lunes, mayo 02, 2016

Sacrificio, Alberto R. Torices


Gadir, Madrid, 2015. 162 pp. 15,50 €

Ignacio Sanz

Esta novela, premiada por la Fundación Monteleón, es el cuarto libro del autor, tras otra novela corta y dos libros de relatos. Pero el autor, que ha superado los cuarenta, y a quién conocí personalmente en la presentación de la novela, llevaba siete años de silencio editorial. Confesó que estuvo tentado a tirar la toalla, es decir, a dejar la literatura, una actividad tóxica como el tabaco, una actividad que le hacía daño, tanto a él como a los que tenía a su alrededor. Pudo superar la adicción al tabaco, pero con la literatura no lo consiguió. El premio ha resultado un estímulo. Porque el problema en tantos escritores en nuestros días es que cavan pozos, con lo pesado que resulta cavar pozos, para que luego el terreno devenga estéril, es decir, para no sacar ni una gota de agua. Y, pese a todo, insisten porque acaso no sepan hacer otra cosa. Ese veneno del que no pueden desquitarse. Contra viento y marea. Así es la literatura. Pienso en Faulkner escribiendo contra una carretilla volteada mientras cumplía su horario laboral como vigilante nocturno de una fábrica. O en Bolaño, también vigilante nocturno en un camping catalán. O en los rusos condenados en los campos de Siberia. Por eso resulta reconfortante que, al final, Alberto Torices haya obtenido su pequeña recompensa, el estímulo de un premio que le ha permitido, antes que nada, recobrar la fe en sí mismo, saber que, pese a tantas horas de soledad y concentración, el esfuerzo ha sido recompensado.
Sacrificio es una novela de aprendizaje. El chico protagonista se va a enfrentar por primera vez a una experiencia gozosa y traumática. Y digo el chico porque el lector no dispone de nombre. Durante las vacaciones en una urbanización al lado de una playa, el chico conoce a Diana, una chica un año mayor que él, pero infinitamente más experimentada. Diana le va a mostrar los caminos tortuosos del amor. Y los gozosos. Entre los dos se va tejiendo una relación que, en el caso del chico, va a resultar deslumbrante.
El conflicto, larvado durante buena parte de la novela, aparece en todo su esplendor cuando Julio, el hermano mayor, se incorpora a la casa de vacaciones. Ahí comienza a romperse ese mundo idílico que el chico, por primera vez en su vida, sin sospecharlo, había descubierto. Julio le saca tres años a su hermano y, además, resulta arrollador, desenvuelto, seductor, descarado. Con su llegada se rompe la armonía y el embrujo que se había creado entre los dos adolescentes. Con Julio llega el dolor y el desgarro. Porque Diana se deja seducir por él. El lector asiste entonces al rompimiento de un chaval vulnerable, tembloroso, inseguro, carente de herramientas para enfrentarse a las mareas del corazón. La novela está contada con pulso y delectación, recreándose en los detalles, en las evoluciones, en las minucias sicológicas, como si el autor estuviera dotado de una sensibilidad especial para mostrarnos en carne viva la fragilidad de los adolescentes.
Los lectores hemos de alegrarnos del que el último premio Monteleón de novela haya recaído sobre Alberto Torices, un escritor que a punto estuvo de tirar la toalla. Ahora solo esperamos que los manuscritos que fue acumulando durante los años de sequía editorial vayan viendo la luz para goce de los lectores que, gracias a esta novela, hemos descubierto a un escritor sutil y riguroso.

viernes, abril 29, 2016

Conversaciones con Arthur Schopenhauer, introducción, selección, notas y traducción de Luis Fernando Moreno Claros


