martes, septiembre 02, 2014

Compás de espera, Eva Alarte Garví

Alfar, Sevilla, 2014. 78 pp. 10 €

Fernando Sánchez Calvo

«Cuando ya no seas tú /quien nunca busca / Cuando ya no sea yo / quien nunca espera / Abriré las compuertas / de parte a todo / para legalizar la caza / sin reservas.» Ésta la historia de un amor despechado y orgulloso, como aquel que se cantaba en las mejores rancheras. No quiero restar con ello prestigioso al giro temático (que no estilístico) que la poeta Eva Alarte, española afincada en Italia por amor a la palabra, da en este segundo poemario tras su primera publicación, Ritmo de lucha, versos que pedían a gritos un despertar ciudadano hacia la política, es decir, hacia lo que es de él mismo.
Compás de espera, con sus correspondientes tres partes (“Compás de espera”, “Despeinarás mi adiós” y “Esperanzas (a secas)”) conlleva otro tipo de despertar, esta vez amoroso, donde, como si de un cancionero petrarquista de tratase, el lector puede recuperar la trayectoria vital de un amor ficticio o autobiográfico a través de los cronológicos y ordenados poemas de un corazón que aguanta, se desespera, fracasa, se despide y se da una nueva oportunidad a sí mismo sin querer caer de nuevo en el entusiasmo utópico que acerca al hombre y a la mujer más a la adolescencia que a la madurez.
Por ello, el mayor acierto de este medio centenar de poemas es conseguir trazar una trama poética coherente que no chirríe de una a otra parte, de uno a otro ejemplar. Hablar de amor es fácil, incluso sublimarlo de vez en cuando en algún que otro prodigioso acierto. Lo difícil es aflojar, como el bueno de Flaubert decía, los goznes, los principios y finales de cada capítulo o poema para que el conjunto pueda continuar, a sabiendas de que en dicha tarea alguna que otra vez deberemos renunciar al hallazgo de un prodigioso verso que no merece desperdiciarse en ese soneto, en ese conjunto, sino guardarlo para un pico o vértice posterior.
Ése es, por paralelismo, el gran acierto de Compás de espera, deudor como Ritmo de lucha también de Mario Benedetti en cuanto al estilo sobrio, directo y conversacional, pero también deudor de la vanguardia en tanto que un poeta debe destrozarse a sí mismo por medio del lenguaje para poder volver a empezar a partir de cero. Para construir, antes hay que destruir. O dicho de otra manera: «No puedes impedir que todo pase /para reconquistar lo que ha pasado.»

