viernes, febrero 27, 2015

Cuentos completos de la Comedia Humana, Honoré de Balzac

Ed. y Trad. Mauro Armiño. Páginas de Espuma, Madrid, 2014. 765 pp. 35 €

Salvador Gutiérrez Solís

No sé si Balzac es el mayor creador que nos ha ofrecido la historia de la Literatura. Que ha sido el más ambicioso, no me cabe duda. Su Comedia Humana es el proyecto más amplio, global y complicado que un escritor se haya planteado hasta la fecha. Y no es solo eso; es algo, mucho, más. Primera rueda del automóvil en el que circula la narrativa que conocemos, chispa, llama, punto cardinal, faro, guía. Origen. Y es que con Balzac la novela se ocupa de la vida, de lo rutinario, de los mortales, con sus miserias y grandezas, baja a la tierra, se abraza a lo real. Balzac, además, extendió esta naturalización de lo literario a su propia existencia: “profesionaliza” la vocación o convierte el talento, la Literatura en su caso, en una manera de ganarse la vida, en un oficio. A Balzac le puedes dedicar media vida lectora, y no es una exageración, y tener la sensación de que no lo has leído todo. Con toda probabilidad, no se trate de una sensación, sino de una certeza. A pesar de no concluir con la tarea que se autoimpuso, arcadia utópica, la obra de Balzac es amplísima, un interminable océano de historias y personajes, que aún seguimos descubriendo, como si se tratara de un torrente inagotable.
Torrente, una magnífica imagen para referirnos al título que nos ocupa, los Cuentos completos de la Comedia Humana. Me atrevería a afirmar que la edición que Páginas de Espuma ha llevado a cabo es uno de los grandes acontecimientos literarios de los últimos años. Por la calidad del autor, incuestionable; por la detallada información adicional que nos ofrece; por las anotaciones, por el objeto libro en sí mismo. En este punto, la felicitación es extensible, como no podía ser de otra manera, al magistral trabajo realizado por Mauro Armiño, responsable de la edición y de la traducción.
En el prólogo de estos Cuentos completos, se compara la obra de Balzac con el alzado de una catedral. Un más que acertado ejemplo, tengamos en cuenta que nos encontramos ante un autor y una obra de dimensiones colosales, inmensa, como también se indica en el mismo prólogo, que indudablemente se trata de la palabra más adecuada en este caso. Catedral, con sus correspondientes naves laterales, donde cabría situar esta colección de relatos de Balzac.
27 textos en total, si las cuentas no me fallan, en los que encontramos al Balzac que nos retrata la soterrada vida de la provincia, las –frecuentemente- turbias intenciones de los que acceden a la corte, las interioridades del estamento militar, las alcantarillas de la nobleza, los desdenes de los matrimonios, la obsesión por la posesión o la corrupción. Temas candentes en la primera mitad del siglo XIX y que siguen estando vigentes, igualmente candentes, en la sociedad actual, casi 200 años después. Otra de las características de la obra de Balzac: la permanencia. Universalizó la narrativa, al abordar los grandes temas desde una posición atemporal, situándose en el verdadero epicentro.
Como en sus obras más célebres de mayor extensión, Papa Goriot, Ilusiones Perdidas o Eugenie Grandet, estos Cuentos Completos arrancan a partir de situaciones comunes, banales en algunos casos, que Balzac consigue perfilar y transformar en un estudio pormenorizado de los hechos y sus protagonistas gracias a sus extraordinarias dotes para la descripción, tanto de los elementos materiales como de la psicología humana. En definitiva, estos Cuentos completos de Honoré de Balzac son una obra inmensa y fundamental, una verdadera catedral de la Literatura que no podemos dejar de visitar y disfrutar.

