viernes, febrero 29, 2008

Vida del Señor de Molière, Mijaíl Bulgákov

Trad. Ricardo San Vicente. Montesinos, Barcelona, 2007. 228 pp. 15 €

Sofía Rhei

Bulgákov, él mismo apasionado autor teatral y condenado a penurias y castigos por su falta de adhesión al régimen comunista (equiparables en cierto modo a los caprichos del azar y de la aristocracia que vapulearon a Molière) despliega una red de empatía con las desventuras del gran dramaturgo: la decadente corte del Rey Sol, con sus interminables intrigas palaciegas, se convierte en un símbolo de todos los lugares en los que el poder se combina inevitablemente con el miedo.
«Al día siguiente el señor Molière recibió una notificación oficial de las autoridades de París en la que se le hacía saber que en lo sucesivo se prohibía representar su obra Las preciosas ridículas».
El autor, víctima de la censura estalinista en tantas ocasiones, siempre toma partido por Jean-Baptiste, pero no evita hablar de sus errores y fracasos y tampoco niega que pudiera ser cierto que Armande, la tercera esposa del dramaturgo francés, pudiera haber sido al mismo tiempo su hija carnal. Lo que Bulgákov admira es el arrollador talento de su personaje, no necesariamente sus cualidades morales: la fascinación hacia su rapidez escribiendo («en el tiempo que transcurrió entre el nacimiento y el bautizo del niño, Molière escribió y puso en escena su nueva comedia»), su don con el verso, su empeño en sacar adelante nuevos proyectos, su búsqueda de un estilo capaz de satisfacer tanto al público como a sí mismo.
El mismo respeto absoluto, la misma ternura hacia la persona dotada de genio que se adivina en la Margarita de El maestro y Margarita están presentes explícitamente en el narrador de este libro, demiurgo que no esconde ser el propio Bulgákov. Esta empatía da una vibración especial a la escritura, que consigue crear emoción a partir de anécdotas históricas que podrían haber resultado áridas en otras plumas.
La historia de Molière está narrada en orden cronológico, incluso desde antes de su nacimiento: comienza con una escena teatral, en la que el autor se introduce como personaje y dialoga con la comadrona. A partir de ahí, y dando muestras de haber llevado a cabo una exhaustiva investigación histórica, se va desgranando al completo la historia no sólo de Jean Baptiste Poquelin, sino de todos los personajes que le rodean, que en muchos casos resultan fascinantes: Nicolás Fouquet, condenado a cadena perpetua por haber escrito un billete amoroso a la amante del rey, la cocinera La Foret («mujer a quien, según las murmuraciones parisinas, Molière leía en primer lugar sus nuevas comedias para saber si eran o no cómicas»), un tal Neufvillaine capaz de retener en su memoria una comedia entera con sólo verla seis veces, el fabulista La Fontaine, gran amigo de Molière, o los dramaturgos Racine y Corneille, que terminaron por no serlo. También se una enternecedora importancia a los donantes privados que en numerosas ocasiones salvaron las espaldas de Molière, citándolos con nombre y apellidos con una gratitud que parece nacer personalmente del propio Bulgákov.
Se trata sin duda de un libro capaz de satisfacer a lectores muy diferentes: los degustadores de detalladas reconstrucciones históricas, los fascinados por el teatro, los que se dejan arrastrar por una narración cuyo estilo vivo a veces puede recordar un cuento, los que disfrutan buscando sutiles subtextos de carácter político, los amantes de las biografías llenas de detalles amorosos y de intrigas sociales y políticas. Con tantos ingredientes sabiamente mezclados, y sobre todo gracias al talento narrativo apasionado del escritor ruso (y a la excelente traducción, capaz de conseguir ese sabor bulgakoviano al que nos hemos aficionado en sus demás obras), se trata de un libro altamente recomendable, muy entretenido, cuyas páginas parecen pasarse solas al ritmo frenético de la vida del obstinado, ambicioso, vulnerable y genial Molière.

