viernes, abril 15, 2011

Sunset Park, Paul Auster

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2010. 288 pp. 18,5 €

Santiago Pajares

Paul Auster es, como escritor, el equivalente geogáfico de Woody Allen. Mientras que Mr. Allen ha capturado con su cámara las calles, los puentes y buena parte de los anocheceres de Nueva York a lo largo de toda su filmografía, Paul Auster las ha recorrido con sus personajes, nombrándolas, etiquetándolas, describiéndolas y sobre, todo, viviéndolas. Es por esto que no nos debiera extrañar que su última novela transcurra precisamente a un barrio de Brooklyn, Sunset Park, que da título a esta novela.
Mr. Auster comparte también la particularidad con Woody Allen de estrenar cada año, generalmente en otoño. Como lector, a veces puedes tener la impresión de que sería aconsejable (e incluso necesario) hacer una pausa después de cada novela para cargar las pilas y volver a tener ganas de escribir; pero Paul Auster no parece desde luego que sea de esos que escriben sin ganas (que los hay, o lo parece). Casi todas sus novelas (salvo alguna excepción como Un hombre en la oscuridad) rayan a una gran altura, o al menos la suficiente para mantener activos y expectantes a sus millones de fans. Si tras la citada Un hombre en la oscuridad surgieron algunas dudas, estas debieron quedar zanjadas con su siguiente obra, Invisible, y si no fue así, aquí está Sunset Park para echar el resto. Una novela que nos habla de la crisis, tanto mundial como personal, tanto económica como de valores.
La trama gira alrededor el protagonista, Milles Heller, un joven talentoso e inteligente que acuciado por una precaria economía y un pasado tormentoso, se gana la vida limpiando pisos de familias desahuciadas por los bancos. Tras un acontecimiento dramático debe abandonar a su novia hasta que esta sea mayor de edad y refugiarse con un amigo en una casa abandonada frente a un cementerio, en Sunset Park, Broolyn, Nueva York. Cómo no. El resto de los personajes de la novela (su padre, su madre, su novia, sus amigos y nuevos compañeros de piso) giran alrededor suyo, aunque tendrán sus propios capítulos para contar cada uno se propia historia y visión de la vida. Con la certeza de que serán desocupados de su residencia, sólo les queda esperar. ¿Pero esperar qué? Y sobre todo, ¿esperar cómo?
En esta novela están todos los ingredientes de Auster: Nueva York, el béisbol, escritores que no existen, las relaciones paterno-filiares, la pobreza y la supervivencia en esa pobreza. Ya se sabe que Paul Auster llegó a pasar verdaderas penurias económicas y se nota que le marcaron (es lo que tiene el hambre). El propio escritor llegó, como el protagonista, a desempeñar una buena cantidad de oficios de lo que podríamos denominar “bajo calado”, que si bien es de lo mejor que le puede pasar a un escritor en sus comienzos para adquirir mundo y saber plantar los pies, también dejan lacras. Cuando un escritor se va acercando a las treinta novelas ya ha experimentado y sabe qué temas le gustan más y funcionan mejor. Los lectores, las ventas, todo eso puede llegar a ser secundario, porque cuando un escritor se sienta en su mesa de trabajo se encuentra como casi todos los personajes de Auster, solo y desamparado.
He de reconocer, sin embargo, que en algunos libros (quizá bastantes), Paul Auster no siempre encuentra un final a la altura de sus principios y, aunque muchas veces sabe hacer de eso una ventaja (como en La noche de oráculo donde llega a elevar esa falta a la categoría de arte), en Sunset Park quizá no llega a cotas tan altas. Pero mientras pasamos sus páginas, sabemos que Mr. Auster, como Mr. Allen, están ocupados con su siguiente proyecto.

jueves, abril 14, 2011

El juramento de la pista de frontón, John Ashbery

Trad./ Intr. Julio Mas Alcaraz. Epílogo de Jordi Doce. Calambur, Madrid, 2010. 360 pp. 22 €

