viernes, julio 09, 2010

Nocturnos, Kazuo Ishiguro

Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama, Barcelona, 2010. 256 pp. 17 €

Guillermo Busutil

La música es tiempo. La literatura también. De hecho un escritor ha de tener buen oído, saber moldear el sonido, construir campos de resonancia y componer con cierto ritmo lírico. Siempre ha sido así: Al menos cuando hablamos de buena literatura. Y si hacemos memoria es fácil encontrar la antigüedad de esta relación, más estrecha, más habitual, si se trata de la poesía y de la música. Los Cancioneros del medievo son un excelente ejemplo. Igual que la música popular es un largo venero de inspiración que atraviesa la poesía de los Machado o de Federico García Lorca. También hay novelas en las que la música forma parte del lenguaje. Igual que si fuese una atmósfera interior o el pentagrama sobre que el se sucede la historia. Ahí están las obras de Proust y de Henry James para dar testimonio. Tampoco hay que olvidar magistrales novelas como La consagración de la primavera de Alejo Carpentier, algún que otro relato de Borges, los famosos cuentos El Perseguidor y Las Ménades de Julio Cortázar, donde el concierto de Stravinsky, el tango, el jazz de de Charlie Parker o la música barroca son los personajes de la historia o la estructura que sujeta el argumento. Más recientemente podemos citar a Alejandro Baricco con su ensayo El alma de Hegel o la nouvelle Novecento, la leyenda del pianista del océano.
Con estos referentes, que no excluyen la amplia documentación que existe entres ambas disciplinas que se alimentan, es más fácil adentrarse en un exquisito volumen de cuentos. El primero del japonés Kazuo Ishiguro, el reconocido autor de novelas como Pálida luz de las colinas o Un artista del mundo flotante. Ishiguro demuestra ahora que en el cuento también se mueve como un pez azul. Nocturnos, cinco historias de música y crepúsculo, publicado por Anagrama, lo certifica. También demuestra que la sensibilidad si es oriental es más sensibilidad. Al menos, en el caso de Kazuo Ishiguro, un auténtico maestro de la melancolía como también lo son Baricco, Tabucci o Ian McEwan. Que curioso, escritores del mismo sello editorial. La cuestión es que el autor japonés ha compuesto un hermoso libro. Cinco pequeñas historias que enhebran la romántica voz de un crooner, la magia de la guitarra, la penumbra del saxo y la fragilidad poética del violencelo. Cinco instrumentos, cinco tipos de música, cinco personajes. Cinco conciertos de cámara en los que la música es tiempo y la vida, también. Cada una de estas piezas exige al lector que las escuche despacio, que se recree en sus atmósferas, en la melodía que suena entre líneas. En la sonoridad exterior de las historias aparece la comedia, un humor inteligente, escenarios que van desde una plaza veneciana a un hospital, pasando por la casa de unos yupies o un refugio en las montañas. Pero lo importante, la música que llega al corazón, es la que Ishiguro ejecuta dentro de la historia y que vienen a ser fugas, esfumatos, adagios acerca del paso del tiempo, de la juventud pasada, del racismo, de la infidelidad, de la exploración del éxito y del fracaso en el amor, en el matrimonio, en la amistad y en el sueño de alcanzar la perfección. Sus protagonistas son hombres en el ocaso de sus carreras o que sobreviven entre la aceptación de la derrota y la frontera de la libertad. Hay relatos de exquisita sentimentalidad como El cantante melódico, protagonizado por un croner fuera de época dispuesto a regalar un canto del cisne con el que renunciar a una amor. Junto a él un músico ambulante, un admirador del cantante que salvó a su madre del desamor. Ambos aprenderán qué significa el paso del tiempo, la renuncia, la derrota que sólo se acepta como sacrificio. Hay también otros excelentes relatos sobre la reinvención y la belleza de las apariencias como Nocturno. Es el relato más divertido, con algunos pespuntes de crueldad acerca del amor, de la necesidad de reflejarse en los ojos de los demás con la esperanza de ser aceptados. En cada uno de estos relatos, el amor, la soledad, el desengaño, conllevan un pellizco intimista. Sin duda, Nocturnos, es un bello libro que debería ser redondo, que girase bajo el sutil peso de una vieja aguja y escucharse con ese crujido peculiar de los vinilos que salvaban a otras generaciones de la melancolía que se transformaba en una curativa serenata.

jueves, julio 08, 2010

Memorias del célebre enano Joseph Boruwlaski, gentilhombre polaco, Joseph Boruwlaski