jueves, febrero 26, 2015

Cuaderno de brotes, Vicente Gallego

Pre-Textos, Valencia, 2014. 74 pp. 12 €

José Miguel López-Astilleros

Vicente Gallego (Valencia 1963) ha publicado libros que han merecido el aplauso de la crítica como Santa Deriva, Cantares de ciego o Si temierais morir, entre otros muchos. Ha recibido numerosos premios, entre los que destaca, dos veces el Loewe de poesía. También ha hecho incursiones en la narrativa con títulos como Cuentos de un escritor sin éxito o El espíritu vacío. Y en el ensayo con obras como Vivir el cuerpo de la realidad (2014), que tanto tiene que ver con Cuaderno de brotes. También en 2014 se le otorgó el Premio Emilio Alarcos con el poemario Saber de grillos.
Cuaderno de brotes es un libro de poemas en prosa, que se enmarca en una búsqueda personal de espiritualidad emprendida hace ya unos años, durante la cual dio con los textos de Sri Nisargadatta Maharaj, entre otros muchos. En un poema titulado “La pregunta”, perteneciente al libro La plata de los días (1996), que comienza «En la noche avanzada y repetida,/ mientras vuelvo bebido y solitario/ de la fiesta del mundo, con los ojos muy tristes…» el poeta se pregunta al final del poema «…durante cuánto tiempo cumpliré mi condena/ de buscar en los cuerpos y la noche/ todo eso que sé/ que no esconden la noche ni los cuerpos.» Lejos quedan aquellos tiempos, aquella búsqueda hoy se ha tornado espiritual, y parece que ha comenzado a dar sus frutos, este libro es un ejemplo de ello.
Según avanzamos en la lectura de la obra, nos da la impresión de que el poeta va dando cuenta de la interpretación poética de sus experiencias cotidianas y recientes, como si tras un paseo por el monte el leguaje se congregara en su voz y profundizara en lo elemental de lo vivido. La presencia de la naturaleza es constante a lo largo de todo el libro, es celebración y gozo, sea encarnada en la luz del sol, un atardecer marino o un cielo estrellado, incluso al margen del lenguaje, frente a la cual a menudo este se muestra insuficiente. Esta naturaleza participa de la concepción advaíta e incluso de la mística cristiana, en las cuales todo forma parte del uno, como “En el río” donde en lo mínimo se condensa la totalidad: «Meto un brazo hasta el codo en estas aguas. Palpo su frescura. Todo junto se adentra en ellas en mi mano. Hundidos en mi puño, el sol, las cumbres, los milenios.», de modo que se hace efectiva la unión entre el poeta que percibe el mundo y lo percibido. Por otra parte también puede advertirse un cierto franciscanismo en el deseo de fusión con los seres vivos, se siente solidario con ellos, tanto que en “Romero en las laderas” lo llama «romero hermano». No hay más propósito en la naturaleza que la humilde existencia en sí misma, como puede apreciarse en “Alcachofas en flor”, «Vuestra flor se abre para nadie, para nada…» Ante la vida como ante la naturaleza tiene una actitud de asombro, así en “La tormenta en el monte” dicho fenómeno meteorológico le sirve para cantar la grandeza y la magnificencia de su misterio, ante la cual el poeta se siente parte de lo permanente, «Al amparo de la roca, bajo la gran cornisa bautismal por donde escurre la riada bermeja del arrastre, me acurruco y me fundo con la piedra, con el cuerpo milenario del asombro.» La naturaleza, de este modo, niega el vacío con su presencia corpórea, pura existencia, puro existir, puro ser sin más.
La razón de la existencia está en la propia inmanencia del existir de cada ser vivo u objeto, aunque vivir es también percibir e interpretar el mundo por medio del lenguaje, que aporta una corporeidad suplementaria a la realidad, revelando la carnalidad plena del ser, que no trascenderla. Si en “Tierra firme” Vicente Gallego nos sitúa frente la probable inexistencia del futuro, en otras ocasiones intuye que el tiempo está constituido por silencios, vistos como algo terrible que amenaza al hijo, así en “Jugando al escondite”, mientras que en “Proximidad” al acariciar a su hijo se siente partícipe de lo eterno y se rebela contra el tiempo «…siento el limpio borbotón de la sangre niña, y estoy chapoteando en la eterna claridad mientras mi padre me acaricia y muere el tiempo.» En todo el libro late un canto a la felicidad de lo humilde, de lo sencillo, de lo íntimo y cercano, pero en todo ello también está presente la conciencia de la muerte (“Primavera en el patio”), además en “Muerte de un pájaro” esta es asumida de un modo natural como un estadio de la vida, sin dramatismo. También hay lugar para la melancolía ante la contemplación de unas jóvenes, ante las que se siente caduco (“Muchachas transeúntes).
Respecto al lenguaje hemos de señalar la absoluta adaptación de la forma al fondo, de la palabra, la sintaxis y la retórica al contenido. Es sencillo para dar entrada a la realidad de lo cotidiano, de su familia, de su entorno afectivo y de cuanto lo rodea; y tiene reminiscencias, en su tratamiento, de la mística cristiana y la poesía oriental. En unos cuantos textos reflexiona sobre el mismo, así por ejemplo llega a decir «No se hace poesía con el pensamiento, se hace con palabras sueltas…» (“El habla de los pájaros”) o «…me voy precipitando con el texto hacia lo hondo…» (“La línea en llamas”), como ya le sucediera a Juan Ramón Jiménez en sus dos últimas etapas.
Cuaderno de brotes es un libro hermoso, en el que a través de la desnudez de la expresión se indaga en las profundidades y misterios de la existencia, reducida ahora a lo elemental, hasta vislumbrar la ansiada verdad en toda su belleza.

