viernes, diciembre 26, 2008

God & Gun, Rafael Sánchez Ferlosio

Destino, Barcelona, 2008, 325 pp, 21€.

José Manuel de la Huerga

God & Gun es un título sintético y atinado (como un tiro) para un ensayo denso sobre la constitución del Estado (a partir de guerras entre partes y guerras santas), de su Historia (marcada por la fuerza del destino) y de su Dios (que garantiza el pacto con los vencedores: nosotros). Sería llamativo que Sánchez Ferlosio hubiera elegido un título tan yankee para un tema tan Occidental (Europa es el resultado de la decantación del mundo grecorromano y judío) si no llegáramos literalmente hasta las últimas líneas del Libro VIII del tratado. Allí terminamos leyendo las palabras del último Presidente de los EE.UU. George W. Bush en 2005: «De alguna manera, Dios dirige las decisiones políticas adoptadas en la Casa Blanca» respecto a la guerra de Afganistán.
Para llegar a hacer esta afirmación sin que la conciencia del emisor se sonroje, una nación tiene que haber sufrido una serie de cambios en su mentalidad de tiempo atrás. Esta afirmación donde Estado y divinidad van aliadas como pueblo escogido por un dios que le reconoce como «los nuestros vencedores», se ha venido fraguando desde que Polibio y Hegel por un lado, y Abraham y su alianza con Dios por otro, firmaron sus respectivos tratados con la Historia y la Providencia.
Sanchez Ferlosio ha rebautizado su libro como Apuntes de polemología. En otras palabras, somos gente reunida en torno a un agón o centro común donde nuestros dirigentes soldados luchan y pactan con pueblos vecinos, consigo mismos y con su Dios. Bien está tenerlo claro, y mejor saber a qué carta quedarse.
Es un placer, pocas veces alcanzable, leer un libro donde semiótica, semántica, etimologías, historia, filosofía, literatura, teología, sociología e incluso biografía personal terminan reuniéndose en un ensayo que tranquiliza tanto como incomoda. A cualquier lector medio no especializado en ninguna de las disciplinas antes dichas, le tranquiliza que le expliquen el punto de partida de la constitución de nuestro pacto social, aunque sea a partir de la guerra, del destino excelso y falso que nos hemos encomendado y de un Dios garante de toda la pantomima. A este respecto escribe magistralmente Ferlosio: «Las generaciones que la historia va inmolando una tras otra en el ara de la patria, a todo lo largo de una secular carrera de relevos, han aprendido a reconocer y acatar el sentido y el premio de su sacrificio en la propia llama perdurable de la antorcha que pasando de mano en mano se mantiene encendida y luminosa.» (Todo por la patria). De ahí a decir que hemos montado un chiringuito atonta conciencias, la gran engañifa universal revestida de Historia, no va nada. Es lo que sospechaban unos pocos y otros menos se atreven a escribir con el prestigio que da una vida de lectura y reflexión al margen. Y esto, claro, tranquiliza e incomoda a partes iguales.
Para Ferlosio en el 98 (los Unamuno, Azorín, Machado y Baroja) tiene lugar «la fatídica y mortal resurrección de la conciencia histórica y de los valores eternos». Ahí dimos carta de soberanía al «gigantesco estrago sufrido por los hombres cuando se avinieron a desprenderse de los bienes de la vida para trocarlos en valores invertidos en el mercado de futuros de la “gengiskhanesca” empresa de la historia universal».
Lo que creo que pretende Ferlosio es una empresa sencilla y faraónica: desmontar el tinglado semántico e ideológico de nuestra cultura occidental. A partir de la deconstrucción y análisis de expresiones cotidianas («sana alegría» y «honesto esparcimiento» para el «ocio», el cruce de caminos, o «subir» a la red en tenis ) y de la relectura de los grandes, Polibio, Hegel, Max Weber, Benjamin y, por supuesto, la Biblia, Sanchez Ferlosio nos desnuda y nos coloca delante de nuestras obsesiones colectivas alimentadas por las mentiras que nos hemos ido dando unos a otros, mientras mirábamos luego para otro lado. Especialmente, la divinidad: «Un Dios que crea el mundo y el hombre mediante la palabra y un hombre que crea a Dios mediante la escritura
El texto es denso y en algunos casos oscuro para quien no esté acostumbrado a este nivel de profundización. Ferlosio hila fino como nadie. Pero a cada tramo nos sorprende con elementos narrativos de su historia personal, con los juegos de su infancia, el patinaje y la danza, asuntos esclarecedores y a la par oxigenantes que sirven de aliento lector tanto como de focos de reflexión.
Y lo que el autor quiere que tengamos claro al final es ni más ni menos que una frase de Humpty Dumpty, de Alicia en el país de los maravillas: «No importa el significado de las palabras, lo que importa es saber quién manda Desde luego que el lector saldrá de esta lectura con argumentos y reflexiones que no había atinado a ordenar, aunque supiera que flotaban por ahí.
Después de leer este tratado entiendo que todo el mundo intelectual esté siempre pendiente de lo último que saca Ferlosio, supongo también que porque se prodiga bastante poco. En una entrevista televisiva, rara avis concedida por el autor recientemente, anunció su trabajo sobre la belleza, otro referente ideológico que le dará para mucho y bueno, aunque tendremos que esperar un tiempo.