José Luis Gómez Toré

John Ashbery (Nueva York, 1927) es sin duda una de las figuras centrales de la poesía norteamericana. Su escritura ha tenido, por otra parte, un inesperado eco en nuestro país, en la poesía más joven, donde encontramos, como suele ser habitual, junto a autores que aprovechan esa herencia para elaborar una visión personal, otros que se empeñan en ser clones de Ashbery, con los resultados que uno puede esperar. Sin embargo, no cabe achacar al estadounidense la falta de originalidad de sus epígonos, sino agradecerle en todo caso los caminos que ha abierto para resituar la herencia de las vanguardias, que son un fenómeno estrictamente moderno, en el nuevo horizonte de la posmodernidad. Un cambio de escenario que el poeta asume desde una conciencia irónica y a medias desencantada, pero también desde una visión que quiere ser democrática tanto en su mirada como en su lenguaje.
Nos encontramos probablemente con la obra más rupturista de Ashbery, y, aunque mucho ha llovido desde 1962, año de su publicación, quizá no dejará de causar cierto estupor, incluso entre los que conozcan algunos de sus títulos más representativos como Autorretrato en un espejo convexo o Tres poemas. Por ello, no parece estar de más las notas que Mas Alcaraz incluye al final de su esmerada traducción, notas de las que el lector puede prescindir, si así lo quiere, pero que también pueden servirle de guía para textos que parecen combinar de una manera sorprendente hermetismo y transparencia. Tampoco sobran el prólogo del traductor ni el inteligente epílogo de Jordi Doce, que aciertan a enmarcar la obra en un contexto que, pese a las peculiaridades de la trayectoria personal de Ashbery y de la literatura norteamericana, en buena medida, sigue siendo el nuestro.
El constante recurso al “collage” y otras técnicas vanguardistas, dan lugar a lo que es ante todo una peculiar experiencia lingüística, la de una sociedad contemporánea que padece una incurable verborrea, alimentada por un exceso de códigos y tradiciones, información y lenguajes. Pocos autores como Ashbery son capaces de transmitirnos la belleza inesperada que surge de la colisión de los mensajes procedentes de los más variados orígenes (conversaciones cotidianas, medios de comunicación de masas, literatura popular…) al mismo tiempo que el hartazgo ante las dosis insoportables de trivialidad y de represión que dejan entrever dichos mensajes. En este libro, el poeta norteamericano recurre a un ritmo cortante, nervioso, casi de “bebop”, que contrasta con el fraseo de su poesía posterior, no menos dada a las elipsis y a las yuxtaposiciones ásperas, pero en la que las rupturas parecen sostenerse en una ilusión de continuidad más musical que argumental. Aquí, por el contrario, como apreciamos en poemas como “Idaho” o “Europa” la escritura se vuelve casi anónima a base de acoger múltiples voces, se quiebra en breves destellos de realidad, como si la velocidad (que ya Benjamin consideraba un elemento revolucionario en nuestra forma de mirar el mundo) convirtiera cada esquirla del discurso en una invitación al viaje, en una suerte de “road movie” que pareciera conducir a ninguna parte. Lo explica mejor que nadie el propio poeta en la cita incluida en este volumen, que se refiere a uno de los poemas más famosos del libro, “Saliendo de la estación de Atocha”: “Creo que los fragmentos dislocados, incoherentes que crean el movimiento del poema se parecen probablemente a la sensación que uno tiene cuando el tren sale de una estación desconocida. El ruido, la suciedad, ese marchar deslizándose, todo parece ser un movimiento dentro del poema. Probablemente, el poema trataba de expresar eso, no por sí mismo sino como un compendio de algo experimentado; creo que es de eso de lo que tratan mis poemas”.

