viernes, abril 25, 2014

Un minuto antes de la oscuridad, Ismael Martínez Biurrun

Fantascy, Barcelona, 2014. 320 pp. 16,90 €

Ariadna G. García

Uno de los géneros narrativos en moda, por la crisis, es el distópico, cuya fin es pintar un futuro donde la humanidad ha fracasado en su intento de conseguir una sociedad justa y libre para todos. Los géneros son construcciones culturales y agrupan a las obras en función de una serie de convenciones, pero dentro de cada uno podemos encontrar elementos distintivos que permiten divisiones internas. Así, por ejemplo, dentro de la distopía caben novelas localizadas en un estado totalitario que suprime la voluntad humana (1984, Un mundo feliz), o que se desarrollan bajo una dictadura pero incitan a la revolución contra ese orden (Fahrenheit 451, Los Juegos del Hambre, El hombre que gritó “La Tierra es plana”), o aquellas otras que acontecen en pleno colapso energético y civilizatorio y nos hablan de nuevos modelos de agrupaciones humanas que garanticen la supervivencia. A este último grupo pertenecen Cenital (Emilio Bueso, Salto de Página, 2013) y Un minuto antes de la oscuridad (Ismael Martínez Biurrun, Fantascy, 2014). Cenital describe un mundo en ruinas donde los humanos, como el Ave Fénix, tratan de resucitar de entre las cenizas. Obra coral y miscelánea, más que narrar una historia en un marco plausible, nos retrata los distintos tipos que han sobrevivido a la caída de Occidente. Y lo hace sin profundizar en ellos, a vuela pluma, desde un plano aéreo, lo mismo que Luis Vélez de Guevara se propuso en el siglo XVII con su Diablo Cojuelo. Se trata de un libro que habría de ser de lectura obligada en el Bachillerato, si bien de novela al uso tiene bastante poco; ni falta que le hace. Bueso alerta con ensayos, argumentaciones y un pequeño relato distópico de la debacle que se avecina si no cambiamos de modelo económico y frenamos el consumo energético. En Un minuto antes de la oscuridad, Ismael Martínez Biurrun coloca a los lectores justo antes, en un Madrid que, no pudiendo garantizar a todo el pueblo seguridad, educación y sanidad, levanta un muro entorno a la M30. En esta distopía no es la renta la que selecciona a los ciudadanos que habrán de sobrevivir, sino su domicilio. Biurrun construye una historia compleja, entretenida, violenta y llena de giros imprevistos con un estilo soberbio. Sin duda alguna, es uno de los mejores escritores de la actualidad. Ahí tienen pruebas: «Sole lo acusaba de vivir dentro de una armadura medieval, mirando al mundo a través de la estrecha rendija de sus obsesiones, incapaz de realizar otro movimiento que no fuera hacia delante». El protagonista de la obra es Ciro, un profesor universitario de Historia Moderna que ni cobra ni tiene alumnos, por lo que colabora en la cocina de la universidad, de donde roba alimentos para llevar a su esposa y a su hijo. Hombre confiado, de naturaleza tranquila y cobarde, aún cree en el sistema. En las asambleas vecinales de su distrito –un barrio rico de la periferia de Madrid, al otro lado de la M30– es famosa su defensa de las reclamaciones al ayuntamiento para exigir la restitución de los servicios básicos (recogida de basuras, transporte público…), muy consciente de que “en el momento en que dejemos de exigir nuestros derechos como ciudadanos dejaremos de ser considerados ciudadanos”. Esta actitud quijotesca en una periferia asediada por grupos armados, le aleja de su esposa y amigos, que poco a poco emigran hacia los primeros refugios que se abren fuera de la capital. La decapitación del decano y el descubrimiento en clase de una alumna asiática se convertirán en los acicates de su lenta e inexorable transformación. Un minuto antes de la oscuridad combina distopía y thriller para reflexionar sobre conceptos como la ilusión de normalidad, la regulación de prácticas de exclusión social, la adaptación al medio, la anulación del sentido crítico, la paternidad o la pareja. Uno de los ejes sobre los que recae la tensión del libro (además del erótico y de la intriga criminal) es la amenaza que pende sobre la cabeza de los protagonistas, cuyas vidas se encuentran a diario en peligro. Ismael Martínez Biurrun introduce en la cubeta de su libro gotas de terror y violencia como nunca hasta ahora. La banda criminal que hostiga a los vecinos de los barrios residenciales de Madrid es hija del empobrecimiento paulatino de la población, de la lucha por los recursos; pero no lo es menos del desánimo y de la tristeza. En el futuro que describe Ismael la alegría ha dejado de existir. Verdugos y víctimas comparten una falta de proyecto, de fuerza y de energía que los hunde en un pozo irracional. Tristeza. Una palabra. Un sentimiento del que no se habla en el libro, aunque lo define todo. Tristeza por la falta de servicios, por la pérdida del lustre de las calles, por el envejecimiento de los barrios. Tristeza que paraliza los ánimos, distancia a las familias y embrutece las almas. Tristeza. Una emoción que hay que combatir. De lo contrario, quién sabe, puede que un día se cumpla la pesadilla de Ismael. Por eso, no dejen un resquicio al pesimismo, ni levanten un muro antes de tiempo. Un minuto antes de la oscuridad, de lectura amena y fluida, llevará al lector –sin concesiones ni descansos– a un desenlace original y demoledor. Avisados están. No se lo pierdan.

