viernes, mayo 24, 2013

La transmigración de los cuerpos, Yuri Herrera

Periférica, Madrid, 2013. 136 pp. 16 €

José Morella

En La transmigración de los cuerpos, del mexicano Yuri Herrera, una epidemia está arrasando con nosotros. La gente tiene miedo del contagio y muchos se quedan encerrados en sus casas. La enfermedad trae aislamiento pero también brutalidad: impagable el episodio del hombre que vende en los autobuses esos cacharritos llenos de agua jabonosa que sirven para que los niños hagan pompas de jabón. Esa sola imagen sirvió para devolverme de golpe al sur de América, porque en este viejuno continente nuestro nos buscamos la vida en los transportes públicos con menos elegancia que allá. Pero no sólo eso me condujo al otro lado del Atlántico: también el uso gustoso de un español menos acartonado que nunca, fresco y limpio, tan real que parece imaginado. Y, por supuesto, la calidad. Vaya novela, gente. Qué manera de gozar. A veces, sólo a veces, leer es lo mejor de nuestras vidas. Me dan ganas de ser cronista taurino, si no fuera porque soy vegano. Herrera se empecina en enseñarnos a escribir bien, por ejemplo cuando dibuja a un personaje, el novio de la tres veces rubia, de un modo deslumbrante con solo tres trazos: pelo, camisa y colgante: «Un hamponcito relamido patrás, cuatro botones de la camisa abiertos para que se viera la virgen de oro». Dice cosas como «una hordita de adolescentes». ¡Hordita! Me hace pensar en un Osvaldo Lamborghini pero menos exuberante, más editado. Me deja con ganas de más. A ver si en un futuro se acaba de soltar el pelo.
La tres veces rubia, el personaje que hace que el Alfaqueque se pase la novela intentando comprar un condón, dice: «La gente que está sola se vuelve loca». Por momentos me parece (pero ya estoy interpretando, hay que ver qué pesado se llega a poner uno) que todo el texto consiste en una inversión que se delega en el lector: si epidemia = soledad, entonces soledad = epidemia. La epidemia es esta cosa individualista que nos pasa ahora. De eso va el libro para mí. Todos mirando nuestros móviles, encorvados, en el metro. Pendientes de las redes sociales, que en la novela no aparecen por un agradecido y eficaz anacronismo tecnológico. Además la epidemia es el tropo único de la novela: la conforma y la deja desnuda, como esas casas de muros sin revocar (por moda o por pobreza) a las que se les ve la piedra. Cada lector puede elegir qué leer en la epidemia, en qué tipo de metáfora darse un baño solipsista: para unos será la dictadura, o el neoliberalismo, o el comunismo. Para otros la corrupción. Tal vez la violencia en México o en América en general; o la tiranía de la biotecnología moderna y su modo de imponer y dosificar la información acerca de los nuevos riesgos para la salud en la sociedad tecnológica. Pero para mí, que soy un lector como cualquier otro, la epidemia somos nosotros, nuestra achacosa manera de cerrar compuertas. Estamos enfermos, neuróticos perdidos. Ya lo dice un filósofo italiano del que me estoy alimentando ultimamente, Franco Berardi: la única política viable en el futuro será la terapia, porque la neurosis es de lo que está hecha nuestra organización social. Este buen hombre nos avisa de que lo único que nos puede salvar es salir a las calles y hacer cosas juntos. Zamparnos con patatas la soledad. En la novela de Herrera pasa lo contrario, pero Berardi y Herrera son medio hermanos. Hablan exactamente de lo mismo. «Gente había pero más como gusano de temporada que como dueña de la tierra: unos pocos en sus coches con los vidrios subidos; el señor que solía predicar el fin de los tiempos en un parque a tres cuadras, ahora solo, en silencio...» Nos vamos achicando.
En La transmigración de los cuerpos se evita el sexo para no contagiarse de «esa chingadera» que está acabando con el mundo. Esto significa que a base de querer salvar nuestro individual pellejo, acabamos fijo con la especie entera. Pero un momento, ¿no es eso lo que ya nos está pasando? Porque hace menos de dos meses vi en las noticias que la gente de Pekín no podía salir a la calle sin morir de algo tan cotidiano como respirar el aire, valga el pleonasmo.Todo por tener nuestros cachivaches bien baratos, ¿no? No sé, pero lo mismo sí.
La historia, mínima, es una inversión temporal de la de Romeo y Julieta: aquí se llaman Romeo y la Muñe. Mueren casi al principio y pertenecen a familias enemigas que son —para rizar el rizo— la misma familia. El Alfaqueque, protagonista de la novela y quien nos da la perspectiva de todo lo que pasa, es una especie de pacificador no oficial, que se gana la vida "transando" en conflictos, evitando que la gente se mate a tiros más de lo que ya lo hace. Él es quien media entre las dos familias. Lo suyo es hablar, ablandar, convencer, hacer bajar los ánimos encendidos. El texto es posmoderno a rabiar, pero no da rabia: es como si le dieras una cámara doméstica de vídeo a Benvolio, ese personaje de Shakespeare que trata de evitar la gresca entre Capuletos y Montescos, y él se dedicara a filmar el montaje de la obra en los entretiempos, desde los camerinos, cuando todos están muy cansados y quejumbrosos. Se ve diferente, claro: se ve que todos los personajes morirán al final de lo mismo que Romeo y Julieta, y no es de amor.
El Alfaqueque nos da el tono: se gana la vida evitando la violencia pero justamente gracias a ella. Necesita la violencia estructural para hacer sus trabajos de coyuntura. Está atrapado en su papel. Testimonia un fragmento del final de nuestro paso como especie sobre este hermoso globo, y se lo pasa evitando muertes y buscando un condón. Tal vez nosotros, comprando gadgets y criando chepa para mirarlos cuando caminamos solos y arriba y a abajo, también estemos alimentado al bichote estructural para (mal)vivir entre sus rendijas.

