miércoles, enero 25, 2017

Qué vergüenza, Paulina Torres


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 294 pp. 18,50 €

Pedro M. Domene

El primer libro de Paulina Flores (Chile, 1988) se titula, Qué vergüenza (2016), y reúne una colección de nueve cuentos que protagonizan niños y niñas condicionados por el vértigo de unos aprendizajes traumáticos en su infancia, y unos adultos que sobreviven a la soledad y a las relaciones alteradas de familias de clase media. En estas historias no hay personajes atrapados por el resentimiento ni una desaforada búsqueda de autocompasión, por el contrario se percibe una voluntad de explorar en las conciencias e intimidad de personajes comunes y corrientes para que el lector vaya descubriendo inquietudes y paradojas, a menudo desde una candidez absoluta como corresponde a los protagonistas de sus cuentos. Llama la atención, en una primera apreciación, la sobriedad de unos textos tan depurados como de un ejercicio sintáctico preciso, la nitidez expresiva con que compone Paulina Flores la verosimilitud de sus historias, pero sobre todo la curiosidad con que logramos llegar al final de las mismas, con sorpresa incluida. Podríamos sospechar que algunos de los cuentos de la joven chilena se inspiran más en aspectos biográficos que de su imaginación como ese mecanismo que proporciona el tema de las historias como ocurre a menudo con las opera prima.
El relato que da título al volumen, "Qué vergüenza", es la historia de un hombre cesante que se hace acompañar por sus hijas cada vez que asiste a una entrevista de trabajo; un relato excelente donde queda latente la vergüenza del padre ante sus hijas, fundamentada en su torpeza y su incapacidad para asumir un supuesto y evidente rol adulto, o para protegerlas y convertirse en el sustento que socialmente se espera de él. Lo mejor, un narrador en primera persona, pero contaminado del punto de vista de una de sus pequeñas hijas, con lo que añade además una mayor vergüenza a la historia, una vez que observamos el contraste de la ternura con que su hija verá la situación vivida. "Teresa", es una historia sobre un encuentro sexual, y sin duda vez sobre un desencuentro. El hombre del relato tiene una hija que anda dando vueltas por el departamento mientras él y la supuesta Teresa se encierran en el dormitorio. El juego del narrador se niega a darle un final convencional a la historia, insiste en no presentar cabalmente al personaje principal, no quiere cerrar el relato frente al lector, y provoca así una ambigüedad y un desconcierto que se traslada al personaje femenino. "Talcahuano", "Olvidar a Freddy", "Tía Nana" y "Últimas vacaciones", cuenta la historia de un niño cuyo padre está en prisión y su hermano en camino de lo mismo, y junto a su tía y primas, en La Serena, lo miman con curiosidad y lástima; son en gran medida, relatos sobre familias rotas, sobre padres que no son capaces de asumir su papel, sobre hijos que quedan a la deriva o sobre la desazón que les produce su propio espacio en el mundo, desde la imposibilidad de un hogar convincente. "Espíritu americano" se sirve de ese mismo desasosiego para contar el momento en que un par de muchachas se juntan a recordar el pasado que vivieron como camareras de un restaurante. En "Laika" presenciamos el lento proceso que hace un hombre para ganarse la confianza de una niña, hasta aprovecharse sexualmente de ella. La idea de la perdida de la inocencia, tanto sexual como fin anticipado de la inocencia de la niñez, será uno de los temas que se repiten en varios de los cuentos. Y para terminar el volumen, "Afortunada de mí", es en realidad, una novela corta por su extensión; la autora experimenta con la estructura, fracciona la cronología, y nos cuenta en dos planos sucesivos la historia de un mismo personaje femenino hasta situarlo en el momento actual, un momento de desasosiego y ruptura con el mundo que la rodea, con una cierta incapacidad para adaptarse a él.
Paulina Flores calcula el tiempo que cada la historia exige para relatar, para describir, para construir el contexto de su cuento, no tiene prisa alguna, cada relato se juega su valor en lo que se expresa, no en lo que escamotea desde el punto de vista de construcción narrativa porque la joven chilena frente a una adversidad manifiesta ha sabido crear un mundo propio donde mover sus personajes, y este es un de sus mayores logros.