jueves, abril 24, 2014

Butcher’s Crossing, John Williams

Trad. Luis Murillo Fort. Barcelona, Lumen, 2013, 360 pp. 18,90 €

José Miguel López-Astilleros

John Williams (1922-1994) no ha sido un autor muy conocido entre nosotros, hasta que en 2010 se publicó en español su gran novela Stoner (1965), muy bien acogida por el público, sobre todo desde que Vila-Matas la tildara de “Obra maestra ignorada” en una artículo aparecido en octubre de 2011, en el diario El País, aunque unos meses antes Rodrigo Fresán había escrito una reseña sobre la misma en el suplemento ABC Cultural. No obstante, hay que señalar que en 2008 ya había aparecido la que fue su última novela, Augustus (1973), traducida al español como El hijo del César. De modo que sólo queda por aparecer la traducción de la primera, Nothing But the Night (1948), sin contar su producción poética y su novela inconclusa The Sleep Of Reason, en la que trabajaba cuando murió.
Como aclaración humorística para los no avisados, diremos que no es que al traductor se le halla olvidado traducir el título, sino que es así como se llama el pueblo al que llega el protagonista, que literalmente podría verterse como “el cruce de la carnicería o del carnicero, según”, muy acorde con la actividad principal a la que se dedican sus habitantes, la caza, en este caso del búfalo. El argumento no puede ser más sencillo: corre el año 1870 en Estados Unidos, Will Andrews sale de la Universidad de Harvard dispuesto a buscarse a sí mismo, y tras dar tumbos de un lado a otro, recala en Butcher’s Crossing, donde decide organizar una expedición para cazar búfalos, casi extintos ya. Durante la misma se suceden episodios en los que la fuerza de la naturaleza impone su dureza a unos hombres, que han de sobrevivir en condiciones muy difíciles, sobre todo para Will, para quien tal odisea representará un viaje iniciático en su aprendizaje de los sinsabores de la vida.
Los lectores que sean aficionados a los westerns clásicos de John Ford, Howard Hawks, William A. Wellman o Anthony Mann, por poner algunos ejemplos tópicos, nada más comenzar el periplo de los cazadores, se encontrarán con un ambiente muy familiar. Los personajes se expresan con una economía propia del arte cinematográfico y comen alubias, panceta frita y beben café en mitad del campo, con la salvedad de que aquí los antagonistas no parecen ser directamente los otros hombres, sino una naturaleza que impone sus propias leyes. Para los lectores que no sean aficionados a este género cinematográfico será todo un descubrimiento acercarse a un modo de pensar y de vivir ya confinado bajo los estratos del tiempo, aunque les chocará que el jefe de la expedición, Miller, a pesar de ser consciente del exterminio de los búfalos, aún así siga cazándolos, claro que entonces no había una conciencia ecológica como la hay ahora, eso no se puede olvidar.
Los temas fundamentales de este novela son, como decíamos, la búsqueda del yo, de la libertad, de la naturaleza salvaje, el aprendizaje de los rigores de la vida, sometida a constantes cambios, el descubrimiento del amor y del sexo, así como la importancia de los demás en la tarea de la supervivencia de uno mismo.
Los cuatro personajes más importantes son hombres rudos, salvo Andrews, labrados por una naturaleza hostil a su medida, una rudeza que también terminará por tocarle a él, como vestigio de un aprendizaje vital, así se entiende que sus manos terminen endureciéndose como las de sus compañeros. En este entorno no hay lugar para emociones y sensaciones sofisticadas, reducidas a lo elemental, casi instintivo, irán mostrándose de un modo casi descarnado el miedo, el frío, el hambre, la melancolía, la arrogancia, la muerte… Tampoco habrá mucho resquicio para mostrar la individualidad y la psicología de los personajes, que se irá filtrando en pequeños gestos y rasgos, afanados como están en seguir existiendo, tal es la sobriedad de lo humano, frente a una soberbia descripción y narración naturalistas de lo salvaje. Veremos a Andrews enfrentarse a la naturaleza de la mano del cazador Miller, para encontrar su propio ser y el de las otros, a través de un lirismo elemental y perturbador para los ojos de hoy, que nos recuerda que el gran Cormac McCarthy de la Trilogía de la frontera o Meridiano de sangre pudiera haber encontrado en esta novela de J. Williams una de sus fuentes.
Butcher’s Crossing (1960) es una excelente novela épica, épica de lo embrionario, de lo primitivo, como épica es, en el fondo, toda búsqueda y todo aprendizaje en la vida, sobre todo por la valentía con la que se enfrentan los personajes a las adversidades.

