viernes, mayo 20, 2011

Emaus, Alessandro Baricco

Trad. Xavier González Rodríguez. Anagrama, Barcelona, 2011. 160 pp. 16,50 €

Santiago Pajares

Alessandro Baricco se convirtió en 1996, con la publicación de la novela Seda, en un fenómeno mundial por méritos propios. Yo, que la leí algunos años después, todavía recuerdo con claridad la elegancia de sus palabras y cómo quería leerlas despacio para que se quedaran más tiempo conmigo. “Compraba y vendía. Gusanos de seda”. Y no debía ser algo sólo mío, vistos los millones de lectores que coincidimos. Era uno de esos libros muy malos para adaptar a la gran pantalla porque lo importante no es lo que cuenta, sino el cómo lo cuenta. La poesía en prosa.
Con el paso de los años y los libros fui leyendo más libros de Baricco y me di cuenta que no era un fenómeno aislado, sino que era capaz de trasladar esa elegancia y arte en la combinación de palabras a sus otras historias. Novelas en general simples y cortas. Bellas. Ha tocado también los géneros del ensayo y el teatro, con la íntima Noveccento, publicada en formato novela, y así puede ser leída. Incluso ha llegado a hacer una adaptación de La Iliada de Homero, publicada también en audiolibro para acercar la obra a los que no disfrutan de la lectura. Y con enorme éxito, además.
Hasta la novela que aquí nos trata. Emaús. ¿Por qué este titulo? Es una referencia al pasaje de la Biblia donde Jesús resucitado se le aparece a dos discípulos que no le saben reconocer, pero en cambio, le cuentan todos los detalles sobre la muerte y martirio del hijo de Dios. Cuando se dan cuenta de su error, ya es tarde, porque el señor ha desaparecido. La novela Emaús trata de la adolescencia y paso a la edad adulta de cuatro amigos católicos y practicantes. Narrada en primera persona por uno de ellos desde una perspectiva católica que impregna todo el texto, nos detalla la vida y el buen camino marcado que deben de seguir, desde ayudar a pobre y enfermos en hospicios, hasta dónde llegar con sus propias novias para que lleguen vírgenes al matrimonio. El camino de la salvación y la vida eterna. Pero con el acercamiento a la edad adulta llegan las dudas, y esa patina se va resquebrajando dando paso a nuevos problemas que no saben bien cómo enfrentar. Como ocurre en el pasaje de Emaús, cuando te das cuenta de lo que ocurre, ya es demasiado tarde.
Todo esto comienza cuando entra en sus vidas Andre, una chica distante y algo masculina que atrae sin quererlo a todos a su alrededor como la luz atrae a los mosquitos, sin darse cuenta. Todos quieren saber más de ella, pero ninguno se atreve a preguntar y tienen que informarse por rumores y cuchicheos. Un personaje fascinante debido al misterio que todos tejen a su alrededor, creando sin darse cuenta su propia leyenda. Entonces, los cuatro amigos, tan unidos en el buen camino, comienzan a dar pasos fuera, pasos que se encaminan a Andre. El sexo, las drogas, la traición, la muerte e incluso ese recién descubierto sentimiento que es el amor para el que no siempre logran encontrar pasajes en la biblia que les aconsejen, se convierten en las tejas de su nuevo tejado. Todo ellos narrado con el ingenio, la elegancia y maestría que sabe desplegar Baricco. Porque, aunque puede parecer una novela destinada a católicos, no lo es, sino que puede leerla cualquiera que sea adolescente o que lo haya sido, aquellos que recuerden las dudas que surgían en esos días, cuando todo lo que siempre había sido fácil comienza a tornarse en difícil, que en eso consiste hacerse adulto. Como dice Alessandro Baricco refiriéndose a la chica Andre, “Quién ha empezado a morir, no deja ya de hacerlo.”