lunes, enero 23, 2017

Solo con invitación: De la vida vulgar, Fernando Sánchez Calvo


Triskel Ediciones, Sevilla, 2016. 178 pp. 13 €

Fernando García Maroto

Aparecida casi simultáneamente junto con su segundo libro de cuentos (no olvidemos que Los nombres propios de la pared vio la luz en la primavera de este mismo año), De la vida vulgar es la primera novela, y esperemos que no la última, del madrileño Fernando Sánchez Calvo.
Dani, el singular protagonista de esta historia familiar, vive esperando la muerte de su padre, enfermo terminal; pero en su cuaderno de notas, como anticipación evidente de lo que va a suceder, y también como catarsis tal vez estéril, su padre ya ha muerto. Y es que Dani será incapaz de soportar y hacer frente a esta muerte tan crucial en su vida, como también lo es en la vida de todos.
Egoísta, misógino, quizá misántropo, despreciable e incapaz de comunicarse o entablar cualquier tipo de relación afectiva no sólo con sus semejantes (ente colectivo muy abstracto) sino también con el resto de sus familiares o amigos, Dani va cayendo por un precipicio de autodestrucción y miseria del que difícilmente podrá escapar.
Su vida real no le parece suficiente, no le parece satisfactoria; y en su cuaderno de notas es donde va teniendo lugar esa otra vida que Dani quiere llevar, sin saber, o tal vez intuyéndolo en el fondo, que ni esa vida ni otra le servirán, porque, como él mismo dice, “no es de este mundo”.
Las mujeres de su vida, que son muchas y todas más fuertes y decididas que él, no conseguirán salvarlo. Estos personajes secundarios, que para Dani no son otra cosa que satélites atrapados en su hipnótico campo magnético, orbitan alrededor del protagonista constantemente, como contrapunto indispensable a semejante personaje, del que no esperamos otra cosa que su merecido castigo (aunque habría que comprobar la capacidad y la autoridad de cada uno de nosotros para lanzar la primera piedra que dé el pistoletazo de salida), pues el gran oficio del autor consigue que el personaje principal de la historia no inspire ternura ni piedad, pero siempre queremos saber más de él.
Y todo esto, que es tan duro y doloroso, que sería complicado soportar en otras circunstancias no tan literarias, Sánchez Calvo nos lo cuenta como mejor sabe hacer: la novela fluye sin apenas darnos cuenta, con tres capítulos iniciales fantásticos que constituyen un punto de partida inmejorable; los personajes, gracias a sus palabras, parecen estar vivos, y de este modo es mucho más sencillo comprender sus motivaciones y sus penas; los guiños y los símbolos, amén de ese gusto por el juego y las reglas que le son propias; el sentido del humor (marca de la casa) trufa el texto con pinceladas justas y necesarias, como las que podemos encontrar en los delirios de Dani en varios capítulos de la novela; y los diálogos, siempre los diálogos, donde sobre todo, aunque no única y exclusivamente, nuestro autor demuestra sus tablas y su oficio.
En definitiva, una novela no tan breve ni, desde luego, tan vulgar como para que no podamos disfrutarla como se merece, con calma, con perspectiva, con la seguridad de que pasaremos un rato divertido mientras dure el viaje de la lectura y también después, porque Dani y las demás, aunque esto pueda ser casi una amenaza dadas las circunstancias, formarán ya parte de nuestra familia.


Fernando Sánchez Calvo: «Una cosa es ser sentimental y otra un llorón literario»


Llega a nuestras manos la primera novela de Fernando Sánchez Calvo, De la vida vulgar(Triskel Ediciones, 2016); donde volvemos a encontrar la voz singular de este autor madrileño, así como buena parte de los temas que le son tan caros. Una vez más, y ya van dos, desde este blog, le agradecemos que nos dedicara un poco de su tiempo para responder a este breve cuestionario.

Esta novela, De la vida vulgar, supone su primera incursión en este género narrativo. ¿Se ha sentido más cómodo, ha disfrutado más con ella que con los cuentos?
—Se puede decir que he disfrutado de la incomodidad de la primera vez. Más habituado al cuento, cuya estructura y trabajo es más implosivo, parecido a un poema, me he deleitado con el “dulce sufrimiento” que supone enfrentarte a un técnica, una extensión, que en principio no dominabas. Aun así, tenía la estructura de ésta ya trazada, lo cual ayuda, y mucho. No es que el cuento no necesite una planificación, pero con que te ronde diez días por la mente es suficiente. En cambio, en la novela me he tenido que poner a dibujar, como si fuera un arquitecto, la estructura previamente.