Acantilado, Barcelona, 2016. 364 pp. 20 €

Luis Manuel Ruiz

Las entrevistas, las memorias ajenas, los libros de chismes nos permiten asomarnos a la mitad menos iluminada de los hombres de pro: al lado oculto del escenario, sus bambalinas, eso que sucede en sus cabezas cuando no se hallan concentrados en la labor crucial de legar al mundo una obra de proporciones marmóreas. En estos libritos, despeinados, inescrupulosos, muchas veces sin pretensiones y por ello mucho más certeros, los genios se nos muestran en batín y zapatillas, tienen mal aliento y días tontos, y acuñan sin querer aforismos que sólo pálidamente alcanzan sus obras más señeras. Al escribir esto pienso mayormente en las Conversaciones con Goethe, de Eckermann, que supera con mucho cualquiera de los mamotretos canónicos del vate de Francfort, en la Vida del doctor Johnson, en las Conversaciones con Kafka, de Gustav Janouch, o en esas biografías, o casi, de santos, filósofos, escritores que los periodistas nos han ido legando en el siglo previo y anteriores, más interesadas en el propio hombre que en las ideas que le hicieron de satélite, y consecuentemente mucho mejor dotadas de solidez y relieve.
Algo similar sucede con estas Conversaciones con Arthur Schopenhauer, que Luis Fernando Moreno Claros, quizá el mayor erudito sobre el famoso pesimista con que el panorama de nuestro país cuenta hoy en día, ha ido agavillando de aquí y de allá, entresacando diálogos y anécdotas de epistolarios, libros de recuerdos y de viajes, notas periodísticas, semblanzas y monografías que acaso no tenían nada que ver con el pensador, pero que en algún momento, por algún motivo específico, recalaban en algún detalle de su trabajo o de su existencia. Como muy bien explicita Moreno Claros en su introducción (un muy recomendable ensayo de ochenta páginas que será de utilidad al profano para iniciarse en el pensamiento del autor), no existía hasta la fecha un volumen de las presentes características en nuestra lengua, aunque el italiano, el francés y, por supuesto, el alemán, lo conocían desde hace décadas. La solución de dicha carencia viene a ofrecernos un aspecto de Schopenhauer que rara vez queda retratado en sus propios escritos o los estudios críticos que los tienen por objeto: nos presenta al hombre puntual, el de carne y hueso, con sus manías y ocurrencias, repugnante y entrañable, del lado de acá de la inmortalidad.
En cierto epígrafe de El mundo como voluntad y representación, se sienta que el destino del hombre es indistinto de su carácter: que corresponde a éste, con su fisonomía, sus aspiraciones, sus tropiezos, su brillantez y su ceguera, el deber de modelar a su imagen y semejanza el futuro que le corresponde. Resulta difícil pensar que cuando escribía estas líneas Schopenhauer no se estuviera refiriendo a sí mismo: su entera existencia y la obra que la glosa no fueron más que el desarrollo natural de una tendencia innata a la misantropía, a la desconfianza, de una visión del universo que equiparaba la vida a una catástrofe y que confiaba en el sueño indiferenciado del nirvana (léase, la muerte, sea del cuerpo o del deseo) como el mayor bien a que podemos aspirar. Dotado de un físico peculiar (pequeño, casi jorobado, de incandescentes ojos azules, “un guapo mandril”, según las palabras del contable de su difunto padre) y de un temperamento difícil de maridar (acabó enemistado por el resto de sus días con su única familia, hermana y madre, a la que no volvió a dirigir la palabra después de un portazo en casa de ella, y conocidos eran en todo Francfort los exabruptos que dedicaba a los forasteros que le robaban su sitio predilecto en el restaurante), Schopenhauer paseó su amargura por la tierra durante setenta y dos largos años, sólo al final de los cuales, según recoge esta antología de testimonios, se concedió los alivios veniales de la amistad y el debate con sus semejantes.
Tras la publicación en 1850 de Parerga y paralipomena, un grueso volumen de ensayos sobre temas diversos que los editores rehuyeron con obstinación, el filósofo vio con menos placer que pasmo que la fama llamaba a su puerta. De un día para otro, se había convertido en una curiosidad zoológica: lectores de sus disquisiciones sobre el amor, las mujeres y la muerte o simples aficionados al mundo del circo peregrinaban hasta su despacho para oírle pontificar sobre este tema y otro, siempre correctamente depositado en su canapé, sin posibilidad de réplica por la parte contraria. El huraño, el anacoreta, el fustigador de la humanidad se había vuelto humano al cabo: para descubrir que había un enorme placer en denunciar el dolor de la existencia desde la salita de casa y que era maravilloso vivir para quejarse de la vida ante un auditorio de apóstoles devotos, con todo el aparato retórico que exige el buen tono.
Por paradójico que resulte, el Schopenhauer que traslucen estos episodios se nos aparece más nítido y real que el otro, el de los tratados en primera persona. Él era consciente de que uno nunca llega a revelarse del todo a los demás, por mucha sinceridad que gaste. A la pregunta directa de su primer biógrafo, Wilhelm von Gwinner, sobre si prohibiría la autopsia de su cadáver, contestó tras una vacilación: «¡Sí! ¡No lo supieron antes, pues que tampoco lo sepan después!» Esta última muestra de pudor, que casi desmiente todas las páginas precedentes, se encuentra en la 355.

