miércoles, marzo 29, 2017

El gran imaginador o la fabulosa historia del viajero de los cien nombres, Juan Jacinto Muñoz Rengel


Plaza y Janés, Barcelona, 2016. 472 pp. 17,90 €

Amadeo Cobas

Partamos de una premisa inicial: el gran imaginador, propiamente dicho, acaso no sea Nikolaos Popoulos, el protagonista de este viaje fascinante, sino el autor del mismo, Juan Jacinto Muñoz Rengel. Y conste que no pretendo hacerle la pelota. Me explico.
Si afirmo lo anterior es porque este escritor sabe mezclar con sabiduría la dosis justa de aventura y acción con descripción y lenguaje para lograr una lectura amena, que aporta un andamiaje equilibrado por igual de entretenimiento y fascinación; eso sí, no por ello olvida mostrar oficio y ser un poco malévolo al cerrar varios capítulos dejándonos perplejos, nuestra mente imaginando qué podrá suceder a continuación, con el arte de una lograda orfebrería literaria, engalanando si se obstina (verbigracia, con un alto cultivo lingüístico) a la par que ligera y precisa si el apremio desencadena la acción por derroteros, digamos, precipitados. Entre clasicismo y un sálvese quien pueda en sutil alternancia se saborea una prosa atinada así en la calidez onírica que atesta la mente de Popoulos como en el frenesí real que enturbia su vida. Porque este imaginador es un adelantado a su tiempo; de niño un incomprendido al que zurraban los compañeros abusones, arreaba el maestro y sacudía su madre. Vamos, que le pegaban todos por considerarlo débil, diferente o inútil, cuando en realidad era brillante, genial… e inútil. Sí, me temo que su madre jamás varió la opinión que tenía del pequeño.
Pero es que Nikolaos, allá por donde iba, despertaba envidias a su paso dado que convertía en mediocres a aquellos con los que, sin pretenderlo, se comparaba. Así le ocurrió a aquel brillante judío, médico personal del sultán de Estambul, e incluso a éste: «Lo que el anciano judío no podía adivinar era que aquel rechoncho inventor de barba descuidada fuese también al mismo tiempo un eterno escritor en ciernes, el mayor fabulador de todos los tiempos, ni que su propio señor, Solimán el Amante de los Artistas y Poetas, también advertiría desde el primer instante que aquel muchacho era un hombre nuevo, de esos que no se usan por el mundo, y le disputaría los minutos de su compañía». Y es que, en sus correrías, este rechoncho Popoulos lo mismo se codea «entre desubicados y prófugos» piratas uscoques en el puerto de Senj o el sultán y su Sublime Puerta en la vaporosa Estambul, como conoce peligros muy de cerca: los «espíritus atormentados de los strigoi» o el gólem, por otra parte incontrolado vengador de las injusticias que padecían los judíos de Praga.
No solo. Porque esta novela histórica de lectura más que recomendable sabe enganchar al lector desde las líneas primigenias al hacer surgir la batalla de Lepanto y, en ella, al escritor patrio más afamado que han conocido los tiempos. No en vano Cervantes sufrirá a causa de este fabulador y escritor en ciernes, no menos imaginativo que el propio creador del Quijote, en un modo que enseguida se desentraña con el transcurso de las páginas (y ahora no digo para conservar la intriga). Las cuales cobran brío mientras retrocede la acción a la génesis que clarifica los motivos que confieren a Nikolaos Popoulos esa personalidad que le hace ser único y especial. El que éste se invente cien nombres para subsistir según las circunstancias o J.J. Muñoz Rengel una forma de escritura nueva no es sino la doble cara de una misma moneda. La «mente multidimensional» del protagonista, quien «se veía de improviso en la necesidad de reconstruir los conceptos de lo bello, del amor, de la atracción, la pasión, la consagración o el sacrificio», ahí es nada, se podría confrontar con la de su creador, alquimista que convierte la ficción en realidad, epilogando con la pregunta que el gran imaginador le formula a Miguel de Cervantes: «¿Qué si no se puede profesar por los autores de los libros que encierran vidas y mundos eternos, que nos transportan y nos embriagan y hacen vivir un tiempo regalado, más que amor y admiración?».
Pues eso.

