viernes, noviembre 16, 2007

El padre de Blancanieves, Belén Gopegui

Anagrama, Barcelona, 2007. 337 pp. 19,50€

Salvador Gutiérrez Solís

El difunto Umbral, tan certero con las palabras, acertó de pleno en su vaticinio/apuesta sobre Belén Gopegui. Una narradora, que desde su primera entrega —La escala de los mapas— despliega una portentosa capacidad/habilidad novelística, vibrante, inquieta, exploradora, atrevida; definitivamente inusual en estos tiempos de soporíferas historias, modernismos con marca registrada y correctas agresiones contra lo establecido. La voz de Gopegui es una luz en la penumbra de la caverna en la que habita la novela escrita en lengua española, una señal en el camino, tal vez una dirección a seguir. Tras unos comienzos más que prometedores, La conquista del aire y Lo real alzaron a Belén Gopegui a los puestos más altos de la narrativa nacional. Dos obras imponentes, contundentes en trama, intención y definición que lograron agigantar la silueta de la escritora y que convulsionaron el adormecido patio de las letras hispanas, somnoliento desde los años cincuenta. Gopegui inyectó sangre, adrenalina, en las venas del moribundo.
El padre de Blancanieves puede entenderse como la continuación, con respecto a la intención, de El lado frío de la almohada. Continuación sólo con respecto a la intención —repito—, de movilizar, de sensibilizar, de avanzar en lo que podríamos definir como la novela ideológica o novela política. Afortunadamente, técnica y argumentalmente es sensiblemente superior. No se trata El lado frío de la almohada de una novela errónea o mediocre, no, es soberbia en algunos momentos, pero en una escritora del recorrido de Belén Gopegui sólo se puede considerar como una línea recta. Línea recta, eso sí, en las alturas. Alturas que vuelve a recorrer Gopegui, incluso a sobrevolar, con El padre de Blancanieves. Una novela coral e —increíblemente— intimista al mismo tiempo, un espectacular fresco de la clase media española, de la clase obrera, de esa socialdemocracia bienpensante que lo entiende todo, que se solidariza con todo, pero que no actúa —no actuamos— frente a nada.
Página tras página, Belén Gopegui mira a su lector a los ojos y le dice: hazlo, tú puedes, todos podemos, vamos a intentarlo. Porque en El padre de Blancanieves se insta a recuperar los valores de la ciudadanía como estamento fundamental en la construcción de la sociedad y de su propia historia. Entiendo a quien pueda detestar y hasta herir esta novela, si el corral estuviera habitado por las mismas bestias esto sería muy aburrido. Ese odio, o esa herida, habría que seguir adjudicándolo, igualmente, en el haber de Belén Gopegui. Nos demuestra, una vez más, que la novela es un género con entrañas, con riesgo, con vida, en el que todo vale, sí, pero partiendo de unos criterios establecidos. Nos demuestra que la novela es un elemento más en la construcción del mundo, o en un posicionamiento ante el mundo, y no sólo una retahíla de frases ordenadas y huecas, más o menos respetuosas con la gramática.