Trad. Verónica Fernández Camarero. Lengua de Trapo, Madrid, 2010. 140 pp. 16,50 €

Miguel Baquero

En las cortes y los salones del Antiguo Régimen era muy habitual la presencia de fenómenos de la Naturaleza. En una costumbre que data posiblemente de los viejos bufones medievales, condes, marqueses, príncipes y, desde luego, monarcas gustaban en aquellas época de mantener a seres anormales, “monstruos de la Naturaleza” como signo de exclusividad y distinción. Desde gigantes a adefesios (como la famosa Maribárbola de Las meninas, sirvienta que cumplía el papel de divertir a las infantas), las “curiosidades” sin duda más valoradas en aquellos ambientes eran los enanos, cuanto más si estaban bien proporcionados.
“Recolectados” entre siervos y aldeanos, los enanos eran apartados de sus padres y pasaban a ser criados por los aristócratas. Sin más función que la de resultar decorativos y reunir modales agradables, los enanos del Antiguo Régimen se paseaban por los salones señoriales y trataban con los principales personajes de la época, llevando con ello una vida de lujos y recibiendo a cambio diversos regalos y prebendas.
Uno de los más célebres personajes de aquella época fue el enano polaco Joseph Boruwlaski, mantenido por una pudiente condesa y que fue presentado ante emperadores, reyes y demás personalidades del gran mundo de Centroeuropa. Su fama se debe tanto a lo escaso de su estatura y lo proporcionado de sus formas como al hecho de que, en la última etapa de su vida, escribiera estas memorias que hoy se publican por primera vez en castellano, después de diversas ediciones en inglés, francés y alemán.
Las Memorias del célebre enano Joseph Boruwlaski tienen un especial interés porque a través de ellas encontramos una visión muy peculiar de cómo y cuán traumático fue el cambio de época, del Antiguo Régimen al mundo burgués del que derivamos. Criado, como se ha visto, en los mejores salones, sentado en las rodillas de la emperatriz de Austria y acariciado por personajes como la pequeña Maria Antonieta, Boruwlaski pasará, en unos pocos años, de vivir entre regalos y lujos a tener que ganarse el sustento exhibiéndose por Inglaterra ante auditorios bastante menos refinados. Una trayectoria humana que constituye un ejemplo significativo del fin de una época, de unas costumbres y de un modo de vida y el comienzo de otra radicalmente distinta.
A lo largo de sus memorias, Boruwlaski, como no podía ser de otro modo, lamenta este cambio de los tiempos y, en especial, la pérdida de favores que le obliga a ganarse la vida de manera mucho más prosaica; sin embargo, se aprecia en él también un crecimiento en su dignidad, un orgullo de poder ser valorado como persona y no como juguete o como capricho de los poderosos. Es precisamente este hecho de vivir en el puente de los siglos y observar los acontecimientos desde una posición peculiar y privilegiada, lo que confiere a estas memorias un gran valor, como testimonio excepcional.

miércoles, julio 07, 2010

El drama del lavaplatos, Eugenio Tisselli

Editorial Delirio, Salamanca, 2010. 90 pp. 7 €

Doménico Chiappe

Intoxicados los cerebros de los poetas de metáforas usuales, de lecturas de grandes maestros, de ambientes compartidos: ciudades, series de televisión, tiendas y marcas, el poemario de Eugenio Tisselli constituye una rebelión. Una rebelión armada con software de última generación. Porque El drama del lavaplatos se escribió en coautoría con PAC -Poesía Asistida por Computadora (http://www.motorhueso.net/pac/), un programa construido por el propio Tisselli que permite que el autor elabore versos con la ayuda de un buscador autómata, y sorpresivo, que oletea por diccionarios de internet.
El factor humano no permite, sin embargo, que la escritura sea un proceso automático: el poeta puede determinar qué palabra o palabras cambiar, aceptar o no las sugerencias del programa, rebuscar en el significado y significante y encontrar así esas imágenes que el cerebro abotargado por su época es incapaz de hallar. Un aparente abandono que no es más que resistencia y ataque de guerrilla a la tradición y su evolución aparente.

ráfaga
de la columna hueca
en mi alguien
(De “Choque de trenes en mi alma”, p. 54)