jueves, mayo 19, 2011

Memorias de una viuda, Joyce Carol Oates

Trad. María Luisa Rodríguez Tapia. Alfaguara, Madrid, 2011. 480 pp. 24,50 €

Ángeles Prieto

¿Para qué escribir esta reseña, una más?, ¿no es acaso absurdo sugerir, a estas alturas, la lectura de cualquier obra de Joyce Carol Oates, la mejor novelista del mundo en activo? Sin embargo, la necesidad de coger el teclado y recomendar este libro me ha resultado imperiosa y necesaria, toda vez que sufro de las mismas, exactas penalidades que describe Joyce en esta obra y su comprensión me ha servido de bálsamo lúcido, ese que pueden necesitar muchas otras personas que se han visto, se ven y se verán en idéntico trance.
Porque la pena ante la muerte irreversible de un ser querido implica angustia, insomnio, desesperación y atracción hacia la idea de un suicidio liberador, todo lo que ella nos cuenta ante el fallecimiento repentino de su marido, Raymond Smith, y con la mayor sinceridad posible: si quedas viuda estás sola, sin protección en un mundo hostil y frívolo, hueco y sin sustancia. Atrapada en el convencimiento cierto de que tú deberías haber muerto con él, ya seas una simple ama de casa, o la mejor novelista del mundo.
Aunque también es cierto que no todas las personas conocen el grado de complicidad, compañía y empatía que te puede proporcionar un matrimonio feliz de cuarenta y siete años de duración, como el que disfrutó ella con Raymond, un hombre tranquilo, inteligente y laborioso, ajeno al mundo agitado de una novelista exitosa. Primer y último hombre de su vida, según proclama con orgullo, y el único capaz, como nos confiesa Joyce, de tomarle el pelo.
Pues uno de los rasgos característicos de esta obra es el humor lúcido y negro que la Oates, esa gran autora de la que esta dolida Joyce se distancia, se gasta para explicarnos las desconcertantes vivencias que empieza a experimentar como viuda: desde los insultos que recibe a través de una sucia cartulina en su coche (“aprende a aparcar, zorra estúpida”), hasta los comentarios insensibles “(“Ooh, Joyce, vas vestida de rosa. Qué bonito”), pasando por las interminables condolencias que en Norteamérica llegan en forma de presentes: cestas repletas de comida exquisita y frondosos ramos de flores que acaban, cómo no, en los cubos de basura reciclables.
Las viudas desean apartarse del mundo, no responder al teléfono y refugiarse en su nido, la cama matrimonial donde lograr dormir, pero tampoco pueden permitírselo. Se deben al papeleo burocrático, al cuidado de una casa ahora fantasmal, a su propio trabajo y deberes, a la atención de sus amigos. Y si el primer paso, que Joyce superará sin demasiados problemas, será la aceptación dura de que tu marido no volverá nunca, el segundo será vencer al insomnio, porque el tiempo se detiene y superar las noches interminables se asemeja al esfuerzo de un atleta olímpico. Aunque el tercero es el peor, no exento de culpabilidad, cuando empiezas a descubrir que puedes y debes hacer cosas que a tu marido nunca le interesaron, así como conocer a gente fascinante que nunca hubieras conocido de haber seguido vivo. Y es aquí donde empieza la superación, en aprender a vivir con la pena de llevar a tu marido dentro, sin cerrar las puertas a lo que nuestra estéril, estúpida, cruel pero también sorprendente existencia pueda llegar a ofrecernos.
Estamos ante una obra interesante, conmovedora, perspicaz y penetrante que nos habla de nosotros mismos ante el dolor, del sentido de vivir cuando ya nada tiene sentido. Leerla ayuda a prepararte y fortalecerte ante los desgarros inesperados, y a calmar las heridas cuando, como en mi caso, permanecen bien abiertas: Este libro es necesario y yo me he visto obligada a escribir esta reseña.

