lunes, septiembre 26, 2016

Doble mirada: Al pie de una pared sin puerta, Marian Torrejón


Talentura, Madrid, 2015. 216 pp. 15 €

1. María Dolores García Pastor

Tras una primera incursión en la literatura en un género tan exigente como el relato, Marian Torrejón presenta su primera novela. Respaldada por el éxito del libro de cuentos Limones dulces, prologado por el escritor Fernando Iwasaki y con el que fue finalista del Premio de la Crítica Valenciana, nos muestra ahora su faceta de novelista en Al pie de una pared sin puerta.
Las protagonistas son dos jóvenes que comparten piso de estudiantes, polos opuestos, la niña bien y la de familia humilde, que se aventuran a vivir la noche de los ochenta. Su día a día, sus diferencias, sus errores y sus bajadas a los infiernos constituyen la trama de esta novela. Una historia simple que podría ser la de cualquiera que haya vivido su juventud en esa época y que, sin embargo, nos hace reflexionar sobre temas universales como el saber establecer límites, el éxito y el fracaso, las drogas, la amistad y la traición.
Está escrito en primera persona en un tono intimista y, en ocasiones, nostálgico pero no exento de humor. Eli, la chica pobre, es la narradora. Su memoria se mueve adelante y atrás en el tiempo indistintamente, lo que a veces puede llegar a desorientar al lector y crear confusión. Nuria es la otra protagonista, aunque en un papel bastante secundario dado que la historia que conocemos a fondo es la de su amiga, la suya nos viene dada básicamente por su relación con ella. Un encuentro de ambas mujeres en la madurez da para que la narradora recuerde su periplo vital de sus años de juventud al lado de Nuria, la chica rica, y para reflexionar sobre los altos y bajos de su relación forjada entre momentos de intimidad, alcohol y drogas.
Además de las dos protagonistas humanas podríamos hablar también de algunos objetos que tienen su importancia y su protagonismo y están presentes en toda la novela: dos anillos idénticos que simbolizan la amistad de Eli y Nuria y un cuadro que es el causante de su desencuentro, el que las pondrá frente a una pared sin puerta.

2. Miguel Sanfeliu

Marian Torrejón acaba de publicar su segundo libro después del interesante volumen de relatos Limones dulces, que quedó finalista del Premio de la Crítica Valenciana en 2013. Se trata de la novela titulada Al pie de una pared sin puerta, en la que vuelve sobre algunos temas que pueden empezar a identificarse como preocupaciones de la autora: el paso del tiempo, la crónica social, la amistad, el éxito y el fracaso. Una novela en la que, a través de la historia de dos amigas, recrea los años ochenta y plantea una historia de encuentros y desencuentros, la relación entre dos mujeres que compartieron muchas cosas y que, por algún motivo, se distanciaron y siguieron rumbos muy diferentes.
La novela está construida a modo de cajas chinas. Desde un presente en el que dos antiguas amigas, ya mayores, se reencuentran después de mucho tiempo sin haber tenido contacto entre ellas, la historia va sumergiéndose en los recuerdos de su relación. Es la voz de Elisa la que nos refiere la historia de su amistad con Nuria, a quien conoce en el instituto pero de quien se hace muy amiga a raíz de compartir piso cuando empiezan a estudiar en la facultad. Nuria en Económicas y Elisa en Derecho. De las noches locas, en blanco, los amores y el alcohol, los garitos, las drogas y el sexo, de encontrarse en una ciudad libre y caótica por la que resulta fácil dejarse seducir, a los caminos tan opuestos que el destino tiene pensado para ellas. La boda de Nuria, la aspiración de Elisa por convertirse en escritora, las trampas que la vida va tendiendo y que nos desvían de nuestras metas. Historia de alegrías y rivalidades, de gran humanidad, narrada con un estilo muy cuidado y un gran sentido del humor.
Al pie de una pared sin puerta es una novela muy recomendable, no sólo por la limpieza de su estilo narrativo sino, sobre todo, por la planificación de la narración, estructurada como un enorme flashback que da paso a la historia de esta amistad situándose a la vez en dos momentos distintos, la alocada juventud y la sosegada madurez. La idea de que la felicidad suele encontrarse fuera de nosotros mismos está presente todo el tiempo, dejando entrever que en toda gran amistad hay, también, cierta rivalidad.
Un libro interesante, que nos traslada a una época descrita de un modo muy vívido y nos habla de temas universales a través de situaciones cotidianas que se suceden con el ritmo de una historia de suspense. Ejemplo de maestría narrativa la planificación de la historia, el manejo de los tiempos, la dosificación de la información, la combinación de los hilos argumentales que van tejiendo una obra que transmite veracidad y, también, el grado de nostalgia que nos embarga al ver cómo el tiempo se nos escapa sin que podamos dominarlo.

