viernes, diciembre 05, 2008

El ladrón mago, Sarah Prineas

Trad. Matuca Fernández de Villavicencio. Montena, Barcelona, 2008. 304 pp. 18,95 €

Carmen Fernández Etreros

Sorprende en el panorama de la literatura para jóvenes este libro, El ladrón mago, y resulta un buen ejemplo de la lozanía de la literatura fantástica juvenil. Si bien se pueden encontrar ciertas coincidencias con el admirado mago internacional Harry Potter, el joven Conn, el protagonista de El ladrón mago, tiene una personalidad arrolladora y unas manos extremadamente ágiles. Ya avanzo que la aventura que cuenta la escritora Sarah Prineas es original y sorprende en un panorama colonizado por grises magos y magias “pseudopotter”.
El ladrón mago, que ha sido publicada en nuestro país por Montena y ya se encuentra en la lista de más vendidos de Gran Bretaña, cuenta la historia de un joven ladrón cuyo oficio es robar a los transeúntes despistados. La casualidad y la suerte hacen que Conn tropiece en su camino con un poderoso mago, Newery, y le robe una piedra que resulta ser su amuleto. En una situación normal el joven Conn debería haber muerto calcinado nada más tocar la piedra, pero milagrosamente la piedra brilla tranquila en su mano.
“¿Matarme había dicho? ¿La piedra locus iba a matarme? Me llevé la mano al bolsillo. Entonces me vi sacar la piedra. Sobre mi palma, parecía un trocito de noche con contornos suaves. Parpadeé y la piedra empezó a crecer, y de repente mi mano estaba cubierta por una masa oscura y pesada. El fuego de la chimenea tembló y se apagó” (pág. 15).
El huraño y solitario mago Newery, sorprendido por el prodigio, lo convence para que se convierta en su aprendiz, y desde ese momento comienza la poco creíble conversión del pillo ladrón en mago. El joven Conn tendrá que adquirir ciertos conocimientos como conjuros mágicos, pero además para ser un mago verdadero necesitará descubrir cuál es su piedra mágica, su “locus magicalis”. La búsqueda de la misteriosa piedra le llevará a descubrir un secreto mayor, con el que el joven aprendiz de mago podría salvar la ciudad.
Un libro curioso que se complementa con el original diario del mago Newery con el que termina cada capítulo, por el que el lector puede conocer los verdaderos pensamientos y dudas de Newery sobre su aprendiz. Además cuenta con las mágicas ilustraciones de Antonio Caparro que van registrando con destreza paso a paso las aventuras del joven Conn dotando la aventura de realismo y acción.En suma una nueva saga de novela juvenil prometedora, que destaca en este primer título por la agilidad y el ritmo que imprime la autora, con el que con seguridad disfrutarán los numerosos adictos al género de la literatura fantástica juvenil.

