viernes, agosto 22, 2008

La historia del Rainbow Warrior, Rocío Martínez

Kalandraka, Pontevedra, 2008, 36 pp. 15 €.

Carmen Fernández Etreros

Cada vez tenemos más claro que nuestro planeta está en peligro y por ello más libros infantiles y juveniles tratan de temas como la biodiversidad, la ecología, la educación ambiental... No sólo se trata de libros útiles para que los niños intenten mantener prácticas ecológicas en la vida cotidiana que ayuden a salvar el planeta en un futuro —como ideas para aprender a reciclar o consejos ecológicos— sino libros como en éste, que muestran un ejemplo práctico de uno de esos esfuerzos de algunas organizaciones por conservar el planeta.
Se trata del álbum ilustrado La historia del Rainbow Warrior, con el que su autora e ilustradora Rocío Martínez, logra un doble reto: el primero dar a conocer una página de la historia mundial y de la lucha por el planeta, y lo segundo crear un conmovedor cuento que llegue al corazón de los niños. Para ello Rocío Martínez muestra con sus dibujos imágenes de gran plasticidad, exhibe un manejo elegante del color y una gran delicadeza con sus trazos minuciosos. En cuanto al texto destaca por su interés en contar una sensible y sencilla historia que ayude a comprender a los niños la importancia de la vida de los animales marinos y su aportación al ecosistema del planeta. Un álbum ilustrado publicado por Kalandraka que ha sido posible gracias a que Greenpeace aprobó la realización de la obra y certificó que cumple con los requisitos del proyecto «Libro Amigo de los Bosques», porque en su elaboración se utilizó papel fabricado a partir de madera procedente de plantaciones ambientalmente sostenibles.
La autora intenta contar la historia del Rainbow Warrior, el barco de Greenpeace, y su lucha para proteger la vida de las ballenas y de las focas en peligro por la acción humana. Como fue una historia rodeada de matices políticos y de luchas en ocasiones cruentas, la autora e ilustradora utiliza la metáfora de una madre ballena y su hijo: «Por eso dibujo dos ballenas que nadaban en un mar helado. La más pequeña remoloneaba. No quería hacer un viaje que con toda seguridad sería largo. La más grande la empujaba suavemente y le cantaba una historia: "Hace años, cuando los hombres comenzaron a construir barcos de corazón mecánico, un día crearon el primero para proteger a nuestra especie…».
En 1978 un barco, el Rainbow Warrior de Greenpeace, comenzó a surcar los océanos del planeta para denunciar prácticas como la caza indiscriminada de ballenas y focas, la contaminación con los residuos tóxicos y radiactivos o el uso de redes mortíferas para especies marinas indefensas. Algunos países fueron sensibles a esas protestas y aprobaron leyes que contribuyeron a que el mundo fuera más habitable. Han pasado 21 años desde que aquel primer barco fue hundido en el fondo de las aguas y convertido en arrecife artificial, pero su réplica actual sigue surcando los océanos manteniendo su misma causa.
Rocío Martínez se dedica profesionalmente a la ilustración de libros infantiles y juveniles para editoriales de varios países y ha recibido diversas distinciones, como el Premio del X Concurso de Álbum Ilustrado «A la orilla del viento» 2006 con De cómo nació la memoria del bosque, y en 1999 y 2001 sendos accésit del Premio Lazarillo de Ilustración. Entre sus obras destaca el álbum Gato Guille y los monstruos y el más reciente La rana Rony, de Antonio Muñoz Puelles (MacMillan).
En suma, un álbum ilustrado que cuenta con sencillez una página de la historia centrada en la lucha por el planeta, desconocida para muchos niños. Las ilustraciones de Rocío Martínez aportan un nuevo enfoque al fomento de la ecología y la educación ambiental.

