viernes, septiembre 10, 2010

Principiantes, Raymond Carver

Trad. Jesús Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2010. 312 pp. 19 €

Alberto Luque Cortina

En un país como Estados Unidos proclive a la creación de mitos, Raymond Carver (1939 – 1988) ocupa un lugar preferente en su panteón literario: para muchos es el mejor cuentista estadounidense, pero esto es entrar en el canon, que no es más que una especie de podium imposible creado por los tecnócratas de la literatura. Prefiero pensar que Carver dejó un puñado de grandes cuentos que abrieron los ojos a una generación de escritores y, esto sobre todo, que impresionaron a muchísimos lectores, entre los que me encuentro. Precisamente llegué a Carver a través de un libro publicado por Anagrama: De qué hablamos cuando hablamos de amor. Más allá de las historias narradas —pequeños fragmentos de realidad, algunos terribles, otros prosaicos en apariencia— me llamó la atención su forma de revelar, mediante una prosa sobria y eficacísima, las más íntimas emociones de sus protagonistas.
Hoy sabemos que Raymond Carver no escribió esas historias, o al menos no en el modo en que las conocimos. Antes de publicarlas, su editor, Gordon Lish, se cargó en dos sesiones más de la mitad del texto original, cambió títulos e incluso incorporó generosamente frases de su propia cosecha, casi siempre determinantes —sobre todo en los finales—, para concebir así algunos de los cuentos más representativos de lo que se conocería como “realismo sucio”. Menuda ironía. Así se creó De qué hablamos cuando hablamos de amor, uno de los libros más influyentes de la literatura norteamericana contemporánea.
Todo esto lo sabemos gracias al “descubrimiento” de los originales de Carver con las tachaduras y “contribuciones” escritas a mano por Lish. Los textos “restaurados” (sic) por William L. Stull y Maureen P. Carroll, se publican ahora con el título Principiantes tal y como el autor los entregó a su editor.
Este hallazgo editorial viene ronroneando desde hace muchos años, y por supuesto ha desatado una intensa controversia en el mundillo literario. Aunque la diatriba me parece bastante pueril, resulta muy interesante, y pedagógico, cotejar ambos textos. Baste un ejemplo: en el cuento Diles a las mujeres que nos vamos Gordon Lish redujo el texto, tal y como advierten sus editores con jactancia matemática —como si la literatura pudiera medirse por el número de palabras—, en un 55%. También incorporó algunas frases decisivas, de lo que resulta un cuento completamente distinto al escrito por Carver. Para muchos esta injerencia del editor es imperdonable, pero olvidan cuánto disfrutaron al leer el cuento por primera vez y al mismo tiempo obvian la realidad: este u otro tipo de “intervenciones” son más frecuentes de lo que parece, y muy comunes en otras disciplinas artísticas de consumo, como el cine o la música: ¿acaso el Surfer Rosa de los Pixies hubiera sonado igual si Steve Albini no hubiera producido el disco?
En definitiva, no hay que rasgarse las vestiduras. Gordon Lish era un editor, cosa inusual, de enorme sensibilidad literaria, un tipo listo que supo pulir los cuentos de Carver. ¿Qué importa quién o cómo los escribiera? Siguen siendo extraordinarios. Una conclusión más interesante se deduce de la comparación de los textos, pues en esta se destripan y se hacen visibles los mecanismos de creación del cuento: cómo eliminar párrafos “innecesarios”, cómo alterar su sentido mediante una sola frase, cómo “fabricar” un final perfecto. Mecanismos que Lish conocía y utilizaba con eficacia.
¿Significa esto que la edición de Lish es mejor que esta que ahora se presenta? No tiene sentido entrar en el juego. Quien lea Principiantes por primera vez encontrará algunos de los mejores cuentos del escritor —como lo es en mi opinión el conmovedor "Algo sencillo y bueno" bajo una luz distinta pero igualmente fascinante. Precisamente en estos textos se evidencia ahora con mayor claridad —a través de la descripción reiterada de escenas, conversaciones y pensamientos cotidianos— su inteligencia en el manejo de los tiempos narrativos y su interés por comprender la tramoya oculta de nuestras emociones, interés que Lish no quiso ver o juzgó ineficaz para el éxito editorial del libro, por lo que acabó suprimiendo una gran cantidad de párrafos. Y a pesar de esta labor de poda, detrás de muchas de esas historias de parejas en crisis, infidelidades, alcoholismo y soledad, podía percibirse un tenue resquicio de esperanza, de confianza en el hombre, como si el escritor quisiera proclamar, y sabía de qué hablaba, que siempre existe la posibilidad de que las cosas mejoren, por muy leve que esta sea, o al menos siempre hay algo a lo que agarrarse para seguir adelante. Esta cualidad aparece ahora aún más nítida. De algún modo, el Carver original es más “humano”: otra razón para releer al norteamericano, si es que fuera necesaria alguna excusa para hacerlo.

