jueves, diciembre 18, 2014

La entrega, Dennis Lehane

Trad. Magdalena Palmer Molera. Salamandra, Barcelona, 2014. 192 pp. 15,00 €

Victoria R. Gil

Si La entrega pudiera medirse con la escala de Celsius, su temperatura estaría siempre bajo cero. No sólo por el frío de ese Boston invernal que atraviesa los huesos y entumece el alma (quien la conserve), sino también por su geografía humana, troquelada en hielo, y su estilo de escritura glacial y seco como un whisky escocés.
Dennis Lehane demuestra en esta historia que es un auténtico experto en retratar la cara más sucia y mísera de la sociedad. Sus bares son mugrientos, sus ladrones, estúpidos y sus putas, feas. La vida, en las novelas de Lehane, apesta. Y lo peor es que Bob, Nadia, el primo Marv, el detective Evandro Torres y, sobre todo, el misteriosamente desaparecido Richie Whelan, lo saben mejor que nadie. Por eso vivir les importa poco. Lo que cuenta es sobrevivir.
Y a eso se dedica Bob Saginowski, un insignificante camarero del Cousin Marv´s, el bar que antes fuera de su primo y ahora es la tapadera donde la mafia chechena blanquea el dinero de sus apuestas ilegales. Bob se aplica con esmero en cumplir la única ley que puede mantenerlo a salvo: vive y deja vivir. Hasta que el hallazgo de un cachorro de pitbull en la basura hará saltar por los aires ese mantra y vendrá a demostrar que la estupidez humana no tiene límites y que lo mejor que puedes hacer es no fiarte ni de tu madre. Si supieras quien es.
Lehane no necesita de extensas parrafadas para mostrarnos el paisaje suburbial de las clases bajas que habitan su novela: «Bob había perdido la cuenta de todas las caras que subían al metro, demacradas por la angustia, con ofertas de empleo estrujadas en los puños sudorosos. Hacía cola en Cottage Market mientras ellos contaban sus vales de comida y en el banco mientras cobraban los cheques del subsidio. Algunos tenían dos trabajos, otros sólo podían permitirse una vivienda gracias a los subsidios y otros cavilaban las penas de su vida en el Cousin Marv’s, la mirada perdida, los dedos aferrados a sus jarras de cerveza».
En este barrio obrero de Boston el fracaso te viene en los genes. Fracasan los negocios, fracasan los criminales y hasta fracasa la Iglesia, que anuncia el cierre de la parroquia que visita Bob semanalmente, arruinada por el coste de las indemnizaciones que los casos de pederastia le obligan a pagar. El propio Marv, líder de una antigua banda respetada en el barrio, perdió el bar, la banda y el respeto cuando la violencia de las nuevas mafias llegadas de un lugar aún más frío que Boston le demostró que no daba la talla mínima en brutalidad.
En ese bar traspasado por la ley del más fuerte, se reúnen ahora desempleados con el subsidio recién cobrado y alguna vieja fugada de la residencia para fumarse un cigarro y dejar a cuenta unos Tom Collins. Cualquier plan que se organice aquí, por fuerza ha de torcerse. Pero hay quien se empeña en no verlo.
Bob no. Bob lo ve todo y se lo calla todo. Bob es ese «buen tipo con quien se podía contar para que quitara la nieve del camino o invitase a una ronda, un tío legal, pero tan tímido que la mitad de las veces ni siquiera oías lo que decía, así que desistías, asentías educadamente con la cabeza y te volvías para hablar con otro». Y es el que un día salva a un pobre perro apaleado y se cree que, tal vez, con el chucho se salven otras cosas. Como la cordura. O la esperanza.
Con La entrega, Dennis Lehane ha reincidido hasta tres veces. Nació primero como relato, lo reescribió como guión de cine y finalmente lo transformó en esta novela corta, tan densa y amarga que la contundencia del golpe que propina es inversamente proporcional a su número de páginas. Precisamente el Festival de Cine de San Sebastián concedió este año a Lehane su premio al mejor guión por esta historia que se convirtió en la película póstuma de James Gandolfini, un primo Marv que seguramente soñaba en secreto con ser Tony Soprano.