De entre los distintos procesos que un poeta puede elegir para crear con PAC, Tisselli optó por un método idéntico para todos los poemas: tecleó un verso “semilla” en PAC, que se tradujo al inglés, idioma en que cada palabra se cambió por un sinónimo. Esa frase retornó al español, donde comenzaron los ajustes manuales y cerebrales. Resultado probable, un verso como:

la doble o del cordero de dios no revolotea
(De “La mirada de Cristo no tiembla”, p.67)

Luego, el verso resultante se utilizó como nuevo germen para la elaboración de otro verso. Y así hasta que el autor se declaró satisfecho y reseteó a su colaborador para prepararlo para una nueva misión (nada semántica). Este ejercicio, lejano al surrealismo (y sus escrituras automáticas), en ocasiones arrojó resultados nebulosos, que deben rasgarse como si fuera una pared gelatinosa que impide el paso (al significado).

tome pacientemente la lluvia
corte sin inmutar la caída
apuñale por delante
(De “Se aguanta el agua”, p.38)

En otras ocasiones arroja maravillosas líneas que de otra manera quizás jamás hubieran nacido.

el trabalenguas del cuento
es el vibrante soplo
es la emanación que chispea
las tonterías de la certeza
la virgen de la curva
la insensatez de la cosa segura
el holgazán de la cámara
el gandul de la sesión ejecutiva
el teleadicto en la toma de decisiones
el entusiasta del guardián
el aficionado al perro
(“Qué dulce es el sonido del viento”, p.47)

Cada poema es como visionar un movimiento fotografiado con la ayuda de luces estreboscópicas. La poesía parece fluir en cámara lenta, pero en realidad el movimiento mantiene su rapidez, y conforma un helicoide, un movimiento cuyos extremos parecen tocarse, aunque el contacto no es más que efecto óptico.

calenté hardware
aso plomería
sonido de razz
entero de broma
no tocado en el costilla-recordatorio de vencimiento
no acariciando en el conmemorativo singular de la muerte
el celebratorio inconcebible de la eutanasia
suicidio asistido
seppuku es un huésped
(“Joya ardiente”, p.26)

La lectura de esta reunión de poemas también contiene, en su conjunto, una historia metanarrativa. A lo largo del libro se escucha, como ruido de fondo, como asomo indeleble, el diálogo entre Tisselli y PAC, aunque sólo en algunos poemas se permita el autor (humano) mostrarlo, como en aquellos en que la “máquina” es protagonista (“Duerme la máquina enferma” y “La máquina que canta y ríe”). Complace, así, como el domador que lanza un bocado de carne al león, a esta autómata que bien podría imponerse a un poeta con pulso débil, e imponer el sinsentido de la selección impertinente en los diccionarios. Pero a Tisselli, bastante entrenado en los enfrentamientos con robots, no logra avasallarlo, con lo que este poemario mantiene gran coherencia y unidad, además de belleza.

