viernes, marzo 05, 2010

Al pie de la escalera, Lorrie Moore

Trad. Francisco Domínguez Montero. Seix Barral, Barcelona, 2009. 384 pp. 19 €

Miguel Sanfeliu

Desde que Lorrie Moore publicó su magnifico libro de relatos Pájaros de América, hasta ahora, cuando aparece la novela Al pie de la escalera, han pasado más de diez años. Demasiado tiempo. Cuanto más tarda un autor en sacar un libro, más le exige todo el mundo, quizá porque se sospecha que debe estar enfrascado en la redacción de la Gran Novela Americana, esa quimera que tantos ríos de tinta hace correr. En todo caso, Al pie de la escalera se puede englobar en el grupo de las novelas post 11-S, en el sentido de que la acción se inicia precisamente unos meses después del atentado de las Torres, y los ecos de ese suceso resuenan en diversos momentos.
La historia nos la cuenta Tassie Keltjin, una joven que ha salido de su pueblo, Dellacrosse, para trasladarse a la ficticia ciudad de Troy, situada en el Medio Oeste, y acudir a la universidad. Necesita buscarse un trabajo de “canguro” con el que obtener algunos ingresos, por este motivo se presenta a varias entrevistas, hasta que encuentra a Sarah Brink, mujer que dirige un restaurante de cocina francesa, y que quiere adoptar un niño. Sarah y su marido, Edward, pertenecen a la clase media alta. Sarah no duda en implicar a la joven Tassie en todo el proceso de adopción, con lo que ello supone: desplazamientos, entrevistas, nervios… Un peregrinaje en el que se habla de niños como si fueran mera mercancía: “Si esto no funciona con Amber, tenemos muchos bebés en el mercado internacional. Hasta ahora hemos tenido mucha suerte con Sudamérica. El mercado se ha reabierto en Paraguay, y en otros países también. Y ten en cuenta que no todos son morenos. Han recibido mucha influencia de Alemania, y algunos de estos niños son preciosos, muy rubios, o de ojos azules, o las dos cosas”.
Finalmente entra en sus vidas la pequeña Mary-Emma, una niña afroamericana. Las cosas parecen ir bien al principio. Tassie se lleva muy bien con la niña, y la saca a pasear, y disfruta aparentando que es la madre. Se matricula en asignaturas como Bandas Sonoras del Cine Bélico; Introducción a la Cata de Vinos o Introducción al Sufismo. Conoce a Reynaldo, un muchacho que dice ser brasileño y con quien vive una aventura. Sin embargo, de pronto ocurre un pequeño incidente que es capaz de hacer tambalear los cimientos sobre los que se sostiene este confortable entorno. Las reuniones de familias que han adoptado a niños afroamericanos, y que tienen lugar en la casa de Sarah, mientras Tassie cuida arriba a los pequeños, reflejan los prejuicios, las intenciones ocultas, el egoísmo de cierto sector de la sociedad estadounidense a la que Lorrie Moore, según sus propias palabras en una de las entrevistas que ha concedido, propina “un pequeño golpe bajo”. Gradualmente, Tassie será testigo de la falsa moral, el racismo y la hipocresía de ese mundo cuyas voces escucha a través del hueco de la escalera.
Se trata de una novela de iniciación, del paso de la adolescencia a la edad adulta. Tassie no es la misma al final del libro, y el lector tampoco sale indemne de ese proceso. La historia nos envuelve y nos va arrastrando con suavidad, involucrándonos en los avatares de la adopción, en los trámites, en las frías conversaciones, en las clases de Tassie, en su rutina y su forma de ver el mundo, sus reflexiones no exentas de humor. Y luego, las cosas muestran su lado oculto, empiezan a desvelarse los secretos y el entorno confortable se vuelve asfixiante.
Lorrie Moore tiene una especial habilidad para escarbar en la superficie de las cosas. Su voz narrativa suena irónica, utiliza el humor incluso en momentos en los que éste puede sonar inapropiado. Su lenguaje es transparente y la novela discurre linealmente, implacable, hacia su planificado final. Su forma de escribir demuestra que no se trata de una escritora que deje nada al azar, sino que sabe desde el principio dónde se dirige. Se demora en la parte en la que narra el proceso de adopción, lo cual contrasta con una segunda parte que transcurre más rápida y en la que se se acumulan más acontecimientos, más golpes de efecto. Lorrie Moore pasa de la comedia al drama con la habilidad de un prestidigitador, cogiéndonos por sorpresa y sin que sepamos dónde está el truco. Hasta la escena más inverosímil, aquella que roza el terreno de lo onírico, nos llega al corazón y nos conmueve.