miércoles, abril 27, 2016

Un futuro sin nubes, Vehlmann, Meyer y Gazzotti


Trad. Fabián Rodríguez Piastri.
 Dibbuks, Madrid, 2016. 72 pp. 16 €

Jaime Valero

Fabien Vehlmann (Mont-de-Marsan, 1972) es uno de los guionistas más interesantes del cómic franco-belga actual. Se dio a conocer con una estupenda serie de historietas de crímenes victorianos agrupadas bajo el nombre de Green Manor, aunque el género que más (y mejor) ha cultivado durante su carrera ha sido el de la ciencia-ficción. Desconocido en nuestro país hasta fechas relativamente recientes, a día de hoy podemos encontrar en las librerías muchas de sus obras, todas ellas muy recomendables. El álbum que hoy nos ocupa recoge una serie de historietas cortas de ciencia-ficción distópica, donde la crítica social se combina con el sentido del humor, con un regustillo clásico que nos remite a grandes escritores del género como Philip K. Dick, Isaac Asimov y Ray Bradbury. Relatos gráficos en los que conoceremos, por ejemplo, el peculiar método que utilizan en una prisión para impedir que los reclusos se fuguen, o la soledad del hombre que se encuentra al cargo de un faro espacial. Seis historias que unas veces nos arrancarán una sonrisa, otras un estremecimiento al pensar en lo que podría depararnos el futuro, y que siempre nos harán reflexionar.
Para hilar estos relatos, Vehlmann se saca de la manga una premisa muy original que nos traslada a un futuro en el que el mundo está regido por una gigantesca corporación llamada Technolab. Su director, F. G. Wilson, comenzó a diseñar prótesis biomecánicas y órganos sintéticos que mejoraban la salud, la fortaleza y las habilidades del ser humano. De hecho, en el momento de iniciar la historia, Wilson tiene 115 años, pero apenas aparenta ser un veinteañero. Este empresario le hizo una oferta a la humanidad: la inmortalidad a cambio de la libertad, y la gente accedió. Desde entonces, se implanta un chip en el cerebro a todos los recién nacidos, el cual incluye un singular efecto secundario que impide realizar cualquier tipo de agresión contra Wilson. Es imposible rebelarse, pero el otro protagonista de este álbum, un hombre ya maduro llamado Nolan Ska,ha ideado un método que quizá pueda funcionar. Diseña una máquina para viajar atrás en el tiempo y conocer a Wilson cuando aún era un muchacho, antes de que comenzara su carrera en Technolab. Por aquel entonces, su sueño era convertirse en escritor. Desgraciadamente, sus dotes literarias son lamentables, así que Nolan tendrá que ayudarle a escribir los relatos que encumbrarán a Wilson en el ámbito de la ciencia-ficción. Y para ello, Nolan echará mano de sus propios recuerdos.
Los encargados de plasmar en imágenes el magnífico guión son Ralph Meyer y Bruno Gazzotti, dos autores con los que Vehlmann ha trabajado en otras ocasiones. Con el primero de ellos creó IAN, una serie donde el guionista abordaba la cuestión de la inteligencia artificial; y con Gazzotti trabaja en la serie Solos, todavía en curso, que nos cuenta la historia de unos niños que deben sobrevivir por su cuenta después de que todos los adultos del mundo hayan desaparecido de forma misteriosa y repentina. Dos series muy recomendables que han sido traducidas al castellano y editadas por Spaceman Books y Dibbuks, respectivamente. Aunque ambos dibujantes se repartan las labores al dibujo, el estilo que predomina es el de Gazzotti, más caricaturesco y heredero de autores como Franquin, Janry o Maurice Tillieux. Un futuro sin nubes es una estupenda carta de presentación para descubrir el trabajo de estos tres creadores, y salvo por su abrupto final, es un cómic redondo en todos los aspectos. Una vez leído, si el lector se queda con ganas de más (que es lo más probable), las citadas IAN y Solos serían la continuación ideal. Después estará el camino allanado para abordar dos obras en las que Vehlmann rompe con su registro habitual, aunque conservando su personalidad como guionista: Preciosa oscuridad (Spaceman Books) y Los últimos días de un inmortal (Ninth Ediciones).