Las víctimas como precio necesario, VV.AA.


Edición de José A. Zamora, Reyes Mate y Jordi Maiso.
Trotta, Madrid, 2016. 216 pp. 16 €

Rubén Castillo Gallego

«Víctimas ha habido siempre, pero durante mucho tiempo han sido invisibles o, mejor, han sido invisibilizadas, porque se las consideraba el precio obligado de la marcha de la historia». Con estas crudas palabras comienza el volumen Las víctimas como precio necesario, que pronto pasa a contrarrestar tan aterradora fórmula comunicándonos la postura inequívoca de sus editores: «El asesinato no puede tomarse como una fatalidad del destino o como un pago necesario para conseguir objetivos políticos. Por eso, las víctimas tienen que dejar de ser el precio silencioso de la política y de la historia» (p.11).
Uno a uno, los diferentes investigadores que componen este enjundioso trabajo nos van trasladando sus particulares análisis sobre el mundo que nos rodea. Alberto Sucasas desarrolla, alrededor de la figura y la obra de Imre Kerstész, una fenomenología de lo inmundo, centrándose en su experiencia en Auschwitz, donde el horror, la supervivencia y el fatalismo cohabitaban y donde la identidad quedaba a la postre herida o devastada.
Jordi Maiso constata con gran pesadumbre que «el aluvión de imágenes de violencia, sufrimiento y catástrofes [...] desborda nuestras capacidades de asimilación y, al mismo tiempo, acompaña nuestra cotidianeidad como un telón de fondo permanente» (p.52) y explica la frialdad que se deriva de un modelo económico capitalista en el que todas las relaciones quedan impregnadas de un tinte económico. Esa frialdad, en su opinión, se constituye en «una fuerza social activa, muda pero omnipresente» (p.59). Y la conclusión a la que llega no puede ser más aterradora: «Todos saben lo que les ocurre a los que quedan estigmatizados como perdedores. La supervivencia cotidiana exige aceptar como un dato incontrovertible la incesante proliferación de vidas sobrantes, desechadas, desperdiciadas y desahuciadas» (p.69).
David Galcerá se acerca hasta las reflexiones de Primo Levi, que analizan la compleja relación entre víctimas y verdugos en el hediondo territorio de los campos de exterminio nazis.
Alejandro Baer y Natan Sznaider realizan un abordaje muy interesante a la delicada cuestión de las fosas franquistas o la Argentina posdictatorial, cuyas ramificaciones continúan abiertas y llenas de dolor.
Reyes Mate sugiere que, tras la brutalidad o el terrorismo, «tenemos que repensar la paz desde la experiencia de la barbarie y no haciendo abstracción de ella» (p.106). Y aplica su análisis a los casos de ETA (España) y de Colombia.
También Martín Alonso se acerca hasta los crímenes etarras y desmenuza con rigor los mecanismos discursivos y sanguinarios del mundo abertzale. El sociólogo Imanol Zubero nos muestra las alarmantes cifras mortales que se registran en el mundo del trabajo (una persona fallecida cada 15 segundos en el mundo durante el año 2012, según la OIT), que también son “víctimas necesarias” del sistema capitalista.
Óscar Mateos nos ofrece un valioso trabajo sobre la “justicia transicional” que puede observarse en el continente africano, donde los odios étnicos y los conflictos económicos y territoriales han generado un caudal millonario de víctimas en Ruanda, Sierra Leona, Mozambique o Sudáfrica. José A. Zamora aborda el mundo de las víctimas relacionadas con el tráfico y nos traslada unas cifras estremecedoras: «La elaboración de nuevos métodos de recolección de datos y el crecimiento de los estudios concretos permiten hoy una proyección suficientemente fiable que elevaría a más de 45 millones el número de muertos por el tráfico y a más de 1500 millones los heridos desde que se inventó el automóvil» (p.190).
Y la magistrada Isabel Germán Mancebo (la única autora que aparece en el volumen nos habla de su experiencia como protagonista de un accidente vial y extrae conclusiones humanas y jurídicas del trágico suceso.
En conclusión, un trabajo lleno de interés y de reflexiones enjundiosas, en el que tan sólo faltaría añadir alguna aproximación a los campos soviéticos o chinos, que hubiera completado la visión de conjunto.

