jueves, abril 17, 2014

Ávidas pretensiones, Fernando Aramburu

Premio Biblioteca Breve 2014 Seix Barral, Barcelona, 2014. 411 pp. 19 €

Ignacio Sanz

Fernando Aramburu es un monje de la literatura. Vive en Alemania, a cientos de kilómetros de su tierra, nuestra tierra, pero la distancia no le ha hecho perder reflejos y su prosa fluye y fluye posiblemente gracias al cultivo de su oído refinado. Se nota en la profusión de casticismos y en ese trasfondo clásico, como si la sombra de Cervantes o de El Lazarillo flotaran a su alrededor.
Ávidas pretensiones es un festín, una de esas novelas de aliento desenfadado, a ratos gamberro, un alarde de imaginación esperpéntica. Morilla del Pinar es un pueblo de Castilla. Debe andar perdido en la paramera ondulada entre grandes manchas de pinares. En este pueblo, a las afueras, hay un convento de monjas espinas que acogen congresillos y convenciones de todo tipo. En este marco se desarrolla un encuentro de poetas apadrinado por el gran Lopetegui, Lope para los amigos, un estratega de la lírica. Los invitados son 29, aunque uno, rebotado, se marcha nada más llegar. Digamos entonces que 28. El lector a veces se pierde entre tanto nombre. De la pléyade de poetas enseguida destacan ocho o diez con los que el lector se va familiarizando, cada cual con sus troneras y sus manías. Qué tropa. Entre los poetas hay facciones irreconciliables, como es natural. Por ello el lector descubre pequeñas conspiraciones, enredos, venalidades de todo tipo. Pero lo que hay es una fiesta, un desmadre, un carnaval chocarrero y paródico en la mejor tradición literaria.
Entre los asistentes al encuentro el lector se va a encontrar con alusiones a Gimferrer, a Colinas, a Félix de Azúa, a Caballero Bonald. Se trata de simple alusiones, porque estos poetas de carne y hueso no están entre los invitados.
A veces, a juzgar por el comportamiento, más que un encuentro de altas pasiones líricas, la novela parece que trata de las pulsiones que arrancan a la altura de la bragueta. Hay que ver cómo se lo montan los poetas, que diría un castizo, para estar todo el día conspirando contra el sexto mandamiento. Entre los poetas asistentes Aramburu ha incluido, para respetar cuotas, a un poeta catalán, a una colección de homosexuales y a una pareja de lesbianas. También, cómo no, a la jovencita Vanesa que hace de lazarillo de un provecto poeta ciego y que es un bombón que atrae los deseos de toda la concurrencia. Más que un encuentro de líricos, el lector asiste a un desmadre de pasiones.
La novela es divertidísima, aunque inevitablemente se alternen los momentos de sombra con los de mayor intensidad y regocijo. Uno de esos momentos intensos es cuando las dos poetas lesbianas que han sufrido las iras de los lugareños en su coche averiado, deciden tomarse la revancha. El disparate entonces llega al paroxismo. Aramburu, tantas veces crítico y comprometido con la realidad herida de nuestra sociedad, ha querido en esta ocasión deshacerse la coleta y llevar al lector hacia una bacanal de risas y excesos. La risa es un atributo esencial de la buena literatura. No resulta fácil mantener la tensión a lo largo de una historia desbordante y guadianesca, pero una vez más, el escritor donostiarra lo ha conseguido. No en balde con esta novela Aramburu recibió el premio Biblioteca Breve.