lunes, abril 25, 2016

Sobre el arte contemporáneo / En La Habana, César Aira


Literatura Random House, Barcelona, 2016. 112 pp. 9,90 €

Pedro Pujante

1
Con el carisma y la agudeza que le caracterizan, el escritor argentino César Aira se explaya en este breve ensayo –el primero de los dos que componen el libro- y nos revela algunas de sus opiniones acerca del mundo del Arte Contemporáneo. A veces controvertidas, a veces inteligentes, pero siempre estimulantes, las ideas que disemina en este monólogo nos hablan del arte desde la mirada sutil de un escritor. Un escritor que aspira a un proyecto de escritura en el que el arte esté presente, como forma de innovación o casi, como una estética performativa. De hecho, las concomitancias que se establecen entre el arte y la literatura son más que evidentes en su obra, y aquí, muchas de las páginas están dedicadas a relacionar el arte contemporáneo y la literatura, esa especie de ‘reproducción ampliada’.
El Arte Contemporáneo, según Aira, es incapaz de enfrentarse a su propio devenir histórico. Su propia denominación –Contemporáneo: ‘un nombre perfectamente absurdo’- lo hace atemporal, lo encierra en un bucle de anacronismo perpetuo, un ciclo antihistórico, perdiendo así el contacto y la confrontación con sus sucesores.
Son curiosas sus opiniones respecto a las revistas de arte, literatura que se demuestra frustrante por su incapacidad de reproducir con total fiabilidad la obra de arte en sí, los conceptos ‘reales’.
La figura de su admirado Duchamp, quien inventara el arte contemporáneo, está presente. También el concepto de reproducción que «la obra de arte siempre lleva implícita.» Una idea que alcanza su máxima expresión con artistas como Warhol, quien a través de su Factoría y su producción en serie de obras, acabó por derrumbar el concepto de obra original y única.
Aira nos explica que el arte «se vuelve un juego ligeramente fantasmal con el tiempo.» Porque es un testimonio de sí mismo, de su pasado y también de su porvenir, anunciando lo que llegará a ser. Hay algo etéreo en el Arte Contemporáneo que lo hace fascinante, como ocurre con la literatura, cuya materia, explica Aira, está hecha más bien de ausencias.
Como ejemplos que sirven para contratacar al acérrimo ‘Enemigo del Arte’ -una de las piezas críticas y que al mismo tiempo funcionan como engranajes del sistema mismo contra el que lucha- Aira nos habla de Magritte, quien para una exposición en París, realizó unos cuadros sin muchas pretensiones, aplicando la técnica del ‘todo vale’, y que contrariamente a lo que su autor pensó, llegarían a ser considerados como verdaderas obras maestras, exponentes de la libertad total, a la que todo artista debería de aspirar.

