viernes, noviembre 13, 2009

El mapa de la vida, Adolfo García Ortega

Seix Barral, Barcelona, 2009. 544 pp. 19 €

Ignacio Sanz

Me interesó mucho El comprador de aniversarios, de Adolfo García Ortega, la novela anterior a la que suscita este comentario, sobre todo por el punto de partida. Toma como protagonista a un niño al que se refiere Primo Levi, un niño judío deforme sometido a las torturas y privaciones propias de un campo de concentración, objeto de mofas por parte de unos y objeto también de los cuidados y protección de los presos. El niño murió, como es lógico, pero lo que hace García Ortega es imaginar vidas para esa vida truncada. De esta manera el niño vive al menos sobre el papel las vidas posibles que el autor alienta en su imaginación.
El mapa de la vida parte de otro hecho trágico: los atentados del 11 de marzo en la estación de Atocha de 2004. Las primeras páginas son terribles porque nos habla con la distancia que lo haría un entomólogo de cada uno de los individuos que iban en los trenes de Atocha y nos describe su vida con pequeños detalles, su procedencia, su trabajo, sus circunstancias familiares. Y nos describe también de manera minuciosa cómo el atentado revienta los cuerpos y expande los miembros y hace que la sangre corra y se confunda con la ropa desgarrada. Por supuesto, no se recrea en todo ello, tan solo relata con objetividad y distancia.
Tras ese comienzo impactante la atención de Adolfo García Ortega se centra sobre todo en dos personajes que salvan su vida, Gabriel y Ada; son personajes que andan en la mitad de la existencia, con una vida propia perfectamente conformada; Gabriel diseña montañas rusas y Ada es especialista en el Renacimiento Italiano, en concreto en Giotto y en Fra Angélico. A los dos le ha sorprendido el atentado por un puro azar ya que no eran usuarios habituales de los trenes y los dos quedan tocados, no sólo por las consecuencias físicas que tienen que arrostrar; hay una desazón latente que se les remueve por dentro, algo que les impulsa a romper con la vida sentimental que llevaban hasta ese momento, una vida sobre todo en el caso de Ada, perfectamente burguesa. Y ahí comienza la novela, en ese descubrimiento mutuo, en esa nueva dimensión de sus vidas, unas vidas en las que, de pronto, aparece la condición angelical, aunque no a la manera que la entendemos a través de la herencia cultural cristiana, sino de una forma difusa. Lo cierto es que ambos están tocados por una gracia propia de los seres alados.
Como contrapunto a estos dos personaje, centrales en la novela aparece también Sayyid, un musulmán iluminado que, por si no hubiera tenido bastante con lo ocurrido, proyecta nuevos atentados para purificar la atmósfera pecaminosa que se desparrama en las calles de Madrid. La muerte redime al infiel, nos dice. La muerte salva a los dos, a quien mata y a quien es matado, por tanto, la muerte es buena. Al fin, es un designio divino.
De este modo se entrecruzan dos universos contrapuestos, que siguen ahí, latentes, observándose con recelo, aunque se toleran sobre el papel, pero que viven enfrentados desde los propios textos religiosos que legitiman acciones de barbarie como las padecidas aquel día aciago en Madrid. Su lectura me ha recordado la tesis de enfrentamiento radical que al respecto mantiene el novelista Martín Amis, cuando habla de la ingenuidad de la civilización cristiana, en cuya estela se coloca García Ortega.
Pese al drama y a las circunstancias que describe, El mapa de la vida no está carente de sentido del humor y de escenas de ternura que hacen más transitable la atmósfera densa que retrata.

