viernes, octubre 24, 2008

Andanzas de Joe Speedboat contadas por el luchador de un solo brazo, Tommy Wieringa

Ediciones Destino, Barcelona, 2008. 349 pp, 20 €.

Salvador Gutiérrez Solís

Hay un buen número de libros que acaban en nuestra mesita de noche/biblioteca/similar por una especie de admiración / coleccionismo / seguridad: el nuevo de Roth, Auster, Coetzee, Vargas Llosa… Otros libros, en cambio, llegan a nuestras vidas por recomendación de un amigo/compañero/crítico favorito, y a menudo nos llevamos grandes chascos, sobre todo cuando creemos que las alabanzas han sido desmesuradas, no es para tanto. Los que formamos parte del gremio literario contamos con un gran ejército de libros regalados, aparecen silenciosos y empaquetados en nuestro buzón, a la espera de nuestra bendición o, por lo menos, de nuestra atención. Y luego están esos otros libros, anónimos, que descubrimos/encontramos en las estanterías de cualquier librería y sobre los que no poseemos información alguna. A menudo me preguntó: ¿qué han de tener estos libros para llegar hasta nosotros, para qué los terminemos comprando? ¿Una portada sugerente, un título provocativo, una contracubierta convincente, un poquito de todo, qué? Me temo que si alguien tuviera la respuesta a esta pregunta se convertiría inmediatamente en el gran fichaje de cualquier editorial de postín. Por mi experiencia personal, he de reconocer que no siempre he acertado, que con frecuencia no he obtenido ni la pedrea en esta particular lotería, pero que cuando mi premonición se ha cumplido, menos de las deseadas, he descubierto grandes libros y, sobre todo, autores que me acompañan a lo largo de los años.
Afortunadamente, apenas ha pasado una semana, he vuelto a acertar. En mi última exploración libresca descubrí Andanzas de Joe Speedboat contadas por el luchador de un solo brazo, de Tommy Wieringa, publicada en España por Ediciones Destino. Wieringa (Países Bajos, 1967), autor aún desconocido en nuestro país, pero con una intensa trayectoria en el propio, así como en buena parte los estados vecinos, se adentra en el sutil/cambiante/desconcertante mundo de la infancia, adolescencia y juventud a través de los inquietos ojos de Fransje, el luchador de un solo brazo. La llegada del delirante Joe a Lonmark, una pequeña población campesina, encadena un sinfín de acontecimientos, todos ellos con el vigor suficiente para lograr despertar a sus habitantes de su eterno letargo. Wieringa se esconde en lo cotidiano de lo local para hablarnos de la vida y sus cosas, de los grandes temas que a todos nos afectan/alteran/importan. Y lo hace mirándonos a los ojos, con humildad, con ironía, desplegando en innumerables ocasiones un humor terrible, que no deja de ser una de las grandes características de la adolescencia. Para ello, Wieringa nos ofrece un magistral catalogo de personajes, todos ellos con un inmenso pozo humano/novelesco, fundamentales a la hora de soportar/equilibrar la estructura narrativa sobre la que se fundamenta esta novela. Se desmarca Wieringa de obras que podrían entenderse similares, proyectando diferentes planos y estructuras sobre el lector, al que consigue involucrar desde el principio como un elemento activo. Es Andanzas de Joe Speedboat contadas por el luchador de un solo brazo una novela inteligente, sutil y pura, por transparente, por real; y Tommy Wieringa, por ende, un autor a descubrir. Una novela que merece escapar del silencio que en demasiadas ocasiones se adueña de los anaqueles de cualquier librería.

jueves, octubre 23, 2008

Epistolario inédito Marañón-Ortega-Unamuno, Antonio López Vega (Ed.)

Edición crítica de Antonio López Vega. Espasa, Madrid, 2008. 236 pp. 23,90 €.

