sábado, junio 12, 2010
viernes, junio 11, 2010
Black, black, black, Marta Sanz
Anagrama, Barcelona, 2010. 336 pp. 19,50 €
Miguel Sanfeliu
Black, black, black es el acercamiento de Marta Sanz al género policíaco, una experiencia narrativa más que interesante. La novela negra es el género que mejor retrata los rincones oscuros de nuestra sociedad, sus querencias y defectos, de ahí que ese sea el ropaje elegido por la autora. Pero también nos encontramos ante un laberinto estructural y una indagación sobre la perspectiva. Una novela cuya trama nos intriga y cuyos personajes están marcadamente caracterizados.
Hay un crimen, y un detective encargado de la investigación, Arturo Zarco, que es gay, aunque estuvo casado con Paula, con la que mantiene una particular relación, a medio camino entre la amistad y el resentimiento. Comenta con ella los detalles de su trabajo. Zarco es impulsivo, propenso a la distracción, mientras que Paula es más práctica y cerebral, así que, en este sentido, se complementan a la perfección. El matrimonio Esquivel contrata al detective para que investigue el asesinato de su hija Cristina, convencidos de que el culpable fue el marido de ésta, Yalal, un hombre de origen marroquí. Con este encargo, Zarco se interna en la comunidad de vecinos en la que reside Yalal y entra en contacto con quienes habitan ese microcosmos.
Tres blacks, tres cambios, tres giros que se complementan, tres voces narrativas con diferentes interlocutores. Primero es el propio detective, aunque pronto nos damos cuenta de que no se dirige a nosotros, sino a su exmujer, a Paula, y que ésta de vez en cuando apostilla, corrige e incluso recrimina algunas de sus expresiones. Luego se produce una ruptura, un elemento de distorsión que nos sorprende, nos interrumpe y parece contarnos otra historia. Ahora la narradora es una de las vecinas, Luz, a través de las páginas de su diario, del que ella misma nos dice: «Un diario, además, es como una caja. Dentro de ella pueden pasar cosas que no suceden en ninguna otra parte. O cosas escondidas». Ajá, se dice el lector entonces, no hay duda, la autora está jugando conmigo, intenta despistarme, desorientarme. Por último, será Paula Quiñones quien tome las riendas del asunto. Realiza su propia investigación. Contrasta los datos narrados por su ex marido y los pasajes del diario de Luz. Ahora será Arturo Zarco quien la interrumpirá, quien le recriminara el ritmo de su narración y la precisión de los detalles. Pero ella dice: «No decir nada, no afirmar ni negar nada y, con la omisión o la elipsis, conseguir que Zarco se enrede, que tal vez sufra...» Y, claro, en ese momento Zarco somos nosotros, los lectores, quienes intentamos esquivar las trampas, seguir las pistas de la investigación, anticiparnos a la resolución del caso y sortear los escollos que las voces narradoras nos van tendiendo por el camino.
Black, black, black es una profunda exploración sobre el punto de vista, sobre la distorsión de la realidad. Un libro narrado con una prosa cuidada, que requiere la atención del lector. También es la historia de un crimen y de su resolución. La radiografía de una comunidad de vecinos que actúa como un mundo cerrado en el que se intentan disimular las propias mezquindades. Y, por ende, una novela en la que se tratan temas muy dispares. Nos encontramos pues, ante una propuesta literaria que ha sido cuidadosamente planificada y que apunta hacia nuevos planteamientos narrativos, de un modo ameno y no exento de humor.
Miguel SanfeliuBlack, black, black es el acercamiento de Marta Sanz al género policíaco, una experiencia narrativa más que interesante. La novela negra es el género que mejor retrata los rincones oscuros de nuestra sociedad, sus querencias y defectos, de ahí que ese sea el ropaje elegido por la autora. Pero también nos encontramos ante un laberinto estructural y una indagación sobre la perspectiva. Una novela cuya trama nos intriga y cuyos personajes están marcadamente caracterizados.
Hay un crimen, y un detective encargado de la investigación, Arturo Zarco, que es gay, aunque estuvo casado con Paula, con la que mantiene una particular relación, a medio camino entre la amistad y el resentimiento. Comenta con ella los detalles de su trabajo. Zarco es impulsivo, propenso a la distracción, mientras que Paula es más práctica y cerebral, así que, en este sentido, se complementan a la perfección. El matrimonio Esquivel contrata al detective para que investigue el asesinato de su hija Cristina, convencidos de que el culpable fue el marido de ésta, Yalal, un hombre de origen marroquí. Con este encargo, Zarco se interna en la comunidad de vecinos en la que reside Yalal y entra en contacto con quienes habitan ese microcosmos.
