viernes, marzo 02, 2007

La felicidad de Emma, Claudia Schreiber

Trad. Anna Košutič. Maeva, Madrid, 2006. 208 pp. 16 €

Elia Barceló

Empezaré con lo básico para que los lectores de este blog sepan desde el principio lo que van a encontrar en la reseña: La felicidad de Emma es una joya, una de esas novelas que se leen de un tirón y se quedan para siempre dando vueltas en nuestro interior, una de esas pocas, poquísimas novelas que uno quiere volver a leer con frecuencia y que, como la vida misma, le hacen reir y llorar y reflexionar sobre los grandes temas de la existencia: la vida, el amor y la muerte. Y eso en doscientas páginas.
En una zona rural de Alemania, prácticamente dejada de la mano de dios, Emma, una joven granjera, sobrevive mal que bien de las salchichas que fabrica con la carne de sus cerdos, a los que ella misma sacrifica sin ninguna ayuda. Las deudas se amontonan, sabe que pronto perderá su granja, nunca ha ido a una escuela regular, nunca ha estado enamorada, ha sido maltratada de niña y ha sufrido abusos, pero Emma es una fuerza de la naturaleza, casi un avatar de la madre tierra, y vive sola, libre y llena de entusiasmo, disfrutando día a día de lo que la vida puede ofrecerle.
En la ciudad cercana —aunque tan lejos que podría tratarse de otro planeta— Max, un modesto contable de un concesionario de automóviles, recibe la noticia de que padece un cancer terminal que lo matará en unos meses entre grandes dolores. Max es un hombre rígido, ordenado, compulsivo y solitario. Sabe que su vida no ha valido la pena y que casi no le queda tiempo; entonces decide robar el dinero negro que su socio y único amigo guarda en un escondite y, en un impulso de locura único en él, marcharse a México a vivir sus últimos días. El Ferrari robado derrapa en una curva y Max es rescatado por Emma que, de ese modo, ve atendidas sus plegarias: mucho dinero y un hombre a quien amar.
A partir de ese punto se desarrolla una extraordinaria historia de amor entre dos seres opuestos, dos mundos, dos formas de entender la existencia, entre la vida y la muerte. Pero lo mejor de todo es que eso sucede no sólo de un modo natural, sino terriblemente humorístico porque Claudia Schreiber consigue combinar escenas de una ternura y un lirismo insuperables con escenas cómicas, casi esperpénticas, que sin embargo resultan igualmente creíbles.
La mala noticia es que la traducción no está a la altura de la prosa de Schreiber y la versión española pierde grandes cantidades de frescura y de humor. Anna Košutič usa un español correcto, pero no ha acabado de comprender las intenciones de la autora, y los grandes contrastes que encontramos en el texto original se nivelan y se desdibujan hasta resultar irreconocibles. Del mismo modo, hay momentos divertidísimos que desaparecen por completo, simplemente porque la traductora no ha entendido el chiste. En la magnífica escena de la masturbación de Emma a caballo de su motocicleta renqueante que vibra enloquecida, cuando todo el pueblo sabe por el ruido del motor en