miércoles, febrero 25, 2015

Los amigos de Franco, Peter Day

Trad. Jordi Beltrán Ferrer. Tusquets, Barcelona, 2015. 276 pp. 20 €

Ángeles Prieto Barba

En el significativo año de 1939, Josep Pla ya nos indicaba en la revista Destino que «la neutralidad es una política, es decir, no es una tarea que tenga algo que ver con la noble actividad abstracta, sino que por el contrario sus dimensiones se rozan constantemente con lo concreto». Frase más que ilustrativa de lo que vamos a encontrar en este libro, que explica muy bien la supuesta neutralidad británica ante la historia española en el siglo XX. Neutralidad que entendemos por no tomar públicamente partido, pero hacer todo lo posible para que triunfara aquél que ellos habían designado previamente como ganador, Francisco Franco, freno del bolchevismo.
Por eso, tras este estupendo libro firmado por el periodista inglés Peter Day, quien ha consultado archivos descatalogados en los últimos años, ya no podremos seguir hablando de neutralidad británica sin engañarnos ante una democracia liberal con unos servicios secretos que proporcionaron el famoso Dragon Rapide a Franco, y que más tarde sobornarán a la mayor parte del gobierno para conseguir la lealtad del país totalitario al bando aliado. Y lo hicieron a conciencia, sin tener que taparse la nariz, ni mirar hacia otro lado.
Este estudio se abre y se cierra con la biografía e intervención permanente de un personaje único, semianalfabeto pero inteligente, avispado y trapisondista, llamado Juan March, séptimo hombre más rico del Mundo en su época. Quien nos sirve además para apuntalar el interés contemporáneo que tiene este libro, ya que todas las peripecias de políticos corruptos que hemos tenido que sufrir últimamente empalidecen al lado de las cometidas por este señor, quien por ejemplo se hizo con el monopolio de tabaco producido en todo Marruecos, uno más entre sus muchísimos logros, quien aparece descrito como “archirrufián” y “Al-Capone” por el embajador británico en Madrid, en una cita sin desperdicio como todas, absolutamente todas, que aparecen recogidas en este imprescindible libro.
Otro de sus éxitos fue poner a disposición de los sublevados contra la República 600 millones de pesetas de las de entonces y alquilar el Dragon Rapide a los británicos, transporte ligero que finalmente conduciría a Franco desde las Canarias hasta el ejército en Marruecos, dando así inicio a la Guerra Civil. Un joven Franco intrépido y desconocido, tras afeitarse el bigote y disfrazarse convenientemente para así asegurar el éxito de esta misión que aparece aquí con todo lujo de detalles y nombres propios, tanto británicos como españoles, incluyendo un radiografista completamente borracho. Toda una aventura.
Por otra parte, la segunda parte de este ensayo reviste idéntico interés, ya que nos explica cómo pudo sortear el régimen el embite de una Segunda Guerra Mundial utilizando esa misma táctica tan bien empleada por los ingleses durante la Guerra Civil: Otra vez esa falsa neutralidad en público, mientras se negociaban condiciones para un futuro enlace con el bando vencedor en privado. Aquí entrarán en juego grandes personajes: tanto el duque de Alba, en su cargo de embajador, como los miembros de esa monarquía latente que esperaban también recuperar lo perdido. En concreto, saldrá favorecida la bisabuela y madrina de Felipe VI, la británica Victoria Eugenia (Ena) que acabaría instalada en Suiza, territorio neutral, muy bien cubierta. Del mismo modo, mientras Himmler o el conde Ciano eran agasajados en sus visitas españolas con grandes discursos y aplausos de multitudes, el gobierno franquista no dudó en firmar grandes acuerdos comerciales con británicos y norteamericanos, al objeto de garantizar el suministro de petróleo, algodón, caucho, estaño y trigo, paliando así la escasez que teníamos de todos ellos. Por eso, determinando que un Franco amigo era conveniente, pero un Franco neutral absolutamente necesario para poder ganar la guerra, Gran Bretaña no tuvo inconveniente en sobornar a más de la mitad del gobierno para garantizar así sus intereses. El intermediario, cómo no, fue Juan March. Y el villano, Serrano Suñer, cuñadísimo cuyo poder sucumbiría súbitamente tanto por los reveses alemanes ante Stalin y la entrada de EE.UU en la contienda europea, como por el atentado de Begoña o su romance con la marquesa de Llanzol. Y, ¿quién llevó a cabo todas esas grandes transacciones con Gran Bretaña? Por supuesto, don Juan March, llevándose su parte del botín.
Tal vez os parezca que me he extendido mucho en la tarea de informaros del contenido, pero me he quedado muy corta, tal es el cúmulo de datos, el interés y la importancia de lo aquí recogido, vital para asomarnos a esa historia española del siglo XX que aún estamos lejos de comprender y asumir en todas sus consecuencias. Por eso mi enhorabuena al autor, al eficaz traductor y a la editorial Tusquets por hacer llegar a nuestras manos este ameno e inteligente libro. Bien hecho.

