viernes, mayo 22, 2015

Música para feos, Lorenzo Silva

Destino, Barcelona, 2015. 218 pp. 18 €

Pedro M. Domene

Algunas historias se convierten en todo un reto y pese a los tópicos literarios, como escribir sobre la vida y la muerte, el amor y el desamor, la paz o la guerra, auténticas ficciones que se han venido contando a lo largo de la Historia de la Literatura, ciertas novelas, como las de amor, vuelven una y otra vez, y bucean en otras aguas para no caer en los tópicos y surgen, de alguna manera, de la mano y voluntad de su autor como una propuesta diferente, con la suficiente imaginación y capacidad creativa como para interesar a un lector poco acostumbrado a dejarse llevar por un sensiblero romanticismo, o una melodramática visión de la vida en común, pero eso sí una acertada prosa acompañada de reflexiones que complementan esa atracción mutua que experimentan, en este caso, los dos protagonistas de la nueva novela de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), Música para feos (2015), la joven periodista, Mónica y el enigmático hombre maduro, Ramón. Y para ellos, como tal vez otros muchos, nunca podían imaginar donde empezaría su propia historia de amor: se conocen en un sórdido local de la eterna noche madrileña, donde tanto ella como él parecen estar fuera de lugar, ninguno pasa por el mejor momento de su vida, ni en lo personal ni en lo laboral, y en el caso de Mónica tampoco ve visos de superación; Ramón es hombre de pocas palabras, metido en los cuarenta, solo observa y durante esa noche, y aun en los siguientes encuentros, se obstina en parecer un misterio para ella, y no le revela a que dedica su tiempo. Tras esa extraña noche y torpe de alcohol, tras una mínima comunicación, contra todo pronóstico, cuando se despiden, ella nota que algo extraño, algo que se le queda revoloteando en el estómago, dirá textualmente, algo que no había conocido antes, y cuando Ramón la despide, y ella percibe que la ha dejado plantada, y posiblemente tomado el pelo, se dice que todo está bien y, pese a todo, la vida sigue siendo bella y no puede considerarse infeliz del todo. Así que quedan en volver a verse una semana después, un encuentro pendiente del mensaje de confirmación que tendría que enviar ella, en su mano queda no volverlo a ver; sin embargo, siete días después se reencuentran y la química, a veces tan esquiva y caprichosa, parece que empieza a manifestarse plenamente.
El resto de la historia viene contada de primera mano por la voz de Mónica desgranando su relación con Ramón desde su segundo encuentro, y el escritor, con una sutil visión y conocimiento, poniéndose en la piel de la mujer, desarrolla el proceso de enamoramiento de dos personas que saben que incluso a contracorriente han tenido la suerte de encontrarse para ser felices. Y mientras avanza el testimonio de Mónica, el autor irá dejando algunas pistas para que el lector vaya aventurando el posible desarrollo de la historia y su destino final; eso sí, aderezado a lo largo del texto de buena música, bandas sonoras que cada uno intercambia en los momentos de ausencia, mientras Mónica espera y solo vive su definitivo enamoramiento a través de Skype o los whatsapp con la acertada propuesta de la música para cada momento.
Lorenzo Silva lejos de hacer del libro algo previsible, hará que su relato se convierta en algo hermoso, porque no quiere esconderse detrás de embustes literarios ni malabarismos innecesarios sino que imprime toda la luz posible a su historia, la dota de la música necesaria, sus protagonistas se alejan de esa mentira tan extendida en la sociedad actual y sostiene que la relación amorosa que nos está contando se nos antoja más cercana, sin duda más próxima, pero sobre todo auténtica. Al hilo de todo lo dicho, la imagen de dos personas solitarias y desencantadas, dos perdedores resignados, que hasta su encuentro han vivido en dos mundos dispares y muy diferentes, y según Silva solo el amor parece que los une. La música en estas páginas nos acompaña, poco importa como acaba todo, sus protagonistas sabrán que toda historia de amor hay que vivirla hasta sus últimas consecuencias.
Música para feos, se convierte en un relato honrado y noble; no hay impostura alguna, ni siquiera un excesivo sentimentalismo, resulta que la historia de Mónica y Ramón podría ser la de cualquiera, aunque eso sí en cuestiones de amor, no cabe la cursilería ni el ridículo más absoluto, nadie se muestra indiferente porque como dejó escrito y cantaba Amy Winehouse, Nuestro día vendrá/ y lo tendremos todo,/ compartiremos la alegría/ que solo puede traer el amor.