jueves, mayo 23, 2013

La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero

Seix Barral, Barcelona, 2013. 240 pp. 18 €


Ángeles Prieto Barba

El duelo por la muerte ajena, la única que podemos llegar a conocer, es una etapa lenta y dolorosa, pero también trascendente y transformadora, como nos indica Rosa Montero. Autora que, con una contención discreta, elegante y encomiable, nos regala un libro difícil, y no precisamente porque haya sido escrito utilizando un lenguaje rebuscado, cultismos o arcaísmos en desuso, sino porque es muy complicado imponer el obligado distanciamiento, el orden y racionalidad necesarios, a la expresión literariamente honesta de unos sentimientos arraigados que marcan nuestra vida y que nos desbordan. Un libro que se ha gestado precisamente ahora, y no tras la muerte de Pablo, porque entonces hubiera sido imposible que pudiera surgir de este modo esperanzador, cálido y generoso.
El detonante del mismo, pero también la pantalla que Rosa utiliza para poder comunicarse con nosotros y en la que se vio reflejada, es el diario de una mujer excepcional sin paliativos: Marie Curie. La única señora que lució dos Premios Nobel, pero también la autora de un diario desgarrado, escrito tras la muerte de Pierre, que encontramos reproducido en un apéndice al final del libro, recogiendo justo las palabras que reflejan el amor sólido y admirativo de esta pareja, amor por el que Marie batallará contra su propia memoria rememorando los duros instantes de la pérdida. El momento. Las horas terribles. El martirio. Y después, esa desolación absoluta que nos sobreviene proveniente del dolor y de la culpa: la culpa por seguir vivos, privilegio al que no tenemos derecho sin nuestro otro yo y por el que sentimos ganas de aullar por las mañanas, como afirma Marie Curie, exactamente igual que cualquier animal salvaje. Pues es preciso, durante un duelo absurdo, cruel y prematuro, enloquecer un poco a fin de no volverte loca del todo. Ya veis en esta reseña que yo también utilizo pantallas y palabras ajenas, en este caso las de Joan Didion en El año del pensamiento mágico, aunque también espero que podáis notar no sólo que sé de lo que hablo, sino también cuánto me está costando. En cualquier caso, el verdadero lenguaje del amor es el silencio, algo que se filtra muy bien en la manera pudorosa y recatada que nuestra escritora emplea al abordar todo esto.
Rosa asimismo se sirve de la admirable Marie, pero también de sus hijas Eve e Irène, para así abordar un segundo tema importante como es el rol de la mujer en la sociedad contemporánea, y en su doble faceta privada y pública, donde el éxito no sólo se consigue con talento, sino también con una enorme lucha y perserverancia, aún a costa de la propia salud. Por ello, este libro no laudatorio, sino reflexivo, no constituye en absoluto un punto y aparte en la obra narrativa de la autora, sino un peldaño más, un avance claro, en los temas que ha venido desde siempre trabajando, particularmente relacionado con el ensayo La loca de la casa.
Montero no pontifica, no proclama ni alza la voz, no da fórmulas contra el dolor, no nos brinda un manual de autoyuda para estos casos. Más bien se limita a hablarnos y acompañarnos en un libro que se vuelve a leer porque es como un abrazo cálido.