viernes, septiembre 23, 2016

Estrómboli, Jon Bilbao


Impedimenta, Madrid, 2016. 272 pp. 20,95 €

Ariadna G. García

Estrómboli es el cuarto libro de relatos de Jon Bilbao. Le preceden: Como una historia de terror, Bajo el influjo del cometa y Física familiar (los tres publicados por Salto de Página). El autor asturiano no sólo ha cosechado éxitos rotundos con dichas obras (Premio Ojo Crítico de RNE y Premio Euskadi de Literatura), sino que se ha consolidado como una de las voces imprescindibles de la nueva narrativa española. El presente volumen sigue la estela de los anteriores (sobriedad estética, fondo de violencia), si bien resulta un poco más descorazonador. Es marca de la casa el tratamiento del desgaste de las relaciones de pareja o la descripción de la brutalidad humana, pero en los relatos de Estrómboli esa visión excéptica se agudiza, a veces de manera sutil (Avicularia avicularia) y en ocasiones con una contundencia incontestable (Crónica distanciada de mi último verano). El libro, en su conjunto, pinta un agrio retrato de tipos adinerados, pudientes, cuyas horas de ocio acaban siendo de pesadilla (en lo emocional o en lo físico). Nos encontramos con dueños de laboratorios químicos, arquitectos, ingenieros de centrales nucleares o de compañías eléctricas. Todos realizan viajes de placer a lugares exóticos (Reno, San Francisco, Nueva Zelanda, los Picos de Europa, Estrómboli… Todos salvo uno, que viaja obligado por su profesión) para encontrarse a sí mismos, para acompañar a alguien o para olvidar algún tropiezo. Antes o después se entrenan en gimnasios, preparan barbacoas o se van de pesca. Bilbao es inmisericorde con ellos. Una virtud del autor es que juega con nuestras expectativas. Nos lleva por donde quiere para luego dar un volantazo en el guión y chocar de frente contra nuestros prejuicios. No todos los finales son perfectos. Alguno parece precipitado. Pero el de Avicularia, por la sutileza de Bilbao de sugerirnos el infierno que vendrá por medio de una simple sonrisa, es fantástico. Otra virtud del narrador asturiano es la riqueza de su léxico: conciso, preciso, abundante (valgan de muestra estos términos: “derrubio”, farallón”). Está claro que tiene un conocimiento amplio y delimitado del mundo. Y si bien es verdad que tiene un estilo sobrio y directo, también lo es que describe algunos escenarios con una belleza lírica sobrecogedora: «un manzano silvestre crecía a la orilla. Sin nadie que recogiera los frutos, cuando estaban maduros caían al pie del árbol, en tal número que las manzanas amontonadas aspiraban a represar la achicada corriente. A lo largo de varios días, se producía un combate mudo entre las manzanas y el agua, tiempo en el que zumbaba sobre el muro de fruta una nube de avispas y de moscas de brillo acharolado, y durante el que el aire en aquel tramo de la garganta se veía invadido por un aroma en parte dulzón y en parte ácido» (pág. 54. El peso de tu hijo en oro). Estas descripciones nos curan de la incredulidad que irradia hacia las relaciones amorosas, amistosas y profesionales. La estética como antídoto contra el dolor del mundo.