jueves, mayo 21, 2015

La buena vida, Sara Fratini

Lumen, Barcelona, 2015. 120 pp. 14,90 €






















María Dolores García Pastor

Mujeres sensuales de contundentes anatomías pueblan las páginas de La buena vida, el libro ilustrado de Sara Fratini. Chicas curvilíneas, sensuales y felices, sobre todo felices, pese a sus inseguridades y sus miedos. Porque los miedos pueden, si no vencerse, al menos aceptarse para vivir con ellos en armonía, ese es el mensaje que encontramos en este libro. Eso es lo que nos muestran las féminas que pueblan las páginas de Fratini. Son desinhibidas, imperfectas y naturales como la vida misma, y eso es, probablemente, lo que hace que resulten tan atractivas y hará que muchas lectoras se identifiquen con ellas.
Sara Fratini, es una artista plástica e ilustradora nacida en Venezuela que se formó en Bellas Artes en España y siguió su formación en Francia. En su país de origen existe una desmesurada obsesión por la estética y se ejerce una enorme presión social sobre la mujer para que sea perfecta. Los dibujos de esta artista nacen como una reacción frente a este tipo de imposiciones para convertirse en un canto de libertad y naturalidad frente a esas mujeres escuálidas y perfectas que promueven actualmente los medios en casi todo el mundo. Otros rasgo característico de las mujeres que pueblan La buena vida son sus abundantes y enmarañadas cabelleras dentro de las cuales se puede encontrar de todo y que, según la autora, simbolizan las cosas buenas y malas que vamos arrastrando.
Todo comenzó durante su Erasmus en Italia cuando abrió una página en Facebook para obligarse a dibujar cada día. Al igual que ocurriera antes con Agustina Guerrero y La Volátil, el éxito que tuvieron sus ilustraciones en la red llamó la atención de la editorial Lumen que también apostó por ella. Sus viñetas ironizan sobre temas tabús como la regla, la depilación…y las redes sociales han contribuido a que este tipo de ilustraciones se conviertan en algo cotidiano. Sus dibujos en blanco y negro con un toque de rosa van acompañados de textos muy breves en clave de aforismo, consejo o proverbio. Optimismo en estado puro para el día a día.

miércoles, mayo 20, 2015

Domingos de agosto, Patrick Modiano

Trad. María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, Barcelona, 2015. 162 pp. 14,90 €

Ignacio Sanz

Otra novela de Modiano, es decir, otra novela enigmática, opresiva. En este caso publicada originalmente hace treinta años, en 1986 y que ahora, al rebufo del premio Nobel que le acaban de conceder, sale en España en uno de los sellos que con más constancia se ha ocupado de difundir su obra. Por cierto, la traducción magnífica, ya que consigue mantener el halo de misterio y neutralidad que uno supone en la obra original.
Como en otras novelas de Modiano lo que predomina aquí es la atmósfera de misterio envolviendo a unos personajes desconfiados, espantadizos, temerosos, unos personajes de los que sólo a cuentagotas vamos sabiendo de su verdadero pelaje. Parece que en cada página puede ocurrir algo trágico, algo sorprendente en medio de un laconismo invernal. El lenguaje tiene la virtud de descubrir pero también de ocultar, de presentar los hechos envueltos por una veladura.
Modiano es un maestro de la novela policíaca. Aunque nada más escribir la palabra uno se pregunta: ¿es verdaderamente policíaca Domingos de agosto? Y es que también en los géneros Modiano se mueve en terrenos resbaladizos por más que en la contraportada se aluda a Simenon. Podría ser considerada una extraña novela de amor escrita bajo la influencia del cine negro americano. Aparecen referencias a un actor muerto por una bala perdida, pero en realidad se tratan de referencias lejanas al cogollo argumental, aunque alguna pista nos dan sobre la procedencia de un diamante conocido como la Cruz del Sur, cuya posesión codician todos los personajes. Lo que no cabe duda es que estamos ante una novela redonda o si se quiere circular que nos va arrastrando en medio de una atmósfera desangelada y fría.
El narrador, un fotógrafo enamorado de Sylvia, se ve envuelto en una espiral de acontecimientos que lo van arrastrando, como a nosotros, los lectores, por callejones oscuros en medio de la grisura invernal por más que la historia cronológicamente comience en pleno agosto como refleja el título. Pero no, lo característico, lo que deja una huella profunda en el lector es el invierno, la habitación desabrida en una pensión en Niza que obliga a la pareja a buscar refugios habitables en cafés heladores, en cines sórdidos, mientras esperan el acontecimiento definitivo que les libere y les lleve lejos, por ejemplo a Roma, una ciudad hospitalaria donde la pareja sueña una vida ajena a las preocupaciones mundanas. Pero, ah, las trampas, los engaños, las sutilezas de los hampones… No, creo que no puedo seguir, que aquí, que aquí debo poner punto final a la reseña de esta novela que describe con tanta maestría la sordidez y la codicia del género humano. Por algo, digo yo, los sabios de Estocolmo, le han tocado con su varita mágica a este escritor francés tan sobrio y penetrante.