jueves, marzo 04, 2010

Serena Cruz o la verdadera justicia, Natalia Ginzburg

Trad. Atalaire. Acantilado, Barcelona, 2010. 152 pp. 12 €

Alejandro Luque

En un café, tres amigos se desayunan con la misma noticia: un grupo de estadounidenses de una organización caritativa ha sido detenido en la frontera de la República Dominicana cuando trataba de sacar a 33 niños haitianos de su país. “Qué horror, quién puede secuestrar a esas criaturas”, dice uno. “Allí donde se los lleven, estarán mejor que en su casa”, dice otro. “Seguro que iban a prostituirlos”, tercia el último. Son tres comentarios habituales que dejan ver las trampas y los lugares comunes a los que tan frecuentemente cedemos cuando hablamos de menores, adopciones y tutelas.
Natalia Ginzburg (1916-1991) quiso abordar una controversia análoga en una serie de textos que conforman el libro Serena Cruz o la verdadera justicia. El caso en cuestión es el de una humilde familia turinesa que a finales de los 80 acogió a una niña filipina, hallada en un contenedor de basura de Manila y trasladada a Italia sin expediente de adopción, bajo simulación de ser el fruto de una relación adulterina. A pesar de que la niña se adaptó con rapidez a su nueva vida y demostró notables progresos, el Tribunal de Menores italiano intervino y se abrió un proceso que desembocó en la retirada de la custodia a los padres adoptivos, con la subsiguiente polémica —tan italiana, por otra parte— entre partidarios y detractores.
Ginzburg, la más vehemente abanderada de permitir que la niña siguiera al lado de sus nuevos padres, se propone entonces desgranar concienzudamente todas las circunstancias del caso, con opositores de la talla de Norberto Bobbio, poniendo el acento en el bienestar de Serena y en el horrible daño que la justicia iba a infligir al matrimonio al arrebatarla de sus brazos. No resulta fácil aceptar todos y cada uno de los puntos de vista de la autora, pero al cabo el lector acaba entendiendo al menos dos cosas: Una, que no se trata tanto de imponernos su parecer como de obligarnos a reflexionar por un instante sobre cuestiones en las que solemos pensar con ligereza; y dos, que lo que subyace en el texto es una durísima invectiva contra la deshumanización de los jueces —aferrados a la letra de la ley e incapaces por ello de interpretar la realidad con cierta perspectiva— y del sistema en general, pues los trabajadores sociales y las instituciones de acogida también se llevan su parte. El enemigo a batir son los tibios, según la bíblica acepción, y contra ellos arremete sin concesiones.
Aunque de familia turinesa, Ginzburg debió de recibir de su Palermo natal la idea de familia —chistes de mafiosos aparte— como asunto central de la vida italiana. Dicha idea atraviesa sus obras capitales, desde Las palabras de la noche a Léxico familiar, pasando por la novela epistolar Querido Miguel. Pero advertimos de que su enfoque tiene muy poco que ver con la visión integrista de familia que suele exhibir la Conferencia Episcopal española. Su opinión del aborto, presente también en los ensayos de Ginzburg, es por ejemplo de un laicismo sin fisuras.
Encendida de pasión, la escritora camina a veces por la cuerda floja de la demagogia. Por un lado, es consciente de que el Estado debe extremar las precauciones y garantías antes de entregar a un niño a unos padres adoptivos, pues los errores en este sentido suelen tener consecuencias irreparables; y, por otro, se exaspera al desentrañar la tupida red de trabas burocráticas que retrasan los expedientes. También cae en la tentación de apelar al desamparo para justificar el comportamiento del matrimonio protagonista. «Los ciudadanos —escribe— forman parte del Estado. Tienen todo el derecho a ser socorridos por el Estado cuando sufren graves problemas. Es un estricto deber del Estado socorrerlos. No lo cumple. No no lo cumple, aunque debería hacerlo. No lo cumple, y en cambio hace trizas a las familias. Separa a los hijos de los padres. A los hermanos de los hermanos. Entonces, ¿qué debemos pensar de un Estado así?».
O recurre al socorrido principio de proporcionalidad para comparar este caso con la corrupción generalizada del país, de modo que el asunto de Serena Cruz parece pecata minuta: «Si lo pensamos en el marco de todo lo que sucede hoy en Italia [el libro apareció en 1990], si lo pensamos junto a otros fraudes innobles, abyectos y siniestros que se cometen a diario, por motivaciones abyectas e innobles, entonces el burdo engaño de este hombre, si es que lo hubo, parece un engaño leve».
La argumentación de Ginzburg es no obstante tan vigorosa y emocionante que imposibilita la indiferencia y estimula un debate, necesario aún hoy, que no siempre tiene la suerte de ser planteado desde la buena literatura.