miércoles, abril 16, 2014

Thoreau. La vida sublime, Maximilien Le Roy / A. Dan

Trad. Olalla García. Impedimenta, Madrid, 2013. 76 pp. 19,95 €

Ariadna G. García

Con apenas 28 años, el escritor y docente David Thoreau abandonó su casa y se marchó a vivir al bosque que rodeaba la laguna de Walden (estado de Massachussets). Le movió a este retiro la curiosidad y las ganas de conocerse en un ambiente distinto, así como el rechazo a las ciudades. Cansado de las convenciones sociales, del trabajo y de la falta de tiempo, pensó que había llegado la hora de cambiar de vida. Durante dos años y dos meses, Thoreau ejerció de “inspector de tormentas”, de “adorador de amaneceres”. Su objetivo era simple: el gozo de una existencia plena, sencilla y decente en un espacio natural. Toda aquella experiencia ascética la recogió en el libro Walden. Mi vida en los bosques (1854). La novela gráfica que recientemente ha publicado Impedimenta sobre David Thoreau, La vida sublime, recrea algunos pasajes de dicho volumen, a los que suma otras muchas –y trascendentes– escenas biográficas: su negativa al pago de impuestos, su paso por prisión o su rechazo a la esclavitud. Estos episodios, a su vez, guardan relación con su ensayo más político: La desobediencia civil (1849). Tampoco faltan en la obra estampas sobre su alegato a favor de una educación pública laica y de la libertad de culto, o sobre su enfermedad y ulterior fallecimiento.
La vida sublime arranca con el exilio voluntario de Thoreau a los bosques, en donde repartirá las horas entre el cultivo de sus propios alimentos, la escritura de un diario y la contemplación de la naturaleza. Este “tónico de la rusticidad” le dará fuerzas para liderar, dos años después, un movimiento urbano de desobediencia. Toda una lección de principios. Thoreau se pregunta cómo debe comportarse un hombre honesto cuando el Estado no es decente: sostiene guerras injustas y esclaviza a la población. Su respuesta es triple: el desacato a la autoridad, el llamamiento a la revolución y la acción clandestina (ayuda a una familia negra a fugarse a Canadá por el lago Ontario). Si los Estados Unidos representan la cerrada defensa del individualismo, Thoreau aboga por la política contraria: la empatía, la solidaridad; recorre la distancia que lo aísla del resto de la gente. Sólo así, gracias a la construcción de un tejido social, la ciudadanía puede transformar el país en que vive.
Impedimenta se suma, pues, al interés de otras editoriales por la publicación de libros o bien escritos por David Thoreau (Walden. Errata Naturae. 2013) o bien herederos de su filosofía (La vida simple, Silvayn Tesson. Alfaguara. 2013; El siglo de la gran prueba, Jorge Riechmann. Baile del Sol. 2013). No es para menos. En los tiempos que corren necesitamos obras que cambien los valores de la gente.
Las ilustraciones de la novela, pese a su sencillez, están muy bien pensadas. El trazo claro y la sobriedad cromática podemos entenderlos como metáforas del ideario de Thoreau. Se agradece, además, la variedad de perspectivas que tienen los dibujos. Las mejores imágenes, precisamente, son aquellas en que nos ponemos en el lugar de los animales del bosque. Gracias a estos ángulos, nos identificamos tanto con hormigas, como con búhos y demás especies. Por cuestión de segundos, somos ellos. Se produce el milagro de la identificación. Igual así comprendamos, de una vez por todas, que el planeta no es nuestro, que no tenemos derecho a agotar sus recursos, que o cambiamos de modelo económico o vamos a acabar con la vida en la Tierra.