jueves, noviembre 15, 2007

Negro sobre negro, Leonardo Sciascia

Trad. César Palma Hunt. Global Rythm, Barcelona, 2007. 319 pp. 22 €

Alejandro Luque

Mentiría, de entrada, si omitiera que soy un devoto de la obra, de toda la obra de Leonardo Sciascia. Si por mí fuera, la pondría como lectura obligatoria en escuelas, universidades, empresas públicas y privadas, partidos políticos. Y no porque tenga mucha fe en la eficacia de las lecturas obligatorias, pero sí me consuela pensar que algo queda, que menos es nada. Una cucharada de Sciascia en el desayuno, abrir la ventana para que sople un poco de Sciascia, un segundo de Sciascia en la parrilla televisiva, tendrían en nuestra sociedad insospechados efectos benéficos.
De entre los libros de no ficción de su bibliografía, acaso mi favorito sea este Negro sobre negro. Lo he releído varias veces en mi vieja edición de Bruguera, de 1984, y vuelvo a hacerlo ahora en esta otra, elegante y cuidada, de Global Rythm. Siempre que abro estas páginas –y no dejo de asombrarme por ello– descubro infinidad de nuevas revelaciones, como si el libro siguiera creciéndose y enriqueciéndose cada año. Y sé que es algo más que una sugestión: las ideas que el autor siciliano moviliza no sólo mantienen su vigencia, sino que toman la forma, se adaptan de un modo asombroso a los nuevos tiempos, en parte porque son producto de una lucidez muy sólida, en parte porque el mundo tiene la costumbre de recaer en errores y miserias sospechosamente similares.
Planteado como una suerte de dietario, Sciascia trabajó en este proyecto durante diez agitados años, de 1969 a 1979. Sobrino nieto de la Ilustración, laico, voltaireano, montaigneano confeso, el racalmutense proyecta la misma mirada inciso-cortante en su infatigable peregrinaje de la actualidad al pasado, con el objeto de que una y otro se iluminen mutuamente, que se froten como piedras hasta que la fricción produzca una chispa razonable, un destello que logre conjurar la estupidez.
En esta colección de notas breves hay, para empezar, una prosa limpia, clara y pulida, algo inalterable en sus mejores novelas –Todo modo, El archivo de Egipto– que también reconocemos aquí, ajustada al formato con maestría intachable. Hay también mucha y muy buena lectura, de Pirandello a Borges pasando por Brancati, Stendhal, Kundera, Shakespeare o Pasolini. En ninguno de estos casos, sin embargo, se les trata como venerables ídolos de mármol, sino como sutiles instrumentos ópticos dirigidos a descubrir nuevos perfiles de la realidad.
Otro de los alicientes de estas páginas son esos enigmas históricos que Sciascia recoge en libros como La desaparición de Majorana, De la parte de los infieles o Los apuñaladores, y que ahora aborda más telegráficamente, pero aplicando idénticas mañas deductivas. Asimismo, encontramos entre reflexiones sobre la sicilianidad –esa marca genética que el escritor intentó descifrar toda su vida–, temores acerca del destino del patrimonio histórico y críticas al circo de la intelectualidad, recuerdos y aforismos, inquisiciones demoledoras en materia política, consejos implícitos para leer mejor los periódicos, vacunas contra las manipulaciones a las que estamos expuestos a diario.
Las últimas páginas del libro son un anticipo de su polémico volumen El caso Aldo Moro, una reflexión sobre el dramático secuestro y asesinato del líder democristiano a manos de las Brigadas Rojas. Y tal vez sea en estos textos donde mejor se percibe lo que apuntábamos arriba: siendo un hombre puro de su tiempo, fieramente siciliano -por más afrancesado que se nos presente-, Sciascia hace siempre gala de una visión de largo alcance y de una conciencia universal, que le valieron por cierto una curiosa mala fama de agorero. Qué grandes observaciones habría aportado, me pregunto, de haber vivido en los tiempos del 11-M, Berlusconi, Litvinenko y las pateras del Estrecho de Gibraltar.
“Hoy en día”, escribía, “la estupidez y el fanatismo son inseparables, ya que no se diferencian: no hay fanático que no sea estúpido y no hay estúpido que no sea fanático”. No se puede fechar mejor este aserto: lo dicho, hoy en día.