miércoles, marzo 03, 2010

La piel afilada. Bestiario de amantes, Josan Hatero

Alfaguara, Madrid, 2010. 232 pp. 17 €

María Ruisánchez Ortega

La portada de este libro, en la que un dedo dibujado sobre unos labios de una mujer también dibujada, pero que cobra vida, y te susurra: Suuu, es un secreto, te llama, incitándote a abrirlo. Si te atreves, busca la soledad, permanece en silencio y déjate llevar porque vas a aprender, vas a reír, sentirás tristeza, una nostalgia agarrándose a tus recuerdos, y a cambio, tu imaginación va a volar, reconociéndose en las páginas, recordando a los amantes que has tenido y soñando con los que vendrán.
Una faja roja con una llave nos pregunta a modo de reclamo: ¿y tú que tipo de amante eres? Una pregunta francamente difícil de contestar, incluso habiéndote leído el libro de cabo a rabo, definición por definición... Ya que cuesta reconocerse, quizá sea porque una sola definición no nos alcance, quizá sea porque con cada persona, amante, aventura o delirio ocupamos roles distintos.
Estés o no en el catálogo de La piel afilada disfrutarás sumergiéndote en ese apasionante recorrido de amantes, personas y modus operandi que has sido, eres o serás. La idea de recopilar amantes en un bestiario nace, según Josan Hatero, de la conjunción de otros tres libros: Las ciudades invisibles de Italo Calvino, El libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges y Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters; de la pregunta que el propio autor se hizo, cuántos tipos de amantes hay; y de la necesidad de catalogarlos. Así que este libro es un compendio de maneras de amar, actuar y desear. Definiciones intercaladas por testimonios de personas que hablan de su propia experiencia, de sus relaciones, y que nos dejan un profundo regusto a melancolía, pues todas ellas están solas, han amado, han perdido, pero siguen caminando, unos comprendiendo que eso es la vida, y otros anhelando esa mitad que les haga más llevadero el viaje. Os transcribo uno: «Me llamo Sonia. Estoy divorciada. tengo treinta y un años. Vivo sola. Tres semanas después de que él se fuera, descubrí que había olvidado su segundo apellido. Seis años de casados y no podía recordar su segundo y estúpido apellido. Busqué nuestras viejas fotos, como si la expresión de una cara o su mirada o un gesto de sus manos pudiera hacerme recordar. Miré todas las fotos una por una y, tras tres semanas de pura ausencia, eché a llorar. Su segundo apellido era lo único de él que había conseguido olvidar.»
Estos testimonios son interjecciones, hondas voces en primera persona que dan vida al rosario de amantes, que recuerda a aquel anuncio de Coca Cola: para los listos, para los tontos, para los altos, para los bajos, para los feos, para los guapos... Para todos, pero con nombres mucho más evocadores, hay amantes narcolépticos, afilados, contables, enterrados, ausentes, exploradores, sin remedio, turistas, boomerangs... Cada uno con su particular definición, que los describe escudriñándolos, relatando paso a paso, cómo respiran, se mueven, te desean, te aman o te olvidan. El autor unas veces recurre a la enumeración de virtudes o defectos que tiene ese tipo de amante, y otras, en cambio, te traslada a una típica situación que acontecería con ese particular amante. Logrando entonces que viajes hasta ellos y te conviertas en el objeto de su deseo. Es por tanto un libro intenso, pero imprescindible para conocerse a uno mismo.
Goza también Josan Hatero de un fino sentido del humor, que si no provoca la carcajada, sí que logra esbozar sonrisas límpidas, sanas... Recurre en muchas ocasiones a la falsa cita, lo cuál, ya en sí es divertido porque eleva el amor a la categoría de ciencia, con expertos amantólogos que se dedican a estudiarnos al igual que los entomólogos catalogan insectos. Por cierto, dicen que hay miles de especies de insectos sin descubrir, de la misma forma creo que Josan Hatero ha hecho un excepcional trabajo con su cazamariposas, pero me gustaría pensar que hay cientos de amantes esperándonos, aún sin catalogar, para sorprendernos. Entre mis definiciones favoritas están los amantes dinosaurios que cuando te despiertas, todavía están ahí, o los Bartleby que preferirían no hacerlo.
Es inevitable preguntarse al leer el libro, cuál de ellos será uno mismo, pero cómo decía, esta pregunta no es nada sencilla. A menudo nos resulta mucho más fácil reconocer a los otros, que a nosotros mismos, será porque desde nuestro interior, no tendremos perspectiva, somos sumamente subjetivos. No obstante, Josan Hatero, en un guiño al lector, se defiende a sí mismo con el epígrafe del recopilador y nos habla de sus propósitos: estudiar diferentes especies para entender quién es, cuál es su lugar, por qué le gusta tanto la soledad, y que sentido tienen todo esto. No sé si habrá conseguido contestarse escribiendo el libro, pero sin duda ha conseguido que el lector ponga en marcha ese mismo mecanismo. La búsqueda, la intensidad del recuerdo y la ensoñación te persiguen paso a paso, página a página, porque después del sexo ya no eres igual, ya nada puede ser lo mismo.
No se puede comentar La piel afilada sin mencionar las maravillosas ilustraciones de Montse Bernal, que acompañan perfectamente la narración, dotándola de ese encanto que tienen las miradas perdidas y los labios rojos. La belleza de los trazos, la pulcritud de sus dibujos acompaña a la belleza de las palabras de Hatero, y al final el libro se convierte en un compendio de hermosura, para amantes Stendhal (se me permita sumar uno a la lista) sobre las páginas, en rojo y negro, que logra sacudirte todos los sentidos y dejarte embelesado. Un libro, en conjunto, francamente hermoso.