miércoles, abril 13, 2011

El ladrón de morfina, Mario Cuenca Sandoval

451 Editores, Madrid, 2010. 244 pp. 17,70 €

Ariadna G. García

En el año 2006 la editorial Berenice, que tiene el gusto y el acierto de apostar por autores, a su vez, arriesgados, periféricos e innovadores, publicaba la primera novela de un narrador nato, de un amante de la literatura que escoge, con delicadeza e intuición, las mejores imágenes de su productiva cosecha para ofrecernos libros evocadores, reflexivos y de gran belleza plástica. Mario Cuenca Sandoval se estrenaba en el arte de la prosa con Boxeo sobre hielo, una novela a trazos, a golpes de escritura que impactan en el cuerpo de la historia de sus protagonistas dejando moratones en las páginas, es decir, pequeñas extensiones de amargura, frustración y desencanto. Ya en aquel libro, Cuenca trataba algunas obsesiones que aparecen en su última obra: la violencia, el uso de narcóticos, la pederastia, el sueño; y nos mostraba una forma distinta de relatar, variando las voces, las perspectivas, ramificando las tramas, simultaneando las coordenadas del espacio-tiempo, en la estela, entre otros volúmenes, de Señas de identidad, de Juan Goytisolo. La novela, que narra a ganchos, a directos, la vida de Miguel, El Loco, Larretxi (un violento y laureado boxeador de los años 60), de su esposa (una famosa y anárquica pianista) y del hijo de ambos, obtuvo el Premio Andalucía Joven de Narrativa, compuesto por Javier Hernández, Eduardo Jordá e Hipólito G. Navarro.
En Boxeo sobre hielo los distintos narradores dan musculatura discursiva a personajes fronterizos, complejos, hundidos o encumbrados por la dura relatividad de una mirada, de su lente plana, cóncava o convexa. Llama la atención, también, el cuidadoso empleo de las imágenes, que, como boyas en el mar, iluminan la obra, son como fogonazos que nos alertan de un motivo que requiere meditación y análisis: “Nuestro explorador estaba persuadido de la existencia de primitivas vías abiertas en los mares. Pero el agua arrasa siempre los surcos que los hombres dibujan. A diferencia del recorrido terrestre, la navegación no deja huellas. La espuma oceánica se las lleva a una forma suprema del olvido que se agazapa en el fondo de las aguas” (pág. 45).
En el espléndido Ladrón de morfina, Mario Cuenca Sandoval endulza este lenguaje poético, en violento contraste con el trasfondo bélico del libro. No en vano, el autor es, además, un distinguido poeta galardonado con premios: el Surcos, por Todos los miedos (2005); y el Vicente Nuñez, por El libro de los hundidos (2006). Valga como ejemplo cuando el narrador, a propósito de la obsesión por la caducidad y por las excepciones en la naturaleza que padece Wilson A. Bantley, soldado raso del ejército de los EEUU durante la Guerra de Corea, escribe sobre la nieve: “Le duele tanta belleza desperdiciada […] No es el primer hombre que se ha sentido así, perplejo ante la fugacidad de las cosas, perplejo ante el carácter único y evanescente de cada uno de esos copos de nieve […] Dios debe de invertir buena parte de la eternidad en el diseño de estos minúsculos regalos silenciosos […] Todos tienen la forma de una estrella de seis puntas. Incluso Dios se pliega a un patrón, porque la ley natural les ordena a todos ser iguales y ser distintos al mismo tiempo” (Págs. 170-172). Las novelas de Cuenca Sandoval, como esos cristales de frío, son en parte gemelas y en parte diferentes.
El Ladrón de morfina, al igual que El Quijote, remota el tópico literario del manuscrito encontrado. La autoría de la obra se atribuye a Samuel Kurt Kaplan, veterano de la guerra coreana. El libro se estructura en función de sus personajes protagonistas (el Flaco Bantley, el matrimonio Goh, Wilson Reyes y el teniente Caplan) y tiene cinco partes que no son, sin embargo, compartimentos estancos, sino que están trenzadas. El libro, en ocasiones, establece un diálogo meta-literario con algunos relatos de Edgar Allan Poe, en concreto, con dos: El extraño caso del Señor Valdemar y El entierro prematuro. Cuenca establece un par de niveles de conciencia en la mente de sus criaturas: la conciencia normal y la vigilia, ya sea inducida por el uso de drogas (marihuana, opio, morfina, alcohol) o por una patología de las que produce la guerra (estupor, terror, fiebre). Esta fascinación por el buceo introspectivo permite a Mario Cuenca acceder a la pulpa del inconsciente humano, a los recovecos de la personalidad, al límite acuoso entre la vida y la muerte. En cierto sentido, el Ladrón de morfina no dista demasiado de la película Cisne negro.
Escrito con una prosa ágil y de alta capacidad evocadora, el libro recoge la experiencia militar de varios soldados, todos ellos singulares, extraños invitados a una guerra que habrá de confundirlos, de enajenarlos, hasta olvidar sus nombres; y de una humilde y compasiva familia coreana, a la que el napalm no ha arrasado la grandeza de corazón ni la caridad.
Mario Cuenca Sandoval ha escrito un impecable libro de acción bélica, rasgado por una fina aguja de lirismo. La edición de 451 es preciosa e incluye varias ilustraciones impactantes. Esperemos que Mario finalice pronto su tercera novela. Hasta entonces habrá que conformarse con releer fragmentos, pero qué fragmentos: “Había que detener la hemorragia. Había que detener el derrame del ángel. Había que rasgarse el pantalón y usarlo como venda. La vida era líquida. La vida goteaba sobre la nieve. Vio su vida goteando sobre la nieve y pensó que no era suya, que no podía serlo” (Pág. 72).

