viernes, junio 15, 2012

VI Premios Tormenta: finalistas al Mejor libro del año de autor extranjero


Una forma de vida
Amélie Nothomb
Anagrama, 2012

En esta novela son importantes las cartas. Acabo de darme cuenta que cada año, cuando cae en mis manos el nuevo libro de Amélie Nothomb, me siento como si recibiera carta de una amiga lejana, encantadora y excéntrica. Una amiga que me escribe de tarde en tarde, sólo para impresionarme con sus últimas peripecias. Las novelas de Amélie Nothomb siempre dan la sensación de tratar sobre Amélie Nothomb. Suelen estar escritas al hilo de la contemporaneidad y contar cosas que al lector le recuerdan a su propia realidad y algún acontecimiento reciente.

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El asiento del conductor
Muriel Spark
Contraseña, 2011

Yo no conocía la literatura de Muriel Spark hasta que esta novelita, El asiento del conductor, cayó en mis manos. Basta leer las primeras líneas para darse cuenta de que su autora es una narradora dotadísima, certera, llena de inteligencia e ingenio: la historia comienza sin preámbulos ni dilaciones, con una energía y un brío casi eléctricos; uno no se ha dado cuenta y la novela ha cerrado sus puertas, nos ha atrapado dentro y ha echado a andar con ligereza, como un tranvía que va soltando chispazos y corre sobre los raíles, muy seguro de la dirección que lleva. El lector también cree conocer el destino: piensa que va a hacer un viaje turístico y que recorrerá con la protagonista, la muy excéntrica Lise, el paisaje amablemente exótico y pintoresco del sur de Europa, ya que el texto comienza con los preparativos de sus inminentes vacaciones.

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Las vidas de Dubin
Bernard Malamud
Sajalín, 2011

Del mismo modo en que coincidieron durante la segunda mitad del siglo XIX una serie de escritores rusos que exploraron como nadie los recovecos de la interioridad humana, vista en perspectiva, la narrativa judeoamericana de la segunda mitad del XX no les fue a la zaga en ello. Un ejemplo: «Miró a Natasha, que cantaba, y en su alma aconteció algo nuevo y feliz. Estaba alegre y triste a la vez (…) Las lágrimas obedecían sobre todo a la contradicción violenta que, de pronto, había reconocido entre alguna cosa infinita, grande, que existía en él, y la materia, reducida, corporal, que era él e incluso ella. Esta contradicción le entristecía y le alegraba mientras ella cantaba» (Guerra y paz) / «Dubin regresó a casa en estado de excitación y con un cierto sentimiento de nostalgia.

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jueves, junio 14, 2012

VI Premios Tormenta: finalistas al Premio al Mejor Autor Revelación

Se otorga este premio a autores de primeras obras o a aquellos otros que, habiendo publicado en sus países de origen, se dan a conocer en España por primera vez.


Los Lemmings y otros
Fabián Casas
Alpha Decay,
Barcelona, 2011

Fabián Casas nació en el barrio de Boedo en 1965. Publicó los libros de poesía Tuca (1990), El Salmón (1996), Oda (2003) y El spleen de Boedo (2004), todos reeditados por Emecé en 2010 como obra completa bajo el título Horla City y otros. También publicó en narrativa la novela breve Ocio (2000) y el libro de relatos Los lemmings y otros (Alpha Decay, 2011). En 2007 publicó en Emecé Ensayos Bonsái y ese mismo año ganó en Alemania el premio Anna Seghers. En nuestro país, su obra como cuentista se dio a conocer con la publicación de Los lemmings y otros a la que recientemente ha seguido Ocio.




FrIcciones
Pablo Martín Sánchez
E.D.A. Libros,
Benalmádena, 2011

Pablo Martín Sánchez (cerca de Reus, 1977) quiso ser atleta, luego actor y acabó juntando palabras. Coleccionista vocacional, tiene los títulos de graduado superior en Arte Dramático, de licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, y de máster en Humanidades. En el sector editorial ha trabajado como lector, corrector, traductor y librero. Fundador de la revista Verbigracia y miembro del equipo de redacción de la revista digital La Siega. Como creador, ha recibido diversos premios literarios de relato corto y en estos momentos está ultimando la escritura de su primera novela, El anarquista que se llamaba como yo.