martes, febrero 24, 2015

La noche y su perdón, Juan Antonio Marín

XXV Premio Nacional de Poesía José Hierro. Universidad Popular José Hierro, S.S. de los Reyes, 2014. 78 pp. 12,07 €

Ariadna G. García

No hay obra literaria que merezca la pena que no trate directa o indirectamente de la muerte y del tempus fugit, desde las medievales coplas de Manrique hasta En busca del tiempo perdido de Proust, por mencionar dos ejemplos señeros. Estos son los temas que aborda en su último libro Juan Antonio Marín, un poeta de suerte desigual: avalado por los lectores habituales del género, y sin embargo ausente de la nómina de poetas que componen su generación (nacidos en los 60). Su modestia, manifestada por él en sus composiciones («tan sólo quiero hablar, jugar con las palabras,/ soñar a media tarde/ y dejo para otros el mapa de la perfección,/ la exigencia y el bien/ que yo sólo me ensayo en la caricia./ Después de todo,/ a quién puede pesar que sobren ríos en el mundo,/ o que sobren ramajes en invierno») no debe ser impedimento para su inclusión entre lo más granado de su quinta poética. El tiempo, los siglos, ya se encargarán de seleccionar, descartar y clasificar a los autores que las futuras generaciones lectoras consideren más afines a su sensibilidad, o más representativos del siglo XXI. Entre tanto, sumemos y no restemos nombres, y menos aún cuando han demostrato sus quilates en libros contundentes, como lo es La noche y su perdón.
Marín, desde El horizonte de la noche (Premio Adonáis, Rialp, 1992) a Yo he vivido en la tierra (Polibea, 2011) -los poemarios que abren y cierran el arco de su obra hasta el libro que reseño hoy-, se ha entregado a una estética a contracorriente de la mayoritaria: de alto vuelo imaginativo, evocadora y hermética; esa que ahora se abre espacio en colecciones menos independientes, esa que ha seguido un hilo escurridizo y brillante desde las Vanguardias (dejando un puñado de nombres imprescindibles: Gamoneda, entre muchos otros).
La noche y su perdón es un canto a la vida desde la conciencia de la caducidad. El sujeto lírico, a través de monólogos, se incita tanto a la escritura (“Escribe para arder”) como a la existencia tranquila y desambicionada. Sólo hay un mandato que cumplir en el mundo: “sé feliz”. El resto nada importa. Es la única ley antes de que se cumpla el destino de todos: «No habrá más luz un día, sólo habrá firmamento/ oscuro y sin edad». En el tránsito entre dos silencios (Thoreau dixit): las dudas («no sé qué significa la alegría/ que se enciende y se apaga»), la felicidad que reside en las pequeñas cosas («a mí que me acaricien las flores… la energía/ que aguarda el alimento y explota en el alcohol»), la soledad, el descrédito de que las palabras sirvan para algo, la ilusión de que exista lo real, la conciencia de que la extinción personal es intrascendente («¿Qué le importa a la tierra que se muera otro cuerpo/ si el abono lo tiene asegurado?»), la aceptación estoica de los límites («No le voy a pedir cuentas al tiempo,/ voy a estarme tranquilo/ esperando la paz o no esperando nada»), el lento deterioro de la fuerza, la amistad, la conciencia de uno.
Juan Antonio Marín ha escrito un poemario sincero, hermoso y terrible, porque nos enfrenta a un espejo. Posiblemente, se trata de su mejor obra. Los versos aún retumban cuando cierras el tomo, y son versos que duelen. ¿Te atreves a mirarte en el cristal?