Entra AQUÍ para leer la entrevista completa

viernes, enero 20, 2017

Varados en Río, Javier Montes


Anagrama, Barcelona, 2016. 312 pp. 19,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Es bien conocida la diferencia, un punto elitista, entre el turista y el viajero: si el primero busca reproducir la postal que ha visto repetida en una revista, el segundo necesita penetrar en las esencias del lugar que ocupa temporalmente como si realmente comprase allí el pan cada mañana. Pero, ¿qué ocurre cuando alguien que no ha elegido con suficiente lucidez su espacio vital se ve de repente sumido en una cotidianidad sin vínculos ni con el pasado que le ha formado como persona ni con el futuro que esperaba protagonizar? ¿Y cuando ese destino es el abierto y carnal Río de Janeiro y ese alguien es un artista al que se le supone una capacidad innata para penetrar en el lenguaje oculto de las cosas que se da de bruces con la imposibilidad de aprehender el exótico entorno que le envuelve?
En este sentido, antes de seguir no está de más recordar que Río ha albergado a uno de los escritores más inclasificables, exquisitos y personales del siglo XX: Clarice Lispector, en cuya escritura (insisto: su escritura, que es más que decir sus obras) se verbaliza un minimalismo reflexivo y voluptuoso, en un permanente ejercicio de mostrar escondiéndose que uno intuye que desvela el corazón del enigma. No está de más recordar tampoco que en realidad Clarice ni siquiera nació en Brasil, sino en la remota Ucrania, y que pertenecía a una cultura tradicionalmente tendente a la cerrazón como la judía.
Javier Montes, sin embargo, no se fija en ella, aunque bien podría hacerlo como extranjera que era en su propia tierra, en la que es una rara avis incluso ahora que es universalmente valorada, sino que toma como base su propia experiencia como habitante discontinuo de la ciudad y su sensación de agudo contraste entre la imagen superficial que ésta pretende comunicarle y la terrenal, más profunda y real, con la que se impregna, y reconoce el pálpito de esta sensación de extrañamiento en otros escritores de distinta procedencia que por una u otra razón (exilio, salud, placer), por casualidad, por desgana o por autoengaño, terminan atrapados allí donde el puro sentido común jamás les habría llevado. Y es que el paraíso, diseñado ex profeso para aquellos que apenas lo rozan, es obscenamente cruel para quien debe residir en él.
Montes rebusca en las biografías, los poemas, los diarios, la correspondencia, en los relatos y recuerdos de otros observadores, para contar el choque y los conflictos que experimentan cuatro escritores muy diferentes entre sí y reconstruir demorada mente el ambiente que les oprimió, aunque en honor a la verdad no se circunscribe exclusivamente a Río, sino que salta a otros parajes en los que circunstancialmente se producen hechos de una relevancia considerable para ellos, de manera que más bien hay que entender que se quiere dar implícitamente el nombre de Río a un paisaje brasileño que representa en su globalidad un ideal de libertad, belleza, erotismo y alegría sin límites. Y así se centra en Rosa Chacel, escritora bastante olvidada hoy día, con la que no puede evitar empatizar gracias a sus diarios, que descubren a una mujer con una marcada tendencia a la autoexclusión no sólo del lugar sino del tiempo en el que vive, mientras a su alrededor se va desvaneciendo tanto para una gente que nunca llegó, no ya a comprenderla, sino a ser simplemente consciente de su existencia, como para los suyos, contaminados por los tejemanejes de los lugareños. En Elizabeth Bishop, que gozará de una gran historia de amor con la arquitecta Lota de Macedo Soares y sacará brillo a la cultura más sofisticada y exclusiva que puede ofrecerle la capital en plena explosión de la samba como si fuese una turista, como si sólo estuviese de paso porque efectivamente así podría ser por lo que a ella y su nomadismo concernía, hasta que todo se derrumbe con la mayor brutalidad, dejando como poso una obra poética breve e intensa que es claramente el auténtico objeto de Montes, aquí en su versión más pura de crítico literario. En Manuel Puig, que lo tomará como refugio infantil donde dar rienda suelta a su difícil personalidad, a veces hosca, a veces juguetona, de la que nos proporciona jugosas anécdotas, así como de su borgiana vinculación con una madre ante la que hace de actor ocultando quien sabe si inútilmente su condición homosexual, y su adoración incondicional por el cine, convertido en efímera tabla de salvación. En Stefan Zweig, apenas entrevisto, tan acorralado y sin esperanza en su exilio extremo de una época que agoniza, que decide emprender la huida final mediante un suicidio transfigurado en símbolo.
Pero sin duda uno de los mayores logros de este ensayo narrativo (género híbrido tan en boga últimamente) es que su autor, a excepción de cuando deja que sus investigados hablen con sus propias palabras, al no ocultar su condición de sujeto que emprende esta pesquisa detectivesca mediante la que va componiendo este mosaico de existencias paralelas, al reconocerse en actitudes y modos leídos e imaginados, acaba narrando su particular transcurrir por el mismo territorio que recrea. La consecuencia es que, consciente de su actitud bipolar, al encontrarse y encontrarnos con estas almas desterradas, logra hallarse a sí mismo y exorcizar la maldición que murió con ellos, y darnos la verdadera visión de Río, y en esencia de cualquier ciudad: la poliédrica que reúne múltiples perspectivas individuales al unísono, conformando un puzzle apasionante y vívido.