miércoles, abril 23, 2014

Los surcos del Azar, Paco Roca

Astiberri, Bilbao, 2013. 328 pp. 25 €

Fernando Sánchez Calvo

En un célebre artículo publicado en El País, Javier Cercas respondió a todos aquellos que abominan de las historias ambientadas en la Guerra Civil (por manidas, sectarias y previsibles) con una sentencia que me pareció, cuanto menos, interesante: «La Guerra Civil es nuestro western». O dicho de otra manera: al igual que los americanos basaron parte de su cultura literaria y cinematográfica en las luchas entre indios y vaqueros, España hace lo mismo con aquellos tres fatídicos años todavía no superados ni siquiera por aquellos que no han vivido ni la Transición.
Y como el tema no está superado, una nueva incursión, esta vez en el terreno de la novela gráfica, aparece publicada con un título que toma prestado un verso de Antonio Machado, poeta, español, exiliado a Francia como nuestro protagonista, Miguel, republicano que lo último que vio de España fue el puerto de Alicante y que, trasterrado, luchó en África y en Europa para liberar a la Francia ocupada a las órdenes de Dronne.
Esta vez, con una línea de corte realista y muy alejada de títulos como Las calles de arena, Paco Roca indaga en la Historia con la técnica del contrapunto o las líneas paralelas. Por un lado el mismo autor viaja a Francia en busca de Miguel, quizás el último superviviente de una columna, la 9, cuya gloria fue quitada por los historiadores para dársela literalmente a los aliados. Por otro lado, el pasado de Miguel recuperado a golpe de recuerdo gracias a las preguntas que el autor va disparando en la discontinua entrevista que tiene lugar en casa del héroe.
De esa manera va avanzando la trama, sencilla, irremediable, recuperando compañeros, amores y familiares (todos ya muertos) que el mismo protagonista, encerrado en el silencio del destierro, no quería recordar. A medida que la memoria fluye, la relación entre documentalista y entrevistado estrecha los lazos de la comprensión. En ocasiones duro (tanto el contenido como el trazo del dibujo), en ocasiones distendido. En general, grandes dosis de documentación y pequeñas porciones de sentimentalismo bien entendido que cumplen con los dos objetivos que recomendaban los clásicos: instruir y deleitar.