lunes, febrero 23, 2015

No me cuentes mi vida, Antonio Tejedor

La Fragua del Trovador, Zaragoza, 2014. 146 pp. 10 €

Pedro M. Domene

La vida, en palabras de Anatole France, resulta deliciosa, horrible, encantadora, espantosa, dulce y amarga; aunque, para muchos, lo es todo. Y algo de esto se nos viene a la mente cuando leemos, No me cuentes mi vida (2014), de Antonio Tejedor (Fuentespreadas, Zamora, 1951), una colección de cuentos sobre lugares y personajes cotidianos, sobre el amor y el desamor, sobre frustraciones, y también alguna alegría, o el relato de soñadores y de perdedores, en suma la vida misma con sus amaneceres y atardeceres, y al fondo las luces y las sombras de una suma de vivencias.
Los libros de cuentos invitan, en su perspectiva múltiple, a una visión distinta de nuestra propia existencia, y cuando somos conscientes de esa purificación que nos llega a través de unos personajes inventados que, como nosotros, sueñan con algo mejor, o sufren las mismas situaciones; entonces, y solo entonces, unimos vivencias comunes y con su ejemplo sacamos sabias consecuencias tanto de sus aciertos como de sus errores, y al tiempo observamos que, de la mano de su autor, se divierten o sueñan, hasta alcanzar una clásica catarsis que provoca en nuestra lectura múltiples interpretaciones, y sobre esa sensación degustamos finalmente una buena historia. Antonio Tejedor reúne una veintena de cuentos para como él mismo señala, «encerrar toda una vida en una línea, en una frase», e incluso, para concretar su propósito de mostrarnos su mejor literatura, aun concreta «la noria, de tu vida y de mi vida»; y a una especie de noria se parecen estos relatos de una variada factura, tanto temática como de extensión porque ponen de manifiesto el recuerdo, las relaciones, el trabajo, o el camino recorrido a lo largo de nuestra vida, algo que para muchos supone una larga andadura solo singularizada por todos y cada uno de los personajes con que nos deleita Tejedor, la chica que espera el autobús del primer micro, “Zaragoza”, la monótona vida de Olga y su timidez ante Mario, en “Dos entradas”, incluso el recuerdo del joven a cuya chica le encantaban las setas en “Hojas secas”, y la hambruna, miserias de una familia de campo y la necesidad de consagrar a uno de sus hijos a salvar chinitos en África, “La gloria de los vencedores”, fragmentos de tantas y curiosas vidas, pasado, presente y futuro de muchos de estos personajes que se asoman a las páginas de No me cuentes mi vida como muestra de esa fractura que compone una dilata vida, tan cercana que podemos encontrarla en cualquier punto de nuestro camino y se nos antojan tan cercanas que tras un dulce sueño, o una extraña pesadilla forman parte de nuestras propias vivencias.
Antonio Tejedor maneja con soltura la técnica del texto breve, es decir, del relato y así muchos de los cuentos que contiene este volumen, reflejan las características intrínsecas del “cuento de situación”, a saber, época y tiempo de narración coinciden, maneja un único escenario, todo gira en torno a un suceso o un símbolo, y la situación es decisiva o representativa de los personajes implicados, buena muestra, “La fraternidad de los restos”, o “Teruel existe”; y, lo mejor, el estilo empleado por Tejedor, conciso, ajustado a la expresión misma de las palabras empleadas, rico en recursos literarios, metáforas y símiles que se acercan a un lirismos, en ocasiones contenido para precisar cuanto afirma el narrador, sin que esa estética sobresalga y se vuelva empalagosa, nada más lejos, la vivacidad de los diálogos aportan esa templanza narrativa que en el zamorano se convierte en su mejor baza, porque entre otras cualidades, sus personajes se tornan reflexivos, esto es, manifiestan su hacer como sujetos activos y se manifiestan en sus intentos por desentrañar quiénes son o cómo es el medio en que viven para dejarnos constancia de que su mundo y el nuestro coinciden, y Tejedor lo expresa como mejor sabe, escribiendo buena literatura.