lunes, marzo 27, 2017

El bolso de Blixen, Jesús Marchamalo


Nórdica, Madrid, 2016. 48 pp. 9,95 €

Rubén Castillo Gallego

Afirmaba Baltasar Gracián que «más obran quintaesencias que fárragos», pero ese inteligente dictamen no ha sido seguido (ni en España ni en ningún lugar del mundo, que yo sepa) por los compositores de biografías, mucho más afanosos a la hora de acopiar detalles que a la hora de seducir a los lectores eligiendo los más rutilantes. Por fortuna, he aquí ante nuestros ojos una excepción: las páginas que Jesús Marchamalo le dedica a la baronesa Karen Christence Blixen, más conocida en el mundo de las letras como Isak Dinesen, autora de Memorias de África. Con una extensión mínima (si las trasvasamos a folios, las 48 páginas de este volumen se convierten en poco más de 15), el periodista madrileño logra una semblanza deliciosa, lírica, sinóptica, diamantina, donde se nos presenta a esta mujer nacida cerca de Copenhague, flaquísima desde la infancia, cuyo padre se ahorcó sin motivo conocido y que, casada con su primo Bror, fue propietaria de una explotación cafetera en el continente africano.
Jesús Marchamalo selecciona elegantemente los datos biográficos de la escritora y los une a pinceladas paisajísticas, fotografías donde aparece junto a Marilyn Monroe, anécdotas despóticas, informaciones curiosas sobre su alimentación o enfermedades que la aquejaron. Y el conjunto, lejos de convertirse en un texto snob o superficial, alcanza una categoría casi borgiana, donde los detalles cuajan hasta convertirse en un delicioso retrato puntillista.
Se entra en este pequeño volumen identificando a Isak Dinesen con la frase «Yo tenía una granja en África» (palabras que popularizó el cine con el apoyo de los actores Meryl Streep y Robert Redford) y se sale con una imagen mucho más completa de ella, gracias al minucioso ramillete de diapositivas vitales que Marchamalo ha cribado, abrillantado y reunido para nosotros. Sin duda, una lectura hermosa, que las ilustraciones de Antonio Santos redondean para el sello Nórdica.

viernes, marzo 24, 2017

Ella en la otra orilla, Mitsuyo Kakuta


Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Galaxia Gutenberg; Barcelona, 2016. 224 pp. 18 €

