viernes, octubre 24, 2014

La puerta de los pájaros, Gustavo Martín Garzo

Impedimenta, Madrid, 2014. 192 pp. 20,95 €

Pedro M. Domene

El unicornio simboliza el silencio que acompaña los momentos esenciales, manifiesta Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) a propósito de su nueva entrega, La puerta de los pájaros (2014), una novela sobre el fin de la infancia, un texto que reivindica una literatura fantástica y mitológica, protagonizada por una princesa y un unicornio, y lo más importante de esta fábula, sin lugar a dudas, la mirada sobre las cosas y la realidad, porque hemos encaminado nuestra existencia hacia un mundo tan urbanizado que olvidamos fabular sobre los mitos y, además, inconscientemente nuestra vida la hemos convertido en algo pura y esencialmente racional.
En este libro se cuenta la historia de Constanza, una joven princesa que, junto a su padre el rey Dinis de Portugal, como es habitual, vive en un suntuoso palacio entre tapices que muestran a jóvenes doncellas con unicornios, y una leyenda afirma que, esos misteriosos animales, solo pueden encontrarse en la profundidad de los bosques porque son muy asustadizos. Una criatura mitológica de la que nada se sabe, aunque parece que sigue en secreto a las muchachas que se internan solas en el bosque y espera a que se sienten a descansar para acostarse a su lado y quedarse dormido sobre su falda, y lo que ocurre justo después de que este unicornio repose en el regazo de la joven Constanza, sirve de pretexto para que el narrador vallisoletano nos cuente su historia. Y sabemos, también, que la princesa tenía un secreto que la hacía escapar sola al bosque, y que pasará muchos años durmiendo sin que su cuerpo envejezca, mientras todo se vuelve triste y sin vida a su alrededor. Con su texto Martín Garzo quiere recordarnos esos cuentos que todo el mundo ha leído siendo un niño y que, como antaño, nos cuentan una hermosa historia sobre fantasía y magia en la que uno se ve envuelto con toda facilidad, porque entre otras muchas virtudes, estos relatos desprenden un halo de misterio e incertidumbre, y a medida que vamos leyendo se hilvanan pequeñas historias y descubrimos a los personajes que las protagonizan, y además de la princesa y su unicornio, aparece una horrible y malvada madrastra, Placeroscuro, que desencadenará el argumento de todo este cuento, y sabremos de Merlín y de sus hechizos, y su angustiada búsqueda de una familia de gitanos que ha comprado el cuerpo dormido de la pequeña Constanza como parte de su espectáculo, mientras la asiste la pequeña y hermosa Esmeralda que cuida el dulce sueño de la princesa y, casi sin darnos cuenta, quedamos sumergidos en una fantástica historia donde todo, todo es posible. Y esa, y no otra, es la magia que caracteriza a este libro, traspasamos esa suerte de Puerta de los Pájaros, que existe realmente, y en literatura se convierte en una auténtica invitación a no dejar nunca de soñar, de imaginar o, mejor aun, a que lleguemos a creernos los sucesos más fantásticos que nunca antes hubiéramos podido imaginar. Así, la historia de la princesa Constanza, presa de un sueño que parece eterno, de su padre entristecido y de los muchos viajes y aventuras que realizará dormida por una geografía reconocida, de las tribulaciones del mago Merlín y del relato de mitológicos unicornios, es sobre todo una alegórica visión de un no menos fabuloso mundo que resulta agradable no solo a los adultos sino que, también, aun logra serlo para los niños.
Uno de esos libros que pueden leerse como un cuento y, que de alguna manera, como señala el propio Martín Garzo, desde un plano más concreto significa una despedida de la infancia, aunque el escritor se encarga de que no sea una despedida triste, sino el resultado de todo un proceso de cambios como los experimentados a lo largo de nuestra vida, y que en La puerta de los pájaros, encarna Constanza, pero que tras su lectura se convierte en el recuerdo de esa infancia feliz ahora que ya somos adultos. Uno de esos libros para mirar atrás, para recordar, para asombrarnos, quizá un poco para llorar una pérdida, pero sobre todo para sonreír. Los niños y los adolescentes suelen ser seguidores de estas historias simbólicas, mágicas y mitológicas y, sin duda, son lectores ejemplares porque de hecho viven en un mundo paralelo sin necesidad de haber leído nada al respecto, y su pensamiento se aleja bastante de la racionalidad, hasta el punto de convertirse ellos mismos en personajes del mundo del cuento, según el propio autor.
La editorial Impedimenta publica este volumen de una forma ejemplar, además está ilustrado por Pablo Auladell que con mano de clásico, en realidad, ha vestido con sus ilustraciones una historia que contiene, de alguna manera, todo el peso aunque la verdad es que sus dibujos complementan el sentido último que Gustavo Martín Garzo ha pretendido otorgar a su historia.