Siberia
Juan Soto Ivars
El Olivo Azul,
Córdoba, 2012

Juan Soto Ivars nació en 1985 en Águilas (Murcia). Es autor de las novelas La conjetura de Perelmán (Ediciones B, 2011) y Siberia (El olivo azul y Sigueleyendo, 2012) y editor junto con Sergi Bellver en la antología Mi madre es un pez (Libros del silencio, 2011). Realiza la sección de entrevistas impertinentes “¿Puedo tratarle de usted?” en la revista Primera Línea, y colabora en la sección de cultura de la Revista Tiempo, Ling y otras. Dirigió durante dos años El Crítico, boletín de ensayo literario creado por Juan Carlos Suñén.





Lobisón 
Ginés Sánchez
Tusquets, Barcelona, 2012

Ginés Sánchez nació en 1967, en Murcia, España. Licenciado en derecho y abogado en ejercicio durante diez años, ha vivido desde 2003 en diversos lugares de Europa y América y ha desempeñado los más diversos trabajos, desde recepcionista de hotel en las islas Eolias y camarero en Dublín, hasta repartidor de periódicos o vendedor de cuadros puerta a puerta. En el Pacífico costarricense, cerca de la frontera con Nicaragua, fue responsable de campo en un proyecto de protección de tortugas marinas. Es adicto al Testaccio romano y en La Habana ha sido guía turístico.

miércoles, junio 13, 2012

El intendente Sansho, Ogai Mori

Trad. Elena Gallego. Prólogo: Carlos Rubio. Contraseña, Zaragoza, 2011. 153 pp. 16 €