miércoles, diciembre 17, 2014

Para cada tiempo hay un libro, Alvaro Alejandro (fotografías) y Alberto Manguel (texto)

Sexto Piso, Madrid, 2014. 96 pp. 12 €

Pedro M. Domene

La fotografía posibilita con su lenguaje nuevos conocimientos y comparte con la literatura una perspectiva universal. La relación entre literatura y fotografía se establece, esencialmente, desde la perspectiva de la narrativa, concepto o término con diversas connotaciones, porque se habla de ella como un recurso, conformado por un enunciado y cuya función consiste en relatar, es decir, contar una historia. Para esto es necesario que se establezca una comunicación entre dos entidades: uno transmisor de información y otro receptor para que el mensaje se propague por un canal. Los elementos indispensables que conforman la narración son la palabra y la imagen que permite contener una trama, en realidad, una historia que tenga un principio, un conflicto y una resolución final, y además enlaza con ese aspecto visual de la fotografía, tanto de información como mensaje, y entre una y otra relación, un acertado diálogo entre mirada y concepto.
La naturaleza de la literatura y de la fotografía pone de manifiesto la confluencia entre el concepto de arte y el concepto de industria, cuyos antecedentes se remontarían a la relación literatura-pintura. La literatura es un fenómeno artístico intelectual mientras que la fotografía forma parte de uno de los primeros productos de la sociedad industrializada. Ambas se integran y se complementan en un universo comunicativo pues su función es transmitir una idea, un mensaje, que daría lugar a dos tipologías textuales: la verbal y la icónica que, interrelacionadas, son capaces de construir realidades.
Para cada tiempo hay un libro es un pequeño volumen que contiene algunas curiosidades, tanto desde el punto de vista de la fotografía de Álvaro Alejandro reputado artista visual, nacido en México D. F. 1978, que nos abre los ojos con cierto asombro porque entrevemos más allá del texto del escritor, traductor y editor Alberto Manguel, nacido en Buenos Aires, 1948, que nos acerca a reflexiones y ofrece un pequeño homenaje a la literatura, dialogando con las fotografías de Alejandro y su atenta mirada a las variantes que una cámara ofrece a partir de esa relación con la lectura diaria o habitual, desde un libro abierto, un fotomontaje donde visualizamos todo lo relacionado con el mundo de los textos, ratoneras, mujeres desnudas, iconografías clásicas, variantes que nos seducen a la par que nuestra sensación de lectores. En cierta manera, Para cada tiempo hay un libro, es un homenaje, un auténtico registro visual y textual de ese pequeño objeto que forma parte de una sociedad tecnológica y de una cultura ancestral, y una invitación a imitar a esos locos llamados lectores porque, como él afirma, la relación entre el escritor y el lector es una cuestión de vida o muerte, solo si seguimos leyendo los libros de un escritor, vivirá y de lo contrario caerá en el olvido. Al hilo, Manguel ejemplifica su pasión con historias como las de Abdul Kassem Ismael, un gran visir de Persia que, en el siglo X viajaba con su propia biblioteca compuesta por 117.000 volúmenes a lomos de 400 camellos, o relata como en 1992 el ejército serbio bombardeó la Biblioteca Nacional de Sarajevo destruyendo más de un millón de ejemplares y unos cien mil manuscritos de incalculable valor. O, la menos curiosa demanda, en la ciudad de Metz, en 2005, donde una abogada había pleiteado con un colega porque, entre mayo de 2002 y diciembre de 2003, le había escrito más de 800 cartas de amor. Los libros, las cartas, los poemas, da igual, en realidad, como la propia vida, son para cada uno de nosotros tan distintos como diversos.
La fotografía de Álvaro Alejandro se convierte, en este pequeño volumen, en una fuente para la plasmación de la realidad, y adquiere esa dimensión artística complementada por la literatura de Alberto Manguel, que se vale de la técnica fotográfica del mejicano para incrementar así su actividad creadora, o su fuerza creativa.

