viernes, septiembre 05, 2008

Zara y el librero de Bagdad, Fernando Marías

Ediciones SM, Madrid, 2008. 256 pp. 15,50 €

Mercedes Cebrián

Sabemos de sobra que uno de los temas más difíciles de abordar en la literatura para niños y jóvenes es la guerra, y por ende el odio y la violencia entre los humanos. Quizá no hayamos reparado tan a menudo en el que probablemente sea el segundo más difícil en los tiempos que corren: el valor de las palabras, y todo lo relacionado con ellas, entre otras cosas la literatura y, por oposición, el silencio.
Zara y el librero de Bagdad se impone la compleja misión de abordar estos dos aspectos de la existencia humana «explicada a los jóvenes» y supera muy decentemente la prueba. La novela tiene además sus toques metaliterarios, pues, además de un narrador en primera persona, incluye dos textos escritos por personajes de aquella, Max y Khakim, ambos apasionados por los libros y lo que estos contienen.
La principal intriga que nos mueve a seguir leyendo (y que, confío, hará aparcar la playstation a los menores de dieciocho al menos por un rato) tiene que ver con las últimas cinco palabras pronunciadas por Antonio Machado antes de morir. Ese enigma, tan alejado de uno al uso tipo «¿quién se hizo con las armas robadas?» o «¿quién mató al magnate del acero?», es motor y a la vez combustible de una historia poblada por personajes variopintos y dibujados con precisión: iraquíes, españoles, ancianos, de mediana edad y, por supuesto, la adolescente que da título al libro.
Zara y el librero de Bagdad también sale airosa a la hora de introducir dilemas morales —¿existen malos y buenos? ¿Es lícito atentar contra otros por causas nobles?—, y todo esto lo consigue moviéndose en terrenos realistas, situando las acciones contemporáneas en el mundo en el que nos toca vivir (es decir, los nombres Aznar y Bush aparecen de refilón). El único y pequeño reproche que le haría a esta novela es el de tratar de simplificar, entiendo que por exigencias “didácticas”, las complicaciones del amor cuando va unido al deseo. Si bien el texto nos hace ver sabiamente que el mundo es un lugar muy complejo, tanto hoy como en pleno comienzo de la Guerra Civil española, Max, uno de los protagonistas (quien dice haber huido del amor durante toda su vida), da por segura su felicidad vital si no hubiese huido de aquella parisina con la que se cruzó en los Campos Elíseos y que tanto le gustó cuando era un joven soldado:
«Muchas veces me he figurado la decepción de aquella muchacha al verme correr. Casi siempre me consuelo pensando que esa misma noche me habría olvidado, y que ahora será una abuela feliz. Pero otras veces imagino que hoy es una anciana solitaria que, casi sesenta y cinco años después, sigue preguntándose por qué aquel joven soldado huyó de ella cuando era tan obvio que habrían sido inmensamente felices juntos».
Para explicar por medio de la ficción que la felicidad de esa o de cualquier otra pareja es algo que hay que construir con esfuerzo, y que no está en absoluto garantizada por más que los tortolitos sean jóvenes y estén de buen ver, haría falta otro libro del doble de grosor que Zara y el librero de Bagdad. Pero esa sería otra historia…