jueves, agosto 21, 2008

Descortesía del suicida, Carlos Vitale

Prólogo de José María Merino. Candaya, Barcelona, 2008. 113 pp. 12 €

Doménico Chiappe

La microficción, como toda prosa narrativa, necesita una estructura. La diferencia es que aquí se escriben sólo los eslabones esenciales de la trama. Todo lo demás se sugiere. “Sugerencia”, podría ser la microdefinición del microcuento. Una palabra que aparece, con énfasis, en la introducción de un libro magnífico, Los males menores (colección Austral) de Luis Mateo Díez, maestro de este género antiquísimo que ahora se revalúa, quizás por la influencia de la pantalla y el ritmo frenético de vida actual.
Carlos Vitale, poeta, traductor y narrador, ha recopilado una cantidad de textos breves en Descortesía del suicida. Algunos de estos textos son aforismos (“Viejo verde” y “Delitos y faltas”) y juegos de palabra (“Recibir su merecido” y “Microeconomía”); otros se limitan a la metáfora (como “Borrador”); otras líneas encajan mejor bajo la categoría de poesía (ya Vitale ha demostrado en sobradas ocasiones lo bien que se le da el género). Ahora bien, en gran parte de sus páginas se puede leer una historia, más sugerida que visible. Es decir, este libro no es una compilación de narrativa brevísima; o no solamente; aunque sí se encuentran cuentos con ese entramado invisible que juega tanto con la imaginación del lector y sus posibilidades creativas (delebles y olvidables). Me refiero a “La puerta condenada”, donde se deja a cargo del lector a veces el desenlace, otras el planteamiento; otras el desarrollo y el desenlace (“Il pensiero debole”), con notable eficacia.
Vitale también goza de una facilidad para cambiar de registro, para darle a cada narrador una entidad propia. Para ensayar en cada capítulo (cada cuento) un estilo. Cito “Un lugar para cada cosa”, sobre la crianza de animales de granja en los pisos de Barcelona, que parece extraído de una publicación de cordel; o escrito, todavía antes, por un contemporáneo de Cervantes. En el caso de los aforismos, se disfruta la reproducción de cosas oídas y memorizadas, certezas populares que Vitale ha guardado en el fondo de un cajón de la memoria y rescatado, al estilo Último Round de Cortázar, líneas escuchadas en su hogar o en la calle, o leídas en alguna parte (“¡Quién fuera abeja reina!” y “Grados de autoestima”, por ejemplo).
En la presentación del libro, José María Merino, otro mago de la sugerencia, resalta un rasgo de Vitale que no pasa desapercibido: ironía, “un humor que no puedo calificar sino de instantáneo, que suele ser la energía misma del género”. Merino señala un cuento, “el más significativo” del conjunto, que ciertamente está entre los más inquietantes. Lo reproduzco aquí:
“En el reloj de la esquina del correo son siempre las doce. A veces es demasiado temprano y a veces demasiado tarde”.
Porque inquietud es otra palabra que debería sumarse a la minidefinición del microcuento: La ficción brevísima debe sugerir e inquietar, tareas que cumple a cabalidad Carlos Vitale en este conjunto de prosas cortas.