el silencio de los campos lo que Emma está haciendo, Henner —el único policía del pueblo y amante ocasional de Emma— se come un bocadillo pensando en Emma y en el original se dice que «lo más picante que había en Henner era la mostaza», mientras que en la traducción al español leemos: «Lo único que lograba relajarle era un buen bocadillo de paté de hígado. Y lo que le hacía perder realmente el sueño era la mostaza que lo cubría» (35), con lo cual no sólo se pierde el chiste, sino la caracterización del personaje.
También es una lástima que la traductora no haya comprendido el juego de la autora cuando se refiere al matriarcado imperante en esa región de Alemania (que antes estaba en la frontera de la desaparecida República Democrática) y llama a las mujeres «Trümmerfrauen». Es cierto que se molesta en añadir una nota explicando que con ese nombre se conocía a las mujeres que levantaron el país de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, pero a poco que uno lea la descripción que Claudia Schreiber hace de esas matronas, tanto en lo referente a su aspecto físico: «la insignia de esas mujeres era la talla de su ropa, que comenzaba en la 48 y podía llegar tranquilamente a la 62» (24), como a su comportamiento: «Las mujeres de los escombros administraban el dinero y daban algo a sus maridos para sus gastos. Sin embargo, imprimían tal impulso para trabajar mucho y regularmente que un campesino cuya esposa hubiera muerto antes de tiempo se arruinaba con toda seguridad si en el plazo de un año no encontraba a otra mujer que lo maltratara. Y si no la conseguía, tenía que cargar nuevamente con su madre» (24), se da uno cuenta de que la mejor traducción posible para estas formidables hembras sería la de «focas», como en los chistes de Forges.
De esta novela, traducida a varias lenguas, se ha hecho también una película, bautizada con mayor acierto, como La suerte de Emma (Sven Taddicken, Alemania, 2006) que en noviembre de 2006 consiguió en el Festival de Cine Europeo de Sevilla el Gran Premio del Público, y empezará a ser exhibida en España a principios de verano de este año.
Se trata de una buena película, pero la novela es mejor porque nos presenta también la infancia de Emma a través de algunos recuerdos de la protagonista y nos muestra el gran antagonismo existente no ya entre el mundo rural y el urbano, sino entre las dos Alemanias, entre las dos mentalidades de un pueblo europeo. Y nos enseña puntos de vista profundos y dispares, entre la sensualidad y el pragmatismo, entre la vida y la muerte, entre lo humano y lo animal.
Lo dicho, señores y señoras, una joya que no conviene perderse entre la avalancha de novedades que inunda nuestras librerías. Si además, la editorial se aviniera a cambiar el título para adecuarse al de la película y a pulir la traducción para enfatizar el humor —refrescante y natural— que impregna la novela, tendríamos uno de esos libros que merecen lugar aparte en nuestras bibliotecas: el armario de textos favoritos para releer y disfrutar de verdad.