martes, abril 22, 2014

Edelgard. Diario de un sueño, José Fernández-Arroyo

Isla del náufrago, Segovia, 2014. 489 pp. 20 €

Ignacio Sanz

Con frecuencia la literatura resulta guadianesca. A finales de los años cuarenta del siglo XX, José Fernández-Arroyo, un joven poeta manchego, de Manzanares, comenzó a escribir este diario. Las primeras entradas reflejan la vida de un poeta de provincias que muestra anhelos en medio de tantas limitaciones. Hay que tener en cuenta que se vivía en una dictadura y que la sombra de la guerra seguía latente. Pepe Fernández-Arroyo, como corresponde a la época y a la tierra, es un joven católico, lleno de buenos sentimientos e inquietudes. Lo que se lleva. Aunque enseguida descubre el lector que estamos ante un joven rebelde y cavilante que pronto va a dar la espalda a tanta hipocresía como campa a su alrededor.
Sus inquietudes idiomáticas le impulsan a mantener correspondencia con una joven alemana. En aquella época es una de las maneras más comunes de aprender lenguas extranjeras. Pero el lector que se adentre en las páginas de este diario, ilustrado en esta edición con manuscritos originales y dibujos, va a comprobar que el interés por la cultura y la lengua enseguida va a ser sobrepasado por una atracción que pronto deviene en pasión desatada. El mar estalla en altos oleajes. Estamos hablando en realidad de dos desconocidos que se escriben en francés y que están situados a miles de kilómetros. La pasión, no puede ser de otra manera, es platónica. Pero llameante, incandescente. Hasta el extremo de que el lector puede notar que las páginas que lee, le queman entre las manos.
No es preciso recordar que Alemania acababa de salir de una guerra en la que había sido derrotada. Nuestros dos jóvenes se intercambian fotos y dibujos. No en balde, Pepe, además de poeta postista, es un magnifico dibujante y pintor. Las cartas suben de temperatura hasta que finalmente, Fernández-Arroyo, porque ya no puede más emprende en auto-stop viaje de camino a Fensburg donde vive su amada. Quince días tardó en llegar. El amor todo lo vence. ¿Todo? Cuando Pepe llega a su destino, Edelgard está internada en el hospital para ser sometida a una nueva operación. Lleva ya unas cuantas. El ejército aliado, en concreto las tropas rusas, se han comportado con ella y con su hermana, con la misma fiereza de animal instintivo que se han comportado siempre los ejércitos vencedores.
Pero desbarro, estoy desbarrando. Lo cierto es que Anna Caballé, la directora de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona escribe en el prólogo de esta tercera edición que este diario apasionante se recomienda encarecidamente a todos los becarios y colaboradores que pasan por su Unidad para que aprecien la intensidad del género. Allí han ido a parar los originales y los dibujos cedidos por el autor.
Luis Alberto de Cuenca, en el segundo prólogo confiesa que no pudo dejar de leerlo hasta altas horas de la noche en que lo terminó. Recuerdo que eso mismo me pasó a mí hace años cuando cayó en mis manos la primera de sus ediciones.
Uno se pregunta qué tendrá este diario para que el novelista José Antonio Abella, tomándolo como punto de partida, escribiera su novela La sonrisa robada que le obligó a viajar varias veces a Flensburg. En avión por suerte para él. Por cierto, esa novela, publicada por el mismo sello minoritario y criticada en La Tormenta, acaba de recibir el premio de la Crítica de Castilla y León. Por eso, precisamente por eso, decía al principio que a veces, y tiro porque me toca, a la gran literatura la empuja un aliento guadianesco. Y por eso recomiendo vivamente su lectura.