lunes, septiembre 01, 2014

Relatos reunidos, César Aira

Literatura Random House, Barcelona, 2013. 224 pp. 17,90 €

Pedro Pujante

La obra de ficción de César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) es muy extensa y se encuentra diseminada por multitud de editoriales, por lo que seguir su rastro o tratar de compilar todos sus nouvelles o relatos es una tarea irrealizable.
Así que cuando aparece un intento de reunir algunos de sus mejores cuentos se agradece. En este volumen encontrará el lector diecisiete piezas breves que fueron escritas entre 1996 y 2011, diecisiete «relatos a medio camino entre el cuento y la crónica imaginada». Cuando se lee a Aira uno no sabe adónde se dirige, quizá porque ni el mismo autor conoce el paradero último al que han de desembocar sus historias. Por eso una de las primeras cuestiones que nos surgen es: "¿qué no puede ocurrir en los textos de Aira?" Porque una historia de corte autobiográfico sobre la niñez en Pringles puede derivar en una trepidante y rocambolesca aventura con enanos asesinos y monstruos, con personajes que retornan del pasado, y con la certeza de que la memoria, la locura y la fantasía están compuestas por el mismo material en los tejidos narrativos de Aira. Quizá la materia misma de la que están hechos los sueños, como advirtió Shakespeare.
Además otra de las características de la prosa airana es que se renueva a sí misma en cada frase, avanza hacia un punto indeterminado, gira, se abre paso sin control, en un aparente caos argumentativo pero que en su conjunto se advierte cierta coherencia. De hecho, la precisión con la que se da cuenta de algunos acontecimientos permite que lo absurdo se mute en asunto lógico y hasta creíble.
Algunas historias, como ya se ha dicho, transcurren en Pringles, es decir, en el territorio de la infancia del autor, un lugar mitificado por el juego y los recuerdos fastuosos de un niño que se ha convertido en escritor sin renunciar a su fragor imaginativo; Aira consigue hacer que fantasía y recuerdos se confundan en el juego distorsionante de su literatura.
En otros relatos, como por ejemplo "El perro" nos propone una situación que pasa de la aparente normalidad –un hombre paseando en autobús urbano- por la obsesión y el miedo, hasta confluir en los meandros vertiginosos del absurdo y lo grotesco.
Y es que el absurdo, se podría afirmar sin temor, es uno de los temas que se erigen como principales en la obra de Aira. Pero no un absurdo pesimista y crítico como pudiera verse en la obra de Beckett, sino quizá más desenfadado y burlón como tiene lugar en Ionesco o en Virgilio Piñera. Absurdos son los planteamientos de cuentos como "Picasso", en el que un genio le da la oportunidad al narrador de elegir entre ser Picasso o poseer un Picasso. O "El té de Dios", en el que se relata la estrafalaria decisión del Creador de celebrar su cumpleaños con un té invitando solo a monos. Ya se puede imaginar el intrigado lector qué consecuencias puede acarrear dicha ceremonia de primates y desenfreno. Y a modo de explicación teórica del universo airano se puede leer "El hornero", un texto paradójico, un falso ensayo, de corte pseudo científico a través del cual el autor nos hace saber que el hombre, a diferencia de los animales, entre ellos el hornero (un ave), vive regido por un estricto programa instintivo, por lo que paradójicamente nuestro albedrío cultural es solamente una ilusión.
Además de lo ya anotado: absurdos argumentos; ficción hiperbólica y realidad en un mismo plano; mucha fantasía e inagotable sentido del humor, se podrían añadir un par de características más para acabar con esta reseña sobre los cuentos del autor. César Aira despliega una escritura correcta y pulida, sabe contar una historia, hacerla interesante y convencernos con una prosa sólida y sin titubeos de que el mundo es algo distinto de lo que creíamos. Y por supuesto, que el humor es la herramienta de la que se valen los narradores inteligentes y dotados para reírse del universo, es decir, para imaginar y crear el suyo propio.