jueves, noviembre 12, 2009

Sanshiro, Natsume Soseki

Trad. Yoshino Ogata. Impedimenta, Madrid, 2009. 330 pp. 21.95 €

José Manuel de la Huerga

Pobre Sanshiro. Del pueblo a la Universidad de Tokio. Y todo se le atraganta. En medio de ninguna parte. Su madre le dice: no quiero que te cases con ninguna chica de Tokio, a ésas no hay quien las entienda. Su amigo Yojiro le sentencia: qué mala cara tienes, parece que tienes el mal de fin de siglo. Del siglo XIX. Ya saben, lo de la abulia y el hastío de vivir. Y él es consciente. Lo suyo no llegaba a ser una pose a la moda. Era simple y llanamente despiste. Despiste porque se encuentra en un interesante y desfigurador cruce de caminos: del Japón medieval al moderno de la Era Meiji, con chicas que deciden si quieren o no quieren casarse, con chicas que quieren posar o no para pintores, y dónde y cómo, profesores que no llegan a la cita de sus clases, y gente de valía que vive en el umbral de la miseria, todo regado con cenas literarias, artículos de revista que no dicen nada, veladas teatrales e inauguración de cuadros impresionistas.
Este es el delicado tránsito, un si es no es con que nos deleita el genial Natsume Soseki. Soseki es el padre de la novela contemporánea japonesa. Así por lo menos lo reconocen Kenzaburo Oé y Murakami. Intuyo que es su Pío Baroja, para que nos entendamos. Pero sin ese pesimismo enfermizo del impío don Pío, con un humor sutil desengrasante, bastante de levedad inteligente y eso que nos dejó escrito otro del cambio de siglo a la española, Antonio Machado: el arte es largo, y además no importa. Por lo demás, Soseki aprende rápido la manera de escribir de los europeos de comienzo del XX: no importa la causa-consecuencia pesada del positivismo realista, importa la creación de atmósferas, importa el personaje.
Soseki vivió un par de años en Londres, en ese cambio de siglo, en torno al 1902. Las debió pasar canutas. La experiencia le vino bien para inventar un granuja que ayuda a colarse en el mundo cosmopolita tokiota al pardillo de pueblo, al que le mete en embrollos económicos y mujeriegos. Debía de dar penita cuando le vio por primera vez, cuando le largo su receta, excelente: súbete a un tranvía, y da vueltas y vueltas hasta que te mezcles con esa ciudad que es la vida y la muerte, el nuevo Tokio.
Además la novela cuenta con el profesor que echa volutas de humo filosófico, divertido, guasón, escéptico, también tierno y cercano. Es Hirota. A él va a visitar Sanshiro varias veces, para pedirle consejo, por ejemplo sobre mujeres, nunca directo. Y en torno a él se urdirá una trama de honor y defenestración de la universidad que mostrará a un maestro en el arte del pasar de largo con volutas filosóficas.
La imposibilidad del amor hará del novato Sanshiro un hombre nuevo en la ciudad europea que ya era Tokio. Pensó en escribirle a su madre, Tokio no es una ciudad muy interesante. Pero se quedó dormido.

miércoles, noviembre 11, 2009

Cuentos completos, John McGahern

Trad. Gerardo Gambolini. Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2009. 578 pp. 23 €