jueves, septiembre 09, 2010

Brummstein / Machine (dos novelas cortas), Peter Adolphsen

Trad. Blanca Ortiz Ostalé. Lengua de Trapo, Madrid, 2010. 172 pp. 17,20 €

Miguel Baquero

Encontrar la medida justa, lo que en el caso de muchos escritores significa saberse contener, es una de las virtudes más caras de la Literatura. Cuántas perlas que podrían haber sido como la de Steinbeck no se habrán corroído por rodearlas de elementos superfluos, innecesarios, repetitivos, con tal de llegar al tamaño del volumen.
Por fortuna, aunque no se da con mucha frecuencia, siempre existe la opción de unir dos novelas cortas en un solo libro, como es el caso de éste publicado por Lengua de Trapo. Un recurso valioso, sobre todo si ambas novelas comparten, además de la extensión, el mismo tono, el mismo planteamiento, las mismas intenciones. El resultado, en lugar de lanzar sucesivamente dos novelas inflaccionadas, escun volumen en el que, una detrás de otra, se siguen dos pequeñas joyas, en especial la primera, Brummstein, una delicia de imaginación, humor, inteligencia. Un bocado exquisito.
Brummstein, así como Machine, son historias, las dos, que parten desde el principio. Y al decir el principio me refiero al Pleistoceno, por ejemplo, e incluso más allá: a la edad geológica en que se formaron los continentes, en el caso de Brummstein. En esta pequeña novela se nos narra el modo en que se separaron los continentes, surgieron las cordilleras y se formaron las cuevas… Una de estas cuevas, por diversos motivos, ha quedado al margen de la curiosidad espeleológica, y en ella, cierto día de principios del siglo XX, se interna un curioso personaje, mezcla de visionario y emprendedor, que para su propia sorpresa incluso hace un gran descubrimiento: una roca que vibra. ¿Qué significado puede tener aquello?; es más: ¿tiene algún significado?, se pregunta el hombre mientras con su pico arranca una esquirla de la roca y la introduce en una cajita. Brummstein es la historia de cómo esa cajita, metáfora del misterio y el sentido de la vida, si es que acaso tiene algún misterio y algún sentido, va pasando de generación en generación, de personaje en personaje. Los diversos personajes son en ocasiones peculiares, deslumbrantes, en otras anodinos; del mismo modo, la caja discurre a veces como un objeto valioso, otras como un simple legado testamentario o como parte de una remesa de objetos… hasta llegar al sorprendente final de la novela, marcado por un gran y significativo giro de humor negro.
Machine es igualmente una novela que remonta su origen a una época muy pretérita, a la época en que sobre la Tierra aún no había aparecido el hombre, ni otra especie como el caballo, el lugar de la cual trotaba por las praderas el Eohippus. Machine comienza narrando cómo uno de estos primeros equinos murió y quedo enterrado en el fondo de una fosa y como su pequeño corazón acabó convertido en gota de gasolina. Al hilo de esta minúscula gota de gasolina, en realidad el pequeño corazón de un caballo, la novela pasa a narrarnos la historia de Jimmy Nash, trabajador de una refinería petrolífera, de origen azerbayano; la forma en que abandonó la decrépita URSS y se abrió camino en los Estados Unidos… pero todo ello sin el menor rasgo de heroísmo, lejos de esas epopeyas de emigración y superación, al modo más o menos tranquilo, controlado, sin estridencias en que una gota de gasolina estalla en el depósito de un coche.
Tanto Machine como, en especial, Brummstein, son dos buenas novelas por sí solas; al presentarse de forma conjunta, unidas por su tono y su estilo, logran un magnífico volumen que no es sólo la suma de las virtudes de ambas novelas, sino una apuesta literaria de gran calidad.