jueves, septiembre 04, 2008

Solo con invitación: Naturaleza infiel, Cristina Grande

RBA, Barcelona, 2008. 142 pp. 16,50 €

Óscar Esquivias

Los dos libros de cuentos que había publicado Cristina Grande en la editorial Xordica (La novia parapente y Dirección noche) me sedujeron por completo y me convirtieron en su lector incondicional y devoto. Encontré en ellos a una narradora poderosísima, dueña de un estilo expresivo, sobrio y eficaz, que construía historias subyugantes sobre casi nada: una mirada, un resentimiento, un recuerdo, una fiesta de cumpleaños, una excursión, una llamada telefónica, una infección de orina, un encuentro fortuito con un antiguo novio... cualquier gesto cotidiano se volvía dinamita en las manos de la autora. En estos cuentos, escritos en primera persona, casi siempre el dolor andaba de por medio, y también el sexo, el deseo, la soledad: muchos de ellos trataban sobre relaciones amorosas o sexuales efímeras, sobre infidelidades, sobre amantes. Sobre los asuntos más sensibles y graves, Cristina Grande era capaz de verter un humor corrosivo que me hacía reír a carcajadas: era un humor muy especial, que no dejaba el mínimo resquicio para la autocompasión, pero tampoco para la burla. Pocos escritores son capaces de narrar, en tan pocas páginas, historias tan intensas y de hacerlo tan bien: siempre con las palabras justas, las más expresivas, sin alardes de estilo (pero con un gran estilo), con naturalidad. A veces sus cuentos se cierran a las bravas, con un portazo, como si de repente la autora decidiera bajar una persiana y dejarnos a oscuras. Tiene que ser así: Cristina Grande jamás aburre o añade un adjetivo de más. ¡Qué escritora! Yo compraría camisetas con su rostro e iría a sus lecturas con un mechero encendido, como si fuera un concierto de rock.
Cuando me enteré de la publicación de una novela suya (la primera) en una editorial potente, salí corriendo hacia la librería más próxima, impaciente por leerla y más contento que unas castañuelas. Tenía curiosidad por ver cómo alguien tan dotado para el cuento y para hurgar en los resquicios más pequeños de los sentimientos se enfrentaba a la arquitectura de una novela y a una historia de largo recorrido. El resultado es excelente. Ya desde el primer párrafo de Naturaleza infiel (que empieza con un casi melvilliano «Me llamo Renata») se reconocen las características de su estilo: la sinceridad, el humorismo ácido, el desenfado, la amenidad, la voz en primera persona que va detallando sin imposturas sus recuerdos, sus sentimientos y las razones de sus actos. Uno advierte la experiencia de Grande en la escritura de cuentos: muchos de los breves capítulos de esta novela podrían funcionar como relatos independientes, ya que desarrollan una escena o un asunto con valor propio. Poco a poco, estos capítulos se van trenzando sutil y persuasivamente: las amarras que Cristina Grande suelta al principio se van recogiendo a lo largo del libro y Naturaleza infiel va ganando matices y complejidad hasta adquirir una textura que, en algún aspecto, me recuerda a la que Natalia Ginzburg consigue en su Léxico familiar: ambas son novelas que se nutren de lo cotidiano, de la memoria más íntima (en el caso de Ginzburg, con un declarado tono autobiográfico; en el de Grande, a través de la citada Renata), que describen el paso del tiempo sobre unos personajes que se sienten unidos y, a la vez, distantes. En ambas hay recuerdos y conversaciones recurrentes, se echa mano de lo más cotidiano para dotarlo de un peso casi simbólico, se citan las canciones y películas que caracterizaron una época y ayudaron a los personajes a comprender el mundo, un lugar en el que estos protagonistas nunca acaban de encontrar su sitio ni de sentirse cómodos, donde entablan pequeñas luchas —casi siempre condenadas al fracaso— para llevar adelante sus deseos. Todo ello está narrado con un irresistible sentido del humor, un oído infalible para evocar el habla corriente y una gran sabiduría para convertir la crónica íntima en un relato con proyección social, casi paradigmático del tiempo histórico narrado (en el caso de Cristina Grande, los cambios en los últimos cuarenta años en España, con la disolución de los valores tradicionales del franquismo, la reconsideración de los roles femeninos, la irrupción de las drogas, etcétera).
Naturaleza infiel es un libro altamente adictivo. Estoy seguro de que quienes descubran a la autora con esta novela van a buscar ansiosos La novia parapente y Dirección noche. Con cualquiera de ellos, la felicidad lectora está garantizada.


Cristina Grande: «Lo trágico y lo cómico están unidos por una tensa cuerda sobre la que caminamos los funambulistas».


-Naturaleza infiel parece la conclusión de un ciclo narrativo.
Podría considerarse el final de una trilogía, pero también parte de una pentalogía en construcción, aunque al no ser una estructura premeditada no me sirve demasiado a la hora de ponerme a trabajar. Trabajar me parece más importante que pensar.

-Dos libros de cuentos (La novia parapente y Dirección noche) que pueden leerse como novelas y una novela (Naturaleza infiel) que puede leerse como un libro de cuentos.
Los géneros se hibridan cada vez más. Antes me resultaba chocante que se dijera de un libro de cuentos que en el fondo era una novela, porque esa apreciación era como admitir que no se había hecho bien el trabajo, que había algo fallido en esa especie de «quieronopuedismo»; la novela vende más, como si fuese un producto con la C de calidad, pero en el caso de la literatura esa etiqueta no es del todo fiable. No sé. Yo escribo cuentos porque me siento cómoda en las distancias cortas (se ajustan más a mi fisiología), y si esos cuentos se refuerzan unos a otros y nadan juntos como un banco de sardinas que parece un único organismo, ya podemos decir que hemos escrito una novela.

