viernes, febrero 08, 2008

La pulga de acero, Nikolái Leskov

Trad. Sara Gutiérrez. Impedimenta, Madrid, 2007. 122 pp. 15,20 €

Óscar Esquivias

Cuando tenía dieciséis años empecé a asistir a los conciertos de la Sociedad Filarmónica de Burgos. Se ofrecían en un modesto salón de actos de la Caja del Círculo Católico y solían ser los viernes por la tarde. Supongo que era una sociedad con fondos modestos y rara vez contrataban una orquesta: generalmente escuchábamos recitales de pianistas, dúos, cuartetos, agrupaciones de cámara y poco más. Abundaban los intérpretes de los países del Este y daba un poco de ternura ver las camionetas o los coches destartalados que estaban aparcados a las puertas del auditorio, con sus matrículas checoslovacas o polacas o de algún otro país comunista (todavía no había caído el telón de acero). Una vez terminado el concierto, los músicos metían en el maletero los estuches con sus instrumentos, sus fracs enfundados, y se iban a otra ciudad para seguir tocando cuartetos de Smetana o sonatas de Beethoven. Estos músicos, fuera del escenario, tenían un aspecto vulgar y enfermizo, parecían padres de familia acatarrados y llenos de deudas, y daba un poco de lástima verlos arrancar su coche y marchar con aire dubitativo por la calle Julio Saéz de la Hoya.
El caso es que solíamos escuchar música de cámara y, a menudo, obras de compositores inusuales: Bohuslav Martinů, Leoš Janáček, George Enescu y muchos otros. Allí fue donde escuché por primera vez un cuarteto de Shostakóvich, que no es precisamente un autor raro pero al que nunca habían programado hasta entonces. Recuerdo que me quedé absolutamente anonadado. Su música poseía una belleza desoladora: su energía y también su tristeza parecían infinitas y a mí me conmovió hasta lo más íntimo.
Claro, yo era joven y muy impresionable y descubría aquella música por primera vez. A quien sí había leído ya (y con parecido entusiasmo al que me produjo el cuarteto de Shostakóvich) era al escritor Nikolái Leskov. Había sido por azar: en el rastro compré un librito de saldo de la editorial Bruguera que contenía dos relatos: Lady Macbeth de Mtsensk y El pensador solitario. Aquel libro parecía inofensivo y tenía una portada amable, con una ilustración de una regordeta señorona rusa, ricamente ataviada. Pero al igual que los catarrosos músicos de la Filarmónica se convertían en el escenario en intérpretes de una música salvaje, aquel volumen de apariencia ñoña contenía en sus páginas vitriolo puro. La lectura de Lady Macbeth me subyugó: era una obra brutal, no sólo por su sangriento argumento sino, sobre todo, por la intensidad con la que Leskov describía las emociones y los pensamientos de sus personajes. La carnalidad del relato, su ambigüedad moral y la sabiduría narrativa del autor en seguida lo convirtieron en uno de mis libros favoritos. Lo releí una y otra vez y corrí a las librerías y bibliotecas de Burgos en busca de más títulos de Leskov, pero fue inútil: parecía no haber escrito otra cosa que esa Lady Macbeth que tanto me había gustado. Sólo años más tarde, en Madrid, pude leer en la Biblioteca Nacional toda su obra publicada en España desde los años cuarenta. Mi amor por su literatura se acrecentó: ¡qué autor más