miércoles, noviembre 14, 2007

La invención de Hugo Cabret, Brian Selznick

Trad. Xohana Bastida Calvo. SM, Madrid, 2007. 533 pp. 20,50 €

Carmen Fernández Etreros

Cuando el lector de La invención de Hugo Cabret abre las primeras páginas del libro, no sabe si se va a encontrar con un ejemplar de literatura juvenil, un cómic o un álbum ilustrado. El libro de Brian Selznick es todo eso y mucho más. Un libro especial que combina tres géneros: la narrativa, la ilustración y la técnica cinematográfica. El acierto del autor es que no nos invita a leer el libro sino a contemplar la historia del muchacho protagonista, y para ello nos la muestra con sus increíbles ilustraciones e imágenes.
El papel privilegiado de la imagen en La invención de Hugo Cabret se logra gracias a la aparición de 284 cuidadas ilustraciones. En el libro aparecen fotografías sacadas de películas pioneras del cine como por ejemplo El viaje a la Luna de George Méliès o La llegada de un tren a la estación de los hermanos Lumière. Estas fotografías se combinan con curiosos dibujos en blanco y negro elaborados por el propio autor. Brian Selznick usa técnicas cinematográficas para la recreación de sus ilustraciones, como la simulación del zoom con dibujos sucesivos que van acercando los pequeños detalles al lector como una bota del protagonista corriendo o la locomotora entrando en la estación parisina.
Brian Selznick, natural de New Jersey, es un apasionado de la literatura y la ilustración infantil. Su primera obra, The Houdini box, que todavía no ha llegado a nuestro país, cosechó un gran éxito entre los lectores y la crítica, y varios premios de Literatura Infantil y Juvenil. Curiosamente Brian Selznick adquirió sus conocimientos de literatura infantil cuando comenzó a trabajar en la librería infantil Eeyore’s en Nueva York. También ha trabajado como ilustrador de diversos libros infantiles y juveniles.
Pero recalco que la imagen no se superpone al texto, sino todo lo contrario, ambas se combinan con destreza. El autor logra un equilibrio de las imágenes con una historia brillante y una intriga que capta al lector desde las primeras páginas. Incluso consigue que las ilustraciones lleven al lector en volandas la historia para seguir a recreándola a continuación en el texto. Un verdadero ejercicio de estilo y una novedosa técnica para la literatura juvenil que se inaugura con este libro y que se hace eco del gran papel de la imagen en los nuevos lectores.
La invención de Hugo Cabret cuenta la historia de un chico huérfano, que vive solo entre los muros de una ajetreada estación de ferrocarril parisina. Si quiere sobrevivir, nadie debe conocer su existencia. Tampoco nadie debe saber que todas las mañanas Hugo pone en hora los relojes de la estación. Sin embargo, un día tiene un descuido y es descubierto por una solitaria chica y un viejo juguetero. Ya nada será para Hugo como antes. Un extraño dibujo, un valioso cuaderno de notas, una llave robada y un misterioso autómata son algunas de las claves de un intrincado misterio que el lector irá descubriendo.

Para esta obra Brian Selznick se ha inspirado en Edison’s eve: A Magical Quest for Mechanical Life, de Gaby Word, un libro en el que se cuenta la historia de un autómata, y en el que se narra como uno de los primeros directores de cine francés, George Mèliés, coleccionaba este tipo de máquinas. Un director de cine que se separo de la línea documental de los hermanos Lumière para convertir el cine en espectáculo y diversión. El autor cuenta en los agradecimientos de La invención de Hugo Cabret que había acariciado durante muchos años la idea de escribir una novela sobre George Méliès, pero ésta no tomó forma hasta que encontró este libro que contaba la historia de la colección de autómatas de Méliès que fue «donada a un museo cuyos responsables la arrinconaron en un desván del que solo salió para ir al basurero. Me imaginé que podía haber pasado si un niño hubiera encontrado aquellos autómatas en medio de la basura y en aquel instante nacieron Hugo y su historia».
La otra historia que subyace en La invención de Hugo Cabret es la reinserción en la sociedad de un niño que como tantos otros en la época, vagaban en soledad por las calles de París a su suerte, y que gracias a la amistad con la protagonista y al misterio del autómata vuelve a tener contacto con el mundo.
Un libro que conecta la olvidada y triste historia de los pioneros de la cinematografía con una aventura juvenil llena de sensibilidad, misterio y creatividad. Un libro que engancha a los jóvenes lectores pero también a sus padres.

martes, noviembre 13, 2007

Obras maestras. La mejor ciencia ficción del siglo XX, Orson Scott Card (selección)