miércoles, agosto 20, 2008

Las baladas del ajo, Mo Yan

Trad. Carlos Ossés. Kailas, Madrid, 2008. 489 pp. 19,90 €

Elena Medel

El gobierno de China anima a los campesinos a ocupar sus tierras con plantaciones de ajo. La obediencia es tal que la idea, a priori positiva, desemboca en catástrofe: no existe demanda que cubra el altísimo nivel de producción, y ni siquiera los almacenes poseen capacidad para semejante marea. Esta pobreza añadida a la pobreza ya existente, las quejas de los agricultores afectados —reflexionen: ¿en qué país se desarrolla la acción?— y las odiseas personales de los cultivadores Gao Yang y Gao Ma constituyen el motor de Las baladas del ajo, un apabullante y muy recomendable —por su realismo, y por su sugerente escritura— fresco sobre la China oculta para atletas y turistas.
El texto de solapa cita a Kundera y García Márquez, los titulares señalan a Mo Yan como primo asiático de Kafka, pero estas Baladas del ajo nos suenan a la épica rural de Faulkner y, por el infortunio que padecen —sin poder evitarlo: nada poseen, a nada aspiran— sus personajes, a un crucero por la tragedia griega. Enlazada por fragmentos de las baladas que —en alusión al cultivo como motor secundario, y al eterno conflicto entre sus personajes como mecha principal— entona el rapsoda ciego Zhang Kou como apertura de capítulo, también se diría que al otro lado del papel nos topamos con un hijo ilegítimo de Homero y Eurípides. Prometedor árbol genealógico el de Mo Yan...
Novela coral, en Las baladas del ajo se entretejen —con una prosa que apela a los sentidos— pequeñas historias igual que en una labor de miniatura, cuentos fascinantes que nacen de la tradición y nos enganchan bien por su exotismo, bien por el fuste narrativo del autor. Sin embargo, esta sencillez formal contrasta con la bomba de relojería de su argumento: Las baladas del ajo es —sobre todo— un libro de meditado amor a China, no a una historia de revoluciones u opresiones, sino de respeto por su origen, por sus paisajes, por quienes la habitan, fruto de una reflexión y un posicionamiento que no debe resultar fácil a su autor. «Los novelistas siempre tratan de alejarse de la política, pero la novela en sí gira en torno a la política. A los novelistas les preocupa tanto el “destino del hombre” que suelen perder de vista su propio destino. Y ahí radica su tragedia». Las baladas del ajo se abre con esta cita de Stalin; aun así, obviémosla y acerquémonos a esta novela libres de prejuicios, sin ideologías que nos predispongan a favor o en contra.
La literatura de Mo Yan es, al menos en este libro, y en el sentido más puro del adjetivo, profundamente política. Nada, sin embargo, de panfletos ni programas: en esta obra late el pueblo, pues Las baladas del ajo nos habla de los chinos, de quienes no deciden, sino que se limitan a soportar. Novela coral, he escrito antes, pero también novela río, inagotable, cuyo dibujo firme compite con la Gran Muralla, aquí Mo Yan nos descubre la China más atípica gracias a las historias de la gente normal. Déjense llevar por la corriente...





(Mo Yan entrevistado por ADN)



MÁS CHINA EN LA TORMENTA:
Los buenos deseos, de Yiyun Li. Reseña de Leah Bohnín. Para leerla haz click AQUÍ.

martes, agosto 19, 2008

Pasajera del silencio. Diez años de iniciación en China, Fabienne Verdier

Trad. Rosa Alapont Calderaro. Salamandra, Barcelona, 2007. 253 pp. 16 €

Care Santos

En 1983 Fabienne Verdier tenía veinte años cuando terminó sus estudios de Bellas Artes en la Universidad de Toulouse. Poco sedimento dejó en ella esta escuela, en la que «el psicoanálisis había causado estragos» y donde los profesores se limitaban a repetir «¡Enciérrese en una habitación y exprésese!», sin antes profundizar en la enseñanza de las técnicas pictóricas. Sin embargo, en esa escuela la joven e inquieta pintora tropezó por vez primera con la que sería su verdadera vocación: la caligrafía. Un profesor francés, Bernard Arin, la introdujo en la enseñanza de una materia que en Europa había dejado pràcticamente de enseñarse, y que a ella la subyugó:

«Se estudiaban diferentes estilos: la rústica, la gótica textura "quadrata", por la que sentía debilidad, la capital romana, la uncial latina primitiva, la cursiva romana de los siglos VI-VII, la merovinga, la visigótica. Desde la cancilleresca del siglo XV y la bastarda hasta la didona y la alineal del siglo XX, revisitábamos la historia de la escritura.»

