viernes, enero 30, 2009

Casi muerto, Peter James

Trad. Escarlata Guillén. Roca Editorial, Barcelona, 2008. 569 pp. 22 €

Elia Barceló

Casi muerto es el tercer caso criminal protagonizado por Roy Grace, inspector de policía de Brighton, la conocida ciudad costera británica que uno no suele asociar con el crimen, sino con los veranos atlánticos y los cursillos de inglés. Pero no es necesario haber leído las dos novelas anteriores para entrar en ésta, porque el lector no tiene la sensación de enfrentarse con un mundo cuyas claves han sido establecidas en obras anteriores, como sucede con otros novelistas que usan un personaje recurrente, sino que todo se le va presentando con naturalidad y uno va descubriendo Brighton y las gentes que la habitan gracias a la sencillez y efectividad de Peter James.
Sin grandes alardes estilísticos, pero con buen pulso y una prosa clara y directa, Casi muerto nos ofrece un caso criminal podemos decir “clásico”, en el que el asesinato sucede en las primeras páginas y que se va complicando a lo largo de sus 122 secciones (unas más largas que otras, con un total de 569 páginas), llevándonos por diferentes capas sociales y ofreciéndonos también, además de la pura investigación del caso —como es costumbre en la novela negra desde hace ya bastante tiempo— los problemas personales de la vida del protagonista, el inspector Grace, cuya esposa desapareció sin dejar rastro ocho años atrás y ahora, precisamente cuando está empezando a rehacer su vida con otra mujer, parece haber sido vista en Munich.
El caso criminal que ocupa la novela resulta interesante porque desde el principio el lector sabe que su resolución no es tan evidente como cree la policía basándose en las pruebas de que dispone. Pero es que el lector tiene más datos que el equipo investigador porque a lo largo de la novela aparece otro narrador en primera persona que suministra una información bastante críptica pero que deja claro que aún quedan muchos secretos por desvelar y que la policía no es consciente de ello.
A mí, personalmente, la solución me pareció bastante clara desde la mitad de la novela, pero el misterio está bien llevado y se lee con tensión e interés incluso cuando ya se sospecha, como es mi caso, por dónde van los tiros. Habría que añadir en descargo de James que yo había leído recientemente dos novelas en las que la resolución del caso se basaba en una idea muy similar y esto no tiene por qué sucederle a otros lectores.
Como siempre, recomiendo quitarle al libro la cubierta o al menos no leer el texto porque, en el comprensible intento de captar la atención del posible lector, ofrece demasiada información que sería mejor ir adquiriendo a lo largo de la lectura.
La traducción de Escarlata Guillén es correcta, se lee bien y hay pocas ocasiones en las que uno tenga la sensación de que está leyendo un texto traducido. Sin embargo no acabo de explicarme por qué cada vez que se dice que un personaje iba vestido con esto o aquello, la traductora se empeña en usar “ataviado”, lo que queda bastante grotesco cuando se trata de un personaje que lleva una mugrienta gorra y unos pantalones raídos, por ejemplo; ni por qué cuando sale un objeto de terciopelo –un sillón, pongamos por caso– resulta que es de “velvetón” (“velvet” en inglés), o por qué siempre traduce “purple” por “púrpura” y no por “morado o violeta”. Todo esto habría podido evitarse con un corrector de estilo.
Casi muerto (el título en inglés es mucho mejor, pero casi imposible de traducir al español de modo que suene bien: Not dead enoughNo lo bastante muerto) es una buena novela policiaca, con ritmo y tensión, con personajes comprensibles y creíbles aunque a veces no están muy desarrollados —supongo que debido a que, al tratarse de una serie, el autor sabe que tiene más tiempo y más novelas para redondearlos, sobre todo a los secundarios— y que resulta muy agradable de leer. A pesar de que también contiene escenas forenses, como viene siendo habitual, no se hace excesivo hincapié en los detalles macabros, con lo que los lectores más sensibles no tienen nada que temer.
Es también una novela muy cinematográfica en el sentido de que muchas de las escenas están narradas con una técnica que recuerda más a un guión que a una novela y dejan en la mente del lector la sensación de que las ha visto en el cine. No es de extrañar, porque James es también productor cinematográfico y es evidente que su mirada de escritor está dirigida más a lo visual que a lo reflexivo. Alguna exageración en las persecuciones viene precisamente de esta filiación de gran pantalla, supongo, pero acostumbrados como estamos a verlas en el cine, podemos digerirlas sin más.En resumen, una novela muy recomendable para lectores amantes de las novelas criminales clásicas, de ambiente inglés, con personajes muy humanos y motivaciones comprensibles, con buena resolución —tal vez un poco abrupta; a mí me habría gustado un poco más de explicación sobre el asesino y su vida— y suficientes puntos de interés y temas que aún no han quedado cerrados para que uno quiera seguir leyendo casos protagonizados por Roy Grace. ¿Para cuándo la siguiente?