miércoles, septiembre 08, 2010

Cómo viajar sin ver, Andrés Neuman

Alfaguara, Madrid, 2010. 250 pp. 17,50 €

Pedro M. Domene

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), niño argentino, adolescente español y escritor granadino, sigue teniendo, bastantes años después de su estancia continuada en nuestro país, una voluntad latinoamericana que aprovecha para compartir y siempre cuando le es posible. Una gira de promoción del XII Premio Alfaguara de Novela, El viajero del siglo (2009), le llevó el pasado año por casi todas las capitales hispanoamericanas y el resultado, meses más tarde, es Cómo viajar sin ver (2010), o Latinoamérica en tránsito, como reza en el subtítulo de su último libro. Neuman es un maestro en las distancias cortas como ha demostrado en varias de sus colecciones de cuentos, y precisamente de abundantes anotaciones, fragmentos de diario, impresiones, o de esas notas de urgencia que posteriormente se trasladan a un blog para compartir impresiones, se compone este libro que, entre otras muchas cosas, no quiere ser una crónica de su gira americana, tanto es así que quedan fueran ruedas de prensa, entrevistas, presentaciones, que emborronarían una escritura incapaz de ofrecer aliciente alguno al más curioso lector. Leemos, por consiguiente, aquellos apuntes que Neuman incorpora como reflexiones personales, es decir, notas y aforismos escritos con esa habilidad que caracteriza al granadino-argentino para interesar a un posible lector que, como él, distingue lo particular de lo colectivo.
Neuman utiliza, más que nunca, la urgencia para transcribir sus impresiones, el estilo con que están escritas estas notas presupone una rapidez contagiosa al tiempo que uno las lee, somete, por consiguiente su sintaxis a una extremada precisión y a una medida calculada, solamente se siente tentado en prolongar sus textos cuando recrea paisajes e impresiones que denotan cierto lirismo, también cuantifica sobre esos aspectos de corte globalizado que, por añadidura, pueden leerse en cualquier parte del mundo: gripe A, la desaparición de Michael Jackson, el caso Yoani Sánchez, el golpe de estado en Honduras, junto a otros aspectos de carácter costumbrista que sirven de bitácora de curiosidad del escritor, giros y hablas dialectales y autóctonas, marcas de cerveza, estancias en hoteles y costumbres y usos de lo lugares que visita que, en ocasiones, junto a las preocupaciones sociales del escritor se tornan en motivo recurrente a lo largo de Cómo viajar sin ver.
Al margen de todo lo expuesto, el Neuman literato se exige una detallada voluntad por darle sentido a ese prolongado peregrinaje por tierras Latinoamericanas y, al mismo tiempo, ofrece sus impresiones sobre la diversidad de literatura, incluso el cine de los países que visita, algunos que otros breves apuntes sobre los autores consagrados y abundantes nombres de muchos de los desconocidos en España que pugnan por conseguir su lugar en mitad de una universalizada lengua española, partiendo de esa conciencia social de la que también participan muchos de los nombres citados por Neuman. Cómo viajar sin ver es, en realidad, un libro de viajes que hilvana una serie de acontecimientos vividos por el escritor y que, de alguna manera, le sirven de excusa para hablar de otras muchas cosas, quizá incluso de recuerdos con cierta nostalgia del pasado, de otras preocupaciones, o de algunos sentimientos que de otra forma no hubieran cobrado forma. Lo curioso de este libro, pensado fragmentariamente, es poder leer cómo son las cosas de allá o como son las cosas de acá, y así poder comprobar, cómo se interpretan las de aquí, sin duda allí, y cómo las de allí, se vislumbran aquí, y una vez leído, disipar, de una vez por todas, sutilezas que, más que alejarnos, nos acercan al menos en un lenguaje común.

martes, septiembre 07, 2010

Temperatura voz, Mariano Peyrou

Pre-Textos, Valencia, 2010. 56 pp. 8 €

José Luis Gómez Toré

Autor de libros como La sal y Estudio de lo visible, Mariano Peyrou (Buenos Aires, 1971) ha hecho de su escritura, y Temperatura voz es un buen ejemplo de ello, un ejercicio de constante indagación en el lenguaje como ejercicio de cultivada perplejidad ante lo real. El brillante uso de la elipsis y las asociaciones inesperadas dejan entrever un cierto aire ashberiano, que Peyrou comparte con otros poetas coetáneos. Sin embargo, lo importante no son aquí los parecidos de familia, sino la forma en que el poeta sabe inscribir una mirada propia en lo que podríamos llamar parafraseando al propio autor, su particular estudio de lo visible, un juego de espejos en el que el propio acto de percibir es sometido a examen. El flujo de conciencia que parece arrastrar la marcha de estos versos prescinde de los signos de puntuación y juega a borrar los límites de la autonomía de cada poema dentro del poemario. Así, la percepción se convierte en una especie de “work in progress”, en el frágil andamio sobre el que sostener la apropiación del instante. A la conciencia de lo inconcluso y lo fragmentario contribuye asimismo el recurso, ocasional pero significativo, de que el último verso de algunos textos lo constituya una frase inacabada, que el lector puede jugar a acabar (o no) con el inicio del siguiente poema o fragmento.
“Y aquí los nombres son lo más real”, escribe el poeta, y sin embargo no hay en su propuesta un asomo de platonismo. Los nombres no son las esencias secretas de las cosas, al modo de Juan Ramón o cierto Jorge Guillén, sino la precaria condensación de una experiencia, el punto de ebullición de una realidad siempre cambiante. De ahí también la renuncia a un yo poético demasiado fuerte, la persecución de una cierta impersonalidad en el decir. El tono propio del poeta, que desde luego existe, no constituye la ocasión para una orgullosa proclamación del sujeto y de una experiencia supuestamente privilegiada. Es en el correr cotidiano de los días donde el tono de la escritura se revela, como nos sugiere el título, como la temperatura de un lenguaje en su comercio diario con las cosas. Porque la palabra no se empeña en congelar el movimiento de la existencia, porque ella misma se sabe tiempo, la poesía de Peyrou acoge el fluir de lo real. De esa realidad apresada en su dinamismo forma parte también lo imaginario, ya que la mirada se reconoce creadora y funda espacios, señala trayectorias, tiende “una cuerda tan larga que sólo tiene un cabo”.