jueves, diciembre 04, 2008

Operación masacre, Rodolfo Walsh

451 Editores, Madrid, 2008. 230 pp. 17.50 €

José Morella

El 16 de septiembre de 1955 fue derrocado el presidente Juan Domingo Perón por un grupo de militares financiados por los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña. Resulta muy difícil, y no tendríamos el suficiente espacio ni la suficiente erudición para ello, hablar sobre el peronismo, y menos a este lado del charco. Como todo movimiento de masas (ahora se les llama populismos, aunque los que abusan de este vocablo se cuidan mucho de llamar populismo a otros ciertos movimientos de masas), se resiste a las definiciones y a los juicios precipitados. La variedad de sensibilidades, capas sociales y tendencias ideológicas que han querido estar al abrigo del Partido Justicialista a lo largo de decenios no nos deja la tarea fácil. Pero tal vez baste algún dato para sondear lo que aquellos milicos ultracatólicos que se llamaron a sí mismos la Revolución Libertadora pretendían al intentar acabar para siempre con el fenómeno peronista: en la consulta para la reforma constituyente de 1957, con los sindicatos totalmente intervenidos y el Partido Justicialista disuelto (se había prohibido incluso mencionar el nombre de Perón en público), el mayor número de votos fueron en blanco. Es decir, peronistas. Para ganar, Perón ni siquiera necesitaba estar presente.
Un año antes, en el 56, el gobierno militar había asesinado a varios miembros de la resistencia por un supuesto intento de levantamiento contra el régimen. El hecho no tuvo ningún tipo de repercusión en los medios. Varios meses después, el periodista Rodolfo Walsh se enteró de que uno de los fusilados había sobrevivido, y de ese modo comenzó su investigación. Nueve años antes de A Sangre Fría, de Truman Capote, Walsh rompe todas las barreras entre ficción y realidad y nos alcanza esta novela con la que, a diferencia de su colega norteamericano, se jugaba mucho más que un vago sentimiento de culpa. Se jugaba el pellejo. Walsh descubrió, después, que había más de un superviviente de aquella matanza, y fue contactando con ellos uno a uno. Lo fascinante de la lectura de Operación Masacre no está solo en el recuento de los hechos y la emoción de la reconstrucción de un crimen, sino en ver cómo Walsh va abriendo con sus palabras un boquete en la verdad, una pequeña puerta a la sala de los horrores de la historia de la Argentina contemporánea, y en cierta forma de toda América Latina. También impresiona el modo en que el autor va evolucionando políticamente a medida que escribe, cómo su propia investigación se vuelve aprendizaje, sabiduría viva que le va conformando como persona, que le va comprometiendo con la justicia social y con las clases desfavorecidas. Ese compromiso fue el mismo que le llevó a la muerte en 1977, en plena calle, a manos de hombres de la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada), poco después de haber enviado su famosa y estremecedora Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar. Poco antes había perdido, en la misma lucha, a su hija Victoria y a su amigo Paco Urondo.
Yo leí Operación Masacre en Buenos Aires hace 11 años, en un ejemplar gastado que me prestó una compañera de la facultad, y el impacto que me llevé fue tremendo. Saber que 451 Editores nos la trae ahora a España me alegra porque nos ayudará a entender un poco más, desde este lado del mundo, las cosas que han ocurrido y que ocurren en el otro. Uno empieza a estar cansado de la manera en que desde Europa se encapsulan, mediante titulares simplificadores y breves crónicas en los medios de comunicación, fenómenos complejos que a veces se tardan en entender toda una vida. Y no hablo de una vida leyendo en tu sillón de orejas con la calefacción encendida. Me cansa leer explicaciones cerradas acerca de un Evo Morales o un López Obrador en 5000 caracteres Times New Roman. Uno no sabe nada, pero sabe, al menos, cómo de grande es esa nada.