Ediciones B, Barcelona, 2007. 570 pp. 19 €

Julián Díez

Bienvenidos a la ciencia ficción, donde el arte inquieto y la bufonada se confunden. Esta antología puede ser, si no una puerta inmejorable, sí al menos fidedigna y válida para adentrarse en uno de los más meritorios, pero también el más esquizofrénico, de los géneros literarios del siglo XX. Porque en ella encontraremos un resumen fidedigno de sus miserias y sus grandezas; obras maestras desconocidas al lado de cuentuchos que resulta delirante que nadie quiera recuperar; certeras reflexiones sobre la condición humana o el destino de nuestra sociedad junto a chorradas del espacio escritas en un grimoso estilo pulp.
Sólo en un libro de ciencia ficción, en ningún otro género literario ni en ninguna otra vertiente de la cultura conocida, podríamos encontrar a un director de colección que aprovecha el prólogo de un volumen para dar cera a quienes no piensan como él; y nada más que en la ciencia ficción se encontrará a un antologista que, ya que está seleccionando sus cuentos favoritos, aprovecha la coyuntura para decir que todo el resto del universo que no disfruta de la ciencia ficción son “la vieja aristocracia en su torre de marfil”, y de paso reclama para su género una normativa al margen de la del resto de cualquier otra forma literaria (sin argumentación alguna para ello, por supuesto), en la que, naturalmente, su propia obra reciba al fin el reconocimiento que merece por parte de “la vieja aristocracia”.
Se hace difícil recomendar del todo un libro embadurnado, pues, de complejos de inferioridad y autosuficiencia fanfarrona. Pero ay, amigos: es que la ciencia ficción es también una fuente de literatura maravillosa. De la que está a la altura de cualquier criterio, de las exigencias más exquisitas, y que a la vez da que pensar, da que soñar. En este libro hay no menos de media docena de ejemplos de ello. Y no hay muchas antologías de relatos actualmente en las librerías en las que se reúnan juntos tantos relatos buenos, de los verdaderamente memorables de la ciencia ficción. El único otro caso disponible es Lo mejor de los premios Nebula, reeditada en bolsillo en dos volúmenes. Esta última tiene la ventaja de que los cuentos que no son buenos, al menos no son tan rematadamente malos como los peores de ésta.
En cualquier caso, destaquemos los relatos memorables. "Un platillo de soledad", del maestro de la cf sensible Theodore Sturgeon, nos muestra cómo es posible construir una historia maravillosa a partir de materiales humildes, puramente pulp. "Todos vosotros zombis", "Los nueve mil millones de nombres de Dios" y "Sueños de robot" son, sin duda, de los más brillantes trabajos de los tres grandes clásicos de la ciencia ficción, Robert A. Heinlein, Arthur C. Clarke e Isaac Asimov, cuya verdadera importancia en el contexto del género debería ser puesta en entredicho, pero que de los que aquí se ofrecen testimonios inmejorables. Los cuentos de Robert Silverberg, Ray Bradbury, Harlan Ellison y Brian Aldiss están entre los mejores suyos, dando también fiel reflejo de sus trabajos. "El túnel bajo del mundo", de Frederick Pohl, debería servir para reivindicar el trabajo pionero de este autor en el campo de la ciencia ficción sociológica en los años cincuenta, uno de los tesoros ocultos del género. Y "Los que se alejan de Omelas", de Ursula K. Le Guin, es para mí un firme candidato a ser uno de los mejores relatos del siglo XX bajo cualquier parámetro, así que poco más puedo decir de él.
En general, desde que abandonamos los prólogos y su tono mitad llorica, mitad fanfarrón, el libro se justifica en líneas generales en sus dos primeras partes, las que dan testimonio de la historia del género hasta los años setenta. Las deliberadas omisiones de tres de los mejores autores de la ciencia ficción, además de los más reconocidos fuera de los estrechos márgenes del ghetto, como son Stanislaw Lem, Philip K. Dick y J.G. Ballard, con ser más que discutibles, pueden defenderse porque el material presentado o está muy bien o –salvo la excepción del vergonzoso cuento de Edmond Hamilton- resulta al menos digno.
El libro, desafortunadamente, cae en picado cuando Card no puede apoyarse para presentar su canon del género en el canon que la crítica y el público han ido estableciendo al cabo de las décadas, y debe escoger por sí mismo ejemplos del género en los últimos treinta años. Y aquí, salvo el ya indiscutible “Reyes de la arena” de George R. R. Martin y el brillante “Nieve” de John Crowley, el resto forman un abanico que oscila entre lo correctito –Gibson, Kessel o Bisson tienen mejores obras que las aquí escogidas-, lo prescindible o lo simplemente malísimo. Admito que aguardo con impaciencia otras reseñas para ver si hay alguien entre los expertos del género que pueda considerar que relatos inéditos hasta hoy en castellano –con toda la razón- como “Vasijas” de C.J. Cherry o “El sendero descartado” de Harry Turtledove pueden resultar representativos de un género que, en este periodo, ha contado con cuentistas tan interesantes como Connie Willis, Greg Egan, Mike Resnick o Ted Chiang, por sólo citar ejemplos relativamente accesibles para el lector español.
En suma, un volumen tremendamente irregular, pero también por ello mismo representativo del desquiciamiento en el que sigue viviendo hasta hoy la ciencia ficción. Queden en suma claros los dos avisos: aquí hay material valioso, que puede suponer una sorpresa para muchos lectores, y que suma más de la mitad del volumen, lo que sin duda justifica su compra. Pero este libro está muy, muy lejos de ser un testimonio real de lo mejor de la ciencia ficción. Por fortuna, hay bastante material más valioso que algunas de las páginas de topicazos y marcianadas que engrosan este volumen.