jueves, octubre 23, 2014

En las montañas de la locura, H.P. Lovecraft

Trad. Miguel Temprano García. Acantilado, Barcelona, 2014. 149 pp. 14 €

Fernando Ángel Moreno

Hace poco me preguntó alguien si creía que la prometida adaptación de Guillermo del Toro para En las montañas de la locura me gustaría. Respondí que lo veía difícil en cuanto a la manera en que yo disfruto el libro: desde lo ausente.
Apenas ocurre nada en el libro. El terror de la novela no está solo en «lo no mostrado» en cuanto a acontecimientos, como tantas veces comentan los teóricos. Ese es un punto de vista argumental. Aquí lo terrorífico está en lo que no se encuentra presente ni en nuestra imaginación cotidiana, en lo que solo podemos entender por la negación de lo que sí vemos. No se trata de la ausencia en la narración, sino de la ausencia en nuestros conceptos de la realidad.
Así, en estas montañas de la locura, Lovecraft nos aporta una enorme cantidad de datos científicos, sobre cuya veracidad ni puedo pronunciarme ni me interesa, y nos invita a vagar por una ciudad perdida en lo más profundo de la Antártida. Apenas eso. Carece de la clásica saturación de persecuciones y de las peleas con cuchillos al borde de un precipicio. A una película hollywoodiense de acción más tradicional, el libro aportaría solo un escenario; dudo de que aportara una narrativa cómoda para una adaptación cinematográfica. No va de eso.
Esto hay que tenerlo claro al acercarse a una novela ya clásica, pero que, incluso hoy, ochenta y tres años después de su primera publicación, exhibe una experimentalidad sorprendente en muchos niveles. Explora como pocos textos ese estilo tan lovecraftiano de «lo que no se puede describir», para finalmente redundar en «lo que no se debe describir». A pesar de que se trata de un libro plagado de descripciones, un texto que es en sí una gigantesca descripción, la falta de asideros referenciales ha de tenerla muy en cuenta quien entre en busca de monstruos gigantescos, psicópatas enloquecidos o sangrientos gores.
El viaje que propone Howard Philip Lovecraft en su único trabajo publicado como novela se dirige a todo aquello que yace en el fondo de nuestros apriorismos físicos, todo aquello que escapa a lo presupuesto. Por ello, los textos de Lovecraft conllevan connotaciones éticas, políticas, sociales... Puesto que llaman la atención sobre realidades que podrían ser de otro modo, sobre planteamientos que a menudo intuimos, sobre la inestabilidad de nuestros horizontes de expectativas. En el fondo, sobre nuestras incertidumbres.