viernes, agosto 01, 2014



FELICES LECTURAS DE VERANO

La Tormenta volverá el 1 de septiembre

jueves, julio 31, 2014

La trabajadora, Elvira Navarro

Literatura Random House, Barcelona, 2014. 155 pp. 16,90 €

Ariadna G. García

Estamos cambiando de periodo histórico, económico y social. Occidente ha entrado en una nueva etapa. Europa vive una crisis sin parangón desde los años 30. El desempleo, el auge de los nacionalismos y precariedad actuales parecen invocados como demonios que no fueron bien exorcizados. Los escritores –algunos, al menos–, tienen puesto su punto de mira en las transformaciones que esta crisis está generando. De ahí, que regresen con fuerza la narrativa realista y la distópica, hermanadas por su espíritu crítico. La sociedad presente como materia novelable es el título del ensayo con que Galdós entró en la Real Academia de la Lengua. Hablaba, entonces, del nacimiento de la clase media («…que no tiene aún existencia positiva, es tan sólo informe aglomeración de individuos procedentes de las categorías superior e inferior, el producto, digámoslo así, de la descomposición de ambas familias: de la plebeya, que sube; de la aristocrática, que baja») y de la necesidad de que la literatura estudiase esta nueva forma de vida. El artículo data de 1897. Pues bien, hoy en día la sociedad realiza el camino a la inversa: asiste a la destrucción de la clase media y del sistema que la sostiene: el estado de derecho. De modo que los escritores, otra vez, deben (debemos) trasladar estos cambios a nuestras obras. Esta labor de testimonio, no exento de denuncia, la encontramos –entre otros– en: Rafael Chirbes (En la orilla), Fernando J. López (La inmortalidad del cangrejo) y Elvira Navarro.
La trabajadora se articula entorno a un relato literario insertado dentro de la novela que escribe, para superar sus traumas, la joven Elisa: escritora frustrada y correctora de estilo de un importante grupo editorial. Este juego, que dará lugar a reflexiones meta-literarias, es de los menos relevante del libro. De hecho, ese relato de ficción que escribe Elisa basándose en las experiencias de su compañera de piso (Susana), resulta demasiado rebuscado y artificial –fundamentalmente se centra en los peculiares encuentros eróticos de una mujer heterosexual con hombres y con mujeres (¿?), para acabar manteniendo una relación más o menos estable con un enano homosexual (¿?)–. Sin embargo, la segunda parte del libro realiza una acertada y lúcida cartografía del mapa moral, laboral y mental de los madrileños –y por extensión, de los españoles– de este siglo en que estamos.
Con una prosa pulcra, bella y cuidada, Elvira Navarro nos introduce en la mente de un personaje desgarrado por las circunstancias adversas y nos invita a recorrer el extrarradio de una capital que se va empobreciendo. Los escenarios físicos son proyección de los psicológicos y ambos nos retratan a una sociedad necesitada, enferma, desasistida y sin recursos para sobrevivir. No obstante, la delincuencia y los antidepresivos se alían, respectivamente, con las gentes desfavorecidas y con la propia Elisa. Siempre se abren hendiduras y pasadizos en las cámaras cerradas.
Elisa trabaja para el Grupo Editorial Término, a punto de entrar en un concurso de acreedores. Como diría Tomás de Iriarte, cobra: «o tarde o mal o nunca». Su precariedad le obliga a trasladarse a un humilde apartamento de Aluche. Las dificultades económicas la conducen a una depresión de la que se despeja caminando por los ensanches de la ciudad: San Ignacio de Loyola, Usera, Plaza Elíptica… En sus barojianos itinerarios descubre una nueva urbe, una ciudad okupada, que se extiende por la cárcel de Carabanchel y por los desangelados pisos de protección oficial.
Si Elisa es una licenciada sobrecualificada, con problemas personales y de subsistencia en un mercado laboral despiadado, Susana (su compañera de apartamento) presenta un cuadro clínico y profesional análogo. Es su espejo en diez años. De ahí que se obsesione con ella. ¿O es al revés? La escritura del texto en primera persona, por parte de Elisa, confiere muy poca credibilidad a cuanta información transmite la narradora, que, recordemos, escribe bajo el influjo de estupefacientes (aquellos recetados por su experto psiquiatra).
La trabajadora es una arriesgada novela de introspección que refleja las inseguridades y la falta de certezas de una clase media vapuleada por la crisis; encarnada en una joven sin ataduras familiares; en una licenciada-precaria como las hay miles. Una obra de mérito que conviene leer para reforzar la empatía y la solidaridad, ahora que aún hay tiempo de modificar las cosas.

miércoles, julio 30, 2014

El gato que venía del cielo, Takashi Hiraide

Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Alfaguara, Madrid, 2014. 160 pp. 16,50 €