Pepe Cervera

No tenía ni idea de la existencia de John McGahern. No había leído ni oído nada acerca de este escritor irlandés, hasta que hace pocas semanas mis dedos fueron a dar con el lomo de sus cuentos completos (Adriana Hidalgo editora — http://www.adrianahidalgo.com/) en la librería “Tres rosas amarillas” de Madrid. Ahora sé que nació y falleció en Dublín (noviembre de 1934, marzo de 2006) y que es considerado uno de los escritores más destacados de su generación. Sé que creció en el seno de una familia numerosa y que su padre fue un hombre severo, sargento de policía —casi con toda seguridad se trata del sargento del relato titulado "Tragos", donde las minucias que debe atender un policía rural y las elevadas cuestiones que afectan la vida de un topógrafo venido de la ciudad, se contraponen para ilustrar las desdichas del primero; pero también puede tratarse del padre estricto de "Reloj de oro” y sobre todo del sargento y padre del magistral “De antes”, uno de los mejores cuentos del libro a mi entender.
Ahora que lo he leído sé que las autoridades católicas irlandesas condenaron a McGahern cuando se publicó su segunda novela, titulada La oscuridad, que censuraron la obra —ahí están los conflictos religiosos que se plantean sus personajes, esas dudas espirituales que aportan a sus personalidades un componente de inequívoca zozobra, y una necesidad ineludible de reconocerse en esa comunidad hermética en la que viven— que prohibieron la obra, digo, y su autor fue despedido de su trabajo como maestro de escuela y tuvo que trasladar su residencia lejos de Irlanda. Otro enorme escritor, el norteamericano Jim Harrison, dice que “es importante escribir sobre lo que realmente conoces. El paisaje y la gente están totalmente conectados”. John McGahern también lo sabía, estoy seguro, conocía muy bien todo aquello sobre lo que escribió, se nota, sí, vaya si se nota. Él mismo dice en la contracubierta del libro que sus cuentos más difíciles fueron tomados directamente de la vida. Y ese es el argumento de sus cuentos: la vida. ¡Ahí es nada! Ni más ni menos que la vida. Es fácil deducir que la existencia de McGahern tiene mucho que ver con lo que son sus historias, de la misma forma que tiene mucho que ver la existencia de la gente de campo con la que convivió, el vínculo creado entre las personas y su entorno, lo que le sirvió para reflexionar sobre una época y los distintos niveles establecidos en esa sociedad —en “Corazones de roble y panzas de latón” un grupo de trabajadores de la construcción permite al autor explicar lo que para él representa esa clase social. Destacando la objetividad frente al sentimentalismo John McGahern utiliza la descripción de situaciones cotidianas para exponer los problemas políticos, los misterios del hombre, sus choques sociales. Por eso hay maestros de escuela en estos relatos, y hay granjeros y hay jubilados e inseminadores de ganado, y oficiales del ejército inglés y personajes de indudable abolengo y gente que en un momento dado abandonó su casa y esa misma gente que años más tarde es incapaz de oponerse al regreso.
El protagonista y narrador de “El oficial de reclutamiento” da en el clavo cuando dice: «La sensación de que, en esta vida, hacer una cosa da casi lo mismo que hacer cualquier otra». Así es, los héroes de estos cuentos carecen en cierta medida de voluntad; anhelan prosperar pero no luchan, saben que no servirá de nada, nadie conseguirá huir de donde se ha nacido por muy lejos que se llegue. Sin embargo, más que resignación, lo que transmiten es conformismo, el convencimiento de que la existencia les viene dada, ajena a todo esfuerzo, a todo azar. Las raíces están demasiado profundas en la tierra que los ha visto nacer y necesitan esa tierra para desarrollarse, necesitan su sustancia para seguir creciendo. La tierra. El terruño. Son héroes desesperanzados que no consiguen mantenerse lejos de esa irlanda rural. McGahern también es de los que regresó a su tierra en la década de los ’70 y allí siguió escribiendo y trabajando como profesor hasta su muerte. Ahora lo sé. Si los primeros relatos del volumen poseen un componente iniciático —como en “Lavin”, donde se narra de manera brusca y sin adornos la iniciación sexual de dos adolescentes—, o de considerable desorientación —como en “Mi amor, mi paraguas”, donde se recoge una de las más certeras y breves descripciones que he leído últimamente sobre lo que es un orgasmo femenino: «Hicimos otra vez el amor bajo la lluvia, ella la más fogosa, y después de derramada la simiente dijo “Espera” y, moviéndose sobre un pene moribundo bajo el paraguas que oscilaba en sus manos, tembló hasta lanzar un inarticulado grito de placer»—, los personajes de los últimos cuentos son más dóciles, menos vehementes, ya no esperan tantas cosas de la vida, aunque siguen formando parte de una sociedad que condiciona en exceso su carácter, en la mayoría de los casos, como cuando se enfrentan al orden establecido, para constreñirlos. No obstante las historias, ya digo, son más tranquilas, más melancólicas, de tal forma en el dramático y hermoso “Amor al mundo” —al reflexionar sobre su propia vida, uno de sus personajes dice que lo único que ha hecho es “estar” y que incluso donde en ese momento se encuentra todo sigue siendo muy interesante, a veces incluso demasiado interesante. Y no puede estar más en lo cierto, porque estos cuentos convierten en trascendental las situaciones más triviales, en pepita de oro al más miserable guijarro.
Ahora que lo he leído sé que John McGahern escribió siete novelas, varias obras teatrales y guiones para series de televisión, sé que es considerado el sucesor de James Joyce, aunque también sé que no hace falta compararlo con nadie para apreciarlo como uno de los grandes. Y sé que escribió los 30 relatos que se incluyen en su libro Cuentos completos y que todos ellos son precisos y admirables y estremecedores y sublimes y no sé cuántos adjetivos más dedicarle a estas historias que desde ahora son para mí de lectura necesaria. Ahora que lo he leído, lo sé.