martes, abril 15, 2014

Soy un artista, Marta Altés

Barcelona, Blackie Books, 2014. 30 pp. 14,90 €

Villar Arellano

El título de este álbum ilustrado le queda que ni pintado a su autora. Marta Altés es toda una artista y su talento consigue el prodigio de hacernos sonreír, enternecer, reconocer, imaginar, temer… y deslumbrarnos con una propuesta aparentemente sencilla pero rebosante de ingenio y de impecable factura.
Su envoltorio, en efecto, podría parecer muy básico. El argumento nos presenta a un niño pequeño que se divierte experimentando con el arte mientras su nerviosa madre trata de mantener la calma y el orden ante la onda expansiva de tan desbordante creatividad. Este planteamiento se desarrolla en unas pocas páginas ilustradas a todo color, con un formato de álbum que añade atractivo a la lectura. ¿Eso es todo? Por supuesto que no, por eso la autora es una artista. Altés despliega todo un arsenal de recursos y los utiliza para ejercer su poder y narrar, sugerir y emocionar.
En primer lugar, el texto —un monólogo del protagonista— permite al chaval desahogarse con el lector. Todos los artistas se sienten, a veces, incomprendidos. Es lo que le pasa al narrador con su madre, una mujer llena de arte pero con “una manera muy distinta de ver las cosas” a la de su hijo. El pequeño genio va exponiendo sus dificultades de comunicación, esa falta de entendimiento creativo.
Pero aún hay más. Las ilustraciones dan el genial contrapunto al texto, aportando una nueva perspectiva al relato, un tono irónico que modifica nuestro papel como lectores, haciéndonos pasar de cómplices de las confidencias infantiles a asombrados espectadores de una divertida y catastrófica historia. Así, donde el protagonista habla de su autorretrato múltiple, las ilustraciones nos muestran un espejo roto (supuestamente de un balonazo) que, efectivamente, divide la imagen en cien fragmentos. La falta de entendimiento desvela así todo su disparatado sentido, provocando la risa y la admiración.
El humor preside cada página, proponiendo dos miradas, dos versiones diferentes de una misma realidad: la visión idealizada y sublime del artista frente a la perspectiva prosaica, limitada y un tanto ansiosa de la madre. A lo largo de este recorrido, el lector es testigo del desenfrenado impulso creador del muchacho. Su inspiración no conoce límites: la naturaleza, los colores, el movimiento, las texturas y formas…
El estilo gráfico de Marta Altés subraya este carácter humorístico. De línea naif, las técnicas utilizadas (lápices de colores, convenientemente “enriquecidos” con acuarelas), aproximan su trabajo al lector infantil, efecto que se remarca con el uso de dibujos esquemáticos para las creaciones del protagonista. La ausencia de fondos hace resaltar a los personajes, sus acciones y las consecuencias. El resultado son páginas muy dinámicas, alegres y coloristas.
No faltan en este maravilloso álbum pequeños homenajes a los grandes genios del arte (el bigote de Dalí, la camiseta de Picasso o los móviles de Calder), así como los títulos que parodian el lenguaje grandilocuente de los artistas (La soledad de la zanahoria abandonada) o las etiquetas del arte abstracto (Azul nº 10, 11 y 12).
En resumen, una magnífica obra llena de matices que ejemplifica la profunda riqueza de este género y su largo alcance en manos de ilustradores como Marta Altés. No sabemos si su infancia fue como la del protagonista, pero no tenemos ninguna duda acerca de la madurez de su arte y de su talento para conectar con la inteligencia infantil. Sólo así se entiende esta hábil combinación de inocencia y transgresión, vandalismo y ternura: Arte Altés.