jueves, diciembre 25, 2008

Solo con invitación: El manuscrito de piedra, Luis García Jambrina

Alfaguara, Madrid, 2008. 316 pp. 18,50 €

Care Santos

Si la Salamanca del siglo XV es el escenario de diversos crímenes y Fernando de Rojas el investigador que trata de esclarecerlos, ¿quién es el asesino?
Esta es la ecuación que bien podría resumir esta novela, la primera de Luis García Jambrina, después de dos libros de cuentos estupendos, Oposiciones a la Morgue y otros ajustes de cuentas (Valdemar, 1995) y Muertos S. A. (El Gaviero, 2005). Me detengo brevemente de este último, no sólo porque es uno de los mejores libros de cuentos publicados en nuestro país en los últimos años, sino porque en él se apuntaban la mayoría de los temas que han fraguado ahora en este El manuscrito de piedra: uno de los relatos —«Un extraño legado»— está basado en las teorías de la profesora Rosa Navarro Durán acerca de la autoría del Lazarillo de Tormes; otro —«La verdadera historia de El Quijote»— recrea a la perfección el Toledo de los moriscos a la par que "desmiente" que Cervantes fuera autor de las aventuras del caballero de La Mancha; también se recrean aspectos de una Salamanca que el autor conoce bien, o ciertos ambientes que le son igualmente familiares, como el académico. Tampoco faltan las criaturas sobrenaturales, felices protagonistas de un buen número de aquellos cuentos. Leyendo Muertos S.A. es fácil adivinar la fascinación de su autor por los interrogantes sin respuesta de la historia de la literatura, a algunos de los cuales trató ya de contestar en no pocos de sus relatos, del mismo modo que El manuscrito de piedra fantasea con responder a las muchas dudas aún existentes sobre la figura de Fernando de Rojas y la naturaleza de su autoría de La Celestina.

García Jambrina forma parte, desde hace mucho, de ese grupo de autores que aborda sin rubor —pero con ambición y con buen gusto— temáticas que durante décadas han pertenecido al feudo de la literatura llamada «popular» o que la crítica, digamos (pero entrecomillemos), «seria» sigue considerando de segunda categoría. Así pues, tal vez estemos en primer lugar ante una novela negra, de estructura clásica: un cadáver en el primer capítulo, un investigador y sus particulares motivos, una investigación jalonada de sorpresas —incluídos, claro está, inocentes que parecen sospechosos y sospechosos que parecen inocentes— y una solución final con gato encerrado. Sin embargo, sólo hace falta recordar que el investigador protagonista es Fernando de Rojas, el judío converso que con apenas 25 años dicen que escribió La Celestina, para que cualquiera se dé cuenta de que García Jambrina nos está invitando a algo más que a un festín de buenos y malos. La suya es una invitación a saltarnos los prejuicios de los llamados géneros y a dejarnos llevar por una historia que cautiva de principio a fin. Por supuesto, satisfará plenamente a los lectores de novela histórica, que se sentirán fascinados —con razón— por la misteriosa figura de Fernando de Rojas y por las lagunas históricas que García Jambrina ha llenado hábilmente con ficción novelesca, en la más pura clave del género. Hay que decir, además, que al profundo conocimiento de la época abordada suma el autor su habilidad para no rebasar en ningún momento esa delgada línea en la que el novelista se convierte sólo en el disfraz del estudioso. No es el profesor quien nos habla en estas páginas, sino el narrador que cree en su historia y la transmite con entusiasmo y pasión. Dos sentimientos que su prosa transmite con la eficacia con que el cobre conduce la electricidad. Sin embargo, el profesor está ahí, agazapado, y seducirá a otro tipo de lector: el que busca el idioma depurado, los personajes de calado filosófico y la novela más intelectual.

