miércoles, abril 26, 2017

El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela


Atalanta, Girona, 2016. 352 pp. 28€

Bruno Marcos

Hace algunos meses encontré una afirmación de Walter Benjamin que me dejó fascinado e inquieto. Tanto que copié la cita y la puse en Facebook por si alguien añadía algo. Los meses pasaron y la respuesta la hallé no en el etéreo de las redes sociales sino en este libro que aquí se reseña, El mundo bajo los párpados. La frase decía: «La historia de los sueños aún está por escribirse».
Lo que le gustó inicialmente a Benjamin de los surrealistas que se sumergieron en lo onírico fue la posibilidad de romper la lógica histórica, que califica de superstición, añadiendo al mundo de las cosas los sueños. «El soñar participa de la historia» asegura y así resalta que los sueños han decidido guerras, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto e incluso las fronteras del propio sueño, lo que puede ser realidad y lo que no.
Jacobo Siruela emprende la escritura de esa historia de los sueños que Benjamin echa en falta e indica, claramente, que no se trata de una interpretación de los sueños, no de una onirocrítica o de psicoanálisis, sino de una historia más allá de la terapéutica o la adivinación, casi una “estadística” que es el término que usa Benjamin. Incluso se habla de sueños colectivos y epocales, como producción mental perfectamente integrada en los hechos políticos o sociales de los tiempos. Para ello se apoya el autor en la cita de Hegel: «Si pudiéramos reunir los sueños de un momento histórico determinado veríamos surgir una exactísima imagen del espíritu de ese periodo». Así pues se habla en el libro, por ejemplo, de la recopilación de sueños llevada a cabo por Charlotte Beradt sobre el periodo del Tercer Reich, en la que establece la categoría de “sueños políticos”, las pesadillas de entonces con el terror nazi. También se citan las prácticas soviéticas de internamiento en psiquiátricos de aquellos sujetos que no comulgaban con las directrices del poder con la intención de neutralizar su mundo onírico que consideraban como foco subversivo.
Se hace en esta obra un recorrido histórico exhaustivo comentando los sueños bíblicos, los de Jacob, Salomon, Asurbanipal, Nabuconodosor, Calpurnia, Augusto, Maria Antonieta, Napoleon, Otto von Bismark, Abraham Lincoln y muchos otros.
El libro está dividido en siete capítulos y magníficamente acompañado por ilustraciones extraordinariamente bien seleccionadas e impresas. Destaca el último, dedicado al sueño y la muerte, en el que se señala el parecido entre el durmiente y el muerto que se viene encontrando desde la antigüedad. Después de advertir, certeramente, que el principal fracaso de la modernidad ha sido no lograr dar respuesta al misterio de la muerte, concluye el libro con una cita fulminante de Jung en la que asegura que los heridos de la Primera Guerra Mundial en estado de muerte cerebral soñaban. Deja así esta historia de los sueños abierta una vía en la que seguramente Benjamin no pensó, que los sueños tuvieran algo que ver con el alma.

lunes, abril 24, 2017

Corazones en la oscuridad, Joaquín Pérez Azaustre


Anagrama, Barcelona, 2016. 276 pp. 17,01 €

Pedro Pujante

Corazones en la oscuridad es la última novela de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) después de Los nadadores (2012). Lo radicalmente original y sugerente de esta novela es la simbiosis entre la belleza de un lenguaje pulido y cuidado, de fraseado alargado y elegante, y la trama siniestra que se desarrolla en un ambiente aparentemente cotidiano, pero que tiende a sondear lúgubres episodios.
Los personajes de esta historia son seres desnortados que vagan por el túnel de la vida -quizá el título nos pueda ofrecer alguna pista- en busca de un sentido luminoso que difícilmente hallarán.
Hay tramos que se ofrecen a una lectura meramente realista. El conjunto de la novela, también. Sin embargo, el lector también será conducido por terrenos de escenografía onírica, en los que el lirismo del lenguaje permite acceder al otro lado de la realidad. La ciudad y los más consuetudinarios instantes que viven Nora, Águeda y los demás personajes parecen ser el reflejo, la metáfora de una historia interior que se insinúa, que ocurre en otro ámbito íntimo de la realidad.
Pérez Azaústre describe con minuciosidad la vida, lo cotidiano, los avatares de gente normal que vive abocada en los abismos inestables de la cotidianidad. Pero parece conminarnos a comprender que el viaje a lo bello, a lo universal arranca desde lo prosaico, lo terrestre.
Con una prosa exquisita, evocadora, precisa y atestada de belleza lírica, el autor consigue plasmar un mundo superpuesto, el reflejo de lo que sucede en el interior de unos corazones que caminan en la nocturna y temblorosa línea de la vida tratando de mantener el equilibrio.
La familia, las relaciones sociales, el dolor de reconocernos a nosotros mismos frente al espejo de lo propio, el olvido, secretos que el tiempo revela.... Temas antiguos pero que cada que vez que surgen renuevan la perspectiva sobre nosotros y nuestra existencia.

viernes, abril 21, 2017

El hombre pez, José Antonio Abella


Valnera Literaria. Cantabria, 2017. 268 pp. 18 €

Ignacio Sanz

La historia parece increíble. En Liérganes, un pueblo de Cantabria, se levanta una estatua dedicada Francisco de la Vega Casar, celebérrimo personaje local conocido como “El hombre pez”; había nacido en el siglo XVII y parece salido directamente de una leyenda. Pero no, la historia es contumaz y por muchas ramas que le hayan salido al árbol, ahí están los documentos que no hacen más que autentificarla. Parido con apuros en el río de su pueblo, se sabe que se cayó en la pila de agua bendita como si el niño tuviera una indeclinable atracción por el agua. Muy pronto desarrolló sus capacidades para extraer monedas del fondo de las balsas para asombro de los circundantes. Su familia era pobre y, por mediación de un cura el muchacho acaba emigrando a Vizcaya donde trabaja al servicio de un hombre que se gana la vida en el puerto. Allí desarrolla y perfecciona sus capacidades acuáticas para asombro de todos como si se tratara de un animal anfibio. Entre juegos y apuestas un día desaparece. Se le busca y la gente piensa que el mar se lo ha tragado, aunque no se encuentra el cadáver. Cinco años más tarde, cuando ya estaba olvidada la peripecia de aquel curioso chaval de Liérganes, unos pescadores de Cádiz atrapan en sus redes un extraño cuerpo que nada entre un grupo de delfines y que apenas balbucea unas pocas palabras elementales. Se trata del desaparecido Francisco.
¿Qué pasó en el interregno? Ahí está la magia del narrador para hacer creíble lo que parece inverosímil. Sospecho que si la historia se hubiera abordado desde una óptica localista y ramplona, apenas habría remontado vuelo y se habría quedado en una mera curiosidad pueblerina, una de esas leyendas pacatas con las que los historiadores locales suelen acaramelar la geografía. Pero la historia ha ido a caer en manos de un narrador envolvente que ya ha dejado señales de su amplio poderío narrativo. De ahí que, Abella, tomando al Hombre Pez como punto de partida, sin desdeñar los documentos y las tentativas literarias que han abordado la historia en el pasado, haya ido más lejos, hasta meterse en la médula del personaje. Y lo que nos ofrece es un hombre de carne y hueso, dotado de una insólita destreza acuática, un hombre que parece que no encaja en los parámetros convencionales y que podría tener como amante a cualquiera de las sirenas que surcan los mares convulsos de la imaginación. Pese a todo, el autor nunca pierde pie. De ahí que el relato esté salpicado de datos históricos contrastables, desde la partida de nacimiento hasta los documentos emitidos por el Santo Oficio, en cuyas manos se pone el descubrimiento de un tipo tan extraño y hasta sospechoso. Y así, partiendo de los hechos contrastables, la historia levanta vuelo al tiempo que se sumerge en un piélago fantástico al que también son arrastrados los lectores.
José Antonio Abella fue uno de los últimos agraciados con el Premio Hucha de Oro de cuentos; también ha sido premio de la Crítica de Castilla y León por La sonrisa robada, su anterior novela; El hombre pez confirma el alcance portentoso de la imaginación cuando una curiosa historia local, manoseada como una moneda, acaba en manos de un narrador de fuste.