martes, diciembre 16, 2014

Eliza a los once años, Doina Rusti

Trad. Enrique Nogueras y Oana Ursache. Traspiés, Granada, 2014. 208 pp. 18,50 €

Miguel Baquero

Eliza a los once años supone el desembarco en nuestro país y en nuestro idioma de la escritora Doina Rusti, un nombre prestigioso en Rumanía como cronista literaria de la época poscomunista, ganadora de numerosos galardones y acreedora de múltiples reconocimientos. La editorial Traspiés nos acerca esta novela por la que la autora obtuvo el premio Ion Creanga de su país y que este reseñista espera sea la primera de muchas otras obras traducidas que vengan a continuación.
Porque Eliza a los once años es una historia estremecedora, aunque a su alrededor sobrevuele una cierta comicidad; es una historia que, en sus primeros capítulos, recuerda la ferocidad de una escritora como Agota Kristoff, si bien en el caso de Rusti se inserte contra un fondo, después de todo, grotesco y hasta irrisorio. Quizás no sea —seguro que no es— casualidad que ambas autoras, Kristoff y Rusti, provengan de la desmembrada Europa del Este: tanto en el caso de la húngara como ahora en el de la rumana hay una atmósfera cruel, despiadada, en la que nadie se interesa por el otro, aun tratándose del pariente más cercano, supeditado todo a conseguir comida, zapatos, ropa, beneficios materiales… Un mundo del que se ha suprimido todo refinamiento, y junto con el refinamiento otras pequeñas cosas como la compasión o la humanidad.
Hace poco, una escritora pedía en su Facebook que se le recomendara una novela «realmente» fuerte, que echaba a faltar en la literatura actual. Pues bien, las primeras cien páginas de esta Eliza… son fuertes y aun crueles: una niña de once años es maltratada por su padre, que le da continuas palizas, por lo que se ve forzada a irse de casa; «aprovechando» esta situación, los hombres del pueblo, desde el policía al comerciante, abusan de ella sexualmente a cambio de darle algo de dinero, unas zapatillas o unos croissants, que es lo que más le gusta. A tal extremo llegan los abusos que la niña acaba por contraer la sífilis…
He dicho al principio que esta novela tenía un trasfondo humorístico, y es posible que algún lector de la novela me pregunte dónde veo yo la gracia a esta situación. En mi opinión, se advierte cuando, hacia mitad de la novela, una reportera tiene noticia de esto de la sífilis y convierte a la niña en pasto de reportajes y telediarios. Y allí donde en El gran cuaderno de Kristof todo continúa, en la ocultación y el silencio, hacia el abismo y la locura, en Eliza a los once años, la llegada de la televisión y el afloramiento a la luz, pues, de la historia en mitad del trasiego cotidiano hace que poco más o menos devenga en una historia de enredo. Cruel todavía, incomprensiblemente salvaje en muchos tramos, pero una historia curiosa como tantas otras que componen el noticiario de este mundo indiferente que se mueve por arreones de la moda.
Rusti, en un determinado momento, deja de inmiscuirse en las profundidades humanas y, al sacar a la luz y a los chismorreos periodísticos su historia, renuncia a llegar al fondo de la noche, pero a cambio de esto le da un aspecto muy marcado de crítica social contra todos esos televidentes o consumidores de información (todos nosotros) que contemplamos la miseria como un espectáculo sin mover un dedo para resolverla. Como ocurre en esa absurda pero posible, ya lo creo que posible, escena en que el padre de Eliza, maltratador, se introduce en el hospital donde está siendo tratada la muchacha para llevársela arrastrándola del brazo, entre un tumulto de gente admirada que se debe de estar preguntando cómo es que nadie hace nada para evitar eso.
Rusti, en fin, parece apartarse de la tragedia humana en el punto justo donde ésta se precipita irremisiblemente hacia el fondo, y deja a su historia en la cornisa de la crítica social. Una historia muy admirable, por cierto, muy bien narrada, con introspecciones momentáneas en los personajes para llevarlos a la época en que ellos también tenían once años, y mostrando entonces un mundo en que nada tampoco era mejor, más sano ni más limpio que ahora. Como si todo fuera, en fin, una noria de ferocidad eterna que no deja de girar. A lo sumo, y esto resultará curioso para el lector, los personajes tienen la última esperanza de, algún día, poder dejar todo aquello atrás y marchar a España, donde, seguro, la vida les habrá de sonreír.
Una muy buena novela, en resumen. Muy recomendable.

