viernes, diciembre 18, 2009

La casa roja, Juan Carlos Mestre

Premio Nacional de Poesía 2009. Calambur, Madrid, 2008. 164 pp. 15 €

Ignacio Sanz

Quien haya
escuchado en alguna ocasión las recitaciones de Juan Carlos Mestre, habrá advertido un ligero estremecimiento recorriendo su espina dorsal. Su voz brota de un manantial profundo, como si saliera al aire empujado por un torrente misterioso que nos trastoca y nos emociona.
Así, no resulta extraño que el cantautor
Amancio Prada, que ha musicado a tantos excelsos poetas de nuestra tradición lírica, le haya convertido en invitado habitual de sus recitales como un contrapunto a las canciones.
Con todas estas idas y venidas por los escenarios, rodeado de músicos, el propio
Mestre ha incorporado a sus lecturas un acordeón quejumbroso, desfallecido por los años, al que llama «la caja triste de hacer música», con el que se ayuda a marcar ritmos a su voz subyugante.
Pero antes que juglar excelso, antes incluso que grabador refinado, Juan Carlos Mestre es un poeta integral. Es más, tal como él mismo dijo en una ocasión refiriéndose a García Lorca, cabría decir que Juan Carlos Mestre es La Poesía. Una poesía atildada, vestida de blanco, con los calcetines purpúreos de los cardenales romanos.
Nacido en Villafranca del Bierzo, en 1957, su obra, marcada por persistentes ráfagas de surrealismo cabalga a lomos de un caballo de ajedrez cuyos saltos arriesgados crean imágenes deslumbrantes. Posee una habilidad especial para casar árboles y lunas, hogazas y barcos de papel. Como si su voz surgiera desde una azotea abrasada por un sol lujurioso y libérrimo. De modo que, el lector, atrapado el las cabriolas relampagueantes de su verbo, no puede sino caer rendido por el fulgor desquiciante de tanta belleza.
Sus amigos
Rafael Pérez Estrada o Vicente Núñez, además de los clásicos se señalan el camino. Rimbaud, Gamoneda, Claudio Rodríguez, Cortázar, Lezama, Huidobro, Ory, Ullán... son algunas de las muchas referencias que salpican estos poemas. Con todo, la variedad de registros es muy dispar. Este lector, más inclinado hacia la poesía narrativa, prefiere aquellos poemas más breves que podrían leerse como relatos cortos. Son bastantes. En algunos se advierten huellas biográficas y el compromiso radical y explícito con los valores éticos y solidarios que vienen caracterizando su obra: «Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria a la que adulan con la semilla de sus ojos.»
Algunos poemas despiertan la sonrisa cómplice. En ellos se advierte un giro hacía la ironía, como si
Mestre hubiera hecho suya la lección que, como una divisa en la torre, campea en la obra de otro de sus maestros y amigos: Antonio Pereira. Este escritor y paisano suyo, recientemente desaparecido, le admiraba tanto que le decía: «soy tan sólo el Bautista que he venido a anunciarte.»
Definitivamente, J.C. Mestre camina sobre las aguas de la imaginación. Creo que La casa roja es su fruto más maduro y depurado. No se corre ningún riesgo al escribir esta reseña porque el libro ha sido sancionado con el Premio Nacional de Poesía 2009. Es decir, campa por los escaparates confortado por las más altas bendiciones. Los que no puedan oírle de viva voz, leyendo estos versos acaso puedan sentir también más de un latigazo recorriendo su espina dorsal.