miércoles, enero 18, 2017

La tinta del calamar. Tragedia y mito de Rambal, Miguel Barrero


Editorial Trea, Gijón, 2016. 138 pp. 15 €

Angeles Prieto Barba

Qué curioso parece que un suceso particular, fuertemente ligado a un tiempo y a una ciudad concreta, pueda tener tanta trascendencia y tanto significado para aquellos que no lo vivimos y que ni siquiera lo conocíamos, al estar lejos. Y esto ocurre porque estamos ante un libro muy bien concebido en su aparente sencillez, abordando un crimen sin resolver, pero cuyas causas y consecuencias conocemos, valoramos y sentimos como propias, porque nos atañen a todos. He aquí el principal motivo por el que escribo esta reseña, convencida de que se trata de una crónica muy curiosa, digna de que se conozca fuera de sus límites geográficos.
Es muy poco probable que el autor de este libro sepa que años después, en La Viña de Cádiz, barrio tan popular como Cimadevilla pero situado en el otro extremo de la Península, se produjera asimismo un asesinato sin culpables y de características muy similares, en buena parte calcadas. Hablo del denominado “Crimen del maestro”, con sospechosas connotaciones sexuales y sin móvil económico determinante, ejecutado contra otra persona apreciada por sus vecinos. Y tras esto no me cabe duda de que en otras partes del país debe haber otros casos similares. Pues bien, estas coincidencias homicidas lejos de ser casuales, sirven muy bien para explicar qué fuimos y adónde vamos. Justo lo que pretende el autor con una estructura inteligente, dividida en un preludio que nos pone en antecedentes, dos actos de investigación con deducciones y un telón que sirve para finiquitar el libro, pero dejando todos los interrogantes abiertos al lector, aquel que debe sacar sus propias conclusiones.
Volvemos a 1976, recién inaugurada la autopista Oviedo-Gijón-Avilés y con el Régimen de Arias Navarro dando sus últimas bocanadas. Este dimitirá en breve, pero antes se producirá en el Campo de las Monjas de Cimadevilla un incendio. El mismo que servirá para encubrir el apuñalamiento mortal de Alberto Alonso Blanco, alias Rambal, hijo de un competente director de teatro y conocido en el barrio por su generosidad y talante servicial con todos, así como por su disposición para actuar y participar en fiestas. Uno de esos personajes idiosincráticos sin los cuales no es posible explicarse el comportamiento de todo un colectivo en el tiempo y en el espacio. Y de su mano topamos con uno de los grandes atractivos de este libro, ya que nos lleva a reflexionar sobre cómo era la existencia en un antiguo barrio de pescadores, el de Cimadevilla, antes de que la globalización con sus imágenes y expresiones uniformes, sus tiendas de marca características y el apogeo de los grandes almacenes, lo presidiera todo.
También nos encontraremos con el doloroso asunto de la homosexualidad antes del Sida, cuando todavía no eran objeto de respeto y comprensión como ahora, cuando tenían que constituir parejas ocultas y clandestinas, cuando eran objeto de burlas y desprecios públicos. En aquellos tiempos, la vida en un barrio popular de fuertes lazos solidarios podía constituir una salvaguardia, una coraza cierta porque lo peligroso hubiera sido mostrarse ahí como algo distinto de lo que se era. También fue vital guardar silencio sobre otras conductas humanas. Pero Rambal callaba... En cualquier caso el duelo sentido, la consternación general y la pervivencia constante en la memoria de sus vecinos de aquello que pasó, sin justo castigo, los redime y nos redime.
Este libro contenido, sin concesión alguna al morbo o a la frivolidad, nos va a transmitir emoción y lucidez, a partes iguales, sobre aquello que somos. Y ese título redondo que no pienso explicar, regalo de Pablo Antón Marín Estrada, le pone la guinda, el broche de oro. Léanlo.

