jueves, octubre 30, 2014

Sobrebeber, Kingsley Amis

Trad. Ramón de España y Miquel Izquierdo. Intro. Christopher Hitchens. Malpaso, Barcelona, 2014. 325 pp. 23 € (incluye e-book)

Nabor Raposo

Hay poemas y canciones sobre la bebida, se arranca Amis, pero nada que hable de emborracharse, y mucho menos de después de la embriaguez. La obra que nos ocupa también renuncia a la literatura imaginativa, como la define el autor, para abordar el asunto, que resuelve con una combinación de géneros periodísticos para presentarle al lector una insólita y genuina miscelánea etílica cuyo propósito anida más cercano al regocijo que a la erudición. Una combinación que contiene tres cuartas partes de inteligencia narrativa, talento natural y un notable conocimiento de la materia, alimentado por una no menos excelsa sabiduría popular. Añadan un corrosivo humor que, servido sin ningún tipo de dosificador y de manera muy generosa, sabe a marca de la casa –Amis Dry– y pónganle a las botellas ese mismo apellido, sustituyendo el château de la etiqueta por una pluma estilográfica, estandarte heráldico de la familia: el resultado es un cóctel que, en contra de la creencia popular –caprichos del traductor– se sirve agitado y no mezclado –“shaken not stirred”– y frío como una venganza.
Esta serie de artículos, escritos originalmente por Kingsley Amis (1922–1995) en su columna semanal del Daily Telegraph, primero, y posteriormente en el Daily Express, fueron asimismo compilados en su día en tres volúmenes (On drink, 1972; Everyday drinking, 1983 y How’s Your Glass?, 1984) hasta formar la colección definitiva que ahora presenta Malpaso en español, con un gusto exquisito para la edición y a la altura que exigen las circunstancias –es justo reconocerlo–.
Quizá sea esta circunstancia, la repetición, la que constituya el mayor hándicap de este personal vademécum. Como el propio Amis reconoce al principio del segundo capítulo/libro, «cobrar dos veces por el mismo trabajo siempre es agradable», y aunque se refiere a la satisfacción que le produce sacar un libro de crónicas periodísticas ya publicadas, lo cierto es que On drink (Sobre el beber) y Everyday drinking (El trago nuestro de cada día) son prácticamente un repicado de sí mismos. El editor da buena cuenta del problema en la nota prelimitar, y se disculpa, lo que también es de agradecer, con la siguiente excusa: «como todos los compañeros de copas, Amis se repite de vez en cuando». En cualquier caso, la simple lectura podría bastar como un argumento más que suficiente para redimir a ambos.
Los distintos apartados del primer capítulo (el segundo, como hemos dicho, podría entenderse perfectamente como un interesante complemento a lo anterior) compendian una serie de consejos, anécdotas, explicaciones, recetas, guías, inventarios, aforismos y demás pensamientos que deberían bastar a los no iniciados –o los abstemios– para servirse de una entretenida guía turística sobre el universo alcohólico. Conviene, no obstante, detenerse en este punto y llamar la atención del lector más avanzado sobre algunas generalidades cuya vigencia ya ha sido puesta en entredicho con el paso del tiempo, cuando no superada por unanimidad. Aquí nos referimos, especialmente, a los destacados epígrafes sobre el vino –que constituye, valga la redundancia, un universo en sí mismo– y sobre los que podíamos decir que han envejecido en dirección opuesta al producto. En este sentido, valorar las categorías que se establecen de acuerdo al momento actual o presentarlas como un punto de vista original y novedoso se antoja una tarea absolutamente anacrónica: hablamos, por supuesto, de la poca justicia que se hace con el vino español –con el vino español de ahora, se entiende–. Por el contrario, las medidas que Amis detalla para la elaboración de su particular imaginario de bebidas combinadas suelen ser internacionales y facilitan su comprensión, cosa que es de agradecer: partes, vasitos, chupitos, cucharadas, etcétera; cuando no botellas, directamente. Olvídense de los galones americanos, las libras, etcétera.
Por último, El estado de tu copa pretende dinamizar el final de la lectura con un entretenido juego de preguntas y respuestas, algunas de las cuales pueden extraerse de la lectura previa, y que bien podría emplearse perfectamente para conjeturar sobre el diagnóstico aproximado del hígado de los concursantes, y en menor medida, de su erudición.