miércoles, abril 19, 2017

Ciberadaptados, Antonio Manilla


La Huerta Grande, Madrid, 2016. 112 pp. 10 €

Fermín Herrero

Ciberadaptados de Antonio Manilla es un ensayo urgente, en siete capítulos breves, imprescindible para los que vivimos en “el mundo de ayer”, en acepción procedente de Stefan Zweig, recogida de un título suyo, con mucha propiedad, por el lacónico y atinado introductor del libro, el diarista y fiscal, ciberescéptico y ludita Avelino Fierro. Y es que a diario, como apunta el autor, constatamos el avance del otro mundo, el triunfante, que convive de momento con el nuestro, basta comprobar que alguien –amigo, familiar, conocido, saludado- que aún no lo había hecho en nuestra presencia abandona lo “analógico” y en medio de una conversación se pone a cotillear en su móvil o en cualquier otro gadget tecnológico.
Es un ensayo urgente si bien muy sedimentado y con unos cimientos inmejorables, que se interna a fondo en el vientre de la ballena de Internet para mostrarnos, desmenuzadas, sus propiedades hipermedia, multimedia e interactiva, sus rasgos, ventajas e inconvenientes, así como los análisis de sus defensores y detractores, porque, con una honestidad intelectual que últimamente, incluso en algunos afamados pensadores, brilla por su ausencia, Manilla apuntala sus certeros juicios con apoyaturas explícitas e indispensables: Sartori, Benjamin, Adorno, Fumaroli, Lipovetsky, Manguel, Bauman, Han, Debord, Baudrillard, Bauman, Muñoz Molina, Savater, Rendueles, Vargas Llosa
De entrada, acude a un sintagma acuñado por Juan Goytisolo que resume la amenaza de la uniformización, “La hora de Bizancio”, si bien ante la cacareada renuncia a los valores de nuestra civilización, “la deseuropeización de Europa”, pone en solfa el propio concepto, tan manoseado últimamente, de valores, a los que juzga más bien coartadas a posteriori de otras ansias o anhelos menos edificantes. Este sentir determina una de las líneas argumentales básicas del volumen: huir de lo trillado, no someterse nunca a lo obvio. Por poner otro ejemplo, siguiendo una intuición nada menos que de Macedonio Fernández, caracteriza a cierto tipo de internauta como “lector salteado”.
En realidad Manilla, con unos planteamientos en extremo originales, aborda el estado de la cuestión en torno a lo digital por entero. Lo mismo alerta del virus del optimismo de las filosofías idealistas que en general ha degenerado en regímenes dictatoriales e inhumanos que contra “el igualitarismo democrático estético” que tritura y reduce “todos los asuntos hasta dejarlos hechos un puré apto para el consumo desubicado e impersonal” o recorre a lo largo del tiempo la noción polisémica de cultura y su igualitarismo antropológico, tal vez heraldo de su arrasamiento y su mero caer en el entretenerse que caracteriza la sociedad de la imagen y el espectáculo; el paso de la Cultura de verdad, con mayúsculas, a la cultura de masas, ligera, sensacionalista, farandulera, desustanciada: el declive, si no desaparición –el golpe de gracia lo habría dado Internet, el particular Armagedón- de la alta cultura en beneficio de los estudios culturales.
Lo mismo penetra, sin digresiones ni lenitivos, en nuestro mundo globalizado, en su homogenización rasa y la concentración espacial en megalópolis, que constata el irreversible abandono del agro y la provincia o describe el campo de batalla entre tecnófilos y tecnófobos, la controversia entre el soporte de papel y el digital para los libros o los efectos perniciosos de las TIC en la enseñanza. Con igual discernimiento describe la invasión y asalto de la interculturalidad que refuta que la lectura instrumental de la Red vaya a liquidar la literaria.
En este sentido, aboga siempre por buscar modelos de convivencia y a la postre, tras sopesar pros y contras, se muestra moderadamente optimista, adopta una actitud abierta, más bien conciliadora, ve salida desde la hibridación y otros aspectos positivos, apoyándose, paradójicamente, en “el viejo profesor” Steiner, tan alejado y enemigo de las nuevas tecnologías.
Todo ello adobado con un estilo de escalpelo fino, con precisión quirúrgica, sin pomadas en boga o ideológicas de ningún signo. El escritor leonés es un rara avis, un privilegiado, por cuanto su escritura domina por igual, separándolos de raíz y con criterio, y mira que es difícil, verso y prosa, a la que aquí ha mitigado de sus brillantes fervores y donaires de articulista, sin regodearse ni cargar la suerte, para dejarla en su justa medida ensayística. Otro acierto más de un libro sensato y perspicaz, que enseña mucho. No se puede decir con más claridad y precisión lo que está pasando.

lunes, abril 17, 2017

Lola Vendetta. Más vale Lola que mal acompañada, Raquel Riba Rossy


Lumen, Barcelona, 2017. 168 pp. 16,90 €

María Dolores García Pastor

La editorial Lumen siempre ha apostado por los cómics para adultos. Desde que en 1970 publicara el primer libro de tiras de la mítica Mafalda de Quino no ha dejado de descubrirnos infinidad de nombres que van desde Maitena hasta Moderna de Pueblo, pasando por Agustina Guerrero, Sara Fratini o Flavita Banana. En su catálogo hay títulos de humor gráfico feminista, irreverente y mordaz, hecho por mujeres. Dentro de este apartado estarían todas las ilustradoras que hemos citado y, a partir de ahora, se une a ellas Raquel Riba Rossy, la creadora de Lola Vendetta.
Riba Rossy nació en 1990 y creó a Lola Vendetta hace unos cuatro años, cuando tenía veintitrés. Debutó en el panorama del libro ilustrado con Marta el hada mágica un poco desordenada (Tumbooks, 2014). Cuenta que el personaje de Lola Vendetta nació ante la necesidad de expresar lo que siente hacia las cosas que le molestan. Las frustraciones cotidianas la llevaron a crear la primera viñeta como una vía de desahogo frente a las presiones y los problemas. La colgó en Facebook igual que hizo en su día con sus creaciones Sara Fratini, por probar. Al principio no estaba muy segura de la aceptación que podría tener pero la respuesta del público fue inmediata y espectacular.
En poco tiempo, y gracias a su difusión en las redes, su éxito ha trascendido las cuatro paredes de su habitación y antes de la publicación de este primer libro ya era un referente en España, Colombia, Venezuela o Chile. Lola Vendetta es el alter ego de esta joven ilustradora catalana. Es un personaje inconformista, impulsivo, desvergonzado, sarcástico y visceral. A través de ella trata sin tapujos los conflictos de pareja, la frustración de las mujeres, su necesidad de emponderamiento, el machismo o cuestiona los parámetros convencionales del tratamiento de los efectos fisiológicos de la feminidad. Todo ello con un humor ácido muy al estilo Tarantino, con su protagonista repartiendo justicia katana en mano.
Cuenta Riba Rossy que a través de sus viñetas pretende normalizar los tabúes de la maternidad y la menstruación, cambiar la percepción negativa de la sangre intrínseca a ellos: la sangre es vida. Para ello encuentra la inspiración en la vida cotidiana y tira de una paleta de color en la que el blanco y negro de sus trazos se tiñe en más de una ocasión de rojo sangre. Lola Vendetta no tiene pelos en la lengua pero exhibe sin prejuicios y a modo de reivindicación los que tiene en las pantorrillas y las axilas. Anima al emponderamiento femenino desde el humor, reivindica la feminidad en su estado más puro y el feminismo más combativo. Una autora que dará mucho que hablar.  

viernes, abril 14, 2017

Poesía completa, George Orwell


Trad. Jesús Isaías Gómez López
Visor,  Madrid, 2017. 184 pp. 14 € 

Ariadna G. García

Cuando una editorial de renombre publica las obras completas de un autor, una espera que la obra lírica del escritor seleccionado sea de muy buena calidad, o cuanto menos –en el caso de que el autor sea un novelista excepcional, de prestigio consolidado a lo largo de décadas– que sus versos expliquen o complementen su universo literario, que den claves de lectura, que ahonden en los temas del resto de sus libros. En 2013, Salto de Página sacó a la luz la única antología poética autorizada por Ray Bradbury, Vivo en lo invisible, que tuve el honor de traducir junto a Ruth Guajardo González. Los poemas del mítico autor de Fahrenheit 451 se defienden por sí mismos, vuelan a gran altura, y además, nos descubren nuevos perfiles y matices de los grandes asuntos que aborda el californiano en sus textos narrativos. Su edición está perfectamente justificada. Ocurre lo mismo con otro insigne autor distópico: Aldous Huxley (autor de un Un mundo feliz), cuya Poesía completa corrió a cargo de Cátedra (2011). En cuanto supe que Visor editaba los versos de George Orwell, siendo como soy una entusiasta de 1984 y Rebelión en la granja, quise hacerme con él. Comparte traductor con Huxley. Sin embargo, mi decepción ha sido mayúscula. El volumen lo componen treinta textos, a los que hay que añadir algunos más sacados de sus novelas. De esos treinta poemas, quince los escribió entre los 11 y los 19 años, durante su etapa estudiantil. Es decir, la mitad del presente volumen nos ofrece una serie de poemas de un autor en busca todavía de su voz, donde no faltan las influencias –aunque sea para parodiarlas– de poetas como Coleridge o Kipling. Si Orwell, con el tiempo, se hubiese convertido en un poeta relevante, la lectura de estos versos quizás tuviese algún interés para estudiosos ávidos de fuentes y de huellas, pero me temo que Orwell no consta entre los elegidos del Parnaso. Este puñado de textos tienen la gracia de mostrarnos a un adolescente enamoradizo, crítico con las costumbres deportivas de su College, y ya comprometido con las causas políticas. No obstante, la traducción incurre en fórmulas agramaticales que menoscaban la relativa calidad de los poemas: «Venid, venid dulces olas/a lavar la fresca arena del mar./La tierra donde yo vivo venid a besar/pues vosotras venid de otro lugar» (p.55). Este último verso habría de haberse traducido en presente –y mejor con un heptasílabo–: pues venís de otra tierra. Otro ejemplo: «Alegres olas que cabalgáis en libertad/sin conocer ni el miedo ni la tempestad,/mientras yo deba quedar para veros saltar,/pues preso soy de las parcas». El penúltimo verso exige claramente el presente de indicativo, y no de subjuntivo –y con un alejandrino es mucho más eufónico–: yo debo estar aquí para veros saltar). Otro factor que devalúa las traducciones del volumen son los ripios y las rimas internas: “Y entonces, sube por el tronco con pata firme y lustroso como un ratón,/a encaramarse y exponerse al sol; todo el cuerpo y el cerebro/exaltados en la súbita luz solar, gozoso al creer/que el frío se fue y el verano aquí está otra vez./Pero veo yo las ocres nubes que se dirigen al sol/y una angustia que trasciende la razón/atraviesa mi corazón…” (p.121). Si bien es cierto que, a menudo, George Orwell recurre a estructuras estróficas fijas y a la rima consonante, el traductor no tiene porqué seguir dichos patrones si carece de tiempo para entregar al editor unas traducciones de calidad en su lengua materna. Un traductor debe ofrecer a los lectores poemas que funcionen en español, textos con alma, versos cuidados que respeten el original pero que no se encadenen a él. Si para ello hay que prescindir de la rima, se hace. Lo contrario, y a las pruebas me remito, es publicar poemas que nos sonrojan a algunos o que ahuyentan de los libros de poemas a otros. Con todo, hay en el volumen al menos tres composiciones que merecen la pena, pese a que tampoco se salvan de las críticas anteriores: «En una granja en ruinas junto a la fábrica de gramófonos de La voz de su amo», «Cuando los francos hayan perdido su poder» (escrito durante su etapa en Birmania, siendo miembro de la Policía Imperial) y, sobre todo, «De un no combate a otro». En el primero vislumbramos a un Orwell preocupado por el ecocidio; en el segundo, a un hombre que encuentra consuelo a su extinción pensando en el fin del mundo; y en el tercero, a un escritor involucrado con su tiempo que se ensaña contra aquellos otros literatos que no toman parte: «Pues mientras tú escribes los buques de guerra te van cercando/y escuadrillas de bombarderos espantan a los ruiseñores,/y cada bomba caída es una libra para ti/y los que como tú engordáis vuestras ventas con los rivales/mudos o muertos» (p. 145). En mi opinión, habría sido preferible seleccionar unos pocos poemas, pulir las versiones, revisarlas, cuidar más el ritmo de las mismas y presentar a los amantes de Orwell una antología breve pero intachable, que quieran conservar en las estanterías de su casa.

