jueves, octubre 02, 2014

El coleccionista de libros, Charlie Lovett

Trad. Damián Alou. Plaza & Janés, Barcelona, 2014. 400 pp. 19,90 €

Sandra Ferrer Valero

En el frío y húmedo mes de febrero, Peter Byerly se encontraba viajando por Gales, a la búsqueda de libros extraños. Pues esa era su profesión, librero, apasionado del arte de las letras y su encuadernación y conservación a lo largo de los siglos. Pero Peter también se encontraba en la Gran Bretaña, lejos de su Estados Unidos natal, intentando superar una terrible e insoportable pérdida. La muerte de Amanda, su esposa, lo había dejado sumido en una profunda desesperación y depresión que le había llevado a huir de todo. En su búsqueda de una nueva existencia sin Amanda, encontrará algo que dará un giro inesperado a su vida. Escondido entre las páginas de un manual del siglo XVIII sobre falsificaciones de escritores clásico, descansa un retrato de una hermosa mujer con un parecido perfecto a Amanda.
Con este extraño misterio, inicia el relato Charlie Lovett en su apasionante novela El coleccionista de libros. Una historia que lleva a Peter Byerly a buscar desesperadamente por qué su esposa fallecida en el siglo XX aparece en una acuarela victoriana. En su camino, Peter descubre algo tan fascinante como el rostro de su amada en un retrato de dos siglos atrás. La posibilidad de encontrar una obra largamente desaparecida y que podría probar que las obras de Shakespeare fueron efectivamente escritas por el gran escritor inglés aparecerá ante sus manos como si fuera la búsqueda del Santo Grial.
Peter se sumerge entonces en una arraigada rivalidad entre dos familias inglesas, los Alderson y los Gardner, mientras descubre de la mano de Liz Suthcliffe a un extraño escritor que es posible que sepa quién es A.H., la misteriosa firma de la acuarela victoriana.
El coleccionista de libros entremezcla la historia de Peter, su desesperación por haber perdido a Amanda y su intento de encontrar una nueva vida sin ella, con uno de los misterios y controversias más analizados de la historia.
William Shakespeare, en su propio tiempo, fue un escritor denostado por otros literatos quienes no aceptaban que un muchacho de provincias y sin apenas estudios, pretendiera ponerse a la altura de plumas salidas de las grandes y prestigiosas Oxford y Cambridge. Algo que cambiaría cuando el escritor de Stratford se ganó al público de la Inglaterra de su tiempo con obras inmortales como Romeo y Julieta o Hamlet. Pero pasados los años, la duda continuó sobrevolando sobre uno de los autores más conocidos y estudiados de la literatura universal. Los conocidos como oxfordianos, intentaron durante años demostrar que Shakespeare no había escrito sus obras, sino que habían sido ideadas por otros.
El libro que persigue Peter, mientras intenta descubrir quién es en verdad la dama de la acuarela, es el Pandosto, una obra escrita por Robert Greene, un coetáneo de Shakespeare. Al parecer, Shakespeare habría utilizado esta obra de Greene para inspirarse y el fruto habría sido Cuento de invierno. El Pandosto que busca Peter, es ni más ni menos que el original que Shakespeare habría leído y escrito en sus márgenes notas para su propia obra. Un libro que desvelaría para siempre las dudas sobre su verdadera autoría de las obras de William Shakespeare. Un Santo Grial literario por el que algunos estarán dispuestos a morir. Y a matar.
El coleccionista de libros es una novela trepidante, relatada con constantes saltos en el tiempo, desde el momento presente, en 1995, hasta el siglo XVI, pasando por la Inglaterra victoriana y los hermosos años de la historia de amor entre Peter y Amanda. Un libro en el que aparece el amor, el odio, la ambición y la codicia a partes iguales, mientras se desgrana el apasionante mundo de los libros y coleccionistas de piezas literarias antiguas.
Charlie Lovett es escritor, profesor y dramaturgo, de cuyas obras para niños se han hecho más de tres mil representaciones. Anteriormente se había dedicado a la venta de libros antiguos y es un coleccionista ávido, una profesión que sin duda le ha valido para ambientar su novela y hacerla muy convincente.
Está previsto que El coleccionista de libros se traduzca a una decena de idiomas. Recomiendo su lectura para los amantes de la vida y la obra de Shakespeare, los apasionados del misterio histórico y literario y aquellos que disfruten con una trágica pero hermosa historia de amor.