Tres blacks, tres cambios, tres giros que se complementan, tres voces narrativas con diferentes interlocutores. Primero es el propio detective, aunque pronto nos damos cuenta de que no se dirige a nosotros, sino a su exmujer, a Paula, y que ésta de vez en cuando apostilla, corrige e incluso recrimina algunas de sus expresiones. Luego se produce una ruptura, un elemento de distorsión que nos sorprende, nos interrumpe y parece contarnos otra historia. Ahora la narradora es una de las vecinas, Luz, a través de las páginas de su diario, del que ella misma nos dice: «Un diario, además, es como una caja. Dentro de ella pueden pasar cosas que no suceden en ninguna otra parte. O cosas escondidas». Ajá, se dice el lector entonces, no hay duda, la autora está jugando conmigo, intenta despistarme, desorientarme. Por último, será Paula Quiñones quien tome las riendas del asunto. Realiza su propia investigación. Contrasta los datos narrados por su ex marido y los pasajes del diario de Luz. Ahora será Arturo Zarco quien la interrumpirá, quien le recriminara el ritmo de su narración y la precisión de los detalles. Pero ella dice: «No decir nada, no afirmar ni negar nada y, con la omisión o la elipsis, conseguir que Zarco se enrede, que tal vez sufra...» Y, claro, en ese momento Zarco somos nosotros, los lectores, quienes intentamos esquivar las trampas, seguir las pistas de la investigación, anticiparnos a la resolución del caso y sortear los escollos que las voces narradoras nos van tendiendo por el camino.
Black, black, black es una profunda exploración sobre el punto de vista, sobre la distorsión de la realidad. Un libro narrado con una prosa cuidada, que requiere la atención del lector. También es la historia de un crimen y de su resolución. La radiografía de una comunidad de vecinos que actúa como un mundo cerrado en el que se intentan disimular las propias mezquindades. Y, por ende, una novela en la que se tratan temas muy dispares. Nos encontramos pues, ante una propuesta literaria que ha sido cuidadosamente planificada y que apunta hacia nuevos planteamientos narrativos, de un modo ameno y no exento de humor.
Etiquetas:
NARRATIVA EN CASTELLANO,
novela,
novela negra
| Opina: |
jueves, junio 10, 2010
Anna Karénina, Lev N. Tolstói
Trad. Víctor Gallego Ballestero. Alba, Barcelona, 2010. 1002 pp. 44 €
Pilar Adón
En Anna Karénina se encuentran todas las pasiones del alma: los celos, los remordimientos, la vergüenza, el deseo, la envidia, la locura, la indecisión, los desarreglos nerviosos, la incertidumbre. Dice Levin en la página 549 de esta magnífica edición de Alba, traducida y prologada por Víctor Gallego Ballestero: «Mi principal pecado es la duda. Dudo de todo. Apenas hay momentos en que no me asalten las dudas». Y terrible es también la aprensión de Anna acerca de si el amor que dice profesarle Vronski será duradero o no: «Había momentos en que ya no sabía lo que temía ni lo que deseaba. ¿Temía o deseaba lo que había sucedido, lo que iba a suceder? Y, en realidad, ¿qué deseaba?» Los personajes pretenden ser sinceros consigo mismos y con los demás. Buscan la simplicidad, la tranquilidad y la belleza. Disfrutan de sus desayunos en el jardín, debajo de un castaño. Viajan en tren desde Moscú a San Petersburgo, y se concentran intensamente en la lectura de sus libros, como Anna, que se identifica tanto con los héroes de una novela inglesa que va leyendo en uno de esos viajes, que querría hacer lo que ellos hacen. Beben vodka, charlan animados durante la celebración de fastuosos bailes, tienen aspiraciones profesionales y esperan medrar en su carrera. Pero, sobre todo, por encima de cualquier otra ambición, desean ser felices. Porque, tal y como apunta Gallego Ballestero en su detallada introducción, Anna Karénina «no es la historia de un adulterio […] sino una fábula sobre la búsqueda de la felicidad».