miércoles, mayo 22, 2013

El sol de Argel, Esther Ginés

Carena, Barcelona, 2012. 276 pp. 15 €

Juan Laborda

El sol de Argel es una de esas primeras novelas que no podemos dejar de llamar valientes. Una muestra de lo que esta joven autora es y será capaz de hacer en el terreno de las letras. Todos debemos encontrar nuestra voz y, en este caso, Esther Ginés se lanza a ello con unas páginas cargadas de búsquedas personales. Sus palabras, además, se visten con potentes homenajes literarios. No es mala propuesta.
La muerte de un hermano hará a su gemelo replantearse la existencia del otro, lo vivido y lo pasado. Martín se repiensa a través de los ojos del fallecido, pero también se ve reflejado en las claves que le ofrece Albert Camus en su sensacional El Extranjero. Aquel sol de Argel le caldeará las entrañas en la peregrinación vital que se dispone a realizar. En realidad, la literatura es un bálsamo para las crudezas del camino, pues de lo que se trata es de transitar por la vida, el amor y la muerte.
Los viajes interiores plasmados en la novela llaman la atención por su carácter sugerente, a veces hasta onírico, quizá sin pretenderlo. Lo mismo ocurre con las bien elegidas alusiones literarias (Cortázar o el citado Camus), que atrapan en un juego de referencias cruzadas, no menos vividas por ser tan literarias. Como no hay búsqueda sin premio, también destacan los hallazgos. Muchas veces están al alcance de cualquiera, pero sólo son captados por aquellos que han transitado el sendero del cambio sincero, como en los ritos iniciáticos. Nuevas relaciones de personajes, el inicio de las pasiones y el abandono de los fantasmas, jalonan estos descubrimientos.
Nos encontramos con unas líneas llenas de fuerza y decisión, como demuestran los temas tratados (suicidio, tipos de amor, celos fraternales, familia…). La prosa que hilvana todas estas vicisitudes es medida y bella. No hay tabúes, éstos sólo existen entre algunos personajes, por lo demás los temas contundentes afloran con naturalidad a lo largo de la obra.
Este es un texto evocador y lleno de sutilezas. Al leerlo se puede llegar a soñar que tanto Martín, como Matías, como M. (un misterioso personaje del que no podemos decir nada) son lo mismo, un único ser, y el tenebroso marco de un Hospital Homeopático su espacio íntimo, su lugar de encuentro con ellos mismos. A veces, hasta deseamos que en esa omisión de preguntas clave, forzada por los pactos tácitos entre los personajes, se esconda una recreación emotiva de su interior (en el fondo creemos que está ahí).
Esta novela tiene el sentido profundo de lo que la literatura busca: el análisis de la naturaleza humana. El final es amargo sin serlo, pero siéndolo también. No sé si me explico…