miércoles, octubre 01, 2014

Divina, Inma Luna

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2014. 69 pp. 12,48 €

Verónica Aranda

El manual de La mujer ideal de 1953 que se entregaba en España a las mujeres que hacían el Servicio Social en la Sección Femenina, incluía perlas como: «Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles»; o «¡No te quejes! No lo satures con problemas insignificantes. Cualquier problema tuyo es un pequeño detalle comparado con lo que él tuvo que pasar.» Dicho manual, impregnado de un ferviente catolicismo y encargado de recuperar “la antigua feminidad”, adoptó las figuras de Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús como símbolos y modelos de conducta.
Divina, el sexto poemario de Inma Luna (Madrid, 1966), poeta y narradora prolífica, es, ante todo, un ajuste de cuentas con ese pasado represor. Entre la ironía y la ira, el yo poético en primera persona, a través de una mirada retrospectiva, lanza una dura crítica a aquel sistema educativo franquista y del tardofranquismo —¡La Sección femenina duró hasta 1977!— que adoctrinaba a la alumnas y a las mujeres españolas para cercenarles cualquier deseo de emancipación, espontaneidad o rebeldía. El objetivo era conducirlas al redil doméstico y extirparles afanes igualitarios, convirtiéndolas en procreadoras y esposas sumisas. «No hay que ser una intelectual», aconsejaba Pilar Primo de Rivera, fundadora y suma sacerdotisa de la Sección Femenina.
Divina, según la autora su poemario “más íntimo”, se divide en tres partes. La primera sección, “Párvula en los nueve círculos”, es la más redonda. Trascurre en el internado de monjas donde se educa la protagonista y cuestiona el sentimiento de culpa judeo-cristiano, la hipocresía y la anulación total del cuerpo para centrarse en el espíritu. Los métodos represivos van desdibujando la identidad y el libre albedrío de las alumnas. Se enumeran las “tristezas pedagógicas” y, a veces, la imaginación y la curiosidad infantil son una válvula de escape.
La falta de libertad se siente también en los espacios donde se sitúa el poemario-confesionarios, aulas, capillas, patios de recreo-todos cerrados y asfixiantes, representando un “infierno” donde les iban “inoculando el miedo”, privándoles del aire puro. La segunda sección es un reencuentro con la muchacha dubitativa “que daba pasos en falso” y con el aislamiento de la adolescencia. El miedo le había “cercenado los deseos”, y los problemas educativos de base como la separación por sexos hacen mella e impiden aprender a relacionarse con el sexo opuesto: «No me dejaban jugar con los chicos/ así que nunca supe/ cómo relacionarme con los hombres./ Mi matrimonio fue un fracaso/ que se gestó en la infancia.»
La recta final del libro cobra intensidad y desgarro. Sobreviene un embarazo no deseado y una boda forzada por las circunstancias. Al final la escritura es la tabla de salvación para trascender la rutina gris. «Escaparse entre las páginas/ era el único modo.» Se trata de una poética de claridad de expresión y estilo narrativo. Desde la infancia hasta la madurez, se puede leer como una historia que, más allá de si es o no autobiográfica, es la historia aún no del todo resuelta de la educación y de muchas mujeres en nuestro país. Con un lenguaje sencillo y fresco, lleno de musicalidad, Inma Luna aborda en los poemas cuestiones complejas como la enseñanza religiosa caduca o la liberación de la mujer. Cabe mencionar la originalidad de incorporar este tipo de temáticas a un poemario. Una lectura más que recomendable editada con esmero por el sello canario Baile del Sol, con magníficas ilustraciones en tonos rojos y negros, llenas de simbolismo de Loreto Rodera.