lunes, diciembre 15, 2014

La venganza de la geografía. Cómo los mapas condicionan el destino de las naciones, Robert Kaplan

Trad. Laura Martín. RBA, Barcelona, 2013, 483 pp. 25 €

Eduardo Fariña Poveda

Una versión del capítulo que dedica el libro a la situación geopolítica actual de China publicado en la revista Foreign Affairs fue el origen del nuevo libro de Robert Kaplan. El libro editado en español ya va por la quinta edición. La Venganza de la Geografía, como los mapas condicionan el destino de las naciones es un libro adecuado para ponerse al día en la actualidad política. La vasta documentación y la consideración de factores tales como el espacio, el clima, la distribución de los ríos y los movimientos cíclicos de la historia permiten hacer una lectura atenta sobre las razones del auge y la caída de civilizaciones que nos preceden. Las referencias a historiadores como Heródoto, Ibn Jaldún, Arnold Toynbee y Fernand Braudel más la inclinación del autor a la tendencia del realismo en geopolítica añaden diferentes piezas al rompecabezas que Kaplan arma: La geografía determina en última instancia el devenir histórico de las naciones y de los pueblos.
Periodista viajero y analista internacional, Kaplan es un reputado experto en política exterior y libros de viaje, siendo Fantasmas Balcánicos y El Retorno a la Antigüedad: La política de los guerreros conocidos libros suyos sobre ambos temas. Dividido en tres partes, La Venganza de la Geografía comienza detallando a quiénes advirtieron por primera vez que la geografía se impone a los planes estratégicos de los ejércitos. La segunda examina un mapa del siglo XXI donde las diversas potencias del nuevo escenario multipolar global se abren paso (Rusia, Irán, China, India y Turquía) todas situadas en Asia central. Salvo México, por estar al lado de Estados Unidos, Kaplan no augura un rol decisivo a los países latinoamericanos. Siguiendo las cuestionables tesis de Nicholas Spykman, Kaplan señala supuestas desventajas geográficas de países como Colombia, Venezuela, Brasil, Perú y Chile y que el corazón estratégico y geográfico del Nuevo Mundo es “El Mediterráneo Americano” (p. 132). Es decir la zona que comprende la cuenca del caribe y el Golfo de México. La tercera parte se centra en la situación actual de México, que es fundamental para la política exterior angloamericana.
Kaplan comienza su análisis con Hans J. Morgenthau, uno de los máximos exponentes de la teoría del realismo en las relaciones internacionales, quién escribe en 1948 Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz. Esta Teoría tiene por tesis principal que los Estados, como los seres humanos, se mueven de acuerdo a sus intereses particulares y personales; comandados por el instinto de supervivencia. El cuál, los puede obligar a actuar de forma egoísta si las circunstancias así lo ameritan, para romper acuerdos o deshacer alianzas, según sea el caso. Desde la lectura de la obra de Morgenthau, Kaplan recuerda que el origen de esta corriente viene desde hace 2400 atrás con la Guerra del Peloponeso. Más allá de las estrategias y los movimientos tecnológicos en el campo de batalla, la personalidad y las pasiones de los seres humanos juegan un papel trascendental «el carácter de un hombre de Estado desempeña un papel tan importante como su intelecto» (p. 54). Desde esta óptica, hace bien Kaplan en recordarnos que en política exterior pocas veces las buenas intenciones tienen resultados positivos. De acuerdo con el realismo, la situación de Irak se puede explicar mejor si atendemos a la evolución histórica de su territorio, que se explica por la disposición de su cartografía y la distribución de los diversos grupos étnicos de su territorio que acudiendo a los preceptos morales de Estados Unidos por instaurar allí su democracia neoliberal.