lunes, abril 21, 2014

Piedras negras, Jesús Zomeño

Madrid, Lengua de Trapo, 2014. 162 pp. 17 €

Amadeo Cobas

Jesús Zomeño ha sido una sorpresa muy agradable. Reconozco que no había leído nada suyo, y este motivo me atrajo, además de la temática. Y es que a priori consideré un reto complejo escribir relatos ambientados en la conocida como Gran Guerra (qué triste pensar que la Segunda Guerra Mundial dejó el adjetivo de su antecesora en una ridiculez). Recrear aquellos tiempos remotos, albores del siglo XX, y las terribles situaciones como las que se debieron de dar en una cruenta lucha entre trinchera y trinchera semejaba tarea ardua, repito.
Por otra parte hay que reconocer que el momento es el idóneo, dado que este año se cumple el centenario del inicio de esta confrontación armada.
Así pues, la premisa tenía su miga, y para solventar la papeleta Zomeño saca a relucir su carpintería literaria, en un saber hacer conciso, de frase cincelada y medida, huyendo de descripciones prolijas, atinando en la gradación de la intensidad narrativa, con experta mano en algo fundamental en el género que maneja: dar vida a sus relatos, atizar la atención y el interés del lector con una génesis que invite a sumergirse en ellos. Un ejemplo pondré para no chafarlos todos, pero hay muchos más, destacando para mi gusto los que dan inicio a las narraciones de las páginas 47, 59, 95, etcétera. Valga este botón: «Mi esposa me es infiel, lo confiesa en sus cartas».
Aquí hay unidad entre los relatos. Son tan verosímiles que hasta se podría creer que el protagonista es el mismo en todos, lo cual es erróneo, aunque retóricamente hablando todos los protagonistas están aquejados del mismo mal: el sufrimiento. Ojo, que no quiero decir con esta afirmación que los relatos sean otoñales ni tristes. No. Bajo la crudeza de las situaciones que describe subyace una almadía que mantiene a flote a los personajes que padecen dichas situaciones, llegando a asomar hilaridad. Hilaridad creada por lo grotesco. Sucede con la descripción del hospital de campaña, sobrecogedora, o también con el humor doméstico que sin transición se convierte en macabro: «Mi hermano pequeño dijo que quería ser soldado, al menos hasta que lo matasen...».
La narración en primera persona parapeta al lector de alguna manera, lo atrinchera entre hambre, suciedad, cadáveres, frío, inmundicias, dolor; pero a la vez le hace partícipe de las confidencias de esos relatos premonitorios, presagiadores de lo inevitable, llevándolo a avanzar con la tropa desordenada, al encuentro del enemigo mientras evoca pasajes pretéritos de sí mismo como un modo de aferrarse a la vida, de recibir un paquete postal con noticias de casa, una carta que aunque suene a despedida se viste de esperanza. Todo cabe, hasta que los soldados se sienten a escuchar ávidos las fantasías sexuales de un compañero al que encantan los pechos de las mujeres, para enseguida descubrir que no es cierto porque... No, mejor no les estropeo la sorpresa.
Existe profundidad de mensaje; ni es un libro bélico ni antibelicista. Carece de moralina y va sobrado de autenticidad. No sé si el escenario ha sido buscado aposta o ha coincidido para que quienes participan en las historias nos sobrecojan y llamen a seguir leyendo. Nadie se asuste, que en el texto hay imágenes conmovedoras que humanizan, si esto es posible, una guerra. Verbigracia, el soldado que muere al ser ametrallado por un avión mientras era afeitado. El barbero terminó el trabajo a pesar de haber perecido su cliente; y no es baladí que lo haga: si se cumple lo prometido y los muertos son finalmente devueltos a casa, la familia se horrorizaría «al ver que el lado izquierdo llevaba barba y el derecho no».
Hasta en la guerra es necesario un resquicio, acaso una ilusión por salvar el pellejo. No en vano ahí están las vendas que llevan tres años sin usar como un aviso «de que todavía puede ir peor».
Dejo una reflexión del propio autor como colofón para esta plausible obra, y lo hago porque simboliza la filosofía narrativa de Jesús Zomeño: «Las palabras flotan en el aire y no tienen arraigo, por eso no crece sobre ellas nada definitivo». Muy cierto.

