viernes, noviembre 06, 2009

Warlock, Oakley Hall

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2009. 687 pp. 23 €

Martí Sales

¿Sobre qué lodazal se levanta la sociedad americana?, o: ¿en qué rica pero peligrosa mina? ¿Qué fundamentos tiene y cuál fue el precio que tuvieron que pagar? ¿Cuándo y cómo se trazaron los límites entre lo legal y lo ilegal, entre lo moralmente reprobable y lo socialmente respetable —¿alguna vez coincidían?, ¿había conflicto?, ¿o paradoja? ¿Qué relación hay entre lo tácitamente aceptado —aquello de lo que nunca se habla— y lo visible pero inventado que sirve de zanahoria para que el mundo avance?
Warlock es un western de casi setecientas páginas escrito por Oakley Hall en 1958, un novelón de agárrate y no te menees narrado con una solvencia impresionante —no decae, no decae. Hall cuenta la historia de la fundación de la sociedad americana a partir de los hechos que acontecen en la ciudad de Warlock durante el año 1880. Tanto por el lugar —Warlock está casi en tierra de nadie, en la frontera con México— como por la época —por aquel entonces Norteamérica era un continente apenas delimitado y por legislar—, Hall está lidiando con material mítico, es decir, con los temas básicos sobre los que se asienta el imaginario de una nación, que no son otros que el héroe, la lucha entre el bien y el mal (la justicia, la violencia, la muerte), la identidad propia (la diferencia, el otro) y la identidad colectiva —la vida en comunidad, la ciudad… En toda narración épica que se precie, la historia tiene que atraparte desde el primer instante pues este será el anzuelo, su metértela doblada. Mientras que hay un nivel, digamos, superficial de lectura —unos personajes atractivos, unas circunstancias extremas, unas situaciones emocionantes— que sólo pretende entretener, agarrado a él y sustentándolo está la real razón de ser de este libro (y de la épica en general), es decir, explicar el pasado mítico de donde venimos: ir hacia un porqué.
Una de las grandes bazas de Hall son sus personajes: ninguno es unidimensional, todos tienen intenciones, motivaciones y pasados que se retuercen en su interior cual nido de culebras —sea la “angelical” señorita Jessie, sea el “desalmado” Abe McQuown, sea el gran “héroe” Clay Blaisedell, sea Kate Dollar “la mujerzuela”, sea el “traicionero” Tom Morgan o Bud Gannon “el infeliz”. Todos se resisten a ser descritos con un solo adjetivo y se revelan como personajes complejos y mucho más imprevisibles de lo que en un principio parecían. (A día de hoy, si hay algún proyecto de similar envergadura narrativa que desarrolle con tanta pericia sus personajes, tendríamos que remitirnos, sin dudarlo, a The Sopranos, la obra maestra de David Chase, que, aunque no sea un libro, es una cumbre de excelencia narrativa.)
La forja del héroe —o qué hacer con la imagen distorsionada y multiplicada de uno mismo que le devuelve la sociedad sedienta de referencias y seguridad—, los entresijos del poder —jueces, ayudantes de comisario, comités de ciudadanos, esbozos de sindicatos—, el delirio al que conduce el afán sin límites —McQuown, Morgan, McDowell, o lo que es lo mismo: cuatreros, jugadores, propietarios de minas—, el poder de las mujeres en un mundo, como bien decía James Brown, de hombres —la puta y la santa, Kate y Jessie… Hall trata todos estos temas con una sencillez y, a la vez, exhaustividad totales —las dicotomías iniciales se revelan falsas mientras que las antagonías sí que son eternas pero movedizas. Hall nos describe el parto desgarrador de una sociedad con todos su matices y lo hace con maestría. Warlock apabulla por su cualidad, deslumbra por su potencia y se te atrinchera en un lugar destacado de tu biblioteca particular. Warlock es vida entera en el papel —vida entera de papel, no real, pero verdadera.