jueves, marzo 01, 2007

En las nubes, Ian McEwan

Trad. Gabriel López-Guix. Anagrama, Barcelona, 2007. 152 pp. 15 €

José Morella

La infancia, tal y como la entendemos ahora, existe hace poco tiempo. Sólo en el seno de la familia europea del siglo XIX empieza a verse al menor como un ser que precisa protección y tiene derechos. En los grabados medievales los niños parecen adultos a una escala menor: el futuro soldado, la futura hija a la que casar con un buen partido. La inmensa mayoría de ellos, como Lázaro de Tormes, por mentar a uno ficticio pero famoso, las pasaban canutas. Y en muchos países del mundo las siguen pasando: trabajan como mulas, son obligados a mantener relaciones sexuales con adultos, se mutila el sexo de las niñas... Uno de los primeros ejemplares de niño mimado debió de ser Hans Christian Andersen, que era un chiquillo soñador, casi no jugaba con otros niños y, como Peter Fortune, el protagonista de En las nubes, jugaba con muñecas, les hacía vestidos y representaba obras teatrales con ellas. De modo que los antecedentes literarios de Peter Fortune, el niño que está siempre en la luna de Valencia, no tienen mucho más de cien años y son mayoritariamente europeos. De hecho, el niño soñador por excelencia, Peter Pan, ha cumplido esa edad hace poco. A nosotros Peter Fortune nos recuerda a la pandilla de Mafalda. Quino creó a un grupo de niños fascinantes, aunque alrededor de un personaje, Mafalda, cuyo compromiso político es poco creíble, demasiado adulto. Pero su amigo Felipe, por ejemplo, es calcado al soñador Peter Fortune; tal vez más verosímil, más sorprendentemente real. Como Peter, Felipe se pasa la clase mirando a la profesora y luchando, en sus sueños, contra gigantes terribles, o marcando goles en finales del mundo. Peter Fortune es incapaz de llevar a su hermana al colegio, porque sueña tanto durante el día que se olvida a la pequeña dentro del autobús. Es ella la que tiene que llevar al colegio a su hermano mayor. En sus ensoñaciones, como si fuera Julio Cortázar mirando un ajolote a través del cristal de una pecera, Peter entra en el cuerpo de otros seres, se transforma en ellos, y es capaz de verse a sí mismo desde otra perspectiva. Se convierte en muñeco articulado, en gato, en bebé y en adulto. De hecho, el epígrafe del libro es de Ovidio, de Las Metamorfosis. Como en Ovidio, se escribe una historia a través del cambio, del devenir. Peter deviene muñeca y luego deviene gato y luego bebé. En su devenir, conoce la realidad profunda de los tres seres, puesto que la realidad más profunda es siempre la realidad soñada. Por una parte, esta yuxtaposición de devenires nos dan una medida exacta de cómo es la vida del niño. Todos lo hemos visto: los niños crecen a saltos. Pasan meses iguales a sí mismos y, de repente, uno los mira y se diría que se han pasado la noche creciendo. Pero lo genial de Peter es que parece crecer a base del alimento de los sueños. Cada metamorfosis adquirida a través del ensueño representa un estirón en el crecimiento creativo del niño, que llegará a ser un adulto en las nubes. Gilles Deleuze analizó este devenir-cosa o devenir-animal. Según Deleuze, cuando Gregorio Samsa deviene un inmundo bicho, no se trata de un “como si”. No es una metáfora. No hay sentido figurado. El hombre sale hacia fuera, emerge por un punto de fuga, y el mundo del que quiere salir es precisamente el mundo de la metáfora. Quiere ser en el bicho. Ser en el bebé, ser en la muñeca. El devenir es, en palabras de Deleuze, un «mapa de intensidades. Un conjunto de estados, todos distintos entre sí, injertados en el hombre en la medida en que este busca una salida». Deleuze se quejaba siempre de que el psicoanálisis monopoliza la metáfora. Se hace dueño de una metáfora (la sexualidad) tan extensible como la vida, tan grande que no deja sitio para nada más. Freud le da al niño el papel que nunca antes había tenido en la historia de la cultura. El niño deja de ser solamente un adulto en potencia. Ahora ocurre más bien lo contrario: lo adulto es algo esencial que se grabó en el niño y que ya no se recuerda. Un olvido fundamental. En lugar de ir los niños hacia la adultez, son los adultos los que tienen que girar constantemente el cuello hacia la niñez. Curiosamente, este vuelco extremo en la historia del niño es exagerado, y tiene el inconveniente de las teorías que pretenden explicarlo todo: que no lo consiguen. Eso es lo que le critica Deleuze al psicoanálisis. Y McEwan parece deleuziano: su criatura, Peter Fortune, es un ente que deviene a través de la ensoñación y que, más que de un pasado con trauma, dispone de un mapa sincrónico: el mapa de sus sueños. Va del salón a la habitación, de la casa a la escuela. Va de vacaciones a la playa. Se convierte en cosas, inventa historias mediante las cuales se fuga del mapa y crea otro: un mapa de intensidades bordado sobre el mapa de lo real. En el mejor episodio del libro, por raro que parezca, no hay ensoñación: Peter acaba con el matón de la escuela a base de palabras. Descubre que las palabras son mágicas y que con ellas se conjura y se exorciza de verdad. Se hace consciente de que la vida es lo que uno diga que es, y de que en algún lugar entre las palabras y la realidad material está lo verdadero. Lo verdadero nunca es idéntico a sí mismo. Siempre es devenir, siempre es cambio, siempre es un niño que se convierte en gato, un matón que se convierte en simple gordo con aparato en los dientes, unos padres que desaparecen al ser untados con crema mágica. Lo verdadero está en las nubes.