Lee la entrevista completa AQUI

miércoles, septiembre 03, 2008

El caso Jane Eyre / Perdida en un buen libro / El pozo de las tramas perdidas. Jasper Fforde

Trad. Pedro Jorge Romero. Ediciones B, Barcelona, 2007, 2007 y 2008; 352, 368 y 400 pp. respectivamente. 17,90 € c.u.

Sofía Rhei

«Creo que debería saber que David Copperfield, lejos de ser el inocente de grandes ojos que se describe en el libro, en realidad asesinó a su primera esposa Dora Spenlow para poder casarse con Agnes Wickefield. Propongo que se exhumen los restos de la señorita Spenlow y se le hagan análisis para detectar la presencia de botulismo y/o arsénico. A pro´posito, ¿se ha preguntado alguna vez por qué Homero cambió de opinión sobre los perros en algún momento entre la Ilíada y la Odisea? ¿Le regalaron, quizás, un perro en el ínterin? […] ¿Y por qué en las obras de Hemingway no hay olores?»
Si este párrafo no perteneciera a uno de los libros que siempre hemos deseado leer, Jasper Fforde no habría vendido millones de ejemplares de los cinco volúmenes de las aventuras de Thursday Next (hasta ahora, sólo tres han sido traducidos a nuestro idioma), una detective literaria (es decir, encargada de resolver casos dentro de los libros) cuyo padre es al mismo tiempo un viajero y una anomalía temporal, y sólo existe a ratos, su tío un inventor de todo lo inventable, entre otras cosas el Portal de Prosa que le permite hacerse pasar por el hermano de Sherlock Colmes, y su abuela una longeva aventurera, como ella misma, que nunca deja de sorprender a todos los que la rodean, y que está convencida de que no podrá morir hasta haber leído los diez libros clásicos más aburridos de la historia.
Las dificultades a las que tiene que enfrentarse proceden de varios frentes: una familia, los hermanos hades, con increíbles poderes y sed de mal; una facción corrupta dentro de Goliat, la poderosa corporación que lo gestiona casi todo, que llega al extremo de "erradicar" temporalmente al marido de Thursday cuando está embarazada de él (lo mata cuando tenía 2 años). Además de todo esto, la detective tiene que lidiar con todos los problemas interiores inherentes al mundo de los libros, por ejemplo cuando Heatcliff, de cumbres borrascosas, piensa que su libro no le merece y planea un futuro más brillante para sí mismo.
La serie tiene argumentos de novela policíaca más o menos ortodoxa (tanto como pueden serlo los de Pennac, e igualmente superpoblados de secundarios fascinantes; es a este escritor francés a quien veo más relación con Fforde), intrincada con la clásica posibilidad de alterar el fluir temporal, con todas sus posibilidades. Los libros también poseen la densidad de información y rapidez de Pratchett y un sentido del humor comparable al de Douglas Adams, con quien comparte también ese amor por los bordes de la ciencia, las anomalías físicamente plausibles, la improbabilidad:

«Me preocupa un poco que alguien esté intentando matarte con coincidencias», le dicen a Thursday en un momento dado, proporcionándole un detector de entropía hecho con lentejas y arroz.

Los libros suceden en el 1985 de un universo paralelo en el que la clonación es tan habitual como para que haya rebaños de mamuts migrando de norte a sur, pájaros dodo y neandertal, que sin embargo no son considerados legalmente como humanos. Es bastante parecido a nuestro mundo, salvo porque en él no existen los aviones y sí los túneles gravitatorios, y por la posibilidad habitual de viajar en el tiempo y alterar el futuro.
La heroína, Thursday, tiene la personalidad clásica del héroe intrépido-imprudente-pasional- temerario y resulta un excelente vehículo para la acción, sin embargo he de insistir en lo bien trabajados que están los personajes secundarios, que le dan a la trama un relieve inusual. Parece que Fforde, al estar constantemente preocupado por encontrar los puntos débiles de las tramas literarias más famosas, intenta predicar con el ejemplo.
Todos los tics de la postmodernidad aparecen aquí no exactamente parodiados, no exactamente homenajeados: la intertextualidad especular, el discurso cientificista, los autores ficticios (Million de Floss, Daphne Farquitt), los falsos, falsarios y falsificadores (de la literatura y de la realidad, de la literatura de la realidad, de la realidad de la literatura), las alusiones a la importancia capital de la lectura y la teoría de la recepción, la constante apuesta por un literatura que participe del Barthesiano plaisir du texte.
Así que los libros son indudables «page turner», especialmente los dos primeros, ya que el tercero, que transcurre casi por entero dentro del universo de los libros y donde quizá se abusa ligeramente del recurso. Algo que yo no agradezco estéticamente es que Fforde haga que los personajes más poderosos del interior del mundo de los libros sean una especie de yuppies informatizados, aunque tengan miles de años de edad. Y siguiendo con los aspectos negativos, esta vez en lo referente a la edición española, las portadas parecen ser de un libro casi infantil, y no reflejan en absoluto la complejidad y densidad de estratos del libro.
Desde dentro del mundo de los libros, por donde veremos aparecer a personajes muy queridos de la historia de la literatura, a menudo cobrando vida con características inusuales, se ven las tuberías, los decorados planos, las soluciones apresuradas y los recursos automáticos que a la mayor parte de lectores les pasan desapercibidos. Thursday también aprende a conocer sus enfermedades:

«—¿Qué repámpanos es un gramásito? –pregunté, mirando nerviosa por si la criatura volvía a aparecer.
—Una forma de vida parásita que vive dentro de los libros y se alimenta de la gramática –explicó Abisma-. Yo no soy una experta, por supuesto, pero el que hemos visto se parecía sospechosamente a un adjetívoro […]».

Se trata de una lectura rizada sobre sí misma, adictiva para los lectores frecuentes, y el mundo de Thursday resulta tan fascinante como el descrito por Max Frei (Minotauro) en la otra saga de fantasía de este año que recomiendo fervientemente (y que ojalá tuviera tiempo de reseñar, pero la vida es corta). Encontrar libros como los de Fforde, continuamente sorprendentes, ricos en multitud de aspectos, y con su punto justo de humor y, sobre todo, de improbabilidad, es el premio por leer muchísimas otras cosas, a menudo con cierto interés, pero incapaces de arrastrarte por sus páginas como si no estuvieran pasando las horas.
Aunque la serie de Thursday Next no tuvieran como escenario los entresijos de las grandes obras de la literatura y una reflexión sobre los mecanismos de la ficción en general, seguiría siendo una lectura muy interesante. Pero afortunadamente, podemos tenerlo todo.

martes, septiembre 02, 2008

Antología rota, León Felipe

Ed. Miguel Galindo. Cátedra, Madrid, 2008. 383 pp. 10 €.

Pedro M. Domene

En los años 70 los jóvenes universitarios leíamos con denostado interés autores que, de alguna manera, habían sido sacrificados durante el régimen franquista: uno de ellos era, sin duda, León Felipe, y por nuestras manos circulaba su Antología rota (1947), selección de poemas, editada por la mítica Losada (1957), que llegaría, clandestinamente, a un gran número de lectores en España, entre otros muchos, a nosotros, estudiantes en las agitadas aulas antifascistas universitarias.
El inicio de la guerra sorprende al poeta en Panamá, donde era profesor y agregado cultural de la República, y se dispone a regresar de inmediato a España. Durante la contienda no escribirá mucha poesía, se conoce una alocución titulada La insignia que recoge la revista Hora de España, en 1937. La poética de Felipe se configura como un hecho histórico, con la guerra civil como trasfondo, elevada a la categoría de signo e integrada como gesto en el resto de su obra: con predominio del sentimiento de tristeza por su exilio y la nostalgia y su obsesión por la lucha fratricida entre las «dos Españas». León Felipe (Tábara, Zamora, 1884- México D.F. 1968) fue, durante mucho tiempo, el poeta más popular del exilio español y el portavoz de esa España peregrina. Como siempre se ha señalado, el zamorano vivió entre su amarga experiencia del exilio y el tremendo dolor de verse sumido en el olvido y desconocido por las generaciones que, tras la guerra, necesitaban restituir algunos de los valores perdidos en la contienda. La editorial Cátedra, en edición de Miguel Galindo, edita y actualiza, en un volumen, Antología rota, que en palabras de su editor reproduce la primera de Pleamar (México), colección dirigida por Rafael Alberti; se incluyen, además, los Nuevos Poemas incorporados en la reedición de 1957, así como las adiciones de Nueva antología rota, de 1974. Lo que el lector y el estudioso se encuentran en esta edición es la suma de los tres libros, más las inclusiones que provocaron la nueva obra producida por el exiliado a lo largo de los años. En la extensa y documentada Introducción, Miguel Galindo, repasa la actualidad del poeta, y esa obligada referencia a una época de la historia reciente sobre la que aún no se ha escrito la última página. El estudio se detiene en la vida singular del zamorano, su relación con la poesía, sus agitadas vivencias antes y después de la guerra, su posterior amistad con Larrea en el México del exilio y, sobre todo, esa proyectada estela que produjo el intimismo poético adquirido en poetas como tan significativos o contradictorios, Dámaso Alonso y Blas de Otero, así como toda la generación de los 50.
Poeta comprometido, sus versos se tornan urgentes, propagandísticos, agitados, circunstanciales, ensaya arengas públicas y escribe romances para ser recitados ante un auditorio masivo. Es el suyo un discurso consciente que formará parte de la formación ideológica de las jóvenes generaciones. No es casual el hecho que José María Castellet encabezara su antología Veinte años de poesía española, 1939-1959, con el nombre de León Felipe, obra en la que los nuevos poetas de la España de entonces unificaban su desafío, una poesía «social» y de «protesta» con la que cabría suponer trataban de recuperar la «canción» que se había llevado el exilio consigo, es decir, volver a unir la lucha contra la opresión, la voz del exterior y la del interior frente a la dictadura. Será en la década de los 40, muy lejos ya de la obra publicada en España por León Felipe, en México donde se despierta el interés por realizar una segunda versión de su antología (la primera data de 1935) y la califica de «rota» por ese concepto esgrimido «de obra coyuntural por el desconocimiento de una obra y una vida»; en esta antología, una valiosa recuperación por parte de Miguel Galindo, estará «todo» León Felipe, desde sus Versos y oraciones (1920) a Ganarás la luz (1943), y así habrá que verla sesenta años más tarde.