miércoles, septiembre 21, 2016

Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, Pepe Cervera


Menoscuarto, Palencia, 2016. 192 pp. 16,90 €

Bruno Marcos

No engaña a nadie el autor de este libro cuando lo titula Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa porque, efectivamente, él no lo ha hecho. Por otro lado libros hay sobre Sawa, de hecho el que algo nos haya llegado sobre su figura y peripecia vital se ha debido a que cundieran los escritos sobre él, pues su obra cayó en el olvido.
El gran mérito de Sawa fue servir de inspiración para uno de los personajes más importantes de nuestras letras, el Max Estrella de Valle-Inclán en Luces de Bohemia. Lo que a uno le intriga y le ha llevado a leer este libro y cuanto sale de Sawa es la permanente actualidad que encuentra en esa obra de Valle y, por consiguiente, en la personalidad de Sawa. Seguramente se deba este interés a que lo que se pone en ella a la vista sigue y permanece, la frustración del talento contra la realidad, la ridiculez de la aspiración por la belleza en medio de lo grotesco y la putrefacción social en los bordes mismos de la poesía.
Los retratos de Sawa abundan. Están los de Baroja, no sólo en el Árbol de la ciencia donde lo ridiculiza, sino también en sus memorias, donde sigue ridiculizándolo, aunque antes él lo había calificado de invertebrado intelectual, explicando que el vasco era así porque jamás la escultura soñó hacer cariátides con tuberculosos. Cita Pepe Cervera la biografía de Amelina Correa que es demasiado seria, como si Sawa se la mereciera como un escritor cualquiera y no como lo que es ya, un arquetipo. Se echa en falta en este libro de Cervera, por ejemplo, a Rubén Darío, uno no recuerda que se hable del magnífico prólogo a su libro póstumo Iluminaciones en la sombra, que lo pinta tan bien resumiendo con un esbozo preciso el drama y la gloria de Sawa en página y media. También acusa uno poca presencia de Cansinos Assens que, aunque por edad lo trató poco, lo saca en escenas muy gráficas y habla de la época y de los hermanos de Sawa, también muy pintorescos. Y de su diario, el antes señalado Iluminaciones en la sombra, de donde se extrae que Sawa fue también otra cosa, no sólo un histrión, viéndose una sensibilidad suya no exenta de realismo, de autocrítica o de preocupaciones sociales, y donde sorprende lo moderno que es.
Pero todos estos reproches al autor están fuera de lugar porque el título avisa de que no se trata de un libro sobre Sawa. El título, más bien, exhorta a otro autor, alguien, para que escriba lo que él no ha escrito. Lo que tenemos es el relato del intento por hacer un libro sobre aquel bohemio, es decir un diario de escritura, en el que finalmente Cervera se une a Sawa, no como estudioso sino como autor, un autor acompañado por otro. Cervera, abatido, escribe al final un pensamiento que muestra su preocupación real, la escritura misma: «A lo largo de estos últimos meses, bastante más a menudo de lo que creo oportuno reconocer, he dudado sobre mi propio talento. (…) El libro que pretendía escribir no es más que agua entre los dedos. Yo debería contarme entre esos cien que apunta Montaigne, por inútil y por inepto.»
Con Alejandro anda el autor por las páginas de este libro, pero es difícil estar más abatido que el perdedor bohemio. En sus últimos momentos dejó escrito este estremecedor párrafo: «Vivo en este Madrid más desamparado aún, menos socorrido, que si hubiera plantado mi tienda en mitad de los matorrales sin flor y sin fruto, a gran distancia de toda carretera. Creyendo en mi prestigio literario he llamado a las puertas de los periódicos y de las cavernas editoriales y no me han respondido; (…) ¿Es que un hombre como yo puede morir así, sombríamente, un poco asesinado por todo el mundo y sin que su muerte como su vida hayan tenido mayor trascendencia que la de una mera anécdota de soledad y rebeldía en la sociedad de su tiempo?».