viernes, febrero 20, 2015

Pero...¿quién mato a Harry?, Jack Trevor Story

Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera. Alba, Barcelona, 2014. 160 pp. 14,90 €

Santiago Pajares

De todos es sabido que la profesión de novelista es muy extraña y se accede a ella desde muy distintas fuentes. En el caso de Jack Trevor Story, antes de dedicarse a la escritura estuvo empleado en una carnicería y en la fábrica de radios Marconi. Hijo de un panadero muerto en la primera guerra mundial, escribió Pero...¿quién mato a Harry? con 32 años, con la cual se hizo famoso una vez que Alfred Hitchcok la llevara al cine en 1955. Una comedia negra, donde la muerte se acaba convirtiendo en el principal motivo de la comedia. Escritor compulsivo (escribía, 4000 palabras diarias, el doble que Stephen King, para que os hagáis una idea), Jack Trevor Story sólo necesitaba de dos o tres semanas para terminar una novela, llegando a establecer su record en 10 días. Al parecer, esto no era suficiente para impresionar a sus conocidos, que pronto comenzaron a verle con un buen número de glamourosas mujeres. Jack tuvo una vida caótica, con multitud de infidelidades y constantes bancarrotas, pero hizo del caos su principal aliado y le supo exprimir la inspiración. Se casó tres veces y tuvo ocho hijos. Escribió novelas de aventuras, un montón de guiones para televisión, tuvo una columna en el periódico The Guardian en los 70 y se hizo famosa su trilogía de novelas sobre un vendedor ambulante. Para resumir, diremos que no era un autor que se quedase en casa descansando los domingos. Tampoco estaría de más añadir que pasó parte de sus últimos años en una institución psiquiátrica.
El título del libro puede parecer erróneo al comenzar la lectura, porque desde las primeras páginas parece claro quién mató a Harry, por eso la prisa de este personaje para deshacerse del cadáver. Pero como en una obra de teatro de puertas (o del absurdo), no paran de aparecer personajes para interrumpir su trabajo, personajes con los que tendrá que llegar a un acuerdo para incluirlos en su plan y poder salir indemne. Pero con cada nuevo personaje aparecen nuevas pruebas y evidencias que demuestran que el candidato principal quizá no fuera el verdadero asesino, por lo que pasan las páginas desenterrando y volviendo a enterrar el cadáver una y otra vez. Una obra en la que resulta haber más asesinos que víctimas. Es una comedia negra, donde el asesinato queda incorporado no como un crimen, sino como un tropiezo, una acción desafortunada que, aunque trágica, podía haberle sucedido a cualquiera. No es de extrañar que Alfred Hitchcock, con su negro sentido del humor, leyera estás páginas y decidiera plasmarlas en celuloide para disfrute de millones de espectadores.
Es una novela corta, para leerla en una tarde lluviosa con una taza de té en las manos, dejándonos imbuir por las frondosas laderas de la campiña inglesa. La editorial Alba nos recupera un texto lleno de esa flema inglesa, donde no hay prisa ni siquiera para ocultar un cadáver y se hace tiempo para tomar té y pastas y hablar de la situación. Una novela que, pese a pasarse el tiempo enterrando y desenterrando a un muerto, se lee con una sonrisa. Una sonrisa británica, por supuesto.