miércoles, diciembre 03, 2008

Como una historia de terror, Jon Bilbao

Premio Ojo Crítico 2008. Salto de Página, Madrid, 2008. 248 pp. 18,50 €

Nere Basabe

Tras su primera novela El hermano de las moscas, que tan buenas críticas le deparó, Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) vuelve a publicar en la editorial Salto de Página un libro de relatos esta vez, Como una historia de terror, siete historias que vienen a confirmar la acertada apuesta y solidez de esta nueva voz.
Uno de los rasgos principales –y sin duda, su mayor acierto- que unifica estos relatos recae en la sorprendente capacidad de Jon Bilbao para convertir situaciones de la vida cotidiana (con preferencia por las relaciones de pareja) en un verdadero thriller, sin pistolas ni asesinatos, pero que no por ello desmerece de lo mejor del género, haciendo en muchas ocasiones del amor “una historia de terror”, como reza el título del último de los relatos. Jon Bilbao rinde así homenaje a la literatura de terror más clásica, sin sangre ni estridencias, y recrea unos ambientes de suspense y amenaza en las situaciones más banales, sosteniendo una tensión narrativa, inquietante y a veces angustiosa, que sin duda constituye lo mejor de este libro.
La amenaza suele provenir en estas historias de elementos exteriores en principio anodinos: pequeños animales (una rata, unas ardillas), objetos de deseo (un juguete sexual que se mantiene en la incógnita, la ropa interior de una vecina) o visitas que irrumpen de fuera y pronto se convierten para los protagonistas en algo perturbador: una pareja que insiste en penetrar en una casa de veraneo convencidos de que es la suya, un vecino que llama reiteradamente a la puerta solicitando trabajo, unos ocasionales compañeros de viaje, otro vecino que cría cerdos y se empeña en regalar a los nuevos habitantes de la casa grotescas figuritas talladas por él mismo… El paisaje también juega un papel destacado como un protagonista más –casi siempre, acechante- de muchos de estos relatos: varios bosques, un lago, una casa de paredes de cristal, expuesta al exterior… Pero detrás de esos elementos perturbadores late tal vez lo más inquietante, la asfixia y las sombras de la intimidad de la pareja, los monstruos que muchas veces llevamos dentro y a los que cualquier anécdota nos puede obligar a enfrentarnos, con lo que Jon Bilbao lleva sus historias, muchas veces anecdóticas, al terreno de una reflexión más profunda.
El primero de los relatos lleva por acertado título Prolegómenos, y constituye en efecto una inmejorable introducción, una invitación a la complicidad, a seguir leyendo y descubrir el misterio. Desde mi caprichoso punto de vista Prolegómenos es tal vez el relato más logrado y cerrado de todo el libro: en un tiempo especialmente breve, acompañamos a una pareja en un taxi londinense a recoger un artículo encargado en un sex-shop y, emocionados e impacientes por estrenarlo, acuden antes a cenar a un pequeño restaurante italiano. Y aunque la acción principal es sin duda la que acontecerá tras la cena, ésta nos es arrebatada; es el argumento y la elipsis de todo el relato: “Sin hacer caso a quienes nos rodean nos recostamos en nuestras sillas, excitados y esperanzados, porque éstos no son más que los prolegómenos”, concluye así el relato. Pese al frío y la inclemente lluvia de la noche londinense que los envuelve, y cierta siniestra premonición acerca del juego sexual que les espera, el ambiente de esta historia resulta especialmente acogedor, algo que no se volverá a repetir en este libro. Jon Bilbao sabe hacernos mantener la expectativa, y quizá sea éste precisamente uno de los pequeños problemas que presentan otros relatos, lo que contrasta este primer cuento, Prolegómenos, con el que da título al libro, Como una historia de terror.
Frente a la pasión encendida de los primeros, el último relato, mucho más extenso, nos presenta a una pareja en descomposición que, como tantas, opta por la huída y el exilio rural con la esperanza de borrar su vida anterior y empezar de cero; un punto de partida que, ya desde el principio, sabemos equivocado, pero que se intensifica ante los problemas prácticos y amenazas invisibles que la nueva casa, en pleno bosque y “en medio de la nada”, comienza a presentar. Sueños recurrentes y terroríficos, la desaparición del perro, del anterior propietario de la casa, un vecino jorobado y siniestro y el progresivo distanciamiento de la pareja, que calla por no reconocer su error, parecen venir a vaticinar lo peor, en un suspense que se intensifica a cada página. Pero como en otros tantos relatos, ese intenso suspense que fuerza los límites de lo razonable alcanza el clímax unas cuantas páginas antes de su desenlace (mención aparte merece también el interesantísimo y opresivo relato El hambre en los alrededores del lago, las inesperadas consecuencias de una dieta que da miedo), para disolverse después en una un tanto deshilvanada vuelta a la rutina y la trama de la sensatez, que parece venir a darnos, en las últimas líneas de cada relato, unas palmaditas en la espalda como queriendo decir “no era para tanto”, y que no corresponden y tal vez deslucen las altas expectativas creadas –aunque ayude, eso sí, a conciliar el sueño después.
Más allá de la concurrida Oxford Street o el Parque Nacional de Yosemite, no se nos indica en la mayoría de los relatos la ubicación de los mismos y ni tan siquiera el nombre de sus protagonistas, con lo que se pretende una “universalidad” que sin embargo no escapa en la mayoría de los casos al paisaje de la narrativa norteamericana. La sobriedad de su estilo, sin una palabra de más, ayuda a esta impresión general, en la que sobresale el uso tan preciso de un vocabulario a veces sorprendente que no tiene reparos en codearse con las expresiones coloquiales. Y aunque conviven un par de relatos menores y como de transición (El ladrón de lencería, Rata, que no por ello dejan de ser interesantes), Como una historia de terror incluye al menos cuatro cuentos dignos de todos los elogios, y la mejor muestra del pulso narrativo y la capacidad de crear suspense de este autor. Ya sabéis: si queréis pasar miedo…