NOTA DEL REDACTOR
Desde pequeños se nos inculca a todos esa terrible costumbre que dictamina, prácticamente en casi todos los órdenes de la vida, dejar lo mejor para el final. Esto es lo que el arriba firmante persigue con la elaboración de esta nota. Sin embargo, si nos atendemos a la cronología de cualquier jolgorio que se precie, vemos que su conclusión no podría estar más alejada de este convenio. Si finalmente hemos resuelto prolongar arbitrariamente esta reseña, no ha sido sino para poner de relieve, por encima de cualquier otro ámbito dentro del texto, el tratamiento que el autor le brinda –chin-chín– a este cruel y lamentable estado. Resulta inevitable, pues, señalar la principal paradoja que podríamos extraer de esta secuencia: como mandan los cánones, hemos atendido a la inviolable premisa que exige dejar lo mejor para el final, aunque la resaca no sea, ni de lejos, el mejor final que uno pueda esperarse o desear para sí mismo. Y, hablando de paradojas*, la redacción del presente artículo tampoco escapa a la siguiente: escribir –o leer a Kingsley Amis lo que escribe– sobre el episodio póstumo de una buena curda es infinitamente mucho más gratificante que sufrirlo en tus propias carnes. Quizá este sea el último reducto que los gurús del debate entre realidad vs. ficción no hayan conquistado todavía. Lean lo que el autor tiene que decir sobre la resaca. No les será útil: nada lo es. Pero quizá al menos les sirva para encontrar consuelo en esa sutil comprensión, al extremo opuesto de la condescendencia, que solo un buen amigo como Amis podría entregarnos en un momento tan crítico. Vale la pena comprar el libro solo por eso.

* «Nada más despertar, persuádete a ti mismo de lo afortunado que eres por sentirte tan mal. Esto se conoce como la paradoja de George Gale y se centra en la evidencia de que si no te encuentras fatal después de una buena torrija, es que sigues borracho, por lo que deberás estar sobrio y despierto cuando ataque la resaca». Kingsley Amis (Sobrebeber).

miércoles, octubre 29, 2014

Los lanzallamas, Rachel Kushner

Trad. Amelia Pérez de Villar. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2014. 417 pp. 22 €

Salvador Gutiérrez Solís

El fuego como elemento purificador, renovador o, simplemente, como destrucción. Y tras las llamas, la ceniza del olvido, polvo que el viento del presente transporta a su antojo de un lado a otro. El fuego que origina la combustión, la esencia de la velocidad. El fuego que camina a tu lado. La velocidad de una Valera que bate record sobre pistas de sal, allá donde se pierden los caminos y la geografía proclama su ignorancia. La velocidad del fuego.
Rachel Kushner en Los lanzallamas se abraza a la naturaleza del fuego, purificadora y destructiva, para ofrecernos una novela en la que entremezcla el diario vital, el origen, auge y caída del futurismo/fascismo, el Nueva York frívolo, genial y alocado de los setenta, la lucha de clases o la juventud como una etapa en constante transformación. Y también se abraza a la curiosidad de su protagonista, Reno, testigo privilegiada del tiempo que le toca vivir gracias a los personajes que la rodean, así como del pasado que estos le narran.
Kushner utiliza en Los lanzallamas referencias que pueden sernos familiares a la mayoría, que nos han llegado a través del cine, de la música o de la Historia, y que maneja con solvencia, sin caer en la trampa de las imágenes prefabricadas o en la simplicidad de la rememoración emotiva pero vacía, sin incidencia en la estrategia de la novela. Es una de las principales características de Los lanzallamas, en apariencia carece de estrategia, no intuimos una trama definida y en determinados momentos tenemos la sensación de que la narración sigue el dictado de la improvisación, al son de las vivencias de Reno, su protagonista, o de la memoria que recuperan en su presencia. Apariencia de improvisación, de fugacidad, trazos gruesos, que no es tal.
Rachel Kushner combina con habilidad el realismo más descarnado con la poética más íntima, dotando al conjunto de la narración de diferentes pieles y texturas, ásperas, suaves, cálidas, gélidas, siempre atractivas y atrayentes, de un modo u otro. Feroz en el retrato, en la intimidad de los personajes, en la profundidad de las situaciones, penetrante y directa en los diálogos, que emplea para afianzar personalidades y emociones. Los lanzallamas nos muestra un Nueva York desmayado, mísero en su ruina, y entregado a los artistas que escapan de la nube de ceniza y una Italia que trata de despertar de la pesadilla vivida durante décadas. Frivolidad y Brigadas Rojas, la noche sin final, la rebeldía del hastío.
Y por encima de su tiempo, por encima de quienes la rodean, incluso, Reno, artista y motera, permanentemente traicionada, puede que utilizada, central protagonista de una obra con tendencia a lo universal, por encima de lo concreto. Rachel Kushner consigue que su curiosidad sea la nuestra y que el viaje no lo realice en solitario. Eso sí, siempre sobre una Valera.