martes, marzo 02, 2010

El ruido eterno, Alex Ross

Trad. Luis Gago. Seix Barral, Barcelona, 2009. 800 pp. 24 €

Alberto Luque Cortina

El siglo XX, ya veremos lo que viene, ha sido un siglo de iconos culturales proyectados con el potente foco de los mass media. Se me ocurren algunos nombres: Marilyn, Ché Guevara, Picasso, los Beatles, Einstein, Mickey Mouse, ¿seguimos?, aquí cabe todo el mundo. En este santuario multitudinario escasean los compositores de la mal llamada música “clásica”. Salvo contadas excepciones —Stravinsky sería una de ellas—, sus nombres son sólo conocidos, y venerados, por un número reducido de fieles. Es como si las grandes estrellas del rock y del pop hubieran relevado a aquellos del papel social que en el XIX cumplían los Wagner, Verdi, Mahler.
El repertorio del XX, especialmente el de su segunda mitad, no es precisamente popular. Existen, desde luego, muchas causas para que esto suceda, pero ninguna lo justifica. Curiosamente, incluso entre quienes atesoran versiones de las variaciones Goldberg, hay una tendencia a identificar la música del XX con el “ruido”, prejuicio infundado, pues si algo define a este periodo es su fascinante diversidad. Alex Ross (1968), crítico del New Yorker, ha intentado poner orden en este gran fresco musical de un siglo, por lo demás, convulso en todos los órdenes sociales.
Los no iniciados en la música contemporánea, y por extensión en la de las primeras décadas del XX, podrían leer esta introducción con recelo: al fin y al cabo no parece que el tema resulte, en principio, apasionante. De nuevo, los prejuicios. El ruido eterno, apropiadamente traducido por Luis Gago, es un libro muy interesante, riguroso y ameno, pero sobre todo es una guía fiable para adentrarse en un archipiélago sonoro alucinante, accesible para el oyente a través numerosos sitios en Internet, comenzando por el blog del Alex Ross y siguiendo por algunas webs gratuitas, como Spotify, donde el lector podrá ilustrar musicalmente las explicaciones del autor.
Así, de la mano de Ross, podemos adentrarnos en un siglo muy estimulante dominado por la sombra de Arnold Schoenbeg, de quien Strauss afirmó: «Sería mejor si se dedicara a quitar nieve con una pala que a llenar pentagramas de garabatos». Hasta la “venida” de Schoenberg, gurú del atonalismo y el dodecafonismo, los hallazgos sonoros de Debussy, del propio Strauss, o incluso de Stravinsky —no olvidemos que Schoenberg compuso Ewartung en 1909, cuatro años antes de la Consagración—, podrían considerarse tímidos intentos de encontrar nuevos caminos a los abiertos por la música tonal. El compositor vienés exhibió también una presunta, y a veces desafiante, indiferencia ante las reacciones que su música pudiera provocar entre el público, filosofía que asumieron algunos de sus herederos musicales con ferocidad combativa.