lunes, abril 14, 2014

La cuerda rota, José Ignacio Montoto

Premio de Poesía Andalucía Joven 2013. Renacimiento, Sevilla, 2014. 72 pp. 8 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Debo empezar con una pequeña disculpa que espero sepa entender quien me lea, incluido el propio autor del libro: referirme a Nacho como José Ignacio me resulta de una artificiosidad insultante, así que será a Nacho a quien mencione a partir de ahora. Y lo primero que diré es que Nacho es uno de esos escritores que sufren una intensa grafomanía, consecuencia lógica de que en su cabeza nazcan y crezcan poemas hasta mientras compra el pan, tanto por su interés en desvelar esos misterios íntimos de los que es testigo como por su pasión por darles una expresión certera que permita comunicarlos con la necesaria frescura. Es por ello que en pocos años ha generado una obra bastante amplia, con libros de gran belleza como el doble volumen Mi memoria es un tobogán / Espacios insostenibles o Superávit, donde atiende a asuntos esenciales sobre los que todo poeta que se precie vuelve una y otra vez, como el amor, el tiempo y la vida. Dicho esto, no supone una sorpresa que su último libro (publicado), La cuerda rota, haya sido elegido para la concesión de un premio que los que conocen su obra sabían que acabaría llegando algún día, el Andalucía Joven de poesía. Tal vez desde una ciudad que no se encuentre en el sur de la península este premio no les dirá nada, pero recordaré que sirvió para descubrir o reconocer a valores tan importantes como Elena Medel, Antonio Portela, Juan Manuel Gil, Raúl Quinto o José Daniel García, entre otros.
En esta ocasión Nacho opta por un estilo discursivo sin cortapisas, lo que implica versos de metro extenso e incontrolable (esto si consideramos uno de sus libros anteriores, Binarios, como lo que pretendía ser, una novela, y no como lo que realmente era, una colección de textos poéticos con cierta trabazón entre sí, amén de Diario del Fin del Mundo). El primer poema, 'Autopista azul', nos sitúa en escenarios cotidianos como centros comerciales y supermercados donde la masa diluye a los individuos, y recupera al coche como elemento de libertad aunque sea en la huida, lo que en mi mente desviada por ciertas lecturas me ha hecho pensar en un guiño velado a la estética de Pablo García Casado. Pero es sólo un espejismo, con alguna reverberación posterior, ya que el grueso del libro es Nacho en estado puro, pero concentrado de tal manera que golpea con fuerza inusitada. En él una voz femenina nos guía en primera persona con dureza y precisión por un paisaje gobernado por el desamor, un mar de memoria de olas que azotan inmisericordemente donde su yo, el tú al que recrimina y alecciona y el nosotros que ha dejado de ser navegan sin rumbo ni destino. El tema principal es, no obstante, el propio sujeto poético que nos interpela, la mujer, que aquí se nos muestra como un ser bíblico, merced a esa convicción seca de su palabra derramada en versículos y su capacidad de erigirse en emblema de su sexo, fuente de amor, de arte y de vida, mediante imágenes de inspiración clásica y mitológica (Ulises, la noche oscura del alma, Eva y Adán...), pero también mediante homenajes simbólicos a estilos literarios de lo más variado como éste a la greguería: «Una mujer es una estrella. Una estrella es el esqueleto de una noria». Hay poemas especialmente felices, como la deconstrucción del corazón de los cuentos infantiles de 'Lo que nadie nos contó', o 'Retrato sin espejo con rosa', en el que con la excusa de una ilustración típica de Mark Ryden, autor de esas muñecas infantiles que parecen albergar un mundo abrumadoramente adulto en su interior, suma a la visión femenina un agudo recorrido por distintas épocas y movimientos artísticos. El resultado final es el libro más acabado y sugerente que Nacho ha dado a la luz, pórtico de los que seguirán surgiendo de su fértil mente, siempre ansiosa, siempre inquieta, siempre viva.

