viernes, diciembre 29, 2006

Doble mirada: El mar, John Banville

Traducción de Damián Alou. Anagrama, Barcelona, 2006. 219 pp. 15,00 €

1.
José Morella

Jean Améry decía que el individuo joven vive en el espacio, en contraste con quien ha envejecido, que vive en el tiempo. El joven piensa el futuro como una constante posibilidad (no necesariamente realizada) de ir acá y allá, de moverse, de conocer gente y disfrutar de experiencias en sus viajes, ya sean a las antípodas o al bar de la esquina. El viejo, por el contrario, ha llegado o está a punto de llegar al día en el que, debido a los crecientes problemas de agilidad e incluso de movilidad, deja de vivenciar el mundo como espacio y pasa a vivir en el tiempo pasado, en la memoria. Es exactamente en este punto de su vida en el que Max Morden, el protagonista de El mar, inicia el relato de su existencia, y por eso dice: “a la memoria le desagrada el movimiento, prefiere las cosas en quietud”. Esto define el estilo de John Banville: dejar a su personaje muy quieto y aplicarle a cada minúsculo recuerdo una lupa que lo agrande hasta límites insospechados. Atestar cada recuerdo de metáforas y símiles que le den a los objetos, personas o animales rememorados una firma única, una especie de huella digital o código de barras que lo haga irreductible. Este procedimiento funciona de una manera paradójica: a fuerza de extremar la objetividad, invade el campo de lo subjetivo; a fuerza de la minuciosidad de científico maniático con la que recuerda Max Morden acabamos conociendo al sujeto Max Morden. Es también de esta minuciosidad de la que brota el lenguaje poético. A cada página, como ocurre con la buena poesía, el lector quiere detenerse y releer alguna frase. Ejemplos: el viento soplaba “golpeando con sus grandes puños suaves e ineficaces los cristales de la ventana”; el padre de Max llegaba del trabajo “acarreando la frustración de ese día como un equipaje apretado en su puño cerrado...”; “...el cuello de la botella y el borde del vaso castañetearon uno contra el otro como dientes”. Este estilo, alargado a veces en descripciones de una página, no puede sino dividir la opinión de los lectores. Los hay que, literalmente, se saltan las descripciones: los impacientes. Y luego están los que se refugian a vivir en ellas, los que no querrían que el libro acabase nunca. Los perdidos.
El viejo Max explica su historia como quien enseña lentamente a un invitado los álbumes de las fotos de su vida sentado en el sofá de su casa. Va parándose en cada foto de la memoria y comentándola obsesivamente, con un flujo de discurso incontrolado. El lector de Banville se parece al pariente o amigo de un obsesivo, que queda con él y sabe que, indefectiblemente, el hombre le bañará con sus palabras, volverá a rememorar hasta el infinito su vida, pero no le escuchará. La memoria ya se basta sola, ya no necesita interlocutor. El interlocutor es el silencio, el vacío con el que la vida ha ido respondiendo siempre. Los recuerdos anulan cualquier conversación. Max enseña dos álbumes de fotos diferentes: uno de la infancia, en el que se observan imágenes de los veraneos del Max niño y la relación especial que mantiene con una familia de clase social más alta que la suya, y otro dedicado al último año de su vida, que es el año de la muerte de Ana, su mujer.
De la trama, o del conflicto de Max Morden, hay poco que decir si no queremos aguarle la fiesta al lector, así que nos conformaremos con comentar que el pequeño Max, en sus veraneos, conocerá a una familia, los Grace, que le marcará. Su actitud durante la agonía y la muerte de Ana, su mujer, y la relación que Max mantenía con ella y con la hija de ambos sólo pueden explicarse por la fascinación que de niño sufrió (este es el verbo adecuado) por la familia Grace. Es la fascinación que ejercen las clases acomodadas sobre las clases bajas. Todos los problemas del protagonista nacen con la toma de conciencia de la existencia de las clases sociales, con la brecha que se abre ante el personaje cuando conoce a los gemelos Grace. Me ha llamado mucho la atención que ninguna de las críticas que he leído del libro le haya prestado atención a este punto. ¿Por qué la crítica tiene esta especie de pavor a lo político? Cuando le nombras a cualquier persona, por ejemplo, El amante de Lady Chatterley, le vienen a la cabeza palabras como erotismo, sexo, infidelidad. Si hablas de las novelas de Jane Austen, la mayoría de la gente piensa en textos que componen colecciones de quiosco, encuadernadas en rosa, que leen sólo las mujeres. La culpa del vaciado político de estos textos en el imaginario colectivo, ¿no es acaso de la crítica timorata? Lo que escandalizó más a los lectores en la novela de D.H. Lawrence no fue que Lady Chatterley tuviera un amante lúcido, hedonista y seductor, sino que dicho amante fuera un minero. Cualquier novela de Jane Austen es un retrato implacable de la hipócrita y jerarquizada sociedad en la que ella vivía. Del mismo modo, la novela de Banville nace del deseo de un niño de acceder a una clase social cuyo mundo le parece embriagador comparado con el mediocre estilo de vida que le ofrece su propia familia. El texto, pues, debería leerse en clave política, como una crítica al estilo de vida de nuestro mundo, esa constante comparación, esa confusión entre bienestar y consumo, entre felicidad y capacidad económica. Ese niño, sin darse cuenta, convierte su patrón inconsciente de comportamiento (es decir, su alma) en el deseo insaciable de escapar de su clase social, que, encarnada en sus propios padres, lo avergüenza. Por eso el adulto Max Morden no sabe amar. Por eso es un hombre gris, a veces cruel. Por eso se casa con una mujer rica sin estar enamorado. La relación de Max con su esposa me recordó este verso genial del mexicano Jaime Sabines: quién te va a querer menos que yo. Y lo más impresionante de la historia es que, por supuesto, él no tiene la culpa. Él era poco más que un niño cuando vio lo que vio, cuando aquel lejano día, en la playa, le pasó lo que le pasó.