martes, mayo 19, 2015

Diario del búnker, Kevin Brooks

Trad. Joan Josep Mussarra. Destino, Barcelona, 2015. 304 pp. 15,95 €

Victoria R. Gil

«Esto es todo lo que sé. Que estoy en una vivienda de techo bajo, rectangular, toda ella de hormigón encalado. Debe de medir unos doce metros de ancho y dieciocho de largo (…) No hay ventanas. Ni puertas. Solo se puede entrar y salir en ascensor».
Así da comienzo el diario que Linus, un chico de dieciséis años, decide escribir cuando descubre que se encuentra solo y encerrado en un búnker del que no hay forma alguna de escapar. Ignora quién y por qué lo ha secuestrado, pero servirse de la libreta que encuentra, uno de los pocos objetos a su alcance, quizás sea el único modo de conservar la cordura.
Tras anotar las primeras sensaciones, describir el lugar y recordar el modo en que fue capturado, la soledad de Linus llega a su fin con la llegada de Jenny, una niña de nueve años, secuestrada al igual que él y con la que compartirá encierro hasta que las seis habitaciones dispuestas en el búnker se van llenando una tras otra con otras tantas víctimas del desconocido demiurgo que a partir de entonces decidirá quién vive y quién muere en su reducido universo.
Esta historia bien podría ser el argumento de cualquier moderna película de psicópatas o de alguno de los capítulos de Mentes criminales, esa serie de televisión que reúne el mayor catálogo de los horrores que la mente humana sea capaz de imaginar. Pero no, se trata de una novela juvenil con un tema tan duro e impactante como el cine dirigido a los adolescentes hace tiempo ya que viene ofreciendo, pero al que la literatura se resiste, quizás porque los jóvenes van solos al cine, pero muchas de sus lecturas las eligen sus padres o sus colegios.
A Kevin Brooks le costó varios años publicar Diario del búnker porque a los editores ingleses les costaba aceptar que una novela como ésta fuese adecuada para un público adolescente. Finalmente, no sólo consiguió que la obra viera la luz, sino que el año pasado obtuvo el prestigioso Carnegie Medal, premio británico de literatura juvenil, un reconocimiento que difícilmente recibiría en España, donde la narrativa para estas edades está constreñida por el corsé de los valores.
Personalmente, cuando un libro juvenil se vende con la recomendación de poseer grandes valores, siempre me echo a temblar. Los valores son como Clint Eastwood aseguraba en La lista negra que son las opiniones: «como los culos, todo el mundo tiene alguna». Y no sólo es posible que mis valores no coincidan con los del editor, sino que cuanto más dirigidas sean las intenciones de una novela juvenil, menos le apetece al joven leerla. Recuerda este libro, en cierto modo, a Nada, de Jane Teller, no sólo por su historia tan alejada de los temas clásicos del género y por haberse visto envuelto en la misma polémica sobre las lecturas inadecuadas para nuestros hijos, sino por el éxito que está obteniendo, lo que quizás debería hacernos reflexionar sobre qué asuntos les interesan realmente a los más jóvenes.
En Diario del búnker vamos a observar, al igual que lo hace el propio secuestrador a través de las cámaras que vigilan cada rincón de esa cárcel, cómo seis personas sin nada en común deben compartir un espacio cerrado y pelear por sobrevivir en él un día más. Es en las situaciones extremas cuando sale lo mejor y lo peor de la naturaleza humana, aunque en el apartado de lo peor, la historia nos demuestra que aún no hemos tocado techo. En este caso, lo mejor lo encarnan precisamente los personajes más jóvenes, quienes se muestran siempre solidarios y colaboradores, y nunca renuncian a sus intentos de fuga. Entre Linus y Jenny surge, incluso, un afecto sincero, capaz de unirlos sin importar las circunstancias que los rodean. De los adultos, tan sólo Russell, que sobrepasa los setenta años, se encuentra a su altura. El resto sucumbe a las peores debilidades, al egoísmo y la autodestrucción hasta cumplir la máxima sartriana de que «el infierno son los otros». El interior del búnker se vuelve entonces tan peligroso como el exterior desde donde el desconocido les vigila.
Es una novela dura, ya lo hemos dicho, pero tal vez lo que más nos cueste aceptar sea su falta de respuestas. Los adultos aspiramos a encajarlo todo en un puzle perfecto que ofrecerle a nuestros hijos como la fórmula exacta de la felicidad: Pórtate bien y todos te querrán. Estudia y tendrás un buen trabajo. Esfuérzate y serás recompensado. Pero cuando la fórmula no da los resultados esperados nos quedamos sin repuestas. Y si algo nos recuerda este libro es que las reglas de tres no se aplican a la vida. Y que ésta no suele molestarse en darnos explicaciones por más que nos empeñemos en pedirlas.