Santiago Pajares

Lo más probable es que el nombre de Takashi Hiraide no os diga nada. Aun con el auge de la nueva literatura nipona no podemos clasificarlo más que como un desconocido o, estirando el término, un autor emergente (a sus 64 años). Tras trabajar durante nueve años en una editorial de Tokio, Takashi Hiraide lo dejó todo atrás para dedicarse por entero a la literatura. Y no le salió mal la jugada, ya que su primera novela El gato que venía del cielo ha sido traducida a multitud de idiomas y se ha extendido por todo el mundo, ganándose grandes críticas como la que le dedicó el Nobel de literatura japonés Kenzaburo Oé: «Desde lo más profundo de la poesía, Hiraide crea una nueva prosa.»
Lo más usual es escribir un libro con una premisa fuerte sobre la que poder contar los temas que interesan al autor, para que cuando la gente pregunte de qué va el libro, puedas decir: Va de esto. ¿Pero y si se hace al revés? ¿Y si se arma un libro alrededor de una premisa pequeña y débil, algo tan frágil que parece que podría romperse en cualquier momento? Indudablemente leeríamos esa historia con cuidado de que no se fuera quebrar en nuestros dedos. La historia de El gato que venía del cielo gira alrededor de un pequeño gato propiedad de unos vecinos, un gato llamado Chibi (que se podría traducir como pequeño). Los protagonistas de esta historia son una pareja que se ha mudado a una pequeña casa de invitados en el jardín de una gran casona. Una casa humilde, pequeña y práctica, pero emplazada en un hermosos jardín y donde encuentran la tranquilidad necesaria para poder trabajar desde casa. Este jardín está rodeado de vecinos, y uno de ellos tiene un gato, un gato pequeño que recorre el espacio entre ambas casas y poco a poco, comienza a introducirse en su vida diaria. Un gato, como ellos mismos dicen, que ha decidido adoptarlos a ellos como dueños. Esa pareja, sin mascotas, sin hijos, con nada más que el trabajo para llenar sus horas encuentra en ese pequeño animal alguien para centrar sus atenciones y de donde sacar pequeñas reflexiones psicológicas, que parecen brotar como las pequeñas flores del jardín en el que viven.
Pero no creamos que este es un libro sobre un gato únicamente, sino que sirve como excusa para hablar de un momento singular en la historia de Japón. A finales de los ochenta, tras la muerte del emperador, se produjo una inusitada crecida en los precios de la vivienda, lo que provocó que casi una generación entera de japoneses tuvieran que hipotecarse de por vida para comprar un hogar (¿Nos suena, verdad?). En ese momento económico nuestros protagonistas querrían comprar la pequeña casa donde viven alquilados para así preservar su felicidad, como si esta se pudiera envasar al vacío para que no caducase, pero se ven obligados, tras la muerte de uno de los dueños, a buscar otro hogar. Entonces se presenta un dilema: ¿Qué hacer con Chibi, el pequeño gato que les ha adoptado como dueños y que tantas alegrías les ha dado? ¿Serán capaces de alejarse de él? ¿Tan esencial se ha vuelto en sus vidas?
El gato que venía del cielo no es una novela para amantes del thriller, ni de las novelas históricas llenas de personajes. Solo disfrutarán de este libro los amantes de las cosas pequeñas, los observadores de pequeños detalles, aquellos que pueden buscar sin sonrojo la flor más pequeña del jardín. Este es un libro pequeño, como el pequeño gato Chibi, pero al mismo tiempo, fundamental en la vida de algunos lectores.