viernes, abril 11, 2014

Za Za, emperador de Ibiza, Ray Loriga

Alfaguara, Madrid, 2014. 216 pp. 18 €

Santiago Pajares

A Ray Loriga llevan toda la vida poniéndole etiquetas. Según algunos es la estrella del rock de las letras europeas , según otros es el líder de la Generación X que comenzó en los noventa y según otros está redefiniendo la ficción del siglo XXI. Y es que todos sabemos que si algo gusta al público es ponerle una etiqueta a un escritor, como si fuese un tarro de mermelada en un supermercado. Y me gustaría pensar que un autor escribe más de lo que cabe en una etiqueta. Hace poco, en un programa de televisión donde iba promocionando este mismo libro, preguntó al público si alguien vivía en Madrid centro, y al que levantó la mano le preguntó si podían compartir taxi. Creo que esta mera anécdota, esta gracia televisiva, ya dice bastante primero, de cómo está la situación de los escritores, y de la capacidad de decir mucho con pocas palabras de Ray Loriga. Este siempre ha mostrado cierta predilección por seres marginales, alejados de la sociedad ya sea por sí mismos o por circunstancias impuestas. Recuerdo con especial cariño sus tres primeras novelas, tres pequeñas joyas que he releído más de una vez, Lo peor de todo, Héroes y Caídos del cielo. Son páginas llenas de personas solitarias que buscan consuelo de diferentes formas, a veces melancólicas y a veces violentas. Pero se podía ver un poso común, un hilo conductor que parecía llevar de los personajes al propio autor. Y es que Ray, con esa tupida barba y esa mirada dura podría muy bien protagonizar uno de sus propios libros. Pero el actual Ray Loriga ya no es ese niño que soñaba ser escritor, es el hombre que sujeta a ese niño. Y ahora nos llega Za Za, emperador de Ibiza, su nueva novela. Es esta una historia de Zetas, de muchas Zetas, tal como queda reflejado en la propia portada del libro. Imaginemos tres círculos superpuestos, de forma que la confluencia de los tres resulta ser una pequeña área protegida por el resto de esas formas geométricas. Esa pequeña área bien podría ser una isla rodeada de mar, pero no una isla cualquiera, sino Ibiza, y no a una hora cualquiera, sino de día, cuando los ánimos de la fiesta están más calmados y los fiesteros y los DJ´s están durmiendo o reposando sus penas en la playa. Cuando la fiesta ha acabado, se encienden las luces y podemos ver los restos de lo que una vez fue. El primer círculo es Za Za, el protagonista, un ex dealer retirado en esa isla que pasa sus días dando paseos, escogiendo camisas y comiendo pizza. Un buen muerto, en palabras del propio escritor. El segundo círculo es ZAZA, el barco de recreo más grande del mundo, de ciento ochenta metros de eslora y una alegre tripulación embutidas en polos náuticos rosas. Y el tercero es ZAZA, la mayor, más excitante y legal droga recreativa que se haya comercializado jamás. Y como un buen ciclón es la confrontación de vientos opuestos, este libro es la confrontación de estos tres frentes, de estos tres círculos, de todas estas Zetas. Uno puede correr mucho para darse cuenta, al final, que los problemas siempre corren más que tú. Y el pobre Za Za se ve arrastrado por estos vientos como un pelele de la casualidad, que es lo que es. En esta novela se habla de casi todo, con esa ligereza que se te pega a los labios cuando estás de vacaciones en una isla mediterránea como es Ibiza. De la independencia, de las drogas, del dinero, el éxito, la experimentación científica, la felicidad y lo que somos capaces de hacernos unos a otros para ser felices, aunque sea de una forma fingida, pero felices al fin y al cabo. Y en el medio de toda esta vorágine el protagonista, que sólo aspira a vivir tranquilo y a que le dejen en paz. Porque, ¿no es esa la felicidad última? ¿No es eso los restos de la fiesta en las baldosas del suelo cuando asoma el nuevo día? Un día ventoso, con vientos en forma de Zeta.