jueves, enero 29, 2009

Los libros que nunca he escrito, George Steiner

Trad. María Cóndor Orduña. Siruela, Madrid, 2008. 237 pp. 18.90 €.

José Manuel de la Huerga

«Un libro no escrito es algo más que un vacío. Acompaña a las obras que uno ha hecho como una sombra irónica y triste.» Así encabeza Steiner la presentación de estos siete libros, no uno, ¡siete!
Siempre he sospechado que el escritor más auténtico trabaja fuera de foco. Los bartleby, kafkas fragmentarios de imposible puzzle, los que dejan el cajón a su muerte lleno de manuscritos, los diarios escondidos nunca publicados, los fracasos, abortos, deformes y contrahechos, las rebañaduras que van directamente a la papelera y otro salva por misericordia, o por venganza… pueblan un territorio atractivo, de delicioso cotilleo para un lector hermano. Y todo por una razón evidente: el escritor baja la guardia, no pasa la criba de la censura familiar, sentimental, social… de lo literariamente correcto. Sabe que eso es prácticamente impublicable y se arroja sobre la página en blanco a tumba abierta. O, como en el caso de Steiner, de vuelta de todo a los ochenta años, le importe un bledo que sus biempensantes compañeros de universidad se escandalicen porque plantee con curiosidad, siempre antesala de la sabiduría, cómo se masturban o estallan en un coito afónico los sordomudos. Y, más aún, aporte sin complejos sus experiencias sexuales con mujeres de cuatro lenguas diferentes.
Consciente o inconscientemente, Steiner ha terminado por dibujar el mapa de sus sueños, o de lo que es lo mismo, las obsesiones que lindan al norte de su cuerpo con la sabiduría, con Dios y la política, al sur con Eros, la envidia y sus relaciones con los animales, al oeste con los sistemas educativos occidentales y al este con Israel, la incómoda Sión para un judío de la diáspora. Obsesiones o constantes que le han acompañado a lo largo de su vida académica y de conferenciante viajero, que le han puesto en más de un aprieto, y que aprovecha ahora para zanjar o por lo menos aquilatar.
El lector que guste de las amalgamas ha encontrado su libro de cabecera para una temporada. No renuncia George Steiner a entrar en terrenos pantanosos con la donosura que dan los años de experiencia, no renuncia a las verdades incómodas (Dios, la política, Sión…), no renuncia a sí mismo como objeto de estudio. Biografía no hagiográfica, y estado de la cuestión sobre los temas delicados, convierten el libro en un aleph irisado, narcótico e irrenunciable. (Espero que la imagen borgiana le resulte halagadora al maestro.)
Hablaba de las verdades incómodas que no tacha de su manuscrito el pensador, como si jugara a que no fueran publicadas, como si no le importara ya a estas alturas, o, mejor aún, como si de verdad quisiera compartir con el lector los límites de su conocimiento, los abismos de su ética, los claroscuros del territorio transitado, y sobre todo, el intransitable. Sirva un botón de muestra, en sus relaciones con los perros: «Si mi esposa o mis hijos fueran atacados por torturadores, les gritaría que resistieran, y me esforzaría por resistir yo mismo. Si fueran a pegar a mi perro o a sacarle los ojos, me derrumbaría inmediatamente y se lo diría todo. No son verdades bonitas. Desafían a la razón y a lo que debieran ser las jerarquías del amor humano.» Glup.
Es incómodo especialmente Steiner con Sion, con Dios y con la política. Llega a ser hermosamente contradictorio: «Mis pálpitos de una proximidad sobrenatural más concentrados y adultos los he tenido en un silente vacío.» Pero «si el ansia que hay en el fondo de nosotros refluyera abandonando la necesidad y la vitalidad adultas, algunas magnitudes de la poética, del discurso filosófico y de las artes, intuyo, retrocederían también.»
En fin, «mi entendimiento, mi cerebro son totalmente incompetentes para la tarea.» Pero se empecinan y continúan mochando contra el muro de sus lamentaciones. Porque «somos la criatura que no cesa de inquirir y de equivocarse».
Steiner en estado puro, sin aderezos, desnudo en medio de la plaza pública, para ejemplo, por humanidad, también por diversión y provocación. Qué gusto llegar a esa edad con esa cabeza.

miércoles, enero 28, 2009

Antropologías del miedo. Vampiros, sacamantecas, locos, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón, G. Fernández y J. M.Pedrosa (eds.)