En realidad, esta actitud no era muy diferente de la adoptada por los artistas plásticos de las primeras vanguardias del siglo XX, reflejo del cambio que se estaba produciendo en la forma de entender el arte. Basta con recordar que una de las obras más influyentes del arte contemporáneo es… el urinario que en 1917 Duchamp expuso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. La referencia a Duchamp no es gratuita, pues también ejerció una fuerte influencia sobre los jóvenes músicos, por ejemplo sobre Cage, que en 1952 estrenó 4´33´´ una composición en tres movimientos en la que el pianista no toca una sola nota (en Youtube puedes ¿escuchar? sus versiones para solista —con David Tudor, su mejor intérprete— u orquesta, y que cada cual saque sus propias conclusiones). Elliot Carter, al referirse a su segundo cuarteto (1959) comentó muy schoenbergianamente: «Decidí escribir por una vez una obra muy interesante para mí mismo y mandar al infierno al público y también a los intérpretes».
Partiendo de que estos apuntes, casi capturados al “azar”, pueden transmitir una imagen frívola y distorsionada de estos compositores a quien desconozca su trayectoria, evidencian el distanciamiento creciente entre los músicos y el público, en un intento de los primeros por hallar nuevas dimensiones sonoras. Es cierto que algo parecido sucede con la pintura o la escultura, pero para desgracia de los músicos, que tienen que vivir de subvenciones, la música no se subasta en Sotheby´s.
En realidad, este paseo por la música del siglo XX es también un repaso a nuestra historia reciente: la república de Weimar, el New Deal, los totalitarismos, o la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias: el macarthismo o la escuela de Darmstadt, ese laboratorio musical creado en la ciudad alemana tras la guerra que acabó convocando a músicos como Messiaen, Ligetti, Kagel, Nono, Boulez, o Stockhausen, entre muchos otros. Sin perder su interés, es cierto que, en ese recorrido, el “canon” de Ross puede resultar discutible, especialmente por lo que se refiere a la importancia que da a los músicos estadounidenses. La relevancia, por ejemplo, que otorga a Gershwin o a Copland contrasta con la práctica ausencia de compositores británicos como Vaughan Williams, Finzi o Walton, que si bien no fueron “rompedores”, ocupan su lugar en la música del XX.
Las ausencias y las presencias son siempre controvertidas en una obra de estas características, más aún en una historia demasiado reciente y aún inconclusa. El asunto pierde interés si consideramos que la música contemporánea ha provocado, precisamente, la desintegración del canon; sólo de este modo adquiere sentido la afirmación de Cage: «Amo los sonidos tal y como son». ¿Virgil Thomson antes que Varèse? ¿Realmente importa? En último extremo, esta atomización de la música conduce a la exaltación del gusto particular y resuelve también la cuestión de por qué la música contemporánea no es popular. La respuesta llega con la negación de la pregunta: qué importa. La popularidad no es, per se, un criterio artístico. Cada música busca a su oyente y este libro es una sugerente invitación a que cada cual encuentre la suya.