jueves, diciembre 17, 2009

En las montañas de Holanda, Cees Nooteboom

Trad. Felip Lorda i Alaiz. Siruela, Madrid, 2009. 160 pp. 16.90 €

Martí Sales

“¿Qué es un cuento de hadas?” Esa sería la primera pregunta, y: “¿Cómo lo cuento yo, Cees Nooteboom, escritor reputado y con voz propia, sin salirme del cuento pero sin dejar de ser yo –mi escritura y yo, más bien?”, su extensión. Las respuestas son este libro, En las montañas de Holanda, cuyo título paradójico ya da una idea de qué nos encontraremos en sus páginas –paradójico, evidentemente, porque en Holanda no hay montañas. Alfonso Tiburón de Mendoza, trasunto del propio Nooteboom, inspector de carreteras, se encierra en un colegio vacío por vacaciones en un rincón perdido de Aragón para escribir una historia –un cuento de hadas, para ser precisos. El cuento pasa en un lugar inventado –estas montañas– donde una pareja de bellísimos actores de circo, Kai y Lucía ven como se precipita su destino y se les escapa de las manos. Una mala malísima, la Reina de Hielo, secuestra a Kai para convertirlo en su concubino pero Lucía, con el sacrificio y la ayuda de Anna la payasa, lo acaba liberando. La historia es sencilla, como en cualquier cuento de hadas, y en este caso, lo que importa son las reflexiones y la imbricación del narrador en la trama de ficción. Nooteboom es un gran escritor y se nota en el dominio del fraseo, en los pequeños golpes de efecto, en la perfecta relación entre digresión y historia; es un gustazo leer las dudas literarias que tiene el narrador a medida que va contando el relato, no son gratuitas, son acertadas y la nuez del libro. Esa yuxtaposición de realidad y ficción que las enriquece a ambas –por un lado, un cuento con sus normas de siempre, y por el otro, plena libertad para avanzar hacia donde se quiera– hace de En las montañas de Holanda, y cito a Alberto Manguel, que en el prólogo lo explica muy bien, «una pequeña obra maestra, un cuento de hadas cuyo protagonista es la lengua, creadora de palabras, diversificadora de sentido, desentrañadora de misterios.»

miércoles, diciembre 16, 2009

Confesiones de una vieja dama indigna, Esther Tusquets

Bruguera, Barcelona, 2009. 380 pp. 19,50 €

Care Santos

¿Por qué leemos memorias de editores? ¿Sólo para conocer de primera mano algunas menudencias de un mundo que interesa a cuatro gatos? ¿Para tener el placer de comprobar una vez más la máxima de Mario Muchnik de que "lo peor no son los autores"¿ ¿Porque en el fondo somos unos obsesivos, unos pobrecitos que ni siquiera cuando leen abandonan el mundo editorial, su hábitat? Sí, lo confieso, soy adicta a las memorias de editores y no alcanzo a saber por qué motivo. ¿Será porque tengo comprobado que un editor no se pone a escribir si no tiene mucha memoria o mucha bilis? O ambas cosas. Y debo reconocer que ambas cosas me interesan como materia prima literaria.
Esther Tusquets dice que no escribe para ajustar cuentas sino para recordar lo que no desea que se olvide. Está de vuelta de todo, amparada en la coraza de "dama indigna" que ya no necesita callar ni quedar bien y que tantas veces esgrime a lo largo del libro. Para aquellos que no estén al tanto: Esta dignísima dama de 73 años fue la propietaria y directora de la editorial Lumen durante 40 años, desde que en los últimos 50 la recibiera de las generosas manos de su padre hasta que mediados los 90 tuvo que venderla a la multinacional Bertlesmann. A lo largo de esos 40 años aprendió, disfrutó, pasó miedo, dio ejemplo y, sobre todo, creó un catálogo que hoy es su mejor bandera porque, volviendo a Mario Muchnik, un editor es, ante todo, su catálogo.
Tusquets desborda pasión hable de lo que hable: de libros, de la estupenda biblioteca de sus padres donde todo comenzó, de su propio oficio de escritora -al que se refiere sobre todo en los últimos capítulos, que narran el modo en que escribió, a salto de mata y mientras a su alrededor reinaba el caos, la primera de sus novelas, El mismo mar de todos los veranos- o de los cuerpos amados a lo largo de toda una vida.
Parte importante son, como en todo libro memorialístico que se precie, los compañeros de viaje. Desde una taciturna y modesta Ana María Moix hasta un generoso Miguel Delibes, pasando por un Cela retratado en su faceta de pesetero y provocador, un Quino muy afecto a las menudencias o una Ana María Matute sumida en un silencio con el que castigaba al mundo y, sobre todo, a su primer marido. Los amantes de la carnaza editorial, no deben perderse el capítulo dedicado a los asuntos con Rosa Regás (ejerciendo ésta como editora, aclaro) o la versión de lo ocurrido con el libro biográfico dedicado a la familia Maragall, del cual Tusquets es coautora.
Tampoco tienen desperdicio las anécdotas que hacen referencia a algunos de los mejores editores que ha dado la industria del libro en nuestro país, comenzando por Carlos Barral -cuyo retrato de hombre caprichoso y generoso a partes iguales termina resultando demoledor-, Joan Seix, Jorge Herralde -casi invisible en estas páginas, obviamente que con toda intención- o Beatriz de Moura (de ahora en adelante inevitablemente "Bebe", por lo menos para los que hemos transitado por estas páginas). Tusquets consigue hacer que envidiemos la efervescencia de aquellos jóvenes editores, su pasión por hacer algo distinto, por enfrentarse al mundo, por cambiar las cosas, por reír a carcajadas mientras fundaban distribuidoras o creaban pioneras colecciones de bolsillo. Realmente, protagonizaron un momento único -el de los años 60 y 70- que sin ellos, sin duda, no habría sido igual. ¿O acaso los lectores que hoy tenemos 40 años o más podemos imaginar una librería sin libros de Tusquets, Anagrama o Lumen? ¿Qué habríamos leído? ¿Con qué autores habríamos crecido?
Por último, en las memorias de Esther Tusquets está la vida. La suya, por descontado. Y sólo parcialmente, sospecho. Sus enamoramientos, sus parejas masculinas -las femeninas supongo que las reserva para mejor ocasión-, sus grandes amistades, la relación con sus hijos... y, por encima de todo, esa visión del mundo inteligente y cínica que ya conocemos sus lectores de sus obras de ficción, pero que aquí se muestra sin aditivos, en toda su crudeza y toda su grandeza.
¿Para qué se leen memorias de editores? Está claro: para conocer mejor nuestro mundo, aquel del que no salimos ni siquiera cuando leemos por placer. Y, por descontado, para contarle a los amigos los chismes recién leídos. Qué placer.