martes, octubre 28, 2014

La calavera del sultán Makawa, Rudolf Frank

Trad. Miguel Jiménez Bravo. Ediciones del Viento, A Coruña, 2014. 336 pp. 18,95 €

Ángeles Prieto Barba

Con motivo del Centenario de inicio de la Primera Guerra Mundial, Ediciones del Viento ha tenido el acierto de publicar esta novela antibelicista. Una delicia narrativa que recoge con detalle todas las lacras de la guerra de modo convincente, en variados escenarios y con distinto armamento, a través de los ojos de un jovencito. No un niño cualquiera, sino un muchacho avispado y milagroso, dueño de una profunda carga simbólica, que nos sirve de espectador, testigo y acompañante especial en este recorrido por los campos de batalla germanos.
No por casualidad nuestro protagonista, Jan Kubitzki, es polaco, aunque de habla germana para poder entenderse con los soldados. Pues sin lugar a dudas, el país víctima por excelencia de la Gran Guerra fue Polonia, estado que perdió todo su territorio por la acción bélica de alemanes, rusos y austriacos. Devastación con la que se inicia el libro, pues el punto de partida de la narración será este joven como único superviviente, junto a su perro Flox, de un bombardeo que devasta todo un pueblo. Por otra parte, otro eje singular y brillante de la novela se encuentra en su mismo título, La calavera del sultán Makawa, cuyo mensaje se nos irá desvelando a lo largo de la misma para que podamos entenderlo. Primero como metáfora, pues después como cruda realidad.
En las primeras páginas captamos ya que nos encontrarnos ante una novela muy inteligente, escrita con ese magisterio de los relatos cortos que conlleva no dejar ni un hilo suelto. Así ocurrirá. Pero también muy veraz, demasiado. Y es que fue escrita muchos años después, y no en el pleno fragor de la batalla, por un soldado alemán que se presentó voluntario a esa Guerra que todos presentían corta, pero que se alargó mucho más de lo necesario, circunstancia que deja su peso en la novela. Por ello, cuestionar no sólo la acción bélica, sino a uno mismo metido en ella haciendo balance, otorga a esta novela verdadera altura moral, además de estética. La identificación del autor con las ingenuas reflexiones del personaje testigo, Jan Kubitzki, será también inevitable porque Rudolf Frank además de alemán, era judío. Y esta novela, publicada en 1931, le acarrearía no pocos problemas dos años después de ponerla en circulación con el ascenso nazi al poder, circunstancia por la que le retiraron el pasaporte, revocaron su título de doctor de leyes y le obligarían a iniciar un largo exilio en Suiza donde permanecería hasta su muerte.
Tras conocer al personaje de Jan Kubitzki, una no puede menos que recordar a Oskar Mazerath, el niño del Tambor de Hojalata (1959) del premio Nobel Günter Grass, en el que sin duda está inspirado. Ya que la personalidad, el mensaje y el propósito de ambas narraciones son similares, no podemos pasar sus coincidencias por alto. La denuncia en esta novela de la sinrazón, la locura, el absurdo y los tintes macabros que caracterizaron a la Primera Guerra sirvieron también para condenar a la Segunda. Pero mucho más a sus impulsores. En mi opinión, La calavera del sultán Makawa es una obra maestra que puede quedar sepultada por el trasiego de libros conmemorativos que hemos tenido este año. De ahí que haya querido realizar esta advertencia para que de ninguna manera se la pierdan.