Ariadna G. García

La pubertad es una edad difícil, de cambio, de tránsito hacia el ser en que cada uno se convertirá. Para que esos niños sean los adultos maduros que podrían llegar a ser, resulta imprescindible que el entorno en que vivan sea favorable: caluroso, acogedor y protector. Por desgracia, muchos jóvenes carecen de una familia sólida, implicada, que les apoye en esa etapa fundamental de su viaje. Otros, que sí la tienen, estudian en colegios o institutos donde sufren diversas formas de acoso. Cuando las familias se desentienden de sus responsabilidades educativas, los niños son más susceptibles de ser manipulados por aquellos que les garanticen una forma de arraigo, de pertenencia a un grupo. Sin nadie que les controle y les inculque valores, muy fácilmente se dejarán llevar por la violencia que consumen gracias a las nuevas tecnologías: a los videos que ven en YouTube, a los juegos que cargan en la Play. Violencia a espuertas. Sin filtros. Para mayores de 18 años. Para universitarios. Y la violencia, como sabemos, engendra violencia. Algunos de estos púberes han salido recientemente en los medios de comunicación. Un niño del IES Joan Fuster de Barcelona mató a su profesor de sociales en 2015, armado con una ballesta y un machete. Ese mismo año, cinco alumnos del IES Ciudad de Jaén (Madrid capital) acosaban a otra niña, que se acabó tirando por unas escaleras. Hace unos días, doce alumnos de tres institutos diferentes de Colmenar Viejo (Madrid, sierra norte) daban una paliza e insultaban a una muchacha en un centro comercial, para después colgar el video en Facebook. Aunque las autoridades hablan de casos puntuales, y tratan estas agresiones como a fenómenos de la naturaleza, impredecibles, incontrolables, lo mismo que tormentas, lo cierto es que son casos que requieren una logística, tras los cuales se ocultan traumas y carencias previos que las familias tendrían que haber detectado –si dedicasen tiempo a sus hijos–, y que los centros tendrían que haber intuido –si los diferentes gobiernos autonómicos no hubiesen recortado en la Educación Pública de este país (¿cómo hacerlo con las aulas masificadas, con miles de maestros, profesores y orientadores despedidos en los últimos seis años?)–. En los medios de comunicación se da a conocer la punta de un iceberg, pero los que trabajamos en la enseñanza sabemos todo lo que oculta la línea del agua. Las agresiones diarias en los patios, los insultos en las aulas, las faltas de respeto constantes, la ausencia de un mínimo de vergüenza y de educación, el alto nivel de suspensos o la desgana absoluta por el aprendizaje son apabullantes entre los alumnos de primaria y secundaria de según qué centros. Alumnos que dedican una media de 4 horas diarias a la Play y al móvil, en lugar de a los libros, a las tareas de casa, o a las conversaciones con los padres.
Como la sociedad no parece dispuesta a reflexionar sobre sí misma, y mucho menos, a cambiar sus valores por otros más razonables (frente al consumo, el gusto por la cultura y las actividades en familia), hay personas que pretenden denunciar los actos de bullying, los suicidios juveniles y la desafección familiar por medio de sus obras: los escritores. Entre ellos se encuentra la japonesa Mitsuyo Kakuta, una autora sensible a las preocupaciones de los adolescentes, a sus miedos, angustias y frustraciones, que sabe reflejar de manera impecable.
Ella en la otra orilla está protagonizada por dos mujeres. Sayoko es una mujer casada y madre de una niña. De pequeña, sus compañeras de clase la marginaban sin razón aparente. Aquel episodio la convirtió en una adulta tímida, insegura, acomplejada y poco sociable. Por temor a colgar esos rasgos sobre los hombros de su hija –con la que deambula de parque en parque, sin congeniar con ninguna otra madre–, decide buscar un empleo, con la esperanza de que en la guardería Akari se relacione con niños de su edad. El marido, por su parte, es un hombre que desatiende la casa, que desprecia su nuevo trabajo, que no le presta ayuda. Aoi, su jefa en Platinum Planet, constituye su reverso: es una mujer con habilidades sociales, segura de sí misma, espontánea, que vive en la continua improvisación. No acata normas. No se fía de nadie. La voz que narra va alternando episodios centrados en Nayoko y Aoi, con otros que relatan la adolescencia de esta segunda. Con los flash back, la autora nos revela una juventud marcada por el bullying, el cambio de ciudad y de instituto, los reproches de su madre –que vuelca sus propias frustraciones en ella–, su amistad con Nanako –una niña por la que sus padres no muestran preocupación alguna–, su huida juntas, los atracos que cometen, su intento de suicidio –como en Thelma y Louise–. Mitsuyo Kakuta nos enfrenta a dos personajes opuestos, heridos, sin embargo, por una experiencia análoga: la exclusión social, la discriminación, la intolerancia. Sayoko y Aoi simbolizan dos realidades extremas que tienen por origen un mismo tronco. Frente al miedo, la servidumbre, la inseguridad de Sayoko, que teme el rechazo de quienes la rodean, se levantan el desapego, la vitalidad y el desenfado de Aoi, que duda de que las cosas duren y la gente permanezca. Con todo, Ella en la otra orilla es un canto al espíritu de superación a través de la amistad. Si Aoi se rehízo a sí misma gracias al amor incondicional de Nanako, ella, a su vez, será el acicate para la progresiva conversión de Sayoko. «Cuando estoy contigo tengo la sensación de que podría hacer cualquier cosa», confiesa ésta. Y es que, al final, todo en la vida se reduce a una cuestión de actitud. Novela de calado, muy bien traducida, sería interesante que se difundiera entre madres, padres y docentes.