miércoles, mayo 18, 2011

El campo del Alfarero, Andrea Camilleri

Trad. María Antonia Menini Pagès. Salamandra, Barcelona, 2011. 224 pp. 14 €

Alejandro Luque

Pues no señor, no todos los best-sellers son iguales. De hecho, la traducción literal del palabro, “los que mejor venden”, no debería tener connotaciones peyorativas después de haber acompañado a fenómenos como Cien años de soledad o El nombre de la rosa. Y sin embargo, ha acabado usándose como sinónimo de literatura basura, facilona, complaciente, de consumo rápido. Todo esto viene a la cabeza al terminar la última novela del best-seller siciliano Andrea Camilleri, un hombre empeñado en seguir dando alegrías a sus seguidores, por longevo –86 abriles ya– y por mantenerse a pleno rendimiento, por encima del título por año.
Se trata, además, de una nueva entrega de la serie protagonizada por el comisario Salvo Montalbano, la misma que le ha dado éxito mundial y ha sido llevada a la televisión. Una vez más, nos reencontramos con todas las conocidas señas de identidad del protagonista, desde su gusto por la buena mesa a su obstinada misantropía, pasando por sus difíciles relaciones con Livia; y volvemos también a disfrutar con esa comisaría que siempre parece una mezcla de Brigada Central y Jaimito: Catarella, Fazio, Mimì Augello, sin olvidar a la insustituible Ingrid...
Esta vez, el caso a resolver es el de un cadáver hallado en una zona rocosa del litoral, despedazado y desfigurado. Poco después, una mujer hispana de las de rompe y rasga denuncia la desaparición de su marido. Tirando de los cabos sueltos, el policía empezará a relacionar ambos hechos y tratará de arrojar luz, esta vez con un problema añadido: los continuos choques con Augello, y sus dolorosas insinuaciones de que es hora de pensar en la jubilación y dejar paso.
Dicho esto, y sin ánimo de revelar más pistas de la trama –que por algo es una novela negrocriminal, en la que todos los detalles cuentan– toca explicar por qué este best-seller no es homologable a la mayoría de subproductos que suelen etiquetarse de tal modo. Empecemos por la ambición de su planteamiento. El autor no se limita a exponer un crimen y a resolverlo mal que bien, encontrando al culpable y poniéndolo entre rejas. De hecho, la investigación es sólo un pretexto para dibujar un más que convincente paisaje moral de corrupción generalizada, donde están en crisis valores como el honor y la amistad, incluso los propios códigos ancestrales del crimen organizado. Y todo eso lo dota Camilleri de un notable fondo simbólico, cita del Evangelio incluida, que sostiene y enriquece el resultado final, salpimentado con buen humor.
Habrá quien proteste, no sin razón, el hecho de que Camilleri no hace gala precisamente de un estilo elevado. Su ritmo de producción en los últimos años no parece favorecer el mimo en el lenguaje (que sí ha desplegado, y de qué manera, en obras anteriores), sino más bien la agilidad y la eficacia. Es cierto: Camilleri no es Bufalino, ni siquiera Sciascia, por citar a dos de sus más ilustres vecinos isleños, ambos de prosa exquisita. Pero el aparente desaliño del autor de Porto Empedocle no debe ocultar el auténtico alarde de recursos de que hace gala en esta novela.
Alumnos de los talleres de escritura creativa del mundo, rescindan sus matrículas –a menos que les sirva para ligar– y tomen nota: en poco más de 200 páginas y por un módico precio, este vejete les enseña cómo se cuenta un sueño (¡nada más empezar!), cómo se construyen diálogos fluidos y verosímiles en persona y por teléfono, el dibujo rápido de personajes, cómo se usa la forma epistolar (incluso se atreve con la epístola enviada a uno mismo), o cómo un autor pone cervantinamente a su personaje a leer un libro suyo.
Quienes carezcan de ínfulas literarias, también pueden entregarse por gusto a esta historia de polis, mafiosos y conexiones con cárteles colombianos, porque también la globalización ha llegado al mundo de Montalbano. Lo que todavía está por llegar allí es internet, dado que los personajes siguen escribiéndose con boli y papel, como en tiempos de Casanova. Lo que nos permite concluir que este Camilleri es, definitivamente, un señor chapado a la antigua.