jueves, noviembre 05, 2009

La ansiedad de la influencia, Harold Bloom

Trad. Antonio Lastra y Javier Alcoriza  Trotta, Zaragoza, 2009. 192 pp. 12 €

José Morella

En el prefacio de Harold Bloom a la segunda edición de su libro hay algo muy sencillo (cosa de agradecer en un autor tan sesudo) que puede ayudarnos a entenderle. Justo después de una extensa cita de Emerson, Bloom aísla una de sus afirmaciones: “(Shakespeare) escribió el texto de la vida moderna”. Dice, de esta frase, que es “el corazón del asunto”; esto es, la esencia de lo que Emerson quería expresar. Bloom, que escribe en la segunda parte del siglo XX y a principios del XXI, cree firmemente que los asuntos (los textos) tienen un corazón señalable. Un corazón concreto, que vive, por así decirlo, dentro del escrito, en sus letras, entre sus sintagmas. Y cree también, por si eso fuera poco, que un lector puede discernir cuál es ese corazón. Por eso el pobre hombre se ha pasado casi toda su vida aislado académicamente, intentando luchar contra lo que él llama “la escuela del resentimiento” (según él, todos los demás, o casi todos): la deconstrucción, los feminismos, los estudios culturales, el new historicism, la teoría queer, el postestructuralismo francés... En este prefacio destila una especial ironía y saña contra los postestructuralistas franceses, sobre todo Foucault. Todos ellos tendrían reservas para hablar de valores intrínsecamente “literarios” en Shakespeare o en cualquier otro. Es decir, que todos esos “resentidos” ponen el corazón de lo que existe fuera de lo que existe. No creen, normalmente, en sentidos previos o esenciales, sino más bien en la construcción, a posteriori, de ese corazón mediante la lectura. Sentido diferido que permite releer la historia de la cultura a la luz de todo aquello que las estructuras dominantes han tenido que hacer para dominar. Gracias a esos “resentidos” hemos podido leer textos que nos han contado, por ejemplo, cómo la eṕoca que conocemos como Renacimiento es, desde la perspectiva de la Historia de la mujer, justo lo contrario: decadencia. Las historiadoras que dicen esto no pueden, claro está, encontrar el corazón de los autores y pintores renacentistas en sus palabras o sus pinturas. Está, más bien, en lo que no dicen o lo que no pintan. O en las condiciones sociales que se dieron para que lo dicho o pintado fuera como fue.
Aparte de intelectual, la de Bloom y los “resentidos” es una batalla material. Cientos de departamentos universitarios de todo el mundo que pagan sus sueldos, sus dietas y sus viajes a seminarios internacionales a bastante gente, con dinero público en algunos países y con el de los papás de los estudiantes en otros. Una tajada bien gorda. Eruditos conocedores de los clásicos canónicos contra defensores (a menudo también eruditos) de minorías étnicas, mujeres, gays y lesbianas... Todos tratando de entrar a vivir en la rara y preciosa burbuja que es una facultad de letras.
Después de este resumen vergonzosamente rápido y simplificador por mi parte del corazón del asunto, tengo que hablar del libro de Bloom. Y antes tengo que reconocer que a mí siempre me han convencido más los “resentidos”. Pero también que la lectura de Bloom es un placer. Lo leo como un lector agnóstico lee la historia de Jesús: con gusto, porque es una buena historia. Las palabras de Bloom están llenas de una inteligencia viva que supera mucho a la mía de lector; sus intuiciones son profundas y serenas, muy nítidas, y su erudición nunca molesta y enseña más cosas de las que uno imaginaría, incluso cuando no lo pretende. Es un escritor impecable, un admirable maestro y un señor cuya mala leche es de lo más entrañable y divertida.
La ansiedad de la influencia habla de la experiencia desasosegante que consiste en darse cuenta de la existencia de huellas de autores previos en la obra propia. Según Bloom, el impacto de esta toma de conciencia hace que los poetas débiles se paralicen, mientras que los poetas fuertes consiguen superar esa sensación subsumiendo lo antiguo; haciendo de ello algo nuevo y, aquí está la gracia, original. Bloom vincula la poesía al psicoanálisis, puesto que el conflicto de la influencia es, para él, un conflicto generacional. Hay un equívoco poético, una mala interpretación en la lectura de los clásicos inmediatamente previos, que dejan en el autor nuevo un espacio para la originalidad. El colmo de la originalidad para Bloom es Shakespeare, que supera hasta tal punto a su “padre” literario, Christopher Marlowe, que, por así decirlo, se lo traga entero. No habría, según Bloom, ningún poeta que haya digerido y transformado lo anterior de un modo tan perfecto como Shakespeare, que superó de golpe, en un sencillo calentón de fiebre creativa, su gripe poética, su ansiedad de la influencia. Bloom casi lo diviniza, diciendo cosas como que inventó lo humano, o que es el sinónimo exacto de la literatura.
Lo cierto es que la lectura de cualquier libro de Bloom, por exagerado que parezca cuando se le parafrasea, casi siempre nos convence o está a punto de convencernos. Habría que decir, en su defensa, que sus libros tienen una aceptación tan grande entre los lectores como suscitan resquemor entre los especialistas. Siendo mal visto en ámbitos académicos, sobre todo en el mundo anglosajón, algunos de sus libros han vendido más de cien mil ejemplares, cifra tremenda para un señor teórico, que no teórico señor. A sus charlas suelen asistir cientos de personas. Tal vez Bloom nos seduzca porque encarna con mucho mérito la resistencia del mundo a una disolución cultural que, aunque a algunos de nosotros nos guste pensar como catártica y necesaria, todavía nos asusta demasiado.