miércoles, abril 12, 2017

El lagarto negro, Edogawa Rampo


Trad. María Lourdes Porta Fuentes
Salamandra, Barcelona, 2017. 192 pp. 16 €

Jaime Valero

Si introducimos en una coctelera (o en el tambor de un revólver) las novelas clásicas de detectives del viejo continente, las publicaciones pulp de la Norteamérica de los años 20 y 30, la atmósfera enrarecida propia del género de terror, y lo regamos todo con un poco de imaginería oriental, podremos hacernos una idea del estilo literario de Edogawa Rampo, seudónimo con el que firmó sus obras más emblemáticas el escritor nipón Hirai Taro (1894-1965). Rampo es toda una institución en Japón. Lectores, críticos y autores por igual reivindican su legado, que incluyó, además de la escritura, una importante labor divulgativa del género negro y de misterio. Muchos de sus libros se han llevado con éxito al cine, la televisión, el cómic y la animación; y cada año se falla un prestigioso premio que lleva su nombre. Sin embargo, aquí en España es todavía un autor por descubrir, que apenas se nombra en las listas de clásicos de la novela policíaca, y su bibliografía en castellano es muy escasa. Por suerte, el interés por el noir oriental ha crecido durante los últimos años, lo cual ha propiciado que nos lleguen obras de autores contemporáneos tan interesantes como Natsuo Kirino, Mitsuyo Kakuta o Keigo Higashino, y que ahora, al fin, podamos asomarnos a los orígenes del género en el país del sol naciente.
El lagarto negro está protagonizado por el vástago más afamado de Rampo, el detective Kogoro Akechi. Un personaje que, al igual que el estilo literario de su creador, es un híbrido de diversas influencias. Las más notables son las de los míticos sabuesos Auguste Dupin y Sherlock Holmes, en lo que se refiere a su faceta analítica y a su obsesión por los detalles y por resolver crímenes. Pero Akechi también es deudor de los personajes pulp que dejaron su huella en folletines, tebeos y, posteriormente, series de televisión. Sin resultar tan estrambótico como algunos de ellos, sobre todo en lo que se refiere a la indumentaria (estoy pensando en personajes como La Sombra o Green Hornet), Akechi comparte con ellos el hecho de protagonizar historias donde la acción es tan relevante como la deducción, con tramas intrigantes donde los personajes y las situaciones están estilizados al máximo, y donde la atmósfera recreada tiene un punto de irrealidad.
Todos estos elementos se pueden detectar durante la lectura de El lagarto negro, ya desde sus primeros compases. Sin embargo, y aunque se trate de una de las novelas más emblemáticas del autor, no es la carta de presentación ideal para el detective Akechi, ya que su protagonismo queda eclipsado por la mujer que da nombre al libro, el lagarto negro, un seudónimo que le viene dado por el tatuaje que lleva en el hombro. Midorikawa, que así se llama en realidad, responde al arquetipo de femme fatale tan habitual en el género. Rampo se recrea con gusto en el tópico, creando un personaje tan sensual como maquiavélico, que siempre se sale con la suya gracias a la combinación de sus encantos físicos y su afilado intelecto. Conforme avanza la novela, Midorikawa va adquiriendo una personalidad cada vez más única, y en la recta final de la obra —la mejor de todo el conjunto— se convierte en un villano temible e inquietante, cuando descubrimos el siniestro museo privado que está creando en sus dominios, en el que se incluyen seres humanos.
Leída a día de hoy, con la mentalidad de un lector contemporáneo, curtido en el policíaco y todas sus mutaciones, El lagarto negro peca de ingenua y un tanto previsible, algo que solo podría haberse suplido si la novela se hubiera traducido antes, cuando nosotros mismos éramos lectores más ingenuos, ávidos de misterios irresolubles, mujeres perniciosas y detectives parcos en palabras. Pero, tranquilos, que no está todo perdido. Al haberse publicado originalmente por entregas, cada capítulo de la novela concluye con un enigma o un toque de atención que nos mantiene aferrados a la lectura. Además, la atmósfera que envuelve la trama es muy distinta a la que solemos encontrar en las narraciones detectivescas convencionales, y la maléfica sensualidad de Midorikawa dota de un toque de distinción al resultado final.

lunes, abril 10, 2017

Voces para un tímpano muerto, Miguel A. Zapata


Talentura, Madrid, 2016. 148 pp. 13 €

Pedro M. Domene

Miguel A. Zapata (Granada, 1974) es un experimentado coleccionista de historias, autor de una obra que podría catalogarse de fronteriza puesto que ha ensayado hasta el momento, con acertado acento, el microrrelato, Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y magias (2009), el cuento, Ternuras interrumpidas. Fabulario casi naif (2003) y Esquina inferior del cuadro (2011) y la novela, Las manos (2014) una historia muy fragmentaria, con digresiones de diverso calado, pausas y paréntesis, desvíos y abundantes desvaríos.
Existe una zona que el narrador granadino domina y ensaya, una y otra vez, ese espacio entre la melodramática realidad, lo anodino o el horror más absoluto que nos sorprende y abraza a diario, y buena muestra de ese obsesivo mundo propio, ofrece, en esta ocasión, Voces para un tímpano muerto (2016) que se convierte en una alucinante arquitectura de vocablos resistentes, o un serial de voces que se dejan oír tras la metafísica visión de una rabiosa actualidad. Zapata nos facilita la tarea, y divide su propuesta en movimientos o apartados: “Sinfonía para un amor bizarro en diez movimientos y una breve coda”, “El albarán del durmiente”, “Vuelos de un doctor en Filosofía alrededor de sus apuntes desordenados diez segundos antes de despertar”, “Cinco formas de tomar el té de las cinco”, y “De espacios y hombres”, cinco propuestas que contemplan auténticos espejismos cotidianos porque en estas historias encontramos devastaciones y mujeres que se arrancan los ojos y los ofrecen en las calles, verdugos que se sienten satisfechos con su trabajo, o se disfruta de la bendición de los hijos; excelente el tratamiento y la técnica del cuento en el siguiente apartado, significativo el primero de todos, “Matrioska sentimental” cuya trama se sustenta sobre las posibilidades que nos ofrece el mundo de la imagen y el espejo de la escritura, o aún mayor consideración merecen los relatos, “Finis gloriae mundi”, esa infancia, en ocasiones, olvidada aunque recuperada en el tiempo, y la constante evocación de la memoria, ese continuo retorno que sufrimos en nuestra vida, como se cuenta en “Historia de este vaso”. Hasta aquí sus propuestas subrayan esa visión postsurrealista que han ensayado algunos cuentistas actuales, léase Ángel Zapata, y que establecen una firme comunicación con lo onírico, nos les falta un agudo sentido del humor, ese que confiere a todo el justo nivel de lo absurdo pero resulta fácilmente reconocible por un lector inteligente y, sin duda, lo convierte en el apartado más sugestivo y aun más desasosegante del conjunto.
En la tercera parte, los “vuelos”, numerados en un calculado desorden se suceden, y suman voces que convierten esos instantes u otros momentos vividos en alucinantes visiones de preclaro lirismo en que, Zapata, cultiva el misterio de la palabra; el resto se traduce en la gozosa visión del granadino sobre relaciones familiares, horrores cotidianos y domésticos, identificación de semejantes, y en la mirada, tan sabia como precisa, sobre la arquitectura urbana de nuestro alrededor cotidiano y, por extensión, de nuestro viejo mundo.
Miguel A. Zapata escribe Voces para un tímpano muerto con absoluta libertad, con un lenguaje adecuado expone una serie de historias y situaciones de la vida cotidiana en las que la realidad traspasa el umbral del absurdo y recuerdan, en una proyección diferente, al espacio de Kafka, de Tomeo o Monzó sin que la apreciación, evidentemente subjetiva, presuponga deuda, sino más bien halago de una literatura ejemplar.

viernes, abril 07, 2017

El día antes de la revolución, Ursula K. Leguin


Ilust. Arnal Ballester. Trad. Enrique Maldonado Roldán
Nórdica, Madrid, 2016. 62 pp. 18 €

Eduardo Fariña Poveda

La rara sensación de sentirse parte de un pasado al observar la realidad. Aquella en que las acciones ideológicas han contribuido a cambiarla. Una anciana mujer que no logra reflejarse en los comportamientos de los jóvenes, pero que sin su lucha ideológica tales conductas más libres no se hubieran logrado. En uno de los pasajes de este fantástico relato, la protagonista explica que nunca pudo explicar a la gente lo qué significa el coraje. La valentía y la superación de la adversidad propia de los gestores del cambio parece ser explicada como una continuación de las cosas hechas, sin detenerse «Aunque ¿Qué podía hacer una sino continuar?. ¿Existe una elección verdadera alguna vez?» (p. 30).
Ursula K. Leguin (Berkeley, California, 1929). Es una de las escritoras de ciencia ficción vivas más importante de la actualidad. Más de una veintena de títulos entre los que destacan clásicos como La mano izquierda de la oscuridad (1969) con la que ganó el Premio Hugo y el Premio Nebula y Los desposeídos: una utopía ambigua (1974) con la que volvió a ganar los dos destacados premios. De esta última novela se desprenda este relato. En la novela Los desposeídos, Laia Odo es un personaje que aparece en la novela de forma implícita ya que no se encuentra viva en el desarrollo de la novela. En el prólogo, Leguin explica que la fundadora del Odonianismo merecía aparecer en un relato, en un tiempo anterior a cuando todo el mundo construido con sus ideas se materializa.
El Odonianismo es el anarquismo. Inspirado junto con ideas feministas y taoístas, Leguin nos cuenta acerca de una sociedad que ha sido posible gracias al activismo y valentía de una mujer que crítico abiertamente las ideas libertarias del capitalismo. Estas ideas critican a un Estado autoritario, sea neoliberal o socialista de corte estalinista que coaccione de forma radical las libertades individuales. El relato está dedicado a Paul Goodman, el célebre sociólogo y activista norteamericano que junto con Noam Chomsky y Perry Anderson conformaron la New Left en los años sesenta. Además, junto con Fritz Pearls, importante desarrollador de la Terapia Gestalt, adscrita a la Psicología humanista. Los enfoques teóricos de estos movimientos son perfectamente visibles en la obra de Leguin; la armonía de la vida en las ciudades el ecologismo, la defensa de las prácticas homosexuales y bisexuales, la experimentación con el inconsciente, la política económica de comunidades autogestionadas, el antibelicismo, etc.
En este relato, reflexivo y atento a los detalles, la septuagenaria revolucionaria observa la transición de su mundo. Un día de su vida en el cuál rememora los días de lucha junto a su marido fallecido y su dificultad de adaptarse a este nuevo mundo, el cual ella ha contribuido a crear. La acción está ambientada en el planeta Urra y en la nación A-lo, la que se describe de forma detallada en Los desposeídos. La narración describe el día a día de la anciana revolucionaria. Los interiores de la casa Odoniana, con habitaciones amplias donde viven cinco jóvenes y donde se práctica la vida comunitaria. Ella, por su apoplejía, dispone de una habitación propia donde junto con su secretario, trabajan. Ella recuerda los días de su marido en prisión y observa con detalle los libros, las cartas escritas, los archivos en su escritorio. Odo admite que los cambios son lentos y graduales, mientras en la prensa se informa como una región del país Thu se rebela contra el poder central.
El día antes de la revolución es un excelente relato que nos entrega la visión de una mujer líder en el otoño de su vida, la cuál hace balances de sus recuerdos y de sus experiencias vitales. Es un prólogo para acceder a Los desposeídos y nos ayuda a internarnos en el intrigante universo ficticio de la escritora californiana. Recientemente, Leguin ha sido elegida como una de los catorce miembros de la American academy of Arts and Letters junto con escritores como Junot Díaz y Ann Patchett, lo que consolida a Leguin como una de las escritoras actuales que todo buen lector debe conocer. En el espíritu de la ciencia ficción, Jan Schrella, trasunto de Roberto Bolaño, le escribe una emotiva carta a Leguin. Describe su medioambiente casi como si fuera una casa odoniana y comunica la urgencia por escribir cartas que no llegarán a destino. Una carta con preguntas que Schrella confiesa que Ursula K. Leguin ha contestado de alguna forma con la belleza de sus libros.