jueves, febrero 28, 2008

Encuentro en el infinito, Klaus Mann

Trad. Heide Braun. El Nadir Ediciones, Valencia, 2007. 302 pp. 22 €

Miguel Baquero

En el año 1932, en una Alemania que vive la fiebre del nacionalsocialismo, se publica Encuentro en el infinito, de Klaus Mann, hijo del famoso autor Thomas Mann, y autor él mismo de mediano prestigio en su país. La novela fue recibida en su día con gran frialdad, cuando no con severas críticas tanto por parte de los nacionalsocialistas en auge, que vieron en Encuentro en el infinito y sus descarnadas descripciones de consumo de drogas, ambientes sórdidos y relaciones homosexuales, el cuadro de unas «indecencias endemoniadas» que podían llevar «a los enemigos de la patria a demostrar una barbarie generalizada de las costumbres en Alemania», como por parte de críticos de índole marxista (supervivientes todavía en medio del furor que comenzaba a cobrar forma) que no dudaron en calificar la novela de «obra inmunda» que se limitaba «a copiar la vida sin extraerle ningún significado». Quizás la raíz de estas críticas por parte del marxismo haya que buscarla en algunas escenas del libro, donde, con una naturalidad asombrosa para el lector de hoy en día, se nos narra cómo los elementos izquierdistas, en el Berlín de la época, se sentían profundamente atraídos por el führer deslumbrante, tanto así que un Gregor Grigoriev de ascendencia eslava y pasado comunista (carne de cámara de gas, como se sabría poco después) no puede dejar de contemplar embelesado (¡esos son nuestros hombres!) un desfile de camisas pardas.
En realidad, Encuentro en el infinito choca al lector actual porque, por un lado, refleja ese caos de opiniones que hoy, que conocemos el resultado, nos parecen imposibles (¡marxistas, eslavos e incluso judíos atraídos por la estética y el discurso nazi!), pero que en la época, 1932, poco antes de que se disolviera la democracia parlamentaria alemana, era el ambiente que reinaba en las calles. Pero también nos desconcierta porque, en medio del hundimiento del barco, nos presenta a unos seres concernidos por las mismas cuestiones que hoy en día nos asaltan a nosotros, tipos en cuyos problemas y su expectativas vitales reconocemos las nuestras actuales, asistimos a la vivencia de la homosexualidad, al consumo de drogas, a la prisa por vivir, características que nos parecen exclusivas de nuestro tiempo pero que sin embargo ya estaban ahí, ocupando el corazón humano aun en medio de la catástrofe. Es tal vez por ello, porque este Encuentro en el infinito encierra una verdad última y humilde que nada tiene que ver con las grandes ideas, por lo que los nazis acabaron por decretar la quema de los ejemplares del libro y por lo que, posteriormente, en la Alemania que reencontraba los ideales democráticos, la novela fue reeditada con cierta desgana.
No sólo por traernos a la luz este pedazo de la cruda realidad (sin heroísmos, sin grandes miserias, lo que curiosamente amplifica el drama de aquellos días) es Encuentro en el infinito una novela interesante. La novela de Klaus Mann se inscribe dentro de una corriente muy poderosa en los años 30, una forma de entender la novela que andaba a la par de las teorías científicas de aquellos años. Unas teorías que, por un lado, postulaban que no había una realidad única y cartesiana, sino que todo a nuestro alrededor es relativo, variable, indeterminado; teorías asimismo que descubrían de pronto el campo del subconsciente y el mecanismo en virtud del cual funcionan nuestros sentidos y percibimos el mundo. Eran novelas que hablaban de una realidad distinta, realmente diferente en función del espectador, una realidad confusa y relativa. Una nueva novela para un mundo nuevo.
Esta forma diferente de narrar, que marcó a varias generaciones, se abrió con obras como el Ulysses de Joyce, o Contrapunto de Aldous Huxley (Proust exploraba asimismo la nueva sensibilidad), se afianzó con logros del nivel del Cuarteto de Alejandría o de Manhattan Transfer (un vago reflejo de esta, más centrada en el aspecto literario que en su conexión con lo científico, nos llegó a través de La colmena celiana), y acabó por extinguirse en los años 60 con el nouveau roman y en España con la que se conoció como novela metafísica. A partir de esta época (afortunadamente para algunos, desgraciadamente para otros), la novela se despojó de su conexión metafórica con los avances científicos y médicos (psicológicos) y volvió en gran manera al modo antiguo de contar, se embebió en sí misma y desistió (tal vez no supo aguantar el ritmo) de avanzar al compás de la ciencia. En muchos aspectos, retornó a los antiguos modos de un siglo atrás... pero esto ya es otra historia.
Lo que ahora nos ocupa es hacer ver al lector cómo Encuentro en el infinito participa de lleno en el pensamiento literario y científico de su época. Recursos (recién descubiertos entonces) como el monólogo interior o el flujo de conciencia la conectan con las preocupaciones psicológicas de aquel tiempo; mientras que el hecho de que el libro cuente las vidas paralelas de dos personajes que (y en esto el título es muy ilustrativo) corren parejas, comparten amistades, pero nunca llegan a encontrarse, quiere ser una metáfora de esa nueva concepción del mundo en virtud de la cual no hay una sola realidad inmutable y total, sino tantas realidades como intervinientes en ella, y realidades tan diferentes como diferentes e infinitas son las formas de captar el universo.
A día de la fecha, en que la novela ha vuelto (tal vez no tanto por pereza como por necesidad) a la peripecia, a la intriga y al esquema clásico, resulta reconfortante, sin embargo, de vez en cuando echar la vista atrás y volver a aquella época en que, a la par que las antorchas comenzaban a desfilar por las calles de Berlín, también los hombres de ciencia y los hombres de letras parecían encontrarse hermanados en busca de la forma de avanzar, pese a todo, en medio de aquella barbarie.