miércoles, noviembre 04, 2009

La estación del crepúsculo, Kate Wilhelm

Trad. Manuel de los Reyes. Bibliópolis, Madrid, 2009. 198 pp. 18,95 €

Julián Díez

La ciencia ficción antes era así. Este libro, que no había sido reeditado en castellano desde hace treinta años, cosechó en su momento varios de los principales premios del género, en particular el Hugo. Hoy resulta una simpática rareza, pero también un canto a un género que quiso llamar la atención sobre el futuro de la humanidad antes de que los epígonos de Star Wars lo deglutieran, y esas problemáticas debieran refugiarse en obras de literatura general que, siendo de temáticas futuristas, no quieren ser de ciencia ficción. Y yo lo comprendo, dado en lo que se ha convertido la ciencia ficción.
La estación del crepúsculo es citada con frecuencia como la obra de referencia sobre clones; más concretamente, sobre la posibilidad de que los humanos clonados constituyan una nueva sociedad. En su desempeño, incurre en lo que hoy parecen lugares comunes: los clones son personalidades adustas, miméticas, que desdeñan y temen la individualidad y la soledad. Con esas características, su tendencia natural es la de constituir una sociedad totalitaria, que será el eje de buena parte de la novela.
El volumen es en rigor un fix-up, una continuidad de tres novelas cortas que desarrollan una historia común con distintos personajes. En la primera, el mundo que conocemos se viene abajo por motivos que resultan tan actuales como en 1976, cuando la obra se publicó originalmente, y un grupo familiar amplio pero cerrado construye un entorno para la supervivencia. El único camino que encuentran para luchar contra los problemas reproductivos producidos por la radiación es el de clonarse. Sin embargo, sus descendientes resultarán ajenos a la condición humana. Las dos historias posteriores ya se desarrollan en el seno de la microsociedad clónica creada, y en la tradición distópica, tienen como protagonistas a disidentes que persiguen quebrantar las normas impuestas.
Además de catastrofismo y distopía, La estación del crepúsculo abraza otra sólida tradición de la ciencia ficción estadounidense: la del pastoralismo. En todo momento en contraste con los males de la sociedad contemporánea o la clónica se encuentra la naturaleza, descrita de forma detallada y delicada. El campo del Medio Oeste americano se presenta como un ancla para la cordura, un edén a través del que aferrarse con nostalgia a un pasado sencillo y aventurero ideal para el estadounidense, que la ciencia ficción ya evocó una y otra vez en la obra de grandes creadores como Ray Bradbury o Clifford Simak.
Es en la convicción con la que Wilhelm añora lo que aún la rodea, junto con la descripción precisa y descarnada del fin del mundo de las primeras cincuenta páginas, donde la novela resulta memorable. Luego tiene algunos valles de interés, para terminar de manera satisfactoria, en lo que a la postre ha resultado el trabajo más relevante en la carrera de su autora.
En contraste con la especulación científica abstrusa o las reiterativas aventuras espaciales que pueblan hoy los estantes de la ciencia ficción, casi siempre en gruesos volúmenes, el tono dinámico de esta novela, de elipsis y sugerencias, resulta un refrescante contraste. También este puede ser un libro de interés para el lector casual que sigue lastrado por prejuicios contra la ciencia ficción, pero que en cambio ha disfrutado con obras como Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, o La mujer del viajero del tiempo, de Audrey Niffenegger.