Óscar Esquivias

Es posible que al leer el título de El intendente Sansho uno piense antes en el cine que en la literatura. El director Kenji Mizoguchi ganó en 1954 el León de Plata en el Festival de Venecia con una bellísima y estremecedora película inspirada en el cuento homónimo de Ogai Mori, fallecido hacía más de treinta años (en 1922). Mori fue el gran modernizador de las letras niponas en el cambio del siglo XIX al XX. Su estilo literario «severo, masculino y contenido» (según lo describe Carlos Rubio) influyó poderosamente en los escritores posteriores, no sólo en los de la generación siguiente (como Tanizaki), sino incluso en los más jóvenes, como Mishima. También fue un gran difusor de la cultura occidental en Japón. Había vivido varios años en Europa y dominaba el alemán (desde este idioma tradujo al japonés a… Calderón de la Barca, además de a Goethe, Hoffmann, Schiller, Heine o Rilke, entre otros). Perteneció al ejército y como médico militar participó en las guerras que enfrentaron a su país contra China (1894-1895) y Rusia (1904-1905). Si en lo artístico nadie cuestiona su modernidad, en lo político y social es un personaje controvertido. Por una parte, Mori, defendió la capacidad de Japón para desarrollarse y alcanzar el mismo nivel que Alemania o los Estados Unidos, pero a la vez se opuso a la imitación acrítica de las costumbres occidentales y lamentó la desaparición de los valores tradicionales japoneses. Es frecuente ver citado a Ogai Mori como «el último samurái escritor». Puede sonar paradójico que se le considere a la vez el último representante literario de los samuráis y el primer escritor de la modernidad, pero así es.
La película de Mizoguchi sigue gozando de un enorme prestigio y no hay cinéfilo que no la admire, pero esto no ha supuesto que su referente literario haya conseguido la misma popularidad. En España no se han empezado a publicar las obras de Mori hasta fechas muy recientes, ya en el siglo XXI. Yo las he leído con muchísimo interés y placer y, aunque asumo el riesgo de formular juicios sobre un autor cuya obra sólo conozco parcialmente y siempre a través de traducciones, compartiré mis impresiones, por si a alguien le son útiles. Por una parte, me ha llamado la atención cómo en varios de sus relatos se repite un mismo modelo de protagonista (en el que, además, se adivina un autorretrato del propio escritor). Se trata de un personaje joven, solitario, inteligente, que posee un acendrado sentimiento de diferencia respecto a las personas con las que se ve obligado a convivir. Los años de aprendizaje se presentan como un largo periodo de supervivencia callada, resignada, pasiva. Sus protagonistas muestran una voluntad de hierro y una gran capacidad de sufrimiento: parecen indoblegables, pero no son héroes ni rebeldes: aceptan el desprecio y el acoso de los demás con fatalismo. Luego llegan a la edad madura, encuentran cierta tranquilidad e incluso el éxito laboral, pero nunca alcanzan la felicidad: esa ilusión de plenitud es algo que se ha escapado de sus vidas para siempre. Son raros los personajes de Mori alegres o desenfadados.
Este es el universo de sentimientos y emociones habitual en su obra. Ogai Mori suele ser un narrador seguro, frío, certero, que en seguida encarrila las historias. Sus planteamientos son potentes y están llenos de intriga, pero me llama la atención cómo, en algunas ocasiones, los resuelve de manera abrupta o demasiado convencional, como si de repente perdiera el interés en lo que está contando y decidiera recoger el recado de escribir, rematándolo todo de cualquier manera.
En las librerías españolas se pueden encontrar las novelas Vita sexualis (traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo, Trotta, 2001); El ganso salvaje (traducción de Lourdes Porta, Acantilado, 2009) y La bailarina (traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés; Impedimenta, 2011). Por algún feliz misterio de la distribución de los libros, también hay en España ejemplares de una recopilación de cuentos publicada en Buenos Aires titulada En construcción (selección de Amalia Sato; traducciones de Yuka Shibata, Mirta Sato, Masako Usi, Toshiko Aoshima, Lida Takeda, Misa Mochinaga y Kumi Nagasaka; editorial Adriana Hidalgo, 2003). Personalmente siento predilección por la delicada novelita El ganso salvaje, una historia muy característica de Mori, en la que se nos muestra la colisión entre las esperanzas íntimas de unos jóvenes y su sentido del deber y del decoro.
A esta lista ahora podemos añadir una nueva antología titulada El intendente Sansho. En esta colección se nos muestra al Ogai Mori más apegado a la historia, las tradiciones y el folclore del Japón. El autor, como un cronista medieval, nos relata historias de gran sabor arcaico: así, detalla genealogías familiares (como en «La historia de Iori y Run») o narra cuentos de aire legendario, protagonizados por niños valientes que dan lecciones de entereza a los adultos, como sucede en «Las últimas palabras» o en el del cruel intendente Sansho, pintado casi como un ogro, cuyo relato está trenzado con los mismos mimbres de los cuentos populares que se narran en cualquier lugar del mundo: unos viajeros indefensos, la ausencia de posada, el bosque misterioso, unos huérfanos obligados a convertirse en héroes…
De los seis cuentos de este libro, mi favorito es «La señora Yasui». Se trata de una pieza con una estructura muy original y atrevida, que va de lo cómico (un pretendiente llega a una casa a buscar una novia y sale con otra) a lo desolador (la vida conyugal se convierte en una crónica tristísima de mudanzas, partos, enfermedades y muertes). En este relato se aprecia la objetividad y la falta de énfasis tan características de Mori, esa capacidad suya de narrar con temple —casi con indiferencia— historias que contienen una terrible carga emocional o dramática (lo que no deja de ser un recurso literario eficacísimo).
El intendente Sansho es un libro estupendo, editado con primor, en el que se han cuidado todos los detalles. La selección de los cuentos y su traducción —directamente del japonés— han estado a cargo de Elena Gallego, una especialista de primera línea; el prólogo —muy completo y combativo— está firmado por otro gran experto, Carlos Rubio. No puedo dejar de citar la ilustración de la cubierta, con un siniestro árbol de ramas peladas en las que se posan unos pajarillos. La imagen evoca una máscara japonesa y su autor, Alberto Gamón, ha relatado el proceso creativo en su blog (http://gamonadas.blogspot.com/2011/12/el-dibujo-del-mes-el-intendente-sansho.html). No dejen de visitarlo. La mirada de Gamón sobre El intendente Sansho es, en sí misma, una emocionada y elocuente crítica literaria.