jueves, abril 10, 2014

Treblinka, Chil Rajchman

Trad. Jorge Salvetti. Seix Barral, Barcelona, 2014. 232 pp. 17,50 €

Arcadio García

Terminada la Segunda Guerra Mundial los supervivientes del Holocausto se hallan en una posición muy comprometida. Por un lado, se convierten en depositarios de la memoria de los muertos y de los inimaginables tormentos que han presenciado en cautiverio, y en tanto tales, se sienten en la obligación de gestionar con escrúpulo ese legado, dándolo a conocer a fin de que las muertes de los otros —que bien pudieron ser las suyas—, no caigan en el olvido. Ni las muertes ni, sobre todo, las formas inconcebibles en las que tuvieron lugar. Por otro, el dolor que se experimenta con la rememoración de semejante experiencia resulta tan insoportable que es legítimo que muchos se resistan a recordar o que aplacen indefinidamente el momento de hacerlo. Para confirmarlo, basta rescatar el título que Jorge Semprún eligió para el testimonio de su paso por el campo de Buchenwald: La escritura o la vida, esto es: o se sobrevive a cambio de instalarse en una amnesia voluntaria, o se recuerda, y se relata a riesgo de poner en juego tu propia supervivencia.
Primo Levi ya identificó la existencia de esos dos grupos: el de los que sentirán la necesidad de dar a conocer, mediante la escritura, el estigma de amoralidad que el nazismo arrojó sobre la condición humana, y la de aquellos a los que el paso por los campos les hará enmudecer, unos de por vida, y otros hasta que alcancen una edad lo suficientemente longeva como para perder toda prudencia. Cabe situar a Chil Rajchman en este segundo grupo. El autor de Treblinka dejó escrito su testimonio con el deseo de que se publicara después de su muerte. En él narra los diez meses que estuvo confinado en ese campo que los nazis construyeron a imagen y semejanza del infierno, y donde las probabilidades de sobrevivir eran escasas: solo 54 presos judíos escaparon con vida de un lugar en el que se calcula que se exterminaron a unas 900.000 personas durante los trece meses que funcionó. Chil Rajchman fue uno de ellos. El joven polaco contaba 25 años cuando fue hecho preso y deportado junto a su hermana pequeña, de la cual fue separado nada más llegar al campo. Nunca la volvió a ver. El único rastro de su paso por el campo fue el vestido que Rajchman identificó entre la montaña de ropa de las que las mujeres eran obligadas a desembarazarse de camino a las cámaras de gas. Rajchman se hizo con un pedazo de retal del vestido y lo llevó en los bolsillos durante meses.
Mientras que en Si esto es un hombre, relato fundacional de la literatura concentracionaria, Primo Levi incluye pasajes donde muestra el discurrir cotidiano en un campo de concentración, y de las estrategias que llevaban a cabo los presos para, mal que bien, prolongar sus vidas unas semanas o meses más, los capítulos de Treblinka constituyen una sucesión pormenorizada de las espantosas formas de causar dolor que se practicaron en ese campo infernal durante el tiempo que funcionó a pleno rendimiento. Así, el texto no da respiro al lector, el relato de las torturas a las que se ven sometidas las víctimas es incesante. Cabe recordarlo: Treblinka no era un campo de trabajo sino un campo de exterminio, esto es, un complejo construido ex profeso para la aniquilación sistemática de personas. Treblinka no contaba con barracones para alojar prisioneros porque en Treblinka no se hacían prisioneros, o se hacían los indispensables, y sometidos a un régimen de esclavitud despiadado: los encargados de cortar el pelo a las mujeres antes de ser gaseadas, los encargados de hurgar en la boca de los muertos y arrancar las piezas de oro de las mandíbulas desencajadas, los encargados de cargar con los cadáveres y arrojarlos a las fosas (siempre a la carrera so pena de ser víctima de la ira de los sádicos guardias ucranianos), los encargados de caminar sobre los muertos en busca de objetos de valor que hubieran escapado al escrutinio miserable de los asesinos. Chil Rajchman fue escogido para llevar a cabo alguna de esas tareas, lo que sin duda contribuyó a aplazar el momento de que le dieran muerte. Finalmente salvó la vida al huir durante la sublevación que se produjo el 2 de agosto de 1944.
A modo de largo epílogo, junto al testimonio de Rajchman Seix Barral recupera El infierno de Treblinka, un excelente trabajo periodístico que Vasili Grossman escribió en 1944, al poco de haber entrado en el campo como corresponsal del Estrella Roja, el periódico oficial del Ejército Rojo, junto al que se trasladó al frente para cubrir la contienda y seguir el avance triunfal de las tropas soviéticas. Grossman estuvo presente durante los interrogatorios que los militares rusos llevaron a cabo a los supervivientes del campo, ya fueran soldados alemanes, vigilantes ucranianos o presos judíos, lo que le proporcionó un material valiosísimo con el que construyó un relato minucioso del funcionamiento del campo y los procedimientos de aniquilación que los nazis emplearon. El texto causó tanta repercusión que llegó a ser citado durante los juicios de Nüremberg.
El trabajo de Grossman y el testimonio de Chil Rajchman se complementan perfectamente. Frente a la perspectiva del reportero que acumula evidencias y, estupefacto, las revela al mundo, hallamos la del superviviente traumatizado que se aventura a expresar, sin pausa, el infierno del que nunca llegó a escapar. Pero quién puede librarse de algo así:
«En Treblinka está prohibido enfermar. Muchos no lo resisten y se suicidan. Eso es un episodio normal entre nosotros. Todas las mañanas aparece gente ahorcada en el barracón. Recuerdo que un padre y un hijo, después de pasar dos días en el infierno, decidieron suicidarse. Como solo tenían un cinturón se pusieron de acuerdo en que el padre se ahorcaría primero y después el hijo lo bajaría y se colgaría con el mismo cinturón. Así sucedió exactamente. Por la mañana estaban muertos los dos y nosotros los llevamos afuera».

miércoles, abril 09, 2014

1914-1918. Historia de la I Guerra Mundial, David Stevenson

Trad. Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya. Debate, Barcelona, 2014. 896 pp. 38 €