A algunos de esos lectores entusiasmará el final, con atrevida licencia argumental incluída, aunque algunos puede que se lo tomen muy en serio y otros puede que sonrían pensando que no podía ser de otra manera, conociendo a su autor y conociendo un poco de la historia verdadera. Y no creo que ni uno solo deje de celebrar la existencia de una novela que participa de varios géneros y asuntos sin rebajar ninguno de ellos ni rebajarse a sí misma.

En ese y otros sentidos, esta novela es un festín. Por desgracia, se publican pocos libros como éste. Porque, también por desgracia, hay pocos profesores de la Universidad de Salamanca que se atrevan a no tomarse la Literatura tan en serio y escriban novelas negras sobre asesinos en serie del siglo XV. El Manuscrito de piedra es un manjar difícil de encontrar, una delicatessen. Por eso es tan coherente estar hablando de ella el día de Navidad.

Y ya que hoy es hoy, me atrevo a proponer un brindis a la salud de todos los autores que, como García Jambrina, se atreven a saltarse los convencionalismos y escribir pensando en el lector. En un lector que sea, además, un ser pensante y más o menos leído, al que no se pretenda engatusar con cualquier cosa pero sí hacerle soñar, invitarle al juego de espejos y probabilidades que simpre ha sido la Literatura. Brindo por la larga vida de esa familia de escritores que para mí componen nombres como Félix J. Palma, Javier Azpeitia, Luis Manuel Ruiz, César Mallorquí, Elia Barceló o Pilar Pedraza, entre otros. Y por los lectores entusiastas que les estaremos esperando, a veces en mitad de la Tormenta.




Luis García Jambrina: «Las letras pueden ser un buen asidero en tiempos de crisis»

–Convertir a Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, en un investigador de crímenes en serie es, cuanto menos, osado. ¿Es la familiaridad con los clásicos lo que ampara tanta osadía o hay otras razones, que pueda confesarnos?


–La novela nació de una fascinación por la figura de Fernando de Rojas. Casi todo lo que rodea a La Celestina y a su autor –o autores– es un misterio, y eso me interesaba mucho. Naturalmente, he incorporado a su biografía lo poco que sabemos de él y algunos rasgos que se le atribuyen, como su condición de converso, que es un aspecto fundamental en la novela. A partir de ahí, he intentado crear un personaje verosímil y atractivo. Yo lo convierto, desde la admiración, en una especie de detective que por obligación tiene que investigar una serie de crímenes. Eso crea conflicto a su alrededor y me permite hacer que se mueva por todos los lugares y estamentos de la ciudad de Salamanca en ese momento. Se trata, naturalmente, de un personaje muy complejo, con sus virtudes y sus debilidades. Es un hombre ya del Renacimiento, un humanista, con una gran inteligencia, una mente deductiva y una curiosidad infinita, pero también algo ingenuo. Desde muy joven, ha vivido consagrado al estudio, y muy pronto se da cuenta de que no todo está en los libros y de que estos no bastan para conocer la verdad. Es también un antihéroe heroico. Al final, ese proceso de investigación será también un proceso de búsqueda de la verdad y de transformación personal. Es uno de esos personajes a los que les coges cariño y luego te cuesta mucho despedirte de ellos.