miércoles, febrero 27, 2008

El juego de Caín, César Mallorquí

Espasa, Madrid, 2007. 264 pp. 19,90 €

Elia Barceló

Todos los que hemos seguido a César Mallorquí desde los años noventa sabemos que es un contador de historias en estado puro. Sus primeras novelas —El coleccionista de sellos, que ya era una novela policíaca, además de fantástica— y novelas cortas —El círculo de Jericó— están entre la mejor ciencia ficción producida en España. Cuando empezó a escribir literatura para jóvenes lectores, dio muestras de su gran talento narrativo en obras como El último trabajo del señor Luna, La cruz de Eldorado, La catedral, o mi favorita, La mansión Dax.
Ahora nos ofrece de nuevo una novela para público adulto —aunque hay que reconocer que, como dice él mismo, no hay mucha diferencia entre contar historias para jóvenes o para mayores— que contiene todos los elementos necesarios para ofrecer el placer de lectura al que nos tiene acostumbrados. En esta ocasión, César nos brinda una novela policíaca clásica, al estilo de los grandes maestros estadounidenses de los años treinta y cuarenta, pero con menos sordidez y con más sentido del humor.
La protagonista, Carmen Hidalgo, una treintañera madrileña, propietaria de una pequeña agencia de detectives, narra en primera persona el caso que ha tenido que resolver. El presidente del Club de Fútbol Chamartín le encarga, haciendo gran hincapié en la confidencialidad, que investigue la vida de su jugador estrella: un joven colombiano que le ha costado muchos millones al club y ahora empieza a comportarse de modo francamente sospechoso.
Carmen acepta el caso, aunque no sabe nada del mundo del fútbol, y en seguida se ve envuelta en una situación cada vez más complicada y peligrosa a la que sólo podrá hacer frente con la ayuda de sus colaboradores que incluyen personajes tan exóticos como un asesino a sueldo esquizofrénico, una hacker obesa y una pandilla de motoristas
Cuando construye una historia, Mallorquí se apoya en dos pilares básicos: el misterio y el ritmo. Cada personaje que aparece, cada fragmento de conversación, cada llamada de móvil es una nueva pieza de un rompecabezas que nos estimula a reconstruir la imagen que no se nos revelará hasta el final. Sabemos que el narrador nos escamotea información, pero a la vez nos suministra datos que nos hacen plantearnos la resolución del caso como si formáramos parte del equipo encargado de hacerlo, y esos datos nos llegan constantemente, a un ritmo endiablado, sin darnos casi respiro. Apenas existen reflexiones o monólogos interiores; las descripciones son cortas y efectivas, lo suficiente para reconocer el mundo real en el que se mueven los personajes; el hecho de que la novela esté narrada en primera persona hace que nunca podamos asistir al mundo interior de los demás personajes y eso hace que el ritmo se acelere en la lectura. La prosa de Mallorquí en El juego de Caín es clara y efectiva, sin preciosismos ni demoras, al servicio de la historia, directa y actual.
El caso se desenvuelve a un ritmo imparable con constantes momentos de tensión y las vueltas de tuerca que esperamos sus lectores habituales hasta una resolución limpia y satisfactoria que nos deja un buen sabor de boca, aunque sea agridulce.
No puedo entrar en reflexiones sobre la temática profunda de la obra, a la que alude el título, porque, para hacerlo, tendría que destripar una de las mejores sorpresas de la historia y sería una tración, tanto al autor como a los lectores. Me limitaré a decir que, como toda buena novela negra, va más allá de un simple whodunnit, de un simple acertijo para dar con el culpable y pasar un buen rato haciéndolo.
La novela se lee de un tirón. Y en mi caso es literal: la empecé y la terminé en la misma tarde, pero no porque tuviera prisa en quitármela de encima, al contrario. Si la leí tan rápido es porque estaba deseando saber qué iba a pasar, cómo iba a resolver la intriga. Simplemente, porque la estaba disfrutando y no me apetecía parar ni tenía que gratificarme con ninguna otra cosa al final de cada capítulo. Luego, evidentemente, me dio lástima que se hubiese acabado, pero me consuelo pensando que sé de buena fuente que César nos ofrecerá pronto otro caso de Carmen Hidalgo.
Es decir, no se les ocurra empezarla después de cenar porque, cuando cierren el libro al final de la lectura, no les quedarán ya más que un par de horas de descanso.