lunes, mayo 18, 2015

Paisajes en la memoria, Carlos Manzano

La Fragua del Trovador, Zaragoza, 2015. 226 pp. 15 €

Pedro M. Domene

El hombre no es más que historia, y existe en cuanto es capaz de recordar a través de su pasado, y consecuencia obvia de su propia memoria, tras una existencia que oscila entre un presente que se convierte en pasado, y ese incierto futuro como proyección de ese límite mismo que nos impone la vida, y aunque no trascribamos textualmente uno de los pensamientos del celebrado Pierre Chaunu, nos sirve para situar, inicialmente, la última propuesta narrativa de Carlos Manzano (Zaragoza, 1965), Paisajes en la memoria (2015), o mejor el relato de ese cruce de caminos que se nos antoja la juventud, y que solo vislumbramos cuando en la madurez sopesamos el tiempo que hemos perdido. Y algo de esto le ocurre a Ricardo, un adolescente de diecisiete años que, inesperadamente, se verá envuelto en una relación con una mujer que le dobla la edad y lo lleva al paroxismo de una intensa iniciación sexual de la que peor parte se llevará el joven que no comprende aun los mecanismos que rigen el amor, un sentimiento que, con su madurez, Sara le explica, «enamorarse no resulta lo mismo que sentir amor». La extensa primera parte, “Paisajes del Sur”, se desarrolla en Zaragoza, bastante explicita, contiene imágenes y situaciones de extremado erotismo y suponen para su protagonista masculino, despertar a una realidad insospechada y, fundamentalmente, un primer y brutal aprendizaje.
Carlos Manzano es sociólogo de profesión y bastante/ mucho se deja notar en su texto porque ha escrito una novela de perspectivas humanas y sociológicas muy ambiciosas; de un lado la visión adolescente y casi erótica del amor desde la visión de un inexperto, y de otro, la de una mujer casada y adulta cuya contemplación no pasa de una vulgar promiscuidad sin importarle mucho el trasfondo, o su vida privada; pero que, sin embargo, servirá al joven protagonista para vivir en un intenso enamoramiento sus continuas relaciones sexuales a que se ve abocado desde la iniciativa de esta extraña y asombrosa mujer que provoca la situación inicial en su propia casa, y no parece esconder nada. La perspectiva que ofrece Manzano de la adolescencia es esa etapa de conocimiento y reconocimiento, como le ocurre al joven, de aspiraciones, de secretos y, por qué no, de insospechados flechazos, adornado todo con algo de romanticismo. Ricardo pasará pronto de la atracción al enamoramiento, aunque a lo largo de sus relaciones, eminentemente sexuales, Sara le recuerda que el amor está un poco más allá y no debe confundir su atracción con el amor de toda una vida, que es como lo siente el joven. Fría y calculadora, Sara no esconde que puede tener otras relaciones, con un indeseable como Sabater, y después, con Abdul, el moro que su amigo Damián y él mismo habían socorrido en alguna ocasión anterior. Imprudente e impulsivo frente a la visión que esta mujer tiene de su vida amorosa, un joven celoso rompe esa tensión sexual que mantiene y quiebra la fidelidad que había mantenido con ella dentro de su extraña relación; es entonces cuando decide dar un asombroso paso, entrevistarse con el marido; un hecho que romperá la armonía orquestada por esa mujer madurada, la linealidad del relato y dará pie a esa segunda parte de la novela, y que Manzano titula, “Paisajes del Norte”.
Diecisiete años después, la acción se sitúa ahora en la ciudad alemana de Fráncfort, donde ya un maduro Ricardo tiene un trabajo, bien retribuido y no demasiado exigente como banquero, y finalmente ha roto con su pasado, vive en un modesto apartamento, y su vida sexual queda relegada a esporádicos encuentros con alguna compañera de trabajo; un día sorprende a dos adolescentes erasmus hablando español y parece que una de ellas le recuerda la voz de Sara, aunque no existe posibilidad alguna de una confusión, su antigua amante rondaría la cincuentena entonces. Lucía, una de ellas, se identifica y convierte en foco de atención porque el destino ha querido que esta jovencísima a quien un día conoció de niña, le justifique los años previos perdidos, y además lo ponga al día de la familia Contreras: sabrá que Sara ha muerto, y el marido vive al frente de una sus empresa, a la joven le quedan unas semanas de estancia en Alemania y tras unos esporádico encuentros que justifican la indiscutible introspección con que le narrador dota a su protagonista, acaba todo como ese proceso vivido a base de recuerdos y en los que la memoria se convierten en una episodio más de su propia historia personal, sobre todo cuando el pasado queda relegado finalmente. Y la realidad misma se convierte para él en un problema; o tal vez, son esas ideas acerca de la realidad las que le crean el problema, y solo cuando la afronta, de vuelta a Zaragoza, y dispuesto a coger un autobús a Guadalajara, entonces logrará comprender que puede empezar a vivir el momento.