Elia Barceló

Tengo que confesar que los epistolarios nunca han sido santo de mi devoción. Por una parte siento una especie de vergüenza al leer textos que nunca estuvieron pensados para otros ojos que los del receptor de la carta. Por otra parte me da una vaga tristeza, una melancolía del tipo “ubi sunt” ese recorrer –en unas horas, en unos días– años y años de vida de unas personas y de un país que ya no existen. Y, además, por si lo anterior fuera poco, como narrativa los epistolarios son un desastre porque siempre faltan cartas, hay grandes lagunas y cuando uno se interesa por un tema concreto que ha sido nombrado a lo largo de varias misivas, de repente se deja de hablar de él y uno no puede ni siquiera enfadarse con el autor porque no se trata de una novela.
No, no me gustan los epistolarios.
Y sin embargo, reconozco que tiene su morbo y que me ha prendido este Epistolario inédito que Antonio López Vega –el gran especialista en Marañón, así como en Ortega– ofrece ahora al público: un trabajo serio, bien investigado, bien documentado, lleno de notas y aclaraciones sin las cuales el lector se perdería un ochenta por ciento de lo que está pasando.
En el lado personal, es agradable y curioso darse cuenta de que esas grandes figuras de la intelectualidad española –cuando en España los intelectuales aún eran una clase respetada e influyente en el devenir nacional, aunque a ellos no les pareciera suficiente– fueron también personas normales que se felicitaban los cumpleaños, se pedían consejo sobre hoteles que no fueran muy caros en esta y aquella ciudad, y hablaban del tiempo, de sus enfermedades, de sus hijos y de sus proyectos y publicaciones.
En el lado histórico es impresionante leer sus comentarios sobre lo que está pasando en el panorama político del país, desde 1920 hasta la década de los 50, con todos los cambios y las convulsiones que trajeron esos treinta años, tanto para España como para Europa.
Al lector le gustaría que Marañón y Ortega (de Unamuno apenas si hay cartas, porque se perdieron durante la guerra civil) profundizaran más en ciertos temas, nos dieran más explicaciones sobre tantas cosas que ahora vemos lejos y quisiéramos entender mejor: la posición de Alfonso XIII antes de la dictadura de Primo de Rivera (los cotilleos que Marañón le cuenta a Unamuno sobre el rey y su ludopatía son impagables, pero breves), los esfuerzos de los intelectuales por alumbrar una República que fuera para todos, la crispación paulatina –una vez conseguida la República– que llevó a Ortega a decir en 1931 “¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra.”, la esperanza en Franco, el exilio, las dudas y el miedo sobre el regreso, la reinstalación en el propio país, que ya no era realmente el mismo...
Marañón, en carta a Ortega del 43 ó 44, le dice: “creo que debiera Vd. hacer una escapada por aquí. Le aseguro a Vd. Que en España hay un subsuelo neutral donde se vive bastante bien. Es más, a veces siente uno el pesar de no haber estado siempre en ese estrato, que debe haber existido en todos los regímenes. En él se halla cuanto hay de grato en nuestra vida nacional y apenas llegan filtraciones de lo demás.”
Resulta triste darse cuenta de cómo ha cambiado este Marañón que al principio del epistolario estaba lleno de ideas para mejorarlo todo, que se oponía públicamente a todo lo que no le parecía bien, que era un gran luchador.
Sería excesivo decir que se les ve envejecer a lo largo de las cartas; hace falta bastante imaginación para eso y una lectura muy atenta, pero en ocasiones sí surge esa comparación entre lo que fueron en los años veinte y lo que son en los cincuenta. Y el lector tiene muy presente lo que el régimen de Franco hizo para aplastar, silenciar y hacer casi desaparecer todo pensamiento de altura en España.
El epistolario resulta una lectura muy interesante para un lector que quiera acercarse a aquella época desde otro ángulo, a través de las voces de tres –de hecho dos, porque Unamuno sólo aparece prácticamente como destinatario de las cartas de Marañón– de las personas más influyentes de su época. A mí, como novelista, me habría gustado más explicación por parte del editor (que se habría convertido en narrador, soy consciente de ello), más instalación en la circunstancia de cada carta, pero como se trata de un libro académico y la información es excelente, no voy a quejarme.
De lo que sí me quejo como lectora es de que las notas –abundantísimas y de gran interés– estén colocadas al final de cada una de las secciones y de que no haya cintas de colores para marcar las páginas, con lo cual el pobre lector tiene que tener o varios papelitos o muchos dedos ocupados para poder seguir la lectura de las cartas y las notas que las explican. Yo, personalmente, habría preferido tener las notas a pie o, al menos, contar con un par de cintas, como en los misales, para marcar los lugares de referencia.
Salvo este detalle, el libro, como artefacto, resulta muy agradable de manejar y el epistolario es absolutamente recomendable para todo lector que se interese por el pensamiento de tres de los mayores intelectuales de la España del siglo XX.
¡Buen trabajo, señor López Vega!

