reaccionarios y xenófobos; temporadas a la sombra; ex-mujeres, más odiosas que las del arcipreste de Talavera —el otro arcipreste, el misógino autor de Corbacho—, que le sacan partido a leyes injustas para los varones divorciados; la sexualidad como peso muerto...
Ese contraste entre un estilo de vida moralmente aceptado y una incomodidad que no acaba en rebelión contra el sistema, sino en autodestrucción, estas infructuosas e inevitables huidas hacia delante, se traducen en un estilo incómodo, bizarro, sarcástico —sobre todo cuando se alude al mundo editorial—, amargo e incluso dulce en las escenas de amor paterno; en un naturalismo que a ratos es brutal porque, en el fondo, se asienta en la compasión: cachorros apaleados babean en un vertedero con las patas hacia arriba; vacas abatidas con un tiro entre los cuernos; ardillas atropelladas en el arcén; gatos ahogados y perros muertos en el porche. Este simbolismo animal es una opción poética, por parte de Larry Brown, en sintonía con una explicitud y con una voluntaria falta de elegancia que, en mi opinión, lo aproximan más a Bukowski que a Carver. Cuando hablo de falta de elegancia, lo hago con agradecimiento y en un sentido positivo que se ejemplifica con el leitmotiv del cuento que titula el volumen: el pene del narrador-personaje zancajea siempre en la inconmensurable vagina de Mildred, su encantadora esposa. Historias como ésta no pueden acabar bien. No se las pierdan.

jueves, septiembre 30, 2010

Cartas abisinias, Arthur Rimbaud

Trad. y Ed. Lolo Rico. Ediciones del Viento, A Coruña, 2010. 245 pp. 20 €

Miguel Baquero

Mito fundacional de la poesía moderna, el “enigma” de Rimbaud no deja, pese a los más de cien años transcurridos, de despertar interés. Sobre sus correrías frenéticas en París y aquellos años febriles de poesía, sexo y drogas al margen de todo lo convencional poco queda que decir, y sobre todo poco queda que decir que no lo hagan ya sus poemas, sus desesperados gritos iluminados desde el fondo del infierno. El misterio y el interés por Rimbaud no viene provocado tanto por aquellos días juveniles como por lo que ocurrió después, por la manera en que de golpe, abandonó toda producción poética y toda forma de vivir rebelde y marchó a África, donde se esforzó por ser un próspero (pero anodino y vulgar) comerciante y no volvió a ejemplar otro lenguaje más que el mercantil y transaccional.
Tan feroz en la entrega como en la renuncia, Rimbaud sigue mostrándose en todos los casos como una sombra huidiza cuya auténtica naturaleza no atisbamos a comprender, aunque intuimos que es excepcional.
Las cartas que escribió Rimbaud desde África (Abisinia principalmente) a su familia, amigos y socios comerciales, reunidas por Ediciones del Viento en edición de Lolo Rico, son un libro mucho más interesante por lo que calla que por lo que dice. Porque las cartas apenas si dicen nada, en realidad; se limitan a ser insulsas, casi rutinarias peticiones de libros y material, informes sobre la marcha de los negocios y lamentaciones casi protocolarias sobre lo áspero del clima. Pero lo callan todo. Absolutamente todo. No hay ni la más mínima referencia a algún aspecto de su vida anterior, ningún rasgo poético en la prosa, ningún sentimiento originado por los hombres o el paisaje. No hay nada de nada, es todo yermo; sólo acaso, al fondo, si aplicamos bien el oído, parece sonar algo así como el rumor lejano de un arrepentimiento, un deseo de escapar de aquellos días salvajes en que l´enfant terrible del mundo poético, y no querer rememorar aquel tiempo bajo ningún concepto, ni siquiera un simple fogonazo. Parece percibirse, tras esa prosa insulsa, una suprema vergüenza por lo ocurrido, y uno se estremece sólo de pensar en los remordimientos o en el pudor que asaltarían a Rimbaud por las noches, en lo más recóndito de África, cuando de pronto le asaltara aquél que fue y que ya no quería ser.
He oído especular con que el objetivo último de Rimbaud en esos días era conseguir dinero rápido, volver a Francia y entregarse a la creación artística. No se advierte nada de eso en estas cartas, más bien todo lo contrario. Si bien, nada más llegar a Harar, escribe que “no tengo la intención de pasar toda mi existencia como esclavo”, pronto expresa sus intenciones de contraer matrimonio a su vuelta, como es debido, y convertirse en rentista. En uno de aquellos burgueses, en suma, contra los que atentó en otro tiempo. Habla de sí mismo como “un capitalista de mi especie” que “conoce el valor del dinero y, si arriesgo algo, lo hago a sabiendas”.
Me gustaría hacer rápidamente en cuatro o cinco años unos cincuenta mil francos; y luego me casaré.
Esta excelente edición de las Cartas Abisinias, obra de Lolo Rico, se cierra con apuntes de diario y cartas de la hermana de Rimbaud donde se narran las circunstancias de la muerte del poeta. Una muerte terrible como pocas. Ya el 23 de agosto de 1887, Arthur se refiere en una de sus cartas a “un dolor articulado en la rodilla izquierda” y dice sentirse “extremadamente cansado”. Lo que más le interesa, sin embargo, es confirmar que no se encuentra en deuda por deserción con las autoridades militares y que, a su vuelta a Francia, podrá llevar sin problemas la vida de rentista a la que aspira. Hasta abril de 1891 no sería evacuado en camilla, en un doloroso viaje de más de trescientos kilómetros, al puerto más cercano para ser evacuado a Francia, adonde llega prácticamente en estado agónico y con la recurrente preocupación —aun habiéndosele amputado ya la pierna— de si ha cumplido el servicio militar.
La carta final de Isabelle Rimbaud, desde el lecho de muerte de su hermano, con la que prácticamente se cierra este volumen, nos hace concebir aún una última esperanza a quienes creemos en la verdad del primer Rimbaud. Las palabras con las que se expresa Arthur en su delirio “son sueños, pero no son los mismos que cuando tenía fiebre. Se diría, y yo lo creo, que lo hace expresamente”. También cuenta cómo los médicos a estas palabras “se dicen entre ellos: es singular”.