martes, mayo 21, 2013

Nadie quiere saber, Alicia Giménez Bartlett

Destino, Barcelona. 2013. 419 pp. 18,50 €

Amadeo Cobas

Leer una novela policíaca, una buena novela, es un placer comparable a ir al monte a buscar setas. Uno va haciendo su recorrido y va recolectando las setas, ésta es buena, ésta no… Claro, siempre con la duda del neófito, porque esa seta que desechamos igual es una pieza fundamental en el puzzle, y si la dejamos en el olvido luego puede no completarse el rompecabezas de la intriga. Recorriendo el bosque de páginas se incrementa de pinceladas nuestra «cesta», se va mediando de «setas». Uno intenta que la mente conserve viva esa escena descrita con brevedad, acaso con fingido descuido, tocando de soslayo un tema con la yema del dedo, así como nosotros estuvimos en un tris de arrancar una nueva seta… aunque la despreciamos por su pinta. ¿Y si es una venenosa pista falsa? Y en este delicioso recorrido de tarde de sábado semeja que inspiramos la tinta que impregna las páginas del libro y forzamos las neuronas para entresacar ora un asesino recóndito, ora un feliz remate culinario para tanta seta...
Perdón por esta larga introducción, espero no inducir a nadie a la captura de setas antes que a desentrañar el misterio planteado por Alicia Giménez Bartlett. Sería una pena.
Una pena perderse esta nueva entrega de la inspectora Petra Delicado, que lleva más de tres lustros a las órdenes de su creadora y que es, en palabras de uno de los personajes que interviene en la narración, «una mezcla extraña de dureza y dulzura». No sin motivo, ya que sabe herir como nadie con la lengua aunque tenga un poso de bondad que le impide exacerbar su crueldad. Se contiene… cuando quiere.
Como es habitual, aquí la tensión narrativa está graduada con sabiduría, con las dosis justas de aporte de conocimiento de las situaciones y de sorpresas que reactivan la acción para dinamizar con oficio la lectura. Hay territorios comunes, es obvio, tal el apoyo en la sempiterna seguridad que granjea contraponer a dos policías de caracteres, forma de ser, ideales, etcétera opuestos hasta límites que anuncian un enfrentamiento personal, como aditamento mejor para que las pesquisas avancen…mientras el lector se entretiene y hasta sonríe. Con razón. Por todos los que seguimos sus avatares es conocido el macabro humor que gasta la inspectora, capaz de reírse de su propia muerte, frente al aparentemente simplón subinspector Fermín Garzón, almodovarianamente grotesco, sin par, en ocasiones hortera como cuando le da por comportarse como un turista más en Roma y se fotografía en medio de dos gladiadores…para cabreo de su jefa.
Porque dignas de destacar son las conversaciones entre ambos, con momentos en los que chispean los pinchazos que se lanzan y pasan a frisar ese tenue equilibrio antes mencionado entre hilaridad y tensión. Verbigracia: «Inspectora, ¿parecerá irrespetuoso que le diga que está usted empezando a tocarme los cojones?». Tiene la novela además muchas notas de desvelo social, que diría Serrat, como al paso, sin inmutarse «…así es como progresan hoy en día las ciudades: se renuevan los edificios y a las personas se las deja morir». ¿Un poco de moralina? Creo que no, es una reflexión propia del carácter de la inspectora, o de su pose o interpretación. No en vano, epiloga tal que así: «Yo había dicho lo que se esperaba de mí, y por eso mis palabras eran bien recibidas».
A los audaces que desdeñen las setas y se aventuren en este bosque les confirmo que no existe crimen perfecto, dado que un asesinato siempre deja pistas, el asesino siempre comete fallos. Petra dixit.
Como en esta obra, donde el culpable es… me lo callo, lo siento. Merece la pena que lean la novela para averiguarlo.

lunes, mayo 20, 2013

La casa en ruinas, Manuel García Rubio

XVI Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Ediciones del Viento. A Coruña, 2012. 144 pp. 16 €