miércoles, febrero 28, 2007

Utilidades de las casas, Isabel Cobo

Caballo de Troya, Madrid, 2007. 139 pp. 12 €

Marta Sanz

Escribir un texto sobre un fragmento de la infancia —quizás sobre el fragmento fundamental de la infancia: una familia vive de día en la casa de abajo y va a dormir, por las noches, a la casa de arriba— conlleva un ejercicio de memoria, en el que se sacrifica la definición de los perfiles de ese ayer que, en otro momento, fue un hoy casi nítido. La mirada del adulto escribiente y alfabetizado, inseguro, se filtra entre las células ópticas de la mirada infantil. En Utilidades de las casas, la narradora —quizás la propia Isabel Cobo, que es una mujer de cuarenta y nueve años que se distancia de y se aproxima a sí misma rescatando a la niña que fue— es esa párvula con ojitos de vieja o acaso una mujer madura que aún conserva las ingenuidades de una niña: entre los ojos abiertos como platos del descubrimiento, entre el recuerdo sensorial que marca los espacios de la infancia, surge de repente una sentencia adulta, lúcida, que neutraliza la cadencia naïf de las palabras, coloca al lector los pies en el suelo y le hace comprender que quien le habla es una sola persona, de una pieza, la síntesis que resulta de amalgamar nuestros fragmentos.
A la narradora, tal vez a la escritora, de este libro le gusta escribir despacio, posiblemente para disfrutar del placer de oírse despacio, hablando para sí misma, contándose su propia biografía, tratando de culminar el difícil proceso de reconocerse en la actividad de contemplarse desde fuera por un agujerito que está en el interior de su cuerpo genético e histórico, nunca ensimismado, porque lo pequeño forma parte de lo grande y lo grande de lo pequeño. Posiblemente, por esa razón se puede sospechar que no ser mirado es lo mismo que no ser y, a partir de ese axioma, la narradora, la escritora, Isabel Cobo, pequeña y grande, se convierte en un ojo de sí misma, y se rebela contra la circunstancia de que los ojos que uno ama son una ausencia o se han ido muriendo; emprende el rescate de su propio ser y, a la vez, plantea una enseñanza metaliteraria: escribir para mirarse es una manera de existir, no necesariamente ombliguista; escribir es un acto que como mínimo lleva implícita la trascendencia de exponerse al juicio de los otros. Sin el otro, no hay literatura.
A la narradora, tal vez a la escritora, de este libro le gusta mirar sin ser vista y, sin embargo, aquí se nos ofrece a través de una voz que la visibiliza como escritora y como ser humano, ante los lectores. Hay algo de desnudez, de inusual honestidad en las páginas de Utilidades de las casas. Ningún impudor, sin embargo, en un texto que se toma a sí mismo en serio y que es valiente porque no deja resquicios para hacer trampas: la narradora, tal vez la escritora, no puede retirarse, descomprometerse, arrojar la piedra y esconder la mano, distanciarse de la página escrita, para insinuar al lector que todo era una broma, que había una ironía que la salva de sus propias palabras, que no estaba hablando totalmente en serio, que entre ella y sus frases median los mecanismos desinfectantes de la ficción y de la retórica. Isabel Cobo no se aprovecha del derecho a recular, amparándose en las brumas que, estereotipadamente, resumen el esfuerzo de la memoria: su mirada, de vieja y de niña, no es nebulosa ni ambigua, está tan perfilada que corta y, no por ser nítida, pierde su misterio.
Este libro no es una novela, ni falta que le hace. Es un libro que ni usa ni abusa de la serie de mecanismos necrosados con la que se suele gratificar al lector. Es tan solo un libro delicioso, contenido, que habla de la necesidad de mirar y de ser mirado, de la necesidad de recordar y de ser recordado, a través del uso activo de la expresión “me acuerdo de...” Luego, en detalle, quedan otras cosas muy importantes: una niña que se cría con sus abuelos, los padres ausentes, un poder adquisitivo razonable, un pueblo posiblemente del sureste español, el sentido de integración en una comunidad, la sombra de una guerra en la que hubo vencidos, perdedores, seres llenos de estigmas, el abuelo que padece un lapsus puntual de memoria, definitivo, el síntoma de una enfermedad, que lo afecta no sólo a él, sino a todos los que dejarán de ser contemplados, recordados, catalogados, queridos por él. La pérdida de la memoria de los seres que queremos nos priva de la conciencia de identidad a cada uno de nosotros. Ya no podemos decir “mírame” y que alguien se alegre de verdad por lo bien que saltamos a la comba. La amnesia, la desaparición de los seres que queremos, nos mata, y justifica la escritura de este libro en particular y de muchos otros libros, de casi todos los libros, en su búsqueda de una mirada que los juzgue y que los mime.
La abuela le cuenta a la narradora el cuento de Rayanatví, una niña que, desafiando a los dioses de la montaña, consigue evitar que a sus vecinos, amigos y hermanos se los lleven, volando por los aires, los huracanes. El truco consiste en coser los unos a los otros con un hilo casi invisible: el que Isabel Cobo también utiliza, para recordarnos con puntadas certeras, delicadas, sutiles y muy consistentes, que nada somos sin el otro. Una enseñanza sobre la vida y, como siempre, también, sobre la literatura, en el tapiz de un texto igual de limpio por delante que por detrás: en su envés no hay trampas ni nudos ni desprolijidades y el bordado puede admirarse con la misma complacencia por sus dos caras.