martes, julio 29, 2014

Las señoras de Paraná, Manuel Villar Raso

Autores Premiados, Sevilla, 2014. 325 pp. 16,99 €

Pedro M. Domene

Manuel Villar Raso (Ólvega, Soria, 1936) tiene el suficiente bagaje literario como para no defraudarnos con cada obra suya, o quizá mejor, no resulta nada extraño encontrarnos con una magnifica entrega cada vez que publica nueva novela, y en esta ocasión ocurre con, Las señoras de Paraná (2014), una historia de lo más sugerente, escrita con esa pasión que caracteriza el pulso narrativo de Villar Raso, con una prosa cuyo léxico, ejecutado con frases breves y contundentes, ofrece en igual proporción un ritmo ágil que nos lleva de una página a otra, de una pequeña aventura a la siguiente, y todo adornado con hermosas imágenes y un aire de fascinación que transforma la historia en una mágica visión de cuanto acontece; solo posible por la detallada descripción del mundo vegetal y animal de aquellas tierras pobladas de pájaros exóticos y de árboles milenarios. Se describe, concretamente, el Brasil de la Ilha do Mel, aunque se concretan, otras historias, en las inmediaciones del Iguazú, o en los parajes que cubren Curitiva y Paranaguá, al tiempo que el narrador traza, con su saga femenina, una mezcla de tragedia y de ensueño, donde el odio y el amor más desaforados atormentan la existencia de sus principales protagonistas. Y es esa soledad que queda tras el furor erótico, la que consume la vida de las mujeres, y el más absoluto de los olvidos afecta a esos hombres que amaron sin ser correspondidos al tiempo que, el autor, hurga en lo más ignoto de la condición humana para trazarnos un mapa dibujado de varias generaciones de sobresalientes personajes femeninos.
Las señoras de Paraná es una novela envolvente con un halo de realismo mágico que muestra una obra donde lo exótico se antoja diferente de lo ensayado anteriormente por Villar Raso, eso sí dueño de un mundo tan ancho como ajeno en el mejor sentido del indigenista Alegría por la exhuberancia de una naturaleza épica, repleta de estímulos sensoriales que despiertan todos los resortes de la emoción con que pueda quedar herido cualquier lector, y para sugestionarnos e implicarnos en una saga familiar donde las mujeres ofrecen lo mejor de su existencia: la pasión. Y lo más curioso de la novela es la cadena que empieza, primero Gabriela que le había dado catorce hijos a su Ignacio Coimbra y nunca le amó, y después sigue en Eliana que nunca llegó a perdonarle a Césare su desenfreno sexual con las jovencitas de Curitiva y las campesinas de San Geminiano, y tampoco llegó a amarlo, aunque tuvo con él dos hijos, y lo mismo ocurriría con Marcela que jamás quiso a (mi) papá —habla la narradora—, Vincenzo Agnelli, otro nuevo fracaso y de lo más sintomático para ella, casarse con un hombre a quien, evidentemente, no amaba y con el que tuvo tres hijas, y una es, Rossana, quien narrará la historia. Aunque, para que todo esto ocurriera, hubo un antes, los amores del aventurero portugués don Pedro de Oliveira con su esclava prodigiosa Sebastiana Vellozo, y la venganza que a esta le propinó quien fuera su verecunda legítima Ana dos Praceres. Y aun después, sobrevienen los fantásticos amores de la propia Rossana, la hija de Marcela, nieta de Eliana y biznieta de Gabriela con el micólogo holandés Jan Van Rijsted y el ornitólogo francés Édouard Baulieu, en Ilha do Mel, un paraíso de la vida primigenia. Es, en fin, la historia de unas mujeres desquiciadas a lo divino que, siempre, se casan con quienes no quieren y aman a quienes no deben, siguen las estrictas normas morales de aquel tiempo pero nunca las siguen y se convierten en las heroínas de otras tantas mágicas historias por contar en mitad de unos paraísos perdidos.
Los infortunios y las desgracias se suceden en esta cadena de historias que evocan, como hace cincuenta años, un ¿realismo mágico?, entrevisto, sin duda, tras leer, Las señoras de Paraná, por el tratamiento del lenguaje, la ambientación y, sobre todo, el tiempo dilatado, el real y el verbal empleado, conseguido por el tratamiento del léxico y lo sugerente de muchas de sus páginas; Villar Raso dilata el tiempo en los muchos acontecimientos que se concatenan acertadamente, o impone un trepidante ritmo para contar su historia que, en ocasiones, queda sumida en una atmósfera casi irreal, pero tan cercana por las similitudes que la hacen posible. Y, ese tempus, por increíble, no deja de resultar verosímil. Ese, y no otro, es el procedimiento del realismo mágico, del que el autor se sirve para situar al lector en una disyuntiva permanente: lo que parece es, cierto; pero lo que no es, se estima también por convicción propia.