2.
Miguel Sanfeliu

El mar suele ser la perfecta metáfora de la memoria, a veces calmado y a veces violento, impredecible, capaz de arrullarnos en un placentero sueño o de destruirnos con inusitada fuerza, en unas ocasiones atrae restos hasta la orilla, y en otras arrastra objetos mar adentro, donde se perderán para siempre. El mar es la clave en esta obra que nos habla de recuerdos. Y con el ritmo del mar avanza una narración nostálgica que fluctúa entre el pasado y el presente, navegando por escenas traídas a la memoria gracias a detalles que se van sucediendo, mezclando las historias en una masa profunda y oscura que nos arrastra, sin remedio, a la angustia que significa asistir al final de una vida, a todo lo que queda atrás después de la muerte, perdido como si nunca hubiera existido. Nos sentimos arrullados por la voz sosegada y sincera de Max Morden, que llega al pueblo costero en el que pasó los veranos de su niñez, después de haber perdido a su mujer, Anna, víctima de una enfermedad mortal. Esto le hace revivir aquellos días, comprendiendo que siempre quiso esconderse, buscar una guarida, y nos dice:
Por eso el pasado supone para mí un refugio, allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro. Y, no obstante, ¿cuál es la verdadera existencia del pasado? Después de todo, no es más que lo que fue el presente una vez el presente ya ha pasado, no más que eso. Pero vaya.
Pero vaya.
Fascinación en estado puro. Max llega a Ballyless, en un principio acompañado por su hija Claire, una joven de poco más de veinte años que representa la llamada del presente. Pero luego decide instalarse allí, solo, huyendo de un hogar donde resuenan los ecos asfixiantes de su vida en común con Anna, su esposa fallecida. Y desde allí, la memoria no sólo le lleva a su niñez, sino a distintos momentos del pasado: la niñez de su hija, los últimos días de vida de su esposa Anna... aunque, lo que termina adquiriendo protagonismo, es la familia Grace, formada por un matrimonio y dos hijos gemelos, chico y chica, y la muchacha escargada de su cuidado, Rose. En un principio, es la señora Grace la que despierta su interés, pero posteriormente será Chloe, la hija, el objeto de su deseo, su primer gran amor, su iniciación al mundo adulto. El libro se divide en dos partes. La primera, en la que el protagonista se mueve sin rumbo desde el presente hacia el pasado, un poco caóticamente, desorientado, y que finaliza con él observándose en el espejo, describiendo una imagen decrépita: «Cuando contemplo mi cara en el espejo de esta manera pienso, naturalmente, en esos últimos estudios que Bonnard hizo de sí mismo en el espejo del cuarto de baño de su casa de Le Bosquet, hacia el final de la guerra, después de la muerte de su mujer». Y la segunda, en la que el pasado es el que termina por conducirnos hasta el presente, tejiendo un nexo que le permite enfrentarse a la muerte de Anna, comprendiendo que los idílicos días no fueron tales. Los días que compartió con la familia Grace, su amor por la caprichosa Chloe, unos días que van ganando consistencia y nitidez, un pasado en el que el protagonista ha decidido perderse, que va ganando terreno y envolviéndonos, arrastrándonos con su corriente tranquila e imparable. Llegando al final, en el que nos dice el narrador: «Después de todo, ¿por qué iba yo a ser menos susceptible que cualquier otro escritor de melodramas a la exigencia del relato de un hábil giro que lo concluya?» Entre el pasado y el presente histórico se compone un nuevo tiempo verbal que lo abarca todo en una nebulosa que nos va señalando, aquí y allá, pequeñas pistas, destellos que señalan el rumbo que hemos de recorrer.
Con un estilo sosegado y una prosa exquisita va sumergiéndonos esta novela en esa época en la que se descubre la sensualidad, se despierta la curiosidad del adolescente por el cuerpo femenino y se viven grandes amores y arriesgadas aventuras. Si Nabokov recomendaba al escritor que prestara especial atención a los detalles, tenemos en Banville a un fiel discípulo de Nabokov, pues su ojo analítico se demora en captar con toda fidelidad las escenas que el protagonista se esfuerza por revivir. Y al modo proustiano, cualquier detalle u objeto es suficiente para que la mente del protagonista narrador, y con ella nosotros, se pierda en recuerdos que, con frecuencia, conducen a otros recuerdos, con ese ritmo caprichoso que tiene la memoria y que acaba conformando una estructura ondulante y difusa, pero férrea e implacable. John Banville, pese a tener una extensa obra a sus espaldas y ser un escritor de indiscutible calidad, quizá más estilista que narrador, no goza en España de la popularidad que tienen otros contemporáneos suyos como Amis, McEwan o Barnes, y se mantiene como un autor de minorías. Esperemos que la concesión del Man Booker 2005 ponga las cosas en su sitio y ocupe este autor el lugar que en justicia le corresponde. Sus novelas son puntualmente editadas desde hace años, y no resulta difícil encontrar alguno de sus títulos anteriores, como la excelente Imposturas, o Eclipse, que tiene algunos puntos en común con ésta: El mar.

jueves, diciembre 28, 2006

El viento de la Luna, Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, Barcelona, 2006. 315 pp. 20,00 €