Victoria R. Gil

¿Es posible recuperar los yos que no hemos sido, pero que pudimos ser? ¿Tiene la vida, como los ordenadores, múltiples puntos de restauración? ¿Duelen los recuerdos, incluso los que no se conservan? Éstas y otras preguntas que seguramente todos nos hemos formulado en alguna ocasión son las que se plantea Manuel García Rubio a través de Ricardo Tremp, un ejecutivo en la cumbre de su carrera que, convencido de gozar de una existencia perfecta, descubrirá que la ruina no sólo carcome la madera y desconcha las paredes, sino que también deshabita a las personas.
Un inesperado suceso, veinte años después de que Tremp decidiera empezar su nueva vida, es el punto de arranque de esta novela breve, que no llega a las 150 páginas. Un mendigo ha resultado herido de gravedad al desprenderse un trozo del balcón de su casa familiar en el pueblo que abandonara sin mirar atrás. El accidente le obligará a regresar, a pesar del rencor y del desprecio. Aunque sobre el vallado de seguridad que ahora la rodea se advierta: «No pasar. Peligro de derrumbe».
Muchas son las cosas que están a punto de hundirse en esta novela, no sólo la vivienda en la que Tremp creció con el único deseo de escapar, como si la huida te llevara siempre a alguna parte. Sus recuerdos también amenazan ruina, junto con ese presente que se ha empeñado en mantener libre de todo asalto emocional. «Quedó horrorizado por el descubrimiento de que no sólo la materia orgánica puede amojamarse con el paso de los días, sino también determinadas formas de la rutina doméstica, como aquella que lo asaltó al toparse con su padre, sentado en el viejo sofá nada más que por fumar y beber hasta caer borracho, mientras escuchaba un disco de música clásica».
Uno comienza a leer La casa en ruinas confiado porque reconoce las claves, aunque su propio protagonista las ignore: crisis de madurez, hastío vital, rencores antiguos, cuentas pendientes… Pero aquí las cosas son lo que parecen sólo hasta que dejan de serlo. Y entonces irrumpe lo irreal, lo fantástico, y Tremp comprenderá que adentrarse en el pasado, como en la vieja casa familiar que huele «a polvo y a humedad, a tiempo embalsado», puede provocar efectos imprevistos.
El primer aviso quizás nos pase desapercibido. En una vivienda abandonada durante más de veinte años y que por supuesto carece de suministro eléctrico, conexión telefónica o cualquier otro servicio similar, aún parpadea el piloto rojo del contestador automático con una llamada que nunca fue respondida. Pero la desazón llegará después, cuando atrapados por una narración que ya no sabemos si es fantástica, onírica o alucinatoria, empezamos a sospechar, como su protagonista, que «el curso del tiempo se había desviado en un bucle» y que se hallaba «en un reino de tiempo pasado, confuso, absurdo, arbitrario, en el que las reglas del juego cambiaban a sus anchas, porque sí».
Surgen entonces las preguntas, tenaces como la carcoma royendo el interior de una alacena. ¿Y si hubiera escuchado a tiempo aquel mensaje? ¿Y si no hubiera abandonado el pueblo? ¿Y si hubiera regresado cuando la niña fuera ya mujer? Y aún otra, quizás la más inquietante: «¿Cómo recordar y, al mismo tiempo, saber que los recuerdos son ciertos?». Buscando las respuestas, Ricardo Tremp, como Orfeo, descenderá a su infierno particular (el pasado que siempre estuvo ahí), pero en contra de lo que pudiera parecer, no busca rescatar a Eurídice, sino salvarse a sí mismo y recuperar su futuro.
Con La casa en ruinas, Manuel García Rubio, uruguayo de nacimiento y asturiano por vocación, fue galardonado el año pasado con el XVI Premio de Novela Ciudad de Salamanca por un jurado integrado, entre otros, por Luis Alberto de Cuenca y Fernando Marías, que destacó, precisamente, la habilidad de la obra para moverse “entre lo mágico y lo fantástico” dentro de un ambiente de “realismo excepcional”.
Atrévanse a cruzar con Ricardo Tremp el límite de lo imposible. El tiempo perdido merece buscarse hasta en el infierno

sábado, mayo 18, 2013

María Estuardo, Stefan Zweig

Trad. Carlos Fortea. Acantilado, Barcelona, 2012. 416 pp. 26 €

Miguel Baquero

Además de excelso novelista —¿cómo?, ¿qué todavía no has leído su Novela de ajedrez?— Stefan Zweig fue un biógrafo de primera línea; de hecho, muchas de sus biografías han servido de modelo a otros autores a la hora de relatar la vida de un personaje histórico con perspicacia psicológica, atención al detalle significativo, un profundo toque lírico en los momentos cruciales y, en el fondo y como remate de todo, una capacidad genial para captar el fondo social y humano de la época a través del protagonista de la biografía. El libro dedicado a María Antonieta, dentro de las figuras históricas tratadas por Zweig, es sin duda todo un clásico en este sentido; y en todo caso, es una narración impresionante tanto por su amenidad, como por su estilo narrativo, como por su calado psicológico.
Dos años después de la publicación de María Antonieta, en 1934, Zweig publicó la biografía María Estuardo, que ahora reedita Acantilado en una magnífica edición. No es, sin duda, una narración tan límpida y contundente como la que el autor austriaco trazó de la reina de Francia, pero ello no ha de achacársele al escritor sino a la figura biografiada y a las múltiples luces y sombras que la rodearon (luces y sombras que incluso hoy, siglos después, aún no han sido desveladas del todo y siguen manteniendo la realidad entre penumbras).
Convertida en piedra de choque, en plena época de la Contrarreforma, entre los partidarios del protestantismo (Inglaterra en especial, con su reina Isabel a la cabeza) y los defensores de la vieja Iglesia papista (Francia y España, sobre todo), es comprensible que la verdad en torno a María Estuardo, reina católica de Escocia, se haya desvirtuado y tergiversado en función de los intereses de unos y otros. Tanto más cuanto los avatares de su vida la hicieron perder el trono, ser apresada por los ingleses y finalmente llevada al cadalso tras un juicio (o remedo de) cuya resolución llegó a convertirse en “casus belli” entre Su Graciosa Majestad Isabel I y Su Muy Católica Alteza Real Felipe II, quien llegó a fletar toda una armada para conquistar la isla y poner fin a la ofensa intolerable cometida contra la vida de toda una reina ungida, con el resultado creo que ya de todos conocido.
Sabe Zweig, por tanto, que se está moviendo por un territorio resbaladizo, sembrado en su día de mentiras interesadas, exageraciones y ocultamientos. Sin embargo, desde la perspectiva del tiempo transcurrido, el escritor austriaco no tiene miedo de cotejar, por ejemplo, los documentos que se mostraron como inculpatorios para la Estuardo con sus características psicológicas, para concluir si tales documentos, o esas otras argumentaciones, son ciertos o tienen visos de haber sido manipulados. La biografía, así, pasa en muchos momentos a convertirse en una verdadera novela sobre las argucias de unos y otros, sus comadrejeos por las cortes europeas, la venalidad y la hidalguía de estos y aquellos… Al fondo, dando forma al cuadro completo, la persona de María Estuardo, compleja como todo ser humano, inteligente en ocasiones, de comportamiento estúpido a veces, imbuida de su majestad y al mismo tiempo cubierta de dudas. Y más al fondo aún de la reina de Escocia, como una presencia amenazadora, su Némesis, la reina Isabel de Inglaterra —¡sublime personaje!—, que de igual manera la tema, la odia, la admira…