miércoles, septiembre 29, 2010

Cuentos completos, Rodolfo Walsh

Ed. Viviana Paletta. Veintisieteletras, Madrid, 2010. 648 pp. 21,50 €

José Luis Gómez Toré

No soy dado a este tipo de expresiones, pero me atrevería a decir que la publicación de los cuentos completos del argentino Rodolfo Walsh (nacido en 1926 y desaparecido en 1977 durante la cruel dictadura que sufrió su país) es lo que se suele llamar, en tono hiperbólico, un acontecimiento editorial. Sin embargo, aquí la hipérbole está de más, porque relatos como “Fotos”, “Esa mujer”, “Nota al pie” o “Un oscuro día de justicia” son auténticas obras maestras que sitúan a Walsh no sólo entre los primeros cuentistas argentinos (lo que ya son palabras mayores, al referirnos a la tierra de Borges y de Cortázar), sino más aún, como uno de los maestros del cuento en español, sin que sea necesario acotar el campo de una nacionalidad concreta (si bien la escritura de Walsh, al tiempo que trasciende los límites siempre discutibles de lo que suele llamarse una literatura nacional, está vinculada de manera notable a la realidad de su país). Ni los relatos primerizos aquí recogidos ni los textos que integran su primer volumen de relatos, Variaciones en rojo (1953), demasiado apegados a las convenciones del género policíaco, hacían presagiar el inmenso escritor que había en Walsh. Las dos versiones de “Las tres noches de Isaías Bloom”, que con gran acierto Viviana Paletta ha decidido editar conjuntamente, dan fe del aprendizaje que se impuso el propio escritor y de su alto nivel de autoexigencia. Precisamente, la segunda versión del relato, en comparación con la primera, nos permite observar cómo Walsh acabará dominando asombrosamente el arte de la elipsis, cuyo manejo distingue a los maestros del género de los simples aprendices.
Si los primeros textos policíacos, como he señalado, no están a la altura de libros posteriores como Los oficios terrestres (1965) o Un kilo de oro (1967), sin embargo, nos permiten atisbar algunas de las obsesiones de Walsh como son la violencia o la interrelación entre escritura y vida (no es casual que el detective aficionado que protagoniza todos los relatos trabaje como corrector de pruebas en una editorial). La violencia es menos objeto de fascinación en Walsh que síntoma a través del cual manifiesta su aguda percepción del momento histórico. La indudable conciencia política que impregna la mirada walshiana no deriva nunca hacia el panfleto, ya que su narrativa muestra como rasgos sobresalientes el concienzudo trabajo lingüístico y el rigor extremo en la composición del relato. Pero esa no es la única razón por la que lo político enriquece, en vez de actuar en desmedro del valor artístico: ello se debe especialmente a que sus personajes son criaturas complejas, cuya identidad no es ajena a su posición social ni a las relaciones de poder que se establecen tanto en la micropolítica de lo cotidiano (así, en el internado de “Irlandeses detrás de un gato” y “Un oscuro día de justicia”) como en el juego de las grandes fuerzas que agitan el país. Como las instantáneas que estructuran su magistral “Fotos” los relatos de Walsh constituyen calas en el paisaje humano, breves incursiones en el complejo mundo de las relaciones humanas cuyo botín es un perturbador tesoro literario, lleno de inteligencia y de belleza.