viernes, abril 18, 2014

Cuentos completos (1880-1885), Anton Chéjov. Edición de Paul Viejo

Varios traductores. Páginas de Espuma, Madrid, 2013. 1.168 pp. 39 €

Julián Díez

A diferencia de otros autores, sí recuerdo bastante fielmente los pasos de mi progresiva adicción a Chéjov. El préstamo por una querida amiga de una edición cubana con una decena de relatos. Las ediciones de Alianza de la biblioteca. La búsqueda, inútil, de tomos de viejos tomos de papel biblia no del todo completos pero de todas formas inencontrables. La compra del recopilatorio, excelente, de Richard Ford. El sucesivo hallazgo de cuentos nuevos sueltos mezclados con los mismos (maravillosos) reeditados una y otra vez en antologías sueltas. La decepción de las autonombradas obras completas de Aguilar, un solo tomo de relatos con apenas 400 páginas. La misma colección que le dedicaba doce volúmenes a Galdós o Balzac decía en su prólogo que era inviable recoger el material de Chéjov.
Hasta que Páginas de Espuma se ha puesto a la tarea. A veces hay editores que parecen saber mágicamente tomar la temperatura al público; este libro es todo lo que podríamos desear. Es la justificación de mi espera, seguramente también de la de otros vista la velocidad con la que apareció la segunda edición. No es solamente el primero de cuatro volúmenes con todo, todo, todo el material corto del maestro del cuento; es que la edición es definitiva, incuestionable, exuberante, por la que Paul Viejo merece cuantos elogios quepan para un antologista. Este libro es redondo como objeto, como fuente de información sobre el autor, como vehículo para el disfrute de su obra. Traducciones impecables, información sobre cada relato, orden cronológico pero índices con distinta categorización. Un diez.
Para el lector familiarizado con Chéjov, el volumen permite entender lo pronto que el autor encontró su propio camino. Esos diálogos de personajes que hablan interminablemente, tan rusos, son en él más vivos y chispeantes que en la mayoría de sus coetáneos. Relatos bien conocidos y aquí presentes, como “El camaleón” (¿se puede hacer un mejor retrato y una reflexión social más incisiva en cuatro páginas?), se basan precisamente en esa fluidez.
También está aquí la tristeza, el dolor; ese universo ruso denso, tan oprimente en muchos sentidos —social, climatológico, psicológico—, pero plasmado con una cercanía que voces como la de Chéjov lo han convertido en uno de los paisajes cotidianos para el lector moderno.
Sin embargo, esta reseña no sería totalmente completa si no recogiera un hecho básico. Puesto que este volumen es el primero cronológicamente, y pese a que en él hay otras obras maestras como “Flores tardías” o “El gordo y el flaco”, este no es un libro que haga del todo justicia al talento de Chéjov. Este es un libro para lectores que ya le conocen y quieren más: por ejemplo, los primeros relatos que publicó Chéjov, en su mayoría el tipo de anécdotas de un par de páginas que se publicaban en los periódicos de la época, no son de un gran valor por sí mismos.
Para el lector que aún no conozca a Chéjov o sólo tenga presentes un par de cuentos que despertaran su curiosidad (vivimos tiempos extraños en los que hay quien ha leído a Carver pero no a Chéjov ni a Maupassant), ahí están por ejemplo los Cuentos reunidos por Alejandro Ariel González para Losada, Los mejores cuentos seleccionados por Ricardo San Vicente para Alianza, o los Cuentos imprescindibles según criterio de Richard Ford en Debolsillo. Esto, que podría parecer un desdoro para el volumen que comento, no es sino una invitación a posponer su compra; después de que disfrute de uno de esos libros, casi cualquier lector amante del relato querrá más. Y el consejo luego entonces es que no dé más vueltas, como las que di yo: no siga picoteando, venga hasta este volumen y espere a los tres que aparecerán en años sucesivos para tenerlo todo en condiciones óptimas.

