viernes, enero 04, 2008

Doble mirada: El ojo de jade, Diane Wei Liang

Trad. Lola Díez. Siruela, Madrid, 2007. 232 pp. 17,90 €

1.
Carmen Fernández Etreros

Desde hace unos años estamos asistiendo al nacimiento de un interés creciente por la cultura china. Paralelamente a los cambios que se suceden a diario en el país, surgen nuevos valores en el arte, el cine, la fotografía y en este caso la literatura. Siempre me ha fascinado la literatura china, aunque en España es prácticamente desconocida. A parte de la polémica Wei Hui —autora de Shangay Baby o Casada con Buda—, Amy Tan —americana hija de emigrantes chinos, reconocida internacionalmente por sus novelas— y Hong Ying —la autora de la censurada en China K: el arte del amor—, pocas escritoras chinas se me vienen a la cabeza mientras escribo estas líneas. Tie Ning o la desaparecida Eileen Chang, autora de El candado de oro, son autoras prácticamente desconocidas en nuestro país.
La escritora china Diane Wei Liang se ha convertido en la gran revelación de la novela policíaca de este año con El ojo de jade, un libro que llega a España tras haberse editado ya en veinticinco países, y en el que la autora repasa la historia, la sociedad y la cultura de China a través de las aventuras de una joven detective.
Diane Wei Liang nació en Pekín en 1966 y tuvo que pasar pasó parte de su niñez con sus padres en un campo de trabajo de una remota región de China. En los años ochenta, cuando asistía a la Universidad de Pekín, participó en el movimiento democrático estudiantil y estuvo presente en la plaza de Tiananmen. Actualmente la escritora no vive en China, sino que reside en Londres, pero sus dos novelas tienen como protagonista su país natal. En su primera novela, El lago sin nombre, reflejó sus recuerdos sobre los sucesos de Tiananmen.
El argumento no puede ser más original y sorprendente. Mei, una joven treintañera, decide abrir una agencia privada de detectives en pleno centro de Pekín. Un oficio extraño para una mujer joven, soltera e independiente, pero se trata de un trabajo real ya que estas agencias proliferan en Pekín para investigar casos de divorcios. Mei quiere tener su lugar en esta prometedora nueva sociedad: «Tener su propia agencia de detectives le daría la independencia que siempre había deseado. También le daría la ocasión de demostrar a esa gente que la había ninguneado que ella podía tener éxito. La gente se estaba haciendo rica. Poseían inmuebles, dinero, empresas y coches. Con las nuevas libertades y oportunidades vendrían nuevos delitos. Habría muchas cosas que ella podía hacer.» (Pág. 42)
Mei no tiene éxito en el amor y se siente incomprendida y poco valorada por su madre y su hermana, por lo que decide poner todos sus esfuerzos en su nuevo trabajo. La protagonista es el símbolo evidente del gran cambio cultural y económico que está viviendo actualmente este país. Al volante de su Mitsubishi rojo, y con un hombre como secretario, su vida cambia cuando un amigo de su madre le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han robado de un museo en plena Revolución Cultural.
La investigación de Mei le lleva a una profunda reflexión sobre el pasado de su país, y a la historia desconocida y escondida de su propia familia. Mei se tiene que enfrentar con su triste pasado familiar. La escritora logra gracias un ritmo trepidante un relato de intriga y acción que engancha al lector desde la primera página. De manera indirecta la autora logra explicar los diferentes cambios sociales, y el tremendo papel del dinero y el capitalismo como motor del éxito en la nueva sociedad china. Por ejemplo su hermana Lu o su ex novio Yaping gozan de una situación privilegiada, con buenas casas e incluso coche con chófer, mientras que aquellos que sufrieron la revolución cultural como su tío Chen, tita Pequeña o los dueños del restaurante La Reina del Wentún mantienen una oscura y dura lucha diaria para sobrevivir. Pekín se convierte en la otra protagonista de El ojo de jade. Sus tenebrosas callejuelas, sus sórdidos barrios y móteles, sus edificios lujosos de apartamentos... Una ciudad que renace de la Revolución Cultural llena de contradicciones.
La escritora recuerda que cuando tenía catorce años su madre le advirtió de que «ser escritora es una de las profesiones más peligrosas en China», pero ella no siguió sus consejos y siguió escribiendo sobre su país natal. La escritora promete una nueva entrega de las aventuras de Mei la detective y su secretario Mariposas de papel. En definitiva, un libro que despierta el interés por la nueva sociedad china y sus prometedores cambios.