Lo cierto es que de vez en cuando los personajes sí disfrutan de ciertos encuentros fugaces con esa codiciada felicidad. Con la descripción de breves anécdotas que adornan de realidad cualquier escena, Tolstói permite que, por ejemplo, su siempre torturado y obsesivo Levin descubra auténticos retazos de belleza que hacen de él un hombre feliz en el instante en que, momentos antes de pedir la mano de su adorada Kitty, observa «unas palomas azules que bajaban volando de los tejados a la acera, los bollos espolvoreados de harina que una mano invisible había puesto en un escaparate…». No obstante, casi todos los personajes comparten la mala costumbre, tan propia, por otra parte, de la naturaleza humana, de dejar que la solidez de su dicha repose en manos de los demás, de los que tanto dependen y que tanto daño pueden llegar a hacer, a veces sin ser conscientes de ello, cuando sus actos o palabras no responden a las expectativas. Por tanto, por más empeño que pongan en la consecución de sus deseos, la suya es una aspiración condenada al fracaso. Tolstói, además, no vacila a la hora de atormentar a sus personajes y así, volviendo a Levin (cuyo pensamiento es el que más se identifica con el del propio autor), hace que éste se arrepienta de todo: de lo que ha hecho, de lo que no ha hecho e incluso de lo que ha podido simplemente pensar. E idéntica pauta sigue con los otros: tanto con los personajes míticos (Dolly y Oblonski; Anna y Vronski; Kitty y Levin) como con los no tan conocidos, como Mademoiselle Várenka, ese personaje perfecto, “con esa calma y esa dignidad tan envidiables”, a quien Kitty conoce en el pequeño balneario alemán al que va a tomar las aguas con la esperanza de recuperar la salud y la alegría perdidas tras comprender que su amado Vronski ama en realidad a Anna, y rechazar (antes de comprender la situación anterior) la oferta matrimonial de Levin.
Anna Karénina es un libro que todos los lectores deberían visitar. En pocas ocasiones se puede disfrutar de una tan genuina Gran Literatura. Las descripciones con las que cada personaje queda caracterizado, el prodigioso uso del lenguaje, y la universalidad de los temas planteados (los problemas de conciencia, el concepto de lo que está bien y lo que no, la preocupación por la dignidad personal y social) hacen que siga siendo una novela total. Resulta muy significativa la parte en que Levin decide que necesita hacer «ejercicio físico; de otro modo se me agriará el carácter», y se entrega a la siega del heno en compañía de los campesinos que trabajan para él, incluso durante las horas de más calor. En lo que constituye un canto a las bondades del esfuerzo físico que, de una manera idealizada, se plantea como alternativa al sufrimiento que resulta del conocimiento reflexivo de las cosas, Levin huye del pensamiento y del análisis mental que hace que todo sea excesiva y dolorosamente real, y se concentra en no concentrarse, con el fin de olvidarse de todo. Ésa es su manera de calmarse.
Anna, por su parte, toma morfina por las noches.
Pilar AdónEn Anna Karénina se encuentran todas las pasiones del alma: los celos, los remordimientos, la vergüenza, el deseo, la envidia, la locura, la indecisión, los desarreglos nerviosos, la incertidumbre. Dice Levin en la página 549 de esta magnífica edición de Alba, traducida y prologada por Víctor Gallego Ballestero: «Mi principal pecado es la duda. Dudo de todo. Apenas hay momentos en que no me asalten las dudas». Y terrible es también la aprensión de Anna acerca de si el amor que dice profesarle Vronski será duradero o no: «Había momentos en que ya no sabía lo que temía ni lo que deseaba. ¿Temía o deseaba lo que había sucedido, lo que iba a suceder? Y, en realidad, ¿qué deseaba?» Los personajes pretenden ser sinceros consigo mismos y con los demás. Buscan la simplicidad, la tranquilidad y la belleza. Disfrutan de sus desayunos en el jardín, debajo de un castaño. Viajan en tren desde Moscú a San Petersburgo, y se concentran intensamente en la lectura de sus libros, como Anna, que se identifica tanto con los héroes de una novela inglesa que va leyendo en uno de esos viajes, que querría hacer lo que ellos hacen. Beben vodka, charlan animados durante la celebración de fastuosos bailes, tienen aspiraciones profesionales y esperan medrar en su carrera. Pero, sobre todo, por encima de cualquier otra ambición, desean ser felices. Porque, tal y como apunta Gallego Ballestero en su detallada introducción, Anna Karénina «no es la historia de un adulterio […] sino una fábula sobre la búsqueda de la felicidad».