lunes, septiembre 19, 2016

Entre zarzas y asfalto (Diario inverso), Alejandro López Andrada


Córdoba, Berenice, 2016. 184 pp. 17,95 €

Pedro M. Domene

Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) nos tiene acostumbrados a unas arriesgadas propuestas narrativas que nos obligan a realizar un reflexivo recorrido por un universo tan personal como de emocionada inspiración. Su mirada se detiene y dibuja con la palabra un mágico itinerario que extiende por su tierra chica y los rincones de una Córdoba califal y cosmopolita. Para la última propuesta, Entre zarzas y asfalto (2016), el autor realiza un viaje interior que rememora físicamente una dolorida pero no menos feliz infancia y adolescencia, y recrea los paisajes vividos desde sus orígenes, y mientras escribe vuelve al pasado, regresa cuarenta años atrás, pasea por su pueblo y por sus calles, y frecuenta escenas y sensaciones que vivió en un lejano tiempo. El viaje, de hecho, finaliza en el último texto, cuando deja el campo y regresa a la ciudad. Se entiende así el subtítulo dado de “diario inverso”, porque el libro está escrito a la vuelta de todo un largo trayecto, y desde la perspectiva de la madurez presente vuelve a la infancia de un pasado lejano. Abunda lo autobiográfico, y marca el recuerdo de aquello que fue y con el tiempo ha desaparecido, una temática característica y constante en el resto la obra del cordobés, y mientras observa, pasea y se detiene en minúsculos detalles, surge esa eterna pregunta repetida y tópica ¿Quiénes somos? o ¿Hacia dónde vamos? Y así, buena parte de las imágenes de la infancia se convierten en ese elemento que vertebra estos textos breves, de aparente sencillez y extremada fuerza lírica, motivo que aparece de manera constante en todo el libro: «Voy por la calle en que creció mi infancia» (p. 80); «las piedras del camino de la infancia van penetrando en mi alma y se hacen luz» (p. 113); y por añadidura el entorno vivido, el paisaje recreado, las imágenes de espacios abiertos y el campo, tan representativo de aquellos primeros años de vida que parecen agolparse en sus recuerdos, en suma el concepto de la naturaleza, tan intrínseco y valorado en el cordobés, y por añadidura la familia —padre, madre, abuelo— sobre todo, el padre fallecido sobre quien vuelve una y otra vez en su síntesis de una lejana infancia.
La ciudad de Córdoba está muy presente en este libro, «El cielo en la Mezquita es un violín», pero pese a continuas vivencias en calles y plazas geográficamente localizadas en la ciudad califal, aun insiste y desde esta hermosa urbe recuerda con un acusado tono de nostalgia su visión humanista del campo y los abundantes episodios familiares, mientras vagabundea «(…) por la ciudad como una sombra artrítica y romántica. Circundan mi silencio las farolas».
La estructura del libro muestra tres partes diferenciadas: “Invierno”, “Otoño” y “Verano”, que el poeta va desarrollando como un auténtico proyecto de madurez, tras una dilatada experiencia personal y literaria que analiza lo presente y lo ausente, y donde la primavera, esa estación de luces y colores, queda alejada voluntariamente en el tiempo, tal vez porque el desconsuelo que provoca el dolor de buena parte de una existencia se torna en esperanza de futuro puesto que en la vida misma palpita ese sentimiento universal que caracteriza la prosa lírica del escritor López Andrada.
Los textos que, cuando llegamos al final, quedan hilvanados en toda una visión de conjunto, muestran ese paso del tiempo, del pasado y del presente, y aunque la visión del narrador se vislumbra melancólica, resulta una lectura serena, y, como en la mejor tradición lírica, para el poeta, en este caso, existe el gozo de vivir de cada día, tanto lo anodino como lo cotidiano, lo desolador y lo gozoso.