2.
Miguel Baquero

Un género fundamental en la historia literaria del siglo XX ha sido la novela policíaca. No sólo porque, durante el pasado siglo, dicho género se consolidara definitivamente y en ese periodo se produjeran sus más famosos clásicos; es también que sus métodos, sus reglas y sus maneras se han filtrado en todos los demás géneros, incluso en la poesía, y no sería descabellado decir que la novela policíaca, junto con la experiencia surrealista, ha sido el factor determinante de la literatura del XX.
Un factor clave del arraigo de este tipo de novelas es la posibilidad que ofrecen para, por medio de ellas, diseccionar la sociedad y traer a la luz sus vicios ocultos, convertidos en crímenes. Sus grandes perfeccionadores, los novelistas norteamericanos desde Dashiell Hammet a Ross Mac Donald o Chester Himes, buscaban por medio del género negro poner al descubierto cómo el delito y la corrupción que campa entre los más humildes, si se viene a seguir el hilo, brota de las clases poderosas y gobernantes. Esta concepción de la novela policíaca como instrumento para asomarse al abismo de la podredumbre se ha desvelado la más interesante, profunda y literaria forma de ejercer el género.
Circunscrita en principio al mundo anglosajón, la novela negra se ha ido poco a poco universalizando y ha mostrado su enorme capacidad de adaptación y su inefable contundencia literaria allí donde ha ido a brotar. No es extraño, desde este punto de vista –la novela policíaca como método de acción, denuncia y toma de posición- que la mejor literatura negra se practique hoy día en aquellos lugares donde los conflictos sociales son más profundos. Como es el caso de China.
Todavía reciente el éxito de la extraordinaria novela Muerte de una heroína roja, de Qiu Xiolong, llega a las librerías El ojo de jade, primera novela de Diane Wei Lang (Pekín, 1966). Ambas novelas tienen en común su mirada sobre la China actual, la China de la transición entre el régimen comunista y un capitalismo sui generis, pero tan salvaje y depredador como el de Wall Street. En la novela de Wei Lang, los personajes están completamente obsesionados, alienados por ganar dinero y escalar posiciones sociales. Según acaban de conocer a una persona, dentro del protocolo de la presentación, está el decir cuánto dinero ganan, cuánto esperan ganar y la cantidad y calidad de sus posesiones. Las madres se encuentran orgullosas de la belleza y buenas maneras de sus hijas en tanto en cuanto ello las permitirá casarse con un millonario. Tener coche con chófer, asistencia médica, o cenar en los restaurantes de lujo es algo delicioso, pero más que nada por lo que se puede presumir de ello y la inmisericordia con que se le puede restregar a quienes no han conseguido trepar al mismo ritmo. Una sociedad, en suma, voraz, insolidaria y salvaje como corresponde a un capitalismo recién descubierto.
En medio de esta verdadera jungla vaga Mei, la protagonista de esta novela, una detective privada a bordo de un Mitsubishi rojo que sólo aspira a ganarse la vida de una manera honrada, algo que, evidentemente, choca con los ideales de todos aquellos que la rodean. Cierto día, Mei recibe el encargo de recuperar una pieza de arte antiquísima expoliada por las autoridades en los años sesenta, durante la época de la Revolución Cultural, y sacada ahora al mercado negro. Mei se lanza a la tarea, confiada en que “no será fácil que la gente hable, pero todo tiene un precio, especialmente en estos tiempos”.
Sin embargo, durante su trayectoria en busca de la pieza, Mei habrá de elevarse por encima del ambiente competitivo y cotidiano de la Pekín actual y tendrá que ingresar en las oscuras galerías de una serie de comités: de Propaganda, de Educación, de Salud Pública, viejas instituciones del régimen comunista que parecen dormidas, pero que siguen controlando con peso de plomo, aunque ocultas en la sombra, las actividades de los camaradas. Y que siguen guardando, prestas a utilizarlos, secretos terribles que afectan a todos; por supuesto, a la propia Mei.
“En el silencio de la noche, estaba recorriendo a toda velocidad las solitarias calles de la capital septentrional de Kublai Jan en su pequeño Mitsubishi rojo, y en algún lugar a sus espaldas creyó oír el fantasma del tiempo”.
El ojo de jade es una novela magnífica, por su intriga, por sus personajes, por la sensibilidad que demuestra la autora, pero sobre todo por esa sensación de vigilancia, de control asfixiante por parte de un organismo superior que todavía hoy tiene la última palabra sobre la aceptación o no de un matrimonio, de unos estudios, de un cambio de domicilio, o que, como recientemente hemos visto, sale de la oscuridad para restringir a sus vigilados el acceso a Internet.