martes, febrero 26, 2008

Contra la desnudez, Oscar Tusquets Blanca

Anagrama, Barcelona, 2007. 246 pp. 18 €

Guillermo Ruiz Villagordo

De Oscar Tusquets lo único que conocía, y de refilón, antes de leer este libro era su profesión de arquitecto, y sólo intuía por razones obvias que habría tenido algo que ver con la fundación de cierta editorial. Ahora lo que sé, y estoy seguro de que es lo que querría que asociaramos en primer lugar a su persona, es que es un cachondo. Y no exclusivamente por lo que están pensando. ¿O cómo llamarían a alguien que en unas “Advertencias previas” confiesa haber tenido que obligar a su editor a que escribiese Oscar sin acento en la o porque cuando nació ese nombre era más usual en Inglaterra y Alemania, donde no lleva tilde? ¿A alguien que nos plantea una ristra de sabrosas preguntas sobre la relación entre belleza y desnudez, sobre qué es el buen gusto y qué el mal gusto, sobre los parámetros cuantificables o no de la belleza, para luego soltarnos que no tiene respuesta a tamaños interrogantes, cómo va a tenerla, pero que promete desarrollarlas por extenso en las páginas siguientes?
En cuanto a la otra acepción de la palabra, mientras nos va mostrando el catálogo de las distintas representaciones de las partes del cuerpo humano en el arte y la publicidad (no necesariamente relacionadas con el desnudo, como en el caso del cabello y los ojos) Tusquets se deleita en consideraciones sobre culos, tetas, incluso penes, más o menos famosos, colmándolos de adjetivos admirativos que nos hacen mirar con nuevos ojos pinturas, esculturas, fotografías que está claro que no hemos apreciado como deberíamos.
Pero, cuidado, no es un interés físicamente lúbrico sino cultural, estéticamente lascivo. De hecho ahí radica la tesis de este atípico ensayo: la desnudez, como acto natural, no aporta nada más allá de la sexualidad, pero el erotismo, ¡ah!, ¡el erotismo!, la apropiación artística del cuerpo humano desnudo, eso sí que es capaz de satifacernos a muchos niveles. Hasta tal punto abomina de la desnudez que llega a decir, y quien lo lee no puede menos que estar de acuerdo en el fondo de su ser aunque por inercia se escandalice levemente: «No hay nada que hacer, un conjunto de hombres y mujeres desnudos, si están pálidos y en fila, me recuerda irremediablemente Auschwitz, y, si están morenos y retozando por las rocas, un pueblo aborigen australiano».
La verdad es que este libro es una gozada. Uno lee a Oscar y parece que está escuchándole en un monólogo ameno y apasionante que no precisa réplica (y no es que haya pasado aún por esa experiencia, la de escucharle, que casi parece que hablo de un amigo y no de un autor que acabo de descubrir). Es anárquico y disfruta con ello: se dispone a glosar el tema del rostro en el arte cuando, repentina y sibilinamente, se pone a recordar sus experiencias personales en el Crazy Horse, y para cuando vuelve de su particular viaje al pasado, decide que para qué hablar del rostro en el arte si es asunto tan complejo y extenso.
Por lo demás, el volumen está, como se suele decir, profusamente ilustrado, lo cual es de agradecer porque ayuda a que nos identifiquemos más fácilmente con esa condición que ya desde las primeras líneas reconoce en sí mismo el autor: «soy un voyeur con esporádicos instantes de creatividad artística». Un libro que es un bocato di cardinale que devorar de un golpe, vamos.