martes, septiembre 30, 2014

Jesucristo bebía cerveza, Afonso Cruz

Trad. Roser Villagrassa. Alfaguara, Madrid, 2014. 237 pp. 18,50 €

Ignacio Sanz

Ciertas novelas tienen el don de trastocarnos, de emocionarnos, de reconciliarnos con la lectura, de constatar que, por más que el camino a veces resulte penoso, al final merece la pena recorrerlo para llegar a puertos que ofrecen tantas maravillas. No conocía a Afonso Cruz (Figueira da Foz, 1971) que forma parte de las nuevas y potentes hornadas de narradores portugueses. Quiero decir que esta es la primera novela que leo, aunque según parece, se trata de un autor muy celebrado no sólo en Portugal sino en Europa donde ha alcanzado grandes reconocimientos. No me extraña. Narra los disparates con tanta naturalidad, escribe con tal trasfondo filosófico que, a veces recuerda a Cervantes, a veces a García Márquez. Esparce el surrealismo a su alrededor con tanta ligereza que uno no puede sino enamorarse de autores que, como él, nos salvan de nuestra sempiterna condición de lectores.
Pero vayamos por partes. La acción se desarrolla en El Alentejo. Eso para empezar. Quien no lo conozca, baste decir que es una vasta región portuguesa paredaña con Extremadura, una región en la que domina el granito, la pobreza y la despoblación. Podría ser Teruel, Cuenca o Soria, donde, que sé yo por qué, abundan los personajes excéntricos que producen los desiertos. Los personajes excéntricos suelen ser personajes poéticos. Y los que recorren las páginas de esta novela lo son también. Parecen dotados de alas. A veces de alas y picos carroñeros. Pero ahí, en ese ambiente, se van desarrollando los acontecimientos en torno a una muchacha llamada Rosa, a su abuela Antónia, a una millonaria inglesa que duerme dentro del esqueleto de una ballena y que se rodea a su vez de personajes excéntricos como un cura rijoso o como el anciano profesor Borja que, al final, adquiere un protagonismo creciente al lado de Rosa. Los personajes descabellados entran y salen con naturalidad de las páginas para asombro del lector. El profesor Borja, entre otras lindezas, promueve un viaje a Tierra Santa para que la abuela Antónia vea cumplido uno de sus sueños. Y así, trampantojo tras trampantojo, convierte una de las aldeas alentejanas en Jerusalen. Un disparate propio de El Quijote.
¿Qué pinta la cerveza en todo esto? Acaso lo aclare la cita cervecera con que se abre la novela, una cita que supongo apócrifa y que la da sentido y aliento a esta historia: «De la corrupción hablo con pompa y propiedad, y hasta puede que mejor que la parábola de Cristo, esa que dice que el cereal ha de morir para vivir, pues del cereal no solo hago nacer más cereal, sino que hago un verdadero milagro. De lo putrefacto, que está muerto y corrupto, obtengo pan líquido, que es la cerveza, néctar de reyes, alimento de pobres, ambrosía de sabios.»
Es decir, de la corrupción, de la descomposición de una sociedad, se puede llegar al néctar de reyes que es la cerveza. Pese a todo, no es el caso. Rosa, el personaje central acaba en Lisboa. Pero mejor desvelemos el final. Por cierto, un final al que le sigue otro equívoco final. Como si la novela no terminase nunca. Y así es, en el fondo, la novela no se acaba porque sigue viva durante días, durante semanas en la memoria del lector que ha quedado atrapado por el submundo descabellado que nos pinta Afonso Cruz, por ese halago de la cerveza y por esas consideraciones entre históricas y filosóficas que se hace en torno a este alimento líquido que tanto debía circular en Palestina en la época de Jesucristo y del que, sin embargo, extraña paradoja, no aparece ninguna referencia en los Evangelios.
Por mi parte, rendido ante esta prodigiosa novela, seguiré buscando otros libros de Afonso Cruz para vivir con intensidad el vértigo primigenio que da sentido a la lectura.