miércoles, marzo 22, 2017

Fuerza menor, Javier Puche


La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016. 124 pp. 11 €

Pedro M. Domene

¿Puede un escritor de microcuentos formar parte de la historia de literatura? se pregunta Juan Bonilla en el prólogo de Fuerza menor (2016), el nuevo libro de Javier Puche (Málaga, 1974). Indiscutiblemente, sí. ¿Dónde queda establecida la frontera entre el cuento o relato, y el microcuento o minificción? El estudioso Fernando Valls señala que, «el microrrelato no es un poema en prosa, ni una fábula ni un cuento, aunque comparta algunas características con este tipo de textos, sino un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, en la que debe imperar la concisión, la sugerencia y la precisión extrema del lenguaje, a menudo al servicio de una trama paradójica y sorprendente.» Todas las definiciones de microrrelato incluyen, al menos, dos características definitorias: la brevedad y la narratividad, y sobre todo, para que exista un microrrelato, tiene que haber una historia, y con esta definición nos alejamos de otros textos breves como los haikus y poemas cortos, los aforismos y las sentencias.
Este extenso preámbulo, sin ánimo de instruir, si acaso informa que un libro como, Fuerza menor, ofrece una estupenda colección de microrrelatos, desde perspectivas muy diferentes y con un acertado resultado. El primer texto, dedicado al inolvidable Javier Tomeo, y titulado, "La incertidumbre", dará el tono al resto, responde sin duda a las pretensiones del malagueño: dos personajes despiertan a bordo de un hidropedal en medio del Mar Negro y, enseguida perciben que se han quedado dormidos por accidente, y no tienen otra opción que seguir pedaleando, sin rumbo, en medio de las aguas oscuras, hacia ninguna parte, y esa incertidumbre que provoca la situación es vida misma que nos empuja a circunstancias insólitas. En un texto tan breve, y al comienzo mismo, Puche ajusta y precisa su lenguaje, consigue un ritmo temperado, nos envuelve en una atmósfera casi asfixiante, muestra una irónica visión del momento que provoca una calculada agudeza satírica, y aun añade un cierto lirismo que cincelará el resto de los textos que componen la primera y más amplia parte. Y este conjunto de cuentos se convierte en un auténtico caleidoscopio, Puche retrata a sus personajes con milimétrica precisión, y los envuelve en una fantasmagórica visión onírica que evocan esos otros detalles que mueven al mundo, “Tenemos que hablar”, un permanente juego de los contrarios, “Asincronía”, deudor de esa extensa tradición de los mejores relatos de todos los tiempos, personas inmortales y fantásticas que tratan de sobreponerse a su propia naturaleza, “El Santo Grial”, seres orantes que perpetúan el rezo pese a los múltiples cadáveres que los rodean, leguleyos decadentes, “Advocatus diaboli”, jueces retirados que imparten su propia justicia, “Justicia a domicilio”, obesos mórbidos que se adentran en una tupida selva de plantas carnívoras, incluso un androide lector, o la evocación de un clásico universal, “Ante la ley”, es decir, otra mirada más, pero diferente sobre el inmortal Kafka. Una parte segunda, tan complementaria como calculada, Seísmos, “Cuentos de seis palabras”, un propósito narrativo aun más milimetrado en extensión, seis palabras para contar una historia, o como apunta el mismo Puche, «más bien sugerirla»; y, por supuesto, el lector se enfrenta a un texto, a un mini-micro-cuento, casi un malabarismo textual, que según percibimos, exige elegir bien la idea y los vocablos que han de vestirla y, pese a su extrema brevedad, el narrador malagueño logra con su empeño que estos microrrelatos aniden en la memoria del lector, y supuestamente le ayuden a concretar el sentido mismo de la vida en apenas seis palabras.