Anna Grau

Nueva York te acerca. Te puede acercar mucho a todo aquello de lo que en casa (vamos a llamarlo así...) primero huirías y luego mirarías atrás; todo aquello que no has elegido, pero te define; todo aquello que te obliga a hacerte socialmente responsable y culturalmente consecuente, y que por tanto le pone puertas al campo de ser tú, de lo que tú locamente quisieras ser, si te dejaran. Y que no tiene por qué ser, eso que tú quisieras, nada que ni remotamente tenga que ver contigo. Con lo que se espera de ti en función de cuándo y dónde has nacido.
Nueva York te acerca porque está tan lejos que si tú no quieres nadie te va a encontrar nunca. Camuflado en la maleza de cemento, como un fugitivo de Auster, al fin libre de devenir incluso un homeless, sin que nadie se escandalice ni se decepcione. Sin que nadie se dé cuenta, en verdad. En una sociedad pensada para destacar, donde nunca se es bastante único ni distinto, puedes por fin calmar tu sed de que te olviden. De volver a nacer, con la esperanza de no cometer de nuevo el error de haber nacido.
Y es justo entonces, cuando te sientes lo bastante salvado y lo bastante lejos, cuando se te puede ocurrir volver.
No es tanto nostalgia como el último y más sorprendente peldaño de la libertad. Cuando por fin sientes que de verdad estás desconectado y libre, y que las otrora feroces ataduras ya no serían capaces ni de sujetar un globo a la mano de un niño. Entonces puedes volver, sin miedo a quedar atrapado. Como el astronauta regresa a la Tierra, sabedor de que ya no volverá a ser el que nunca había salido de ella.
Esta metáfora umbilical de los viajes espaciales sin duda no es ajena a la apertura elegida por Antonio Muñoz Molina para su última partida literaria. “¿Y cómo se llama tu novela nueva, Antonio?”, le pregunté en Nueva York, en una de sus últimas apariciones como director del Instituto Cervantes en esos pagos. Había algo significativo en que su abandono del cargo después de dos años coincidiera con la aparición de esta novela. Pero en aquel momento, ¿cómo iba yo a saberlo?
“La novela se titula El viento de la Luna”, explicó, con una especie de abrupta dulzura. Como si al final de la frase esperara algún tipo de reacción.
Al no obtenerla, precisó: “Como sabes, no hay viento en la Luna”. “Vaya”, comenté yo, con pocas ganas de comprometerme.
Es verdad que no hay viento en la luna. Existe el viento solar —que tampoco es viento, viento—, pero el viento lunar es un fantasma. Una ausencia. Una curiosa piedra de toque poético con la que plantear una novela tan metida para adentro de lo real, tan humilde, que a lo mejor sí es verdad que, para permitirte el lujo de escibirla, tienes que ser real académico.
El vehículo no puede ser más simple: en julio de 1969, un adolescente sigue paso a paso la aventura de la llegada del hombre a la Luna. Pero la sigue por la radio desde Mágina, ese enclave donde otras criaturas muñozmolinianas ya se han desesperado mucho de lo que era España no hace tanto. En ese ambiente rural sobrecogido, frustradamente lorquiano, el Apolo XI y su comandante Neil Armstrong devienen liberadores fantásticos, conquistadores de una anhelada realidad alternativa. Como personajes de Julio Verne al que el joven de Mágina se aferrara con todas sus fuerzas para escapar de la dureza y la miseria cotidianas: el trabajo del campo que parece ser su siniestro destino insistente, una vez expulsado del santuario laboral de la niñez; la opresión mental de los curas en el colegio; la vergüenza de ser pobre, y la angustia de serlo por alguna injusticia antigua, que nadie se atreve a denunciar abiertamente; el ardiente rencor escondido, por eso mismo; el tiempo que parece moverse sólo de mala gana, como un animal enfermo; las mismas crónicas de Radio Nacional de la época, con ese untuoso estilo tardofranquista capaz en sí mismo de contaminar toda la radiante aventura de la NASA que parece llevar implícito otro futuro, otra clase de tiempo...