lunes, septiembre 29, 2014

Las manos, Miguel Ángel Zapata

Candaya, Canet de Mar, 2014. 258 pp. 16 €

Miguel Baquero

Me voy a tomar la libertad de calificar, de principio, esta novela como «novela gamberra», dicho sea, por supuesto, sin ánimo peyorativo. Este que suscribe ha escrito (o mal-escrito) y publicado alguna novela de este cuasi-genero y cree entender la gran dificultad que existe en lo que, en apariencia, parece sencillo, poco menos que espontáneo, como si el autor hubiera estado escribiendo folios a la carrera… o tal vez ni eso, hubiera ido anotando sus ideas en servilletas de papel… Sin embargo, todo ella conlleva un arduo trabajo y es necesaria una rara habilidad para mantenerse siempre en el borde, sin precipitarse en el exceso. Dificultad que se redobla cuando al texto se le quiere dar una dosis de poesía. O una alta dosis, como en el caso de esta Las manos, la más reciente obra de Miguel Ángel Zapata (Granada, 1974), autor que con su último libro de relatos, Esquina inferior del cuadro, consiguió llegar a finalista del premio Setenil.
Si nos fijamos en esos cinco pequeños apéndices en que rematan nuestros brazos, y nos paramos a pensar sobre ellos, veremos que las manos condicionan el mundo. Al levantar la vista, en un descanso, del libro de Zapata encontraremos que las manos cubren nuestra vida cotidiana, que la historia es una sucesión de hechos elaborados a mano, que la misma literatura está repleta de ellas. La novela de Zapata parte de una anécdota: la Copa del Mundo, o lo que es lo mismo, ese máximo trofeo que podemos tener entre nuestras manos, se le escapa de las ídem a Fernando Torres, que la estaba mostrando en alto; y tomada por una mano anónima, va pasando… pues eso, de mano en mano. El protagonista se lanza a descubrir su paradero, encomendándose al destino con un simple juego de dados, o lo que es lo mismo: ese juego ancestral en que encerramos dos cubiletes en nuestras palmas, los movemos y luego los arrojamos para saber nuestra suerte. Así emprende el camino, y a través de él (con la música de fondo de un jazz tocado por hábiles dedos) nos iremos encontrando desde la figura trágica del suicida que con sus propios manos anuda la soga de que se ahorcará —y aquí el autor inserta un poema escalofriante del pobre hombre—, a la otra mucho más cómica (genial) de dos siameses unidos por una falange y que, al separarles, hubieron de prescindir de esa mínimo pero fundamental porción que les completaba…
Toda la novela está cargada de símbolos, que de alguna manera nos remiten a las manos, desde los juegos que parecen de prestidigitación a los objetos manufacturados.... En la misma Copa del Mundo, cuya persecución vertebra la historia (y que representa a dos manos alzando un globo terráqueo), parece haber una segunda lectura, como si se tratara de una especie de Santo Grial cuya búsqueda, al menos, cambia la naturaleza del protagonista, que pasa de ser un individuo anodino y gris a todo un carácter que toma las riendas de su destino y va pasando por distintas aventuras de Madrid a Viena, de Nueva York, a Tokio, en persecución de un trofeo, el verdadero, mientras por el mundo van apareciendo diferentes réplicas…
Por el camino, se dejan caer, como si al protagonista se le escurrieran cada vez con más frecuencia, reflexiones, en ocasiones bastante profundas, sobre la vida, sobre las personas… y también sobre la propia literatura: reflexiones sobre el texto al mismo tiempo que se escribe y, junto con ello, distintos juegos con los tipos de letras, tamaños, con los renglones…
Finalmente, como en toda buena novela «gamberra», que no deja de ser una variedad de la novela itinerante, de la novela «del camino», descubriremos que lo importante no es tanto lo que se pueda encontrar al final del periplo como el hecho de avanzar y, mientras se avanza, ir descubriendo aspectos desconocidos de nosotros mismos y de mundo, como por ejemplo la fascinación que pueden despertar unas manos. Y quede tranquilo el lector, que esto no es ningún spoiler.