Fue ese profesor quien le recomendó aprender de los grandes maestros orientales. Hokusai, el pintor japonés de la escuela Ukiyo-e*, le emocionaba mucho más que los maestros italianos y flamencos a quienes admiraban sus compañeros. «En la época de la fogosa juventud, uno busca expresiones que conmuevan y no una retahíla de nombres y fechas.» En ese instante, Verdier decidió poner rumbo a China. Una China idealizada, que poco tenía que ver con la que encontraría al llegar. A pesar de todo, se adaptó a su nueva vida y desarrolló su sueño. El libro es la crónica de ese proceso. Pero también la pormenorizada historia de un aprendizaje fabuloso, que no sólo tiene que ver con la pintura.

La Revolución Cultural había hecho estragos en la Universidad. La de Chongqing, en la provincia de Sichuan, no era una excepción: muchos profesores apartados de la docencia, alumnos adocenados, organización castrense en las aulas y, por supuesto, mil ojos observando todos los movimientos, especialmente los de "la extranjera" que había conseguido una beca para estudiar en un lugar remoto. Sólo por eso, y por su interés tan difícilmente explicable a los ojos de los responsables del nuevo régimen, Verdier estaba siempre bajo sospecha. Sus años de estancia en esa Universidad resultaron, entre otras cosas, una lucha contra la muralla invisible que pretendían levantar a su alrededor. Aprendió chino de forma autodidacta y logró al fin prescindir de los servicios de una traductora que ejercía también de informadora del Partido. Sólo entonces se dio cuenta de lo que se leía en un cartel que las autoridades habían colgado en su puerta: «Está prohibido molestar a la extranjera. El estudiante que infrinja este reglamento será expulsado de la Universidad». Esa batalla por integrarse, que terminó venciendo, fue su primer gran reto.
El segundo consistió en lograr que uno de los profesores calígrafos que habían sufrido el retiro forzoso de las aulas impuesto por el régimen de Mao —la caligrafía se consideraba una antigualla inútil que convenía erradicar— se convirtiera en su maestro. El modo en que lo consiguió recuerda a esos actos de paciencia oriental que engrosan el tópico. Después de un año de insistencia, la francesa se convirtió en la única mujer y la única occidental que aprendía las técnicas de caligrafía china. Tinta negra, tintero de piedra, pinceles de cerdas animales y toneladas de paciencia para hacerse con los secretos de una técnica que va mucho más allá del uso de los pinceles: es un modo de mirar, de estar en el mundo. Invirtió más de un año para conseguir la perfección en un solo trazo vertical. Más de cinco antes de comenzar a emplear más colores que el negro. Un largo proceso encaminado a sintetizar el mundo entero en una sola mancha de tinta. Eso fue lo que su maestro le transmitió a lo largo de más de seis años. El relato de ese aprendizaje paciente, lento, insistente y meticuloso, es lo mejor del libro.
Aunque el aprendizaje de la estudiante francesa en la tierra del Dragón comprendió mucho más que las técnicas artísticas que ella deseaba aprender. Hubo infinidad de materias "exracurriculares" que llegaron por añadidura: la soledad, la tozudez, la austeridad, el silencio, el aislamiento... todo ello le ayudaron a forjar un nuevo carácter, como ella misma afirma en las páginas finales de su relato autobiográfico, y modificaron su modo de ver el mundo y, en consecuencia, también de reflejarlo en su obra.