Lo cierto es que de vez en cuando los personajes sí disfrutan de ciertos encuentros fugaces con esa codiciada felicidad. Con la descripción de breves anécdotas que adornan de realidad cualquier escena, Tolstói permite que, por ejemplo, su siempre torturado y obsesivo Levin descubra auténticos retazos de belleza que hacen de él un hombre feliz en el instante en que, momentos antes de pedir la mano de su adorada Kitty, observa «unas palomas azules que bajaban volando de los tejados a la acera, los bollos espolvoreados de harina que una mano invisible había puesto en un escaparate…». No obstante, casi todos los personajes comparten la mala costumbre, tan propia, por otra parte, de la naturaleza humana, de dejar que la solidez de su dicha repose en manos de los demás, de los que tanto dependen y que tanto daño pueden llegar a hacer, a veces sin ser conscientes de ello, cuando sus actos o palabras no responden a las expectativas. Por tanto, por más empeño que pongan en la consecución de sus deseos, la suya es una aspiración condenada al fracaso. Tolstói, además, no vacila a la hora de atormentar a sus personajes y así, volviendo a Levin (cuyo pensamiento es el que más se identifica con el del propio autor), hace que éste se arrepienta de todo: de lo que ha hecho, de lo que no ha hecho e incluso de lo que ha podido simplemente pensar. E idéntica pauta sigue con los otros: tanto con los personajes míticos (Dolly y Oblonski; Anna y Vronski; Kitty y Levin) como con los no tan conocidos, como Mademoiselle Várenka, ese personaje perfecto, “con esa calma y esa dignidad tan envidiables”, a quien Kitty conoce en el pequeño balneario alemán al que va a tomar las aguas con la esperanza de recuperar la salud y la alegría perdidas tras comprender que su amado Vronski ama en realidad a Anna, y rechazar (antes de comprender la situación anterior) la oferta matrimonial de Levin.
Anna Karénina es un libro que todos los lectores deberían visitar. En pocas ocasiones se puede disfrutar de una tan genuina Gran Literatura. Las descripciones con las que cada personaje queda caracterizado, el prodigioso uso del lenguaje, y la universalidad de los temas planteados (los problemas de conciencia, el concepto de lo que está bien y lo que no, la preocupación por la dignidad personal y social) hacen que siga siendo una novela total. Resulta muy significativa la parte en que Levin decide que necesita hacer «ejercicio físico; de otro modo se me agriará el carácter», y se entrega a la siega del heno en compañía de los campesinos que trabajan para él, incluso durante las horas de más calor. En lo que constituye un canto a las bondades del esfuerzo físico que, de una manera idealizada, se plantea como alternativa al sufrimiento que resulta del conocimiento reflexivo de las cosas, Levin huye del pensamiento y del análisis mental que hace que todo sea excesiva y dolorosamente real, y se concentra en no concentrarse, con el fin de olvidarse de todo. Ésa es su manera de calmarse.
Anna, por su parte, toma morfina por las noches.
miércoles, junio 09, 2010
De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami
Trad. Francisco Barberán. Tusquets, Barcelona, 2010. 232 pp. 16,35 €
Fernando Sánchez Calvo
La editorial Tusquets ha tenido a bien publicar a un nuevo Murakami que, lejos del fenómeno de masas a quien con más o menos asiduidad casi todo lector ha visitado, abandona momentáneamente la novela como producto para analizar el modus vivendi necesario de todo aquel que quiera trabajar con dicho producto. No es un estilo de vida a seguir, ideal, por supuesto. El japonés es lo suficientemente inteligente como para no aconsejar más allá de la propia experiencia personal, experiencia que sin embargo queda avalada por la brillante trayectoria de un obrero de la narrativa que delega y fundamenta su éxito en el trabajo, después en el trabajo y por último en el trabajo. Para ello, equipara oficio tan noble y sacrificado con otra tarea no menos absorbente: la del fondista. Ambas actividades, escribir y correr, articulan este diario donde fechas, espacios y anécdotas acaban siempre envueltas por el manto de la reflexión (grande le queda la etiqueta de “ensayo”) de manera que una actividad no se puede explicar sin la otra y viceversa, al menos en la vida de Murakami. En homenaje al ya clásico de Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor y traducido por Francisco Barberán, el libro también incluye un pequeño reportaje fotográfico de los principales retos deportivos (maratón, triatlón, etc) que el autor ha finalizado, acto que para él ya es sinónimo de triunfo.