viernes, septiembre 26, 2014

Felices los felices, Yasmina Reza

Trad. Javier Albiñana. Anagrama, Barcelona, 2014. 190 pp. 14,90 €

Care Santos


«El tiempo: el único tema»«Cuando has visto de cerca cómo copulan los cerdos ya no te puedes hacer ilusiones sobre el sexo». Ninguna de estas dos citas pertenece a este último libro de la francesa Yasmina Reza, sino a dos de sus trabajos anteriores: Hammerklavier y En el trineo de Schopenhauer, respectivamente. Pero nos sirven a la perfección para resumir este libro de relatos en la sobrecubierta dice que es una "novela", pero yo no estoy en absoluto de acuerdo y habrían podido muy bien formar parte del mismo. 
Eso ocurre porque Reza construye una literatura en que sus preocupaciones, sus filias y fobias son como esas vigas exteriores que tanto se estilaron en la arquitectura de los años 90: están a la vista, la intención no sólo no es esconderlas, sino lucirlas, mostrar lo fundamentales que son. Leerla significa enfrentarse de nuevo con esos fantasmas suyos, que ya nos resultan familiares (aunque nos asustan igual): la soledad, la muerte, la maternidad y paternidad, las relaciones de pareja y el omnipresente paso del tiempo. Reza es, además, una exitosa autora teatral, y no me cabe duda de que construye los argumentos de sus novelas —o de sus relatos— partiendo de la visión dramática de los personajes.
Lo cual me invita a hablar de psicología y teoría literaria. La inmensa mayoría de narradores que conozco construyen sus historias de ficción a partir del argumento o de la voz narrativa (sería divertido enumerar ejemplos de lo uno y de lo otro). No conozco a muchos narradores que a la hora de inventar un personaje se pregunten por qué dice tal o cual cosa, o que analicen sus reacciones desde puntos de vista poco convencionales, como por ejemplo el imperativo categórico kantiano. Los dramaturgos sí lo hacen, constantemente. Miran a sus personajes desde todos los ángulos. Y también leen libros de psicología para comprenderlos mejor. No conozco apenas a ningún novelista que lea libros de psicología para construir personajes. Pero estoy segura de que Yasmina Reza sí lo hace. También estoy segura de que conoce los complejos engranajes de las emociones humanas. Las conoce porque se hace mayor: la evidencia es que en la solapa figuran todo tipo de detalles biográficos, pero no el año de nacimiento. A mí me encanta que los novelistas envejezcan. Incluso los cuentistas.
Volviendo a los personajes, podríamos encontrar algunas explicaciones plausibles a que los dramaturgos lean libros de psicología. «Tienes que saber una cosa muy importante: los actores te preguntarán por qué deben decir cada una de sus frases. Y tú debes saber contestarles en todo momento de un modo convincente. Eso significa que debes saber por qué dicen lo que dicen.» Ese fue un consejo que una vez le escuché a un admirado amigo dramaturgo.
Tal vez los dramaturgos temen quedarse en blanco ante las preguntas de los actores y actrices. Los personajes de novela no formulan preguntas, aunque a veces deberían hacerlo para incomodar a sus creadores. Imagino a más de uno que al llegar al capítulo 2 diría, muy enfadado: 
«A ver tú, ¿serías tan amable de decirme por qué suelto esta parrafada sobre mis orígenes familiares? Y no me digas que porque alguien debía facilitar esta información a los lectores. Eso NO es una explicación. »
Yasmina Reza no deja de ser dramaturga aunque escriba cuentos (que su editor llama "novela", no olvidemos ese detalle). Sus personajes son imperfectos, odiosos, cargantes... son profundamente humanos y creíbles. Tienen manías estúpidas, como todos nosotros. Se meten en líos absurdos, como nosotros, de los que a menudo no saben salir. Persiguen la felicidad, que como todo el mundo sabe es un bien huidizo, quebradizo o tal vez inexistente (la autora no resuelve la incógnita). En su búsqueda, a menudo encuentran personas a quienes no buscan pero que están bien en el camino, y mantienen con ellas un intercambio de placeres, dolores, desengaños, silencios o incomprensiones. Sus vidas son anodinas, como todas. Aunque ellos a veces se den muchos aires de grandeza, como algunos. 
La mayoría de las historias se organizan a partir de parejas de personajes. Abundan las infidelidades conyugales, el viejo tema. Los personajes reaccionan como lo hacen las personas: algunos perdonan, otros se resignan, algunos miran hacia otra parte, otros lo mandan todo al garete. Los mismos personajes son protagonistas de unos relatos y secundarios en otros. Hay un sutil hilo conductor entre ellos, que da sentido al conjunto. O da sentido al hecho de que los relatos aparezcan juntos. Podrían haber sido más, naturalmente, incluso infinitos. Aunque el libro ganaría si se le extirparan un par de historias. La sobrecubierta dice que en total los personajes son dieciocho y, sinceramente, espero que no mienta también en esto. A mí me ha dado pereza contarlos.
Pero, más allá del género que estemos leyendo o del número de personajes que intervengan en él (¿algo de eso importa, en realidad?) es fascinante el bestiario humano que construye Reza a través de estas historias. Algunos protagonistas parecen estar ahí sólo para personificar el paso del tiempo, como la magnífica Jeannete Blot. Otros, son el retrato en negativo de la figura donjuanesca, como Chantal Audouin, cuyo relato comienza de este contundente modo: «Un hombre es un hombre. No hay hombres casados, ni hombres prohibidos.» O como la pareja que en el primer cuento discute de una manera absurdamente cruel en el supermercado, Robert y Odile, y de quien poco a poco conoceremos secretos abrumadores. Ella, por ejemplo, le engaña. Él también a ella. Con Virginie, la enfermera del doctor de la señora odiosa con cáncer cuyo hijo es otro de los amantes de Virginie. Y así hasta completar un círculo que sólo limita la voluntad de su creadora.
Lo mejor en Reza siempre es la rotundidad con que invita a la reflexión. «Se pasan la vida recomponiendo los pedazos y a eso lo llaman matrimonio, felicidad o yo que sé» (pág. 115); «Resulta imposible comprender lo que es una pareja, incluso cuando se forma parte de ella» (pág. 129); «Quizá tener una infancia feliz no es bueno para la vida posterior» (pág. 145); «Lo que deseo de verdad no puede formularse» (pág. 76). Éstas sí son citas de Felices los felices. Y una más, la de Borges que da nombre al libro:  «Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor. Felices los felices».
Eso sí, si tienen previsto casarse pronto, mejor lo dejan para más adelante.