miércoles, octubre 22, 2008

La misteriosa sociedad Benedict, Trenton Lee Stewart

Il. Carson Ellis. Trad. Daniel Cortés Coronas. Ediciones B, Barcelona, 2008. 409 pp. 14,95 €.

Sofía Rhei

A muchos niños les gustan los exámenes, o al menos la parte de reto que estos no pueden dejar de tener. Otros niños los odian por encima de todas las cosas. Algunos tan sólo son capaces de aprender en el momento del examen, otros no estudiarían si no los hubiera, y un tercer grupo se niega a estudiar precisamente porque existen, haciendo gala de rebeldía. Algunos niños copian, y muchos hacen de esto un arte. A veces un examen muestra más cosas de quien lo está haciendo de lo que podría parecer.
La Misteriosa Sociedad Benedict comienza con una serie de exámenes altamente inusuales, que en realidad forman parte de un complejo proceso de reclutamiento. Están enfocados a discernir varios aspectos de la inteligencia y personalidad de quienes se presentan a ellos que van mucho más allá de las habituales mediciones de memoria y procesamiento de datos a las que estamos acostumbrados.
El libro funciona en gran medida como un juego a través del cual los personajes protagonistas, cuatro niños huérfanos muy diferentes pero muy similares (ya que todos consiguieron pasar a través del fino tamiz del Señor Benedict), han de enfrentarse a enormes dificultades, descubriendo las cualidades que poseen por separado (y que a veces no pensaban tener, o estas surgen empujadas por la adversidad) y, especialmente, en equipo. Cada uno tiene un talento extraordinario (como los ayudantes del Barón de Munchausen o la Patrulla X), y la capacidad y sabiduría de combinarlos son lo que los llevará a la victoria.
Cargado de acción, lleno de personajes curiosos y juegos de palabras (aunque en la traducción no encuentro por ninguna parte un enigma en morse que en la versión inglesa está en la contraportada), se trata de un viaje perfecto para chicos (especialmente) y chicas a partir de diez años. Vamos, que es uno de esos libros que si te lo dan a esa edad te pasas seis meses sin dejar de releerlo.
Lee Stewart resuelve de manera magistral el equilibrio entre seguir a rajatabla las más eficaces reglas del género (cuidadosa anticipación de cada trama, dosificación perfecta de los misterios e intrigas, héroe huérfano pero popular que al final ha de enfrentarse incluso consigo mismo, malvada corporación de funcionamiento robótico, estructura algo cinematográfica, apología del trabajo en equipo) y encontrar una voz redonda y original, mediante la aportación de unos elementos algo grotescos (que remiten a los grandes clásicos de la literatura para niños mucho más pequeños) y de un tipo de humor que, sin embargo, resulta gracioso incluso para los adultos.
Lee Stewart conoce el poder de los nombres significativos, y lo utiliza del mismo modo que Joanna K. Rowling. Otro punto en común con la saga del niño mago es la personalidad del Señor Benedict, que resulta bastante dumbledoriano en muchos puntos, y la ambientación emocional en escuelas que son más un reto y un laberinto que otra cosa.
Con algo de El juego de Ender, algo de Charlie y la fábrica de chocolate y bastantes sorpresas escondidas a lo largo de la trama, este libro de acabado perfecto merece que se le de la oportunidad de acercarse a su primer capítulo, porque del resto, como dirían las Azúcar Moreno, "ya se encarga él". Yo me voy en este momento a encargarle el segundo tomo, aún por traducir, a mi amada Amazon.

martes, octubre 21, 2008

Coma, José Daniel García

XXIII Premio de Poesía Hiperión. Hiperión, Madrid, 2008. 72 pp. 8 €.