Para leer la entrevista completa, haz click AQUI

miércoles, diciembre 24, 2008

Postales de invierno, Ann Beattie

Traducción de Marta Alcaraz Burgueño. Prólogo de Rodrigo Fresán. Libros del Asteroide, Madrid, 2008. 384 pp. 18,95 €

Mercedes Cebrián

Si se pudiera medir la intensidad de ciertos personajes de novela, Charles, el protagonista de Postales de invierno, daría unos niveles tan altos que harían saltar las alarmas. Todo en esta novela se ve a través de su mirada, la de un hombre de veintiocho años —ojo: veintiocho años de los de mediados de los 70— enamorado o más bien obsesionado con Laura, una mujer casada con la que salió durante un tiempo cuando ella no estaba aún comprometida.
Las vidas de Charles y de sus familiares y conocidos (su madre, Clara, y su padrastro, Pete; su inseparable amigote Sam; su hermana Susan; su compañera de trabajo Betty…) son entre anodinas e insostenibles, por razones relacionadas con el entorno socioeconómico en el que viven y con el funcionamiento poco funcional de sus cerebros. En este paisaje vital y geográfico (un crudo invierno de 1975 en Washigton) sitúa Ann Beattie a sus personajes y nos narra durante 362 páginas su día a día, centrándose en la cotidianidad del obsesivo y apocado Charles.
El lector enseguida se dará cuenta de que la cabeza de Charles es una máquina de pensar en Laura: de recordar buenos y malos momentos (entre los buenos destaca el rico suflé de naranjas y Brandy que Laura hacía), de fantasear con otros que probablemente nunca tendrán lugar y de tratar de reparar sin solución los errores cometidos por ambos y que les posibilitarían ser felices juntos (“la realidad invade sus fantasías, es un problema que siempre ha tenido”, nos dice el narrador sobre Charles en una tercera persona muy cercana a aquel). Este mecanismo obsesivo, hiperrealista y excelentemente fabricado, impide, como no podía ser de otra manera, el avance de la acción. Pero, ¿de qué acción estamos hablando? Tampoco nos perderíamos grandes acontecimientos vitales si ésta avanzase más rápidamente, como mucho un paseo en coche hasta el supermercado o hasta la pizzería para comprar la comida que ninguno de los personajes quiere cocinar por pura desidia. Como Charles y su inseparable Sam son un par de tipos sin muchas aspiraciones vitales, fácilmente considerables niñatos, sus acciones son mucho menos interesantes que esa verborrea silenciosa que pasa por la cabeza del primero. Ese es el motor y a la vez el combustible de esta novela: las gafas que Charles lleva puestas para observar el mundo y la galería de personajes que tras ellas se nos muestra: todos son tristes y disfuncionales porque quien los mira también lo es.

Postales de invierno está emparentado con Vía Revolucionaria de Richard Yates por ser ambos crónicas del desencanto ante el estilo de vida estadounidense. Yates centra su novela en los sesenta y Beattie en los setenta: las bandas sonoras son distintas —en Postales, Bob Dylan acaba de sacar disco nuevo—, pero el vacío del que nos hablan es similar, y fácilmente trasladable a nuestra década.