lunes, julio 28, 2014

Fabiografía, Fabio McNamara / Mario Vaquerizo

Espasa, Madrid, 2014. 288 pp. 17,90 €

Miguel Baquero

Tuve la inmensa suerte de ver a Fabio McNamara en sus días de gloria, cuando yo era poco más que un quinceañero y la Movida madrileña se hallaba en pleno auge. Y doy fe de que era un personaje fascinante, magnético; a mí al menos me dejó impactado por su espontaneidad, su transgresión, su vitalidad, la naturalidad admirable con que se situaba por encima de nosotros, pobres mortales contingentes, mientras que él era una rock-star despendolada habitante de un mundo de glamour. Ese engreimiento que en el noventa por ciento de las personas resulta insufrible, en McNamara quedaba tan auténtico que uno no podía evitar mantener clavados sus ojos (aún adolescentes) en aquella figura.
Luego, como es sabido, todo se fue disolviendo, con la ayuda muchas veces de una gotas de limón: vinieron programas de televisión clausurados, revistas que publicaban su último número, locales cerrados por reforma, cines vacíos convertidos en bancos, incluso viejos vinilos arrinconados por el formato digital. Tres o cuatro, no más, se instalaron en la cumbre y los demás —al menos los que estaban a mi alrededor— comenzamos a meternos en problemas realmente serios: ya se pueden imaginar, problemas económico-laborales-familiares y hasta financieros. Todo cayó en la desidia o sencillamente el cansancio, como anticipo de esta puta crisis malhumorada de hoy.
De Fabio McNamara, uno, como he dicho, de los personajes de la Movida que más me impactó en su día —el otro fue Ana Curra— hacía tiempo que había perdido la pista, pues entre que él salió del primer plano y que yo estaba demasiado ocupado, siempre demasiado ocupado, para buscar a nadie… Las últimas noticias que tenía sobre él no eran, desde luego, muy agradables, sino bastante sórdidas… pero, en fin, nada más sabía a su respecto hasta que, de pronto, me sorprendió verle en el famoso programa de televisión «Alaska y Mario», y enterarme de que éste, Vaquerizo, estaba trabajando en una biografía suya…
Quiero pensar que soy un tipo sin prejuicios. Conque, pese a que la primera impresión que me ocasionó el tal Mario, esposo de Olvido/Alaska, fuera detestable —me pareció entonces un tipo que alardeaba de tontuna, que es la degradación de la frivolidad—, seguí sin embargo atento a él para ver si mi juicio cambiaba en segundas y terceras impresiones. Y lo cierto es que sí, que me acabó pareciendo un tipo cuando menos divertido, más bien muy divertido, y desde luego no tan tonto como daba a entender. Así que cuando vi que estaba preparando una biografía de McNamara el asunto me intereso por triple motivo: 1) por ser Fabio quien era; 2) porque Vaquerizo, tras el flash repentino, parecía ser alguien bastante inteligente; y 3) porque igual aquella era, al fin, la «gran novela» de la Movida, esa novela, o biografía, o lo que sea, que hable de aquellos tiempos con la enjundia que, yo creo, merecen.
Pues bien, ya acabó Vaquerizo la biografía, ya la publicó, ya salió a la venta… y ya la he leído. Ignoro qué críticas habrá recibido en estos días —imagino que las habrá habido muy buenas, por ser Vaquerizo y la editorial quien es y poder permitírselo; y muy malas, así mismo por ser quienes son—. Yo quiero seguir pensando que no tengo prejuicios y allá voy con lo que, sinceramente, el libro me ha parecido. Por encima de todo, curioso, ameno… no otra cosa podía esperarse de un personaje tan festivo y unos tiempos tan deslumbrantes. Dicho esto —que para muchos basta: que un libro te haga pasar un buen rato y te mantenga sumido en la lectura—, voy a tratar de afinar un poco más, como corresponde a una reseña, aunque sea gratuita. En primer lugar, no sé