No se puede decir que esta obra represente una obra menor dentro del conjunto, por tanto, puesto que no podemos comparar títulos de diferente género. Tampoco es un decálogo de consejos para escribir. Es, eso sí, una filosofía de vida para escritores que no han sido dotados de la genialidad sino para tipos que, con cierta dosis de talento, quieran dedicarse (en el sentido más amplio de la palabra) a contar historias de un modo decente y honesto. Sólo se necesitan dos virtudes o ingredientes: tiempo y voluntad. Arropados por este binomio (al que le sumamos el ya citado talento) cualquiera puede acabar una carrera y una novela dignamente: otra cosa es convertirse en el número uno. Con ello Murakami lucha contra el tópico del artista perezoso que no trabaja, que sólo espera a que llegue un buen momento de inspiración. Él mismo analiza irónicamente este lugar común de un modo bastante visual: «Por más que miro a mi alrededor, no encuentro el manantial por ninguna parte». Dicho de otro modo: que la inspiración me coja trabajando. Y es que, en ese sentido, este oficio está más lleno de presumidos que de vagos, de tipos que trabajan ocho horas seguidas durante dos años en una novela para luego afirmar delante de sus amistades que la escribieron en una semana y de un tirón. Parece un comportamiento infantil y lo es, y contra ello y ellos también apunta Murakami. No se intuye qué razón puede haber para que un escritor (reconocido o no) se avergüence de su trabajo. Cuando se actúa así, se es injusto con este noble oficio y se es injusto con uno mismo.
Centrándonos más en la propia ontología del oficio y sobre todo en la primera mitad del libro (en la segunda las reflexiones literarias decaen y dejan paso a las deportivas) Murakami hace hincapié en la concepción del acto de la escritura como una enfermedad en potencia que busca a un enfermo (el narrador) que la concrete. «Idéntico truco utilizo cuando escribo una novela larga: dejo de escribir en el preciso momento en que siento que podría seguir escribiendo. Si lo hago así, al día siguiente me resulta mucho más fácil reanudar la tarea». Recuperando un pensamiento ya centenario, escribir se concibe pues como una droga la cual puede acabar o relanzar al artista según los límites de saturación con los que se juegue. Sin embargo, para enfrentarse a esa actividad insana hay que estar muy sano y es ahí donde entra en acción el deporte. A ese delicioso veneno que es escribir sólo se le puede combatir con una gran forma física: esto nos lo da el ejercicio, correr en este caso.
Por otro lado, dicha pasión (si quiere crecer) debe ser alimentada por un arma de doble filo: la soledad; el escritor se ve obligado a convertirse durante un período extenso en un ser antisocial, puesto que su principal problema no es el dinero, sino el tiempo y la falta de concentración. Debe salir y entrar en la sociedad cuando lo necesite, puesto que sólo con ella y sin ella el novelista puede coger distanciamiento y rendir tributo después. Otro enfermo del oficio, Stephen King, ya lo dijo en su testamento teórico On Writing. «Hay que escribir para dentro y corregir para fuera». Dicho de otro modo y también por el mismo autor: «Cerrar la puerta de tu escritorio es la única manera de que los demás sepan que vas en serio y que no deben molestarte».
Afirma Murakami sobre el final del libro que su epitafio ideal sería «Al menos aguantó sin caminar hasta el final». Lo dice recordando una anécdota propia que le sucedió cuando fue a correr la originaria maratón a Grecia. Por lo visto un montón de artistas y famosos ya habían hecho lo mismo antes con el consiguiente reportaje fotográfico, pero de cara a la galería. Por lo visto es habitual correr unos cinco kilómetros en distintos puntos de la carrera, posar delante del objetivo y con ello ya se cumple. Cuando Murakami supo de esta práctica se indignó, obviamente. Nada más indigno para un fondista o un escritor que falsear la base. Por supuesto, el artista pasará la realidad por la pátina de la ficción, pero nunca la traicionará. No tiene sentido escribir un ensayo sobre el acto de correr si no has corrido. Aberrante también sería hablar de escribir sin haber escrito o de respirar sin haber respirado. Murakami corrió los 42 kilómetros y pico seguido del fotógrafo pero no para destacarse contra los que no acabaron, sino por puro homenaje a la experiencia, única fuente del arte, sea vital o libresca. Después de esto, el japonés ha continuado con su doble tarea, pues no se trata de correr una maratón sino de correr, del mismo modo que no se trata de escribir un libro, sino de escribir. Ya se dijo al principio que hablábamos de obreros, de narradores de fondo: no de velocistas.