Calambur, Madrid, 2008. 318 pp. 19 €

Fernando Sánchez Calvo

La editorial Calambur estrena su colección de ensayo con Antropologías del miedo. Vampiros, sacamantecas, locos, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón, una edición llevada a cabo por Gerardo Fernández Juárez y José Manuel Pedrosa, quienes, aparte de colaborar con investigaciones propias, coordinan ocho estudios más que componen este volumen cuyo objetivo principal es ponerle cara al miedo en sus diversos tiempos y espacios. Junto a ellos, Elena del Río Parra, Josep M. Comelles, Francisco M. Gil García, Alvar Jones Sánchez, Antonio Reigosa, Luis Díaz Viana, José Joaquim Dias Marques, Luisa Abad y Daniel García Sáiz.
El miedo, o lo que es lo mismo, el sentimiento humano más oscuro y primitivo, o lo que es lo mismo, motor y retroceso de la sociedad, recorre el territorio peninsular y sudamericano así como sus diversos siglos en función de desvelar qué motivos (en ocasiones familiares, en otros políticos e incluso espirituales) llevan al hombre a elegir el terror, la alarma, el pánico, como el mejor método de defensa del que puede disponer.
«Porque siempre será muchísimo mejor que te intente devorar un ogro del tipo de Polifemo, enorme, monstruoso, vociferante, escandalosamente llamativo y reconocible, que no que te devore o te vampirice sin previo aviso algún vecino, cuando menos te lo esperes», la sociedad tira de teratofobia (miedo a los seres deformes) y otras distancias para crearse un imaginario propio donde lo distinto, el otro, es peligroso y lo común nunca puede hacer daño. Aunque en ocasiones los protagonistas a temer son seres sobrenaturales que desempeñan una función catártica, casi ritual, en ambientes familiares o domésticos como los numerosos monstruos que habitan la Galicia rural o el famoso Anchanchu del Atilplano aymara de Bolivia (sombra que gobierna a sus víctimas bajo amenaza de posesión y cuyo mal se combate en la famosa pachamama), lo cierto es que los temores infundados en muchos de los estudios que conforman el libro proceden del rechazo a culturas distintas que gradualmente se van asentando en otras sociedades; es el caso de las investigaciones dedicadas al robo de órganos en las tiendas de chinos en Portugal o al hipotético asentamiento de gitanos en Toledo, investigaciones orientadas a indagar cómo se crea una leyenda urbana, basada en la exageración, en la acumulación masiva de horrores inverosímiles y, sobre todo, en una defensa inconsciente del espacio propio que vienen a perturbar los otros.
De ahí a cometer una injusticia concreta contra cierto grupo o persona sólo hay un paso. Abrumadores son los datos y cifras de “locos” encarcelados gratuitamente y con razones no exactamente científicas que ofrece Joseph M. Comelles en "La sombra del miedo: locura, violencia y cultura en la Cataluña moderna". De ahí a la creación de prejuicios contra otra clase social, o lo que es lo mismo, la eterna pelea entre ricos y pobres, hay otro paso: léase la leyenda urbana en la que un médico de Sevilla roba sangre a los pobres para facilitársela a su hijo enfermo. De ahí a la histeria colectiva y al placer de inventar por inventar, es cuestión de segundos: platos chinos aderezados con semen para adolescentes ingenuas, cortes brutales en las comisuras de la boca para las niñas que van solas por la calle, sacamantecas que ansían la piel de los niños díscolos que no hacen caso a sus mamás… El miedo, muchas veces, es el mejor aliado y el último recurso que encuentran los adultos a la hora de educar a sus hijos.
Una última dimensión, milenaria, de claro cariz psicológico pero con referente real, es la que intenta encumbrar en el miedo de miedos a la siguiente obsesión humana: el pánico a ser enterrado vivo. Con escrupulosa exhaustividad Elena del Río Parra nos convence de cómo en un tiempo todavía no muy lejano ser enterrado vivo no era una opción tan impensable. Plagas de peste con sus consiguientes enterramientos masivos, catalepsias, embarazadas recién muertas cuyo feto aún respiraba vida o momentáneos (que no definitivos) paros del corazón, fueron lacras contra las que los certificados de defunción y la medicina todavía no estaban preparados. La consecuencia: unos ojos que se abren dentro de un ataúd, una lucha desesperada por salir del féretro y una certeza final de que se va a morir dos veces. El mito: el nacimiento de los comesudarios. Todo amante de la literatura que se precie recuerda una de las escenas finales de Luces de bohemia donde Basilio Soulinake intenta demostrar en el velatorio de Max Estrella que el protagonista no está muerto sino cataléptico, que de no hacerle caso se va a caer en el error de enterrar vivo al mayor poeta de España; lo que uno siempre creyó esperpento, deformación, se descubre con este estudio como una realidad que, como mínimo, iguala a la ficción.
El miedo nos ha perseguido y perseguirá hasta los restos. Es defensa y ataque, prejuicio y razón. Lo único que importa es su origen y la agonía del que espera la fatalidad. Al fin y al cabo, «el peligro es algo que está por llegar del todo».