viernes, mayo 15, 2015

Una última cuestión, Carmen Moreno

Cazador de Ratas, El Puerto de Santamaría, 2015. 331 pp. 15 €

Salvador Gutiérrez Solís

Prosigue la jovencísima editorial gaditana Cazador de Ratas ofreciendo nuevos y sugerentes títulos, con un denominador común: la calidad. Una última cuestión, de Carmen Moreno, es el mejor ejemplo para ilustrar la afirmación. Una autora que conocimos gracias a su vertiente poética, donde no tardó en mostrarse como una personalísima y sugestiva voz a tener muy en cuenta. También la hemos conocido en su faceta de dinamizadora y comunicadora cultural, merced a su colaboración con multitud de eventos e instituciones, en muy diferentes actividades, todas ellas llevadas a cabo con gran eficacia y pasión. Y desde hace pocos meses, Carmen Moreno nos muestra una nueva faceta: narradora.
Su debut se produjo en 2014 con Principito debe morir, una relectura futurista del clásico de Saint-Exupéry, en el que esta autora gaditana demuestra no temer los riesgos y, sobre todo, no estar encasillada en un género en concreto, como tampoco en las técnicas y lenguajes a emplear. Y así, en Una última cuestión, el título que nos ocupa, se adentra en la novela negra. Pero, tal y como exhibió en su primera obra narrativa, Carmen Moreno asume riesgos y se aleja de la “novela negra al uso”, esa a la que nos estamos acostumbrando con tanta frecuencia, en los últimos tiempos, desgraciadamente, donde se repiten tramas y personajes. En Una última cuestión, Carmen Moreno se abraza al género, demuestra en cada línea que no le es un lugar extraño, no transita de puntillas, temerosa de caer en cualquiera de sus trampas, todo lo contrario. Cumple con lo que podríamos definir como ‘decálogo’ del género, es respetuosa, pero esto no impide que aborde un sinfín de temas, como son la actualidad de nuestros días, las nefastas consecuencias de esta interminable crisis, la obsesión por la fama y el dinero fáciles y, sobre todo, la desigualdad de género.
Carmen Moreno visibiliza esas mujeres coraje, que no se amedrentan ante las adversidades, y que suelen ser invisibles en nuestras vidas y, por tanto, también en la Literatura. Verónica Lago, la indiscutible protagonista de la novela, y que tanto nos recuerda a una célebre actriz de los años dorados, representa en gran medida a ese prototipo de mujer invisible que Carmen Moreno coloca sin pudor bajo los focos. Igualmente, Una última cuestión rezuma cotidianidad. Y es que lejos de esa novela negra que nos muestra secuencias y personajes que escapan del decorado de nuestros días, Moreno no duda en incorporarnos a su trama, consiguiendo que desde el principio, sin artificios, de manera natural, nos sintamos identificados con lo que leemos.
En Una última cuestión hay multitud de referencias cinematográficas, esencialmente, musicales y literarias, que la autora emplea, más allá del homenaje, como comodines sobre los que asentar la trama. Un ejemplo muy concreto es el de la protagonista, Verónica Lago. Y también hay grandes dosis de humor, que nace de esas escenas que nos son tan familiares, que tan bien nos definen, y que son habituales en nuestras vidas. Humor, en muchos casos, que también funciona como denuncia, ya que nos muestra ese lado grotesco que cada uno de nosotros poseemos y que descubriremos si le dedicamos unos minutos a contemplarnos en nuestro espejo interior.
El que Una última cuestión se trate de una historia coral no se traduce en la indefinición de los personajes. Definidos perfectamente, todos juegan un papel esencial en el conjunto de la historia, como precisas teselas en el mosaico humano que Carmen Moreno consigue componer. En definitiva, una novela repleta de matices, sustentada sobre una trama muy sólida e inteligente, que consigue captar nuestra complicidad desde el primer instante y que nos muestra que la novela negra puede transitar, sin resentirse, por espacios muy diferentes a los que nos tienen acostumbrados.