martes, febrero 27, 2007

Mártires y anticristos. Análisis bibliográfico sobre la Revolución francesa en España, Yvonne Fuentes

Iberoamericana/Vervuert, Madrid/Frankfurt, 2006. 204 pp. 36 €

Óscar Esquivias

El comienzo de esta historia podría haber sido el de una novela o película de intriga: en Estados Unidos, en el selecto y liberal Oberlin College (plano general de los elegantes históricos edificios de ladrillo, verdes praderas rebosantes de estudiantes despreocupados) aparece un manuscrito: se trata de una obra teatral desconocida sobre la muerte de Luis XVI (se oye un trueno, pasos apresurados en el piso de arriba). De su misterioso autor sólo se sabe lo que él mismo declara en su manuscrito: que se llama Vicente Alaño y Serviá y es doctor en teología y en los derechos canónico y civil (misterio, misterio). Con estos datos y la fecha de compra (entró en el Oberlin College en el curso 1931-1932, según la anotación manuscrita del bibliotecario de entonces, al que imaginamos muerto en misteriosas circunstancias), la profesora Yvonne Fuentes comienza a investigar sobre el tal Alaño y... Y aquí debería continuar una historia con criminales, el santo grial, el Opus Dei, los templarios y cosas así, que son las que encuentran los historiadores en las novelas. En realidad, allí comenzó una paciente y (suponemos) aburrida investigación que prosiguió en los archivos y las bibliotecas de Europa y América: esta obra teatral de Alaño será la que lleve a la profesora Fuentes a intentar establecer un catálogo exhaustivo de textos escritos o publicados en la España de finales del XVIII y principios del XIX que versen sobre la Revolución Francesa. El libro que reseñamos hoy (Mártires y anticristos. Análisis bibliográfico sobre la Revolución francesa en España) es el fruto de ese largo trabajo.
En la larga lista de documentos de los que se da aquí noticia (pero que no se transcriben) hay textos de toda clase: comedias, poemas, pastorales diocesanas, reales cédulas, sermones, oraciones, estudios militares, etcétera, siempre con la indicación del archivo o biblioteca donde se conservan y sus signaturas. Estamos, pues, ante una obra dirigida a un público especializado, interesado en profundizar en las fuentes originales: el libro, en este aspecto, es de un valor inapreciable pues ofrece infinitas pistas e información precisa al investigador.
Pero la obra es más que un amplísimo catálogo de referencias: también aporta un estudio sobre cómo se conformó y evolucionó la opinión pública española ante la Revolución Francesa. Este ensayo abre el libro y tiene las virtudes y los defectos de los textos académicos: todos los datos aparecen escrupulosamente documentados, hay gran profusión de notas a pie de página, gráficos de porcentajes sobre un volumen de datos ínfimo, citas y más citas encadenadas. Fuentes llega a la conclusión de que los acontecimientos revolucionarios en Francia no fueron percibidos al principio como algo amenazante para España: al contrario, el país vecino seguía siendo un referente para los españoles, que no dejaron de ver en Francia un país moderno, refinado y progresista. Serán los acontecimientos bélicos posteriores (la Guerra de Independencia) y el reinado absolutista de Fernando VII los que determinarán la identificación de lo francés con lo antiespañol y lo anticristiano y, retrospectivamente, contaminarán con esta imagen a todo el proceso revolucionario y sus partidarios en nuestro país, llegando hasta a desacreditar a los reformistas ilustrados.
Como hemos dicho más arriba, no se trata de un libro de divulgación histórica: los lectores potenciales de esta obra son pocos y muy especializados, pero merece la pena que se conozca la existencia de esta publicación.

lunes, febrero 26, 2007

Qué me cuentas. Antología de cuentos y guía de lectura para jóvenes, padres y profesores, Amalia Vilches (ed.)