“La duración de plomo del pasado se mide en conmemoraciones y en números romanos”, nos cuenta el muchacho que despierta como puede a la ambición —también sexual— en medio de ese páramo, contra el que se rebela con todo su ser: “a mí me gusta el tiempo inverso y veloz de la cuenta atrás que lleva segundo a segundo al despegue de un cohete Saturno, y más todavía el que empieza en el instante del despegue: segundos de prodigio, minutos y horas de aventura y suspenso, cada hora numerada en su avance y en el cumplimiento exacto de los objetivos de una misión volcada a un porvenir luminoso de adelantos científicos y exploraciones espaciales”.
Ese es el plan, huir de la ratonera de hierro de Mágina, hacia el efervescente mundo real.
La novela deviene entonces engañosamente previsible: se nos cuenta la iniciación a muchas cosas de este chico deslumbrado por los astronautas americanos, impaciente ante un futuro que, para el lector, ya es pasado. Incluso pasadísimo: su fulgor resulta para nosotros tan trasnochado como las decoraciones de los años setenta. El futuro ya no es lo que era entonces. El futuro ya es otro.
Este ángulo permite a Muñoz Molina alimentar su historia, simultáneamente, de ironía y de buena fe. Impregnar toda la narración de un extrañamiento tan exasperante, como entrañable. Teñir de cierta magistral amargura el mismo éxito: ni queriendo podemos no saber en todo momento que el autor nos cuenta todo esto, todas estas desesperadas ganas de huir de donde y para qué nació, desde la otra orilla. Lo consiguió, qué duda cabe. El mundo y Nueva York le estaban esperando.
Si no lo hubiera conseguido, seguramente no habría podido escribir una novela donde, con más o menos eufemismos, viene a pedirle perdón a su padre, por no haber querido ser hortelano como él. Donde, bajo las riendas mucho más tensionadas de lo que parece para mantener el estilo cansino, mortecino casi, se espolean frases que, como quien no quiere la cosa, dicen terriblemente un mundo. Como cuando dice de su familia: “Que la Tierra sea redonda, y que gire en torno a su eje y dé vueltas alrededor del Sol, según se muestra en las imágenes con las que comienza el telediario, es una de tantas fantasías que aparecen en cuanto se enciende la pantalla, y a las que ellos no conceden mucho crédito porque no concuerdan con su experiencia de la realidad”.
Lo cual no quita para comprender después que “hubiera debido darme cuenta de que en la voz de mi padre había un fondo de ternura y lealtad hacia mí”.
Ante la evidencia de que el hijo no le sucedería en el cultivo de la tierra, el padre acabó vendiendo la huerta adquirida con no pocos sacrificios. Y que venía a ser el escenario literal y simbólico de su dignidad. Lo mejor que tenía para ofrecer. Y que fue rechazado.
Pero la libertad es eso. También el amor, cuando por fin puede mirarse a la cara y escribirse. Cuando se ha llegado lo bastante lejos de uno mismo como para no tener miedo de volver. A la tierra que ya no te atrapará nunca más, porque ya es redonda para siempre. Como la última frase de la novela: “Aunque estaba tan lejos, han sabido encontrarme”.