2
La segunda parte del volumen está dedicada a un paseo por la capital cubana. En la Habana es una suerte de autoficción al más puro estilo airano, en la que el escritor cuenta un viaje por los museos de la ciudad, o más bien, lo que pensó e imaginó cuando estuvo allí. Con su visión fugaz de las cosas, ese arte que domina su mirada y la convierte en un microscopio de lo inusual, retener aquellos detalles y sutilezas que pasan desapercibidos al resto de los mortales: miniaturas, pequeños objetos, un pavo real, una tela con las instrucciones para usar un arma.
La Casa Museo José Lezama Lima es el lugar al que Aira dedica más tiempo de su paseo, sin prestar demasiada atención a los obvios puntos de interés de todo turista. Pero Aira, turista accidental y descolocado, como él mismo asegura, es muy despistado, y la atención se le dispara y se convierte en una máquina de fabricar fantasías. Contará una historia sobre un prófugo que inventa su periplo, sobre la marcha, mediante los grabados que va viendo en unos platos en los que está comiendo.
Hablará también de Raymond Roussel, de su escritura no psicológica, que como la suya propia, se basta de los acontecimientos externos para construir una prosa sin concatenaciones de causa y efecto y harto predecible.
Aira, incluso en estas piezas menores, sobresale como un escritor de vertiginosa agudeza- en el primer ensayo-, y de una desbordante imaginación- en el segundo texto- consiguiendo que transitemos por espacios y objetos rutinarios con los ojos encendidos «con la maravillosa condición del asombro más azaroso.»

viernes, abril 22, 2016

Viaje a la costa, Kazumi Yumoto


Trad. Rumi Sato y José Pazó Espinosa. 
Nocturna, Madrid, 2016. 217 pp. 14,90 €

Santiago Pajares

Cuando hay autores que nos vienen de tan lejos como Japón, también pueden definirse un poco por las editoriales que les publican, especialmente cuando esas editoriales no son parte de grandes grupos. Las dos novelas de Kazumi Yumoto nos han llegado de la mano de Nocturna Ediciones, en su colección Noches Blancas. Y es que Viaje a la costa tiene muchas noches blancas.
Tras deslumbrar a los lectores españoles con Los amigos, una hermosa historia sobre la vida y el proceso de hacerse mayor, ahora Kazumi Yumoto nos da una vuelta de tuerca y nos deja una novela sobre la muerte. En la portada del libro podemos leer: «Una noche, Muzuki se encuentra en casa con su marido. El mismo que murió hace tres años». Lo que en manos de otro autor se podría haber convertido en una novela de terror, en manos de la autora japonesa se convierte en una extraña y delicada aventura. Porque ese no es el resumen del libro, sino de la primera página del mismo, dejando en manos del lector el descubrimiento de todo lo que habrá de venir.
Yusuke, el marido de Mizuki lleva desaparecido tres años, lo suficiente para que todos le hayan dado por muerto, pero una desaparición conlleva siempre una ínfima esperanza de retorno, de poder volver a ver al ser querido. ¿Pero y si vuelve y te asegura que está muerto? ¿Qué se suicidó y su cuerpo fue devorado en el fondo del mar por los cangrejos? ¿Cómo enfrentarse a algo así? Yusuke está muerto, sí, pero su estado le permite interactuar no sólo con su mujer, sino con el resto de seres vivos que se va encontrando. Él y su mujer emprenden un viaje por los pueblos de la costa en el que deberán aprender a relacionarse de nuevo tras tres años de ausencia, tres años en los que ambos han cambiado el uno sin el otro, emprendiendo nuevos caminos. Pronto nos daremos cuenta que la muerte de Yusuke es un estado intermedio entre el estar y no estar, una especie de poder probarlo todo pero no disfrutar de nada. Tanto puede interactuar en el mundo de los vivos que se ejerce en restaurantes haciendo empanadillas o dándole clase a alumnos sobre ciencia. Mientras, Mizuki deberá reevaluar todos los sentimientos que ha tenido en su ausencia, adaptándose a esta nueva personalidad que le hace suavizar sus propias aristas. En el camino por los pueblos encontrarán a más muertos en el mismo estado de Yusuke, personas que por no haber sabido vivir su vida tampoco pueden entregarse con completa libertad a la muerte, quedando así, anclados a las personas con las que compartieron los días. Pero nada es eterno, ni en la vida ni en la muerte. Por mucho que sepas que un camino tiene que acabar, abandonar algo en lo que has invertido mucho tiempo y esfuerzo se convierte en una transición que te también te cambia.
Kazumi Yumoto nos propone un juego totalmente distinto de Los amigos, pero que juega extrañamente con las mismas reglas y un diferente tablero. Porque los personajes profundos, la atención a los detalles y el camino a recorrer son el mismo. Un juego que tras cerrar el libro ha limado nuestras propias aristas y nos ha hecho sentir un poco más vivos, dándonos cuenta que en ese equipaje también había un lugar para nosotros.