jueves, febrero 19, 2015

Distintas formas de mirar el agua, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2015. 184 pp. 17,50 €

Ignacio Sanz

He aquí una novela carente de la típica intriga policíaca que nos arrastra a leer y leer. Distintas formas de mirar el agua carece de intriga y, pese a ello, tampoco podemos dejar de leerla. Hay un impulso que nos arrastra, acaso sea la atmósfera la que tira de nosotros, la que nos empuja, también la música envolvente de su prosa, el afán de conocer un poco más al único personaje desde una nueva mirada. Porque de eso se trata, de mirar. Y no sólo de mirar el agua, que también, sino de mirar al personaje que imanta esta novela, que sufrió en sus propias carnes el desalojo de su casa, de su pueblo y de su montaña para ir a parar a un páramo extraño. Un tipo cabal, obcecado y humilde del que podríamos ignorarlo todo si no fuera por este magnífico retrato múltiple que nos ofrece Julio Llamazares.
La lluvia amarilla, mítica novela de Llamazares, contaba la vida del último habitante de una aldea del Pirineo oscense y la contaba en primera persona, de tal manera que el lector iba conociendo la trama de una vida que estaba a punto de concluir. Pues bien, aquí, en Distintas formas de mirar el agua, lo que nos propone Llamazares son 16 miradas, comenzando por la de la mujer del protagonista, su viuda ya, y acabando por la de su hijo pequeño; entre medias, otros hijos, nueras, yernos, nietos, novios o novias de los nietos van sumando su voz, a veces desde la extrañeza, al ritual familiar de lanzar las cenizas del finado sobre la superficie del pantano que desalojó hace más de medio siglo a la familia de un valle leonés. De manera que esos monólogos se hacen en homenaje del hombre ya convertido en cenizas.
Claro que, por medio, lo que Llamazares nos cuenta es la biografía de un gigante anónimo. Como tantos. Uno de esos campesinos sobrios, austeros, cabales, desgarrado en mitad de su vida, uno de esos campesinos que viven en las antípodas de la fama y la celebridad y que, sin embargo, por tantas razones, resultan admirables. Dominan su pequeño universo con precisión de relojeros, como el señor Cayo de Delibes. Pero, además, Llamazares hace hincapié en el paisaje, en los paisajes que marcan la vida de estos personajes en una sociedad que suele vivir de espaldas al paisaje. O que los utiliza como mercancía, como simples reclamos. Por eso hace hincapié en el desarraigo, en la fuerza perturbadora que el paisaje de la infancia adquiere en la vida de cualquier persona. El planteamiento de la novela no puede ser más simple y, si me apuran, más anacrónico. Dieciséis miradas. Diecisiete si contamos con la pequeña aportación última del anónimo automovilista que cierra la novela. Sí, el planteamiento no puede ser más simple, ni más hondo. Ahí está el secreto. En la profunda verdad, en el aliento épico que late de esta historia con la que Llamazares consigue estremecernos. De ahí la grandeza de la novela, pese a su aparente simplicidad.
Cada día abrimos el grifo y sale agua. Ese acto sencillo puede ser una herida abierta para muchos. La provincia de León ha perdido cien mil habitantes solo en los últimos veinte años, los mismos que quedan en toda la provincia de Soria. Mientras España crecía, León menguaba. De los cuatro hijos del protagonista, solo uno, precisamente el que tiene problemas de integración, sigue en el pueblo palentino, la laguna, con minúsculas, así la llama Llamazares, el pueblo de la meseta al que fue a parar la familia tras el desalojo. Los otros tres reparten sus vidas en Valladolid, Barcelona y Santander. Pero no, la novela no aborda reivindicaciones territoriales. Qué vulgaridad. La novela cuenta la vida de un oprimido expulsado cuyo carácter tenaz nos atrae. Ese es el milagro de este hombre que, pese a ser un vencido, mira con entereza al futuro y empuja del carro para que no se atolle. Una vez más Llamazares ha escrito una obra memorable.