miércoles, diciembre 27, 2006

Mercado Común. Poemas, Mercedes Cebrián

Caballo de Troya, Barcelona, 2006. 96 pp. 9,90 €

Juan Marqués

Mercedes Cebrián vivió durante dos años en la Residencia de Estudiantes y ahora lo hace en la Academia de España en Roma, y sin embargo no la odiamos. Primero porque es una amiga atenta y generosa, y segundo porque el libro que nos acaba de ofrecer demuestra definitivamente que ella es una de esas personas que saben aprovechar sus becas, que satisfacen de sobra la confianza que se les da. Esas instituciones le han regalado tiempo y espacio, y ella nos ha devuelto a todos buena literatura. No hay que envidiarla, pues, sino aplaudirla.
Uno sabe que no se deben reseñar libros de amigos, o por lo menos que, para ser completamente honrados, hay que avisar de esa relación cuanto antes. Una vez hecho, me apresuro a dar mi palabra de que mi entusiasmo por Mercado Común es absolutamente sincero, y creo que hay, en realidad, una razón mucho más poderosa por la que no debería estar escribiendo esta página, y es que estoy opinando sobre un libro que todavía no podemos entender del todo. Algún día estos poemas deberán servir para comprender algo sobre la mejor poesía española de principios del siglo XXI, y, mucho más allá, podrán ser leídos como un buen testimonio de cuál era la visión del mundo y de la actualidad que nosotros, los jóvenes (aunque seguramente no sólo los jóvenes) de estos años, teníamos. Ahora bien, es éste un libro susceptible de ser muy mal entendido, ya que Cebrián no ha buscado en absoluto un “himno generacional” o un testimonio solemne y perenne de nuestras ideologías o inquietudes (si lo hubiese pretendido no le hubiera salido así de bien), ni, mucho peor, son poemas panfletarios o llenos de consignas y titulares, sino que ese personaje observador y escéptico que se ha inventado la autora (y que tanto recuerda en tantas cosas al “Walt Whitman” de los poemas de Walt Whitman) va como paseando por la famosa aldea global y por los libros de historia, convocando espacios y épocas, enumerando y analizando pequeños fenómenos que reclaman su curiosa e inteligente atención, o buceando en sus recuerdos (o en los recuerdos de todos) para reflexionar sobre cómo y por qué cambian ciertas cosas. Si hay una conclusión (y ayudados por la reveladora cita de Philip K. Dick que Cebrián pone al frente: “Reality is that which, when you stop believing in it, doesn't go away”) es que aunque hayamos dejado de creer en la realidad, ésta permanece por encima o por debajo de lo artificial y de los intereses “comunes” creados que mueven ese falso mundo en el que nos movemos, y llegará el día en el que nos la encontraremos de frente y quizá no podamos reconocerla ni reconocernos a nosotros en ella: “acampar/ en las conversaciones es un error/ que un día pagaremos con un picnic/ en medio del desierto”, se lee en el último poema (pp. 83-84). Y todo ello dicho no de una forma fácil, directa o apresurada, sino sirviéndose de la mejor y más fina literatura que uno ha leído en castellano y en verso en mucho tiempo. También recurre al humor, desde luego, pero quien lea Mercado Común riendo continuamente o buscando el chiste se está equivocando, a no ser que esas sonrisas queden congeladas en cuanto se comprenda lo que Cebrián quiere decir, lo que la ha obligado a pensar y escribir.