martes, septiembre 28, 2010

Amarás a tu hermano, Cristina Cerezales Laforet

Destino, Barcelona, 2010. 157 pp. 17 €

Ignacio Sanz

Cristina Cerezales Laforet tiene cuatro hermanos con los que forma una estrella de cinco puntas. Y, casi nada, siete cuñados en línea directa. Lo dice ella misma en la dedicatoria de este hermoso libro. Hija de escritores, ha dedicado la mitad de su vida productiva a la pintura donde desarrolló una obra notable y personalísima muy ligada a la naturaleza. Pero cuando había alcanzado la madurez lo dejó todo para dedicarse a escribir. Las raíces familiares debieron tirar de tal manera que lleva doce o catorce años embarcada en diversos proyectos literarios. Amarás a tu hermano es su primer libro de relatos, tras tres novelas, la última, La música blanca rastreando las huellas de su madre.
En todos los relatos de este libro el protagonismo recae sobre los hermanos en diferentes tesituras, desde el hijo único que da título al primeros de los relatos y que, por lo tanto, carece de hermanos, hasta el último, “La visita” que retrata el reencuentro, tras largos años de ausencia, de dos hermanos mayores.
Como la propia vida cada relato destaca por una particularidad diferente. Desde la tensión dramática de “La laguna de los pájaros” o de “El trayecto”, la extrañeza de “El padre Benigno”, el descubrimiento del mundo de “Alfaque”, la nostalgia de “El regalo o el factor sorpresa de “Piel de melocotón” donde se plantea el cambio de sexo de uno de los hermanos con la complejidad que una operación suscita en el resto de los hermanos.
Cristina Cerezales maneja los resortes sentimentales con verdadera maestría al tiempo que crea atmósferas en las que domina una cierta ambigüedad muy bien controlada, como si, plantada frente al viejo caballete, antes que por la nitidez de las manchas de color, jugara con la superposición de los colores creando una sugerente riqueza cromática.
Se leen con verdadero deleite estos nueve relatos que retratan situaciones chocantes, a veces paradójicas y conflictivas en la vida familiar. Al fin, los hermanos, aunque lo sean para siempre, una vez que se casan y se independizan, tienden a la dispersión lejos del nido. Quedan aquí reflejados esos estadios que van desde la fidelidad hasta la extrañeza. Y aparecen también los celos, los recelos, la envidia. Pero siempre a través de atmósferas sutiles en las que el peso del hilo narrativos nos arrastra con fuerza hasta llegar a esos desenlaces sorprendentes y hasta desconcertantes.
No hay altibajos en el pulso narrativo, aunque una vez leídos y filtrados, este lector, si tuviera que destacar alguno por su aquilatada maestría, se quedaría con “El trayecto”, un relato breve, para ser preciso, un relato de diez páginas, que participa de esa ambigüedad y sutileza con un final que nos aprieta el corazón y que luego, una vez leído, deja un regusto amargo, como esas bebidas concentradas cuyo recuerdo perdura en la memoria mucho después de que el trago haya pasado por el gaznate.
Con este libro de relatos, Cristina Cerezales no hace sino confirmar el empuje de su vocación y perfeccionar el dominio del que ya había hecho gala en sus novelas.

lunes, septiembre 27, 2010

Algo con lo que nadie había contado, Marit Törnqvist

Trad. Goedele De Sterck. Los cuatro azules, Pozuelo de Alarcón, 2010. 60 pp. 17,26 €