miércoles, abril 20, 2016

Praga, 1942. La verdadera historia, Florentino García Martín


Ed. Ende, La Coruña, 2015. 398 pp. 18 €

Ángeles Prieto Barba

La historia como “magister vita” es herramienta común de filósofos, sociólogos, políticos y escritores para poder explicar nuestro presente y alertar sobre consecuencias futuras. Echar la vista atrás resulta necesario, ya que no sirve solo para evitar equivocaciones similares, también nos obliga a reflexionar seriamente en cada viaje al pasado, periplo que resulta siempre de ida y vuelta. Cuando enjuiciamos cualquier tiempo pasado con los conocimientos y prejuicios del presente, despertamos asimismo el inevitable sentido crítico ante lo que se da por hecho: ¿Fue la Historia tal y como nos la cuentan? La pregunta es espinosa y la respuesta, no menos compleja, asunto sustancial que se aborda en esta novela concreta. Ya que el interesante viaje propuesto en Praga, 1942, ciudad ya conocida, abierta al turismo masivo, y ante unos hechos acaecidos en un tiempo no lejano, no nos resultará ni exótico, ni ajeno, y sin dudarlo abre la puerta a que nos planteemos seriamente si lo que ocurrió fue como se nos ha transmitido.
La novela aborda con atino y rigor los hechos, al objeto de hacernos revivir, sin escatimar detalle, un episodio clave en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial: la llamada Operación Antropoide. Esta consistió en llevar a cabo un atentado necesariamente mortal contra el teniente general Reinhard Heydrich, uno de los más destacados jerarcas nazis. Una historia muy emocionante que a punto estuvo de fracasar y que ha sido documentada con suficiencia en películas, reportajes, libros y artículos. El interés por este episodio dramático proviene tanto de la fascinación por la figura, en buena parte desconocida, del “Carnicero de Praga” (bajo su ley Marcial se ejecutaron a más de 500 checos), como por la violencia represora extrema desatada tras su muerte con el tristemente famoso pueblo de Lídice arrasado por completo. Un episodio ineludible, básico para visibilizar la resistencia ante el nazismo, que deja muy poco resquicio para poder narrarlo a la manera de Alejandro Dumas, tomando como base el hecho histórico conocido y rellenando todo lo que no se sepa con ficción. Y que tiene como precedente a la galardonada HHhH de Laurent Binet, otra gran novela que prescinde de los tradicionales cánones narrativos, porque hechos de esta envergadura superan también nuestros propios límites de comprensión y aceptación.
Aquí nos vamos a encontrar con la Operación Antropoide bajo el prisma de una narración vivaz y meditada, así como bien elaborada, bastante lejos de todos esos clichés comerciales que han acabado por devaluar, tras tantas simplificaciones, los valores literarios. Esta novela no carece de ellos, así como tampoco prescinde de traspasar barreras psicológicas de tiempo y espacio de la mano de un personaje conductor, Tomás Jelinek, con el que nos vamos a sentir identificados y hermanados en el abordaje comprensivo de lo que sabemos, y lo que no sabemos: Todas las historias paralelas y los distintos intereses en juego.
Praga, 1942 tanto como una novela, es un viaje. Un viaje geográfico apasionante, no exento de placer, por la hermosa Praga. Un viaje temporal, comprensivo y compasivo, hacia unos hechos terribles que condicionan nuestra existencia actual, tal fue su trascendencia. Y sobre todo, un viaje ético al interior de nosotros mismos en la pregunta ineludible de qué hubiéramos hecho nosotros de vernos en dichas circunstancias, y sentirnos bajo la piel de sus protagonistas. Por ello, un viaje tan necesario que solo cabe emprenderlo leyendo esta original novela.