jueves, septiembre 25, 2014

W o el recuerdo de la infancia, Georges Perec

Trad. de Alberto Clavería. Menoscuarto, Palencia, 2014, 208 pp. 17,50 €

José Miguel López-Astilleros

Acercarse a una obra de Perec es aceptar el reto de subirse a un barco con rumbo desconocido, con la única seguridad de que nos espera el descubrimiento de un nuevo continente. No es exagerado decir que sólo en la asunción del riesgo y la posibilidad del fracaso que conlleva, se encuentra la aventura del hallazgo. Así entendió Perec la literatura, razón por la cual todos sus libros son diferentes entre sí, muy diferentes, podría decirse, aunque en ellos queda siempre la impronta común de su exuberante y fértil imaginación. Este juicio no implica que este constante deseo de innovación y originalidad se deba sólo y exclusivamente a cuestiones formales, como las desarrolladas dentro del grupo OuLiPo, fundado por Raymond Queneau y François Le Lionnais, al que perteneció. Hay también en su obra un deseo de reflexionar, por ejemplo, sobre el espacio y el tiempo, o sobre la influencia en nuestra existencia de las cosas y los objetos insignificantes que nos rodean, o sobre la tiranía, la identidad, la relación entre la ficción y la realidad, la esencia y la naturaleza de los recuerdos, como sucede en W o el recuerdo de la infancia.
Esta es la tercera traducción al español (dos en España y una en Chile) que se publica de esta obra, iniciativa que hay que agradecer a la editorial Menoscuarto, puesto que cada traducción implica una nueva lectura, máxime si se trata de un autor como Perec, para quien el lenguaje, las palabras, suponen un caudal inagotable de posibilidades de expresión, cuyas combinaciones y asociaciones son harto difíciles de trasladar a otra lengua diferente de la originaria. Demos, por tanto, la bienvenida a este nuevo intento, que viene a contribuir al conocimiento del fascinante mundo literario de Perec entre los lectores de lengua hispana.
La obra consta de 37 capítulos breves, divididos en dos partes, 11 en la primera y 26 en la segunda. Los capítulos no son uniformes, puesto que se van alternando dos historias diferentes. La primera es una historia ficticia, impresa en letra cursiva, reelaboración de un texto escrito a los doce años, que consiste en que al protagonista, Gaspard Winckler, se le da una nueva identidad para que comience una nueva vida en Alemania, después de desertar del ejército francés. Gaspard recala en una isla de Tierra del Fuego, W, en busca del verdadero dueño de su nombre. El grueso de esta parte trata sobre la descripción de una sociedad autoritaria, basada en el deporte como organización social, donde no sólo los vencidos y los débiles son presa del terror, sino también los vencedores. En este planteamiento subyace una alegoría crítica de los totalitarismos. La segunda historia es su propia autobiografía desde la infancia, reconstruida con retales de recuerdos, en los que la ficción a veces se erige en verdad, sin que le quede claro al protagonista qué es la realidad y qué es la ficción, frontera que sólo existe probablemente en las palabras que nombran estos conceptos, no en la percepción que tenemos del mundo (era hijo de un matrimonio de judíos polacos, su padre murió en el campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial y su madre en el campo de exterminio de Auschwitz, cuando él contaba unos cinco años). De modo que por un lado tenemos una historia de ficción, que remite a la realidad de un poder totalitario, por otro los recuerdos fragmentarios de su infancia, por otro los recuerdos imaginados, que se suman como una realidad nueva al torrente de su memoria, y por otra los testimonios externos que le ofrecen los demás sobre su vida, formando todo ello un conjunto proteico, dotado de distintas perspectivas. Quizás no sea descabellado tildar a Perec de escritor realista, como sugieren algunos críticos, dada la presencia en su obra de una realidad necesaria, cuando no de muchas realidades. Ambas historias, como dijimos, se alternan, para confluir al final. El punto de vista que adopta es el de la primera persona del singular en toda la primera parte de ambas historias y en el relato autobiográfico de la segunda, no así en la ficticia de la segunda parte, donde utiliza la tercera, quizás para distanciarse de la dolorosa descripción de la sociedad de W, además de aportar más veracidad y un tono más analítico, propio del ensayo y del periodismo.
Lo sorprendente de esta obra es que a pesar de su complejidad, se lee sin dificultad alguna, dejando al lector que se quede en el nivel de lectura y profundidad que desee, sin que llegue a aburrirse en ningún momento, a lo cual contribuye el humor y la ironía, claves necesarias para comprender su obra.
Entre los escritores para quienes ha sido el escritor más importante al menos de la segunda mitad del siglo XX están Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas, cuya influencia puede rastrearse en algunas de sus obras.
Hay que advertir que la lectura de Perec es adictiva para los apasionados a la buena literatura, una vez leído por primera vez, ya no podrá decirse que será la última, por eso les sugerimos que se acerquen además, si no las conocen, a Las cosas, Un hombre que duerme, Especie de espacios, Lo infraordinario, La cámara oscura o la magnífica y grandiosa La vida instrucciones de uso. No les defraudará.