Todo esto lo evoca mediante la descripción de la arquitectura, una de las máximas expresiones de la geometría y de la materialidad en su relación con la cultura y los imaginarios. Cabe relacionarlo con el modo en que Fredric Jameson, en su Teoría de la postmodernidad, centra simbólicamente nuestro paradigma cultural en la arquitectura. La ciudad perdida de esta atípica novela representa de una manera novedosa y aún poco igualada esa manifestación de lo inaprehensible.
En cuanto a las propias palabras y su devenir, el texto representa bien ese giro tan lovecraftiano de no utilizar el terror como una súbita entrada de lo sobrenatural en la cotidianeidad. Por el contrario, la novela empieza ya con la característica declaración de que no se creerá lo narrado. Esto provoca que no sea el argumento lo que fuerce el conflicto entre lo cotidiano y lo horroroso, sino que ese conflicto se mantenga durante todo el viaje. En este sentido, la saturación de referencias científicas, tecnológicas, materiales refuerza el choque con esa realidad alternativa o, mejor dicho, yuxtapuesta, que constituye toda la mitología lovecraftiana.
En cuanto a la edición que nos presenta Acantilado, me pregunté, al conocerla, por su necesidad. Entre las traducciones, ya guardo en mi casa la clásica de Alianza, a cargo de Fernando Calleja; la muy interesante de Valdemar, por Francisco Torres Oliver, y la extraordinaria revisión de Juan Antonio Molina Foix, con un magnífico y muy recomendado estudio introductorio, para Cátedra. Y Acantilado no presenta un estudio, para desgracia de los académicos como yo, hambrientos de nuevas interpretaciones, de nuevos espacios donde discutir.
Sin embargo, finalmente, voy a guardarla en un lugar de honor junto a esas otras tres ediciones que conservo. El motivo es la propuesta del traductor, Miguel Temprano, quien escoge una redacción mucho más fluida que las anteriores, sin perder los «excesos retóricos» originales. En este sentido la considero más en la línea de Torres Oliver. Si Molina Foix, por ejemplo, opta por desplegar un vocabulario más heterogéneo y una atmósfera más agobiante, Temprano recupera en mi opinión la fluidez del medio original donde se publicaban este tipo de textos: las revistas pulp. Con ello, no pierde fuerza y suaviza un poco la sintaxis, complejo problema con Lovecraft.
En definitiva, ¿con cuál me quedo? Ahí tengo las cuatro, en la biblioteca.
Por último, no tengo claro si denunciar la exageración o aplaudir esas palabras en la solapa del libro:
«H.P. Lovecraft (Rhode Island, 1890-1937), prolífico escritor de historias, ensayos y poemas, se encuentra entre los grandes nombres de la literatura norteamericana del siglo XX.»
Ante la duda, suscribámoslo. ¿Por qué no?