jueves, abril 17, 2014

Ávidas pretensiones, Fernando Aramburu

Premio Biblioteca Breve 2014 Seix Barral, Barcelona, 2014. 411 pp. 19 €

Ignacio Sanz

Fernando Aramburu es un monje de la literatura. Vive en Alemania, a cientos de kilómetros de su tierra, nuestra tierra, pero la distancia no le ha hecho perder reflejos y su prosa fluye y fluye posiblemente gracias al cultivo de su oído refinado. Se nota en la profusión de casticismos y en ese trasfondo clásico, como si la sombra de Cervantes o de El Lazarillo flotaran a su alrededor.
Ávidas pretensiones es un festín, una de esas novelas de aliento desenfadado, a ratos gamberro, un alarde de imaginación esperpéntica. Morilla del Pinar es un pueblo de Castilla. Debe andar perdido en la paramera ondulada entre grandes manchas de pinares. En este pueblo, a las afueras, hay un convento de monjas espinas que acogen congresillos y convenciones de todo tipo. En este marco se desarrolla un encuentro de poetas apadrinado por el gran Lopetegui, Lope para los amigos, un estratega de la lírica. Los invitados son 29, aunque uno, rebotado, se marcha nada más llegar. Digamos entonces que 28. El lector a veces se pierde entre tanto nombre. De la pléyade de poetas enseguida destacan ocho o diez con los que el lector se va familiarizando, cada cual con sus troneras y sus manías. Qué tropa. Entre los poetas hay facciones irreconciliables, como es natural. Por ello el lector descubre pequeñas conspiraciones, enredos, venalidades de todo tipo. Pero lo que hay es una fiesta, un desmadre, un carnaval chocarrero y paródico en la mejor tradición literaria.
Entre los asistentes al encuentro el lector se va a encontrar con alusiones a Gimferrer, a Colinas, a Félix de Azúa, a Caballero Bonald. Se trata de simple alusiones, porque estos poetas de carne y hueso no están entre los invitados.
A veces, a juzgar por el comportamiento, más que un encuentro de altas pasiones líricas, la novela parece que trata de las pulsiones que arrancan a la altura de la bragueta. Hay que ver cómo se lo montan los poetas, que diría un castizo, para estar todo el día conspirando contra el sexto mandamiento. Entre los poetas asistentes Aramburu ha incluido, para respetar cuotas, a un poeta catalán, a una colección de homosexuales y a una pareja de lesbianas. También, cómo no, a la jovencita Vanesa que hace de lazarillo de un provecto poeta ciego y que es un bombón que atrae los deseos de toda la concurrencia. Más que un encuentro de líricos, el lector asiste a un desmadre de pasiones.
La novela es divertidísima, aunque inevitablemente se alternen los momentos de sombra con los de mayor intensidad y regocijo. Uno de esos momentos intensos es cuando las dos poetas lesbianas que han sufrido las iras de los lugareños en su coche averiado, deciden tomarse la revancha. El disparate entonces llega al paroxismo. Aramburu, tantas veces crítico y comprometido con la realidad herida de nuestra sociedad, ha querido en esta ocasión deshacerse la coleta y llevar al lector hacia una bacanal de risas y excesos. La risa es un atributo esencial de la buena literatura. No resulta fácil mantener la tensión a lo largo de una historia desbordante y guadianesca, pero una vez más, el escritor donostiarra lo ha conseguido. No en balde con esta novela Aramburu recibió el premio Biblioteca Breve.