lunes, septiembre 01, 2008

Nosotros matamos a Stella / El quinto año, Marlen Haushoffer

Prol. Gustavo Martín Garzo. Trad. y estudio introductorio Rosa Marta Gómez Pato. Siruela, Madrid, 2008. 150 pp. 17,90 €.

Guillermo Ruiz Villagordo

Un leit-motiv muy conocido por los amantes de la literatura es aquél que afirma que el hombre usa la literatura para expresarse. Sin embargo, esta frase tan repetida no permite reconocer que para ese otro ser humano que englobamos en el sustantivo “hombre”, la mujer, es mucho más: es una necesidad. La austriaca Marlen Haushoffer llevó una existencia de ama de casa y esposa devota, pero en su interior bullía una personalidad rebelde que únicamente pudo mostrarse mediante la escritura, que le servía tanto de válvula de escape como de herramienta de realización personal. Autora de una obra breve, tanto en el número de sus volúmenes como en la extensión de éstos, su tarea consistió en dejar testimonio de la vida interior de una mujer de un tiempo determinado en una época determinada, la Austria decadente e hipócrita de posguerra, que acaba por ser cualquier tiempo y lugar. Porque el corazón de sus textos apela a la condición femenina universal que a través de la Historia se ha visto constreñida por una masculinidad ciega e ignorante, y sus personajes (mujeres, cómo no) poseen su misma percepción sensible y penetrante frente a la opresión invisible que sufren y su misma pasmosa capacidad para desvelar con palabras sencillas el perverso escenario que se encuentra detrás de ellas.
En Nosotros matamos a Stella Anna va desgranando la historia de Stella, la joven que su marido tuvo por amante y que acabó por suicidarse por su incapacidad de amoldarse a la realidad. Pero Anna no juzga a Stella, no la recrimina por entrometerse en su pequeño mundo familiar burgués. Al contrario, siente compasión por ella y comprende en su cobardía que no le queda más remedio que reflexionar sobre su experiencia mientras la narra, para hacerla suya e identificarse con ese otro yo que para la sociedad representa su perfil malo, una muchacha descastada y perdida, pero que ella reconoce como su igual en medio de la estructura de poder machista que las mantiene silenciadas.
En El quinto año la protagonista, Marili, es una niña, sí, pero en su relato vamos siendo conscientes de la mujer en la que se convertirá, de su destino extrañamente ineludible, y así comprobamos su especial comunicación con la naturaleza, de la que ella misma parece no ser más que un eco, en su evocación de los paisajes montañosos que la rodean, y los fallidos intentos de comunicación con otros seres humanos.
Por una parte no es de extrañar que fuesen los movimientos feministas de los ochenta los que rescatasen su obra, pero por otra resulta difícil de entender que acogiesen un discurso tan resignado a pesar de su dura denuncia, tan melancólico en su deleite en esa cárcel de la que no parece haber escapatoria posible. Tan callado, al fin y al cabo, en un mundo que parece prestar oído tan sólo a grandes y varoniles voces. Quien sabe si por no haber sido escuchada como merecía surgirían poco después escritoras tan irremediablemente brutales como Elfriede Jelinek.