viernes, septiembre 16, 2016

Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global, Saskia Sassen


Trad. Stella Mastrangelo
Katz Editores, Móstoles, 2015. 294 pp. 21 €

José Morella

En cuanto supe de Saskia Sassen -la escuché en un vídeo hablando sobre los refugiados- me di cuenta de que tenía que leerla para ganar perspectiva sobre mi mundo. Ella, como otros pensadores contemporáneos (pienso en Zygmunt Bauman, David Suzuki o Franco Berardi) me ayudan a no seguir escribiendo historias sobre el pasado pensando que escribo sobre el presente. En aquel vídeo Sassen hablaba sobre el contraste entre ser un refugiado antes y ahora. Tradicionalmente, los refugiados se marchaban en busca de una vida mejor y soñaban con regresar algún día. Ahora no tienen un país al que volver, y lo que persiguen no es vivir mejor sino sólo vivir (better life vs bare life). No piden más que eso. Permanecer respirando en algún lugar del planeta. Eso no es un inmigrante, dice Sassen. Es otra cosa.
El título del libro ya lo deja bastante claro: Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. La tesis que defiende es que si en otros momentos la desigualdad se alimentaba de incorporar gente al sistema, ahora se basa en expulsarla. El keynesianismo incorporó a las clases desfavorecidas como consumidores de todo tipo de productos y frivolidades antes reservadas a las clases medias y altas. Pero ahora el paradigma ha cambiado, y el sistema económico se alimenta de expulsar de un modo atroz mediante complejas artimañas financieras a grupos de personas, especies animales, reservas de la naturaleza y cualquier otra cosa imaginable. Un ejemplo conocido de todos nosotros es la crisis inmobiliaria que provocó, atención al dato, 360.000 desahucios sólo en España entre 2008 y 2014. Esta devastadora expulsión de personas se gestó mediante alta ingeniería financiera, o lo que yo llamo -que no Sassen- estafa y robo. Es una intriga urdida entre diferentes grupos interesados: la industria inmobiliaria, los bancos, los grupos de inversión. Gente que se ha dado cuenta de que expulsando se gana infinitamente más que incluyendo. Si para conseguirlo hace falta atraer a millones de personas a las oficinas del banco y hacerles creer que podrán pagar préstamos millonarios con sueldos miserables, no hay problema.
Este nuevo sistema económico no sólo expulsa gente, sino culturas enteras. Los recursos naturales de muchos lugares del mundo, como por ejemplo la vasta región del Tíbet, valen mucho más para la lógica económica imperante que las gentes y las costumbres que viven en ellos y de ellos. La cultura tibetana de conservación de la naturaleza y de respeto por el hábitat está siendo arrasada sin que nadie diga nada sobre ello. El gobierno chino no le da cuentas a nadie al respecto, y las empresas que usan los recursos de la región, claro está, mucho menos aún.
Este cambio de paradigma es postnacional e incluso postideológico. Como señala Sassen en la introducción, es posible que países tan distintos como China y Estados Unidos «alberguen grandes lógicas contemporáneas que organizan la economía, principalmente las finanzas impulsadas por la especulación y la búsqueda de hiperbeneficios. Esos paralelismos, y sus consecuencias para la gente, los lugares y las economías, bien podrían resultar mucho más significativos para entender nuestros tiempos que las diferencias entre comunismo y capitalismo.» Ya no son gobiernos, partidos políticos o empresas concretas los campeones del fomento de la desigualdad. Donde antes había élites, ahora hay ubicuas e invisibles "formaciones predatorias", una «combinación de élites y capacidades sistémicas con las finanzas como posibilitador clave».
Más ejemplos de expulsión:
-La privatización de la gestión las cárceles en gran parte del mundo. Favorece la expulsión de la sociedad, en masa, de reclusos que pasan encerrados más tiempo que antes. Hay jueces que aceptan sobornos de esas cárceles privadas para alargar penas de prisión que enriquecen a los empresarios. Esto puede parecer raro leído desde aquí, pero en Estados Unidos la población reclusa se ha doblado en pocos años.
-La compra de enormes cantidades de tierra por parte de gobiernos de países extranjeros para ser usadas como monocultivo de soja o de maíz, por ejemplo, o para albergar infraestructuras. Los orangutanes están siendo expulsados de su hábitat para que podamos tener aceite de palma. Multitud de campesinos humildes pierden su trabajo, así como artesanos, manufactureros y tenderos que vivían cerca de esos territorios. Un ejemplo doloroso sería la expulsión de la comunidad mapuche de las tierras donde han vivido siempre para que una compañía eléctrica monte allí su central.
-El acaparamiento de agua por parte de grandes empresas multinacionales que ensucian e inutilizan los recursos hídricos. Es famoso el conflicto en el delta del Níger, cuya denuncia le costó la vida al activista y escritor Ken Saro-Wiwa. Envenenar la tierra, el agua y el aire están dando enormes beneficios a la economía global. Todo es "financializable", como dice Sassen. La buscada complejidad de las leyes al respecto de las concesiones a empresas se ocupa de oscurecer el asunto mediante junglas de papeles y contratos opacos y bizantinos diseñados para ralentizar la lucha política de los oprimidos y perpetuar el asunto.
A mí se me ocurren más expulsiones: como en este momento estoy escribiendo sobre la salud mental, no puedo evitar pensar el fenómeno de la medicalización abusiva de millones de pacientes. Todo coincide: muchos grupos distintos con intereses concertados (farmacéuticas, sistemas públicos y privados de salud, gobiernos, hospitales, industrias químicas, el sector académico y científico...) favorecen o ignoran la prescripción de manera universal de determinados fármacos que expulsan de la vida social saludable a millones de personas. Los expulsados son incapaces de volver a ser incluidos en el mundo del que salieron, y están a una distancia tan grande de los que orquestaron su expulsión que ni siquiera los ven. Yo no soy un experto en nada, y menos en economía, pero diría -llamadme conspiranoico- que Sassen no acaba de andar desencaminada.
Creo que es básico, si no leer este libro, sí al menos alcanzar de algún modo su mensaje. Hablar sobre él, ni que sea para discutirlo o desmontar sus argumentos. O cambiamos algo, o será el cambio el que se nos trague a nosotros en muy poco tiempo.