martes, enero 27, 2009

Vosotros no sabéis, Andrea Camilleri

Trad. María Antonia Menini. Salamandra, Barcelona, 2008. 220 pp. 15 €

Alejandro Luque

Con ochenta y pico años cumplidos, resulta admirable no sólo la capacidad de trabajo de Andrea Camilleri, sino también la vitalidad de su pluma. Sólo en el año que acabamos de dejar atrás, ha publicado en España tres excelentes nuevas novelas —La pensión Eva, El beso de la sirena y La muerte de Amalia Sacerdote, premio RBA— así como el curioso ensayo que nos ocupa. En casi toda la obra del autor agrigentino, desde la celebrada saga de Montalbano a la abrumadora Biografía del hijo cambiado, sobre Pirandello, la mafia es un lugar común, pero siempre dibujado con trazo grueso o desenfocado, en un discreto segundo plano. En Vosotros no sabéis, título tomado de la enigmática frase que pronunció el capo Bernardo Provenzano cuando fue detenido por la policía en 2006, encontramos el primer acercamiento de carácter monográfico de Camilleri a ese sangriento fenómeno.
Analizando con paciencia y agudeza los pizzini (papelitos escritos en clave) a través de los cuales el jefe de la Cosa Nostra se comunicaba con sus subordinados, el escritor logra componer el retrato del criminal más buscado de Italia al tiempo que revela los alambicados mecanismos de organización y funcionamiento de la organización. No faltará quien se pregunte por qué Camilleri, que bien podría haber aprovechado esta valiosa información para urdir una apasionante novela o un prolijo ensayo, ha optado por una fórmula atípica, ordenando los capítulos a modo de entradas de diccionario. Y ahí podríamos aventurar una hipótesis: si una de las mayores fortalezas de la mafia ha sido durante décadas su invisibilidad, su inconcreción, su indefinición, que llegaba incluso a impedir que los expertos se pusieran de acuerdo sobre la propia raíz etimológica de la palabra mafia, entonces tal vez sistematizarla en un diccionario sea un buen primer paso para arrebatarle esa condición vaporosa y empezar a desactivar sus poderes. Tal vez el primer paso para combatirla, como demostró el juez Falcone y explicó Sciascia en un relato magistral, sea reconocerla y conocerla.
A partir de esta premisa, Camilleri va desvelando al lector, con un humor sutilísimo pero corrosivo, jugosos entresijos mafiosos en un momento, el de la hegemonía de Provenzano, en que la consigna de aquella Cosa Nostra preocupada por reorganizarse era reducir al mínimo sus atentados y asesinatos, o mejor dicho, su presencia pública. El libro decepcionará, no obstante, a quienes busquen en estas páginas la grandeza terrible que el cine ha atribuido a los llamados hombres de honor. Al igual que Roberto Saviano en el superventas Gomorra, los bandidos aparecen con Camilleri desnudos de toda épica, completamente ajenos a la llamativa afectación de un Vito Corleone, expuestos en un retrato hiperrealista como lo que son, ellos y sus cómplices: seres zafios y despiadados, hijos de la podredumbre moral y esclavos de la ambición.
Si el interés del tema o las excelencias de la prosa de Camilleri no fueran suficiente atractivo, hay un motivo más para hacerse con este libro: el hecho de que los derechos de autor vayan destinados a la Fundación de los Funcionarios de Policía para los hijos de las víctimas de la mafia caídas en acto de servicio: una manera de que los pizzini generen, por una vez, beneficios para quienes más han padecido los efectos de esa lacra secular.