martes, diciembre 02, 2008

El camino del tabaco, Erskine Caldwell

Prol. Horacio Vázquez-Rial. Navona, Barcelona, 2008, 195 pp. 12,50 €

Juan Pablo Heras González

Hoy parece una rareza. Se nos presenta como un Faulkner en tono menor, sepultado por años de olvido. Pero El camino del tabaco vendió más de dieciocho millones de ejemplares entre 1932 y 1940, tuvo una exitosa adaptación teatral en Broadway y fue llevado al cine por John Ford en 1941. Y aunque no ha dejado de reeditarse con cierta frecuencia, hoy uno se asoma a este libro presumiendo que va a encontrarse con los valores caducos de un éxito coyuntural. Sin embargo, una vez leído resulta más fácil explicar las razones de su reedición actual que las del éxito fulgurante que le acompañó en su aparición en el mundo. Es cierto que resulta más asequible que El ruido y la furia, y que hay algo de morboso en la elección del tema. Pero puedo asegurar que si esta novela hubiera sido escrita hoy y encontrara un editor valiente que se atreviera a sacarla a la luz —hoy, el riesgo comercial se compensa con un halo de clásico olvidado—, apenas se asomaría a las autopistas de los best-seller. Porque carece de personajes con los que el lector pueda simpatizar, de intrigas subyugantes y de prosas preciosistas. El camino del tabaco es una novela desnuda, amoral, un panorama tan aséptico como despiadado del subdesarrollo de la vida rural en el sur de Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Caldwell da cuenta de unos días en la vida de los Lester, una vieja familia arruinada que se resiste a emigrar a la ciudad, con la esperanza vana de que vuelva a brotar el algodón en el campo yermo en el que malviven. Su hambre sólo es comparable con su abulia y su mezquindad, y ahí van dos botones de muestra: Jeeter, el padre, siempre encuentra algo mejor que hacer cada vez que decide llevar a su hija de 18 años al hospital para que le cosan una monstruosa hendidura en los labios, que tiene desde que nació; la abuela es sistemáticamente ignorada, como si fuera invisible, y sobrevive comiendo raíces y hojas que encuentra ella misma por los alrededores. Cuando parece que nos asomamos a un descenso vertiginoso hacia lo animal, cuando parece que los personajes sólo se mueven por impulsos primarios de hambre y sexo, de repente aparecen patéticos vestigios de humanidad: la madre, Ada, tiene como única ilusión que la entierren con un vestido que esté a la moda del momento, que ya entonces cambiaba inexplicablemente cada año; Jeeter reza constantemente, pendiente de que sus acciones estén de acuerdo con la ley de un Dios inefable que no deja de castigarle; el hijo menor encuentra una fascinación sublime en escuchar el claxon de los coches. Es entonces cuando uno se pregunta si es la civilización o la barbarie lo que ha llevado a estos seres a ser más sensibles a las frías y brillantes curvas de un coche nuevo que a la agonía de una anciana moribunda o de un negro atropellado. Y todo parece indicar que es en esa encrucijada entre la selva primigenia y la ciudad de los hombres donde se halla el monstruo. Y, ojo, no cabe hablar de deshumanización, porque también en lo humano está la oscuridad, la misma de la que es espejo El camino del tabaco, un best-seller imposible e inexplicable que nos deja en el aire una pregunta cuanto menos inquietante: ¿en qué hemos cambiado como lectores a lo largo de este siglo.

lunes, diciembre 01, 2008

Occidente, Juan Carlos Gea

Trea, Gijón, 2008. 87 pp. 12 €.