miércoles, octubre 22, 2014

Pequeño, el disco que salvó a Bunbury, Josu Lapresa

Lengua de Trapo, Madrid, 2014. 194 pp. 16,50 €

Salvador Gutiérrez Solís

Es justo reconocer el esfuerzo que está desarrollando Lengua de Trapo en los últimos tiempos por analizar, definir, resituar y sistematizar la historia más reciente de la música popular española desde una perspectiva literaria. Alaska y los Pegamoides, Kortatu, Los Planetas o, ahora, Enrique Bunbury han protagonizado las entregas de Cara B, una colección que va camino de convertirse en una referencia para todos aquellos empeñados por catalogar y ordenar su memoria musical, que en muchos casos también es la emocional.
Josu Lapresa aborda en Pequeño, el disco que salvó a Bunbury, el importante y profundo paso que supuso para el artista zaragozano pasar de ser la voz, la cabeza visible, de Héroes del silencio a un intérprete en solitario, tal y como hoy lo conocemos. Lapresa explica con detalle la reacción colectiva que se encontró Enrique Bunbury tras publicar su primer trabajo, Radical Sonora, que no fue precisamente comprensiva o elogiosa por buena parte de los seguidores de los Héroes. Acostumbrados a un sonido muy definido, y que se convirtió en la banda sonora generacional de miles de seguidores.
En este sentido, el éxito multitudinario de Héroes del silencio no fue, ni mucho menos, un trampolín, o un atajo, para el éxito posterior de Enrique Bunbury. En realidad, tal y como relata Josu Lapresa, esta falta de entendimiento va más allá de la aceptación general, ya que es el propio Bunbury el que no acaba de diseñar el traje en el que sentirse cómodo y habitar en su nueva versión, en solitario, sin el resto de la banda. De ahí el título de este libro, ya que fue Pequeño el primer trabajo de Bunbury en el que comenzó a expresarse libremente más allá de la acentuada etiqueta Héroes, y también fue el primero que propició el encuentro entre la nueva propuesta del artista y sus seguidores. Un disco salvador, como se indica en el título. Una teoría que sitúa a Radical Sonora, su primer trabajo en solitario, en un segundo plano, ya que, según considera el autor, no consiguió su objetivo.
Josu Lapresa se maneja con solvencia en esta reconstrucción del periodo más decisivo del que muchos consideran el rockstar más importante de la música española, si nos atenemos a su producción, grado de conocimiento y repercusión internacional. Un texto excelentemente documentado, en el que se analizan los aspectos más significativos de Pequeño, un disco crucial, como posteriormente ha quedado demostrado, en la trayectoria de Enrique Bunbury.