jueves, enero 03, 2008

La desaparición de Majorana, Leonardo Sciascia

Trad. Juan Manuel Salmerón. Tusquets, Barcelona, 2007. 116 pp. 12,50 €

José Gutiérrez Román

El punto de partida y el de llegada de esta pequeña novela es el mismo, el cual ya se nos anuncia en el título: la desaparición de Ettore Majorana. Este joven físico italiano desapareció en marzo de de 1938 tras embarcar en Nápoles con destino a Palermo. La hipótesis de que hubiera decidido suicidarse, avalada por dos cartas que envío antes de emprender este viaje, y en las que se despedía de su familia y de un colega, fue la que la policía utilizó para explicar lo sucedido y cerrar el caso al no encontrar ningún indicio de que el científico se encontrase con vida. Si bien, tampoco se pudo hallar ninguna prueba de que hubiera muerto, pues su cuerpo jamás apareció. Ante esta situación, y partiendo de la tesis de que «a los muertos se los encuentra, son los vivos los que desaparecen», Sciascia (1921-1989) va reconstruyendo la historia de este misterioso caso y al mismo tiempo la de este enigmático personaje.
Calificada por el autor como «novela filosófica de misterio», es cierta la no uniformidad de su estilo, pues recorre diversos géneros literarios a pesar de lo reducido de su tamaño. La incógnita sobre lo que sucedió con Majorana, y las causas que lo llevaron a borrarse del mapa, sirve para ahondar también en cuestiones filosóficas, adquiriendo en ocasiones la condición de un pequeño ensayo. Sciascia vertebra sus reflexiones a partir de un tema fundamental en la novela: los primeros hallazgos sobre la energía atómica y su uso como arma de destrucción masiva. Parece que Majorana fue uno de los primeros (o el primero, según la novela) en dar con semejante hallazgo, si bien nunca quiso desarrollar públicamente estos descubrimientos por temor a las repercusiones que podría tener (o al menos esto deja entrever el autor), lo cual también podría justificar su decisión de hacerse desaparecer. Si a todo esto unimos la condición de genio que se le atribuye a Majorana, ya tenemos alicientes de sobra para dejarnos seducir por su historia. Sciascia lo compara con otros genios como Stendhal, ya que en ambos aprecia esa voluntad inconsciente de retrasar el tiempo que pudiesen la perfección de su obra, de no desvelar un secreto que viaja con ellos desde que nacen, «y que una vez que se ha revelado (...), tanto en ciencia, literatura o arte, no queda sino morir». Estas son sin duda las mejores páginas del libro, en las que conocemos el carácter introvertido de Majorana, sus relaciones familiares o sus dificultades para amoldarse a los cánones de la vida cotidiana. Es el retrato humano del protagonista el que, curiosamente, nos hace comprender mejor la zozobra del científico ante las dimensiones que podrían tomar sus investigaciones. También son sugerentes las reflexiones que deja caer acerca de la cautela que mostraron los científicos que trabajaban en Alemania e Italia al no poner en manos de sus ejércitos la posibilidad de desarrollar la bomba atómica, cosa que sí hicieron sus homólogos americanos. A saber cuánto hubo de voluntad o de imposibilidad en ese hecho, pero he ahí la reflexión del escritor siciliano. El caso es que, finalmente, como en las buenas historias de misterio, la desaparición de Majorana está más poblada de sombras que de luces. Si fue a través de una muerte voluntaria o de un cuidadoso plan que le permitiera retirarse en algún convento sin dejar ningún rastro, es algo que el lector deberá intuir una vez terminada su lectura, que es cuando empieza la verdadera búsqueda de Majorana.