martes, julio 06, 2010

Los asesinos lentos, Rafael Balanzá

Siruela, Madrid, 2010. 160 pp. 15.90 €

Rubén Castillo Gallego

Durante el verano de 1879 el periódico Le Temps reprodujo en forma de folletín una curiosa historia de Jules Verne: el chino Kin-Fo es un hombre rico que vive en Shanghai, pero cuando se entera de que todos sus negocios se están yendo a pique y que, por tanto, se va a arruinar estrepitosamente, decide pedirle a su gran maestro Wang que, sin aviso previo, le quite la vida. El venerable amigo, con un profundo dolor y un profundo sentido de la responsabilidad, acepta. Pero una vez que Wang asume el papel de verdugo, la situación experimenta un giro inesperado: los negocios de Kin-Fo vuelven a revitalizarse y lo convierten en un hombre mucho más rico que al principio de la novela. Éste busca entonces a Wang para exonerarlo de su tarea homicida... y se lleva la espeluznante sorpresa de que el maestro ha desaparecido. Para mejor cumplir su misión, se ha diluido en las sombras. De tal modo que cualquier día o cualquier noche, pronto o tarde, en esta ciudad o en otra, el fiel amigo terminará por cumplir su encargo, segándole la vida.
Esa trepidación angustiosa es la que acompaña también al protagonista de Los asesinos lentos, la narración con la que Rafael Balanzá obtuvo el último premio Café Gijón y que ahora le publica la editorial Siruela. Leemos en sus páginas cómo Valle, un antiguo músico que ha ido navegando de frustración en frustración, se reúne en un café con su antiguo amigo Juan y, tras departir sobre los recuerdos comunes, le espeta sin mover un músculo de la cara que ha decidido poner fin a su vida. Dado que no puede atribuir su naufragio existencial a nadie en concreto, ni tampoco a nada en concreto, ¿qué mejor solución que permitir que la arbitrariedad presida sus decisiones? («No es que te eche a ti la culpa de todo, Juan. Ni mucho menos. Lo que me desespera es saber que nadie tiene la culpa. Eso es precisamente lo que me vuelve loco, y me enfurece. He llegado a la conclusión de que si no hay verdaderos culpables, entonces hay que inventárselos, hay que designar a alguien, ni más ni menos. Es inevitable», asegura en la página 30). La primera reacción de Juan, como resulta fácil suponer, es la burla; pero pronto sobrevienen el estupor y el miedo, cuando comprende que Valle le está diciendo la verdad.
A la vez, su situación laboral está complicándose a marchas forzadas. La tienda que posee en una galería comercial se ha convertido en objeto de acoso del nuevo gerente, Alberto Maños, que no ve con buenos ojos el tipo de negocio que Juan dirige («Dos locos me perseguían. Uno intentaba acabar con mi negocio; el otro –al menos era lo que él juraba– se proponía acabar con mi vida», indica el protagonista en la página 82).
De esa manera tan inquietante vamos buceando por el interior de Juan y vamos descubriendo las mil complejas facetas de su carácter, aunque también muchas cosas más, sobre el ser humano y sobre el mundo en que vivimos. Porque, en su esencia, Los asesinos lentos se antoja una fábula terrible, en la que Kafka, Dostoievski y los maestros del absurdo se dan la mano de una manera inequívoca. ¿Qué somos (parece decirnos el autor, por debajo de sus líneas angustiosas), sino criaturas cuyo destino puede verse alterado dramáticamente en cuestión de horas y aun de minutos? Todos somos conscientes de que basta un terremoto o un tsunami para aniquilarnos, que podemos depender de un virus o de un trocito de metal escupido por una pistola; pero Rafael Balanzá nos susurra en sus páginas que también puede bastar con la decisión de un loco, que podemos experimentar la zozobra de mil maneras ásperas, sin que la prevención o la cordura nos sirvan de auxilio.
¿La moraleja? Tendrá que fabricársela el propio lector, una vez que haya terminado las líneas del libro. Es probable que entonces surja en su mente un desasosiego nuevo, un perfil desconocido de la angustia, un vértigo de saliva amarga. Celebré con alegría la primera colección de cuentos de Rafael Balanzá y hago lo mismo con su primera novela. Es su pecho anida un escritor.

lunes, julio 05, 2010

Lola Dinamita, Rebeca Le Rumeur

Prol.Javier Fernández Rubio y Mada Martínez García. El Desvelo Ediciones, Santander, 2010. 72 pp. 15 €