martes, octubre 21, 2014

Nobles y Rebeldes, Jessica Mitford

Trad. Patricia Antón de Bes. Libros del Asteoride, Barcelona, 2014. 318 pp. 23 €

Ángeles Prieto Barba

Sin tener que proclamarse feminista, cualquier mujer de nuestros días se indignaría ante la injusta y anárquica educación recibida por esas hermanas singulares que conocemos como las Mitford, sobre todo si la comparamos con la del único hijo varón de la familia, Thomas, que estudió en Eton. Señoras que al conocerlas parecen sacadas de la serie Dowtown Abbey, con la particularidad de que en vez de tres fueron seis, todas distintas y a su pesar, famosas. Y es que son precisamente ellas las que simbolizan y hasta encarnan valores, desgracias e injusticias del desdichado siglo veinte.
Por eso las memorias de Jessica, la penúltima, están destinadas a proporcionarnos claves y justificaciones de sus comportamientos singulares, señalando con toda propiedad como culpables a las costumbres deficientes y trasnochadas de la clase aristocrática inglesa, que se vio obligada a adaptarse mal que bien a los adelantos técnicos, la economía pujante y las ideologías extremas del pasado siglo. No obstante, una enorme curiosidad por el mundo exterior y lecturas constantes las convirtieron en unos seres atípicos, pero dueñas asimismo de una cultura extraordinaria que percibimos en sus escritos. Y no sólo en los de Nancy, la primogénita, que terminaría siendo escritora de éxito, sino también en estos apasionantes recuerdos de infancia y juventud que nos proporciona Jessica con orden, soltura y calidad literaria incuestionable.
Tras las sonrientes fotos familiares de exquisitas criaturas hermosas, altas y rubias, era evidente también que existía una constante rivalidad entre ellas, todas en busca de ese hombre brillante y fuerte que les diera lustre y que les llevó a contraer, en algunos casos, matrimonios muy desdichados. No fue el caso de Jessica (Decca) que retrata a su primer marido Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill y desaparecido en combate durante la Segunda Guerra Mundial, como un héroe generoso, siempre intrépido y capaz de lo que fuera por conseguir sus ideales. Un arquetipo de esposo perfecto que ya estuvo larvando durante su difícil adolescencia hasta que lo encontró, casándose muy joven tras una trepidante huida y el consiguiente escándalo a la Guerra Civil española en la que participaron tan sólo unas semanas en Bilbao como corresponsales.
La rebeldía de Decca ante su familia y su entorno se matizará cuando sobrevengan los desastres que se habían ido larvando en dos de sus hermanas mayores: la hermosa Diana que se divorciará de un Guinness para unirse a un hombre casado, Sir Owald Mosley, fundador de la Unión Británica de Fascistas, por lo cual acabarían ambos en la cárcel y Unity Valkyrie, de premonitorio nombre, quien tras declararse la guerra entre Gran Bretaña y Alemania e invitada a abandonar la segunda, escribió un carta a su admirado Hitler y acto seguido, se pegó un tiro en la cabeza dejándola en estado vegetativo hasta su muerte nueve años más tarde. Decca no puede sentir menos que compasión por Unity y mucho pesar por Diana, pues a partir de ahí se abre entre ellas el más completo silencio y un océano de distancia, ya que Decca consagraría su vida a defender en América el sueño de igualdad de su primer marido, ingresando en el Partido Comunista norteamericano junto al segundo. Frente a estas tres hermanas extremistas encontramos a la testigo escéptica, lúcida y burlona de Nancy, la mayor, que nos relatará ridiculizando estos excéntricos affaires en la novela Trifulca a la vista, también en Libros del Asteroide. Y también a las dos que se mantendrán al margen: Pamela, consagrada a la vida rural de los terratenientes ingleses y Bárbara, la pequeña, duquesa de Devonshire y gran amiga de Patrick Leigh Fermor, que acaba de morir hace unos días.
Con estos mimbres, no tendrá duda el lector de que va a encontrarse con un libro escrito con el corazón, muy interesante y que dará mucho más de lo que promete porque está muy bien redactado y ordenado, con memorables episodios que invitan a la reflexión sobre los motivos que las pudieron conducir, y nos encaminaron a todos, a tantos desastres sufridos. Un libro, en definitiva, de provechosa lectura.