Basta el espectacular primer verso para comprender de qué estoy hablando: “Aquí están los adultos de la Unión/ Europea” (p. 11). Aparte de la magnífica ironía que late en la violencia de ese encabalgamiento (la Unión Europea bruscamente dividida en el comienzo mismo de una sección y un libro titulado Mercado Común, como una tempranísima declaración de intenciones), y sabiendo lo especialmente odiosas que son ciertas comparaciones, uno se acordó de Shakespeare. Concretamente, de unos minutos de Looking for Richard, el “documental” que Al Pacino rodó sobre el Ricardo III, en el que una profesora de literatura explica ante la cámara lo que significa que Shakespeare decida arrancar su obra con un monólogo del protagonista que comienza con la palabra “Now”, dinamitando el tiempo y el espacio, imponiendo desde el principio la ilusión teatral: parece que esto es (pongamos) un destartalado garaje de (por ejemplo) Barcelona en (digamos) 1980, y que yo soy (por decir algo) un mal actor aficionado recitando (tal vez) una triste traducción, pero os equivocáis, porque “Ahora”, en este momento exacto, estamos ya en la tumultuosa Inglaterra de la segunda mitad del siglo XV, y yo soy Ricardo, el deforme y malvado hermano del Rey, y voy a hacer que os enteréis de cómo somos tú y yo, de qué estamos hechos, de qué pasiones nos mueven y nos explican, y cuando regresemos a la (recordemos) Barcelona de 1980, disuelta la magia de este momento, vamos a saber algo más de nosotros mismos. Quizá lo haya leído con desmesurada sublimidad simbólica, pero creo que ese “Aquí” con el que Cebrián irrumpe está muy cerca de aquel tremendo “Now”, porque con él se abre un libro que reflexiona muy en serio sobre qué nos está pasando, o se pregunta de dónde venimos o, sí, a dónde vamos.
Por supuesto, esa altura con la que comienza el libro no se mantiene todo el rato, y hay altibajos naturales, pero Mercado Común nunca se permite poemas banales (aunque alguno pudiera parecerlo) o palabrería hueca. Es un libro ingenioso pero no caprichoso, divertido pero no alegre, fresco pero no superficial, y será muy mal lector quien no advierta la cantidad de trabajo que su autora ha tenido que invertir en él. En contra de la mayor parte de la poesía actual (y, muy especialmente, de esa impúdica competición de egos que se llama “joven poesía española”) el “yo” de Mercado Común es (bien aprendida la lección de Whitman) un rotundo y verdadero “nosotros”. Este libro habla de ti y de mí, y del espacio y el tiempo que habitamos, y, a pesar de ello, no sólo es una lección y un ejemplo, sino que es una gloria leerlo. No sé decir nada más. De momento sólo podemos intuir lo que este libro supone. Tendremos o tendrán que leerlo dentro de unas cuantas décadas, y entonces estaremos o estarán reunidos de nuevo “Aquí” para intentar comprender qué demonios nos está sucediendo “Ahora”.