Alba González

Hay libros que invitan al desconcierto. Occidente de Juan Carlos Gea (Albacete, 1964) es uno de ellos. Pero si como decía Stendhal hablar de política en una novela es como un pistoletazo en medio de un concierto, no es menos de agradecer que este poeta afincado en Gijón revuelva las faldas y chaqués de los lectores con semejante cañonazo épico. No es nuevo en su producción el abordar textos de recorrido largo, recuperaciones, no por prosaicas menos líricas, de los pulsos de la epopeya: su anterior libro, El temblor (publicado en 2005 en la misma casa) poetizaba sobre el terremoto que sacudió Lisboa un Sábado de Santos de 1755.
Occidente tiene varias partes, dos de ellas nombradas: la primera son las Vísperas, la última, las Completas. Horas de rezo para enmarcar un día, un tiempo extendido en los versos pero cercado, por si el lector tiene la tendencia de perder los relojes, por estas marcas que señalan el inicio de la loa a dios, o la celebración del descanso. El topos es una ciudad costeña, es Gijón, pero transmutada: los barcos que llegan a su puerto se atragantan con la fricción de sus consonantes y piden, como una salmodia al vaivén del mar, remolcadores que les permitan la tierra firme, el contacto.
Si tomamos uno de esos barcos para fondear en el puerto y observar la línea de edificios de la ciudad, invirtiendo un tanto el foco del libro, vemos que la voz de estos versos pasea con ritmos cambiantes: la lentitud de las tardes en el muelle, jubilados, niños, rutinas… la curiosidad a la que llaman las pocas piedras viejas que su paisaje industrial oculta y que nos conforman, a veces el fervor con el que se toma un credo (esto es: un verso) y se profieren palabras viejas para cobijarse del frío urbano o se piensa en el mundo tomando los ropajes de un viejo sátrapa, la costumbre de la carta admonitoria. Y la voz que camina, el poeta que observa y compone, oscila —así lo vemos desde el barco, tal vez refugiados de la llovizna pesada que vuelve oleosos los huesos y se cuela en el libro— siendo occidente-geografía, occidente-pensamiento, occidente-modernidad.
"Todo rueda a poniente: / es el curso de las cosas vistas desde un punto fijo". Tenemos el mundo y tenemos al sujeto en este Occidente. Y todo —ese sujeto, ese mundo— inexorablemente lanzados hacia las puestas de sol que tan bien se versifican desde una ciudad con mar, que tan bien se comprenden. Hay un cierto desmoronamiento en el discurso que sostiene Juan Carlos Gea en este libro, una firme sensación decadente al observar el universo circundante: se le dice al rey de Uruk, en larga carta que: "Y, respecto a las cosas, apreciamos sus fragmentos. / Por eso las hacemos volar en mil pedazos / para luego reconstruirlas por un precio razonable / y empezar todo de nuevo. / Así crece la escombrera». Y en otro punto se dice, al respecto de una estatua real de esta ciudad: «No es el índice de un César imperioso; / se parece más bien al de un padre resignado / que, muy a su pesar, envía al niño al sótano / ante el hecho incontestable: que la raza degenera".
Si no bastan los fragmentos para retratar la personalísima voz de este poeta, vayan pues algunas otras imágenes; primero una que puede servir para retratar el papel de esa voz en este libro: "Ya lo habéis adivinado: yo soy reo, / no menos que vosotros, y este empleo / como guía, mi escarmiento. Ni me agradan / estas sayas ni este andar con el sermón / de unas vidas ejemplares". Luego aquella que describe una de las esencias del poemario: "Esto es la normalidad: sobre marcas cambiantes / de los clanes e imperios, de reinos y comarcas / principados y provincias, señoríos, / esta luz marca otro límite: horizonte / por encima del cual sólo vuelan las gaviotas".
Terminemos por el nombre: Occidente. Dice el diccionario que proviene del verbo occido que significa caer y aludimos así al punto geográfico por el que se pone el sol. Curiosamente, hay dos verbos latinos con similares raíces, de tal modo que occido, proviniendo de otro matiz pero con una flexión estrechamente relacionada, significaría muerte. "¿Quién sabría decirme cuánto dura un nombre propio? / Lo que dura el propio cuerpo: exactamente". De la caída y su proceso (caída en edad, en mores, en piedra hecha ruinas, incluso en discurso), por lo tanto de origen y fin —así lo marcan las partes— habla, me atrevería a sugerir, este libro.