lunes, octubre 20, 2014

Tiempo de sembrar piedras, Tim Powers

Trad. Natalia Cervera, Adela Padín y Ana Quijada. Gigamesh, Barcelona, 2014. 204 pp. 16 €

Julián Díez

La literatura no racionalista se viene a dividir convencionalmente, desde Todorov, en fantástica (en la que los personajes vacilan al encontrarse ante situaciones no conocidas en nuestro mundo real) y maravillosa (donde los personajes viven inmersos en un mundo alternativo). Esa división tiene consecuencias más allá de lo puramente literario, en lo académico y comercial; en la primera categoría entrarían James o Cortázar; en la segunda, Howard o Tolkien. Una es respetada entre las formas sofisticadas de la literatura contemporánea; la segunda sólo últimamente es mirada sin displicencia.
El problema (la virtud) de Powers es que lidera un creciente movimiento que trasciende esa división. Escribe de manera dinámica, pero trufa sus narraciones de referentes cultos. Trabaja en el territorio del género especializado, pero no escribe de acuerdo con sus convenciones comerciales. Es demasiado friki para el establishment y demasiado culto para tener legiones de fans en los foros de internet. Parece obsesionado por los poetas románticos, también por los viajes en el tiempo.
Algunos de sus personajes saben que el mundo es distinto a como lo vemos, pero otros no; de hecho, su escenario es el mismo mundo que nosotros hemos dado hasta ahora como normal y en el que él cuela rendijas de duda y emoción, de abominaciones ilimitadas y aventuras inimaginables. Luego han recorrido en ese territorio muchos autores, desde John Crowley hasta nuestro José Antonio Cotrina; pero Powers, a su manera, fue pionero. También quizá sea el mejor.
Una plasmación de esa combinación está en su puesto como pionero del steampunk, de las historias retrofuturistas en ambientación decimonónica. Pero Powers en realidad no hizo más que visitar ese subgénero que en rigor debe más a sus compadres K. W. Jeter y James Blaylock con una extraordinaria novela, Las puertas de Anubis, que tampoco es canónicamente ajustada a él; casi toda la carrera del autor californiano se ha concentrado en esa fantasía histórica alternativa de la que forman parte casi todos los relatos de este volumen, que recoge seis anunciados como los mejores.
Para el lector que aún no haya disfrutado con Powers, este librito le ofrece catas de varias de sus virtudes, como el vuelo imaginativo, la ambientación y la prosa elegante, sin algunos de sus inconvenientes, como la tendencia a resultar prolijo y, en resumidas cuentas, desmadrarse. Tiene la característica además de ser un volumen extrañamente ordenado in crescendo; el primer cuento, “Dondequiera que se encuentren”, es el más flojo del volumen, y los mejores los tres últimos.
“Dondequiera que se encuentren” es un relato de viajes en el tiempo desde el punto de vista de un protagonista empeñado en dejar la historia lo mejor posible. Enrevesado y cerrado (ajustadamente) de forma algo forzada, da paso luego a “Un alma embotellada”, en el que ya vamos sumando más temas propios del autor: poesía, amores imposibles, fantasmas...
“El camino de bajada” sube otro poquito la apuesta, mostrándonos una sociedad secreta cuyas características no desvelo para no revelar el meollo de la historia, con personajes bien trazados e instantes de singular potencia visual. Cuando llegamos luego a “El reparador de biblias” ya hablamos de palabras mayores: resultan memorables tanto el escenario propuesto, un mundo en el que lo sobrenatural interviene de forma cruda en lo cotidiano, como su protagonista, que da título al cuento y ofrece una versión singularmente dura del ya tópico “intermediario con el más allá”. “Salvación y destrucción”, el relato más extenso del volumen, parece recoger casi todos los temas previos (viajes en el tiempo, amor por los libros y su poder, una realidad paralela siniestra, una poetisa maldita) para reconcentrarlos en otra historia de nivel muy alto, de las que dejan recuerdo.
Conviene avisar a quien haya disfrutado de los cuentos del volumen hasta aquí que quizá deba aplazar la lectura del relato final, “Tiempo de sembrar piedras”. La acción está situada a caballo entre una de las novelas clásicas del autor, La fuerza de su mirada, y la que acaba de publicar, Ocúltame entre las tumbas. Si bien puede leerse de forma independiente, quienes se sientan impulsados a leer a Powers más adelante tienen en La fuerza de su mirada una opción obvia; y en este cuento se dan como conocidos los hechos narrados en esa novela. Personalmente, prefiero otras novelas de Powers más directas (Las puertas de Anubis o En costas extrañas) a la brillante pero un tanto excesiva La fuerza de su mirada, con su historia alternativa del romanticismo inglés salpimentada de vampirismo y mitología. Se lea o no este último relato, “El reparador de Biblias” y “Salvación y destrucción” justifican sobradamente adquirir el volumen y dejarse llevar de la mano por uno de los muy pocos escritores de literatura fantástica que hoy cuentan con un mundo propio independiente de convencionalismos, y que es a la vez ameno y sofisticado.