lunes, octubre 27, 2014

Don de lenguas, Rosa Ribas, Sabine Hofmann

Siruela. Madrid, 2013. 408 pp. 19,95 €

Victoria R. Gil

Mariona Sobrerroca, famosa dama de la burguesía catalana, aparece asesinada en el peor momento para una Barcelona franquista donde quien se mueve no es que no salga en la foto, es que no sale en la vida. Si lo sabrá Ana Martí, cuyo padre, veterano periodista de La Vanguardia, maltrabaja en un colmado, en pago por las culpas de un pasado republicano y de un hijo rojo, fusilado en el penal. Tampoco su prima Beatriz Noguer, una eminente filóloga, escapa a la revancha de los vencedores: «En España no podía trabajar en ninguna Universidad, ni siquiera en un instituto de Bachillerato. Para poder trabajar necesitaba un certificado que garantizara su adhesión al Régimen. Y no se lo iban a dar nunca».
En esa tristura cotidiana de los años cincuenta, donde tan difícil resulta sobrevivir a la pobreza mental como a la económica, la proximidad del Congreso Eucarístico exige de la ciudad una imagen de serena beatitud, una limpieza que viene a desbaratar el crimen de Mariona Sobrerroca, lo más alejado del orden y el control que pueden aceptar las autoridades locales.
Para sorpresa de Ana Martí, recluida en las páginas de sociedad de La Vanguardia, la policía ofrece la exclusiva al periódico y éste, a su vez, le encarga a ella cubrir el caso. La buena disposición con que comienza su bautismo en la sección de sucesos -obediencia absoluta al inspector Castro, a cuyo dictado escribe prácticamente sus crónicas- no le dura demasiado; la joven se sale del doble papel que le han impuesto como mujer sin iniciativa y como periodista servil. Con la ayuda de su prima Beatriz, quien maneja el lenguaje con igual destreza con que otros dirigen un pelotón de fusilamiento, seguirá una línea de investigación opuesta a la oficial y descubrirá que el don de lenguas de su prima vale tanto como el más sagaz de los instintos policiales.
Ésta no es una novela negra trepidante, plena de acción y suspense, donde la muerte no da tregua ni las persecuciones, respiro. Ni falta que le hace. Hay muertos, claro, e intriga, pero el ritmo es pausado y el caso se despliega con esa morosidad con que parecen correr los días cuando escasean la comida y la esperanza. Y aun teniendo el corazón negro, el alma de Don de lenguas es gris como ese luto que quiere volverse blanco, pero no pasa de alivio. El gris de las noticias del NO-DO, de la corrupción política y la chapuza administrativa, del periodismo cómplice del poder, de la subordinación femenina y la impunidad del ganador.
Una impunidad que llega a enmendarle la plana al diccionario y acomodar la realidad a su conveniencia, aunque el resultado no deje de ser ridículo: «En los últimos años muchas palabras habían cambiado de significado; como “rojo”, que se usaba con vehemencia para señalar a los comunistas y enemigos del Estado. Caperucita Roja se llamaba ahora Caperucita Encarnada».
Ribas y Hofmann consiguen transmitir, con unas pocas pinceladas distribuidas sabiamente a lo largo de la novela, la sociedad triste y opresiva en la que deben sobrevivir sus personajes: «”Modesto” (…) era una palabra de su madre con la que trataba de ocultar las calles sucias, el perenne olor a humedad y a orines de algunos portales». «“Pasó de largo sin mirar la pintada que había estampado el rostro de José Antonio sobre unas letras de molde que proclamaban “¡Presente!”, contra cuyo vandalismo nadie se había atrevido a protestar por temor a significarse». Pero además de la crítica social, que no falta, da gusto descubrir la discreta defensa de la literatura, la lengua y las bibliotecas vividas que las autoras contraponen a la ignorancia orgullosa y a la necia fatuidad de quienes pueden tener las armas, las cárceles y el poder, pero no por ello poseen la razón.
Y si al finalizar la lectura de Don de lenguas descubren que hay cosas por las que no parece pasar el tiempo, no les extrañe; Ribas y Hofmann han sabido enfrentarnos a un espejo en el que, duele admitirlo, aún podemos reconocernos, sesenta años después.