miércoles, septiembre 24, 2014

Ladrilleros, Selva Almada

Ed. Lumen, Barcelona, 2014. 196 pp. 16,90 €

Juan Laborda Barceló

Hay novelas que se quedan grabadas en la retina del lector. Muchas veces no se trata tanto del acierto temático, prosístico o literario, sino del momento vital del que lee. Haciendo un justo ejercicio de conciencia, podemos apreciar que Ladrilleros no es de estas últimas, sino que merece, por cualidades propias, ser recordada como una excelente obra cargada de preciosistas maneras.
El arranque es brutal por lo sencillo. Dos tipos, aguerridos representantes de las familias Tamai y Miranda, se han cosido a puñaladas entre las supuestamente alegres atracciones de una feria rural. Mientras sus vidas se apagan, se produce el milagro de una historia sólida, maravillosamente contada, que juega con maestría con las mejores trazas de los grandes de la literatura, del realismo mágico a la crítica social. Es esta una novela de cercanos ecos de disputa familiar, con vagos aromas a las trifulcas entre los Capuleto y los Montesco. En realidad, son los ardores más inconfesables de familias vecinas los que tejen los rencores que dan pie a la obra, trazando con pericia el motor de todas aquellas cuitas: el dolor y la búsqueda inherente a cualquier tipo de naturaleza humana.
Los juegos no acaban ahí, pues con una prosa desbordante de belleza Selva Almada nos dibuja los orígenes de los contendientes, las vidas de los progenitores, machos alfa ellos, hembras heridas y supervivientes ellas, que son el caldo de cultivo del drama. Abunda en esa magia retratando unas sentidas infancias, patrias eternas de aquellos que al crecer pierden el norte y se encabritan en pugnas sin sentido, herencias inevitables de unos padres dolientes. Hay mucho de Macondo en estas bellas, pero duras, sagas familiares. La construcción de personajes brilla por su certeza.
Un narrador omnisciente nos acompaña en esta arquitectura del tiempo, nos hace entender las evoluciones varias, hacia delante y hacia atrás, las motivaciones, los sentimientos travestidos y los momentos de cada casta. Incluso lo onírico, lo irreal y los fantasmas tangibles o imaginarios, tienen cabida entre estas letras que optan ora por la faceta legendaria, ora por la cotidianeidad más amarga.
Estamos, en definitiva, ante una novela que todo aquel amante de las letras que disfrute de los hallazgos más puramente literarios, de la prosa más estilizada o de las fórmulas donde lo poético se entremezcla con lo habitual, gozará sin duda alguna.
Seguiremos a la autora, Selva Almada, pues con su quinta novela nos ha regalado unas páginas de gran intensidad y calidad literaria, poco comunes en el panorama editorial actual, bien sea a este o al otro lado del charco. Ella, como ya se ha dicho en alguna otra ocasión, no es solo promesa de las letras argentinas, sino genial actualidad de la ficción hispanoamericana.