Fernando Sánchez CalvoLa editorial Tusquets ha tenido a bien publicar a un nuevo Murakami que, lejos del fenómeno de masas a quien con más o menos asiduidad casi todo lector ha visitado, abandona momentáneamente la novela como producto para analizar el modus vivendi necesario de todo aquel que quiera trabajar con dicho producto. No es un estilo de vida a seguir, ideal, por supuesto. El japonés es lo suficientemente inteligente como para no aconsejar más allá de la propia experiencia personal, experiencia que sin embargo queda avalada por la brillante trayectoria de un obrero de la narrativa que delega y fundamenta su éxito en el trabajo, después en el trabajo y por último en el trabajo. Para ello, equipara oficio tan noble y sacrificado con otra tarea no menos absorbente: la del fondista. Ambas actividades, escribir y correr, articulan este diario donde fechas, espacios y anécdotas acaban siempre envueltas por el manto de la reflexión (grande le queda la etiqueta de “ensayo”) de manera que una actividad no se puede explicar sin la otra y viceversa, al menos en la vida de Murakami. En homenaje al ya clásico de Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor y traducido por Francisco Barberán, el libro también incluye un pequeño reportaje fotográfico de los principales retos deportivos (maratón, triatlón, etc) que el autor ha finalizado, acto que para él ya es sinónimo de triunfo.
No se puede decir que esta obra represente una obra menor dentro del conjunto, por tanto, puesto que no podemos comparar títulos de diferente género. Tampoco es un decálogo de consejos para escribir. Es, eso sí, una filosofía de vida para escritores que no han sido dotados de la genialidad sino para tipos que, con cierta dosis de talento, quieran dedicarse (en el sentido más amplio de la palabra) a contar historias de un modo decente y honesto. Sólo se necesitan dos virtudes o ingredientes: tiempo y voluntad. Arropados por este binomio (al que le sumamos el ya citado talento) cualquiera puede acabar una carrera y una novela dignamente: otra cosa es convertirse en el número uno. Con ello Murakami lucha contra el tópico del artista perezoso que no trabaja, que sólo espera a que llegue un buen momento de inspiración. Él mismo analiza irónicamente este lugar común de un modo bastante visual: «Por más que miro a mi alrededor, no encuentro el manantial por ninguna parte». Dicho de otro modo: que la inspiración me coja trabajando. Y es que, en ese sentido, este oficio está más lleno de presumidos que de vagos, de tipos que trabajan ocho horas seguidas durante dos años en una novela para luego afirmar delante de sus amistades que la escribieron en una semana y de un tirón. Parece un comportamiento infantil y lo es, y contra ello y ellos también apunta Murakami. No se intuye qué razón puede haber para que un escritor (reconocido o no) se avergüence de su trabajo. Cuando se actúa así, se es injusto con este noble oficio y se es injusto con uno mismo.
Centrándonos más en la propia ontología del oficio y sobre todo en la primera mitad del libro (en la segunda las reflexiones literarias decaen y dejan paso a las deportivas) Murakami hace hincapié en la concepción del acto de la escritura como una enfermedad en potencia que busca a un enfermo (el narrador) que la concrete. «Idéntico truco utilizo cuando escribo una novela larga: dejo de escribir en el preciso momento en que siento que podría seguir escribiendo. Si lo hago así, al día siguiente me resulta mucho más fácil reanudar la tarea». Recuperando un pensamiento ya centenario, escribir se concibe pues como una droga la cual puede acabar o relanzar al artista según los límites de saturación con los que se juegue. Sin embargo, para enfrentarse a esa actividad insana hay que estar muy sano y es ahí donde entra en acción el deporte. A ese delicioso veneno que es escribir sólo se le puede combatir con una gran forma física: esto nos lo da el ejercicio, correr en este caso.