viernes, octubre 24, 2014

La puerta de los pájaros, Gustavo Martín Garzo

Impedimenta, Madrid, 2014. 192 pp. 20,95 €

Pedro M. Domene

El unicornio simboliza el silencio que acompaña los momentos esenciales, manifiesta Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) a propósito de su nueva entrega, La puerta de los pájaros (2014), una novela sobre el fin de la infancia, un texto que reivindica una literatura fantástica y mitológica, protagonizada por una princesa y un unicornio, y lo más importante de esta fábula, sin lugar a dudas, la mirada sobre las cosas y la realidad, porque hemos encaminado nuestra existencia hacia un mundo tan urbanizado que olvidamos fabular sobre los mitos y, además, inconscientemente nuestra vida la hemos convertido en algo pura y esencialmente racional.
En este libro se cuenta la historia de Constanza, una joven princesa que, junto a su padre el rey Dinis de Portugal, como es habitual, vive en un suntuoso palacio entre tapices que muestran a jóvenes doncellas con unicornios, y una leyenda afirma que, esos misteriosos animales, solo pueden encontrarse en la profundidad de los bosques porque son muy asustadizos. Una criatura mitológica de la que nada se sabe, aunque parece que sigue en secreto a las muchachas que se internan solas en el bosque y espera a que se sienten a descansar para acostarse a su lado y quedarse dormido sobre su falda, y lo que ocurre justo después de que este unicornio repose en el regazo de la joven Constanza, sirve de pretexto para que el narrador vallisoletano nos cuente su historia. Y sabemos, también, que la princesa tenía un secreto que la hacía escapar sola al bosque, y que pasará muchos años durmiendo sin que su cuerpo envejezca, mientras todo se vuelve triste y sin vida a su alrededor. Con su texto Martín Garzo quiere recordarnos esos cuentos que todo el mundo ha leído siendo un niño y que, como antaño, nos cuentan una hermosa historia sobre fantasía y magia en la que uno se ve envuelto con toda facilidad, porque entre otras muchas virtudes, estos relatos desprenden un halo de misterio e incertidumbre, y a medida que vamos leyendo se hilvanan pequeñas historias y descubrimos a los personajes que las protagonizan, y además de la princesa y su unicornio, aparece una horrible y malvada madrastra, Placeroscuro, que desencadenará el argumento de todo este cuento, y sabremos de Merlín y de sus hechizos, y su angustiada búsqueda de una familia de gitanos que ha comprado el cuerpo dormido de la pequeña Constanza como parte de su espectáculo, mientras la asiste la pequeña y hermosa Esmeralda que cuida el dulce sueño de la princesa y, casi sin darnos cuenta, quedamos sumergidos en una fantástica historia donde todo, todo es posible. Y esa, y no otra, es la magia que caracteriza a este libro, traspasamos esa suerte de Puerta de los Pájaros, que existe realmente, y en literatura se convierte en una auténtica invitación a no dejar nunca de soñar, de imaginar o, mejor aun, a que lleguemos a creernos los sucesos más fantásticos que nunca antes hubiéramos podido imaginar. Así, la historia de la princesa Constanza, presa de un sueño que parece eterno, de su padre entristecido y de los muchos viajes y aventuras que realizará dormida por una geografía reconocida, de las tribulaciones del mago Merlín y del relato de mitológicos unicornios, es sobre todo una alegórica visión de un no menos fabuloso mundo que resulta agradable no solo a los adultos sino que, también, aun logra serlo para los niños.
Uno de esos libros que pueden leerse como un cuento y, que de alguna manera, como señala el propio Martín Garzo, desde un plano más concreto significa una despedida de la infancia, aunque el escritor se encarga de que no sea una despedida triste, sino el resultado de todo un proceso de cambios como los experimentados a lo largo de nuestra vida, y que en La puerta de los pájaros, encarna Constanza, pero que tras su lectura se convierte en el recuerdo de esa infancia feliz ahora que ya somos adultos. Uno de esos libros para mirar atrás, para recordar, para asombrarnos, quizá un poco para llorar una pérdida, pero sobre todo para sonreír. Los niños y los adolescentes suelen ser seguidores de estas historias simbólicas, mágicas y mitológicas y, sin duda, son lectores ejemplares porque de hecho viven en un mundo paralelo sin necesidad de haber leído nada al respecto, y su pensamiento se aleja bastante de la racionalidad, hasta el punto de convertirse ellos mismos en personajes del mundo del cuento, según el propio autor.
La editorial Impedimenta publica este volumen de una forma ejemplar, además está ilustrado por Pablo Auladell que con mano de clásico, en realidad, ha vestido con sus ilustraciones una historia que contiene, de alguna manera, todo el peso aunque la verdad es que sus dibujos complementan el sentido último que Gustavo Martín Garzo ha pretendido otorgar a su historia.