viernes, mayo 17, 2013

Gallinas de madera, Mario Bellatín

Sexto Piso, Madrid, 2013. 147 pp. 16 €

Ignacio Sanz

Gallinas de madera es un libro que contiene dos novelas cortas independientes y de estirpe metaliteraria. En la primera titulada. “En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta”, se homenajea a Bohumil Hrabal, el gran escritor checo cuya muerte es un misterio que sigue flotando sobre la historia de la literatura europea. Hrabal vivía internado en una residencia de ancianos. En la cornisa se de la cuarta planta se posaban las palomas a las que él echaba de comer. Un día Hrabal se precipitó al vacío. ¿Suicidio acaso? Bellatín parte de este hecho minúsculo para divagar sobre el gigante de la narrativa checa y lo hace bajo los efectos delirantes que produce la ingesta de un líquido lisérgico. La visión de la realidad es deformada y aparecen moscas monstruosas, aves de rapiña, perros. Y aparece una y otra vez Bohumil, pero un Bohumil deformado por los efectos del líquido lisérgico, como en los esperpentos de nuestro Valle, pero aquí sometido a un discurso circular, como de melopea que repite y repite, pero al mismo tiempo envía rayos de sol, puntos de luz sobre la obra del gigante checo. El segundo relato, “En el ropero del señor Bernard”, el homenajeado es el escritor francés Robbe-Grillet con quien Bellatín sostuvo una conversación pública poco antes de morir. El señor Bernard pertenecía al Movimiento Literario Sumamente Innovador. Uno de los principios de este movimiento consiste en matar al padre, en empeñarse en que cada generación de escritores renueve sus fuentes de creación edificando su obra sobre las ruinas de la generación anterior. Bellatín envuelve al lector en un discurso melopeístico con referencias personales y múltiples desdoblamientos.
Por todo ello no estamos ante un libro fácil, como acaso no lo sea la literatura de Robbe-Grillet. Y sin embargo, en medio del bálago discursivo, encuentra el lector reflexiones lúcidas como las que hace sobre  El extranjero de Camús al referirse a los tiempos verbales con los que empieza esta inquietante novela. En cualquier caso se trata de disquisiciones sobre la escritura antes que sobre la vida.
«Me puse a escribir, imaginariamente, eso sí, porque no comprendo el mundo. Lo hice en la mesa donde me sirvió alguna vez una sopa hecha con restos de pájaros. Esto es todo. Para colmo, mientras más escribo, menos entiendo. Ahora no se qué va a pasar, sabiendo además que en el ropero del señor Bernard falta un traje, por si fuera poco el que más detestaba.»
Y, pese a todo, es decir, pese a esta atmósfera de cavilaciones concéntricas que abruman ligeramente al lector, a menudo salta la chispa, una chispa que empuja a seguir para encontrar el misterio que une a los parricidas.