miércoles, septiembre 14, 2016

Me llamo Lucy Barton, Elizabeth Strout


Trad. Flora Casas
Duomo, Barcelona, 2016. 209 pp. 16,80 €

Care Santos

Un alto porcentaje de las mujeres que siguen algún tipo de terapia psicológica en Estados Unidos —y en todas partes, asumo— lo hace porque les aterra la posibilidad de parecerse a sus madres. Tal vez la protagonista de esta novela, Lucy Barton, habría terminado también en una de esas terapias grupales en las que uno se presenta, precisamente, diciendo su nombre de pila, y a las que el título de esta novela alude implícitamente. Desde luego, no son motivos para hacer terapia los que le faltan a Lucy. Con ellos construye Elizabeth Strout una trama poderosa, cargada de matices, donde la familia y la memoria son vigas maestras.
El argumento es de una compleja simplicidad: mientras está ingresada en el hospital, echando de menos a sus dos hijas pequeñas e ignorada por un marido que dice odiar los hospitales, Lucy recibe la visita de su madre, a quien lleva años sin ver. Entablan una conversación en apariencia intrascendente pero que no tarda en ahondar en las heridas de la vida de Lucy. Parten de un pasado común que a ninguna de las dos parece gustarles mucho y no van a ninguna parte, aunque terminan por llegar a alguna parte, a alguna conclusión. Se constata la complejidad de las relaciones: la maternidad no es un paraíso de perfección porque las madres distan de ser perfectas. Tampoco lo son los hijos, ni las circunstancias.
Pensaba mientras leía esta historia que Strout podría haber escrito un texto teatral en lugar de una novela. Los personajes tienen categoría de personajes dramáticos. Es decir: hondura, complejidad, matices, incluso gestos teatrales. Si a alguien se le ocurre la idea de llevarla a escena, la madre debería interpretarla una veterana actriz. Alguien que supiera imprimirle el toque justo de ternura, que supiera llenar los silencios de frases no pronunciadas y que al mirar por la ventana pudiera transmitirnos ese miedo cerval a hablar del pasado que siente (o creemos que siente) el personaje de la novela. Una madre incapaz de decir «te quiero» que, sin embargo, acude una sola vez al encuentro de una hija que la necesita. La auténtica protagonista de la historia. Si se eligiera bien, las ovaciones al final de la representación serían largas.
En cuanto a la hija, sospecho que el casting sería más fácil. Bastaría con una mujer aún joven —la novela está contada desde la perspectiva de los años—, atractiva aunque muy desmejorada por la enfermedad, que supiera dotar de cierta originalidad al tan vulgar sentimiento de extrañeza hacia la propia familia que da cuerpo a todo el relato. Lucy Barton procede de una infancia de la que huyó al casarse, se ha sobrepuesto a ella con una vida más o menos rica en la ciudad de Nueva York y no mantiene con su pasado más vínculos que los inevitables —y dolorosos— de la memoria. El padre, casi ausente, alcohólico, pero también humanizado por sus acciones, es un culpable al que nadie se atreve a señalar. Los hermanos, víctimas acomodaticias. De nuevo, lo mejor de todo es la madre.
Luego está el edificio Chrysler. La ventana de la habitación de hospital donde tiene lugar la conversación que es la trama está frente al famoso rascacielos art decó —¡qué bien quedaría en un escenario!—, que de noche brilla con su iluminación. Es una metáfora de la vida nueva de Lucy, pero también del mundo exterior. Dentro del hospital hay expiación del pasado, grisura, culpa, imposibilidad de nombrar ciertos sentimientos. Fuera está la vida nueva: las hijas, el marido, el brillo de la ciudad elegida, que ese rascacielos emblemático simboliza.
La escritura de Strout logra algo muy difícil: disfrazarse de simplicidad para contar lo más complejo. Dispara justo en el centro de nuestras miserias: aquellas que ninguno de nosotros reconocemos, pero que nos empujan a seguir leyendo, que emocionan. Al fin, comprendemos algo importante: se sobrevive a lo que no podemos cambiar. Y más vale encontrar el modo de hacerlo.