Por lo demás, éste podría ser también el libro de viajes de alguien profundamente enamorado de la tierra que visita. Verdier describe con profusión sus excursiones a rincones de la China remota, esa que pocas veces han visto ojos occidentales, partidas de ma-jong en la casa de té del pueblo y una huida precipitada del país después de la matanza de Tiananmen. Conmueve el relato de esa despedida, igual que ha conmovido unas páginas atrás la visita al pueblo de los yi, anclados en sus tradiciones ancestrales que el Régimen comunista se encargó de borrar de un plumazo. La China del terror también aflora, pero lo malo se diluye siempre en la mirada benevolente de la visitante. Parece como si Verdier no se atreviera a profundizar. Se horroriza, pero no juzga. Y sólo se enoja cuando, unos años después, regresa en calidad de diplomática.
Después de su vuelta definitiva a Europa, la pintora se instaló en una granja a treinta kilómetros de París, donde vive en la actualidad (a pesar de que por su relato parece mayor, apenas tiene 46 años). Allí pinta y vive con la austeridad y la serenidad que aprendió de sus maestros orientales. Desde allí reflexiona sobre la creación y continúa creando y exponiendo, no sólo en Francia, también en China. Y mientras sedimenta lo aprendido, continúa considerándose "una apreniza". «La calidad de una obra» —dice— «no depende del talento innato de su creador, aun cuando sea necesario al principio (...). La diferencia reside en la perseverancia, en la encarnizada voluntad de proseguir.»

* Algunos de los grabados de Hokusai —incluyendo su famoso La gran ola de Kanagawa— y de Hiroshige pueden verse en Barcelona hasta el próximo 15 de septiembre en la exposición Ukiyo-e. Imágenes de un mundo efímero. Se trata de la magnífica colección de la Bibliotèque Nationale de France. Además de la obra de estos dos nombres de referencia, la serie de retratos femeninos y la de estampas eróticas son estupendas. (Obra Social de Caixa de Catalunya, La Pedrera, calle Provença, 265, bajos).

Imágenes: (1) Fabianne Verdier en su estudio de la Universidad de Chongqing. (2) Bourasques, Una de sus obras.



lunes, agosto 18, 2008

China para hipocondríacos, De Nanjing a Kunming, José Ovejero

Punto de Lectura, Madrid, 2008. 300 pp. 15,63 €.