maravilloso! Me interesaban mucho sus personajes, generalmente hombres humildes y raros que trataban de vivir en radical coherencia con sus ideas, sin hacer concesiones a nadie más que a su conciencia o a sus sentimientos (esto a algunos les acercaba a la santidad y a otros al crimen). Me producía mucha tristeza el que, para muchos, Leskov no fuera más que el autor en el que se inspiró Shostakóvich para escribir el libreto de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, un poco el equivalente ruso de Antonio García Gutiérrez con Il trovatore de Verdi. ¡Qué gran error! Leskov es un autor absolutamente maravilloso y apasionante.
Lo cierto es que en España ha tenido poca suerte editorial. Prácticamente sólo se ha traducido y reeditado su Lady Macbeth y hasta que la editorial Alba no publicó en 2003 una antología de relatos traducida por Fernando Otero Macías era prácticamente imposible encontrar nada más. Por eso esta traducción de Sara Gutiérrez para Impedimenta es una auténtica noticia: ¡Leskov vuelve a estar en las librerías españolas! Ojalá pronto vengan nuevos títulos (si algún editor me está leyendo, le pido de rodillas, arrastrándome por la ceniza y besándole los pies que reedite Tres hombres de Dios).
Cuando leí la obra de Leskov traducida (que es una pequeña parte de todo lo que escribió), descubrí también esta novelita de La pulga de acero (título abreviado de Relato sobre el zurdo bizco de Tula y la pulga de acero; las otras ediciones que conozco dudan entre dar el protagonismo en el título a La pulga —Reguera, c. 1945— o al Zurdo —Ráduga, 1987 y Alba, 2003—). Sea La pulga o El Zurdo, lo cierto es que el lector que sólo conozca a Leskov por su Lady Macbeth debe prepararse para encontrarse con un mundo narrativo diametralmente opuesto: La pulga tiene un delicioso aire de cuento infantil, con sus exageraciones, sus retos imposibles y sus palabras inventadas. Es cierto que bajo su apariencia bienhumorada y fantasiosa, de charlotada en la que quien menos se lo merece se lleva los bastonazos, se encierra una acerba crítica social, pero lo que domina es una sensación de ligereza, de relato popular, casi de narración oral, entretenidísima y llena de encanto. Es un cuento ruso muy en la línea de esos relatos de inocentes tocados por el dedo de Dios, capaces de hacer cosas extraordinarias, y muy coherente con el resto de la obra de Leskov, con esos personajes en los que plasma su concepto del «alma rusa» (la religiosidad, la pureza, la bondad, el patriotismo). No diré mucho más, porque es un relato tan breve que no conviene manosearlo con explicaciones innecesarias: el lector me lo agradecerá. Sólo advertiré a quien crea conocer esta obra por alguna de las ediciones anteriores que, en realidad, no ha leído La pulga: muchos de los juegos de palabras que utiliza constantemente el autor no aparecen en otras traducciones. Cuando leí la versión de Sara Gutiérrez redescubrí, maravillado, un texto del que (aparte del placer de la lectura) no esperaba ninguna sorpresa. No fue así. Esta versión se acerca como ninguna otra al original ruso y lo hace con toda la simpatía y la belleza de los cuentos de Leskov. Vamos, no sé qué hacen que no corren a la librería para comprarlo ahora mismo.