lunes, enero 16, 2017

La acústica de los iglús, Almudena Sánchez


Caballo de Troya, Barcelona, 2016. 155 pp. 13,90 €

María Dolores García Pastor

En apenas un par de meses La acústica de los iglús llega a su cuarta edición, algo muy remarcable si tenemos en cuenta que es el primer libro de su autora, Almudena Sánchez. Aunque no faltan quienes alegan que su éxito se debe a motivos que no son los puramente literarios, aunque pueda gustar más o menos, no cabe duda de que Sánchez escribe bien. La obra está formada por diez relatos que se mueven entre lo sensorial y lo onírico, entre el surrealismo y el preciosismo estilístico no exento de humor. Y todo ello unido atrapa. Algunos relatos más que otros, por supuesto, pero tiene algunas piezas brillantes como Apuntes desde la bóveda celeste, mi preferido. También se incluye en este libro Cualquier cosa viva, relato con el que ganó el I Premio de Cuentos Tres Rosas Amarillas y con el que participó en la antología Bajo treinta (Salto de Página, 2013).
Las historias son simples, predomina en ellas la inacción, se trata en su mayoría de imágenes plasmadas sobre atmósferas oníricas. Textos que se pierden en las enumeraciones y en la profusión de metáforas gracias a las que podemos apreciar que la autora, cuanto menos, sabe jugar con el lenguaje.
Los personajes son de lo más variado y sirven de pretexto para reflexionar sobre la condición humana. La escritora los sumerge en situaciones surrealistas que a veces rozan el absurdo. Una muchacha enferma que se encuentra con una extraña mujer que da de comer a los mapaches. Un nadador ciego que nunca deja de nadar en la piscina de un hotel. Una joven que no supera una ruptura sentimental y acaba recogiendo basura en una estación espacial. Una madre que huye con sus dos hijos. Dos muchachas que se aman en secreto. Dos ancianos que no quieren morir sin haber cumplido el sueño de su vida. De todo cabe en el particular mundo que construye Almudena Sánchez, un mundo propio entre lo real y lo imaginario. De su mano nos perdemos en paisajes y atmósferas sugerentes, paladeamos las imágenes que van desfilando por nuestras mente y nos perdemos en reflexiones sobre lo humano y lo divino. Este es un libro para dejarse llevar.
Afirmaba la autora en alguna entrevistas que le han hecho como parte de la promoción de este libro que sus historias surgen de recuerdos que no se puede quitar de la cabeza. De ello se deduce un fuerte componente autobiográfico, un entrar en la cabeza de esta escritora, en sus pensamientos y ensoñaciones a juzgar por el contenido del libro. Es cierto que en algunos momentos ese sacrificar el contenido por la forma puede hacer que nos perdamos en la historia, que no entendamos. No es un libro de fácil lectura, sí un libro para releer y dejarse llevar, para analizar, reflexionar e imaginar. Es literatura.