jueves, mayo 14, 2015

Invasión, David Monteagudo

Candaya, Canet de Mar, 2015. 192 pp. 16 €

Pedro Pujante

A estas alturas resulta innecesario presentar a David Monteagudo (Lugo, 1962), un autor que cosechó gran éxito con aquella novela de corte postapocalíptico titulada Fin, que llegó a ver su versión cinematográfica. Es autor de otras novelas –Brañaganda o Marcos Montes-. Invasión es su último trabajo.
El argumento de este relato es en apariencia sencillo. A García, un hombre anodino cuya vida sentimental hace aguas desde hace ya algún tiempo, comienza a sucederle algo de lo más extraño. De pronto empieza a ver por las calles, a gigantes paseando, como aquel hidalgo con los molinos. ¿Está García loco? ¿Existen gigantes y tan solo él los percibe? Las visiones se van haciendo más y más insistentes y frecuentes. A estas ¿alucinaciones? se suma una cantidad de extrañas obras, obras en los edificios, obras de remodelación urbanística que no parecen responder a ninguna lógica que están transformando la fisionomía de su ciudad.
Acude al psiquiatra, toma la debida medicación, habla con comprensivos amigos y escapa unos días de baja laboral a casa de un familiar. Pero las visiones de gigantes no se diluyen, sino que aumentan. Incluso, su pareja y algunos amigos íntimos aparecen ante sus estupefactos ojos como seres demencialmente enormes… ¿Qué está sucediendo? ¿Está la realidad sufriendo un cambio inesperado, seres de otra dimensión, fisuras con otro mundo, paranoia, invasión…?
Estas preguntas y todas las que el lector se pueda hacer al respecto flotan en el aire, y son la verdadera historia no escrita, el sustento de este enigma literario que Monteagudo nos propone. Un interrogante alargado magistralmente durante casi doscientas páginas (quizá alargado hasta el infinito) es Invasión. Todorov valoraba la narración fantástica por la vacilación de los protagonistas compartida con el lector. Sin duda, la duda, la incógnita son los puntos fuertes de este relato en el que en ningún momento sabremos a ciencia cierta qué es lo que está sucediendo, qué va a suceder.
Monteagudo demuestra en esta novela un gran dominio del lenguaje. Mantiene el tipo y hace que el lector esté intrigado durante toda la lectura. Asistimos al conflicto psicológico del protagonista, a los recovecos de sus pesquisas mentales y nos aferramos al libro con la esperanza de atisbar una respuesta, una pista que nos indique por qué camino nos conducirá el narrador. Pero este es implacable. Nos esconde sus secretos y nos obliga a leer, a leer, a leer. ¿Qué más se le puede pedir a un libro?
Como decía, de escritura bien calibrada, con un argumento original y planteado al modo clásico (narrador en tercera persona que entra en la mente del protagonista), somos testigos del examen minucioso de una perplejidad, la de García. Los límites que separan la locura de la cordura, la realidad de la alucinación se difuminan; la frontera que se halla entre lo fantástico y la simple quimera es volatizada a cada momento en esta novela. Una novela que avanza a un ritmo constante. Monteagudo dosifica sabiamente la información, escamoteando los detalles que considera necesarios, haciendo que la presión vivida por García se contagie y que la angustia que impera en Invasión sea el ingrediente secreto que la convierte en un thriller narrativo de gran tensión y mucha calidad.