lunes, marzo 20, 2017

Cuando aparecen los hombres, Marian Izaguirre


Lumen, Barcelona, 2017. 390 pp. 21,90 €

Maria Dolores García Pastor

Esta es una historia sobre mujeres, sobre cómo construimos nuestra identidad a través de los otros, sobre el peso de la culpa. Una novela escrita de manera elegante y sencilla pero con una estructura compleja, un juego de espejos en el que la protagonista se construye a sí misma a través de otras dos mujeres, numerosas matrioskas que se abren para mostrar nuevos elementos que complican la trama. Pero vayamos por pasos.
Teresa Mendieta es la propietaria de un hotel que, acabada la temporada, tiene que cerrar a causa de la crisis. El hotel Arana, la Casa de los Cuatro Relojes, en otro tiempo residencia de la familia Dennistoun, sin duda un personaje más de la novela. En ella vivió Elizabeth Babel, una muchacha sorda, hijastra del primer dueño de la casa, a la que iremos conociendo a través de las cartas que se escribió a sí misma, a modo de diario, y que quedaron guardadas en una caja de lata de membrillo La Tropical y que, un siglo después, recuperará Mendieta. Otro personaje importante es Ángela, la madre de Teresa, una mujer desinhibida y adelantada a su época. Todas ellas son mujeres fuertes, contradictorias, decididas y, sobre todo, libres.
La autora se mueve en el tiempo para llevarnos a la infancia de Teresa y, aún más lejos, a conocer lo que sucedía hace cien años en la Casa de los Relojes cuando Elizabeth vivía en ella. Viajamos adelante y atrás en el tiempo sin fisuras, sin que eso distraiga o confunda al lector porque el hilo conductor de la narración es sólido. Y así entramos en el juego de espejos. Teresa tiene dos ejemplos en los que mirarse. Elizabeth es el positivo. Ángela el negativo. A través de las vivencias de Teresa narradas en tercera persona y a través de los testimonios de quienes la conocieron y de las cartas de Elizabeth, en primera persona, vamos desgranando la historia. También viajamos en el espacio, entre Catalunya, Francia y el País Vasco. El mar tiene un papel importante en la novela, los mares Cantábrico y Mediterráneo. El paisaje como un elemento más en la narración de las situaciones y estados de ánimo de las protagonistas, y las casas (Can Ferrer, Punta Carbó, Pedernales) también personajes en cierto modo y elementos clave en el juego de espejos que preside la trama.
Todo ello está aderezado, como los buenos guisos, con infinidad de pequeños detalles que hacen que el todo de la novela sea más potente. Las recetas de cocina juegan un papel importante en la historia, así como los personajes famosos de esa época a los que se hace mención (Salvador Dalí, Tennessee Williams) o a los que sin llegar a nombrar sugiere (Truman Capote, Harper Lee). Sin dejar de lado que irremediablemente la historia de Elizabeth nos trae a la memoria a la maestra Anne Sullivan y a su alumna más conocida, Hellen Keller, que pese a ser sorda y ciega llegó a convertirse en oradora, escritora y política.
Con estos ingredientes Marian Izaguirre da forma a una novela que, si bien al principio parece intrascendente, rápidamente seduce y atrapa. La historia se divide en tres partes que se corresponden con las tres partes de la estructura argumental.  El lector se deja llevar de la mano por la complicada trama, la autora nos guía con maestría hacia un final que convence y que, según ha desvelado en algunas entrevistas, puede ser el germen de futuras novelas.