martes, diciembre 23, 2008

Soldado de Sidón, Gene Wolfe

Trad. Ana María Nieda Calvo. La Factoría de Ideas, Madrid, 2008. 352 pp. 19.95 €

Luis Manuel Ruiz

Desde su origen, inspirada por las sagas de Tolkien y los excesos vikingos de Robert E. Howard, la fantasía heroica se ha inclinado por los escenarios nórdicos y la mitología heredada de las antiguas fábulas escandinavas: trasgos, elfos, hadas y enanos son figurantes habituales de esa tradición literaria que tiene su puesto entre nieves ásperas y bosques de coníferas. Sólo muy tardíamente se ha aventurado el género a asomarse al filón que ofrecían otro tipo de geografías, como la griega; a pesar de su prodigalidad en materia de monstruos, héroes y lances épicos, los mitos griegos acaban de llegar, como si dijéramos, al predio de las aventuras fantásticas. De fecha más o menos reciente son la recreación de la guerra de Troya en las novelas de Dan Simmons (Ilión, Olympo) o la muy meritoria epopeya con que Javier Negrete obtuvo el Premio Minotauro un par de años atrás, Señores del Olimpo. Como no podía ser de otro modo, este tipo de relatos explota la prolija vena maravillosa de las crónicas de Homero y Hesíodo y pone nueva voz o añade nuevas peripecias a las añejas ya corridas por Aquiles, Héctor o Zeus y su excéntrica familia de inmortales. No sé si atreverme a consignar aquí que esta variante del género tuvo su origen en un título publicado en 1986 por Gene Wolfe, prócer de la ciencia ficción en lengua inglesa, y que en castellano editó Martínez Roca (edición naturalmente descatalogada) con el rótulo Soldado de la niebla. En él, Wolfe ofrecía un producto ciertamente singular y colmado de atractivos. A medias pastiche histórico y a medias novela fantástica, el argumento seguía los pasos de Heródoto para narrar las vicisitudes de un mercenario romano en las postrimerías de las Guerras Médicas, durante el segundo cuarto del siglo V antes de Cristo. Latro, el protagonista, era enviado por el mismísimo Apolo en busca de un santuario oculto, y en su periplo, que le llevaría desde Tebas hasta la ciudad sitiada de Sestos, conocería al poeta Píndaro y recabaría la ayuda de la esclava adolescente Ío, que no tardaría, según es predecible, en quedar prendada de él. Los avatares de Latro continúan en la segunda entrega de la serie, Soldado de Areté, donde la acción se traslada a Tracia y entran en juego las célebres amazonas. El atractivo de la saga, que sería reunida en un ómnibus por la editorial inglesa Orb Books bajo el encabezamiento Latro in the mist, consiste en primer lugar en su acertada combinación de rigor documental y ribetes de cuento de hadas, por no decir excentricidades mitológicas: personajes históricos contrastados y monstruos de alegoría conviven alegremente a lo largo de sus páginas, y esa yuxtaposición del rey Leónidas y la esfinge o el centauro prestan un colorido muy peculiar a la obra que la individualiza y la vuelve fácilmente reconocible frente a otros intentos de ficción histórica de cuño similar. El atractivo del que pretendo hablar en segundo lugar, last but not least, lo reservo para el comentario de Soldado de Sidón, la última parte de la (hasta ahora) trilogía, aparecida en inglés en 2007.
Agotada la veta de la imaginación griega, Wolfe pone rumbo ahora al antiguo Egipto, cuyos dioses y leyendas se dispone a saquear para presentarnos un trabajo que no difiere ni en atmósfera ni en resultado de sus predecesores. Presunta realidad histórica y fantasía mitológica vuelven a darse la mano en la descripción del viaje de Latro hacia las fuentes del Nilo, adonde le conduce la misión encomendada por el sátrapa Achaemenus, y para el cumplimiento de la cual contará con el apoyo de una caterva de soldados, sacerdotes y escribas encabezada por el muy honorable Qanju, docto en el arte de leer las estrellas. A su lado se hallarán también Myt-ser’eu, prostituta sagrada al servicio de Hathor, y el siniestro hechicero Sahuset, que guarda en la bodega del navío que les conduce río arriba la figura de cera de una mujer que cobra vida al caer la noche. La sucesión de acontecimientos prodigiosos, así como las refriegas y el contacto con las entidades de otro mundo, están servidos: Latro será patrocinado por Osiris, matará bandidos en cementerios abandonados, se enfrentará a tribus aberrantes de esas fronteras de Nubia que la civilización no se atreve a desbrozar, sostendrá duelos con un demonio en forma de pantera cuyo pelaje comparte la opacidad de la muerte. Las andanzas del protagonista, algunas de ejecución más afortunada que otras, no se alejan excesivamente de las que pueblan cualquier otro ejemplo de fantasía épica, con sus mandobles, bestias preternaturales y nubarrones de magia; sin embargo, Wolfe sabe dar a su creación un sesgo distinto, que sin duda le aporta originalidad y empuje, y ese sesgo está en la forma. Porque Latro olvida todo cada vez que se echa a dormir.
El recurso, que era ya uno de los motores más poderosos de Soldado de la niebla y continúa animando Soldado de Areté, conserva todo su poder de fascinación en esta secuela última. Según se nos relata en el primer volumen, el personaje principal ha recibido una herida en el cráneo durante el curso de una batalla que le ha dañado ese compartimento del cerebro donde se atesoran los recuerdos. Así, queda condenado a uno de los destinos más atroces que pueden afligir a un mortal, el de no ser, el de perderse cada día en la corriente de las cosas, el de carecer de pasado reconocible, el de saber que el futuro ha de pudrirse forzosamente en el mismo estercolero de los días que pasaron y no existen. El único vínculo de Latro consigo mismo es un rollo de pergamino que está obligado a ir rellenando constantemente con sus fugaces impresiones y las sombras de esa memoria que están a punto de huir y que se esfumarán con el primer sueño: el texto de la novela no sólo es, por tanto, la descripción pormenorizada de sus combates y amoríos, sino también el desesperado intento, en forma de diario, de salvar su precaria identidad del flujo del devenir, que reinventa el universo a cada amanecer. Ese rasgo dota al héroe de Wolfe de una inesperada grandeza y justifica ya de por sí, si careciera de otros méritos, su obra: no cabe defensa más apasionada de la literatura que la que la convierte en el último reducto de lo que somos, de lo que pretendemos ser, de lo que no podemos olvidar que somos.