Otro de los importantes autores de Geopolítica a los que recurre el veterano periodista es a Halford J. Mackinder. Célebre por su ensayo de 1904 El Pivote Geográfico de la Historia, este autor señala que desde la era de los descubrimientos de España y Portugal hasta antes de 1900 se debería hablar de una Era Colombina, la cuál se caracteriza por el fin del territorio ignoto por descubrir para administrar política y económicamente. El continente euroasiático, donde habita el 75% de la población mundial debería cohesionarse de forma gradual, eliminando las barreras entre Europa, África y Asia. Kaplan examina minuciosamente las realidades de los países que bordean a Kazajistán, zona a la cuál Kaplan otorga el lugar del corazón de la riqueza energética por la cuál China y Rusia rivalizarán a lo largo de este siglo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la geografía de Oriente Medio fue diseñada en muchos casos de forma arbitraria. Se establecieron fronteras que no se corresponden con las zonas de influencia de la diversidad tribal de zonas como por ejemplo el Hindu Kush en Pakistán.
El análisis sobre los desafíos de la India y la realidad Iraní son textos prodigiosamente bien ensamblados. Kaplan examina la riqueza cultural insondable de la India y como a lo largo de su historia ha soportado intensas invasiones musulmanes y como esto revela el dilema fronterizo con Pakistán. Casi en su totalidad, Irán se extiende en lo que era el Imperio Persa. Por lo tanto es un país con una riquísima cultura, vasto territorio con megaciudades donde habita una refinada clase intelectual y donde la población urbana vive intensamente los debates de la religión y del Estado. Es «un universo en sí mismo cuyo futuro eminentemente lo determinará la política interna y la situación social» (p. 351). Acostumbrados a ver y oír noticias negativas sobre este país, las cuáles suelen ser de hechos sobre el rígido control del Estado Islámico, leer el capítulo de Kaplan es una buena forma de entender más sobre la complejidad del caso iraní.
Respecto a México, Kaplan señala que Estados Unidos le debe dar tanto o más importancia que a Afganistán e Irak. Si bien en algunos momentos el tono de Kaplan se asemeja de forma algo desafortunada al de Samuel Huntington, se aprecia con claridad que el periodista viajero entiende muy bien y sin lamentaciones que si Estados Unidos desea jugar algún rol relevante en el futuro, pasa por convertirse en un Supraestado bilingüe en inglés y en español. Asimila con ágil soltura la tesis de Mackinder que sostiene que las civilizaciones interaccionan y se mezclan y no evolucionan de forma separada y enclaustrada como pensaban Toynbee, Sprengler y Huntington. Las interacciones de la población hispana que proviene de todo el sur del continente y la población angloparlante del norte, sus interacciones y sus relaciones, decidirán el destino de Estados Unidos. Su equilibrio frente a la Unión Europea liderada por Alemania, Rusia, China y Oriente Medio.
La venganza de la geografía es un libro sugestivo y muy bien documentado, que proporciona una multitud de datos importantes para comprender algunas dinámicas del mundo actual. Las descripciones de los valles, de las mesetas, las características de lo ríos navegables y los desiertos inconmensurables se unen a centros y periferias que han tratado durante siglos de conectarse o de desconectarse de algún poder, según sea el caso. A pesar de que tenemos Google Earth y vivimos inmersos en la Goblalización de Whatsapp y Twitter, Kaplan prefiere mantener el asombro por la monumentalidad del territorio «Porque, aunque seamos capaces de enviar satélites más allá del sistema solar –y aunque los mercados financieros y el ciberespacio no conozcan fronteras-, el Hindu Kush sigue siendo una barrera formidable» (p. 32).