martes, junio 12, 2012

Mary; Maria/ Mathilda, Mary Wollstonecraft / Mary Shelley

Trad. Íñigo Jáuregui, Cristina Suárez, Anne-Marie Lecouté. Nórdica, Madrid, 2011. 384 pp. 21,50 €

Victoria R. Gil

«Los males de la mujer, como los de los sectores oprimidos de la humanidad, se han de considerar necesarios por parte de sus opresores, pero seguramente hay mujeres que se atreverán a adelantarse a su tiempo y a certificar que mis bosquejos no son el engendro de una mente trastornada ni los trazos enérgicos de un corazón herido». Así comienza el prefacio de Maria, la última e inacabada novela de Mary Wollstonecraft, en la que reúne a un puñado de personajes femeninos de variada procedencia para mostrar, como hace de una forma u otra en casi todas sus obras, el modo en que el poder (económico, político y social) masculino discrimina a las de su sexo. ¿Fecha? 1797. En Francia faltaban dos años para que el general Bonaparte pusiera fin a la Revolución Francesa y en Inglaterra, esta autora llevaba más de una década hablando no sólo de los derechos de los hombres, sino también de los de las mujeres.
Allá por el Pleistoceno, cuando aún se compraban enciclopedias en papel, sometía yo a una prueba muy particular cualquier compendio del saber que pretendieran venderme: la inclusión o no de Mary Wollstonecraft entre sus páginas. Si el nombre de esta escritora y pionera en la defensa de la igualdad entre los sexos no aparecía (cosa que ocurría en la mayoría de los casos) descartaba la enciclopedia por incompleta. Eclipsada primero por su marido, el filósofo y novelista William Godwin, y por su hija Mary Shelley, después, desde hace unos años su voz se deja oír cada vez más en nuestro país con la publicación de gran parte de su obra. A esta merecida visibilidad ayudó también la aparición en 1993 de Vindicación, una biografía novelada por Frances Sherwood, de cuyo éxito editorial en todo el mundo se benefició directamente la figura de Wollstonecraft.
Este volumen editado ahora por Nórdica contribuye al conocimiento de una pensadora notable y lo hace, además, uniéndola literariamente a su hija a través de tres novelas ligadas por su temática y por el corazón que las impulsa: escrutar la identidad femenina y el modo en que ésta se manifiesta en los entornos familiar y social. «Estas obras no son las creaciones más logradas de ambas escritoras —admite Jane Todd en el prólogo—, pero interactuando de la forma en que lo hacen en torno a la tumba de Mary Wollstonecraft (que murió a causa de unas complicaciones tras dar a luz a su hija en 1997), adquieren unas resonancias psicológicas y biográficas por la relación que mantienen tanto entre sí como con las experiencias de sus autoras».
Su calidad literaria no está, en efecto, al mismo nivel que las Vindicaciones de la madre (Vindicación de los derechos del hombre y Vindicación de los derechos de la mujer) o del Frankestein de la hija, pero no por ello merece menos la pena adentrarse en sus páginas y conocer las obsesiones de ambas, cuyas vidas fueron más que singulares y, lamentablemente, trágicas.
Situadas con precisión en el tiempo y en la realidad vital de sus autoras gracias a la introducción de la profesora galesa Jane Todd, el contexto que enmarca estas tres novelas resulta fundamental para entenderlas. Si Mary y Mathilda son «pasionales e introspectivas», y subyace en ellas un obvio poso autobiográfico, Maria renuncia a esa subjetividad para mostrar las dificultades que un grupo de mujeres debe afrontar cada día en el mundo que les ha tocado vivir, con una sorprendente carga social para la época en que fue escrita.
En Mathilda, Mary Shelley aborda el incesto no consumado entre un padre y una hija, un tabú personal y social difícil de aceptar por su entorno, hasta el punto de que su padre, William Godwin, se negó a editarla y la mantuvo fuera del alcance de la joven para evitar que viera la luz. La novela tardaría en publicarse ciento cuarenta años. Con la excusa de retomar un cuento inacabado de su madre, Shelley se centra en «la relación claramente no resuelta tanto con su padre aún vivo como con su difunta madre» y ofrece «un diálogo abierto e incluso enfrentado con los hombres de su vida», Godwin y el poeta Percy B. Shelley.
Una magnífica oportunidad la que nos brinda Nórdica para acercarnos a esta «extraordinaria pareja» de escritoras formada por madre e hija, que sólo compartieron existencia durante diez días.