miércoles, enero 02, 2008

La bodega, Noah Gordon

Trad. Enrique de Hériz. Roca Editorial, Barcelona, 2007. 381 pp. 21 €

María Pilar Queralt del Hierro

Noah Gordon es, sin duda, uno de los nombres más acreditados en el ámbito de la novela histórica. Su célebre trilogía El médico, Chamán y La doctora Cole, escrita entre 1986 y 1996, le hicieron merecedor del reconocimiento internacional y le consagraron como un excelente autor de best sellers. Un reconocimiento que el pasado 2005 se concretó en la obtención del Premio Honorífico a toda una carrera que concede el Ayuntamiento de Zaragoza, coincidiendo con la entrega del Premio Ciudad de Zaragoza a la mejor novela histórica publicada durante el año.
En aquellos días tuve ocasión de conversar con él y me adelantó que quería escribir una novela de tema español. Razones familiares —su hijo vive en Barcelona— le vinculan especialmente a Cataluña y, como amante del buen vino que es, decidió hacer del Penedès y de sus bodegas el escenario de su propósito. Nació así La bodega, una novela que califica en los “Agradecimientos” de «carta de amor a un país».
Nadie puede negar que sea así. La bodega está escrita con entusiasmo indiscutible, ha requerido de una buena inmersión en los usos y tradiciones catalanas, y cada una de sus líneas rezuma pasión por una tierra, unas costumbres y unas gentes. Los amantes del best seller de trasfondo histórico están, pues, de enhorabuena. La maestría y el buen hacer del autor norteamericano, consiguen hilvanar un relato apasionante y apasionado que se lee con fluidez y que sin duda tiene algo de ese efluvio embriagador de una botella recién descorchada.
Gordon convierte a Josep Álvarez , el personaje protagonista, en cicerone que acompaña al lector por lo que pudo ser la historia de tantas familias enraizadas en tierras de viñedos. La historia se ubica en el Penedès pero bien podría ser en el Somontano, en La Rioja o a orillas del Duero. La aventura del joven emigrado a Francia por razones políticas a fines del XIX, que descubre de la mano de un viticultor francés el arte de la elaboración del vino, es una aventura común al despertar de las bodegas españolas. Josep se presenta como un hombre decidido y emprendedor que quiere hacer de la antigua viña de su padre, explotada únicamente para la fabricación de vinagre, el punto de partida de una espléndida bodega. Responde así a la llamada de la tierra, busca el reencuentro con sus raíces y en ese empeño arriesgará vida y fortuna. Luego, al verse involuntariamente involucrado en el asesinato del general Prim, deberá alejarse de nuevo por un tiempo pero, incapaz de soportar un nuevo exilio, volverá para instalarse definitivamente en su pueblo natal donde, a pesar de las dificultades, conseguirá su sueño: elaborar un vino que vincule por siempre a su gente con la tierra. En la empresa le acompañarán Nivaldo, el cubano que recordará la España de más allá del Atlántico; Marimar, una suerte de “mujer fuerte” en la acepción bíblica del término; y Donat, el hermano del protagonista, un obrero inmerso en el despertar industrial de Barcelona.
No obstante, hay que avisar que La bodega, puede despertar las suspicacias de muchos historiadores a causa de pequeños deslices. Así, Gordon presupone que el absolutista Fernando VII hubo de convencer a unas inexistentes Cortes de la abolición de la ley Sálica, y, desde luego, no aborda el carlismo en toda su compleja dimensión histórica. No hay, pues, que perder de vista que es una novela escrita con el corazón, léase pues con los ojos de la emoción y el ánimo dispuesto a la fantasía, teniendo el rigor historicista debidamente sujeto para empresas de mayor calado. La bodega, como los buenos vinos, hay que saborearla conscientes de lo que se tiene entre manos: una copa de vino aromático pero afrutado y ligero; o lo que es lo mismo, una lectura amena, distendida y, por tanto, muy recomendable.