lunes, noviembre 12, 2007

Como otros tienen una patria, Ramón García Mateos

X Premio de Poesía Ciudad de Salamanca. Algaida, Sevilla, 2007. 88 pp. 12 €

Ignacio Sanz

Ramón García Mateos (Cerralbo, Salamanca, 1960) ha tenido una vida peregrina y, en cierto sentido, atormentada, que le llevó en un primer envite desde su pueblecito situado casi en la frontera de Portugal, hasta el Barco de Valdeorras, para emigrar después a Reus cuando era ya un adolescente crecido. Desde hace más de veinte años vive en Cambrils (Tarragona), donde ejerce como profesor de Literatura Española. Su primer libro de poesía lo firmaba con un clásico entonces vivo como Leopoldo de Luis. Ramón García Mateos ha ramaleado de aquí para allá siempre atrapado por la poesía, con libros deudores del viejo cancionero y romancero tradicionales con acentos trovadorescos; también ha navegado en las aguas de la poesía satírica, tomando como objeto de su punzante mirada ciertos personajes públicos.
En estas idas y venidas por el mundo literario consiguió varios premios que no hacían sino confirmar que aquel muchacho salmantino de vocación trashumante había devenido en un poeta aplicado con capacidad para asumir lo mejor de la tradición poética en castellano; tradición que, en su caso, recalaba en puertos tan notables como Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, César Vallejo, Antonio Gamoneda. A José Agustín Goytisolo le ha dedicado, además, varios estudios críticos y un precioso disco, Por mi mala cabeza, de poesía recitada y musicalizada por el grupo Los Goliardos, que él lidera. En ese disco se puede apreciar la gravedad y hondura de la voz de Ramón García Mateos, así como su dominio del ritmo y de las pausas en la recitaciones.
En el año 2003 García Mateos da un salto cualitativo al conseguir el premio de poesía Rafael Morales de Talavera de la Reina con su libro Morfina en el corazón. Creo que es en este libro donde el poeta comienza a encontrar su propia voz depurada, libre ya de cualquier hojarasca ligada al periodo formativo. Aparecen los largos versículos, las complicidades surrealistas y un desgarro interior que se va a acentuar en el libro objeto de este comentario, Como otros tienen una patria, título prestado de un verso de Juan Carlos Mestre, otro de sus referentes poéticos, cuyo verso completo es: «Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria».
El dolor atraviesa estos poemas desgarrados, pero no es un dolor oscuro o amargo, sino un dolor luminoso, expresado desde la altivez de los derrotados, desde la conciencia heroica de los vencidos. Y descubrimos en ellos que el poeta se desnuda y nos muestra, como trofeo, un torso lleno de heridas. Y es entonces cuando advertimos que Ramón García Mateos ha encontrado en estos poemas el cauce para dar salida a los sentimientos más profundos; las esquirlas de ese dolor salpican como gotas de agua en nuestra cara y nos hieren y nos iluminan.
«Mi memoria es el territorio de la ausencia, memoria para tejer el lino y la sarga donde duerme el recuerdo, ausencia y humo, piel y escalofrío». Otra veces el poeta se muestra dionisiaco, ebrio de amor: «Así, especia y flor, fruto y viático, así, así renace en las palabras, pagoda entre dos muslos azorados, cofre y cosecha, un pozo de agua dormida entre tus piernas: lugar sagrado donde se anega mi soledad, mi ansia de ti, me desespero».
El libro brinca en nuestras manos, como brinca un corazón herido. Y bien se podría decir de él, remedando a Vallejo, que el lector, antes que un libro, tiene un hombre herido entre las manos.