martes, abril 12, 2011

La casa de los mil pasillos, Diana Wynne Jones

Trad. Gema Moraleda. Nocturna Ediciones, Madrid, 2011. 324 pp. 15 €

Sofía Rhei

Sus últimas fotos nos traen la imagen de la bruja más enigmática, maravillosa y llena de sorpresas que uno pueda encontrarse en un relato de fantasía. Cuando aparece en el relato no se sabe si es bondadosa o malvada, pero en realidad no importa: resulta fascinante en su propia excepcionalidad. Podría ser capaz de cualquier cosa.
Y es completamente cierto que Diana Wynne Jones, fallecida hace unos días, fue capaz de conseguir cosas maravillosas. Autora de más de cuarenta novelas de fantasía para adultos, adolescentes y niños, es uno de los referentes fundamentales en el país donde la fantasía se toma más en serio.
Uno de sus últimos libros es La casa de los mil pasillos, perteneciente al mundo de El castillo ambulante (libro en el que se inspiró la bellísima cinta de animación de Miyazaki, cuyos grandes textos de referencia suelen proceder de mujeres, lo que en arte explica el interés de sus protagonistas femeninas) y El castillo en el aire. Todos los libros pueden leerse por separado, pero los tres mantienen una unidad de estilo, ambientación, tipo de descripción psicológica de los personajes, y tramas sorpresivas que, como la arbitraria y adjetiva arquitectura de sus edificios mágicos, atrapa al lector en un fabuloso caos de apariciones (y desapariciones) inesperadas.
El libro empieza como una fantasía amabilísima y sin grandes conflictos. La protagonista es una chica con ideas propias y muchas ganas de descubrir cómo es el mundo que se extiende más allá de su propia casa. La oportunidad de hacerlo le llega cuando el tío abuelo de su madre, el importantísimo mago Norland, contrae una misteriosa enfermedad y tiene que retirarse a una clínica de cuidados élficos. En su ausencia, Charmain es la encargada de cuidar de la casa.
Lo malo es que la casa no se acaba nunca. Muchas de sus puertas son distintas según en qué dirección se abran, o conducen a lugares diferentes simplemente dependiendo de un pequeño giro. Algunas puertas conducen a lugares donde viven seres no humanos, y otras llevan al pasado. Una de ellas conduce al palacio real, donde a Charmain le gustaría ser bibliotecaria.
Casi al mismo tiempo que ella llega a la casa Peter, que fue contratado como aprendiz por el mago antes de enfermar. Peter y Charmain tienen caracteres ligeramente incompatibles, y los esfuerzos de cada uno por sobrevivir al caos doméstico son vistos por el otro como tentativas ridículas. La vida misma, vamos.
A partir de entonces la trama se complica. Empiezan a aparecer personajes y criaturas de lo más variado, y según avanza el libro, el ritmo y las sorpresas se multiplican (y resulta emocionante ver aparecer, casi como secundarios de lujo, a los protagonistas de los libros anteriores), convirtiendo una historia fantasiosa y alocada, donde lo más importante en qué armario se guarda cada cosa si se desea volver a verla, o cómo cocinar cosas sin utilizar la magia, en una persecución trepidante y enloquecida.
El reparto de criaturas mágicas (nada de duendes convencionales, sino criaturas originales y aterradoramente verosímiles, con nombres maravillosos que la traductora ha tenido el acierto de mantener) resulta espectacular. El lector las va descubriendo con la misma perplejidad que Charmain, la protagonista, a quien el esnobismo y clasismo de su madre han mantenido alejada de toda forma de magia a pesar de que su padre, un famoso cocinero, la utiliza con mucha frecuencia en sus recetas.
Tanto los personajes humanos como los que no los son exactamente están retratados de una forma soberbia con cuatro o cinco pincelas de gran capacidad descriptiva. Un gesto, un matiz acerca del tono de voz o de un detalle del vestuario. En este sentido, Wynne Jones hace gala de una gozosa lucidez en la observación de las reacciones no evidentes y de los signos no verbales de la comunicación humana.
El catálogo de figuras que desfilan por el pequeño teatro de este libro podría pertenecer a una peculiar comedia del arte, por abarcar todos los estamentos de la sociedad y todas las edades y tipos psicológicos: el rey despistado, la princesa terca, el mago caprichoso, el falso niño, el demonio de fuego, etc (seguiría enumerando, pero me doy cuenta de que chafaría bastantes sorpresas). En muchos casos se trata de personajes redondos y memorables, con los que es más que posible emocionarse.
Lo más admirable de esta "trilogía" es la unidad de estilo y de imaginario que poseen los tres libros, manteniendo cada uno su capacidad de lectura independiente. Esta cualidad es muy reveladora del talento de Wynne Jones para controlar diferentes registros a su antojo, ya que las tres partes fueron escritas con bastantes años de diferencia (1986, 1990, 2008).
Gracias, Nocturna, por traernos estos libros en ediciones tan cuidadas en todos los aspectos, desde la traducción hasta la elección del papel. La muerte de la autora nos deja pensativos, soñando con los libros que aún podría haber escrito si los elfos hubieran podido cuidar de ella como del mago Norland, pero tenemos la gran suerte de conocerla: hay que dar las gracias por el hecho de que nos queden por leer tantos libros de Diana Wynne Jones.