lunes, marzo 01, 2010

No hay camino al paraíso, José Ángel Barrueco y Javier Das

Ya lo dijo Casimiro Parker, Madrid, 2009. 182pp. 7 €

Sofía Castañón

Nacemos con la certeza de que tarde o temprano tocará recoger un testigo. Una cuota por estar o la garantía de la huella, como el derecho a certificar que uno fue, permaneció. Si entendemos este testigo como una inevitable herencia son los padres quienes llevan una vuelta de ventaja en esta carrera de relevos, quienes han de pasarlo. La antropología distingue entre padre cultural y padre genitor. Y en este libro —que son dos— de la joven y enérgica editorial Ya lo dijo Casimiro Parker, ambas distinciones están presentes como ejes de cada poemario.
Fue Hank Bukowski el que dijo que no había camino al paraíso y mucho han recuperado estas palabras repletas de agnosticismo para construir su discurso. En 1993 era el dramaturgo Jesús Cracio quien estrenaba una obra con el mismo título. Y con mucho acierto la editorial que coordina Marcus Versus lo ha tomado para este volumen. Porque, si el paraíso es la herencia legítima, algo se ha roto en la cadena, una orfandad llega de pronto para desconcertar a las voces de este libro.
La obra, como ya apunta en su prólogo el poeta David González, gira en torno a la figura del padre y el tema se afronta con tonalidades completamente distintas. El poemario de José Ángel Barrueco, Le aplastaré con mis versos, deja clara ya en el título la intencionalidad de su creación, el leiv motiv emocional. A los problemas propios de la adolescencia se suma el desencanto de perder al referente, así su poema “La caída del héroe”, en el que Luke Skywalker transmuta a Darth Vader. Aunque hubo otro tiempo feliz, apenas quedan dos estampas. El distanciamiento lo ilustra Barrueco con la imagen del desamparo: “no hay nada/ tan triste en la noche/ como un hijo fingiendo/ su sueño para no hablar con su padre.” En tres partes, los poemas sostienen la narración de un proceso, de un dolor y un enfrentamiento hasta que el tiempo dispone los cuerpos alejados y cada uno encuentra la familia que buscaba. Las paredes de un cuarto juvenil que en uno de los poemas se quedan desnudas, reflejo de quien destruye a su paso, acaban por llenarse de versos que Barrueco entiende como “piedras”, que arroja en un acto de justicia sin olvidar la importancia del gesto.
El otro padre, el cultural, es el eje de Sin frío en las manos, segundo poemario de Javier Das, en el que se ve cómo crecer supone ir aprendiendo los resortes de la pérdida. Un avance reflexivo en la distancia, como un viaje iniciático, articulado por los poemas que muestran la evolución de una enfermedad y la desaparición de una luz. Tan autobiográfico como el poemario de Barrueco, Das dialoga con el tiempo transcurrido, y se reconoce a la vez huérfano y rico en herencia vivencial. Poemas como “Algo está cambiando” o “La del bote negro” plasman un dolor propio y plenamente empático, la historia personal se convierte en colectiva a través del lenguaje sencillo y revitalizado del poeta, que hábilmente gestiona las emociones y lejos de encharcar a borbotones los espacios entre los versos, diluye una pena que gotea, devasta y conmueve. El relato, cuya secuenciación se sirve de la misma técnica que la de Barrueco, no concluye en la muerte, sino que aborda el terrible día después, el desalojo, las cajas empaquetadas, el móvil que, si vuelve a sonar no habrá quién responda. Las marcas de una persona que se tornan efímeras (“que alguien me explique/ cómo rescato su voz”), las ganas de querer aprehender algo que ya se ha perdido.
Los dos poemarios de No hay camino al paraíso son testimoniales y hablan sobre la pérdida. Decir que responden al perfil de una literatura que busca el conocimiento del yo, que sirve a modo de terapia, sería banalizar el ejercicio que Javier Das y José Ángel Barrueco han desarrollado para elaborar sus relatos, proyectarlos sobre sus versos. La construcción de ambas historias es sólida, y no sólo por su aplastante verdad. Es sólida por la certeza que el lector tiene de que aquello es cierto, aunque no necesariamente sea así. Uno de los grandes pecados que se achaca a la poesía de tipo confesional es que no llega, porque no se reelabora, porque acaba siendo un diario personal más, versificado. Aquí, quien agarre estos poemarios, no tiene por qué conocer la biografía de sus autores. Ni importarle si la materia de esos poemas es vivencial o no. Es real, esas historias existen. Y tenemos el privilegio de vivirlas un poco desde su lectura. De aprender un poco de lo que vivieron sus protagonistas. De aceptar que hay otros caminos y que el paraíso es un cuento