lunes, septiembre 12, 2016

Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enriquez


Anagrama, Barcelona, 2016. 200 pp. 16,90 €

Pedro Pujante

Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) parece brindar un aire nuevo al relato de miedo. Escribe con naturalidad, sin excesos, casi imitando el estilo oral, con esa frescura que suele provenir de tierras bonaerenses, es decir, cortazarianas. A mitad de camino entre la ambigüedad de Cortázar y las atmósferas sobrecogedoras de Poe, la autora argentina construye cuentos sin demasiadas pretensiones, de aparente ligereza, a los que accedemos sin esfuerzo para luego constatar la imposibilidad de salir indemnes. En esta antología encontraremos una nueva forma de presentar el relato de terror. Porque ya no nos dan miedo los fantasmas con cadenas ni los castillos. Pero sí que puede aterrarte la aparición de un asesino ritual en tu propio barrio; o la presencia de un demente psicópata que vuelve del pasado para materializarse en un concurrido autobús a plena luz del día.
Y es que el procedimiento de Enriquez consiste en esa paradoja. No nos lleva, como los típicos ghosts stories, a lugares sombríos, sino que acerca los más tétricos miedos a nuestro hábitat. Y a veces ese terreno fértil para que el miedo agarre no es otro que nuestra propia mente.
En muchas ocasiones son niños los que a través de su inocente mirada tamizan la realidad y la digieren sin racionalizar. Así, nos enfrentan a la cara prístina del misterio.
El nuevo terror, como decíamos, ha evolucionado. A excepción de algún cuento de corte más clásico, con casa encantada incluida y misteriosa desaparición, la mayoría de las piezas buscan reactualizar lo insólito y terrorífico. La violencia de género puede devenir en rito mortal. El juego de unas niñas se puede eclipsar por unas visiones violentas y terribles de un pasado que no acaba de esfumarse. Un asesino de niños es capaz de poseerte. El abuso desmesurado de internet puede abismarte en un océano profundo y oscuro del que difícilmente podrás escapar. Obsesiones, compulsiones que rozan el delirio y dejan al lector sumido en ese límite borroso y frágil que estriba entre la locura y lo paranormal.
Enriquez bebe de los clásicos. Hay en sus cuentos texturas heredadas de Cortázar. Pero también hay una clara huída de manierismos que demuestra su emancipación. Recuerda en algunos momentos al mexicano Alberto Chimal, pero sin un rastro de ironía. Quizá esa impiedad, sin recaer en solemnidades ni afectación, hace que estos relatos funcionen, enganchen y en esa segunda relectura –mental y a largo plazo- se erijan en nuestro subconsciente como genuinos y originales episodios de terror.