miércoles, abril 05, 2017

Felicity, Mary Oliver


Traducción de Nieves García Prados.
Valparaíso Ediciones, Granada, 2016. 110 pp. 10 €

Ariadna G. García

Nunca, hasta este libro, me había encontrado con una obra tan afín a la mía, o al menos, a uno de mis libros: Helio (La Garúa, 2014). Pero no quiero empezar esta reseña sin hacer un elogio de los poemarios escritos por autores maduros. Mary Oliver ha escrito Felicity, un libro soberbio, con 80 años. Hay quien piensa, sin embargo, que la poesía es un género para escritores jóvenes, y que a partir de cierta edad decaen la tensión y el nervio que necesitan los buenos poemas. Gente que piensa –el propio Gil de Biedma lo pensaba– que los poetas somos velocistas, que nuestra plenitud entra entra en declive al llegar a los 30, y desaparece en la década siguiente. Frente a tales prejuicios, podemos aludir a Góngora, que revolucionó la lírica europea con el Polifemo y las Soledades, escritos ya cumplidos los 50 años –en un tiempo en que la esperanza de vida, por cierto, estaba situada en ese umbral–. Y qué decir de Luis Cernuda, que innovó en nuestra tradición poética introduciendo el monólogo dramático inglés en libros imprescindibles (Las nubes, Como quien espera el alba), publicados cuando ya contaba 41 y 45 años –murió a los 61. La esperanza de vida de los niños nacidos en España en 1902 era de 49,32 años, siempre y cuando sobrevivieran a su primer lustro –según el Instituto Nacional de Estadística–). Es decir, autores veteranos han dado a imprenta no ya sólo buenos libros de poemas, sino obras fundamentales, cuando su edad rozaba o rebasaba la esperanza de vida de su tiempo. Así pues, no depositemos –necesariamente– la esperanza de renovación del género lírico en los autores más jóvenes. Poetas seniors, la esperanza de vida en la actualidad es de 86,2 en mujeres y 80,4 años en hombres, ¡aún estamos a tiempo de arriesgarnos y de transformar la lírica patria!
La poeta estadounidense Mary Oliver se encuentra entre estos poetas ya entrados, por edad, en la vejez, pero que siguen publicando libros sorprendentemente frescos y rebeldes. Nació en Ohio en 1935. Ha dado a imprenta treinta y dos poemarios. El primero, No Voyage, and Other Poems, data de 1963; el último, Felicity, de 2015. Entre ambos ha ganado premios tan prestigiosos como el Pulitzer (en 1984, a los 49 años, por American Primitive). Es una de los principales poetas vivos estadounidenses. El libro que nos ocupa lo demuestra. Sus tres secciones están vertebradas por citas de Rumi, el célebre poeta místico persa del siglo XIII. Éste infunde al libro el tono hímnico, celebratorio, de la vida y sus goces. Mary Oliver, que perdió a su esposa –la fotógrafa Molly Malone Cook– en 2005, tras cuarenta años de relación, ofrece a sus lectores toda una lección de principios: la existencia es un don que debemos vivir y recordar. «Se trata sobre todo de actitud», nos dice. Quien espera el milagro, se lo encuentra. No valen la pena ni las dudas existenciales ni la tristeza. Con un estilo directo, transparente, no exento de resonancias literarias (Walt Whitman, Emily Dickinson, Henry David Thoreau, Amy Lowell y hasta de Hans Christian Andersen), la poeta nos regala textos breves e imprescindibles como Rosas, donde las flores excusan contestar al sujeto que las interroga sobre la muerte con este hermoso carpe diem: «Las rosas sonrieron dulcemente. Perdónanos,/respondieron. Pero como puedes ver,/justo ahora estamos totalmente/ocupadas siendo rosas» (p. 25). Mary Oliver conserva intacta su pulsión juvenil hacia lo desconocido («Me he negado a vivir/encerrada en la casa ordenada de/las razones y evidencias», p. 29) y su querencia por el riesgo («No hay nada más patético que la prudencia/cuando lanzarse podría salvar una vida,/incluso, posiblemente, la tuya», p. 27). No faltan en el libro consejos al lector para que se haga cargo de su propio proyecto: “Trata de encontrar el lugar adecuado para ti mismo./Si no lo logras, al menos sueña con él” (p. 35). La tenacidad de la autora, su optimismo y su entusiasmo se extienden a la contemplación de la naturaleza, y a la vivencia-memoria del amor. Sorprende –porque no estamos acostumbrados a que el Arte lo protagonicen las personas mayores, porque no solemos oírlas ni verlas en el cine, la pintura o la narración literaria– el sutil erotismo de los poemas finales, poemas hondos, delicados, donde la elipsis dota a los versos de potencia evocadora: «Justo ahora, me alcanza un momento de hace años:/la primera luz de la mañana, el hábil y dulce/gesto de tu mano/llegando a mí» (p. 93). Mary Oliver no es una mujer que se rinda. Sus poemas son bálsamos contra el escepticismo. Leerla fortalece. Felicity, que además se publica en una edición preciosa –con ilustración del pintor romántico Caspar David Friedrich–, contiene versos para recordar: de los que nos mejoran, de los que nos levantan, de los que nos construyen por dentro.
Muy buena la traducción, por cierto.

lunes, abril 03, 2017

Harry Potter y el legado maldito, J.K. Rowling / Jack Thorne / John Tiffany


Trad. Gemma Rovira Ortega
Salamandra, Barcelona, 2016. 336 pp. 19 €

Maria Dolores García Pastor

Fue el libro más vendido de 2016 y no es de extrañar porque el personaje creado por J.K. Rowling tiene millones de seguidores en todo el mundo, seguidores que llevaban esperando nueva entrega desde que en 2007 se publicara Harry Potter y las reliquias de la muerte. Se suponía que ese iba a ser el título que cerrara la saga del joven mago pero, afortunadamente para sus incondicionales, ha habido más.
Se trata del guion de una obra de teatro que se representa actualmente en el West End londinense y que se estrenó en julio de 2016, en el Palace Theatre. Imposible conseguir entradas, olvídense. El libro no es la novelización de la obra sino el guion de los ensayos que está basado en la historia original de J.K. Rowling, Jack Thorne y el director John Tiffany.
La octava entrega de la saga tiene lugar diecinueve años después de la gran batalla de Hogwarts. Los protagonistas  de los siete primeros libros han crecido y ya son adultos, hace tiempo que dejaron el colegio de magia. Harry Potter trabaja en el Ministerio de Magia, se ha casado y tiene tres hijos. Uno de ellos, Albus Severus, tendrá que luchar en esta nueva aventura contra el peso de la herencia familiar. Pese a que esta vez el género no es novela sino teatro o que no es de autoría exclusiva de Rowling, el libro sigue el estilo y las reglas de los anteriores y engancha tanto como ellos, imposible dejar de leer.
Sin duda las historias de Harry Potter han supuesto todo un fenómeno editorial desde que en 1997 se publicara en el reino unido Harry Potter and the Philosopher's Stone (Harry Potter y la piedra filosofal, 1999). Las cifras que se mueven en torno a los siete primeros libros son impresionantes: cuatrocientos cincuenta millones de copias, han sido traducidos a setenta y siete idiomas y publicados en más de doscientos países. Y lo que es más impresionante, desde mi punto de vista, han conseguido que los niños dejaran los videojuegos, el fútbol o la televisión por un rato y se pusieran a leer, y que no pocos adultos disfrutáramos una barbaridad leyendo las aventuras del joven mago inglés.
Desde la eclosión del fenómeno se han llevado a cabo numerosos estudios sobre la obra de Rowling para averiguar dónde radica su éxito y de qué manera ha influido en varias generaciones de lectores. La escritora inglesa aúna en cada una de las entregas de esta saga recursos del folletín, de la novela de aventuras, de la novela gótica y de terror, de la de ciencia ficción y sus sub-ramas con algunos elementos de la novela policíaca y de suspense, consiguiendo con todo ello dar un nuevo aire a la novela fantástica. También hay grandes dosis de humor en los primeros seis libros, mientras que el séptimo es bastante más dramático que los anteriores, dando la sensación de que la madurez de las tramas ha crecido en paralelo al lector.  Harry Potter y el legado maldito, sin llegar a ser dramático, también opta por un enfoque más maduro de la historia. En cuanto a la influencia que las novelas de Harry Potter han podido ejercer sobre sus lectores, parece ser que los niños que lo leen se identifican con el protagonista y desarrollan actitudes favorables hacia los grupos minoritarios. Con todo esto sólo puedo decir, déjense llevar por la Pottermanía: disfrutarán.