martes, diciembre 26, 2006

Cuentos completos, Héctor Tizón

Prólogo de Leonor Fleming. Alfaguara, Madrid, 2006. 280 pp. 18,50 €

Pedro M. Domene

La biografía de Héctor Tizón (Rosario de la Frontera, Salta, Argentina, 1929), como la de otros tantos autores, se confunde con su propia producción literaria, sobre todo con buena parte de la totalidad de su narrativa breve, que Alfaguara recoge en Cuentos completos (2006). El volumen incluye, además de sus colecciones A un costado de los rieles (1960; segunda edición, en Alfaguara, 2001), El jactancioso y la bella (1972), El traidor venerado (1978), Recuento (1984) y El gallo blanco (1992), un segundo apartado que reproduce aquellos relatos no publicados, hasta el momento, en libros; tres cuentos inéditos que forman parte de una tercera sección; y un aclaratorio apéndice, donde Tizón reflexiona sobre su propia producción, acerca de la literatura, o abordala exégesis de algunos de sus cuentos, en concreto de los que forman parte de El gallo blanco.
Lo más característico y significativo de la narrativa breve de Tizón, según leemos en el prólogo de Leonor Fleming, es su pertenencia siempre afectiva al terruño de la infancia, sobre todo al período de la niñez transcurrida en el pequeño pueblo de Yala, a unos quince kilómetros de San Salvador de Jujuy, ubicado en mitad de un altiplano yermo y ventoso, en lo que se ha calificado como la Puna; en realidad, una meseta andina, árida y fría, que comienza en la frontera noroeste de la Argentina y continúa en el altiplano boliviano. Un lugar atravesado por cadenas de volcanes, con grandes salares y algunas lagunas; con cierta seguridad, una vez que leemos sus cuentos, podemos imaginarnos Jujuy sin haber estado nunca allí. «El paisaje», ha escrito el narrador, «no es el marco que encuadra la historia o los personajes; el paisaje es la historia misma (...)». En igual proporción, una característica más de uno de los más prestigiosos y conocidos escritores de cuentos argentinos es su extraordinaria capacidad para domeñar el lenguaje: de una parte, un vocabulario tan exquisito como prestigioso adquirido de los clásicos españoles o aprendido de la estructura de los relatos de Stevenson, London y Conrad, y esa otra que pertenece a su propia idiosincrasia, el aprendido siendo aún niño y envuelto en la mágica oralidad que le proporcionaba el idioma quechua de sus niñeras indígenas. Quizá por eso, durante su juventud, una obsesiva búsqueda le llevó a distintas fuentes para ajustar su propio discurso: el mutismo indígena, la lengua de sus vecinos, el español mestizo de su infancia, y la universalidad de autores rusos y norteamericanos, incluso la lectura de pasajes de algunos textos sagrados vertidos en versículos y parábolas o más tarde los textos jurídicos en su carrera universitaria, puesto que en su biografía nunca podemos olvidar que se trata de un eminente jurista. Cabría señalar en este sentido el relato “El que vino de la lluvia” —incluido en El traidor venerado—, como ejemplo de una investigación policial y la verificación de una incógnita, en esa dualidad de vida que lleva el escritor como jurista y literato, una doble identidad que para un juez es lo suficiente atractiva como para dedicarse a plasmar su realidad en el papel. Otros elementos confirman esa voluntad que conlleva una típica atmósfera de misterio: una llovizna persistente, un frío tenaz, el anochecer y la poca visibilidad, además de unos personajes que se mueven entre la realidad presente de la acción y un pasado alejado para los protagonistas.
Para quienes no conozcan la obra de Tizón, existe un antes y un después de su salida hacia el exilio: en primer lugar, en España. Una etapa inicial que incluye una amplia producción tanto en novela como en relato, precisamente de esta época son El jactancioso y la bella y El traidor venerado, antes de su salida de su país; y una segunda, durante y después del destierro, cuyos rasgos más singulares se identificarían en el cuento “Los árboles”, incluido en El gallo blanco, retrato sobre la desolación del extranjero, la imposibilidad de vivir y crear en tierra extraña y ese reencuentro con el arte y la vida; o en “Regreso”, seleccionado en Recuento, un texto que cuenta las vicisitudes de un regreso imposible, pero actitudes negativas que, en el escritor Tizón, se traducen en un cambio del punto de vista narrativo que originará un cambio de voz y converge en la complicidad del autor con sus protagonistas.
La narrativa de Tizón nace —ha escrito Leonor Fleming— sin perder de vista nunca el origen, sube a un vagón en marcha, vuelve atrás continuamente y se actualiza con la misma rapidez, es paradójica y novedosa, aspectos en suma que en su literatura marcan la dirección de nuestro mundo.

lunes, diciembre 25, 2006