jueves, febrero 07, 2008

Memorias del desarrollo, Edmundo Desnoes

Mono Azul, Madrid, 2007. 252 pp. 19,95 €

Alejandro Luque

En 1966, el escritor Edmundo Desnoes publicó Memorias del subdesarrollo, una de las mejores novelas de la historia de Cuba y sin duda la mejor de su generación, la del 50, con permiso de grandes nombres como Antón Arrufat, Reinaldo Arenas, Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet o César López. Lo que hacía único este volumen era el enfoque que se daba a la Revolución castrista: ni desde la militancia ni desde Miami, sino todo lo contrario. Su protagonista es un burgués que ve cómo sus hermanos de clase se marchan de la isla a toda prisa, pero él decide quedarse para sentirse libre de viejas ataduras, pero también porque sabe que va a presenciar algo insólito e irrepetible. Esta situación sirve en bandeja apasionantes reflexiones acerca del subdesarrollo, más allá de los parámetros políticos o económicos, como un factor cultural profundamente arraigado. De este obra hizo Tomás Gutiérrez Alea, el director de Fresa y Chocolate, una insuperable versión cinematográfica. Encontré un descojonado —Borges habría dicho “fatigado”— ejemplar de Memorias del subdesarrollo en un tenderete callejero de La Habana, y desde entonces ha sido una de mis lecturas predilectas. Cuando, no hace mucho, la editorial Mono Azul lanzó este título por primera vez en España (¡cuarenta años de retraso!), me quedé perplejo ante la escasa repercusión que tuvo. O los críticos de este país andan en sabe dios qué ignotas joyas, o se demuestra que sin un aparataje publicitario ruidoso, o el marchamo de una editorial gorda, a nuestros colegas se les van las mejores: apenas un par de reseñas, y tampoco muy entusiastas. También pudiera ser que yo me haya convertido en un casi solitario fanático, en cuyo caso me permito empecinarme en mi empresa para abordar una novela complementaria de la mencionada, estas Memorias del desarrollo que acaban de llegar a las librerías. Desnoes, exiliado e instalado en Nueva York desde 1979, ha querido cerrar un ciclo escribiendo desde la otra orilla, desde el mundo rico y civilizado. De nuevo el punto de vista vuelve a ser altamente estimulante, porque el alter ego narrador, perfectamente integrado en los Estados Unidos, siente a la vejez el desgarro de ser un hijo pródigo de la Revolución, una rama injertada en un árbol cuyas raíces no son las suyas. Es sólo el punto de partida de una narración que toca muchas claves y traza, a lo largo de 250 páginas, un universo personal de contradicciones e interrogantes.
Uno de los episodios más intensos empieza cuando el protagonista adquiere un bastón con cabeza de perro, lo llama Fiddle —pronúnciese ‘fidel’— y sostiene un largo diálogo con él. Rizando el rizo, podemos entrever que dog (perro) se lee a la inversa como dios (god), pero quizá ese juego sea ya para sacar nota. Lo cierto es que en la ciudad desarrollada el individuo existe en tanto consumidor, o sea, vale lo que tiene; su nostalgia de Cuba parte de una identidad que se basaba en lo que hacía. El intelectual se encaramaba sobre su obra y ésa era su estatura, era alguien porque sus libros tenían el poder de intervenir en la realidad. Sin embargo, ese abrazo de la Revolución podía aniquilarlo: bastaba con molestar al poder para que éste lo aplastara como a un insignificante insecto. En el mundo desarrollado, por el contrario, la censura contra el intelectual se ejerce por asfixia: hay tantos libros, tantas cadenas de televisión, que la condena a la invisibilidad la dicta sibilinamente el exceso. Resulta curioso que Memorias del desarrollo viera la luz al mismo tiempo que la edición americana de Exit ghost, lo último de Philip Roth. También hay en estas páginas una reflexión alrededor de la vejez, pues en la sociedad de consumo todo, incluido el ser humano, es desechable. Pero el anciano de Memorias se resiste a ser arrumbado en el trastero en tanto sigue deseando, y sobre todo acarreando una memoria. En él concurren los dos caminos, el que tomó y el que quiso rechazar, lo que fue y lo que podía haber sido, todo trenzado en una soga que le ata a la vida y le impele a emprender una huida en busca del verdadero yo. No desmenuzaré los sucesivos episodios ni el contundente final de esta obra, pero sí adelanto que hay un mensaje para los lectores del futuro, una suerte de testamento literario absolutamente fascinante. Y una advertencia: el autor asume el riesgo de desarrollar los diálogos casi en formato bilingüe inglés y español, algo que ya ensayara en cuentos como Jack y el guagüero. Ignoro si este hecho será molesto para quienes desconozcan la lengua de Shakespeare aun en sus nociones más básicas, pero creo que el experimento está justificado. La conciencia del personaje discurre en castellano, pero los diálogos con sus vecinos estadounidenses tal vez quedarían desvirtuados con la traducción. La sensación de dos planos —también idiomáticos— se hace de este modo mucho más poderosa. Cuatro décadas después de Memorias del desarrollo, Desnoes ha vuelto a sacar músculo para cerrar el círculo y demostrar, de paso, que aquella obra maestra no fue una iluminación pasajera. Esta segunda parte, aunque independiente de la primera, es un torrente similar de buena prosa que arrastra ideas punzantes directas a la conciencia. Un minucioso juego desmontable que proporcionará al lector muchas horas de placer y no pocas preguntas desasosegantes. Nunca es tarde para descubrir a un maestro escondido.