viernes, marzo 31, 2017

La esposa joven, Alessandro Baricco


Trad. Xavier González Rovira
Anagrama, Barcelona, 2016. 208 pp. 16,90 €

Santiago Pajares

Lo dije en reseñas anteriores y lo repito: No se puede escribir más bonito que Alessandro Baricco. Y este libro no es una excepción. Desde que el autor asombrase al mundo con la publicación de su novela corta Seda (aunque ya había escrito otras dos novelas antes), no ha dejado de desplegar su prodigiosa escritura. Siempre piezas cortas, pequeños relatos donde los personajes desgranan página a página su propia historia y el autor aprovecha para hablar de los temas que le interesan, de una forma que podría ser un ensayo convertido en novela.
En La esposa joven Alessandro Baricco nos relata la vida de una familia singular, metódica hasta el absurdo y que vive con una única regla: Evitar la noche. Por alguna razón, todos sus anteriores miembros han muerto de noche, así que en cuanto la oscuridad aparece, se recogen en las habitaciones de su villa a la espera de la claridad de un nuevo día. Todo parece marchar bien hasta que un nuevo elemento aparece en su puerta: La esposa joven. La futura mujer del hijo ha vuelto en el tiempo convenido después de que fijara el compromiso tres años antes, esperando encontrarse con su prometido, pero descubre que este todavía está residiendo en Inglaterra, así que tendrá que esperar junto a su nueva y extraña familia. Así la novela se convierte en una suerte de espera sobre lo que ha de llegar y no llega, y el autor nos brinda la oportunidad de conocer la intrahistoria de los personajes que pueblan la villa. Modesto, el impecable mayordomo y único con nombre en todo el libro, que se ocupa de que cada detalle esté en su sitio y sólo se permite una semana de vacaciones etílicas cuando la familia marcha de vacaciones. La madre, prodigio de belleza por la que incontables hombres perdieron la razón. La hija, tullida que descubrirá a la esposa joven los secretos de su propio cuerpo. El tío, narcoléptico que sólo se despierta para hacer acertadas declaraciones. El padre, cabeza de familia de una familia sin cabeza. Y la esposa joven, tras cuya presencia se esconde una trágica historia que no se atreve a contar a nadie.
Baricco, siempre con ganas de juegos, nos confunde numerosas veces con el narrador de la historia, que va cambiando según los párrafos a su conveniencia, pasando de una primera persona a otra. Lo que al principio podría confundir es explicado por el propio autor en las páginas del libro como una necesidad imperiosa de contarlo desde determinado punto de vista. Una vez aceptado este juego, podemos continuar con normalidad por los sucesos de esa extraña familia.
Esta es una historia efímera, una novela que en manos de cualquier otro autor haría aguas por todas partes. Es la mano de Baricco la que maneja el timón firme y con destreza hasta hacer llegar a todos los personajes a buen puerto con un lirismo y una poesía inimaginables en otro autor. No es necesaria mucha trama para que el escritor de Seda despliegue su capacidad de asombrar a los lectores. Y así nos quedamos nosotros cuando acabamos, un poco huérfanos y en espera de su siguiente novela. No se haga de rogar demasiado, señor Baricco. La esposa joven no es la única que sufre en la espera.

miércoles, marzo 29, 2017

El gran imaginador o la fabulosa historia del viajero de los cien nombres, Juan Jacinto Muñoz Rengel


Plaza y Janés, Barcelona, 2016. 472 pp. 17,90 €

Amadeo Cobas

Partamos de una premisa inicial: el gran imaginador, propiamente dicho, acaso no sea Nikolaos Popoulos, el protagonista de este viaje fascinante, sino el autor del mismo, Juan Jacinto Muñoz Rengel. Y conste que no pretendo hacerle la pelota. Me explico.
Si afirmo lo anterior es porque este escritor sabe mezclar con sabiduría la dosis justa de aventura y acción con descripción y lenguaje para lograr una lectura amena, que aporta un andamiaje equilibrado por igual de entretenimiento y fascinación; eso sí, no por ello olvida mostrar oficio y ser un poco malévolo al cerrar varios capítulos dejándonos perplejos, nuestra mente imaginando qué podrá suceder a continuación, con el arte de una lograda orfebrería literaria, engalanando si se obstina (verbigracia, con un alto cultivo lingüístico) a la par que ligera y precisa si el apremio desencadena la acción por derroteros, digamos, precipitados. Entre clasicismo y un sálvese quien pueda en sutil alternancia se saborea una prosa atinada así en la calidez onírica que atesta la mente de Popoulos como en el frenesí real que enturbia su vida. Porque este imaginador es un adelantado a su tiempo; de niño un incomprendido al que zurraban los compañeros abusones, arreaba el maestro y sacudía su madre. Vamos, que le pegaban todos por considerarlo débil, diferente o inútil, cuando en realidad era brillante, genial… e inútil. Sí, me temo que su madre jamás varió la opinión que tenía del pequeño.
Pero es que Nikolaos, allá por donde iba, despertaba envidias a su paso dado que convertía en mediocres a aquellos con los que, sin pretenderlo, se comparaba. Así le ocurrió a aquel brillante judío, médico personal del sultán de Estambul, e incluso a éste: «Lo que el anciano judío no podía adivinar era que aquel rechoncho inventor de barba descuidada fuese también al mismo tiempo un eterno escritor en ciernes, el mayor fabulador de todos los tiempos, ni que su propio señor, Solimán el Amante de los Artistas y Poetas, también advertiría desde el primer instante que aquel muchacho era un hombre nuevo, de esos que no se usan por el mundo, y le disputaría los minutos de su compañía». Y es que, en sus correrías, este rechoncho Popoulos lo mismo se codea «entre desubicados y prófugos» piratas uscoques en el puerto de Senj o el sultán y su Sublime Puerta en la vaporosa Estambul, como conoce peligros muy de cerca: los «espíritus atormentados de los strigoi» o el gólem, por otra parte incontrolado vengador de las injusticias que padecían los judíos de Praga.
No solo. Porque esta novela histórica de lectura más que recomendable sabe enganchar al lector desde las líneas primigenias al hacer surgir la batalla de Lepanto y, en ella, al escritor patrio más afamado que han conocido los tiempos. No en vano Cervantes sufrirá a causa de este fabulador y escritor en ciernes, no menos imaginativo que el propio creador del Quijote, en un modo que enseguida se desentraña con el transcurso de las páginas (y ahora no digo para conservar la intriga). Las cuales cobran brío mientras retrocede la acción a la génesis que clarifica los motivos que confieren a Nikolaos Popoulos esa personalidad que le hace ser único y especial. El que éste se invente cien nombres para subsistir según las circunstancias o J.J. Muñoz Rengel una forma de escritura nueva no es sino la doble cara de una misma moneda. La «mente multidimensional» del protagonista, quien «se veía de improviso en la necesidad de reconstruir los conceptos de lo bello, del amor, de la atracción, la pasión, la consagración o el sacrificio», ahí es nada, se podría confrontar con la de su creador, alquimista que convierte la ficción en realidad, epilogando con la pregunta que el gran imaginador le formula a Miguel de Cervantes: «¿Qué si no se puede profesar por los autores de los libros que encierran vidas y mundos eternos, que nos transportan y nos embriagan y hacen vivir un tiempo regalado, más que amor y admiración?».
Pues eso.

lunes, marzo 27, 2017

El bolso de Blixen, Jesús Marchamalo


Nórdica, Madrid, 2016. 48 pp. 9,95 €

Rubén Castillo Gallego

Afirmaba Baltasar Gracián que «más obran quintaesencias que fárragos», pero ese inteligente dictamen no ha sido seguido (ni en España ni en ningún lugar del mundo, que yo sepa) por los compositores de biografías, mucho más afanosos a la hora de acopiar detalles que a la hora de seducir a los lectores eligiendo los más rutilantes. Por fortuna, he aquí ante nuestros ojos una excepción: las páginas que Jesús Marchamalo le dedica a la baronesa Karen Christence Blixen, más conocida en el mundo de las letras como Isak Dinesen, autora de Memorias de África. Con una extensión mínima (si las trasvasamos a folios, las 48 páginas de este volumen se convierten en poco más de 15), el periodista madrileño logra una semblanza deliciosa, lírica, sinóptica, diamantina, donde se nos presenta a esta mujer nacida cerca de Copenhague, flaquísima desde la infancia, cuyo padre se ahorcó sin motivo conocido y que, casada con su primo Bror, fue propietaria de una explotación cafetera en el continente africano.
Jesús Marchamalo selecciona elegantemente los datos biográficos de la escritora y los une a pinceladas paisajísticas, fotografías donde aparece junto a Marilyn Monroe, anécdotas despóticas, informaciones curiosas sobre su alimentación o enfermedades que la aquejaron. Y el conjunto, lejos de convertirse en un texto snob o superficial, alcanza una categoría casi borgiana, donde los detalles cuajan hasta convertirse en un delicioso retrato puntillista.
Se entra en este pequeño volumen identificando a Isak Dinesen con la frase «Yo tenía una granja en África» (palabras que popularizó el cine con el apoyo de los actores Meryl Streep y Robert Redford) y se sale con una imagen mucho más completa de ella, gracias al minucioso ramillete de diapositivas vitales que Marchamalo ha cribado, abrillantado y reunido para nosotros. Sin duda, una lectura hermosa, que las ilustraciones de Antonio Santos redondean para el sello Nórdica.

viernes, marzo 24, 2017

Ella en la otra orilla, Mitsuyo Kakuta


Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Galaxia Gutenberg; Barcelona, 2016. 224 pp. 18 €