viernes, enero 13, 2017

El libro de la madera. Una vida en los bosques, Lars Mytting


Trad. Kristina Solum y Antón Lado
Alfaguara. Madrid, 2016. 191 pp. 22,90 €

Ignacio Sanz

Supongo que está mal traducido. Madera también es el serrín, las vigas, los tablones, las ripias, los listones. Madera procede del latín y significa materia, la única que crece y crece. Yo lo habría titulado el libro de la leña, aquella parte de la madera que está concebida para ser quemada, bien para cocinar, bien para calentar una casa. En España contamos con una tradición riquísima de leñadores. Que se lo digan a Juan Andrés Sáiz Garrido, que escribió un espléndido libro sobre los gabarreros de El Espinar, un oficio en retroceso. Así es como se llama a los leñadores de la Sierra del Guadarrama. Entre los leñadores y los madereros ha habido siempre muchas disputas. Y no digamos entre los leñadores y los guardas del monte. Los leñadores se quedan con los restos de las cortas, es decir, con el ramaje y aquella parte del árbol que no puede destinarse a madera. Se quedaban, porque apenas hay gabarreros.
Dicho esto, el libro me parece precioso. Me asombra en principio que la leña de para tanto, pero, claro, estamos hablando de Noruega. Es verdad que tampoco el libro se ciñe a su país; de cuando en cuando hace excursos que le llevan a Suecia, Finlandia o Dinamarca. La vieja cultura vikinga que si tiene algo en común son los bosques y el frío. A partir de noviembre llegan los bajo cero al ambiente y no se marchan hasta que asoma el hocico la primavera. El sol luce muy pocas horas y resulta esquivo, es decir, que no se le ve. De ahí los hielos y los carámbanos y los sabañones. Y de ahí la leña, para combatir el frío. Siglos y siglos de rodaje ha dado lugar a una cultura, a un entrañamiento con los bosques; por eso los poetas hablan del aroma de la leña cuando está seca, pero también cuando arde. Cada árbol produce su aroma. Los bosques entran en casa y dan calor y ese calor ayuda a cocinar los alimentos y a contar historias en torno al fuego, al menos hasta la llegada de la tele. El autor analiza minuciosamente los diferentes tipos de bosques, el poder calórico de cada tipo árbol, la bondad para el rajado, los tipos de hachas, los tipos de motosierra, el calendario propicio para comenzar a cortar, los diferentes tipos de hacinas. Ahí, en las hacinas se explaya. Resulta que en función de la largura de los leños conviene hacer una hacina u otra. Pero hay más, algunos artistas, como Nils Aas (1933-2004) han convertido las hacinas en obras de arte y se han abierto museos con la leña como hilo conductor.
Además, la cultura popular asigna a cada tipo de pila un tipo de personalidad. De esta manera las mujeres podían averiguar quién se escondía detrás de esas hacinas de leña, si se trataba de un tímido, de un hombre recto y firme, de un espíritu libre y abierto, de un hombre previsor, de uno que vivía al día, de un perfeccionista introvertido, de un perezoso, de un hombre frugal. En fin, en fin, que cada pila denota rasgos de la personalidad.
También habla de los trucos para apilar la leña: pilas en pared soleada, paredes de leña, pilas redondas, pilas alargadas, pilas cuadradas cerradas, pilas cuadradas abiertas, pilas circulares, pilas en forma de V… En fin que hay muchas maneras de almacenar los leños que han de calentar la casa. Y, por supuesto, fotografías magníficas en color salpicando las páginas del libro que resultan un recreo.
Se nos habla también de los tipos de estufa y de cómo se han ido perfeccionando para optimizar su calor.
Pero lo mejor de la leña es que permite descubrir a muchos hijos que ese hombre lacónico, escasamente expansivo que parece ajeno a la casa frente a una madre arrolladora que muestra sus afectos, en realidad no es tan ajeno, por más que su carácter retraído pudiera darlo a entender. Si cuando llega la primavera ya se empieza a preocupar por hacer su hacina y acude cada tarde al bosque con el hacha y la motosierra, en realidad está pensando, ahora que el tiempo empieza a ser benigno, en los fríos del otoño y del invierno que viene. Y por eso va al bosque a cortar la leña, para que cuando tenga que arder esté seca, no produzca humo y convoque a su alrededor a todos los de la casa. Es decir, habitualmente, detrás de un leñador se esconde un padre responsable.