lunes, abril 11, 2011

La abadía de los crímenes, Antonio Gómez Rufo

Planeta, Barcelona, 2011. 400 pp. 21,50 €

Jorge Díaz

¿Quién no quiere asomarse al interior de un convento femenino? Probablemente sea un lugar en el que los rezos y el trabajo hacen que los días transcurran monótonos, pero la aparente falta de emociones no conseguirá evitar que entre las monjas haya rivalidades, enemistades, celos, envidias… ¿Asesinatos? Quién sabe… Es lo que ha ideado Antonio Gómez Rufo (El rey cautivo, La leyenda del falso traidor o Las lágrimas de Henan entre otras muchas novelas) para el imaginario convento ilerdense de San Benito.
Corre el siglo XIII y la política española es, como siempre, convulsa; el rey Jaime I el conquistador maneja con mano firme los asuntos de la corona de Aragón, la siempre difícil convivencia entre aragoneses y catalanes, la próxima conquista de Mallorca, las relaciones con los reinos moros que aún persisten en la península. En medio de ese ajetreado momento histórico, en el convento empiezan a aparecer monja muertas, tanta preocupación provocan sus asesinatos que la abadesa, doña Inés de Osona, solicita la ayuda del monarca para esclarecerlas.
Don Jaime se presenta en el convento, un lugar donde nunca entra un hombre, en compañía de su esposa, doña Leonor de Castilla, a la que sirven sus damas de honor, decidido a desvelar el misterio de las muertes. Ante la imposibilidad de ser acompañado por otro hombre, en la investigación le ayudará la hermana Constanza de Jesús, una monja navarra conocida por haber logrado anteriormente la resolución de otros misterios.
Gómez Rufo, un autor de reconocida y dilatada experiencia, es capaz, quizá gracias a ella, de mezclar los ingredientes de los que dispone: política, asesinatos, violaciones, vida cortesana, investigación de los asesinatos y amores para escribir una novela muy entretenida y variada.
La abadía de los crímenes es una novela histórica, pero no solo eso, también es una novela de intriga, pero una vez más hay que decir que no solo es eso. Gómez Rufo ha conseguido una combinación casi perfecta de los dos géneros.
Además de la entretenida peripecia de la hermana Constanza y el rey, una especie de Holmes y Watson del Medievo, y de las disquisiciones políticas sobre la creación de Cataluña, muchas veces polémicas, Gómez Rufo sabe retratar a la perfección un mundo pocas veces mostrado, el de las damas de la Corte: mujeres que deben llenar su tiempo, sin ninguna ocupación útil, con charlas, bordados, sueños, envidias y búsqueda de los favores de la reina. Logra mostrar la claustrofobia de sus vidas, esperando por la hora de la comida, la de la próxima oración, la del momento en que el rey las mandará llamar…
También maneja el autor con solvencia el misterio, no de quiénes son los culpables, algo que el lector sospecha desde el principio y no se oculta, sino de los motivos que han llevado a los sucesos.
En la parte formal, una interesante estructura: en apenas tres jornadas, sin tregua, se desarrolla toda la novela. Unas jornadas guiadas por las horas de rezos.
El lector se encontrará con asesinatos, descubrimientos sorprendentes, violaciones, abortos, venenos, violencia. Un amplio catálogo de giros de los que el autor se vale para asegurarse el interés.
Una novela, en definitiva, muy entretenida y fácil de leer.