viernes, diciembre 12, 2014

La Enciclopedia de la Tierra Temprana, Isabel Greenberg

Trad. Olalla García. Impedimenta, Madrid, 2014. 176 pp. 24,95 €

Fernando Sánchez Calvo

Decía Borges que la Biblia era el mejor libro de ficción que había existido nunca. Conociendo su historial de ironías, estoy seguro de que lo dijo para hacer daño y a la vez por puro convencimiento. Unos cuantos siglos después, y sin ser la primera, Isabel Greenberg ha escrito otra biblia, en esta ocasión ilustrada, laica y adaptada a nuestros tiempos. El argumento, sencillo: el hombre del Polo Norte y la mujer del Polo Sur se encuentran, se enamoran, pero debido a una extraña y poderosa razón no pueden abrazarse, besarse, darse de la mano, sentir la piel y el escalofrío que nace debajo de ésta. A tan sólo un metro de distancia pueden verse, pero no tocarse: es como si un dios despiadado hubiera construido un muro de metacrilato entre los dos.
Con este punto de partida, y un trazo y dibujo sencillos, la autora nos introduce en una espiral de narradores que narran las historias que acontecieron a otros narradores que a su vez vuelven a contarnos las historias que otros, de nuevo, decidieron lanzarse a contar. Y todo para explicar por qué una mujer y un hombre pueden amarse pero no corroborar dicha potencia con el acto del abrazo. La palabra en su estado más puro y como creadora del mundo, el mundo como mitología y la mitología como esencia del mismísimo mundo.
La historia es fabulosa. La simple idea de un narrador que no puede dejar de contar fábulas, cuentos y leyendas porque, si se detiene, su vida corre peligro, es ya de por sí magnética e introduce al lector en una sucesión de círculos concéntricos que, como si de hipnosis estuviéramos hablando, le llevan hasta el corazón del asunto, que no es otro que el más sencillo y viejo de los asuntos, el que siempre ha acompañado al hombre y la mujer desde la noche de los tiempos: el amor como origen de todo, y cuando digo todo, es absolutamente todo.
Para colmo, en un alarde de genialidad, la novela gráfica se cierra con unos anexos que amplían algunos datos sobre protagonistas, secundarios e incluso espacios previamente citados. Con ello, la autora consigue convencer al lector de que quizás esos dioses, esos hombres, esos gigantes, pudieron existir de verdad. La única pega, el dibujo, que posiblemente no llegue a la altura de autores como Dave Gibbons, Eddie Campbell o Kelley Jones, pero pensándolo bien, quizás sea sencillo, discreto y revelador como la misma vida que se recoge en los capítulos de esta enciclopedia. Para leer en dos horas, del tirón, sin pausa ni prisa.

jueves, diciembre 11, 2014

Who I am. Memorias, Pete Townshend

Trad. Miquel Izquierdo. Malpaso Ediciones, Barcelona, 2014. 569 pp. 24 €

Salvador Gutiérrez Solís

En aquellos años de rock salvaje, loco, lisérgico y orgiástico, puede que los Who fueran uno de los mejores ejemplos de la ya célebre y cacareada leyenda: sexo, droga y rock and roll. Y si no fueron los primeros o los mejores, seguro que fueron unos de los que más se esmeraron en representarla de principio a fin, eso es seguro. Se entregaron a fondo, hasta el abismo de ellos mismos. Y así lo cuenta Pete Townshend, guitarrista y líder de la mítica banda británica, en Who I Am, su biografía. Biografía de una estrella del rock que, tras las del fallecido Johnny Ramone y Neil Young, nuevamente nos llega de la mano de Malpaso Ediciones, que acierta traduciendo y publicando en nuestro país un estupendo y honesto texto, que permite adentrarnos en ese lado oscuro de la estrella que, aún alejado de los focos, es la verdad, la realidad. La vida, tal cual, más allá del escenario.
Indiscutiblemente, los Who son una de las grandes bandas de rock de todos los tiempos, por producción, vigencia y presencia, pero tuvieron la “desgracia” de compartir biografía, vivencias, ausencias, cartel y algo más con los Beatles y los Stones, así como con una docena más de bandas míticas. Aún así, tuvieron su propio espacio y fueron capaces de forjar y de imponer su propio estilo, más agresivo, más juvenilmente rebelde, más feroz, que los anteriormente citados, consiguiendo que varias generaciones de jóvenes se sintieran representadas en las letras de sus canciones y, sobre todo, en su pose y postura. Era lo que la gente quería escuchar. Yo estuve allí.
Townshend es el epicentro de esa rebeldía ácida que impregna a toda la banda, el promotor, el guitarrista incendiario, exorcizado, envenenado de rock, el aliento de la bestia. Un Townshend, como él mismo reconoce, bipolar, exultante y depresivo, superficial y espiritual, temeroso y suicida, desgarrado y apacible. Con toda seguridad, la compleja personalidad de Townshend se forjó durante esa extraña infancia que pasó junto a su abuela, mientras que sus padres actuaban por cuarteles militares y se emborrachaban casi a diario. Esta complejidad, depresiva, excesiva, caótica, ha sido una constante a lo largo de su vida, tal y como el propio Townshend expone en el texto sin pudor ni rubor, con transparencia. Y la música, el rock, ha sido el antídoto, la terapia, o la alianza de la que se ha servido para contrarrestarse a sí mismo. No soy un experto en amistad, no tengo grandes dotes sociales.
En Who I Am se aprecia desde el principio el denodado esfuerzo de Townshend por “literaturizar” su propia biografía, y es justo reconocer que con frecuencia lo consigue, ofreciendo pasajes de brillante escritura, de narrativa envolvente, que siempre acompaña de una historia, su propia historia, que no decae en interés. Una historia alocada, estrambótica, poliédrica, siempre sincera, en la que no duda en autocalificarse como un pésimo marido y padre, un compositor a ratos genial, un peculiar hombre de negocios, y un amante desmemoriado, pero entregado. Who I Am es la entrada al laberinto del propio Townshend, la estrella que ha forjado su propio universo, dentro y fuera del escenario.