si la manera en que «está contado» el libro «procede» o no, qué diría el propio McNamara. El libro está ideado como un monólogo continuo de Fabio en que cuenta su vida desde la infancia.,,, y yo aquí puedo entender la postura de Vaquerizo: retirarse a un muy segundo plano y dejar toda la voz a Fabio; porque si en algo coinciden quienes le conocen y le conocieron es que el fuerte de Fabio era y es su espontaneidad, su genialidad súbita, el rapto inspirado. Entiendo, pues, que Vaquerizo haya mantenido el tono fresco y desinhibido de quien está contando algo entre amigos, con abundancia de expresiones tal que «yo como que estaba ya muy harta», «era todo el rato así, que la veías y decías qué divina» o «venga jijijí y jajajá». Con esta base, claro que el libro es muy ágil y fácil de leer, pero incluso así cualquiera intuye que respetar el habla llana de un individuo no significa transcribir, por ejemplo, sus titubeos cuando duda entre qué palabra emplear o si acaso tartamudea en alguna ocasión —que no es el caso, pero si se descuida…—. Que aunque pueda ser buena idea respetar la originalidad, hay no obstante que pulirlo un poco, no es mera cuestión de ejercer de grabador. Ni que, como a Vaquerizo, lleguen a colársele incluso errores gramaticales, algún «contra más» y cosas así.
Uno piensa también que Vaquerizo, quizás, se ha dejado llevar demasiado por el fluir de la memoria de Fabio, sin interrumpir su perorata, por más que fascinante, para hacerle alguna pregunta. Aclarar alguna duda que pudiera quedar por el camino. Por ejemplo: incidir en el tema artístico. McNamara se declara a menudo pintor a lo largo del libro, pero es el caso que nunca le vemos hablando (ni se le pregunta, que es a lo que voy) sobre sus gustos pictóricos, sobre su estética, sobre cuál es su objetivo al pintar, qué busca… Bueno, sí, una vez nombra a Basquiat, a Warhol dos o tres, pero porque le fascina el personaje, y a Costus porque vivió con ellos. Pero no se registra ninguna visita al museo del Prado, por ejemplo, aunque lo tenga bien cerca, o al Reina Sofía, ni ninguna opinión sobre pintores clásicos.
Así mismo, no se encontrará nunca al autor/protagonista leyendo un libro —salvo un curso por correspondencia que hizo sobre temas místicos—. Hay, eso es cierto, una vasta y envidiable, adelantada y moderna cultura musical, pero en general faltan —escandalosamente— siquiera algunas reflexiones —siquiera una reflexión— sobre su fundamento teórico a la hora de pintar. Porque toda propuesta estética debe partir de un pensamiento previo; incluso a lo intuitivo debe llegarse como conclusión, como rechazo reflexionado de lo caduco y búsqueda consciente de lo primigenio. Pero sin fundamento, cualquier expresión artística es superflua… y sería una lástima, porque las reproducciones de cuadros de McNamara que se ofrecen al final parecen de mérito.
Yo entiendo que tanto Vaquerizo como McNamara puedan estar dentro de la cultura pop, del posmodernismo o como quiera llamarse, en que se adora lo frívolo y lo intrascendental, y que seguramente no buscasen con este libro más que el lector pasase un buen rato, echara unas risas y descubriese algunos detalles de la Movida que desconocía. En este sentido: objetivo cumplido. Pero uno piensa, al cerrar el libro, que se ha perdido una ocasión única de presentar a un personaje como algo más, mucho más, que un tipo que combinaba ropa y complementos como nadie y al que todo le sentaba bien. Una oportunidad de pasar a un plano más importante, más humano y universal… En fin, que la Movida de esos días queda en espera de esa gran novela —quizás nunca se produzca—, de esas páginas que desbrocen el camino que ya señalaron gente como García-Alix con sus fotos y El Ángel con sus poemas.