martes, diciembre 15, 2009

Anónimo viajero, Octavio Fernández Zotes

Ediciones Hontanar, León, 2009. 102 pp.

Miguel Baquero

Anónimo viajero, el último libro de poesías de Octavio Fernández Zotes (Cabañeros, 1935) es, en gran medida, y como indica el título, la crónica de un viaje interior, el relato metafórico de un periplo que se inició con la pregunta: ¿Hay vida en la poesía? Como el anónimo viajero que tantas veces puede haberse planteado esta pregunta, Fernández Zotes, una vez terminada su carrera profesional, decidió internarse en esa vertiginosa pasión ante cuyas puertas tantas veces y durante tantos años había retrocedido. Situado ante ese umbral, Fernández Zotes confiesa sobre el papel sus temores y, con los primeros pasos, la maravilla que le aturde al sentir que algo, difusamente, se concreta.
«Parece inválido, / pero un enigma, / en trance de poema, / emerge, y muestra su impaciencia / por desbrozar la prosa, / por horadar salida a la muralla».
A la búsqueda de ese “algo” que parece esconderse siempre en la siguiente página, hay en todo este libro, Anónimo viajero, un sentido de vagar hacia delante, de caminar con la mirada despierta, “en trance de poema”, en el afán primero de capturar el poema que parece aletear delante de él y verterlo sobre el folio diseccionado. Pronto, sin embargo, entiende el poeta que la poesía, quizás, dejé de serlo en el momento que se consigue dominar: «Dentro del alma se consumen / las últimas palabras, las imágenes / brillantes como brasas, / retóricas metáforas que arden / y sólo dejan un silente polvo gris / de tedio y calma». Pronto entiende que para continuar “ese viaje en espiral” que ha emprendido hacia un centro que siente palpitante, es necesario despojarse de las expresiones brillantes, de los versos asombrosos, de todo el aparato externo de la poesía. Y es partir de entonces cuando el poeta, despojado de todo, anónimo, comienza el auténtico viaje.
Un viaje entre objetos que parecen sin sentido, “mariposas heridas por la espera”, sin el recurso a disculpar, edulcorar, disfrazar los hechos ocurridos para que no resulten crueles, para que el pasado no dañe “cruelmente, como una segur que hiere a ciegas”. Un ambiente que, lejos de hermoso, visto con ojos claros y sinceros parece un largo y desagradable desfiladero que se va cerrando en torno del poeta, a quien sólo mantiene en el camino en esos momentos «la ávida impaciencia / hacia el misterio que se oculta en la neblina / del otoño eterno de Vallejo», un final que no ve pero que adivina que se estremece ante el rumor “del hombre que se acerca”, aunque sólo sea para descubrir que «hablando como Rilke, / hay ángeles tan bellos que te matan / con el abrazo».
Este es otro de los rasgos del Anónimo Viajero según avanza en su indagación: el reconocimiento y la admiración hacia los que le precedieron en el camino por entre escarpadas paredes, más allá de donde terminan los cantos de las sirenas. «A veces veo brillos / de auroras boreales / que se acercan deprisa / y marcan un camino, / más luego se oscurecen / y el camino se borra». En determinado momento, se detiene para expresar su impotencia por no saber, seguramente, mirar en torno con esa claridad y esa sensibilidad con que miraron otros, con no saber «desentrañar, en el alfoz del tiempo, / el santo y seña que permita / respirar el viento fácilmente, sin asfixia”. Detenido en el “intermezzo” de su camino, se pregunta el poeta “¿de qué horizonte llegan las melodías de Mahler? (…), ¿Por qué remonta el vuelo / a cielos infinitos el pincel de Chagall?»
El viaje prosigue, el camino se estrecha, todo ese largo y cansado periplo parece conducir al fin no a otro lugar sino al punto de partida, al interior de uno mismo: «Busco sentimientos comunes / en el ancestral legado de los verbos. / Y sólo encuentro / fingidos versos hiperbólicos que dejan / sensación de hambre y de hastío».
«Murió la poesía. / Tan sólo queda la belleza que nace del desgarro, / del grito insufrible de la sangre; / de la carne rota por el filo invisible / de la navaja cortante de la vida».
Pero al fin, y pese a todo, aun queda una última esperanza. Aún debe quedar una última esperanza. Una esperanza para la que Fernández Zotes recurre a las palabras de Luther King: «Si supiera que el mundo acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”. Es la esperanza de la ilusión, del asombro diario, “hasta dejar colmado el espacio comprendido / entre una nada que forma ya parte del pasado / y otra nada que ha de venir y aún no ha venido».
Y aunque pueda parecer, por todo ello, que ha sucedido un viaje frustrado, Anónimo viajero es, por su sinceridad, por su honestidad y por la profundidad que busca, un magnífico libro de poesía.