lunes, enero 26, 2009

Antes del invierno, Carlos Pujol

Menoscuarto, Palencia, 2008. 200 pp. 15 €

Recaredo Veredas

Una de las mayores peculiaridades, que no la única, de Antes del invierno es su mezcla de ironía y templanza. Tan curiosa amalgama —especialmente extraña para un lector acostumbrado, como el español, al esperpento más cruel— define el discurso de un narrador identificado totalmente verosímil, que nunca eleva la voz, ni siquiera cuando debe aproximarse a la más delirante de las situaciones. La veteranía y el saber estar de Pujol también quedan además definidos por la utilización mínima, y en consecuencia elegante, de los recursos narrativos.
Carlos Pujol, pese a ser secretario casi perpetuo del jurado del Premio Planeta y aunque haya destacado en relato, novela, poesía y traducción durante décadas, es un auténtico desconocido para el gran público. Tal vez la causa resida en su sobriedad, en la ausencia de golpes de efecto que ha presidido su ya larga carrera.
Antes del invierno comienza de la mejor manera posible. No es nada fácil hallar un buen inicio, que adentre con suavidad al lector en la historia, permitiendo que lentamente, mediante sus propias herramientas, aunque siempre empujado por los vaivenes del narrador, conozca los resortes que moverán la obra y quede irremediablemente atrapado. Pujol posee una virtud añeja y poco valorada: la fluidez, la falta de esfuerzo. Habilidad de la que también disfrutaban, por ejemplo, escritores británicos como Conan Doyle, a cuyo homenaje dedicó Pujol su anterior novela. Debe destacarse el perfecto corte de los diálogos, que ofrecen la información justa para que la complejidad de los personajes sea entendida en toda su amplitud. Además evita la caída en campos semánticos extremos y no olvida una ironía que nunca cruza la frontera del sarcasmo.
Antes del invierno muestra los años terribles de la postguerra desde una perspectiva muy poco frecuente: la de una familia burguesa cuyo vástago adoptó la ideología triunfadora mientras el padre, abandonado por su esposa y totalmente arruinado, siguió con vergüenza apegado a la república, a un liberalismo ilustrado tan infrecuente en España como los marsupiales. No resulta frecuente que los padres sean más rebeldes que los hijos y estos viven en la pobreza mientras los retoños, despojados de prejuicios —también conocidos por ética— se enriquecen de cualquier manera (en este caso mediante la lírica más doctrinaria y capciosa). El interés también proviene de la profundidad del progenitor, cuya madurez concede a su rebeldía una lucidez y un dominio del tiempo —real, no narrativo— muy poco habitual: «Me estaba convirtiendo en alguien exageradamente sospechoso, aunque aún no sabían de qué y no saberlo les sacaba de quicio». Además los personajes no son simples figuras estáticas: evolucionan y, finalmente, convergen. La descripción del entorno es comedida, sucinta. Parece dirigida a un lector que conoce tanto los desmanes de la posguerra que es capaz de reproducir el espacio por sí mismo.
La historia que justifica el discurso del narrador es un curioso y desmadrado enredo de espionaje, que cruza a Mihura con Graham Greene —que también rozaba el absurdo, la denuncia de la torpeza que habita en lo que consideramos trascendente en obras como Nuestro hombre en La Habana— con las novelas más vodevilescas de Eduardo Mendoza. Un absurdo, por otro lado, plagado de cadáveres: «Sois como niños jugando a espías, solo que con muertos de verdad», perfecta metáfora de la delirante situación que atravesaba España —y el mundo— en aquellos años, presos sin remisión de delirios megalómanos.
Antes del invierno, como su propio título indica, es ante todo una profunda reflexión sobre la proximidad de la vejez, sobre esa edad en la que se mantiene la sabiduría pero la fatiga, mal presagio, aparece cada día con mayor premura.