martes, noviembre 03, 2009

El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor, Hiromi Kawakami

Trad. Marina Bornas Montaña. Acantilado, Barcelona, 2009. 211 pp. 18 €

Care Santos

Hace algunos meses visité Tokio. Me llamó la atención la presencia de hombres vestidos de ejecutivo a todas horas y por todas partes. En el metro, en los parques, en las calles, en los bares. Ahora, mientras escribo esto, me pregunto qué me pareció tan raro: al fin y al cabo, ejecutivos los hay en todas las ciudades del mundo. ¿Por qué, entonces, Tokio me resultó, la mayor parte del tiempo, una especie de ciudad tomada por los hombres de traje, corbata y maletín? Intento contestar y aventuro esta explicación: porque estaban incluso en los lugares donde no deberían haber estado. Especialmente en los izakaya, restaurantes al alcance de casi cualquier economía, donde los trabajadores japoneses acuden en tropel después del trabajo, para festejar que han terminado la maratoniana jornada laboral tomando una copa con sus compañeros de oficina. Como si no llevaran con ellos bastantes horas, siguen ese ritual en el país de los rituales, y luego se marchan a sus apartamentos a dormir, porque no les quedan tiempo ni energías para ninguna otra cosa.
Y si ahora recuerdo todo esto es porque esta novela de biorritmo lento comienza en un izakaya. Es allí donde se encuentran sus dos protagonistas: Tsukiko, una mujer de 38 años, sola y cínica, y quien fue su maestro en la escuela, el profesor Matsumoto, a quien ella llama, simplemente, "el maestro". Entre ellos surge al principio una relación de amistad basada en lazos tan sutiles que parecen inexistentes, o que a veces se confunden con la vanalidad, para luego dar paso a algo más intenso cuya naturaleza es clara y profundamente orietal: un amor tan liviano que ni siquiera el lector siente su peso. Sólo su caricia. Una caricia como de pluma de ave en la espalda, para entendernos. Pura sofisticación nipona.
La novela se llama originalmente Sensei no Kaban, algo así como El maletín del maestro. Con ese título se estrenó el telefilme que en 2003 catapultó a su autora, Hiromi Kawakami, de autora para mujeres treintañeras y cuarentonas a flamante escritora de moda. Si su literatura ya la había hecho merecedora del Premio Akutagawa en 1996, fue el Tanizaki, conseguido por este libro en 2001, la que la hizo alcanzar el estrellato. Aunque después de leerla y disfrutarla por sus propios méritos, no me cabe duda de que su éxito tiene mucho que ver con el de Haruki Murakami, ese tsunami que ha barrido las librerías del mundo occidental con historias donde la sutileza es la protagonista.
Y es que la novela de Kawakami es familia muy directa de novelas como Tokio Blues, Al Sur de la frontera, al Oeste del sol o After Dark. Historias de biorritmo lento, donde los silencios son tan importantes como los diálogos, donde la psicología de los personajes pesa como una carga de esponjas y donde las atmósferas subrayan unas relaciones que se mueven entre el pasado turbulento, la soledad lacerante y la necesidad casi enfermiza de relacionarse con alguien de una vez. Tal vez el toque femenino hace a los personajes igual de complejos pero menos atormentados -lo cual les otorga una humanidad muy interesante-, sumidos en su cotidianeidad más insulsa. Una excusa, tal vez, de la autora para reflexionar sobre el sentido del vacío. El vacío existencial que tanto se parece al silencio, a la palabra que no llega, al gesto deseado que no se produce. La espera. En esta novela, todos esperan, aunque sólo algunos lo saben.
Tsukiko, la protagonista, parece haber renunciado a toda vida amorosa cuando se reencuentra con su maestro, y el sencillo gesto de pedir las mismas viandas para cenar se le antoja una mágica ristra de posibilidades. Se entabla entonces una relación basada en las omisiones, que les llevará a compartir paseos por mercados, inventarios domésticos e incluso alguna campechana reunión de antiguos profesores, hasta que Tsukiko le suelta a bocajarro a su mentor que está enamorada de él, y el hombre se sorprende. Y el lector también.
La historia de amor, siguiendo las buenas costumbres japonesas, no puede ser más minimalista ni menos apasionada. Aquí todo ímpetu brilla por su ausencia, nadie se despeina en la refriega amorosa, nadie pierde la oriental compostura. Sin embargo, uno termina de conocer esta crónica de pequeños detalles con la sensación de haber asistido no sólo a la ceremonia del acercamiento absoluto entre dos seres, sino también a la del amor verdadero.
Por cierto, hablando de amor verdadero y de sutileza: ¿a quién se le ha ocurrido ese ominoso subtítulo de la cubierta, "Una historia de amor"? Sí, ya sé, se trata de un gancho para lectores desinformados (además de occidentales), pero ni por ésas. Los lectores, que se informen o se dejen sorprender, diría el maestro de la historia, y los editores, que contegan su deseo de dar demasiadas explicaciones.
Dicho esto, sólo me queda añadir que cada pequeña peripecia de las muchas que cuenta este libro es una delicia. Las lecciones que el maestro destila a cada nuevo encuentro, la rebeldía entregada de su alumna, la adoración que se profesan, las muchas conversaciones sin hilo conductor aparente, la colección de jarras para el té que el maestro guarda en un armario, la visita a la tumba de la vieja esposa fugada... todo constituye un motivo para no dejar de leer, para permanecer hasta el final aferrado a esta trama hipnótica de resortes tan poco evidentes.
Murakami flota en el ambiente, sí. Pero es probable que gracias a él muchos lectores lleguen a estas páginas. Me parece un estupendo efecto secundario. Al fin y al cabo, toda la literatura es un enorme entramado de pasadizos comunicados. Y, por supuesto, con más de una puerta falsa, que cada lector debe descubrir por sí mismo.