Por otro lado, dicha pasión (si quiere crecer) debe ser alimentada por un arma de doble filo: la soledad; el escritor se ve obligado a convertirse durante un período extenso en un ser antisocial, puesto que su principal problema no es el dinero, sino el tiempo y la falta de concentración. Debe salir y entrar en la sociedad cuando lo necesite, puesto que sólo con ella y sin ella el novelista puede coger distanciamiento y rendir tributo después. Otro enfermo del oficio, Stephen King, ya lo dijo en su testamento teórico On Writing. «Hay que escribir para dentro y corregir para fuera». Dicho de otro modo y también por el mismo autor: «Cerrar la puerta de tu escritorio es la única manera de que los demás sepan que vas en serio y que no deben molestarte».
Afirma Murakami sobre el final del libro que su epitafio ideal sería «Al menos aguantó sin caminar hasta el final». Lo dice recordando una anécdota propia que le sucedió cuando fue a correr la originaria maratón a Grecia. Por lo visto un montón de artistas y famosos ya habían hecho lo mismo antes con el consiguiente reportaje fotográfico, pero de cara a la galería. Por lo visto es habitual correr unos cinco kilómetros en distintos puntos de la carrera, posar delante del objetivo y con ello ya se cumple. Cuando Murakami supo de esta práctica se indignó, obviamente. Nada más indigno para un fondista o un escritor que falsear la base. Por supuesto, el artista pasará la realidad por la pátina de la ficción, pero nunca la traicionará. No tiene sentido escribir un ensayo sobre el acto de correr si no has corrido. Aberrante también sería hablar de escribir sin haber escrito o de respirar sin haber respirado. Murakami corrió los 42 kilómetros y pico seguido del fotógrafo pero no para destacarse contra los que no acabaron, sino por puro homenaje a la experiencia, única fuente del arte, sea vital o libresca. Después de esto, el japonés ha continuado con su doble tarea, pues no se trata de correr una maratón sino de correr, del mismo modo que no se trata de escribir un libro, sino de escribir. Ya se dijo al principio que hablábamos de obreros, de narradores de fondo: no de velocistas.
martes, junio 08, 2010
Confabulario, Juan José Arreola
R.B.A., Barcelona, 2010. 157 pp. 17 €
Ignacio Sanz
Arreola se hacía querer. En invierno vestía con una capa española que de daba un aire algo extravagante, que él mismo acentuaba con sus amagos sempiternos, su pavor a las muchedumbres, sus desplantes y sus manías. Le daban miedo las gentes a las que él arrebataba con el calor alocado de su plática florida. Yo soy un impostor, decía, qué pueden esperar ustedes de mí. No me hagan caso. Y luego se dedicaba a exaltar a las clases populares que cantan y cuentan y tienen el dominio intuitivo de la lengua, de la música de la lengua, que él dominaba como un gran contorsionista verbal. O hablaba con cariño de las confidencias y complicidades que se traía con Borges en mesas redondas, seguidas por cientos de estudiantes fervorosos. Y no disimulaba un cierto desdén hacia la gramática enredosa que solo había servido para proporcionar trabajo a esos profesores que se engolfaban en las reglas y se olvidaban de trasmitir la pasión por la literatura que él había aprendido en las retahílas y en las cancioncillas infantiles que le había trasmitido su abuela. El pueblo es sabio y habla de espaldas a las normas gramaticales. Y lo hace bien, sostenía con énfasis.
Tuve la suerte de conocerle y no lo olvidaré mientras vida. Era apasionante porque era descreído de las pompas académicas. Ignoro qué asunto espinoso le habría llevado a mantener algunas diferencias con Rulfo, su paisano jalisqueño. Había ejercido veinte oficios manuales, pero su paso por una imprenta le cambió para siempre.
La sombra de Arreola es muy alargada. Como su vida. En De memoria y olvido, la semblanza con la que se abre este libro, el lector puede rastrear sus orígenes humildes, su amor a la lengua, que no a la gramática, y su pasión por la cultura popular, pero también su amor por los clásicos. «Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka... Vivo rodeado de sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.»
Este es Juan José Arreola, un escritor cultísimo que se había formado en Francia y que, frente a la visión localista de Rulfo, creó un universo de personajes más cosmopolita o, si se quiere, menos pegados a la tierra. Tocado por el surrealismo, con ciertos toques absurdos, trabajaba el estilo con minuciosidad elegante y afilada.
Confabulario es su libro por excelencia, el que mejor le define, el que resume como ninguno su pasión creativa e innovadora, el que se edita y reedita. Los cuentos que lo forman andan por ahí salpicando todas las antologías. La suya es una obra provocadora que se multiplica y desconcierta.