Páginas de Espuma, Madrid, 2006. 368 pp. 16 €

Carmen Fernández Etreros

Qué me cuentas es, ante todo, un libro didáctico dirigido a los profesores y los alumnos para fomentar la lectura en las aulas. Pero también puede resultar muy útil para aquellos que quieran sumergirse en las entrañas del proceso de la escritura. La autora elige como arma didáctica el género literario del relato corto ya que, como nos explica en la “Nota previa”, «a causa de su brevedad, es muy cómodo para trabajar en las aulas, más atractivo para el escolar que puede leerlo en poco tiempo y ser receptor de una pieza completa que se ajusta al ritmo de la vida moderna. Cada relato, un universo cerrado en sus manos, un chispazo rotundo, ya sea un cuento esférico, a la manera tradicional, o un espacio abierto a lo Carver».
Para esta antología la autora escoge relatos de dieciocho escritores actuales de un total de trece países de habla hispana como Andrés Neuman, Diego Muñoz Valenzuela, Félix J. Palma, Milia Gayoso, Helvecia Pérez, Ana María Shua, Mercedes Abad, Carlos Castán, Hipólito G. Navarro, Eloy Tizón, Ángel Zapata y Fernando Iwasaki, entre otros. Podemos decir que en la acertada elección de los cuentos radica la clave de la agilidad del libro y la capacidad para enganchar al futuro lector. Una selección sugerente y sensible de relatos que destacan por su calidad.
La autora también ha buscado cuentos de los que se puedan extraer enseñanzas, y que conectan con las preocupaciones de los jóvenes lectores. Además dan pie al debate en las aulas de temas que preocupan a los jóvenes como el amor platónico, la vida en la escuela, las desigualdades sociales o la pena muerte. Incluye varios microcuentos como los de Ana María Shua, tan elaborados como sugerentes, originales exponentes de este género.
Editado por Páginas de Espuma, el objetivo primordial de la autora es ofrecer material a los profesores, los padres y los alumnos para lograr engancharles al carro de la lectura. Se encuadra en la órbita de la oleada de nuevos textos y guías para crear lectores jóvenes y combatir el ataque de la era audiovisual. Su autora, Amalia Vilches, es profesora de Literatura en la UNED y ha sido Mención Honorífica a la investigación educativa del MEC en 2001 por su trabajo Tiburones literarios, un camino para la enseñanza. Su actividad docente se ha orientado ha fomentar la lectura en centros escolares y por ello nos ofrece en este libro las pautas necesarias para montar un taller para trabajar la lectura en las aulas. Ella misma nos explica que su meta ha sido «fomentar la lectura en los estudiantes que no se acercan a ella con la frecuencia deseada, entre otras causas por la competencia de los medios audiovisuales y de la cibernética; servir de apoyo al profesor para la enseñanza de la literatura; despertar el espíritu creador en los alumnos con actividades amenas y variopintas».
El libro sigue la estructura convencional y estructurada de un libro de texto y comienza con una descripción de los orígenes del cuento, una exposición de las características fundamentales de este género literario y un breve recorrido por su situación en los países de los escritores elegidos. A continuación nos ofrece una reseña biobibliográfica de cada escritor y una interesante entrevista sobre su relación con la literatura. Después se incluye el relato o los relatos elegidos de cada escritor acompañados de unas actividades didácticas, que abarcan tanto aspectos lingüísticos y literarios como propuestas de escritura, reflexiones y debates sobre temas de interés para los jóvenes lectores.
Qué me cuentas en una buena propuesta de taller literario para las aulas pero también para todos aquellos que quieran profundizar en la naturaleza y la dinámica del relato corto, y que deseen conocer la trayectoria de estos escritores del panorama literario actual.