Ariadna G. García

La pubertad es una edad difícil, de cambio, de tránsito hacia el ser en que cada uno se convertirá. Para que esos niños sean los adultos maduros que podrían llegar a ser, resulta imprescindible que el entorno en que vivan sea favorable: caluroso, acogedor y protector. Por desgracia, muchos jóvenes carecen de una familia sólida, implicada, que les apoye en esa etapa fundamental de su viaje. Otros, que sí la tienen, estudian en colegios o institutos donde sufren diversas formas de acoso. Cuando las familias se desentienden de sus responsabilidades educativas, los niños son más susceptibles de ser manipulados por aquellos que les garanticen una forma de arraigo, de pertenencia a un grupo. Sin nadie que les controle y les inculque valores, muy fácilmente se dejarán llevar por la violencia que consumen gracias a las nuevas tecnologías: a los videos que ven en YouTube, a los juegos que cargan en la Play. Violencia a espuertas. Sin filtros. Para mayores de 18 años. Para universitarios. Y la violencia, como sabemos, engendra violencia. Algunos de estos púberes han salido recientemente en los medios de comunicación. Un niño del IES Joan Fuster de Barcelona mató a su profesor de sociales en 2015, armado con una ballesta y un machete. Ese mismo año, cinco alumnos del IES Ciudad de Jaén (Madrid capital) acosaban a otra niña, que se acabó tirando por unas escaleras. Hace unos días, doce alumnos de tres institutos diferentes de Colmenar Viejo (Madrid, sierra norte) daban una paliza e insultaban a una muchacha en un centro comercial, para después colgar el video en Facebook. Aunque las autoridades hablan de casos puntuales, y tratan estas agresiones como a fenómenos de la naturaleza, impredecibles, incontrolables, lo mismo que tormentas, lo cierto es que son casos que requieren una logística, tras los cuales se ocultan traumas y carencias previos que las familias tendrían que haber detectado –si dedicasen tiempo a sus hijos–, y que los centros tendrían que haber intuido –si los diferentes gobiernos autonómicos no hubiesen recortado en la Educación Pública de este país (¿cómo hacerlo con las aulas masificadas, con miles de maestros, profesores y orientadores despedidos en los últimos seis años?)–. En los medios de comunicación se da a conocer la punta de un iceberg, pero los que trabajamos en la enseñanza sabemos todo lo que oculta la línea del agua. Las agresiones diarias en los patios, los insultos en las aulas, las faltas de respeto constantes, la ausencia de un mínimo de vergüenza y de educación, el alto nivel de suspensos o la desgana absoluta por el aprendizaje son apabullantes entre los alumnos de primaria y secundaria de según qué centros. Alumnos que dedican una media de 4 horas diarias a la Play y al móvil, en lugar de a los libros, a las tareas de casa, o a las conversaciones con los padres.
Como la sociedad no parece dispuesta a reflexionar sobre sí misma, y mucho menos, a cambiar sus valores por otros más razonables (frente al consumo, el gusto por la cultura y las actividades en familia), hay personas que pretenden denunciar los actos de bullying, los suicidios juveniles y la desafección familiar por medio de sus obras: los escritores. Entre ellos se encuentra la japonesa Mitsuyo Kakuta, una autora sensible a las preocupaciones de los adolescentes, a sus miedos, angustias y frustraciones, que sabe reflejar de manera impecable.
Ella en la otra orilla está protagonizada por dos mujeres. Sayoko es una mujer casada y madre de una niña. De pequeña, sus compañeras de clase la marginaban sin razón aparente. Aquel episodio la convirtió en una adulta tímida, insegura, acomplejada y poco sociable. Por temor a colgar esos rasgos sobre los hombros de su hija –con la que deambula de parque en parque, sin congeniar con ninguna otra madre–, decide buscar un empleo, con la esperanza de que en la guardería Akari se relacione con niños de su edad. El marido, por su parte, es un hombre que desatiende la casa, que desprecia su nuevo trabajo, que no le presta ayuda. Aoi, su jefa en Platinum Planet, constituye su reverso: es una mujer con habilidades sociales, segura de sí misma, espontánea, que vive en la continua improvisación. No acata normas. No se fía de nadie. La voz que narra va alternando episodios centrados en Nayoko y Aoi, con otros que relatan la adolescencia de esta segunda. Con los flash back, la autora nos revela una juventud marcada por el bullying, el cambio de ciudad y de instituto, los reproches de su madre –que vuelca sus propias frustraciones en ella–, su amistad con Nanako –una niña por la que sus padres no muestran preocupación alguna–, su huida juntas, los atracos que cometen, su intento de suicidio –como en Thelma y Louise–. Mitsuyo Kakuta nos enfrenta a dos personajes opuestos, heridos, sin embargo, por una experiencia análoga: la exclusión social, la discriminación, la intolerancia. Sayoko y Aoi simbolizan dos realidades extremas que tienen por origen un mismo tronco. Frente al miedo, la servidumbre, la inseguridad de Sayoko, que teme el rechazo de quienes la rodean, se levantan el desapego, la vitalidad y el desenfado de Aoi, que duda de que las cosas duren y la gente permanezca. Con todo, Ella en la otra orilla es un canto al espíritu de superación a través de la amistad. Si Aoi se rehízo a sí misma gracias al amor incondicional de Nanako, ella, a su vez, será el acicate para la progresiva conversión de Sayoko. «Cuando estoy contigo tengo la sensación de que podría hacer cualquier cosa», confiesa ésta. Y es que, al final, todo en la vida se reduce a una cuestión de actitud. Novela de calado, muy bien traducida, sería interesante que se difundiera entre madres, padres y docentes.

miércoles, marzo 22, 2017

Fuerza menor, Javier Puche


La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016. 124 pp. 11 €

Pedro M. Domene

¿Puede un escritor de microcuentos formar parte de la historia de literatura? se pregunta Juan Bonilla en el prólogo de Fuerza menor (2016), el nuevo libro de Javier Puche (Málaga, 1974). Indiscutiblemente, sí. ¿Dónde queda establecida la frontera entre el cuento o relato, y el microcuento o minificción? El estudioso Fernando Valls señala que, «el microrrelato no es un poema en prosa, ni una fábula ni un cuento, aunque comparta algunas características con este tipo de textos, sino un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, en la que debe imperar la concisión, la sugerencia y la precisión extrema del lenguaje, a menudo al servicio de una trama paradójica y sorprendente.» Todas las definiciones de microrrelato incluyen, al menos, dos características definitorias: la brevedad y la narratividad, y sobre todo, para que exista un microrrelato, tiene que haber una historia, y con esta definición nos alejamos de otros textos breves como los haikus y poemas cortos, los aforismos y las sentencias.
Este extenso preámbulo, sin ánimo de instruir, si acaso informa que un libro como, Fuerza menor, ofrece una estupenda colección de microrrelatos, desde perspectivas muy diferentes y con un acertado resultado. El primer texto, dedicado al inolvidable Javier Tomeo, y titulado, "La incertidumbre", dará el tono al resto, responde sin duda a las pretensiones del malagueño: dos personajes despiertan a bordo de un hidropedal en medio del Mar Negro y, enseguida perciben que se han quedado dormidos por accidente, y no tienen otra opción que seguir pedaleando, sin rumbo, en medio de las aguas oscuras, hacia ninguna parte, y esa incertidumbre que provoca la situación es vida misma que nos empuja a circunstancias insólitas. En un texto tan breve, y al comienzo mismo, Puche ajusta y precisa su lenguaje, consigue un ritmo temperado, nos envuelve en una atmósfera casi asfixiante, muestra una irónica visión del momento que provoca una calculada agudeza satírica, y aun añade un cierto lirismo que cincelará el resto de los textos que componen la primera y más amplia parte. Y este conjunto de cuentos se convierte en un auténtico caleidoscopio, Puche retrata a sus personajes con milimétrica precisión, y los envuelve en una fantasmagórica visión onírica que evocan esos otros detalles que mueven al mundo, “Tenemos que hablar”, un permanente juego de los contrarios, “Asincronía”, deudor de esa extensa tradición de los mejores relatos de todos los tiempos, personas inmortales y fantásticas que tratan de sobreponerse a su propia naturaleza, “El Santo Grial”, seres orantes que perpetúan el rezo pese a los múltiples cadáveres que los rodean, leguleyos decadentes, “Advocatus diaboli”, jueces retirados que imparten su propia justicia, “Justicia a domicilio”, obesos mórbidos que se adentran en una tupida selva de plantas carnívoras, incluso un androide lector, o la evocación de un clásico universal, “Ante la ley”, es decir, otra mirada más, pero diferente sobre el inmortal Kafka. Una parte segunda, tan complementaria como calculada, Seísmos, “Cuentos de seis palabras”, un propósito narrativo aun más milimetrado en extensión, seis palabras para contar una historia, o como apunta el mismo Puche, «más bien sugerirla»; y, por supuesto, el lector se enfrenta a un texto, a un mini-micro-cuento, casi un malabarismo textual, que según percibimos, exige elegir bien la idea y los vocablos que han de vestirla y, pese a su extrema brevedad, el narrador malagueño logra con su empeño que estos microrrelatos aniden en la memoria del lector, y supuestamente le ayuden a concretar el sentido mismo de la vida en apenas seis palabras.

lunes, marzo 20, 2017

Cuando aparecen los hombres, Marian Izaguirre


Lumen, Barcelona, 2017. 390 pp. 21,90 €

Maria Dolores García Pastor

Esta es una historia sobre mujeres, sobre cómo construimos nuestra identidad a través de los otros, sobre el peso de la culpa. Una novela escrita de manera elegante y sencilla pero con una estructura compleja, un juego de espejos en el que la protagonista se construye a sí misma a través de otras dos mujeres, numerosas matrioskas que se abren para mostrar nuevos elementos que complican la trama. Pero vayamos por pasos.
Teresa Mendieta es la propietaria de un hotel que, acabada la temporada, tiene que cerrar a causa de la crisis. El hotel Arana, la Casa de los Cuatro Relojes, en otro tiempo residencia de la familia Dennistoun, sin duda un personaje más de la novela. En ella vivió Elizabeth Babel, una muchacha sorda, hijastra del primer dueño de la casa, a la que iremos conociendo a través de las cartas que se escribió a sí misma, a modo de diario, y que quedaron guardadas en una caja de lata de membrillo La Tropical y que, un siglo después, recuperará Mendieta. Otro personaje importante es Ángela, la madre de Teresa, una mujer desinhibida y adelantada a su época. Todas ellas son mujeres fuertes, contradictorias, decididas y, sobre todo, libres.
La autora se mueve en el tiempo para llevarnos a la infancia de Teresa y, aún más lejos, a conocer lo que sucedía hace cien años en la Casa de los Relojes cuando Elizabeth vivía en ella. Viajamos adelante y atrás en el tiempo sin fisuras, sin que eso distraiga o confunda al lector porque el hilo conductor de la narración es sólido. Y así entramos en el juego de espejos. Teresa tiene dos ejemplos en los que mirarse. Elizabeth es el positivo. Ángela el negativo. A través de las vivencias de Teresa narradas en tercera persona y a través de los testimonios de quienes la conocieron y de las cartas de Elizabeth, en primera persona, vamos desgranando la historia. También viajamos en el espacio, entre Catalunya, Francia y el País Vasco. El mar tiene un papel importante en la novela, los mares Cantábrico y Mediterráneo. El paisaje como un elemento más en la narración de las situaciones y estados de ánimo de las protagonistas, y las casas (Can Ferrer, Punta Carbó, Pedernales) también personajes en cierto modo y elementos clave en el juego de espejos que preside la trama.
Todo ello está aderezado, como los buenos guisos, con infinidad de pequeños detalles que hacen que el todo de la novela sea más potente. Las recetas de cocina juegan un papel importante en la historia, así como los personajes famosos de esa época a los que se hace mención (Salvador Dalí, Tennessee Williams) o a los que sin llegar a nombrar sugiere (Truman Capote, Harper Lee). Sin dejar de lado que irremediablemente la historia de Elizabeth nos trae a la memoria a la maestra Anne Sullivan y a su alumna más conocida, Hellen Keller, que pese a ser sorda y ciega llegó a convertirse en oradora, escritora y política.
Con estos ingredientes Marian Izaguirre da forma a una novela que, si bien al principio parece intrascendente, rápidamente seduce y atrapa. La historia se divide en tres partes que se corresponden con las tres partes de la estructura argumental.  El lector se deja llevar de la mano por la complicada trama, la autora nos guía con maestría hacia un final que convence y que, según ha desvelado en algunas entrevistas, puede ser el germen de futuras novelas.