Veamos como empieza su Parábola del trueque, uno de sus célebres cuentos:
«Al grito de “Cambio esposas viejas por nuevas”, el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.»
¿Quién, tras este comienzo, no se siente motivado a seguir leyendo? Eso es lo que tiene Arreola, que nos pone en la primera frase el caramelo en la boca, que nos sacude con su magia perturbadora.
A estas alturas, uno piensa que Arreola ya ha sido leído por delante y por detrás, que cualquier lector, a poco avisado que sea, se ha tropezado muchas veces con sus textos fragmentados, pero quien sabe, quizá los más jóvenes, abrumados por las reglas gramaticales que él odiaba, no han tenido ocasión de entrar en su obra. Y entonces, aquí está este libro esencial y vanguardista, editado y reeditado mil veces, que contiene piezas tan memorables como el propio Arreola, tan inteligente, tan corrosivo y tan libérrimo.
Ignacio SanzArreola se hacía querer. En invierno vestía con una capa española que de daba un aire algo extravagante, que él mismo acentuaba con sus amagos sempiternos, su pavor a las muchedumbres, sus desplantes y sus manías. Le daban miedo las gentes a las que él arrebataba con el calor alocado de su plática florida. Yo soy un impostor, decía, qué pueden esperar ustedes de mí. No me hagan caso. Y luego se dedicaba a exaltar a las clases populares que cantan y cuentan y tienen el dominio intuitivo de la lengua, de la música de la lengua, que él dominaba como un gran contorsionista verbal. O hablaba con cariño de las confidencias y complicidades que se traía con Borges en mesas redondas, seguidas por cientos de estudiantes fervorosos. Y no disimulaba un cierto desdén hacia la gramática enredosa que solo había servido para proporcionar trabajo a esos profesores que se engolfaban en las reglas y se olvidaban de trasmitir la pasión por la literatura que él había aprendido en las retahílas y en las cancioncillas infantiles que le había trasmitido su abuela. El pueblo es sabio y habla de espaldas a las normas gramaticales. Y lo hace bien, sostenía con énfasis.
Tuve la suerte de conocerle y no lo olvidaré mientras vida. Era apasionante porque era descreído de las pompas académicas. Ignoro qué asunto espinoso le habría llevado a mantener algunas diferencias con Rulfo, su paisano jalisqueño. Había ejercido veinte oficios manuales, pero su paso por una imprenta le cambió para siempre.
La sombra de Arreola es muy alargada. Como su vida. En De memoria y olvido, la semblanza con la que se abre este libro, el lector puede rastrear sus orígenes humildes, su amor a la lengua, que no a la gramática, y su pasión por la cultura popular, pero también su amor por los clásicos. «Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka... Vivo rodeado de sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.»
Este es Juan José Arreola, un escritor cultísimo que se había formado en Francia y que, frente a la visión localista de Rulfo, creó un universo de personajes más cosmopolita o, si se quiere, menos pegados a la tierra. Tocado por el surrealismo, con ciertos toques absurdos, trabajaba el estilo con minuciosidad elegante y afilada.
Confabulario es su libro por excelencia, el que mejor le define, el que resume como ninguno su pasión creativa e innovadora, el que se edita y reedita. Los cuentos que lo forman andan por ahí salpicando todas las antologías. La suya es una obra provocadora que se multiplica y desconcierta.
Veamos como empieza su Parábola del trueque, uno de sus célebres cuentos:
«Al grito de “Cambio esposas viejas por nuevas”, el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.»
¿Quién, tras este comienzo, no se siente motivado a seguir leyendo? Eso es lo que tiene Arreola, que nos pone en la primera frase el caramelo en la boca, que nos sacude con su magia perturbadora.
A estas alturas, uno piensa que Arreola ya ha sido leído por delante y por detrás, que cualquier lector, a poco avisado que sea, se ha tropezado muchas veces con sus textos fragmentados, pero quien sabe, quizá los más jóvenes, abrumados por las reglas gramaticales que él odiaba, no han tenido ocasión de entrar en su obra. Y entonces, aquí está este libro esencial y vanguardista, editado y reeditado mil veces, que contiene piezas tan memorables como el propio Arreola, tan inteligente, tan corrosivo y tan libérrimo.
Etiquetas:
cuento,
cuentos,
literatura latinoamericana
| Opina: |
lunes, junio 07, 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