lunes, abril 18, 2016

Playa Omaha, Gonzalo Calcedo


Salto de Página, Madrid, 2015. 173 pp. 15,90 €

Ignacio Sanz

Gonzalo Calcedo es uno de los grandes cuentistas de nuestro país. Hijo putativo de John Cheever, sus cuentos planean con la sobria elegancia de su estilo en el panorama literario. A veces adjetiva con audacia como si, además de hijo putativo de Cheever, fuera sobrino nieto del Borges más desconcertante. Estos cuentos funcionan como un mecanismo de relojería con sorpresa final.
La playa de Omaha no es una colección de cuentos; se trata de una novela, acaso su primera novela, aunque no lo pueda asegurar de manera estricta. Y lo digo porque en una ocasión el propio Calcedo me aclaró que por imperativos editoriales se había visto obligado a transformar un libro de cuentos en novela porque aquellos editores pensaban que la novela vendería más. No es el caso. Estamos de principio a fin ante una novela. El paisaje en el que se desarrolla es la Normandía del célebre desembarco que desencadenó el fin de la II Guerra Mundial. El paisaje resulta fundamental, casi tanto como si se tratara de un personaje. Los hechos que se describen están condicionados por la sombra de la guerra y los personajes, en mayor o menor medida, viven marcados por aquel episodio luctuoso cuya influencia flota todavía en el ambiente. Rebuscadores de cachivaches, coleccionistas de balas, playas que guardan memoria viva de las atrocidades. De ahí que los personajes tengan algo de marginales obsesivos y estrafalarios.
En ese contexto llega una madre inglesa con su hija adolescente para hacer un homenaje a su progenitor que perdió la vida en aquella batalla. La hija adolescente, envuelta en esa atmósfera inquietante, se esconde o se escapa. No lo sabemos con exactitud; la madre denuncia su desaparición. Un policía pone en marcha un plan para buscarla. Y ahí comienza la intriga, con la aparición de una galería de personajes extravagantes. El más hinóptico por su fragilidad, acaso sea un niño que se tropezó con la niña inglesa en una de sus excursiones. El lector avanza página a página haciendo sus cábalas sobre el culpable. ¿Será el estrambótico Dudú? ¿Será el codicioso dueño de los apartamentos? ¿Será el viejo capitán americano envuelto en los eternos vapores de la borrachera? ¿Quién será?
Qué más da. El lector se ve arrastrado no sólo por la intriga, también por la prosa aérea y elegante que le invita a seguir los pasos erráticos del policía que mete las narices en un ambiente denso, cargado de tensiones, hipocresías, miserias, mientras otro policía se enrolla con la madre de la díscola niña inglesa que ya, al final, pregunta desconcertado si trajo verdaderamente a la niña con ella. Y es que a los dipsómanos les falla con frecuencia la memoria. Por otro lado la madre tampoco ofrece excesivas muestras de preocupación. Se trata de seguir adelante sea como sea, se trata de que no falte alcohol en la sórdida fiesta. La intriga avanza empujada por el estilo aéreo y cada capítulo abre nuevos interrogantes que nos invitan a seguir. Y así hasta que el lector descubre con sorpresa… pero no, eso no se cuenta. Lo que corresponde reseñar en todo caso es la sensación que deja esta novela inquietante que recibió el Premio Diario de Jaén 2015. Una compensación de 4.000 euros. Enhorabuena. Aunque resulte descorazonador que, como me temo, el novelista se haya visto empujado a presentarse al premio para ver publicada una obra de tan excelsa factura. Pero esa es otra película. Tiempos adversos no sólo para la lírica, también para los grandes narradores.