Pedro M. Domene

Trazar el mapa exhaustivo de un país como China o elaborar un itinerario mínimo de consulta puede resultarle a cualquier viajero una tarea casi impensable cuando hablamos de miles de kilómetros de distancia en un imperio milenario, cargado de historia y de cultura tan ajena y extraña a los occidentales pese a las conocidas crónicas de extraordinarios visitantes y la abundante información reciente que, sin embargo, nos descubre un lugar tan desconocido como inquietante. Por eso, un libro como China para hipocondríacos, de José Ovejero, que obtuvo el Premio Grandes Viajeros en el año 1998, se puede leer, diez años más tarde, con el mismo interés y la misma fruición de entonces, pensando que transcurrido este tiempo, la China descrita por el madrileño haya cambiado, al menos, en los aspectos más negativos señalados entonces puesto que Ovejero realizaba una perfecta radiografía del lugar, de sus gentes, de su cultura, de sus costumbres, así como de sus miserias y de sus grandezas. Este libro no es el resultado de un viaje al uso, todo habrá que decirlo porque la aventura del escritor en los años noventa resultó ser un recorrido personal por la China más desconocida, concretamente por la provincia de Yunnan, lugar que años más tarde ha resultado ser uno de los lugares más visitados y hermosos del país asiático.
Las razones del viajero, además de las explicaciones de las primeras páginas, justifican como Ovejero, alguien descastado, incapaz de guardar ausencias, cuya fidelidad no se prolonga mucho más allá de esa presencia y del tiempo invertido, un buen día decide que quiere visitar China, lugar con el que no tenía la menor relación ni sabía gran cosa acerca de sus costumbres, su historia e incluso el idioma. Como cualquier otro posible visitante, compró algún libro, elaboró itinerarios y, puesto que la lengua iba a ser el gran problema, escribió a algunas universidades de la República Popular China para aprender el idioma durante algún tiempo, así el viaje se iniciaba en Bruselas, vía Hong Kong hasta Nanjing, en cuya universidad pasaría el primer mes estudiando. Durante el segundo recorrería el país por cuenta propia.
Cuando uno inicia la lectura de China para hipocondríacos debe olvidar que en el país se están celebrando los Juegos Olímpicos y que una visita para disfrutar de semejante espectáculo universal nada tendría que ver con lo narrado en el libro. La de Ovejero es una China desconocida, donde el autoritarismo planea sobre una población anclada, en ocasiones, en sus tradiciones milenarias, la miseria se extiende por casi todo su territorio, la religión, en cualquiera de sus variantes, sigue siendo importante y donde el socialismo no ha conseguido eliminar la pobreza. Quizá por eso, en este libro, eminentemente literario, cobran vida los paisajes y las ciudades visitadas, sus mercados populares y sus barrios, se muestra una China cautiva y a medida que vamos pasando sus páginas descubrimos, un inusual viaje donde lo inesperado es la principal fuente de información para el escritor. La visita a Nanjing, con abundantes referencias a su historia y posterior desarrollo, convertida en una importante referencia cultural e universitaria en la actualidad, la relación del viajero con Cheng, la profesora y las vivencias que esta impone a su alumno, la visita a Hong Kong, donde, donde Ovejero, que viaja solo —en su búsqueda de un absurdo que resulta difícil de compartir: encontrarse a sí mismo en algún otro lugar del mundo, como si fuese el personaje de un cuento de Borges— espera a Renate, su compañera de los últimos tiempos; y a partir de ese momento, China para hipocondríacos se convierte en una crónica compartida desde Hong Kong a Guilin, Chengdu, con parada en Guiyang, hasta Leshan para visitar la monumental escultura de Buda, labrada sobre la roca, y cuya obra se prolongó durante noventa años.
Anécdotas, curiosidades, referencias históricas, abundantes manifestaciones culinarias que no dejan de sorprender a un hipocondríaco como el viajero, se suceden a lo largo de estas páginas donde, además, se percibe, y después se transcribe, la excesiva amabilidad o la animadversión de sus gentes, campesinos que intentan engañar al visitante en sus compras y cambios de moneda, la visita a Xichang habitada por una minoría Yi e Hi, de quienes se habla en algunos documentos con dos mil años de antigüedad; una ciudad perdida en el tiempo, franqueada por una antigua muralla y un curioso mercado atestado de gente y por donde ningún otro blanco pasea; no menos curiosos son los abundantes viajes en tren y en autocar que deben realizar los viajeros hasta llegar a Kunmimg, muy cerca ya de la frontera birmana, sin antes dejar de visitar Lijiang, cuna de uno de los pocos matriarcados de la China contemporánea, y admirar las sorprendentes mujeres Naxi con unas prerrogativas que envidiarían muchas occidentales, un pueblo de origen tibetano, con su propia escritura jeroglífica y cultivadores de la religión dongba.
Parada y fonda en Dali, habitada por la minoría Bai, aunque por su ubicación, en la remota provincia de Yunnan y tan alejada de Beijing, siempre se ha visto envuelta en revueltas y luchas por su independencia. El largo viaje concluirá en Kunming, la ciudad descrita por Marco Polo, calificada por el veneciano de «grande y noble, donde viven muchos mercaderes y artesanos», entre la fascinación e intimidación por los lugares visitados, aunque al final, todo viajero a lugares lejanos sufre lo que suele denominarse "el síndrome del National Geographic", cuando este tiende a fijarse únicamente en lo exótico.
El escritor, al final, se permite un último apunte premonitorio: Cuándo vuelva, ¿iré a una China que ya no es la descrita porque el país ha cambiado vertiginosamente en pocos años, porque hay más coches en las calles de las grandes ciudades, la gente lleva móviles, muchos chinos se han comprado un televisor...? Una década después, indudablemente, sería la descripción de una China diferente porque nunca es posible volver a donde uno ya ha estado.

MÁS CHINA EN LA TORMENTA:
-Un lugar llamado nada, de Amy Tan. Reseña de Leah Bonnín. Para leerla haz click AQUÍ.