miércoles, diciembre 10, 2014

Llegada a las islas, José Óscar López

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2014. 102 pp. 9,36 €

Pedro Pujante

Cuando lees un libro de José Óscar López no sabes qué te vas a encontrar. Ya sea poesía, relato… A veces tampoco se tiene claro en qué género te estás adentrando. Y quizá estas afirmaciones previas estén revestidas de más conveniencia y sean más oportunas cuando nos referimos a Llegada a las islas. Un libro que recién ha visto la luz pero que su autor revela haber comenzado hace ahora ya diez años. No obstante es imposible detectar algún anacronismo, inmadurez o vestigio del paso del tiempo en él.
En Llegada a las islas observamos algunas de las obsesiones que pueblan el imaginario del José Óscar más extraño, oblicuo e introspectivo. El viaje como metáfora de ese otro desplazamiento que sufrimos al confrontar nuestra experiencia con la razón; un "mundo flotante", frágil, onírico que se desmorona, explota y nos sumerge en una oscuridad repleta de luces, músicas y brillos inconcebibles. El tiempo, los dioses, la metarrealidad, las pesadillas. Ciudades posmodernas que quizás estén habitadas por un solo ser, por el poeta insomne que las ha fundado, por el lector desprevenido que se acerca a sus barrios. Alguien desde un rascacielos puede estar observando un ocaso, el fin del mundo, la estela de un avión que jamás regresará. Un ángel bostezando en la parada de autobús. Dioses marinos, lectores de Jung, video juegos…
López es un lecto-escritor caleidoscópico, que todo lo retiene, lo asimila y lo convierte en experiencia literaria. Desde los clásicos, el posestructuralismo, el cómic o la música de vanguardia. Nada escapa del vórtice de su escritura, todo confluye y se transmuta en otra cosa, en poema, flash, quimera o sentencia. De Homero, por ejemplo, rescata ese personaje, Tersites, el antihéroe, el único ser con defectos que aparece en La Ilíada, y que tan bien refleja la decadencia de un mundo indefinido y lejano. También desfilan por sus poemas personajes de la Marvel, directores de cine, hombres y mujeres sin nombre. Quizá tú, lector. La intertextualidad, la reflexión filosófica y la ironía son algunas de las señas de identidad de JOL. Pero hay en la ironía de este poemario un rasgo de seriedad, de solemnidad que soslaya todo indicio de broma casual. Y si ese intento de trivializar está (que lo está), palpita bajo una gruesa capa de sinceridad, de emoción, de mirada aguda e inmediata. Todo es inmediato aquí. Todo fluye y nada queda en reposo. Hay una fuga hacia… cada lector habrá de encontrar su punto de llegada.
Leemos estos fragmentos, estas bocanadas de fuego comprimido, y comprendemos que nunca llegaremos a la isla, que Heráclito tenía razón, porque siempre somos otro. Y también le damos la razón a Zenón, porque nuestro viaje es en vano. No hay viaje que no sea hacia nosotros mismos, nos advierte JOL, viajamos por ríos que no existen. Soñamos que dormimos…
En Vigila del asesino, su anterior poemario, un viaje alucinógeno nos conducía por las avenidas mentales de una ciudad extraña. En estas Islas, el viaje es cósmico, plural, sin brújula, y jamás albergaremos la certeza de hacia dónde vamos, qué intenciones nos mueven.
Quizá toda buena literatura debiera de apostar por fórmulas desconcertantes, por vías nuevas como las aquí sugeridas