viernes, marzo 17, 2017

El bosque infinito, Annie Proulx


Trad. Carlos Milla Soler
Tusquets, Barcelona, 2016. 848 pp. 23,90 €

Santiago Pajares

A pesar del título, lo que Annie Proulx nos trata de hacer entender es que el bosque no es infinito. Todo se acaba cuando el hombre, en su infinito afán de riqueza y materias primas, se empeña en destruirlo todo. Pero junto a la historia del bosque, Annie Proulx nos relata la historia de un país por nacer, Canadá, cuando todavía era una colonia europea llamada Nueva Francia. Y lo hace a través de dos familias, los Duke y los Sel. Una historia de más de tres siglos.
Annie Proulx se hizo conocida en todo el mundo a través de dos de sus libros, The shipping news (Atando Cabos, 1993) y Brokeback Mountain (1997), ambos adaptados al cine. Tras quince años de espera, podemos decir, quizá, que este libro es la culminación de su obra.
Esta novela cubre muchas historias. Sus más de ochocientas páginas le dan a Annie Proulx el espacio y la oportunidad para hablar de los bosques de Europa, Canadá, Nueva Zelanda y Estados Unidos, así como de los pueblos indios masacrados y arrinconados hasta casi su desaparición por los colonos del nuevo mundo. Indios que vivían y se relacionaban con los bosques que ellos querían talar para aprovisionarse de madera. Es también la historia de la industria maderera en Norteamérica, y de cómo el hombre lo arrasa todo pensando únicamente en el presente, sin prever el futuro. Es la historia de cómo el hombre está dispuesto a talar al hombre para conseguir lo que quiere.
René Sel y Charles Duquet emigran a Nueva Francia (Canadá) para buscar fortuna. Son contratados como leñadores en condiciones de semiesclavitud para su nuevo amo, Claude Trépagny. Él dispondrá de sus vidas diciéndoles cuando y cuánto trabajar, dónde deben vivir e incluso con quién se deben casar. Charles Duquet, astuto y ladino, escapa hacia los bosques en busca de su propia fortuna, donde está a punto de perecer. Sin embargo, logra sobrevivir y a través del comercio de pieles y madera con Europa y China, crea su propia empresa maderera, Duquet e Hijos, a cuyo mando se irán sucediendo sus descendientes hasta la actualidad. Mientras, su antiguo compañero, René Sel, todavía bajo el yugo de su amo, es forzado a casarse con su concubina india, creando una progenie de mestizos que deberán encontrar su lugar entre los indios en un mundo cada vez más absorbido por los colonos blancos. Las dos familias, a través de sus descendientes, quedarán estrechamente ligadas, contando con cada nuevo hijo, y cada nuevo matrimonio la historia de su propio país.
Podría pensarse que esta es una novela histórica, pero no es así. Basada en personajes de ficción, nos adentramos en la historia de América, Canadá y Nueva Zelanda, pero siempre a través de los bosques y la relación de los hombres con ellos. La abundancia de personajes no abruma, la maestría de Annie Proulx hace que nos adentremos con ellos entre los árboles de la mano, para que nos enseñen cada hoja y cada tronco, para que nos cuenten su propia vida. El bosque no es infinito, pero sí las historias que contienen, cada una única e irrepetible, como un árbol milenario que no debe ser talado. Ya se ha ocupado Annie Proulx de ello con este libro.