jueves, octubre 23, 2014

En las montañas de la locura, H.P. Lovecraft

Trad. Miguel Temprano García. Acantilado, Barcelona, 2014. 149 pp. 14 €

Fernando Ángel Moreno

Hace poco me preguntó alguien si creía que la prometida adaptación de Guillermo del Toro para En las montañas de la locura me gustaría. Respondí que lo veía difícil en cuanto a la manera en que yo disfruto el libro: desde lo ausente.
Apenas ocurre nada en el libro. El terror de la novela no está solo en «lo no mostrado» en cuanto a acontecimientos, como tantas veces comentan los teóricos. Ese es un punto de vista argumental. Aquí lo terrorífico está en lo que no se encuentra presente ni en nuestra imaginación cotidiana, en lo que solo podemos entender por la negación de lo que sí vemos. No se trata de la ausencia en la narración, sino de la ausencia en nuestros conceptos de la realidad.
Así, en estas montañas de la locura, Lovecraft nos aporta una enorme cantidad de datos científicos, sobre cuya veracidad ni puedo pronunciarme ni me interesa, y nos invita a vagar por una ciudad perdida en lo más profundo de la Antártida. Apenas eso. Carece de la clásica saturación de persecuciones y de las peleas con cuchillos al borde de un precipicio. A una película hollywoodiense de acción más tradicional, el libro aportaría solo un escenario; dudo de que aportara una narrativa cómoda para una adaptación cinematográfica. No va de eso.
Esto hay que tenerlo claro al acercarse a una novela ya clásica, pero que, incluso hoy, ochenta y tres años después de su primera publicación, exhibe una experimentalidad sorprendente en muchos niveles. Explora como pocos textos ese estilo tan lovecraftiano de «lo que no se puede describir», para finalmente redundar en «lo que no se debe describir». A pesar de que se trata de un libro plagado de descripciones, un texto que es en sí una gigantesca descripción, la falta de asideros referenciales ha de tenerla muy en cuenta quien entre en busca de monstruos gigantescos, psicópatas enloquecidos o sangrientos gores.
El viaje que propone Howard Philip Lovecraft en su único trabajo publicado como novela se dirige a todo aquello que yace en el fondo de nuestros apriorismos físicos, todo aquello que escapa a lo presupuesto. Por ello, los textos de Lovecraft conllevan connotaciones éticas, políticas, sociales... Puesto que llaman la atención sobre realidades que podrían ser de otro modo, sobre planteamientos que a menudo intuimos, sobre la inestabilidad de nuestros horizontes de expectativas. En el fondo, sobre nuestras incertidumbres.
Todo esto lo evoca mediante la descripción de la arquitectura, una de las máximas expresiones de la geometría y de la materialidad en su relación con la cultura y los imaginarios. Cabe relacionarlo con el modo en que Fredric Jameson, en su Teoría de la postmodernidad, centra simbólicamente nuestro paradigma cultural en la arquitectura. La ciudad perdida de esta atípica novela representa de una manera novedosa y aún poco igualada esa manifestación de lo inaprehensible.
En cuanto a las propias palabras y su devenir, el texto representa bien ese giro tan lovecraftiano de no utilizar el terror como una súbita entrada de lo sobrenatural en la cotidianeidad. Por el contrario, la novela empieza ya con la característica declaración de que no se creerá lo narrado. Esto provoca que no sea el argumento lo que fuerce el conflicto entre lo cotidiano y lo horroroso, sino que ese conflicto se mantenga durante todo el viaje. En este sentido, la saturación de referencias científicas, tecnológicas, materiales refuerza el choque con esa realidad alternativa o, mejor dicho, yuxtapuesta, que constituye toda la mitología lovecraftiana.
En cuanto a la edición que nos presenta Acantilado, me pregunté, al conocerla, por su necesidad. Entre las traducciones, ya guardo en mi casa la clásica de Alianza, a cargo de Fernando Calleja; la muy interesante de Valdemar, por Francisco Torres Oliver, y la extraordinaria revisión de Juan Antonio Molina Foix, con un magnífico y muy recomendado estudio introductorio, para Cátedra. Y Acantilado no presenta un estudio, para desgracia de los académicos como yo, hambrientos de nuevas interpretaciones, de nuevos espacios donde discutir.
Sin embargo, finalmente, voy a guardarla en un lugar de honor junto a esas otras tres ediciones que conservo. El motivo es la propuesta del traductor, Miguel Temprano, quien escoge una redacción mucho más fluida que las anteriores, sin perder los «excesos retóricos» originales. En este sentido la considero más en la línea de Torres Oliver. Si Molina Foix, por ejemplo, opta por desplegar un vocabulario más heterogéneo y una atmósfera más agobiante, Temprano recupera en mi opinión la fluidez del medio original donde se publicaban este tipo de textos: las revistas pulp. Con ello, no pierde fuerza y suaviza un poco la sintaxis, complejo problema con Lovecraft.
En definitiva, ¿con cuál me quedo? Ahí tengo las cuatro, en la biblioteca.
Por último, no tengo claro si denunciar la exageración o aplaudir esas palabras en la solapa del libro:
«H.P. Lovecraft (Rhode Island, 1890-1937), prolífico escritor de historias, ensayos y poemas, se encuentra entre los grandes nombres de la literatura norteamericana del siglo XX.»
Ante la duda, suscribámoslo. ¿Por qué no?