martes, noviembre 10, 2009

Litrona, Juan Luis Mira

Introducción de Antonia Jiménez Rodríguez. Algar, Alzira, 2009. 91 pp. 10 €

Juan Pablo Heras

Cuando Ignacio del Moral escribió en 1992 su pieza breve Oseznos, no imaginaba que una obrita tan pequeña llevara en sí la semilla de lo que todo autor desea: generar en otras mentes creaciones independientes, tan absolutamente autónomas como inimaginables sin su origen seminal. Me refiero a la película Barrio (1998), de Fernando León de Aranoa, y a la obra dramática que nos ocupa, Litrona, de Juan Luis Mira. El texto de Ignacio del Moral es fácilmente accesible en Internet en una estupenda versión ampliada de 2003, La noche del oso; Barrio es sobradamente conocida y fácil de encontrar; mientras que Litrona, que se estrenó en 1995, se publica ahora por primera vez gracias a la iniciativa de Algar, que apuesta con su colección “Joven teatro de papel” por el género dramático, tan desatendido habitualmente por la mayoría de las editoriales especializadas en el público juvenil.
Litrona está protagonizada por un grupo de adolescentes (seis chicas y cinco chicos) que no sólo comparten cerveza, sino sueños, frustraciones, miedos y tentativas de trascender el estrecho y oscuro parque en el que se reúnen para beber y charlar. El empeño de Juanluís Mira (así prefiere él que se escriba su nombre) de reproducir fielmente tanto el lenguaje como los efímeros referentes culturales de los jóvenes, particularmente los de los suburbios valencianos, le ha obligado a actualizar buena parte del texto que ahora deben protagonizar aquellos que apenas habían nacido cuando se estrenó. Es verdad que parte de esa actualización se ha quedado a medias (a no ser que los quinceañeros valencianos todavía digan “flipaba buscando una titi para buscar rollo”), pero la pequeña adaptación que requerirá en el futuro cada puesta en escena al lugar y al tiempo en el que se trasladen será sumamente fácil; lo difícil será encontrar textos tan acertados como éste para reflejar las inquietudes de la adolescencia. Litrona se seguirá montando, cuando sea y donde sea, aunque se prohíba el alcohol y los jóvenes se limiten a beber sus pensamientos a través del Messenger, porque, como dice la autora de la introducción, “seguirán ilusionándose y desesperándose por su futuro; seguirán amando y sufriendo por la chica o el chico equivocado; y, por supuesto, siempre habrá un lugar apartado y secreto donde compartirán su día a día”. Y, que no quepa duda, siempre quedará alguno que quiera ser Jim Morrison.
La lectura de Litrona produce una sensación similar a la que nos produjo Barrio en el cine: la de que en la acción dramática no se percibe apenas peripecia, entendida como cambio de fortuna, porque aquellos que ven realizados sus sueños (o sus pesadillas) caen fuera de la escena y vuelven sólo para recuperar su sitio o ser rechazados por traicionar sus orígenes. Estos personajes, triunfadores o fracasados, quedan como referentes de lo deseado y lo aborrecido para unos chavales que apenas evolucionan pero que resultan irresistiblemente vivos, los mismos que sin levantarse del banco más que para pasarse la botella se arrojan los unos a los otros sus filias y sus fobias mientras luchan agónicamente por autodefinirse y emanciparse de una infancia de la que no quieren huir del todo. Los personajes de Litrona crecen en un ambiente social que ha sido silenciosamente excluido, un lugar en el mundo en el que el cumplimiento de toda ilusión o posibilidad de libertad se ve cuestionado por situaciones incomprensibles e injustas que contradicen la noción de éxito social que les han inculcado desde muy pequeños.
Juanluís Mira es un nombre imprescindible si hablamos de teatro para jóvenes en España. Le avalan décadas de experiencia no sólo como autor, sino como profesor, director de escena y promotor de numerosas iniciativas culturales. Merece la pena acercarse a sus obras.