viernes, marzo 17, 2017

El bosque infinito, Annie Proulx


Trad. Carlos Milla Soler
Tusquets, Barcelona, 2016. 848 pp. 23,90 €

Santiago Pajares

A pesar del título, lo que Annie Proulx nos trata de hacer entender es que el bosque no es infinito. Todo se acaba cuando el hombre, en su infinito afán de riqueza y materias primas, se empeña en destruirlo todo. Pero junto a la historia del bosque, Annie Proulx nos relata la historia de un país por nacer, Canadá, cuando todavía era una colonia europea llamada Nueva Francia. Y lo hace a través de dos familias, los Duke y los Sel. Una historia de más de tres siglos.
Annie Proulx se hizo conocida en todo el mundo a través de dos de sus libros, The shipping news (Atando Cabos, 1993) y Brokeback Mountain (1997), ambos adaptados al cine. Tras quince años de espera, podemos decir, quizá, que este libro es la culminación de su obra.
Esta novela cubre muchas historias. Sus más de ochocientas páginas le dan a Annie Proulx el espacio y la oportunidad para hablar de los bosques de Europa, Canadá, Nueva Zelanda y Estados Unidos, así como de los pueblos indios masacrados y arrinconados hasta casi su desaparición por los colonos del nuevo mundo. Indios que vivían y se relacionaban con los bosques que ellos querían talar para aprovisionarse de madera. Es también la historia de la industria maderera en Norteamérica, y de cómo el hombre lo arrasa todo pensando únicamente en el presente, sin prever el futuro. Es la historia de cómo el hombre está dispuesto a talar al hombre para conseguir lo que quiere.
René Sel y Charles Duquet emigran a Nueva Francia (Canadá) para buscar fortuna. Son contratados como leñadores en condiciones de semiesclavitud para su nuevo amo, Claude Trépagny. Él dispondrá de sus vidas diciéndoles cuando y cuánto trabajar, dónde deben vivir e incluso con quién se deben casar. Charles Duquet, astuto y ladino, escapa hacia los bosques en busca de su propia fortuna, donde está a punto de perecer. Sin embargo, logra sobrevivir y a través del comercio de pieles y madera con Europa y China, crea su propia empresa maderera, Duquet e Hijos, a cuyo mando se irán sucediendo sus descendientes hasta la actualidad. Mientras, su antiguo compañero, René Sel, todavía bajo el yugo de su amo, es forzado a casarse con su concubina india, creando una progenie de mestizos que deberán encontrar su lugar entre los indios en un mundo cada vez más absorbido por los colonos blancos. Las dos familias, a través de sus descendientes, quedarán estrechamente ligadas, contando con cada nuevo hijo, y cada nuevo matrimonio la historia de su propio país.
Podría pensarse que esta es una novela histórica, pero no es así. Basada en personajes de ficción, nos adentramos en la historia de América, Canadá y Nueva Zelanda, pero siempre a través de los bosques y la relación de los hombres con ellos. La abundancia de personajes no abruma, la maestría de Annie Proulx hace que nos adentremos con ellos entre los árboles de la mano, para que nos enseñen cada hoja y cada tronco, para que nos cuenten su propia vida. El bosque no es infinito, pero sí las historias que contienen, cada una única e irrepetible, como un árbol milenario que no debe ser talado. Ya se ha ocupado Annie Proulx de ello con este libro.

miércoles, marzo 15, 2017

Poesía reunida. Aforismos, Ramón Andrés


Lumen, Barcelona, 2016. 354 pp. 23,90 €

Fermín Herrero

Algo tiene que andar mal en la literatura española cuando un escritor, además de músico y musicólogo de excepción, como Ramón Andrés no ha obtenido, salvo el premio Príncipe de Viana, con ocasión del que hizo, dicho sea de paso, un discurso ejemplar, ni uno solo de los reconocimientos que su obra merece. A veces he pensado, bromeándome, en la posible maldición del apellido, pues lo mismo podría decirse del ostracismo en el que se encuentra el también poeta y ensayista Enrique Andrés.
Antes de entrar en las materias aforística y poética, que armonizan y conjugan muy bien en el libro que nos ocupa y de las que hablaré a seguido, se debe recordar que R. Andrés es, aparte, autor de libros sencillamente extraordinarios, compendios de erudición y gracia, casi todos publicados por la editorial Acantilado. Citaré –cuánto he disfrutado y aprendido con su lectura- sus escritos sobre Bach o Mozart; El luthier de Delft, con Spinoza y Vermeer de fondo; El mundo en el oído; un volumen completo en todos los sentidos sobre el suicidio en nuestra civilización o un estudio exhaustivo, de investigación, sobre el silencio en la mística. Hace pocas fechas ha reunido ensayos diversos en Pensar y no caer.
Abundan en la segunda parte del libro los aforismos magistrales. Conocía la parte titulada 'Los extremos', que se deja para postre; los otros dos apartados, ‘Malas raíces’, cuyo estremecedor comienzo, por más que etimológico como el resto de la compilación, de ahí el título, no se olvida fácilmente, y ‘Puntos de fuga’, parece, por la cronología, que han sido escritos en paralelo. Tanto da. En ellos vierte el tarro de sus sabias esencias. Cada página requiere una rumia concienzuda y gozosa, un tiempo largo y reflexivo para escanciarla como es debido, con el aprovechamiento que ofrece. No se puede desperdiciar ni una entrada.
Se puede abrir el libro al azar, a la manera dadaísta, al no ser intonsos ahora no se necesita ni cuchillo, caer en las páginas 222-223 y encontrarse con: «Cada uno siente una secreta eternidad: es la mente que escarba en la infancia»; «El pastor conduce los rebaños al campo como la soberbia nos lleva a la muerte, apacibles»; «No el azar, no los dedos: la rotación del mundo moldea las vasijas», por poner alguno. Al ser largos omito dos aforismos antológicos sobre el espléndido Diario del año de la peste de Defoe y sobre Santa Teresa de Jesús y su retratista Juan de la Miseria.
Ahí van, espigadas a voleo, de la primera parte, otras perlas: «Dejar las creencias y las utopías no significa abdicar, sino purificarse sin necesidad de entrar en el Ganges»; «La salvación: hallar a quien admirar»; «El poder es una forma de tristeza», «La muerte no está al final de la vida, está en su centro»; «Twitter: de cada uno han hecho una jaula y piamos contentos»; «Creernos trascendentes nos hace fatuos»; «Todo está escrito in memoriam»; «Ni en una silla darse por sentado».
De su alta exigencia da buena cuenta asimismo el hecho de que lo que llama poesía reunida sea en realidad su poesía podada. Se presenta de inicio un libro inédito, circular, con Whitman de abertura y de cierre, Siempre génesis, escrito del 2013 al 2015, en el que la sintaxis se ha adelgazado en beneficio de la condensación, pero los versos siguen siendo igual de precisos y permanece el tono meditativo, muy original. Sin embargo, los tres anteriores, Imagen de mudanza, La línea de las cosas y La amplitud del límite, por orden de aparición, han sido desmochados, sobre todo el primero, del que ha indultado sólo tres poemas, de manera inmisericorde. E injusta, a mi escaso entender, aunque el propio poeta declare que de no ser por el editor los hubiera esquimado a matarrasa. La mayoría de los poemas nuevos, aunque algunos son glosas de obras de arte o de autores, se centra en la naturaleza: paseos por los montes y valles navarros, escenas junto al mar cántabro, contemplaciones de sus árboles tutelares…
Tal vez, por ponerle un pero, -«¿quién es del todo defendible?», se pregunta en uno de sus apotegmas- pueda objetarse, aunque en sí sea una barbaridad, que R. Andrés escribe en verso demasiado bien, con una corrección y finura que a veces se entienden enemigas del estro lírico, caracterizado por derrapar por abajo o por arriba. Pero esto no deja de ser una boutade en cuanto la expresión debe aproximarse con la máxima exactitud posible, casi siempre, por desgracia, escasa, al sentir o el pensar del poeta.

lunes, marzo 13, 2017

Mujeres 2, Isabel Ruiz Ruiz


Ilustropos, Madrid, 2016. 42 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