viernes, octubre 17, 2014

Zeta, Manuel Vilas

Salto de Página, Madrid, 2014. 160 PP. 13,90 €

Arcadio García

En una entrevista de 2009 en el programa Pagina 2 de Televisión Española, con motivo de la publicación de su novela Aire nuestro, Manuel Vilas (Barbastro, 1962) decía que tenía la impresión de que en España había dos clases de novelistas: los que todavía se baten en la Guerra Civil y los que lo hacen en la Guerra de las Galaxias. Era la respuesta a la pregunta que más pronto que tarde le plantean en referencia a su relación con al grupo Nocilla, ése al que en su momento se reprochó que se hubiera emancipado de la literatura hegemónica para ofrecer una narrativa que incorporaba ciertos elementos que la tradición española ha considerado literaria y argumentalmente irrelevantes o poco trascendentes, como la cultura pop, las nuevas tecnologías, la televisión, Internet, etcétera. Sea cierta o no la adscripción de Manuel Vilas a ese grupo —sea cierta o no, de hecho, la propia existencia del grupo—, no se puede negar que los relatos incluidos en Zeta, obra publicada en 2002 por la desaparecida editorial DVD Ediciones que ahora rescata Salto de Página, constituyen una prueba de que en Manuel Vilas había desde el principio (tal y como, por otro lado, afirma el propio Vilas en el prólogo, una pieza deliciosa, cargada de humor e ironía que bien podría haberse incluido entre los relatos que prologa) una voluntad de emanciparse de la literatura que se ofrecía en ese entonces, y proponer unas narraciones que, particularmente en Zeta, a menudo no son tanto narraciones como monólogos interiores o yuxtaposición de reflexiones y sordos lamentos expresados en primera persona por una serie de personajes que, en rigor, podría ser perfectamente el mismo en todos los relatos, lo que a mi juicio proporciona al libro más apariencia de novela que de conjunto de cuentos, o, por lo menos, mucho más que España, una de las obras más conocidas de Manuel Vilas, de la que el autor, dicho sea de paso, sostiene que es una novela por más semejanzas que guarde con un libro de relatos al uso, con todas las salvedades que quepa observar el empleo de la expresión «al uso» aplicada al autor de Barbastro.
Zeta es la Zaragoza de Manuel Vilas, y Zeta es una de las protagonistas del libro, una presencia permanente, el escenario desolador por el que deambulan personajes sin expectativas, aquejados de una tristeza inmensa que sería insoportable sin la prosa irónica y maravillosa de Vilas. Tipos solitarios que mal que bien se han resignado a su suerte, y presencian impasibles cómo se desmoronan sus vidas y cómo aceptan malvivir entre los escombros. Víctimas, en suma, de ese capitalismo en torno al cual parece girar toda la narrativa del autor aragonés; el capitalismo no sólo como culpable de los problemas de la sociedad occidental sino, asimismo, como origen de la frustración más o menos resignada de no hallar alternativa que lo reemplace.
Así, los personajes que aparecen en Zeta podrían ser cualquiera de las personas que se han visto afectadas por la crisis actual desde que se desatara en 2008, luego leída hoy, doce años después de que se publicara por primera vez, Zeta no sólo no ha perdido actualidad, sino que está de absoluta vigencia, como si su reedición respondiera a la estrategia de un avezado editor que ha sabido rastrear e identificar los puntos en común que guarda la ficción de Vilas con la realidad que acontece en 2014. Basta leer los relatos para identificar el contexto social en el que se desarrollan con cualquiera de las ciudades españolas devastadas —moral, anímicamente— por la crisis, por las calles de las cuales se puede uno cruzar a diario con los personajes de Zeta, esos nuevos ricos que renunciaron a la condición de viejos pobres en busca de la ilusión de prosperidad que procura la adquisición a plazos de un patrimonio efímero, intangible, ilusorio.
Pero que el lector no se lleve a engaño, aunque lo sean no estamos hablando de relatos explícitamente pesimista, Manuel Vilas es un escritor en el que el humor es fundamental, y a pesar del fondo de amargura y de debacle moral (especialmente en esta primera obra, no así en las siguientes), maneja un registro personalísimo y muy reconocible que consiste en escribir aplicando a cada frase una suerte de teoría del iceberg de Ernest Hemingway sui géneris cuya parte visible lo constituiría el humor, la ironía, la mordacidad e incluso un cierto desenfado y irreverencia, mientras bajo la superficie se esconden todas esas tragedias personales.
Como cualquier otra obra, Zeta admite varias lecturas y yo me aventuro a proponer otra: el escritor en ciernes confinado en una ciudad sofocante que carece de alicientes para continuar escribiendo, y sin embargo lo hace y acaba alcanzando reconocimiento, y se toma justa revancha escribiendo un cuento con un narrador arrogante y pagado de sí mismo que acaba siendo ese prólogo de Zeta, tan heterodoxo y sobresaliente como el propio libro.