miércoles, febrero 06, 2008

Los Metabarones, Juan Giménez / Alejandro Jodorowsky

Mondadori, Barcelona, 2007. 605 pp. 44,90 €

Julián Díez

Años antes de convertirse en el gurú de cientos de millares de ociosas de todo el mundo, Alejandro Jodorowsky escribió algunos de los mejores cómics de ciencia ficción de la historia. La principal de sus sagas, Los Metabarones, se presenta por primera vez en castellano de manera integral. La ingestión consecutiva de la obra —un tanto empalagosa, para qué negarlo; que el lector se dé por avisado y dosifique los episodios para mayor disfrute— ofrece rápidamente varias conclusiones. La primera, que sus méritos no habrían llegado jamás a trascender de no ser por Juan Giménez, el dibujante argentino que dotó a esta historia de un verdadero aliento épico, singular. La segunda, que el cómic permite a un autor como Jodorowsky afrontar excesos tan de su gusto, y que resultarían ridículos en la literatura, con un mayor margen de tolerancia en el lector, lo que resulta aquí tremendamente útil. La ciencia ficción literaria ha dado progresivamente de lado una de sus posibilidades como herramienta narrativa: la alegoría. El poder llevar a la reflexión sobre otras cosas a través de exageraciones en la narración, mediante disfraces y espejos. Los metabarones es una obra profundamente alegórica: las tremebundas historias de los cinco señores guerreros de un distante futuro de escala interestelar no buscan sostenerse en ningún momento en cimientos de verosimilitud. Son herramientas para reflexionar sobre nuestro entorno, y en particular, para hablar con una máscara conveniente de cuestiones como la agresividad humana o el ansia del poder. Jodorowsky siempre ha manifestado una especial admiración por la serie novelística Dune, de Frank Herbert. Incluso intentó adaptarla al cine ya en los setenta, en un disparatado proyecto en el que Salvador Dalí interpretaría al emperador sentado en un trono en forma de retrete. Cabe enlazar a esta serie con esa vieja pasión, llevando los mecanismos que Dune comenzó a desarrollar hasta un paroxismo visual y temático. En cuanto a cada historia en sí, personalmente no puedo sino concluir que van desfilando en un leve, pero continuado, descenso de interés. Othon, el trisabuelo, el primer relato, cuenta con una frescura brutal que se va tiñendo muy levemente de autocomplacencia y metarreferencialidad con el paso de los episodios. Para cuando se publicó la historia final, Sin nombre, el último metabarón, Jodorowsky ya no era un excéntrico imaginativo, sino el personaje que hoy lee el tarot psicomágico en el telediario de Sánchez Dragó en Telemadrid, y que disparata sus chorradas habituales en el —por lo demás interesantísimo— epílogo. Y, quieras que no, eso se nota. Sin embargo, el volumen se termina porque uno ya está enganchado, y además siguen existiendo pequeños detalles que justifican el interés —a través del detallismo de Giménez, pero también por los extremismos bizarros de la imaginación de Jodorowsky—. Mención aparte merece la edición de Mondadori. Agrupar una serie como esta en un solo tomo es un deleite para los aficionados, y supone el tipo de labor editorial que justifica la existencia de las grandes compañías, que pueden afrontar el riesgo de publicar volúmenes tan caros. Desgraciadamente, para hacerlo viable comercialmente se ha optado por un formato algo inferior al original, por lo que el dibujo de Giménez pierde vistosidad. Es posible que los amantes del cómic extremos, pues, sientan que aún está pendiente una integral en las mejores condiciones posibles; para los lectores casuales, como yo, la experiencia es satisfactoria por sí misma.

martes, febrero 05, 2008

La noche del risón, Gonzalo Moure

Anaya, Madrid, 2007. 104 pp. 14 €

Ignacio Sanz

Gonzalo Moure es un escritor celebérrimo entre el público infantil y juvenil, uno de los más queridos en colegios e institutos. Comunica en la corta distancia con verdadera pasión y remueve las entretelas de los muchachos que lo escuchan boquiabierto. He tenido ocasión de comprobarlo. Ha ganado muchos de los premios de este género lo que garantiza su solvencia y oficio. Por mi parte lo había catado en alguna de sus obras anteriores pero, si he de decir la verdad, lo había encontrado ligeramente ternurista. No creo que eso sea un baldón para su obra, posiblemente el ternurismo enlace bien con el espíritu dominante de la infancia.
La noche de El Risón, la novela objeto de este comentario, es una obra descarnada, llena de crudeza que retrata una noche de temporal en un pueblo costero del norte. Y lo hace en primera persona. Esta experiencia que resulta iniciática para el narrador, se traslada con todas las emociones al espíritu del lector que vive esos mismos desasosiegos y peligros. Por eso me ha sorprendido tanto esta novela verdaderamente extraordinaria.
Nos encontramos en una taberna; los ecos del temporal llegan hasta el ambiente tenebroso donde un grupo heterogéneo de personajes cuentan historias increíbles para ir sobrellevando esa noche horrible. La tensión domina el ambiente; a una historia desgarradora sucede otra horripilante y a ésta una macabra. Los que cuentan son tipos curtidos de la costa, marineros con experiencia, pero el narrador ya no es el adolescente que vivió aquella noche inolvidable, sino un hombre maduro que la recuerda mientras espera con paciencia en un aeropuerto pegado a su ordenador para aliviar las muchas horas de retraso.
Según avanzaba en su lectura me llegaban los ecos de Baroja, de Melville o de Stevenson, de Poe. Y qué curioso, en alguna página del final me encontré con estos autores a los que el Moure expresamente cita.
La leí un sábado por la mañana. Tenía una cita y, contra mi costumbre, llegué tarde por culpa de La noche de El Risón. Puedo decir que se mentí trasladado a mi años juveniles, cuando don Pío se apoderaba de mis tardes contando las mil fatigas y aventuras de sus personajes. Al viejo placer de la lectura, esta novela corta y espléndida añade la remembranza de esos años en los que fuimos subyugados para siempre por la fiebre de la lectura. Literatura de alto voltaje.