martes, enero 01, 2008


¡Feliz 2008, visitantes tocados por la Tormenta!

lunes, diciembre 31, 2007

Elegías a Dios y al Diablo, Samuel Solleiro

Trad. Xiana Solla Lagoa. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 128 pp. 15,60 €

Elena Medel

Lucas, 15, 1-3, 11-32: la del hijo pródigo es mi parábola favorita, omnipresente en el manual de religión curso tras curso. Memoricé la generosa compasión del padre, el arrepentimiento del hijo que regresa... Jamás he ocultado que La Biblia es —al margen de inclinaciones o rectitudes de creencias; ¡Dios me libre!— una de mis obras preferidas, pues contiene alta —y muy variada— literatura: desde el más evidente “Cantar de los Cantares” al “Apocalipsis”, casi precursor del surrealismo, pasando por libros que contienen elementos más propios del thriller cinematográfico. Quizá por eso he disfrutado tanto leyendo Elegías a Dios y al Diablo, cuyo título no engaña: es irreverente desde la inteligencia, pero no desde la gratuidad, según dicta la costumbre. Y, pese a su fidelidad a una línea argumental sacrílega, se permite coquetear con otros temas.
Xerais publicó la ópera prima de Samuel Solleiro en 2001 y en su lengua original, el gallego; Elegías a Dios y al Diablo reúne trece textos que concebimos como parábolas. El comienzo es potentísimo, encadenando tres de los mejores relatos del conjunto: “Abundio Domínguez, pescador de hombres” —quizá el más ligado a los mitos católicos—, “Las caras de la luna” —una reflexión borgiana sobre la identidad— y “Vida (y otros milagros)”, escogido por Lengua de Trapo para la contraportada, y en el que Manolo Simal, dueño de una tienda de ultramarinos, encierra a Dios en un bote. Ya en la recta final, conviene prestar atención a “La pipa de papá” —lo infantil, casi naïf, se mantiene hasta el punto final—, con el diálogo entre el niño Santi y la pistola de su padre, y a “La trompeta afilada del segundo ángel”, un microcuento que consigue más que sorprender.
Antes leímos “Escalera hacia el cielo” —¿título en cómplice paráfrasis con el Highway to hell de AC/DC?—, que es, junto con la protagonizada por Simal, la otra gran Elegía: con un tono muy conseguido, que —desde el inicio, «los hechos sucedieron en nuestro pueblo», hasta el final, «así fue, y será siempre»— servidora imagina pronunciado desde el púlpito, Solleiro narra el bautismo del burro Popeye. En “Escalera hacia el cielo” convergen las dos características principales de Elegías a Dios y al Diablo: el humor al contar —la retranca, que supera la ironía y se mueve entre el absurdo e, incluso, la violencia— y la magia natural en lo contado. Porque la atmósfera de estas Elegías no es la del realismo mágico, aunque se le parezca: se trata del aura de un fantástico cotidiano, de la posibilidad de alimentarse de cadáveres frente a la indignación de los curas del pueblo —y con el apoyo del resto de vecinos—, de la abuela que confunde al nieto con el abuelo y que confiesa su ateísmo. Sucesos de todos los días, más o menos, creíbles porque Solleiro escribe —otro juego— como Dios.
Yo quisiera emparentar a Samuel Solleiro, por aquello de suscitar —de paso— el interés en sus obras, con autores coetáneos y también en lengua gallega como Cid Cabido o Mario Regueira, que se atreven con los márgenes, que experimentan y conciben el lenguaje como un elemento vivo. Si conocen la literatura gallega actual, me darán la razón; quienes no, disponen de una excusa para entonar estas Elegías a Dios y al Diablo, o para leer dz ou o libro do esperma, publicado por Xerais en 2006 —sin traducción al castellano— y más sólido aún.
Hasta aquí, Dios.
En cuanto al Diablo... Permitan que se presente.