martes, mayo 17, 2011

Hilda, Marie NDiaye

Trad. Santiago Martín Bermúdez. Barataria, Sevilla, 2011. 95 pp. 12,50 €

Cristina Consuegra

La editorial Barataria ha publicado la pieza teatral, Hilda, de la talentosa autora francesa Marie NDiaye, una de las voces más subversivas y comprometidas de la actual narrativa de este país. Su peculiar forma de entender la literatura, de digerirla, posibilitó que recibiera, en 2009, uno de los premios galos más importantes y prestigiosos, el Goncourt, gracias a la publicación de Tres mujeres fuertes (Acantilado, 2010), obra en la que su autora nos ofrece los relatos de tres mujeres supervivientes, y sobre la que directamente vierte el eco de su pensamiento, el mismo que concede especial atención a los excluidos y desarraigados, a los que son víctimas del silencio, sea éste de la naturaleza que sea.
Hilda es la primera obra de teatro que escribe esta autora, en 1999, e intuyo que este título es, en gran medida, responsable de que Marie NDiaye sea la única escritora viva cuya obra teatral ha sido incluida en el repertorio de la Comédie Française; pero también intuyo que el mérito de Hilda no queda aquí. A lo largo de seis actos, con diálogos precisos e incisivos, y una perspectiva ideológica contundente, Hilda elabora un retrato escalofriante sobre la situación de lo social en la sociedad francesa, retrato que permite al lector proyectar una geografía bastante fiel de la inmigración, de la miseria humana y los desposeídos en el continente europeo; una geografía que pasa ineludiblemente por la reflexión en torno al miedo al Otro, en cómo el inmigrante pasa a ser objeto o moneda de cambio, sobre cómo pasa a ser una simple propiedad; una firme reflexión sobre la condición del individuo contemporáneo.
NDiaye decide no quedarse al margen de los diversos acontecimientos que han sacudido a la sociedad francesa, en las dos últimas décadas, para denunciar –siendo consciente del poder de la palabra– la situación de la mujer inmigrante en este país. Y para ello utiliza la figura caprichosa y despiadada de Madame Lemarchand (personaje de gran complejidad psicológica y social), una mujer de la alta burguesía que ejerce su poder sobre su criada, un poder que tendrá efectos devastadores en la vida e identidad de Hilda, quien desde el momento que entra a formar parte de la casa de los Lemarchand se desvanece entre las palabras que la oprimen y asfixian, entre palabras que le indican cómo debe pensar, hablar o vestir. Palabras que le recuerdan, una y otra vez, que es un objeto más.
Sin grandes artificios, siquiera palabras rimbombantes, sin trazar grandes ideas, NDiaye muestra al lector lo que sucede al otro lado de la pantalla, eso que, en ocasiones, olvidamos que es real y acontece; situaciones terribles sobre las que no pensamos hasta que alguien no las señala, cuenta o narra.

lunes, mayo 16, 2011

Las palabras perdidas (Poesía 1989 – 2008), Alfredo Buxán

Bartleby Editores, Madrid, 2011. 252 pp. 16 €

Recaredo Veredas

La causa del éxito de los llamados temas universales, de su permanencia desde los lejanísimos tiempos de los presocráticos, no solo es su inevitabilidad. También resulta determinante su continua renovación. La inquietud –o desesperación, depende del grado de neurosis– que los susodichos temas causan en cada uno de nosotros –sobre todo el número uno de todos ellos, más conocido como muerte– precisa una respuesta actualizada, que se ajuste a nuestros tiempos.
Algunos privilegiados saben transcribir a palabras la versión que los eternos problemas eligen para su época. Buxán es uno de los escogidos, uno de los pocos poetas empeñados en seguir dándose golpes contra la eterna e invencible pared. Curioso personaje, extraño en este mundo tan dominado por la imagen. Oculta su nombre bajo un seudónimo y huye de todos los fastos (recitales, antologías, premios, instituciones oficiales, jurados) que rodean al mundo poético. Tal vez desee que solo sus palabras hablen por él. Podría afirmarse su suerte, al conseguir la publicación con tan poco esfuerzo, incluso habiendo trabajado para el silencio pero tengo la seguridad de que las obras maestras desconocidas no abundan. Siempre encuentran a un editor inteligente, que lucha lo que sea necesario para que vean la luz. En este caso la apuesta es especialmente intensa: la edición incluye toda su poesía publicada entre 1989 y 1991 (Legado de ternura, Liturgia de la heredad y Cantar de ciego), junto a un par de plaquettes y dos libros inéditos: Tirar del hilo y La luz entre la niebla.
Es la de Buxán una lírica sobria, pura, que posee un gran dominio del lenguaje, tan amplio que no solicita ser aplaudido pero delimita con suma precisión el sentido de lo que desea afirmar. No es un poeta áspero, permite que las palabras fluyan en dibujos simples pero dotados de gran poder visual. Recuerda al primer Gamoneda, al autor de Blues Castellano, que hablaba de la amistad, del amor y de la muerte, siempre la muerte, y poseía la capacidad de trazar sentimientos complejos y universales con asombrosa simplicidad. De apelar, sin caer en la grandilocuencia, a la trascendencia y la perdurabilidad.