jueves, octubre 16, 2014

El balcón en invierno, Luis Landero

Tusquets, Barcelona, 2014. 248 pp. 17 €

Ignacio Sanz

Landero hipnotiza. Su prosa empuja al lector por una pendiente abajo de manera que le resulta difícil parar. Cuando este libro llegó a mis manos y lo abrí con la intención de echarlo una ojeada somera, me vi de un tirón arrastrado hasta la página 50 y llegando tarde a una cita. El lector que se echa a andar por sus páginas no se entera. Tengo un amigo muy leído que sostiene que Landero es el mejor prosista español vivo. Ya se sabe que este tipo de afirmaciones son relativas. ¿El mejor? ¿Cómo se calibra eso? Pero sí, algo poderoso esconde Landero para que su libro apenas haya durado un día entre mis manos. Es tan mágico lo que escribe, se desnuda con tanta naturalidad, muestra con tanta solvencia los desgarros y contradicciones de una sociedad, en este caso a través del afán de superación de una familia humilde, que el lector, a poco sensible que sea, se va a sentir involucrado en lo que cuenta.
A Landero se le frustró la novela que pretendía escribir. No sabemos si es una de sus añagazas. Qué más da. Apenas nos muestra las páginas iniciales en las que retrata a su padre como personaje de ficción, un tipo curioso y extraño. Bah, para qué seguir con la ficción, se dice, si le tengo vivo en la memoria. No tengo por qué impostar la mirada, sino sacarle vivo, como si yo fuera Velázquez. Y a fe que lo consigue. No sólo saca vivo a su padre, sino a toda la familia, una familia que, pasada por el tamiz de su mirada, llega hasta nosotros envuelta en una aureola épica.
Apenas hay alusiones políticas. Qué finura en un país con tantos redentores. Cuando habla de los poderosos, ya sean en Madrid o en Alburquerque, se refiere a ellos como la gente gorda. Eso quería su padre, que él llegara a ser uno de los gordos, que estudiara para abogado y regresara al pueblo como un triunfador. Acaso eso quisimos todos los que nacimos en aquellos años de posguerra: salir de la miseria dejando atrás las penurias. Hay una descripción magnífica que dura una página entera en la que Landero, como si fuera Cunqueiro, va enumerando los delicados y exóticos productos de las mantequerías del barrio de Salamanca en las que trabajó como repartidor. Parece Lazarillo. Y su madre, asombrada por la descripción de aquellas gollerías, les comenta a sus hermanas: ya de niño era muy mentiroso.
Los lectores de Landero van a descubrir en estas memorias, algunas de las fuentes de donde salen los personajes que han iluminado su obra de ficción como su padre o su primo Paco que, piruetas del tiempo, acabaría siendo su cuñado. Qué delicadeza y cuantas emociones arranca esta obra que, aunque centra su mirada en una familia extremeña emigrada a Madrid, es una obra que habla también de nosotros, los castellanos, los vascos, los aragoneses, los andaluces que hemos vivido un evolución paralela. Y habla también de la forja del escritor que no tuvo ni un solo libro en su casa. De cómo la literatura lo liberó de la orfandad e hizo de él un ciudadano de amplia mirada sobre el mundo. Todo eso nos lo cuenta Landero con esa elegancia exclusiva de los poetas con duende: «El mundo campesino de entonces era a menudo bruto y zafio, y era mucho el trabajo, mucha la miseria, mucha la servidumbre, pero también tenía los refinamientos propios de una cultura milenaria. Entre unos y otros sabían hacer primores con el barro, con el cáñamo, con el esparto, con el mimbre, con el corcho, con las cañas, con las juncias y juncos, con la madera, la piedra y la pizarra. Con mimbres finos hacían garlitos que tenían el empaque de una catedral y parecían pensados para pescar salmones y merluzas y no los humildes peces de la rivera o del regato, que así y todo tenían también sus nombres bonitos y exactos: jaramugos, burdallos, cachos, colmillejas».
Pues ahí queda esa pequeña muestra de una obra magnífica, breve para lo que el autor acostumbra, cuya lectura recomiendo viva, vivísimamente.