Son innumerables las mujeres que han luchado por abrir caminos a otras mujeres, por hacer un mundo mejor o por avanzar en todos los campos del conocimiento y las artes. Sin embargo, no todas cuentan con un sitio relevante en la Historia oficial, copada por figuras masculinas, en la que las mujeres, muchas veces, no tienen sitio. Con el propósito de dar visibilidad a todas estas mujeres excepcionales nació en 2015 Mujeres, un precioso álbum ilustrado y un libro de referencia para que los más pequeños empiecen a visualizar algunos referentes femeninos. Cuenta la autora que al tiempo que creaba este primer volumen se fue gestando Mujeres 2 puesto que eran muchas las féminas que merecían un espacio en el libro pero por cuestiones de espacio se quedaron en el tintero.
En este ideario, homenaje personal de Isabel Ruiz Ruiz a todas estas precursoras, nos encontramos a muchas mujeres de sobras conocidas y otras no tanto, nacionales y extranjeras, del mundo del arte, las letras o la ciencia. Todas pioneras o relevantes dentro del camino que escogieron, revolucionarias o adelantadas a su tiempo. Ada Lovelace, Christine de Pizan, Emma Goldman, Elisabeth Eidenbenz, Federica Montseny Mañé, Hedi Lamarr, Gerda Taro, Hilma af Klint, Junko Tabei, Louise Bourgeois, Malala Yousafzai, María Moliner, Maya Deren, Simone de Beauvoir, Nelly Bly, Valentina Tereshkova, Violeta Parra y Wangari Muta Maathai son las dieciocho protagonistas del libro. Al tratarse de una colección este nuevo volumen sigue los mismos parámetros que el anterior. Cada una de las heroínas se convierte en una maravillosa ilustración que viene precedida de su biografía encabezada por una frase relevante en la que cada una de ellas nos habla de sí misma. Amplía el anterior volumen al tiempo que supone un punto de partida para profundizar en la biografía y los logros de cada una de estas mujeres. Al igual que en la primera parte, las imágenes nos muestran un tipo de rostro de ojos grandes y aire nostálgico en una paleta de colores en la que predominan los tonos grises y azules que acentúan la sensación de melancolía que desprenden las ilustraciones.
En cuanto a las características físicas del libro se trata de una edición de lujo en tapa dura, impresa en papel estucado semi mate a todo color con una encuadernación en cartoné cosido, una pequeña obra de arte. Su autora, Isabel Ruiz Ruiz, es Licenciada en Bellas Artes y Diplomada en Dirección de Fotografía y trabaja como Directora de fotografía e ilustradora freelance. La belleza de su estilo como ilustradora es motivo más que suficiente para hacerse con el libro.

viernes, marzo 10, 2017

Mirlo blanco, cisne negro, Juan Manuel de Prada


Espasa, Madrid, 2016. 439 pp. 22 €

Salvador Gutiérrez Solís

Aunque ya muchos no lo recuerden, Juan Manuel de Prada fue el gran mirlo, delfín o elefante blanco de la joven y nueva literatura española con dos magníficos libros de relatos, Coños y El Silencio del patinador, y una titánica novela, Las máscaras del héroe, que yo sigo situando, años después, entre las mejores obras narrativas de las últimas décadas. Una novela a contratiempo, que mal convivía con los jóvenes compañeros de promoción, que se acodaban en la barra pidiendo una maceta de calimotxo mientras escuchaban la nueva canción de Nirvana. Prada, en ese tiempo, mientras el realismo (sucio o pulimentado) se abría paso sobre el decorado literario, nos ofrecía bailar un chotis tras brindar con un orujo rabioso e intenso. También destacaría de sus inicios La tempestad, una rara avis en la trayectoria de este autor, que bien podríamos considerar como un estupendo “planeta”, si uno bucea mínimamente en las aguas del célebre y millonario premio.
Tras un tiempo de idas y venidas, inmerso en diferentes asuntos, algunos de ellos no estrictamente literarios, regresa Juan Manuel de Prada con este Mirlo blanco, cisne negro que bien puede entenderse como una recuperación, o un revival, del Prada que a mí, particularmente, y no soy una excepción, me sorprendió y fascinó. Y regresa con un ejercicio de artesanía, y hasta de orfebrería, literaria. Prada expone en todo su esplendor sus infinitas capacidades y facultades, mediante un texto en el que se entremezcla con sabiduría, precisión e ingenio el cultismo con su socarronería más particular y brillantemente canalla.
Novela sobre novelas, sobre esa Madonna veneciana y noir que recuerda tanto a La tempestad del propio Prada, y también novela sobre novelistas, desde muy diferentes planos y aspectos. El escritor como sujeto público, el escritor como trabajador por cuenta de su propia obra, el escritor ante sus sombras, referencias y ambiciones, el escritor entre escritores o el escritor que se enfrenta dubitativo, y siempre precavido, a sus creencias, obsesiones y limitaciones.
Se vale Prada para este escaparate metaliterario de dos escritores que, a priori, podrían considerarse los polos opuestos, pero que tal vez formen parte del mismo escritor. El joven Alejandro Ballesteros, talento juvenil, velocista de las letras que despunta con su primer libro de relatos, tal y como le sucedió a Prada, y Octavio Saldaña, el ocaso del talento, tertuliano de tertulias gritonas y grotescas, escritor sin rumbo ni novela, que cree encontrar en el joven escritor la salida para escapar del abismo. Similitudes, resurrecciones, la Literatura y la vida.
Arremete Prada en Mirlo blanco, cisne negro contra el sistema, mundillo o universo literario, y así encontramos referencias, ajustes de cuentas y claves que en ningún caso conforman la trama central. Tengamos en cuenta que contra quien más arremete Prada es contra él mismo. Y es que esta novela tiene mucho de expiación, de arrojarse el fuego destructor, reparador y sanador y a partir de las cenizas, renovadas cenizas, construir al nuevo escritor. Un escritor que recuerda mucho a ese Juan Manuel de Prada que nos deslumbró a tantos, en ese “debut prodigioso”, Coños, tal y como parafrasea en este Mirlo blanco, cisne negro.

miércoles, marzo 08, 2017

Ciclonopedia, Reza Negarestani


Trad. Hugo Castignani
Materia Oscura, Madrid, 2016. 448 pp. 21 €

Pedro Pujante

La editorial Materia Oscura ya nos sorprendió con el lanzamiento de su primer título: En el polvo de este planeta, de Eugene Tacker. Ahora sube la apuesta con Ciclonopedia, uno de los títulos más sugerentes de un género más bien inexistente: el ensayo especulativo de ficción bizarra.
Su autor, el filósofo iraní Reza Negarestani, la publicó en 2008 en Australia y ahora llega a España.
Valiéndose del mecanismo del manuscrito encontrado, (una joven encuentra un texto llamado Ciclonopedia, de un tal Reza Negarestani) se inicia la lectura del mismo en un juego de mise en abyme que ocupa casi la totalidad del volumen. Ciclonopedia es un tratado filosófico, un ensayo delirante sobre el petróleo –‘cadáver negro del Sol’- como fuerza viva que emana de la Tierra, siendo esta una máquina.
Las teorías para explicar el proceso que implica el fluir del petróleo en el mundo se sustenta tanto en Deleuze, la película de El exorcista o en los textos de Lovecraft. Este ensayo, algo retorcido y bastante oscuro, pero a la vez deliciosamente desquiciante y en ocasiones intrigante, entremezcla filosofía, economía, seudogeología, teoría socio-política, ocultismo, religión, literatura marginal y conceptos y neologismos que configuran un sistema teórico de lo más delirante.
Lo llamativo, además de la capacidad para desarrollar una teoría consistente y fantástica al mismo tiempo, es la trasposición de los elementos. El petróleo y la Tierra se entienden como entidades pensantes, el desierto, un organismo autónomo, el viento como unidad de información, los agujeros que recorren el subsuelo son explicados por la ‘poromecánica lovecraftiana’ como máquinas dispuestas para facilitar el despertar y retorno de los Antiguos.
De este modo, con gran lucidez pero también con mucho hermetismo, Negarestani elabora una teoría-ficción, con elementos de la ciencia-ficción, los mitos preislámicos, y la filosofía a un mismo nivel referencial, y así explicarnos los mecanismos que mueven el mundo, el petróleo, las guerras en Oriente Medio, el terrorismo. Máquinas de guerra, el polvo del desierto, agujeros terrestres que funcionan como vacíos narrativos.
En algún momento se habla de ‘Escritura Oculta’, de un grimorio sin trama superficial coherente que parece haber «sido infectado por una plaga de agujeros negros» (página 147). Esta definición parece asimilar la naturaleza de Ciclonopedia, este tratado sobre magia negra y fuerzas extrañas que se ocultan en el petróleo, de agujeros que convocan un vacío milenario y que destruyen la trama secreta que la Tierra ha ido escribiendo durante milenios.
Ciclonopedia es un vademécum demoníaco y lúcido sobre potencias que dominan y configuran el planeta Tierra, máquinas de guerra, agujeros que escriben una trama perversa y milenaria, dioses y maquinarias atroces que conectan distintas culturas.
En definitiva, una Odisea oriental y lovecraftiana del Nuevo Mundo escrita por un Homero paranoico.

lunes, marzo 06, 2017

Manual de jardinería (para gente sin jardín), Daniel Monedero


Relee, Madrid, 2016. 167 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

¿Qué tienen en común un adolescente que cree ser la reencarnación de Wislawa Szymborska, una mujer que sólo le es infiel a su marido con hombres mutilados, un oficinista que sueña con ir a Honolulú y un hombre se desvanece progresivamente en las fotos que le van tomando? Que todos ellos son “plantas” del jardín para el que Daniel Monedero ha escrito su Manual de jardinería (para gente sin jardín). Estos personajes y muchos más deambulan por los diez relatos que conforman el libro.
En el prólogo Matías Candeira explica muy bien el tipo de relato que vamos a encontrar en este libro, “excesivo, vivo y hasta furioso” frente a lo que él llama “relato cerrado, aseado”. Diez historias frescas y originales, escritas con diferentes tonos y registros, un conjunto heterogéneo cuyos elementos, aparentemente, no tienen nada en común pero a los que la voz del autor da unidad y coherencia. Monedero no es nuevo en esto de escribir, trabaja como guionista y es autor de libros infantiles ilustrados (como la colección de El fabuloso Mateo junto a Anna Laura Cantone para la editorial Edelvives), aunque sí es su primer libro de relatos. El oficio está presente, la experiencia se nota, cada frase está cuidada, pulida. Hay una clara intención estética, los textos están trabajados en lo estilístico y en lo formal. Se intuye en algún momento la influencia de Eloy Tizón del que el autor fue alumno en Hotel Kafka.
El libro está plagado de referentes literarios, el más evidente es su homenaje a Huckleberry Finn, el mítico personaje de Mark Twain en el relato “Llamadme Mississippi”. Contaba el autor en una reciente entrevista que este relato fue, hace tres años, la semilla del libro, de este jardín que crece en libertad y en el que se dan la mano historias realistas con toques surrealistas que a veces llegan al absurdo salpicadas, en ocasiones, de sutiles pinceladas poéticas. Es también un libro de ausencias como ya se puede intuir en el título, sobre personajes incompletos que habitan otras pieles o buscan encontrarse más allá de ellos mismos. Este es un jardín cuidado pero no domesticado, crece en libertad y en él la maleza se integra dentro del paisaje para conformar un todo que sorprende y atrapa, que muestra tanto como oculta y que gustará al lector que busca nuevas voces en el panorama del cuento español.