Elvira Navarro

Se escucha todavía demasiado a menudo la cantinela de que el cuento es la antesala de la novela, lo que no es raro en un país donde, por un lado, el grueso de los consumidores de libros asocia el género con la literatura infantil, y por otro, lo visible es una cuestión de mercadotecnia y de periodismo cultural. En manos de los periodistas culturales, el cuento puede caer en dos tipos de discurso. Están los que preguntan al joven que acaba de estrenarse con un libro de relatos que para cuándo el “salto” a la novela (lo cual parece justificarse porque el único libro de cuentos que escriben algunos escritores es el de su bautismo). También están los que, desde luego con una intención loable, escriben un artículo con un titular que suele aludir a que el cuento ha superado su etapa de maricomplejines. Esto es así porque en España, a despecho de los escritores y los críticos (o al menos de ciertos escritores y de ciertos críticos), parece que la existencia de Chéjov, de Poe, de Katherine Mansfield o de Borges sea la excepción que confirma la regla de que la mejor literatura se encuentra en la novela. El periodista, claro está, se ve obligado a combatir el prejuicio, y la consecuencia de ello es la misma que la de la discriminación positiva y la denuncia de los males del machismo en la prensa: que a quien se le presenta siempre como víctima le cuesta el doble empoderarse. Se acaba dando la impresión de la única excusa para hablar del cuento es su condición de sexo débil, como si no bastara con escribir un buen libro de cuentos. Tal vez la solución a este reiterado mal sea tan simple como la de evitar preámbulos como el que yo estoy haciendo aquí.
Ignoro si Rebeca Le Rumeur (Santander, 1981) perseverará en el género breve, se entregará al mestizaje o terminará dedicándose al haiku. Lo que si sé es que su primer, cortísimo e impactante libro de relatos, Lola Dinamita, no es la antesala de ninguna otra cosa, excepto, por supuesto, de su escritura (que huele ya a propia). Estos relatos lo son por eso tan viejo de que cada obra genera su norma, que en este caso es la brevedad. Compuesto por diez piezas que basculan entre un registro realista con voluntario toque naif (a lo Miranda July) y la fantasía onírica y metafórica, Lola Dinamita es un libro que se instala en un territorio muy español, muy Cela y muy Goya, a saber, el tremendismo, aunque Le Rumeur no tenga nada que ver con el difunto premio Nobel. Sí me la imagino, en cambio, dibujando aquelarres y entierros de la sardina. El tremendismo es siempre molesto para una sentimentalidad equilibrada por la desproporción de la respuesta, y trasladado al plano de la narrativa, suscita no pocas veces la objeción de que ciertos giros no se justifican. Digo esto porque aquellos a quienes su equilibrio anímico les lleva a abominar de suicidios adolescentes y ataques terroristas (o para ser más clara: aquellos que no sólo se quejan de la gratuidad de, por ejemplo, Lars von Trier, sino que proclaman su inverosimilitud como muestra de que el producto está mal construido), lo mejor que pueden hacer es pasar de largo. No van a entender la propuesta de Lola Dinamita, y encima se van a cabrear.
Para los que sí entran en el juego perverso, que no quiere decir gratuito, tal vez les sirva imaginarse a las protagonistas de los cuentos de Le Rumeur como una versión actualizada de aquellas hermanas Izquierdo, encerradas en el mal familiar, y que huían en el tren mientras sus pares mataban a medio Puerto Hurraco. El lector cae pronto en la cuenta de que la desproporción, lo tremendo, tiene un sentido: el dolor enquistado. Si bien aquí las mujeres son urbanas, tienen estudios y una mediana consciencia de sí mismas, sus nombres de sello almodovariano (Lola Dinamita suena a Kika, o a Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón) nos alertan de que lo que domina es la pasión, que se torna destructiva. Como si no fuera posible deshacerse del puertohurraquismo anímico. Así pues, cuando estos seres responden con brutalidad a agresiones mínimas, no lo hacen de forma gratuita, sino porque dichas agresiones son las gotas que colman unos vasos antiguos y negros. Y es que los protagonistas viven instalados en un limbo de dolor que no se cuenta, pero que el libro destila entre líneas.
Rebeca Le Rumeur es hija de madre francesa, y eso se nota en la prosa, que, si bien es correctísima, a veces suena extraña. Ello no supone merma alguna. Al contrario: se trata de una particularidad que aumenta lo insólito (que, ojo, no es estructural, sino que está en lo pequeño: voz, metáforas, diálogos, ritmo) de la propuesta. Y es que éste es un libro para paladares raros, que auna una sentimentalidad absolutamente ibérica (por lo visceral) con la ejecución extranjera. Por otra parte, no hay nada en Le Rumeur que huela a casticismo, lo que refuerza la hipótesis de que su español viene de otro sitio. La escritora santanderina domina los giros rápidos, imprevistos y crueles, y sus relatos me han recordado a esa negrura de apariencia despreocupada de los Pequeños cuentos misóginos, de Patricia Highsmith. También está hermanada con Dirección noche, de Cristina Grande, en la medida en que construye historias-estampa, en la sencillez de la frase y en la precisión en el detalle, así como en una libertad magnífica que rompe, con modestia, la convención de redondear el argumento. Cuentos como “La conjura de los niños” y “Cuerda”, dos de los más sobresalientes, recuerdan, por la propiedad con la que se inserta cierta jerga filosófica y la capacidad de alzar una ficción puramente metafórica, al excepcional Proyectos de pasado, de la escritora rumana Ana Blandiana. En líneas generales, Le Rumeur es más eficaz cuando se sale del realismo, que obliga siempre a dar demasiadas explicaciones, y se desliza a un territorio pseudofantasioso, donde es posible, por ejemplo, ir quemando lentamente la propia casa, como ocurre en “Materia”, a mi juicio el más logrado de los cuentos.
La verdad es que yo he leído este libro con fascinación. Y lo he leído así porque rezuma, como dice Coradino Vega, “el latido de una interioridad especial”. Sólo me resta decir que ojalá Rebeca Le Rumeur nos regale muchos más libros, y que ese latido se convierta algún día en algo esplendoroso. Tiene, desde luego, capacidad para ello.