lunes, diciembre 14, 2009

Grendel, John Gardner

Trad. y Prol. Jon Bilbao. Meettok, Donostia / San Sebastián, 2009. 212 pp. 17 €

Nere Basabe

Cuando John Gardner, profesor de literatura medieval y de escritura creativa en la Universidad norteamericana de Chico de, entre otros alumnos, un joven Raymond Carver que soñaba con convertirse en escritor, fue interpelado por un estudiante acerca de la supuesta vigencia del clásico Beowulf, Gardner apeló a la figura del monstruo de la leyenda, Grendel, y su racionalidad corrupta que comparó con el existencialismo de Jean Paul Sartre; en ese momento, tal y como confesó más tarde, Gardner tuvo la idea de que tras esa cuestión se escondía una novela. (En otra entrevista, no obstante, declararía en términos más prosaicos que Grendel no era más que una historia de Disney despojada de todo sentimentalismo). Grendel tuvo que esperar pese a todo unos cuantos años en una caja de cartón, junto a otros numerosos manuscritos, hasta que su autor se animó a mostrárselos a un renombrado editor de Harper and Row. La novela fue finalmente publicada en 1971 y conoció un éxito inmediato, convirtiéndose en un clásico contemporáneo que hoy nos llega a las manos en la traducción (y excelente y muy instructivo prólogo) de Jon Bilbao.
En tanto que recreación del poema épico Beowulf, texto fundacional de la literatura anglosajona, Grendel presenta ya de por sí un interés que despierta la curiosidad de todo aficionado; la reivindicación de su actualidad queda con sobra demostrada en esta novela eminentemente posmoderna, que reúne en sí todas las características para ser considerada como tal: la interpelación e intertextualidad con un clásico, constantes consideraciones metalingüísticas y sobre la creación artística, técnicas narrativas desmontadas, las reflexiones sobre la verdad y la relatividad, el orden del mundo y del discurso cuestionados tanto como la Historia o la religión, la novela psicológica o sobre todo la inversión de perspectiva y el hecho de dar la palabra al “otro”, aquél que carecía de voz en el relato original: el monstruo.
En otro nivel de lectura, Grendel es también una novela de aventuras, la historia de los caballeros del rey Hrothgar en guerra contra un monstruo, llena de pasajes sangrientos, supuestos héroes y dragones nihilistas. Pero sobre todo constituye una reflexión filosófica, intensamente existencialista, tras la excusa de una bestia cruel y asesina (“monstruo inútil y ridículo”, tal y como se define a sí mismo), arrojada a un mundo que no comprende, y que no parece tener más sentido que el que el discurso (maraña de palabras que crea el universo parpadeo a parpadeo) pueda otorgarle: «Las estrellas (…) tientan mi sentido común hacia significados inexistentes». Ignorado por un cielo impertérrito, desnudo bajo la fría mecánica de las estrellas, el cielo parece expandirse «desarrollándose como una injusticia irreversible», y ante tanta vacuidad de unas esperanzas que saben que no hay nada que esperar («¡No puedo creer que un dolor tan horroroso no conduzca a nada!») y frente a la realidad “como una forma de angustia”, Grendel se instala en el tedio (“el peor de los sufrimientos”) y la subversión ética total, en el odio a los árboles que brotan, a esos pájaros escandalosos (cabrones como en la albada de Gil de Biedma), y a los hombres y sus construcciones ilusorias: su religión, su Historia, pero especialmente contra esa poesía con la que intentan disimular que son tan sangrientos como él mismo. Grendel sabe que la lírica del arpista ciego, el bardo al que elocuentemente llaman el Creador es mentira, pero a pesar de todo es capaz de arrancarle las lágrimas:

«El arpista había hecho que incluso a mí todo me pareciera bello y verdadero”; “Aquel hombre había cambiado el mundo, había arrancado el pasado de raíz y lo había cambiado por otro diferente, y ellos, aun sabiendo la verdad, ahora lo recordaban todo de esta nueva forma, y yo también”; “Él crea el mundo, como su nombre indica. Estudia la irracionalidad que lo rodea y transforma la escoria en oro”; “El Creador les proporciona una ilusión de realidad; junta los hechos con un pegajoso espejismo de interconexión. Simples juegos de ingenio”; “frases que se enroscaban, magníficas, doradas, y todas ellas, de forma increíble, falsas”; “La poesía es basura, simples nubes de palabras, un consuelo para los desesperados».
El monstruo Grendel se lamenta sobre todo de no tener con quién hablar, y se afana en comprender lo que no tiene sentido, mientras su madre (“hinchada, sufriente y desconcertada bruja”) le suplica “¡No preguntes!”, y un dragón que no cree más que en su oro le muestra que el universo es tan sólo un accidente sin sentido en el remolino del tiempo, sin causa ni efecto, donde reina el caos y la violencia. La narración se va deshilvanando y desestructurando de forma paralela a estas desesperanzadas conclusiones, y es que la ficción novelada no es finalmente más que una excusa para el ensayo filosófico, que no tiene empacho en cuajarse de referencias anacrónicas, mezclando teoría política (el Estado como monopolio legítimo de la violencia, etc.) con metafísica existencialista:
«La mente ordena el mundo por categorías mientras el acallado impulso de la sangre aguarda su venganza. Toda forma de orden es sólo teórica, irreal; una barrera inofensiva, juiciosa y bienintencionada que los hombres interponen entre las dos grandes realidades: el yo y el universo, sendos fosos de víboras”; “El sentido es la inmanencia de lo infinito en lo finito; lo finito sólo es expresión. No hay ni comienzo ni final, sólo un pequeño remolino en la corriente del tiempo».
El autoconocimiento se presenta así como la única compensación, si bien se alcanza necesariamente a través del sufrimiento. Grendel, como otros monstruos clásicos de la modernidad (Frankestein, por ejemplo, otro clásico de la literatura inglesa con el que guarda una deuda destacable), no nos ofrece finalmente el conocimiento del otro, sino una inmersión en la propia condición humana, de la que se apunta —evocando una vez más la fórmula hobbesiana— que ningún lobo es tan despiadado con los demás lobos como los hombres entre sí, y por eso no dejan de causar espanto a la misma bestia que los atemoriza: «Tú les permites mejorar, mi niño. ¿No te das cuenta? ¡Los estimulas! Les haces pensar, trazar planes. Los conduces a la poesía, a la ciencia, a la religión, a todo lo que los convierte en lo que son. Tú eres, por expresarlo de algún modo, la bestia con la que se comparan para definirse a sí mismos (…). Tú eres parte de la humanidad, o de la condición humana», es la clave de su existencia que le ofrece el omnisciente dragón.
En la novela posmoderna, en contraste con el poema épico medieval, no hay héroes, los únicos para los que el relato del mundo puede albergar algún sentido. Grendel no se erige por tanto ni en nuevo héroe (aunque el lector empatice y desee su triunfo en la guerra contra los hombres) ni en un antihéroe, y representa tan sólo al monstruo que habita en cada uno de nosotros, ése que ha comprendido con angustia que de la nada sólo surge la nada, y se revuelve; su muerte por tanto no será ya la épica de la leyenda, sino la del azaroso resbalón, que no por ello deja de constituir un destino trágico: «—Fue un accidente. —Ciego, irracional, mecánico. La mera lógica del azar. —El pobre Grendel ha tenido un accidente. A todos os puede pasar».