Julián Díez

Tal vez, querido lector, haya visto la acumulación de títulos en las librerías acerca de la I Guerra Mundial, evento del que este año se alcanza el centenario. Y quizá, dado que no pueda evitar sentir cierta curiosidad sobre el tema, se ha preguntado: ¿cuál podría comprarme, que sea  interesante de leer y me permita tener una información suficiente?
Bien, ese es el tipo de preguntas que los que somos un poco fanaticones de un tema deberíamos invertir algo de tiempo en responder. En resumen: ya me he leído yo varios de estos tochos y de algo me tiene que servir el esfuerzo (y el disfrute, claro). Puedo darles un dictamen razonado: quédense con este,
Stevenson presenta aquí las mejores cualidades de la escuela historiográfica británica popular actual, consiguiendo librarse de algunos de sus defectos. Es decir, escribe de una forma cristalina, subordinando siempre su estilo a la claridad de los hechos, y descomponiendo estos de forma que su evolución resulta fácil de seguir y entender.
El único punto negativo es la sensación de inevitabilidad que da el conjunto; hastas llegar al conocido arranque de Sarajevo, Stevenson nos ha ido tejiendo una telaraña en la que no parece haber otro curso razonable de los hechos que el que él explica con nitidez. Es difícil admitir que la historia se desarrolle como un engranaje tan bien encajado como el que presenta Stevenson, por mucho que dé una mínima cabida al elemento azaroso, y el lector avisado debe tener en cuenta siempre la existencia de otras interpretaciones, pero el hecho es que su planteamiento funciona y está bien razonado.
También es positivo que, en la medida de lo que le ha sido posible, Stevenson es menos localista  en su presentación del conflicto que la mayoría de sus compatriotas. Es casi inevitable, por conocimiento del idioma y reconocimiento de sus autores, que casi todas las historias de las guerras mundiales disponibles en el mercado español estén escritas por anglosajones. Sin embargo, Stevenson parece haber tenido más presente la posibilidad de escribir un ensayo definitivo, con vocación internacional, que la mayoría de sus paisanos más conocidos (Hastings, Beevor...).
El frente oriental, donde cayeron por millones los súbditos de los Habsburgo, los alemanes o los rusos, sigue aquí ocupando un papel menos destacado del que posiblemente debiera, pero ya no está casi totalmente escamoteado. Y el punto de vista de las potencias derrotadas está suficientemente presente, aunque por momentos se le juzgue con una mayor dureza.
Otro acierto de Stevenson a la hora de hacer este libro divulgativo es el de eludir una descripción muy amplia del desarrollo de las batallas. La historia militar tiene sus atractivos, pero la I Guerra Mundial está llena de combates interminables con muy poco movimiento y, lo que resulta aún más relevante desde el punto de la narración bélica, con menos alternativas para el genio creativo. Sí tuvieron mucho margen para la heroicidad, y Stevenson da cuenta de algunas hazañas bien conocidas, pero no son el eje de su relato.
Creo que el objetivo principal, y el autor lo alcanza de sobra, es el de poner en contexto la importancia de este conflicto en el desarrollo de la posterior historia. En primer lugar, en cuanto a escala de destrucción: es la primera guerra moderna con fallecimiento masivo de civiles y empleo de armas de una eficacia brutal, como las ametralladoras, los tanques o los bombardeos aéreos. Baste recordar que en las guerras napoleónicas, el anterior conflicto más sangriento, murieron cerca de seis millones de personas en doce años; en la I Guerra Mundial fallecieron el doble en cuatro años. La sociedad que vivió esos cambios resultó traumatizada y la obra retrata bien ese cambio de mentalidad, ese nuevo vértigo producido por el avance científico convertido en una amenaza cierta para el hombre.
Por otro lado, aunque la II Guerra Mundial se cobrara muchísimas más vidas, aunque resultara militarmente muchísimo más interesante, la influencia en el mundo de hoy de la I Guerra Mundial es superior, y Stevenson atiende de forma especialmente detallada a esa multitud de flecos sueltos. El conflicto de los Balcanes, la actual situación de Ucrania o la de Siria tienen su punto de partida en 1918, en la conclusión de esta guerra; el mundo que vivimos hoy cien años después aún no ha encajado bien el cambio que supuso este final de los regímenes autocráticos para dar paso a repartos con criterios nacionales discutibles, y a unos estados parlamentarios demasiado condicionados, demasiado temerosos de dar el paso definitivo hacia la falta de tutelajes.