Diego Vaya

Hace unos meses José Daniel García (Córdoba, 1979) obtuvo el Premio de Poesía Hiperión con Coma, un poemario más orgánico y compacto que su anterior entrega, El sueño del monóxido (2006). De nuevo demuestra que con menos de 500 versos se puede decir mucho.
El título del libro, como los propios poemas que lo componen, admite múltiples lecturas. “Coma” es un signo ortográfico, una forma del verbo “comer”, la crin de un caballo e incluso una pieza de los asientos del coro de las iglesias utilizada para descansar. Pero el significado que sin duda más se ajusta al del propio libro es el de “Estado patológico que se caracteriza por la pérdida de la conciencia, la sensibilidad y la capacidad motora voluntaria” (RAE). Se podría afirmar que Coma habla de un estado límite, de una línea fronteriza que nos remite a la última sección de El sueño del monóxido, titulada “Límites” y compuesta por un solo poema. Pero no hay que simplificar las cosas: Coma, en su conjunto, no es una continuación de El sueño del monóxido. Más bien “Límites” ratifica –como en poco autores– el proyecto poético coherente y en constante evolución de José Daniel García, cuyo verso final nos pone en la pista de su nuevo libro: “Entre la cuerda floja y el vacío”. Aquí se encuentran dos de los principales ejes de Coma: “la cuerda floja”, es decir, la frontera entre la vida y la muerte junto con la inconsistencia de las cosas, y el “vacío”, fin de todo.
A través de unos versos de Juan Ramón Jiménez introducidos en el poema “Como un ángel que escapa de la nieve” se nos habla del coma: “instante hermoso / que hermanas a los vivos con los muertos”. Esta cita nos conduce a Rilke: “Los ángeles (se dicen) a menudo no sabrían si andan entre / vivos o entre muertos”. El coma es la punta del iceberg, pues a lo largo del libro se va creando una atmósfera que nos sitúa continuamente entre la vida y la muerte, a veces mediante referencias hospitalarias, donde destaca el uso preciso de tecnicismos médico, como en las secciones “La bala” y sobre todo en “Crisálida”. El hospital resultar ser casi siempre la antesala del vacío o el lugar donde la vida se mantiene de forma artificial, con máquinas “sellando sonda y carne, cuerpo y alma”. En otras ocasiones la línea se diluye, y el poeta nos muestra instantáneas del tránsito entre la vida y la muerte, como la insistente visión de un cráneo humeante o la del barquero de resonancias clásicas que con escrupulosa puntualidad cumple con su trabajo: “El uno de noviembre las agujas / orienta a los muertos hacia proa (…)”. Y por supuesto, en sintonía con el barquero, el mar y sus mareas también nos aproximan al vacío, palabra que significativamente vuelve a cerrar el segundo libro de este autor. Parece que la nada se contempla como un centro magnético alrededor del cual todo gravita, pero sólo de forma temporal, porque finalmente terminará siendo atraído.
Hay una estrecha relación clínica entre el coma y el estado vegetativo. José Daniel García se vale de un léxico de referencias vegetales para transmitir la inconsistencia y destrucción de la realidad, incluida la vida. Así sucede cuando se intentan fundir la inocencia y el horror en el poema “Niña y monstruo sonríen” –donde unas espigas de trigo es lo único que separa una y otra cosa–, en la barca de madera de los muertos, en el árbol indiferente ante el dolor, e incluso en el amor, que tampoco ofrece nada sólido: “las raíces del amor / crujen como una silla / desvencijada”. De hecho, el amor queda envuelto en lo meretricio, en los celos, en el engaño, hasta que se pierde de forma definitiva.
Si El sueño del monóxido era la llave, Coma es la cerradura. Ahora solo falta que este poeta nos abra la puerta con su próximo libro.