miércoles, octubre 22, 2014

Pequeño, el disco que salvó a Bunbury, Josu Lapresa

Lengua de Trapo, Madrid, 2014. 194 pp. 16,50 €

Salvador Gutiérrez Solís

Es justo reconocer el esfuerzo que está desarrollando Lengua de Trapo en los últimos tiempos por analizar, definir, resituar y sistematizar la historia más reciente de la música popular española desde una perspectiva literaria. Alaska y los Pegamoides, Kortatu, Los Planetas o, ahora, Enrique Bunbury han protagonizado las entregas de Cara B, una colección que va camino de convertirse en una referencia para todos aquellos empeñados por catalogar y ordenar su memoria musical, que en muchos casos también es la emocional.
Josu Lapresa aborda en Pequeño, el disco que salvó a Bunbury, el importante y profundo paso que supuso para el artista zaragozano pasar de ser la voz, la cabeza visible, de Héroes del silencio a un intérprete en solitario, tal y como hoy lo conocemos. Lapresa explica con detalle la reacción colectiva que se encontró Enrique Bunbury tras publicar su primer trabajo, Radical Sonora, que no fue precisamente comprensiva o elogiosa por buena parte de los seguidores de los Héroes. Acostumbrados a un sonido muy definido, y que se convirtió en la banda sonora generacional de miles de seguidores.
En este sentido, el éxito multitudinario de Héroes del silencio no fue, ni mucho menos, un trampolín, o un atajo, para el éxito posterior de Enrique Bunbury. En realidad, tal y como relata Josu Lapresa, esta falta de entendimiento va más allá de la aceptación general, ya que es el propio Bunbury el que no acaba de diseñar el traje en el que sentirse cómodo y habitar en su nueva versión, en solitario, sin el resto de la banda. De ahí el título de este libro, ya que fue Pequeño el primer trabajo de Bunbury en el que comenzó a expresarse libremente más allá de la acentuada etiqueta Héroes, y también fue el primero que propició el encuentro entre la nueva propuesta del artista y sus seguidores. Un disco salvador, como se indica en el título. Una teoría que sitúa a Radical Sonora, su primer trabajo en solitario, en un segundo plano, ya que, según considera el autor, no consiguió su objetivo.
Josu Lapresa se maneja con solvencia en esta reconstrucción del periodo más decisivo del que muchos consideran el rockstar más importante de la música española, si nos atenemos a su producción, grado de conocimiento y repercusión internacional. Un texto excelentemente documentado, en el que se analizan los aspectos más significativos de Pequeño, un disco crucial, como posteriormente ha quedado demostrado, en la trayectoria de Enrique Bunbury.