lunes, febrero 04, 2008

Almuerzo de vampiros, Carlos Franz

Alfaguara, Madrid, 2008. 238 pp. 15,50 €

Doménico Chiappe

Un chileno emigrado, que regresa a Santiago de vacaciones veraniegas, se reúne en una terraza esplendorosa y de moda, sitio de gente autocomplacida y aduladora del presente, con un viejo amigo del colegio, al que llama Zósima, por su apariencia de «monje ruso». De pensamiento contra corriente, Zósima reta a un diputado de izquierdas que, en la mesa de al lado, alza la copa y brinda por «la mejor época que ha vivido Chile» y que «nosotros estamos haciendo». El monje le dice: «Bajo la dictadura tuvimos nuestra mejor época. Contra Pinochet vivíamos mejor».
Carlos Franz asume esta escena como grito y tema de su novela. Entre líneas se lee el desprecio por esa actitud prepotente y conformista a un tiempo. La trama principal, una aventura de juventud, comienza a vislumbrarse cuando Zósima le comenta que una vez le pareció ver a un viejo profesor, muy querido, muy odiado, caminando por las calles como si el tiempo no hubiera pasado. El profesor Polli del tipo El club de los poetas muertos pero versión Internado Nacional Barros Arana, que con literatura educaba para vivir. Lo vio caminando como si no hubiera envejecido (primera hipótesis vampírica). Entonces, desde esa mesa, entre pisco y pisco, esa bebida «andina» que despierta «resentimiento» el narrador revive lo que aconteció cuando tenía veinte años, conducía un taxi en las horas del toque de queda y sirvió a un extraño grupo mafioso que pretendía producir una película, el gran filme cómico de Chile, la «gran talla».
Y el encargado de protagonizar y redactar el guión no es otro que un doble del profesor Polli. Un doble distorsionado, menguado, denigrado. El líder del grupo, Lucio, también ha sido alumno de este maestro y le cuenta al protagonista, a quien de paso enrola para que coescriba el guión, que ha entrenado a este actor para que sea igual a Polli. Y aquí Carlos Franz comienza a esgrimir la segunda hipótesis vampírica, la que reina sobre el trasfondo de la novela, la que sirve de crítica social y política: cuando el individuo original estaba en la cárcel (bajo tortura, carne de desaparecido) otro, con la audacia e impiedad suficientes para sobrevivir a este horror, le roba su personalidad, elabora una «tosca réplica». Los vampiros de Franz se hacen «sorbiendo esa humanidad que le ofrecían, chupándola hasta el tuétano. Impregnándose lo suficiente como para aprender, incluso, la manera que habría tenido un hombre como él de desbarrancarse, de convertirse en una caricatura de sí mismo».
Y esta idea se mezcla con otra, que expone más adelante: «Para la mayoría, la única resistencia posible consiste en la supervivencia».
El joven protagonista que vive de noche, que se enamora de una puta de quince años, que desprecia al «maestrito» pero le debe la vida, alterna con ese descreído ya mayor que está sentado en la mesa de la terraza del restaurante de moda. Y la voz de la tercera persona a un público invisible, a quien quiera escucharle, se alterna con una voz más íntima, de recriminación amorosa, que cambia el tono del narrador cuando se dirige al profesor-maestrito. Porque quién garantiza que el admirado profesor Polli no es el mismo maestrito repugnante Polli (R), después de la metamorfosis sufrida en las cárceles de Pinochet. De letrado a sobreviviente.