Villar Arellano


¿Un cuento para mayores o una obra de reflexión para niños? ¿Y por qué no un cuento para niños o un libro filosófico para mayores, una parábola sobre nuestra civilización o un grito de alarma ante el devenir de las relaciones humanas…?
Este sugerente libro es todo eso y mucho más, ya que se trata de una de esas maravillosas creaciones que se resisten a la clasificación, un objeto artístico tan complejo como libre de corsés. Y es así a pesar de su aspecto ingenuo, su redacción sencilla y su aparente liviandad. El lector atento descubrirá pronto que está ante una obra especial.
Ya en las propias guardas del volumen puede verse a una multitud gris y anodina que avanza silenciosa pero inexorable en una misma dirección. Todos llevan prisa y se dirigen a alguna parte. Tienen muchos planes, y mil cosas que hacer. Ante esta masa humana sólo destaca una figura individual: una niña cuyas piernas la impulsan veloz y decidida por delante de todos los demás.
Así fue como empezó todo, según remarca después el texto. Un buen día sucedió algo que obligó a todos a detenerse. Algo con lo que nadie había contado. La niña que corría delante de todos los demás llegó la primera a un precipicio. Lo vio tarde y se cayó. Después llegó la inquietud y la angustia de los demás, la movilización para el rescate, la impotencia y la impaciencia, los rituales tranquilizadores, las dudas, el abandono, los remordimientos y, finalmente… el olvido y la SOLEDAD.
La historia está narrada con la intensidad de un texto básico y desnudo, cargado de lirismo, y unas potentes ilustraciones de grandes contrastes cromáticos y concepción expresionista.
El formato vertical del libro subraya el sentimiento de abandono de quien permanece a la espera, en lo más profundo de un pozo. Y la repetición geométrica, presente en las ventanas de los edificios y en las estanterías de algunos negocios, simboliza un mundo impersonal y carente de vida, marcado por el individualismo, la obsesión por el trabajo y la falta de comunicación. También las escaleras y los hilos parecen representar la dificultad para ponerse al nivel de los demás.
La composición y la puesta en página despliegan todo su potencial expresivo en este álbum. La combinación de líneas, colores y formas se plantea en cada doble página de un modo global y los breves textos se sitúan en el punto adecuado para equilibrar la imagen o reforzar ideas y sentimientos. También destaca el uso de la luz para focalizar la atención sobre determinados personajes.
Así, la confluencia de recursos gráficos y verbales junto a la esmerada edición, multiplican las posibilidades expresivas de esta obra y su valor estético, ofreciendo un resultado de gran riqueza y complejidad, repleto de significados. Gracias a esta carga evocadora, el relato suscita múltiples reflexiones de carácter ético o filosófico: ¿Hacia dónde va el mundo con tanta prisa? ¿Qué sitio dejamos en nuestra vida para compartirlo con los demás? ¿En qué momento olvidamos las causas que tanto nos conmovieron?...
Pese a esta densidad de contenido, no hay mensajes explícitos ni didactismo. La autora denuncia los hechos: «todos tenían tantas obligaciones que se habían olvidado de ella. Así de claro», pero lo hace adoptando una cierta distancia sobre los personajes (no exenta de ironía en algunos comentarios), lo que permite al lector sacar sus propias conclusiones.
Hay una parte especialmente entrañable en esta historia, una callada esperanza que la recorre. Y llega de la mano de dos personas: un pequeño cuyos juegos devuelven a la chica el color y la ilusión y un discreto personaje que había estado junto a ella desde el principio y que cobra protagonismo al final de la historia. Y es que, a pesar de cuanto sucede, del olvido de casi todos, de los días oscuros de soledad, siempre hubo alguien que cuidó de la niña, alguien que se desnudó para abrigarle, que se acordó de su comida y le ayudó a sobrevivir con su música. Esa persona esperó, se apenó por su marcha y, finalmente, se abrió paso entre la multitud siguiendo sus pasos. «La buscaría hasta encontrarla.»
Un estupendo final, al estilo de las mejores películas románticas, que sólo podía ser superado dejándonos participar en la búsqueda. Y así, de nuevo, nos vemos atrapados más allá del libro, en las mismísimas guardas. Sólo que esta vez la gente, la vida… tienen otro brillo, se han llenado de color.
Marit Törnqvist, destacada ilustradora sueca, entra así por la puerta grande en el panorama editorial español. ¿Algo con lo que nadie había contado? Seguro que quien conoce el exquisito catálogo de la editorial Los cuatro azules ya esperaba una deliciosa sorpresa entre las cubiertas de este libro.