lunes, junio 11, 2012

Los años de lluvia, Jesús Esnaola Moraza

Paréntesis, Sevilla, 2012. 116 pp. 12 € / 8,40 € (e-book)

Ángeles Prieto

Los microrrelatos o minificciones, que para algunos teóricos componen un género aparte, mientras que otros prefieren calificarlos como cuentos muy breves, conforman una modalidad literaria que lleva practicándose siempre. De hecho, la distancia con los aforismos, chistes, alardes de ingenio o sentencias a veces no es perceptible. En cualquier caso, estamos asistiendo a un auge de los mismos de acuerdo con las pujantes y ya inevitables tecnologías virtuales en nuestras comunicaciones, que exigen concisión.
Es sólo que muchos críticos, tras dos largos siglos de preponderancia novelística, mantienen todavía la duda punzante de considerarlos literatura, sin reconocer todavía que en ellos se encierra arte. Y yo en este punto, no tengo la menor duda. Aunque curiosamente es un convencimiento que he ido afianzando no por la lectura de los ya clásicos de este género, como Max Aub o Slavomir Mrozek, ni tampoco por las obras de los magníficos escritores actuales que publican con cierta asiduidad como José María Merino, Carmela Greciet o Ángel Olgoso, sino por los que empiezan en estos momentos con gran entusiasmo, los difunden cuando pueden y están formando Escuela, con todo lo que esta palabra implica: ideas, técnicas, temas y estilos.
Es el caso de Jesús Esnaola, quien lleva años practicando el microrrelato desde su blog “El doctor Frankenstein, supongo”, autor de una enorme curiosidad que busca aprender y aprehender para sí de todas las obras posibles. Y a fe mía que lo ha conseguido. Porque el resultado más que digno que tengo en mis manos es un libro chispeante, entusiasta, dúctil y ligero como debe ser el género y sumamente ingenioso, con una enorme facilidad para cambiar de historias. Aunque como todos los autores, tiene preferencias: los monstruos, el doble, el paso del tiempo.
Una obra juvenil por la gracia de sus textos y a la vez madura, de manera que aborda a veces con sarcasmo, otras con sabiduría, no sólo los grandes temas de la existencia, sino también esos elementos cotidianos que, en función de los avances técnicos, vamos incorporando a nuestra existencia. Como ejemplo, he aquí el más breve de sus microrrelatos: Ironía. “El fantasma del inventor del GPS vaga por la Tierra, sin descanso, incapaz de encontrar el camino hacia la Luz”. Y es por ello que considero que sólo aquel que no se haya perdido alguna vez con tan singular aparato, podrá no apreciar el arte que encierra esta malvada (pero sabia) frasecita.
Es un libro que por tanto recomiendo no sólo a los fanáticos de lo breve, que van en aumento, sino también a esos lectores anquilosados, con telarañas en los ojos, que al refugio de los cada vez más simples marchamos culturales, y siguiendo como ovejas las directrices del mercado, tienen telarañas en los ojos y no quieren ver lo que está pasando. Porque los microrrelatos, y en especial los de Jesús Esnaola, lo están recogiendo.