lunes, febrero 25, 2008

Quién mató a Kennedy y por qué. Apuntes del natural, Eduardo Fraile

Premio «Fray Luis de León de Poesía». Junta de Castilla y León, Barrio de Maravillas, Valladolid, 2007. 61 pp. 8 €

José Gutiérrez Román

Aunque el título nos deje descolocados, vamos a hablar de un poemario, es más, de un excelente libro de poemas y, a su vez, de un excelente poeta como es Eduardo Fraile. Quizá desconocido para algunos lectores, este madrileño, que ha pasado la mayor parte de su vida en Valladolid, puede ser considerado como el Francisco Pino de nuestros días, y no sólo por las influencias estilísticas que pudiera tener del que fue su maestro y amigo, sino por lo parecido de sus trayectorias. Al igual que ocurrió con Francisco Pino durante buena parte de su carrera literaria, los libros que ha publicado Eduardo Fraile han aparecido en pequeñas ediciones (uno de ellos, Con la posible excepción de mí mismo, en Tansoville, sello creado por el propio autor), debido a lo cual no han gozado de la relevancia que merecerían. No tengo muy claro si esta situación se debe en parte a la propia voluntad del autor (como fue el caso de Pino, que hasta mediados de los años setenta no publicó en editoriales de ámbito nacional) o si se trata de otra injusta falta de reconocimiento en vida de un escritor notable, de las que tan sobrada está la historia de la literatura. Sea como fuere, el premio obtenido por este libro ofrece una especie de “justicia poética”, expresión, por otro lado, muy adecuada para definir la esencia última de esta obra.
Hablemos, pues, del libro. Lo que encontrará el afortunado lector en sus páginas es una poesía cercana y original que se adentra en la reflexión a través de escenas cotidianas de nuestra realidad (como la cola de del pan) y, sobre todo, a través de la exposición de recuerdos personales que sirven como pequeño ajuste de cuentas con el otro que fuimos, o quizás más con el que ahora somos. Pero no son poemas que se ahogan en el llanto por del tiempo perdido, sino que tratan de ahondar en la esencia del niño, del adolescente y del joven que comienza a adentrarse en los claroscuros del mundo adulto, y todo ello mediante una gozosa sensibilidad que refleja el temblor ante las perplejidades que nos provocan los descubrimientos. Aunque fiel a su estética anterior (con imágenes llenas de plasticidad y la personal recreación de la ciudad que le ha visto crecer), los poemas que engloban este libro adquieren un tono más narrativo, pudiendo funcionar incluso como pequeños relatos. Eduardo Fraile es un maestro en registrar a través de sus versos los reflejos más fugaces de la vida, ayudándose para ello de un excepcional manejo de las palabras.
Quién mató a Kennedy y por qué encierra también un paseo por las vidas literarias. Allí vemos aparecer, entre otros, a Claudio Rodríguez traído por una divertida anécdota personal, pero también está el retrato que hace Fraile de él mismo y de algunos insignes escritores a partir de unas imágenes de Carver, Onetti o Allen Ginsberg. De este último, además, se sirve para crear el reverso de su célebre Aullido, que en el caso de nuestro autor pasa a ser “Maullido”, y que resulta tan antológico como el del poeta norteamericano; cito como muestra los primeros versos: «He visto a los peores de mi generación/ escalar los dorados rascacielos del poder/ económico y trepar/ (como monos a los cocoteros) hasta las almenas/ (deslumbrantes como sus dentaduras) de las torres del poder/ político. Todos son presidentes/ (todos son prescindentes, todos son prescindibles)/ de algún Consejo de Administración/ o algo del Gobierno de algo./ Porque ellos son “alguien”, ellos “han llegado”/ de la nada a la monada, se han hecho a sí mismos/ y ahí están.» Hay otros poemas literarios en los que hallamos el lado más juguetón del autor, son los creados a partir del I Ching o del Tao Te King. Allí donde otros exhibirían su erudición, Eduardo Fraile juega con ella, poniéndola al servicio del poema, y no al revés.Nos encontramos, pues, ante un autor y un libro con un pulso muy personal. Pero por si esto no fuera suficiente, además, y para dejar constancia del que el título del libro no es sólo un reclamo, al finalizar su lectura nos será desvelada, de la forma más bella posible, la incógnita sobre quién mató a Kennedy y por qué.