miércoles, marzo 15, 2017

Poesía reunida. Aforismos, Ramón Andrés


Lumen, Barcelona, 2016. 354 pp. 23,90 €

Fermín Herrero

Algo tiene que andar mal en la literatura española cuando un escritor, además de músico y musicólogo de excepción, como Ramón Andrés no ha obtenido, salvo el premio Príncipe de Viana, con ocasión del que hizo, dicho sea de paso, un discurso ejemplar, ni uno solo de los reconocimientos que su obra merece. A veces he pensado, bromeándome, en la posible maldición del apellido, pues lo mismo podría decirse del ostracismo en el que se encuentra el también poeta y ensayista Enrique Andrés.
Antes de entrar en las materias aforística y poética, que armonizan y conjugan muy bien en el libro que nos ocupa y de las que hablaré a seguido, se debe recordar que R. Andrés es, aparte, autor de libros sencillamente extraordinarios, compendios de erudición y gracia, casi todos publicados por la editorial Acantilado. Citaré –cuánto he disfrutado y aprendido con su lectura- sus escritos sobre Bach o Mozart; El luthier de Delft, con Spinoza y Vermeer de fondo; El mundo en el oído; un volumen completo en todos los sentidos sobre el suicidio en nuestra civilización o un estudio exhaustivo, de investigación, sobre el silencio en la mística. Hace pocas fechas ha reunido ensayos diversos en Pensar y no caer.
Abundan en la segunda parte del libro los aforismos magistrales. Conocía la parte titulada 'Los extremos', que se deja para postre; los otros dos apartados, ‘Malas raíces’, cuyo estremecedor comienzo, por más que etimológico como el resto de la compilación, de ahí el título, no se olvida fácilmente, y ‘Puntos de fuga’, parece, por la cronología, que han sido escritos en paralelo. Tanto da. En ellos vierte el tarro de sus sabias esencias. Cada página requiere una rumia concienzuda y gozosa, un tiempo largo y reflexivo para escanciarla como es debido, con el aprovechamiento que ofrece. No se puede desperdiciar ni una entrada.
Se puede abrir el libro al azar, a la manera dadaísta, al no ser intonsos ahora no se necesita ni cuchillo, caer en las páginas 222-223 y encontrarse con: «Cada uno siente una secreta eternidad: es la mente que escarba en la infancia»; «El pastor conduce los rebaños al campo como la soberbia nos lleva a la muerte, apacibles»; «No el azar, no los dedos: la rotación del mundo moldea las vasijas», por poner alguno. Al ser largos omito dos aforismos antológicos sobre el espléndido Diario del año de la peste de Defoe y sobre Santa Teresa de Jesús y su retratista Juan de la Miseria.
Ahí van, espigadas a voleo, de la primera parte, otras perlas: «Dejar las creencias y las utopías no significa abdicar, sino purificarse sin necesidad de entrar en el Ganges»; «La salvación: hallar a quien admirar»; «El poder es una forma de tristeza», «La muerte no está al final de la vida, está en su centro»; «Twitter: de cada uno han hecho una jaula y piamos contentos»; «Creernos trascendentes nos hace fatuos»; «Todo está escrito in memoriam»; «Ni en una silla darse por sentado».
De su alta exigencia da buena cuenta asimismo el hecho de que lo que llama poesía reunida sea en realidad su poesía podada. Se presenta de inicio un libro inédito, circular, con Whitman de abertura y de cierre, Siempre génesis, escrito del 2013 al 2015, en el que la sintaxis se ha adelgazado en beneficio de la condensación, pero los versos siguen siendo igual de precisos y permanece el tono meditativo, muy original. Sin embargo, los tres anteriores, Imagen de mudanza, La línea de las cosas y La amplitud del límite, por orden de aparición, han sido desmochados, sobre todo el primero, del que ha indultado sólo tres poemas, de manera inmisericorde. E injusta, a mi escaso entender, aunque el propio poeta declare que de no ser por el editor los hubiera esquimado a matarrasa. La mayoría de los poemas nuevos, aunque algunos son glosas de obras de arte o de autores, se centra en la naturaleza: paseos por los montes y valles navarros, escenas junto al mar cántabro, contemplaciones de sus árboles tutelares…
Tal vez, por ponerle un pero, -«¿quién es del todo defendible?», se pregunta en uno de sus apotegmas- pueda objetarse, aunque en sí sea una barbaridad, que R. Andrés escribe en verso demasiado bien, con una corrección y finura que a veces se entienden enemigas del estro lírico, caracterizado por derrapar por abajo o por arriba. Pero esto no deja de ser una boutade en cuanto la expresión debe aproximarse con la máxima exactitud posible, casi siempre, por desgracia, escasa, al sentir o el pensar del poeta.