lunes, diciembre 22, 2008

Cuatro veces fuego, Lara Moreno

Tropo, Zaragoza, 2008. 249 pp. 15 €

Recaredo Veredas

El lector que se adentre en las páginas de este libro hallará seres humanos arrastrados hasta sus límites, hacia fronteras difíciles de trazar, que no son siempre las suyas o las de sus semejantes pero que, gracias al talento de su autora, percibe como irremediables. Aunque el destino de los personajes, emplazados casi siempre —lo sepan o no— en situaciones epifánicas, se encuentre muy lejos del suyo e incluso sus decisiones le parezcan fruto de la insanía, finalmente comprenderá que siguen una lógica —definida por criterios alejados de lo habitualmente marcado como razón— casi inapelable.
Cuatro veces fuego ha sido escrito por la narradora y poeta Lara Moreno. Está en dividido en cuatro partes, tituladas “Los pequeños fuegos”, “La búsqueda”, “Criaturas” y “Cortafuegos”, metáforas nítidas, aunque no manifiestas, de su contenido. Lara Moreno no es una autora novel: ha ejercido de editora en la recopilación poética Aquí y ahora (Igriega Movimiento Cultural, 2008) y ha escrito el poemario La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008) y el libro de relatos Casi todas las tijeras (Quorum, 2004).
No es fácil hallar en la literatura española autores —jóvenes o maduros— que combinen con tanto desparpajo atrevimiento formal, historias verosímiles y personajes creíbles. El registro que predomina en estos relatos es lírico, sumamente apoyado en recursos expresivos que recuerdan el pasado poético de su creadora. Lara Moreno sabe endurecer o suavizar el tono cuando es necesario, sin recurrir a rupturas demasiado bruscas o excesos informativos. Además, como toda buena escritora, controla la descripción de espacios, que resultan absolutamente significativos e influyen con determinación en la conducta de los personajes, a veces con el vigor de un protagonista más. Sobre todo el mar, un espacio que atrae, fascina y condena a los personajes al mismo tiempo.
Narrar sentimientos y situaciones extremas no es fácil y menos en primera persona. Lara Moreno toma, sin que el lector apenas lo perciba salvo por la claridad de lo contado, la distancia necesaria, aquélla que le permite moldear sus relatos y ayuda a que su estructura y su forma encajen a la perfección con lo que desea transmitir. Es la suya una actitud que implica un riesgo desmesurado: se emplaza en la frontera de un caos en el que nunca cae.
Sus mejores textos son los escritos en primera persona, los más subjetivos, en los que se introduce plenamente bajo la piel de los personajes para mostrarnos su verdad, ajena a lo común, pero no por ello menos cierta, gracias a su capacidad para adentrarse en el alma humana. Aparecen en estas páginas temas actuales y clásicos, incluso añejos, realzados por la inmarcesibilidad de los sentimientos. No es una literatura fácil, como tampoco es simple el encuentro con las zonas más remotas, menos exhibidas, de nosotros mismos.