miércoles, enero 11, 2017

De un nuevo paisaje, Hasier Larretxea


Stendhal Books, L'Hospitalet de Llobregat, 2016. 150 pp. 18 €

Ariadna G. García

Hasier Larretxea se dio a conocer en todo el territorio nacional con el poemario bilingüe Azken bala/La última bala (Point de lunettes, Sevilla, 2008), donde el poeta navarro (Pamplona, 1982) aborda sin tapujos y hasta con ironía el tema de la violencia terrorista, lo que suponía una auténtica novedad en el género lírico, al menos, en lengua castellana. Llamó la atención de inmediato. Personalmente, nunca olvidaré ese libro, porque se abre con una cita mía, de Napalm (Hiperión, 2001). Fue un honor que mis palabras fuesen el pórtico de una obra tan valiente, tanto por el ataque –sarcástico– a los integrantes de la izquierda abertzale, como por el intento de disuadirlos de sus actitudes violentas por medio de argumentos lógicos o emocionales. Destacan versos como: «Construyamos un pueblo,/ aunque para ello/ tengamos que destruirlo todo./ Aunque ya no nos quede/ sobre qué construir» (pág. 67). A este poemario siguió Niebla fronteriza (El gaviero, 2015), título de mayor calado y un paso definitivo en la poética del autor. Hasier localiza los textos en el valle de Baztan, donde pasó la infancia. Este extenso poemario (120 páginas) inaugura dos temas capitales en la obra del poeta navarro: el paisaje y la memoria familiar. Ambos constituyen uno de los pilares de su libro más ambicioso, hondo y logrado: De un nuevo paisaje (Stendhal Books, 2016). Pocos autores treinteañeros son capaces de armar un libro de 150 páginas, de publicarlo en una editorial independiente de nueva creación (2014), de adentrarse en un proyecto con altura de miras y sin pensar en otro premio que no sea el de la satisfacción por la meta alcanzada, el de la alegría por haber salido ileso del descenso a la memoria compartida, a las dudas y temores que asaltan a uno o a la convulsa política internacional. Hasier es un hombre fiel a sí mismo, le interesa sacar adelante poemas arrancados a la vida, textos verdaderos donde resuenen la aldea, el bosque, el río, la oveja ahogada; por más que eso signifique ir a contracorriente. El libro se divide en cuatro partes. Paisajes de retorno recupera recuerdos a través de las localizaciones espaciales. La naturaleza simboliza la muerte («QUE la oveja se apartó del rebaño para morir», pág. 28, uno de los grandes poemas del conjunto) y el deterioro («EL transcurso de las estaciones», pág. 34), entre otros conceptos. Con un estilo sereno, susurrante, tranquilo, el sujeto lírico describe su mundo con precisión («Las cruces que sobresalen/ alrededor del cementerio/ son axfisiadas por la expansión/ de la maleza y la cobertura del musgo»). No falta la crítica en clave ecológica o la celebración de la figura del leñador (precioso texto: «HABLA de raíces, troncos y maderas. Como guía./ Habla dirigiendo sus curtidas manos / hacia el árbol milenario… Habla desde y para el bosque».) En Paisajes interiores se produce un movimiento de repliegue. El arrepentimiento, la culpa, el erotismo, la lucha contra las convenciones, la búsqueda de la fortaleza interior («Que nadie se interponga entre tú y esa visión/ de la claridad»), o el miedo («Yo también/ pinté desde preescolar/ el escudo que me protegía/ de los rayos intempestivos,/ de las espadas de madera/ afiladas a contraluz»), son algunos de los temas que se tratan ahora. Se alternan los poemas largos con los breves, recurriendo siempre al verso libre, de metro corto. En un paisaje devastado se abre a la contemplación del mundo exterior: refugiados, víctimas de genocidios (Sarajevo –Bosnia–, 1993; Palestina, 2011; Gori –Georgia–, 2008), o fotoperiodistas comprometidos (Gleb Garanich). El lema ético de la sección queda recogido en los versos: «Portar sólo la sangre/ que emana/ uno» (pág. 127). Finalmente, Paisajismo se ofrece a modo de compilación de dieciséis aforismos. La columna vertebral de De un nuevo paisaje, que recorre elementos tan dispares como lo descritos, la constituye el dolor. Hasier Larretxea ha escrito un libro muy completo. Si bien es verdad que la sintaxis de algún poema resulta farragosa (ya sea por la acumulación de oraciones subordinadas, lo que acaba dificultando la comprensión, o por la retaíla de sintagmas preposicionales, que dota a ciertos textos de una estructura monótona), lo cierto es que muchos poemas son realmente buenos, de los que gusta releer de vez en cuando. Y eso, a día de hoy, es un lujo para cualquier lector de poesía.

Nota para los editores: un breve apunte bio-bibliográfico sobre el autor del libro no hubiera estado de más.