lunes, noviembre 02, 2009

Flavia de los talentos extraños, Alan Bradley

Trad. Montse Triviño. Planeta, Barcelona, 2009. 419 pp. 19,95 €

Sofía Rhei

Entre todas las clasificaciones internas que pueden hacerse dentro de la novela policiaca, me decanto por la que sólo reconoce dos subgéneros: el "tramposo", en las que al lector le faltan pistas para resolver el misterio (por no figurar en el libro hasta el final o resultar demasiado técnicos), y el otro. En mi perfil de lectora poco aficionada al género negro, ya que sólo leo unos cuatro o cinco títulos al año, desde luego, tienen más mérito el segundo tipo de novelas, aquellas en las que todos los datos, incluyendo explicaciones científicas, están sobre la mesa, y el trabajo del detective (y del lector) es averiguar cómo se combinaron las circunstancias para dar lugar al crimen.
¿No es esto lo que sucede con la química? Los elementos son los que son, siempre los mismos, pero sus diferentes combinaciones hacen posible que siga siendo posible descubrir-inventar compuestos nuevos cada vez. La semejanza entre las construcciones sociales y los hallazgos científicos queda patente en esta maravillosa observación de Flavia:
«Charles Darwin ya había señalado que la lucha más feroz por la supervivencia se daba siempre en la propia tribu, y como quinto o sexto hijo que era –con tres hermanas mayores, además, es obvio que sabía muy bien de lo que hablaba. Para mí era una cuestión de química elemental: sabía muy bien que una sustancia tiende a diluirse por la acción de disolventes de composición química similar a la de dicha sustancia.»
En una entrevista, el autor reconocía que fue el hallazgo de este personaje lo que le permitió sacar adelante esta novela. «La gente se preguntará qué hace un hombre de 70 años utilizando la voz de una niña de 11», declara. Y sin embargo, esa voz es tan verosímil, auténtica y fascinante, que no se puede dejar de pensar en las muñecas rusas que todos llevamos dentro, unas dentro de otras, esperando la ocasión que las permita manifestarse.
Flavia de Luce, una especie de Miércoles Addams con muchas más lecturas y sentido del humor, describe minuciosamente todo lo que ve, con un sentido del humor reflexivo de exquisito regusto británico, y consiente a su autor travesuras deliciosas: la voz en primera persona de esa niña extremadamente culta y curiosa combina explosivamente la inocencia propia de su edad con una vocación gótica de lo más interesante. No se trata del único personaje muy bien terminado, ya que después de leer el libro permanecen en la mente dos o tres secundarios con entidad de protagonistas. Y del mismo modo que los rostros son la parte más difícil de conseguir para un dibujante, puede que el trabajo de los personajes sea el más complejo entre todas las tareas literarias, y el que menos veces sale bien.
He de confesar que cualquier autor que tenga un gran parecido físico con Terry Pratchett ya despierta mis simpatías a priori, pero en este caso, creo no exagerar si digo que Flavia de los extraños talentos está entre los diez mejores títulos que he leído este año. Según se va leyendo surgen los ecos de todos esos humoristas de la elegancia a los que debemos casi la vida. En este sentido, hay un párrafo oculto en el libro que nos ocupa que podría perfectamente servirle de poética: «Albert Einstein y George Bernard Shaw bebieron té en esa misma taza cuando visitaron a mi tío abuelo Tarquin… los dos a la vez no, claro.»
Recomiendo fervientemente esta maravillosa traducción de Montse Triviño, que ha reconstruido un mundo entero para nosotros sus lectores empezando por un título difícil de resolver.