lunes, septiembre 06, 2010

Compañeras de viaje, Soledad Puértolas

Anagrama, Barcelona, 2010. 217 pp. 18 €

Amadeo Cobas

Todo libro es un viaje; toda historia es contada como un tránsito desde un punto de partida y hasta desembocar en un final. Es indiferente que se trate de una novela, un relato, una biografía… El orden en la narración requiere situar al lector en el origen de lo que va a recibir por parte del escritor. Tal que aquí. Soledad Puértolas principia este periplo literario precisamente con el inicio de un viaje vacacional; uno que tiene la playa como destino y despertar el interés de sus lectores como objetivo. Se nota el oficio de la autora, porque logra, en las seis páginas que dura el relato primero, sentarnos ávidos de saber más.
Se trata de relatos muy introspectivos, en los que la protagonista de turno viaja al mismo tiempo que reflexiona sobre su vida, girando el cuello hacia el pasado o tendiendo la vista para atisbar el futuro. Concluyendo: realiza la duplicidad del viaje, así físico como interior.
Seúl, Londres, Abelleira, Noruega, París…, no importa la distancia o el lugar en el que finaliza el trayecto. Aquí la clave es la placidez del desplazamiento, contado con pausa y acomodo; son viajes bebidos cual humeante café, puede usted servirse un té si lo prefiere, con dilación muy conseguida, exhalados igual que si fueran las vaharadas de un secreto que se comparte y que por su importancia debe ser digerido con calma.
La autora es amiga del detalle, huelga decirlo, «Nos llevábamos la comida a la boca, masticábamos, tragábamos», le gusta la demora que conlleva una digestión lenta de sus relatos, son viajes que no hay prisa en rematar, antes impera la decoración que requiere un vistazo calmo de sus pormenores, desperezando al lector sus sentidos, sumergiéndose en unas aguas aquietadas y mansas. Y son relatos que no acaban, sino que se desvanecen cual suspiro aunque es indudable que su aroma se mantendrá, es más: volverán las olas de lo narrado a acariciar los pies del lector, refrescándole doblemente el recuerdo de la historia inacabada con la que ha disfrutado.
Mención aparte merecen los personajes que surcan estos cuentos. Son cotidianos, son tan cercanos que hablan de nosotros mismos, les suceden cosas que nos han sucedido o podrían sucedernos. En algún caso, deberían sucedernos. Y esa cercanía les da viveza, los hace importantes dentro de su aparente sencillez. Algo equivalente a almorzar una comida casera después de semanas de comer en un restaurante. Así de ricas son estas historias, así de fundamentales quienes participan en las mismas, esbozados en ocasiones con cuatro certeros y suficientes trazos para volverlos como de nuestra familia.
Y luego está el amor. No en un segundo plano, ni muchísimo menos, sino como es en la vida real: su dinamizador. El motivo que nos mueve a hacer cosas con aparente sinsentido, a bailar sin más música que la que suena en el corazón, porque «…pese a todo…el amor merece la pena. Sobre todo, cuando no se espera, cuando no se busca». En estos relatos se aprende que el amor insufla aliento a quien osa exponerse a su influjo para dejarse llevar a párpado plegado.
Eso sí. Aquí hay desgarro también. El amor no siempre se posa. Lo que pudo haber sido y no fue grava las vidas de quienes deambulan por las respectivas suyas, dejados, abandonados, indecisos, inertes frente al momento en que han de dar un giro a su existencia… y no lo hacen. Ay, el remordimiento convivirá para siempre con ellos.
Hay que ser valiente.
Aunque dé miedo ser valiente…