lunes, noviembre 09, 2009

Cineclub, David Gilmour

Trad. Ignacio Gómez Calvo. Mondadori, Barcelona, 2009. 249 pp. 16,90 €

Care Santos

¿Cuál es el significado exacto de la palabra "educación"? ¿Cuál es la mejor manera de tratar a un adolescente, o la más educativa? A estas preguntas intenta responder este relato autobiográfico sin desperdicio. Y yo lanzo una tercera pregunta, aunque sin respuesta satisfactoria: ¿Por qué se empeñan los editores españoles en subtitular las obras? Ésta por ejemplo: "Un padre, su hijo y una educación nada convencional". ¿Tan lerdos somos los lectores autóctono que necesitamos que todo nos sea sobreexplicado desde la misma cubierta? El caso es que, más que un subtítulo, la frasecita antedicha es casi un resumen: en este libro autoficcional hay un padre, un hijo y una educación nada convencional, en efecto. El padre es David Gilmour, a la sazón autor del libro, un guionista y periodista cultural (que se llama igual que el guitarrista de Pink Floyd, sí, para confusión de muchos), ateo confeso y descreído de la educación establecida. El hijo es Jesse, adolescente de 16 años, nada interesado en los estudios y mucho en las chicas y la música, que lleva camino de convertirse en un verdedero berzotas.
De modo que un buen día, cansado de verle lidiar con unos deberes que le superan, el padre propone a Jesse un trato que haría feliz a cualquier adolescente: podrá dejar el instituto si a cambio acepta ver con él tres películas por la semana. Por supuesto, el hijo acepta (¿y quién no lo hubiera hecho?) y el padre comienza su particular programa educativo con Los cuatrocientos golpes, de Truffaud quien, por cierto, tampoco fue precisamente una lumbrera en las aulas. Al principio, el padre explica, alecciona, discursea acerca de las películas. Luego, a medida que el cineclub avanza, se limita a llamar la atención del joven acerca de cierta escena o determinada toma. "La simple regla de oro: cíñete a lo elemental. Si quiere saber más, ya preguntará", se dice. En suma, le deja que juzgue por sí mismo. Luego , como mucho, comentan lo visto. Y así, hasta la siguiente sesión.
Paralelamente, la vida avanza. El padre busca trabajo y el hijo vive sus primeros problemas con las mujeres. Son especialmente emotivos los pasajes en los que el padre intenta explicarle cómo se hace para sobrevivir a un disgusto amoroso ("Las mujeres pueden ser un deporte sangriento"."No puedes estar con una mujer con la que no puedes ir al cine") y al mismo tiempo le acompaña en un sufrimiento que conoce bien. También es fantástico el capítulo en que el padre acude a ver tocar al grupo de su hijo y tiene la oportunidad de escuchar por vez primera las canciones que Jesse ha compuesto en el sótano. Y se lleva una sorpresa monumental: "Pero, como ocurre a menudo con los hijos, me equivoqué de nuevo. Crees que los conoces mejor que cualquier otra persona, después de todos esos años subiendo y bajando la escalera, arropándolos, triste, feliz, despreocupado, inquieto, pero no es así. Al final, siempre tiene algo en el bolsillo que no imaginabas". De alguna manera, esa canción que el padre descubre llena de talento será la confirmación de que no estuvo tan descaminado al proponer esa educación alternativa de la que habla el libro. El hijo vale y está dispuesto a luchar por demostrarlo: "Definitivamente, las cosas estaban cambiando entre nosotros. Sabía que en un futuro no muy lejano íbamos a tener un tiroteo y yo iba a perder. Como el resto de los padres de todos los tiempos".
Por supuesto, paralela a la peripecia de David y Jesse, la historia contiene un verdadero curso de cine que seducirá a los interesados por el séptimo arte. y, en general, al arte de contar historias. Algunos de los comentarios de Gilmour merecen realmente la pena, como cuando después de hablar de algunas anécdotas de rodaje de El Exorcista afirma que la película causa la sensación en el espectador "de estar en el umbral de un lugar que no debería visitar jamás" . O cuando defiende el disfrute que proporciona una película mala: "Hay que aprender a abandonase a esas cosas", dice. Anecdotario, lecciones de crítica de cine, comentarios sobre la obra de un buen puñado de directores y una verdadera lista de sugerencias, gracias a las cuales cualquier lector puede reproducir el currículo que siguió Jesse, y disfrutarlo.
Y todo hasta que se termina, simplemente. Hasta que la vida decide que a partir de determinado momento las cosas ocurrirán de otro modo. "Criar hijos es una serie de adioses, uno detrás de otro: a los pañales y luego a los monos de invierno y por último al propio niño". De modo que Jesse vuela. Se hace crítico de cine (no podía ser de otro modo) y decide, para sorpresa de su padre, volver al instituto. El autor lo resume de un modo admirable: "Y entonces, sin más, se marchó. Pensé: Tiene diecinueve años, así son las cosas. Por lo menos sabe que Michael Curtiz rodó dos finales para Casablanca por si uno no salía bien. Eso tiene que servirle de ayuda en el mundo. No se puede decir que haya enviado a mi hijo indefenso".