lunes, octubre 20, 2008

Pizzería Kamikaze y otros relatos, Etgar Keret

Trad. Ana María Bejarano. Siruela, Madrid, 2008. 123 pp. 15.90 €

Doménico Chiappe

Este libro lo componen cuatro textos breves (unos más que otros) y un relato largo, que no llega a ser una novela corta, a pesar de sus setenta páginas, por abarcar una sola trama, la de Haim, un suicida que va a parar al limbo de los suicidas, un lugar muy parecido a la tierra, salvo por los rastros de autoagresión que quedan en los cuerpos (en los cuerpos de unos y no de otros, según el tipo de muerte y el ánimo del autor).
Los primeros cuatro cuentos (El conductor de autobús que quería ser Dios, La chaladura de Nomrod, El cóctel del infierno –que se publicó íntegro en una revista de Renfe antes de la salida del libro-, y Útero), no alcanzan la hermosura estética de los que componen el primer libro de cuentos de Keret publicado en España, La chica sobre la nevera. Tienen en común el halo cínico y a la vez profundamente religioso y el acercar al lector a la cotidianidad de Israel, sin los clichés tan populares de la prensa. Esto último no es poco, y ya por eso vale la pena un acercamiento a este autor, que también ha publicado relatos en las revistas Letras Libres y Eñe, siempre con un tono que le hace merecer la consideración de “autor”, y una mirada alejada de los tópicos.
Sin embargo, el relato titulado Pizzería Kamikaze aporta algo novedoso a su bibliografía. La trama está cercana a la de los comics (se ha publicado también su adaptación a este género), el lenguaje es sencillo y eficaz, y el aliento del cuento no es el habitual en Keret, que tan cómodo se siente en las distancias cortas. Este relato final del libro envuelve y entretiene. Y durante su lectura, sucede algo poco frecuente, que el lector deberá ponderar si es positivo o no, dependiendo de sus gustos y expectativas. Los capítulos, de un par de folios cada uno, se olvidan rápidamente. No marcan, más bien producen el efecto de las caricaturas más amables, las que pasan rápido por el consciente y no se alojan en ninguna parte. Si el lector olvida señalar dónde se quedó la noche anterior, podrá releer cuatro o cinco capítulos sin sentir que ya los leyó, aunque sí con cierta sensación de dèjá vu. A pesar del tema: el suicidio, la búsqueda, la inconformidad, el vacío y la estupidez del mundo (de los muertos y de los vivos), la narración es de tal liviandad que entretiene como un capítulo de Family Guy.
En este libro, Keret alcanza su clímax cuando se refiere a la cultura contemporánea y la parodia, sin clemencia. Por ejemplo, cuando habla de Kurt Cobain: “Ayer la velada resultó un verdadero muermo, porque Ari llevó a ese amigo suyo, Kurt. Ari está colgadísimo de él porque era cantante del grupo Nirvana y todo eso, pero la verdad es que es un verdadero pelmazo. Yo tampoco estoy demasiado contento aquí, pero es que él no deja de joder a todos con sus lamentos, y desde el momento en que empieza no tienes la más mínima posibilidad de pararlo. Cualquier cosa de la que se habla le recuerda siempre alguna canción que escribió, y siempre acaba por recitarla y los demás tenemos que admirar la letra (...)”.
Etgar Keret, junto a la buena labor de su traductora Ana María Bejarano, logra elaborar una convincente voz para su narrador, lo que resalta en este trabajo, al igual que unas historias coherentes en todo el libro. Pizzería Kamikaze, aun sin deslumbrar como La chica sobre la nevera, mantiene al autor en alto nivel de exigencia literaria y de innovación de lenguaje, que merecen ser seguidas de cerca.